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lunes, 5 de octubre de 2026

La vivienda marca los tiempos

 Imagen de la acampada en Sol. fuente: diario Público.es

 

Desde 2015 las derechas extremas en España -y en Europa, y en el mundo-, están consiguiendo imponer su relato centrándose en lo identitario frente a lo material. La inmigración, la seguridad, las fronteras, la delincuencia, lo tradicional, el género, las decisiones individuales en torno a la identidad de género han sido los temas que se han impuesto en el debate público, partiendo de la élite mediática y partidista y llegando a la calle y a la percepción de preocupación de la ciudadanía. Lo material quedó relegado.

No era preciso que la realidad sustentará los bulos y mentiras en torno a las cuestiones identitarias; lo prioritario era hacer ruido, mucho ruido, y que no quede tiempo ni espacio para tratar los temas que afectan a la vida diaria y física de las personas, las familias y los colectivos. El auge fascista y la violencia política orgullosa y activa como hacía 40 años que no lo estaba (antes seguía presente pero invisibilizada), han hecho el resto. La lucha de clases seguía y sigue vigente para todos, pero eran las élites las únicas conscientes de su importancia y la parte más activa para imponer sobre quiénes, qué, cuándo y cómo se ejecuta.

El mundo del trabajo, en un proceso inacabable de precarización para devolverlo a la esclavitud con una patina pos-moderna, ultra tecnificada y tecnológica. Los servicios sociales, la educación y la sanidad públicas abiertas de par en par al negocio privado mientras se deterioran y destruyen cientos de miles de empleos de calidad en estos sectores, y los ciudadanos, ven como los elementos que hacen más país, y más democracia, desaparecen en la lógica artificial del capitalismo de beneficios y costes. Ni siquiera eventos históricos como la pandemia de covid-19 o el cambio climático que aceleran y propician emergencias vitales cada vez más extremas se tienen en consideración desde los medios de difusión del sistema. Se discute y ridiculizan hasta las más elementales cuestiones, porque lo importante es quitar el barniz de consenso a la ciencia y no pasar a debatir quién tiene que pagar los costos del descalabro climático: los pobres del mundo o la élite.

Y por supuesto, la vivienda, a la que ya dediqué unas entradas a principio del año dada su trascendental importancia, y que desde 1998 vive una burbuja perenne de escalada de precios irracional y homicida, de la que la crisis, perdón estafa inmobiliaria de 2007, ni siquiera sirvió para controlar los precios y menos para discutir una doctrina económica convertida en dogma que sustenta la avaricia y la podredumbre moral de los miserables. El neoliberalismo reúne en su ser todas las tropelías sociales y morales de todos estos años, y hasta que no se destierre por su criminal voluntad y su estupidez económica probada, no se podrá volver a dotar al mundo de justicia social. Un problema enquistado que germina en forma de rupturas intergeneracionales, proyectos vitales inacabados, a veces ni siquiera iniciados, y en definitiva, un malestar larvado que necesita ser resuelto. Y tiene que hacerlo, forzosamente, a través del empoderamiento y la toma de conciencia para transformar la opresión en una lucha generacional.

Pero volviendo a la vivienda, en el todo el mundo, y particularmente en España se trata del tema que iba a determinar el sentido político del gobierno y del ruido mediático y político. El desahucio de Mari Carmen el pasado miércoles 23 de septiembre, una mujer de 87 años con problemas de movilidad y de salud, que llevaba viviendo en su casa desde hacia 70 años en régimen de alquiler, sacada por la policía nacional en un despliegue vomitivo, amparada por unos jueces y unos políticos inmorales para dar rienda suelta a la especulación de unos rentistas criminales metidos a jugar al monopoly con las vidas humanas, ha sido el detonante de la indignación ciudadana, especialmente de los más jóvenes, por la situación de la vivienda en España. Los desahucios son para Mari Carmen y todas las personas trabajadoras. El ático para Ayuso y los rentistas a los que su calaña ampara.

Mientras la organización colectiva a través del sindicato de inquilinas, unidos a otras plataformas ciudadanas sensibilizadas en el tema de la vivienda durante todos estos años, trataba de parar el desahucio a través de la resistencia pasiva y la protesta amparada, aunque recortada por la Ley Mordaza, los policías (anti)-pro-disturbios cargaban con extrema violencia ejercitando el abuso de poder. Pero ni con esa amenaza para disuadir la protesta han parado los jóvenes, y no tan jóvenes también, de movilizarse y avanzar en más acciones, todas de carácter solidario y de clase para denunciar la situación de la vivienda en España, y además, hacerlo proponiendo medidas. En los últimos años se ha ido re-activando de nuevo el conflicto, poco a poco, porque en ningún momento ha llegado a resolverse, sino que se ha ido caldeando al tiempo que las élites parasitarias robaban más dinero de las clases trabajadoras a través de rentas y expulsando a la gente de sus casas, sus barrios y sus pueblos. La gran manifestación de octubre de 2024 marcó un hito y articuló todo el movimiento que ha seguido trabajando en la sombra, y que con el desahucio de Mari Carmen como símbolo, ha tomado el impulso alimentado por la rabia, la injusticia y la solidaridad intergeneracional de clase trabajadora.

Las imágenes dieron la vuelta al mundo en cuestión de segundos poniendo el foco en un problema social gravísimo que además es compartido por todas las sociedades civiles del globo, secuestradas por la especulación de un puñado de fondos, bancos, sociedades, pero al final de la cadena de personas sin escrúpulos. Se convocaron protestas por todo el estado español el mismo día y los siguientes, grandes marchas para el sábado 26 de septiembre, que han tenido una notabilísima respuesta ciudadana, volviendo a poner la cuestión de la vivienda y la brecha social que provoca, entre propietarios y no propietarios, y entre rentistas y especuladores frente a la sociedad. La marcha del sábado en Madrid terminó con la ocupación del espacio público, de la Puerta de Sol, en una nueva acampada indignada, tejiendo un hilo directo con el 15M de 2011.

Bajo esta presión ciudadana el gobierno de coalición tuvo que reaccionar y redactar dos decretos sobre vivienda que incluían entre otras cosas la moratoria de desahucios, la congelación de las rentas de alquiler, una mínima y laxa regulación de los alquileres vacacionales y por habitaciones (cáncer del rentismo a extirpar ya mismo), así como nuevas exenciones fiscales para caseros, y como novedad, para los inquilinos. Ambos decretos fueron rechazados por las derechas, tanto las extremas de PP y Vox, como las de las burguesías vascas y catalanas. Ni PNV, ni mucho menos Junts, tomaron partido por un gobierno que les debía ser mucho más simpático, que la alternativa y votaron contra su pueblo, que no contra su gente, para mantener la rentabilidad de la inversión y la especulación sobre la vivienda. Todos ellos se configuraron como brazo político de la especulación inmobiliaria, del terrorismo habitacional y de la injusticia social.

De este modo hemos entrado en una etapa acelerada de la previsión de hace apenas un mes. El debate público vuelve a estar en las cuestiones materiales de la gente. De su vida, de su trabajo, de su bienestar y de su futuro y el de sus vástagos. No está en las cuestiones identitarias que convienen a las derechas, pese a lo sucedido en Ceuta (que por otro lado está enquistado porque quien tiene las competencias, el gobierno de Ceuta, sigue empeñado en hacer política nacional pese a las necesidades de la población ceutí y de las personas migrantes). La extrema derecha política y mediática sabedora de que perdía el foco y su posición predominante en el discurso público ha sacado a pasear las peores de sus artimañas para tratar de deshumanizar al personaje (la desahuciada Mari Carmen), así como diluir la protesta a través de la violencia tanto institucionalizada (policía y juzgados que para eso se les paga) y la de sus "cachorros" ultras.

Pero el malestar social está ahí. La inmensa mayoría de la gente, por no decir todas las españolas y españoles, tienen en la vivienda un problema. Si no ahora, y no lo tienen ya porque han pagado su casa, lo tendrán en un futuro cuando sus hijos e hijas quieran independizarse y llevar a cabo su proyecto de vida. Por lo tanto, las protestas continúan y se organizan hacia una convocatoria de Huelga General, que recibe un tibio amparo por parte de los sindicatos mayoritarios, pero un fuerte respaldo social.

La Constitución proclama en su artículo 47 la vivienda como un derecho, y la obligación del estado y sus administraciones a intervenir para garantizarlo y evitar la especulación. Evidentemente, desde el gobierno central, pero también los autonómicos y los ayuntamientos, que no se olvide, tienen las competencias, se ha obviado esta función, y se ha dejado “al mercado” campar a sus anchas y proceder a la laminación de todo tejido social del territorio en aras de la rentabilidad, que por otra parte se acumula cada vez en menos manos, y además siempre sale fuera del Estado. Una catástrofe amparada, promocionada y protegida por el sistema.

También los juzgados han prevaricado a conciencia y decisión amparando el rentismo frente al valor social y jurídico que la vivienda tiene. Han protegido la extracción de recursos y de esfuerzos de las clases trabajadoras que solo quieren vivir en su barrio o en su pueblo, frente a la propiedad del capital y la salud y rentabilidad de la inversión.

Mientras tanto, todo este tiempo, la extrema derecha y sus voceros se han dedicado a señalar al diferente, al migrante, a la mujer, "al marica". Si tu barrio cambia, o si no puedes acceder a una vivienda digna se debe a que hay más extranjeros pobres, que se quedan con las ayudas sociales y además te suben el precio de los alquileres. La progresía se preocupa más de las minorías que del bien común, y por eso los servicios sociales son peores, te sientes más desamparado y más inseguro. Y aunque es verdad que las élites de las izquierdas se han centrado demasiado, en mi opinión, en "comprar" estos relatos y jugar en el juego identitario de las derechas, en vez de irse a por las cuestiones materiales, que todos sin excepción sufrimos, la verdad, la realidad, es que son las élites cleptómanas y parasitarias de fondos buitres, bancos y propietarios especuladores los que han destrozado la convivencia y la salud del ecosistema social.

En este sentido no hay que perder de perspectiva que para la derecha, dentro de su ideario para tergiversar y transformar las inquietudes o problemas de la clase trabajadora en puntales sobre los que inducir su ideología perversa, la vivienda funciona muy bien. Al final, quien tiene una vivienda no percibe un problema, y si una inversión sobre la que ganar dinero en el futuro, y acceder a esa mentira social de la clase media. O cuando menos de la clase media aspiracional. Por lo tanto, ellos no tienen un problema de acceso a la vivienda y de satisfacción con su bienestar. No les han roto el pacto social, de formarse, educarse, trabajar y labrarse un porvenir, que el sistema, la sociedad, te ampara y a cambio te procura ese bienestar y la auto-realización. Sin embargo, el juego ha cambiado a mitad de partido. Si no tienes vivienda en propiedad tu vida se va a desarrollar en la inmediatez; en un fino alambre de inestabilidad y sin un sustento mínimo (un techo bajo el que cobijarte con unas condiciones mínimas, entre las que tendrían que destacar estar cerca del entorno más próximo y familiar de uno), por lo que al no poder acceder porque se está cometiendo una injusticia y una usurpación del valor social de la vivienda, para extraerle cada vez más capital y beneficios económicos, si que la vivienda se convierte en un problema. El problema de no poder acceder a la vivienda. De hecho, aquí se va a labrar la próxima batalla electoral: A saber, un país donde la gente puede tener casa, o un país donde la gente sueña con tener esa casa y en el futuro sacarle cuatro perras, mientras los grandes especuladores y parásitos, por su posición inabordable en el mercado le podrán sacar muchos más beneficios. Esta es la cuestión.

Si cada año tienes que dedicar más renta mensual a pagar el alquiler (por poner un ejemplo, en 3 años, mi alquiler ha pasado de 500 euros en un piso bueno, a 650 en un piso peor en una ciudad pequeña), cuando los jóvenes no pueden independizarse hasta pasados con mucho los 30 (los más tardíos de Europa, lo que lleva a que las mujeres españolas sean las europeas que tienen su primer hijo a mayor edad), cuando pese a formarse espléndidamente no tienen acceso al “mercado” de la vivienda ni el alquiler, ni mucho menos en propiedad, por lo que tienen que alejarse de sus centros (familiares, culturales, sociales, laborales, etc.) o vivir en pisos compartidos añadiendo precariedad a su bienestar, cuando tienes la espada de la no-renovación de contrato por parte del arrendador de manera unilateral y sin protección (así me quede yo el año pasado), cuando ves que los blancos europeos si que pueden comprar casas a toca-teja subiendo los precios, o cuando los centros de las ciudades y pueblos las viviendas se subastan en los alquileres de temporada y vacacionales porque tienen una rentabilidad superior por lo que disminuye la oferta,… cuando todas estas tropelías se repiten en el tiempo y por todo el estado, entonces el problema ya no es de identidad de género o racial. Es de identidad de clase, y por lo tanto, se trata de un conflicto entre las clases trabajadoras, y las clases parasitarias que se lucran con el esfuerzo de los demás. Es un problema por tanto de distribución. Y es por lo tanto, un problema político y social que es deber de todos, empezando por los representantes debatirlo y solucionarlo. Y si las administraciones no intervienen para reconducirlo y mantener el valor social de la vivienda, el siguiente paso es la activación social y la propuesta para cambiar las cosas. La lucha se convierte en el medio y el fin. Como dijo Victor Hugo, “cuando la dictadura es un hecho, la Revolución se convierte en un derecho”, en este caso cuando la inacción y la injusticia se convierte en norma y ampara la dictadura del capital sobre la vida, es legítima y consecuente iniciar el camino para cambiarlo.

 

Como corolario, al menos de momento, tras el rechazo de los decretos por parte de un Congreso derechizado (reflejo manipulado de un país no tan escorado a la derecha, pero si muy manipulado e influenciado por los medios de comunicación conservadores), un nuevo fin de semana de protestas y de reflexión para el Presidente del Gobierno fue la convocatoria de elecciones generales para el próximo 29 de noviembre. Pedro Sánchez volvía una vez más a pillar a todo el mundo con el pie cambiado y a intentar aprovechar la ola para reeditar un nuevo gobierno, que forzosamente será de coalición o no lo será. En ese caso habrá que ver qué medidas en política de vivienda y con la emergencia social y las rupturas intergeneracionales que provoca se articulan. Qué se promete en campaña y qué se ejecuta en con el BOE en la mano. Unas elecciones que se centrarán en la cuestión material. Un primer éxito para Pedro Sánchez frente a la caterva ultra y la élite económica. Habrá que ver si será suficiente.

Hasta entonces las derechas tratarán de desviar el foco de nuevo a Ceuta y la inmigración. El PSOE procurará hacer valer los datos macro-económicos, la imagen internacional de Sánchez y el gobierno como dique de la democracia liberal, y una defensa clara de los servicios públicos, que ya hemos visto no se ha visto reflejada en la labor de gobierno. Pero sin duda, en la capacidad de aguante y lectura política del momento de Sánchez y su equipo radica el salir o no con un gobierno ultra que no va a tener ningún problema en trocear el país y vendérselo a las élites extranjeras.

Mientras a la izquierda a la izquierda del PSOE los vuelve a pillar en pañales, y teniendo que acelerar para ofrecer a la ciudadanía una candidatura unitaria que nace, pese a todo lo que ha ocurrido, improvisada y sin el trabajo necesario, debido a los egoísmos de los de siempre. 

En todo caso, es el momento de que la situación injusta de la vivienda articule la revolución que este estado, y que este sistema necesita. 


jueves, 3 de agosto de 2023

Por qué Sí al Decrecimiento



 

El decrecimiento, también conocido como decrecentismo o decrecionismo​, es un término utilizado tanto para un movimiento político, económico y social, y también cultural, como para un conjunto de teorías que critican el paradigma del crecimiento económico.​ Se basa en ideas de una amplia gama de líneas de pensamiento como la ecología política, la economía ecológica y la justicia social, señalando el daño social y ecológico causado por la búsqueda del crecimiento infinito y los imperativos occidentales de "desarrollo". El decrecimiento enfatiza la necesidad de reducir el consumo y la producción global (metabolismo social) y aboga por una sociedad socialmente justa y ecológicamente sostenible en la que el bienestar social y ambiental reemplace al PIB como indicador de prosperidad.

Por lo tanto, el decrecimiento resalta la importancia de la autonomía, el trabajo de cuidado, la auto-organización, los bienes comunes, la comunidad, el localismo abierto, el trabajo colaborativo, la felicidad y la convivencia.

Si las agencias e instituciones prosistema, como la Agenda 2030, ya alertan del colapso ecológico y de muchas de las materias primas, porque vivimos de una forma absolutamente insostenible, el deber de los programas alternativos, a nivel político, económico, social y cultural, es promover alternativas al sistema capitalista. No se trata sólo de plantear un modelo diferente, e incluso opuesto, sino más bien, recuperar comportamientos sociales y productivos que no hace tanto regían las relaciones económicas entre los hombres y las comunidades. Y añadir el valor que la ciencia, desde la biología hasta la sociología, para incluir a cuántos más mejor y poder construir una sociedad más plena, justa y satisfactoria.

El progreso tecnológico y científico, incorporado a las sociedades productivas, no sólo no ha garantizado un objetivo de mayor y mejor bienestar, sino más bien al contrario. Repitiendo el proceso que Engels ya describió durante la Revolución Industrial, La Paradoja de Engels muestra como la nueva era en el proceso tecnológico y productivo, que se puede enumerar como cuarta, vuelve a aumentar los valores macroeconómicos de los países de la OCDE desde finales del siglo XX. Sin embargo, los salarios no han crecido, o apenas lo han hecho para sustentar una vida cada vez más mísera para la clase trabajadora. Las ganancias, esa plusvalía, conseguida por la tecnología, pero que sigue saliendo de los recursos tradicionales como son la fuerza de trabajo y la accesibilidad a las materias primas (la facilidad de su aprovechamiento, transporte, almacenamiento y eliminar sus desechos) se han guardado en los bolsillos de las clases extractivas. Es decir, la riqueza de todos, vuelve a centrarse en unos pocos. En unos muy, pero que muy, pocos.

Si el siglo XXI será el siglo de las mujeres (de lo que no tengo ninguna duda), también lo será de la revolución tecnológica y el siglo en el que tendremos que frenar el cambio climático. Estos dos últimos retos son insoslayables y ambos requieren de un giro copernicano en las formas de producir, consumir y trabajar. La tarea por delante es evitar que las fuerzas que dominen estos cambios sean las del monopolio tecnológico de las grandes multinacionales y plataformas digitales, y no porque sus multimillonarios dueños me caigan mal; no es un tema moral (aunque también), es que imponen reglas que aceleran la Paradoja de Engels, destrozando derechos laborales, negándose a pagar impuestos y frenando cualquier avance tecnológico que amenace su monopolio. Son tan nocivas que hasta el Congreso de los EEUU está intentando ponerles freno. Son un lastre para el desarrollo, como lastre son para el avance de las energías renovables y los acuerdos climáticos las presiones que ejercen las multinacionales petroleras y las compañías energéticas.

Los vientos a favor de un cambio que mejore la vida de la mayoría y frene el cambio climático solo pueden darse a través de acuerdos que pongan normas y planifiquen el desarrollo de forma equitativa y sostenible. Como todo cambio viene precedido de la idea, momento es de abrir los debates que los rescoldos moribundos del neoliberalismo dogmático se empeñan en negar, empezando por el concepto mismo de trabajo.

Si parte de nuestros trabajos los pueden realizar algoritmos o máquinas, trabajemos menos horas y menos años, con la misma efectividad. La propuesta de reducción de la jornada laboral a 32, 30 o 24 horas semanales ya está lanzada porque es posible y, sobre todo, es racional, incluso dentro del capitalismo, como predijera John Maynard Keynes, quien en 1930 aseguró que en 100 años (o sea, en la actualidad) la jornada laboral sería de 15 horas semanales.

Que el acceso a la tecnología sea un derecho y que se base en conocimiento compartido lo han entendido hasta en la Organización Mundial del Comercio, que ha cambiado la normativa de patentes al ver imposible el desarrollo tecnológico con las ideas de propiedad intelectual del siglo XIX. Lo que pretendo decir es que la revolución digital abre brechas en el sistema y permite hacernos preguntas sobre el futuro que desmontan los mitos neoliberales del siglo XX: podemos trabajar menos horas y menos años, avanzar en una democracia económica, en la planificación estratégica y, por qué no, en una democracia real con nuevas formas de participación. Derechos contra las máquinas y soltar lastre. Nos va a hacer falta mucha organización y enormes dosis de impertinencia y rebeldía, pero que nadie nos diga que no es posible.

 

1. En el momento presente, ¿Es inequívocamente saludable el crecimiento económico?

La visión dominante en las sociedades opulentas es que el crecimiento económico es la panacea que resuelve todos los problemas. A su amparo -se nos dice- la cohesión social se asienta, los servicios públicos se mantienen, y el desempleo y la desigualdad no ganan terreno.

Sobran las razones para recelar, sin embargo, de todo lo anterior. El crecimiento económico no genera -o no necesariamente- cohesión social, no guarda una relación con la creación de empleo, provoca agresiones al medio ambiente en muchos casos irreversibles, propicia el agotamiento de recursos escasos, cada vez más caros, que ya no estarán disponibles para las generaciones venideras, que sí deberán hacerse cargo de las consecuencias de nuestro uso indiscriminado sobre esos recursos, y en fin, permite el asentamiento de un modo de vida esclavo que invita a pensar que somos más felices cuanto más tiempo trabajemos, más dinero ganemos, y sobre todo, más bienes podamos consumir. Frente a esto se impone la certeza de que, dejando atrás un nivel elemental de consumo, el crecimiento irracional del consumo, es más un indicador de infelicidgad que una muestra de lo contrario. Es por lo tanto, razonable adelantar, que la crisis general por la que atravesamos se acabe consolidando como una realidad inmutable y deseable para los ciudadanos. Y por supuesto se hace fundamental luchar contra la imposición de este relato y las consecuencias de este estado de crisis permanente.

2. ¿Cuáles son los pilares en los que se asientan los sinsentidos del crecimiento?

Son tres los pilares en los que se sustenta tanta irracionalidad. El primero es la publicidad, que nos obliga a comprar lo que no necesitamos y, llegado el caso, exige que adquiramos, incluso, lo que nos repugna. El segundo es el crédito, que históricamente ha permitido disponer el dinero que permitía preservar el consumo aún en ausencia de recursos. El tercero es la caducidad de los bienes producidos, claramente programados para que en un período de tiempo breve dejen de funcionar, de tal suerte que nos veamos en la obligación de comprar otros nuevos. Por detrás de todo ello está, en palabras de Zigmunt Bauman, la certeza de que “una sociedad de consumo sólo puede ser una sociedad de exceso y prodigalidad y, por ende, de redundancia y despilfarro”.

3. ¿Debemos fiarnos de los indicadores económicos que hoy empleamos?

Los indicadores económicos que nos vemos obligados a utilizar, como el Producto Interior Bruto (PIB), han permitido afianzar, en palabras de John Kenneth Galbraith, “una de las formas de mentira social más extendidas”. Pensemos por un instante. Si un país retribuye al 10% de sus habitantes por destruir bienes, hacer socavones en las carreteras, dañar vehículos, etc., y a otro 10% por reparar esas carreteras y vehículos, tendrá el mismo PIB que un país en el que el 20% de sus empleos se consagran a mejorar la esperanza de vida, la salud, la educación y el ocio.

La mayoría de los indicadores actuales contabiliza como crecimiento -y cabe suponer también que como bienestar-, todo lo que es producción y gasto, incluidas las agresiones medioambientales, los accidentes de tráfico, la fabricación de cigarrillos, los fármacos y las drogas, o el gasto militar. Esos mismos indicadores nos dicen, en cambio, del trabajo doméstico, apenas nada en virtud de un código a menudo impregnado de machismo, de puro patriarcado; de la preservación objetiva del medio ambiente, por ejemplo, un bosque con vertido en papel acrecienta el PIB, en tanto ese mismo bosque indemne, decisivo para garantizar la Vida, no computa como riqueza; de la calidad de los sistemas educativos y sanitarios, y en general, de las actividades que generan bienestar aunque no impliquen producción y gasto, o del incremento del tiempo libre.

De resultas puede afirmarse que la ciencia económica dominante sólo presta atención a lo que se tiene o no se tiene, y no a los bienes que hacen que alguien sea algo (Franqois Flahault), en un escenario en el que "las ideas rectoras de la modernidad son más, mayor, más deprisa, más lejos” (Manfred Linz).

4. ¿No son muchas las razones para contestar el progreso, más aparente que real, que han protagonizado nuestras sociedades durante decenios?

Son muchas, si. Hay que preguntarse, por ejemplo, si no es cierto que en la mayoría de las sociedades occidentales se vivía mejor en el decenio de 1960 que ahora: el número de desempleados era sensiblemente menor, la criminalidad mucho más baja, las hospitalizaciones por enfermedades mentales se hallaban a años luz de las actuales, los suicidios eran infrecuentes y el consumo de drogas escaso. En EE UU, donde la renta per cápita se ha triplicado desde el final de la Segunda Guerra Mundial, a partir de 1960 se redujo, sin embargo, el porcentaje de ciudadanos que declaraban sentirse satisfechos. En 2005, un 4.9 por ciento de los norteamericanos estimaba que la felicidad se hallaba en retroceso, frente a un 26 por ciento que consideraba lo contrario.

Son muchos los expertos que concluyen, en suma, que el crecimiento en la esperanza de vida al nacer registrado en los últimos decenios bien puede estar tocando a su fin en un escenario lastrado por la extensión de la obesidad, el estrés, la aparición de nuevas enfermedades y la contaminación.

5. ¿Por qué hay que decrecer?

En los países ricos hay que reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales. "El único programa que necesitamos se resume en una palabra: menos. Meno; trabajo, menos energía, menos materias primas” (Beppo Grillo).

Por detrás de esos imperativos despunta un problema central: el de los límites medioambientales y de recursos del planeta. Si es evidente que en caso de que un individuo extraiga de sus ahorros, y no de sus ingresos, la mayoría de los recursos que emplea, ello conducirá a la quiebra, parece sorprendente que no se emplee el mismo razonamiento a la hora de sopesar lo que las sociedades occidentales están haciendo con los recursos naturales. Aunque nos movemos si así quiere un barco que se encamina directamente hacia un acantilado, lo único que hemos hecho en los últimos años ha sido reducir un poco la velocidad sin modificar, en cambio, el rumbo.

Para calibrar la hondura del problema, el mejor indicador es la huella ecológica, que mide la superficie del planeta, tanto terrestre como marítima, que precisamos para mantener las actividades económicas. Si en 2004 esa huella 10 era de 1,25 planetas Tierra, según muchos pronósticos alcanzará dos Tierras si ello es imaginable en 2050. La huella ecológica igualó la biocapacidad del planeta en torno a 1980, y se ha triplicado entre 1960 y 2003. En paralelo, no está de más que recordemos que en 2000 se estimaban en 4.1 los años de reservas de petróleo, 70 los de gas y 55 los de uranio.

6. ¿Cuál es la actitud que ante lo anterior exhiben los dirigentes políticos?

Los dirigentes políticos, marcados por un irrefrenable cortoplacismo electoral, prefieren dar la espalda a todos estos problemas. De resultas, y en palabras de Cornelius Castoriadis, "quienes preconizan un cambio radical de la estructura política y social pasan por ser incorregibles utopístas, mientras que los que no son capaces de razonar a dos años vista son, naturalmente realistas”. Todo pensamiento radical y contestarario es tildado inmediatamente de extremista y violento, además de patológico, y por supuesto, utópico, e incluso, infantil.

La idea, supersticiosa, de que nuestros gobernantes tienen soluciones de recambio se completa con la que sugiere que la ciencia resolverá de manera mágica. antes o después, todos estos problemas. No parecería lógico, sin embargo, construir un "rascacielos sin escaleras ni ascensores sobre la base de la esperanza que un día triunfaremos sobre la ley de la gravedad" (Mauro Bonaiuti). Más razonable resultaría actuar como lo haría un pater familias diligens, que "se dice a si mismo: ya que los problemas son enormes, e incluso en el caso de que las probabilidades sean escasas, procedo con la mayor prudencia, y no como si nada sucediese” (Castoriadis). No es ésta una carencia que afecte en exclusiva a los políticos. Alcanza de lleno, antes bien, a los ciudadanos, circunstancia que da crédito a la afirmación realizada por un antiguo ministro de Medio Ambiente francés: "La crisis ecológica suscita una comprensión difusa, cognitivamente poco influyente, políticamente marginal. Electoralmente insignificante”.

7. ¿Basta, sin más, con reducir determinadas actividades económicas?

A buen seguro que no es suficiente con acometer reducciones en los niveles de producción y de consumo. Simplemente pensando en el fin evidente de las energías no renovables y en los sistemas productivos que se basan en la quema de hidrocarburos. Es preciso reorganizar en paralelo nuestras sociedades sobre la base de otros valores que reclamen el triunfo de la vida social, del altruismo y de la redistribución de los recurso frente a la propiedad y al consumo ilimitado. Los verbos que hoy rigen nuestra vida cotidiana son tener-hacer-ser; si tengo esta o aquello entonces haré esto y seré feliz. Hay que reivindicar, en paralelo, el ocio frente al trabajo obsesivo. O lo que es casi lo mismo, frente al "más deprisa, más lejos, más a menudo y menos caro” hay que contraponer el "más despacio, menos lejos, menos a menudo y más caro“ (Yves Cochet). Debe apostarse, también, por el reparto del trabajo, una vieja práctica sindical que, por desgracia, fue cayendo en el olvido con el paso del tiempo.

Otras exigencias ineludibles nos hablan de la necesidad de reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras productivas. de las organizaciones administrativas y de los sistemas de transporte. Lo local, por añadidura, debe adquirir una rotunda primacía frente a lo global en un escenario marcado, en suma, por la sobriedad y la simplicidad voluntaria. Entre las razones que dan cuenta de la opción por esta última están la pésima situación económica, la ausencia de tiempo para llevar una vida saludable, la urgencia de mantener una relación equilibrada con el medio, la certeza de que el consumo no deja espacio para un desarrollo personal diferente o, en fin, la conciencia de las diferencias alarmantes que existen entre quienes consumen en exceso y quienes carecen de lo esencial.

Serge Latouche ha resumido el sentido de fondo de estos valores de la mano de ocho re: reevaluar (revisar los valores), reconceptualizar, reestructurar (adaptar producciones y relaciones sociales al cambio de valores), relocalizar, redistribuir (repartir la riqueza y el acceso al patrimonio natural), reducir (rebajar el impacto de la producción y el consumo), reutilizar (en vez de desprenderse sin más de un sinfín de dispositivos) y reciclar.

8. Estos valores, ¿Son realmente ajenos a la organización de las sociedades humanas?

Los valores que acabamos de reseñar no faltan, en modo alguno, en la organización de las sociedades humanas. Así lo demuestran, al menos, cuatro ejemplos importantes. Si el primero nos recuerda que las prácticas correspondientes tienen una honda presencia en muchas de las tradiciones del movimiento obrero y bien es cierto, en las vinculadas, en particular, con el mundo libertario. La segunda subraya que en una institución central en muchas sociedades, la familia, impera antes la lógica del don y de la reciprocidad que la de la mercancía. La propia economía de cuidados, protagonizada por tantas mujeres y plasmada ante todo en el cuidado amoroso de niños y de ancianos, ilustra en plenitud el buen sentido de los principios que ahora nos interesan. Pero lo social está a menudo presente. También, en lo que despectivamente hemos dado en llamar economía informal. En muchos casos "el objetivo de la producción informal no es la acumulación ilimitada, la producción por la producción. El ahorro, cuando existe, no se destina a la inversión para facilitar una reproducción ampliada”, recuerda Latouche. Y está presente en la experiencia histórica de muchas sociedades que no estiman que su felicidad deba vincularse con la acumulación de antes. Estamos pensando, cómo no, en la industria militar, en la automovilística, en la de la aviación o en buena parte de la de la construcción.

9. ¿Qué supondría el decrecimiento en las sociedades opulentas?

Hablando en plata, lo primero que las sociedades opulentas deben tomar en consideración es la conveniencia de cerrar -o al menos reducir sensiblemente la actividad correspondiente- muchos de los complejos fabriles hoy existentes. Estamos pensando, cómo no, en la industria militar, en la automovilística, en la de la aviación o en buena parte de la de la construcción.

Los millones de trabajadores que, de resultas, perderían sus empleos deberían encontrar acomodo a través de dos grandes cauces. Si el primero lo aportaría el desarrollo ingente de actividades en los ámbitos relacionados con la satisfacción de las necesidades sociales y medioambientales; el segundo llegaría de la mano del reparto del trabajo en los sectores económicos tradicionales que sobrevivirían. Importa subrayar que en este caso la reducción de la jornada laboral bien podría llevar aparejada, por qué no, reducciones salariales, siempre y cuando éstas, claro, no lo fueran en provecho de los beneficios empresariales. Al fin y al cabo, la ganancia de nivel de vida que se derivaría de trabajar menos, y de disfrutar de mejores servicios sociales y de un entorno más limpio y menos agresivo, se sumaría a la derivada de la asunción plena de la conveniencia de consumir, también, menos, con la consiguiente reducción de necesidades en lo que a ingresos se refiere. No es preciso agregar que las reducciones salariales que nos ocupan no afectarían, naturalmente, a quienes menos tienen, y que hablamos de un escenario de transición hacia la abolición del trabajo asalariado y la mercancía.

10. ¿Es el decrecimiento un proyecto que augura, sin más, la infelicidad a los seres humanos?

El decrecimiento no implica en modo alguno, para la mayoría de los habitantes, un entorno de deterioro de sus condiciones de vida. Antes bien, debe acarrear mejoras sustanciales como las vinculadas con la redistribución de los recursos, la creación de nuevos sectores que atiendan las necesidades insatisfechas, la preservación del medio ambiente, el bienestar de las generaciones futuras, la salud de los ciudadanos y las condiciones del trabajo asalariado, o el crecimiento relacional en sociedades en las que el tiempo de trabajo se reducirá sensiblemente.

Al margen de lo anterior, conviene subrayar que en el mundo rico se hacen valer elementos así, la presencia de infraestructuras en muchos ámbitos, la satisfacción de necesidades elementales o el propio decrecimiento de la población que facilitarían el tránsito a una sociedad distinta. Hay que partir de la certeza de que si no decrecemos voluntaria y racionalmente, tendremos que hacerlo obligados de resultas del hundimiento, antes o después, del capitalismo global que padecemos.

11. ¿Qué argumentos se han formulado para cuestionar la idoneidad del decrecimiento?

Los argumentos vertidos contra el decrecimiento parecen poco relevantes. Se ha señalado, por ejemplo, y contra toda razón, que la propuesta se emite desde el Norte para que sean los países del Sur los que decrezcan materialmente. También se ha sugerido que el decrecimiento es anti-democrático, en franco olvido de que los regímenes que se ha dado en describir como totalitarios nunca han buscado, por razones obvias, reducir sus capacidades militar-industriales. Más bien parece que, muy al contrario, el decrecimiento, de la mano de la autosuficiencia y de la sencillez voluntaria. bebe de una filosofía no violenta y antiautoritaria. La propuesta que nos interesa no remite, por otra parte, a una postura religiosa que reclama una renuncia a los placeres de la vida: reivindica, antes bien una clara recuperación de éstos en un escenario marcado, eso si, por el rechazo de los oropeles del consumo irracional. Por otra parte, no está de más recordar que el actual paradigma del crecimiento ilimitado de una economía capitalista basada en la especulación y la hiperfinanciarización jamás se ha puesto en discusión, ha sido valorado, debatido o votado, por nadie, sino que más bien fue impuesto desde las altas instancias como modelo culmen de las capacidades extractivas que tienen las élites, los poderosos, sobre el resto. Del 1% sobre el 99 restante.

El proyecto de decrecimiento nada acarrea, en suma, de ecologismo tontorrón y asocial: se asienta en el firme designio de combinar el ecologismo fuerte con las luchas sociales de siempre. En esta última dimensión tiene por necesidad que contestar la lógica del capitalismo con el doble propósito de salvar el planeta y salvar la especie humana. No hay decrecimiento plausible, en otras palabras, si no se contestan en paralelo el orden capitalista y su dimensión de explotación, injusticia y desigualdad. Esa tarea no parece difícil: La ecología es subversiva porque pone en cuestión el imaginario capitalista que domina el planeta. Rechaza el motivo central, según el cual nuestro destino estriba en acrecentar sin cesar la producción y el consumo. Muestra el impacto catastrófico de la lógica capitalista sobre el medio natural y sobre la vida de los seres humanos.

12. ¿También deben decrecer los países pobres?

Aunque, con certeza, el debate sobre el decrecimiento tiene un sentido distinto en los países pobres -está fuera de lugar reclamar reducciones en la producción y el consumo en una sociedad que cuenta con una renta per cápita treinta veces inferior a la nuestra-, parece claro que aquéllos no deben repetir lo hecho por los países del Norte. No se olvide, en paralelo, que una apuesta planetaria por el decrecimiento, que acarrearía por necesidad un ambicioso programa de redistribución, no tendría, por lo demás, un efecto de reducción del consumo convencional en el Sur.

Para esos países se impone, en la percepción de Latouche, un listado diferente de re: romper con la dependencia económica y cultural con respecto al Norte, reanudar el hilo de una historia interrumpida por la colonización, el desarrollo y globalización, reencontrar la identidad propia, reapropiar ésta, recuperar las técnicas y saberes tradicionales, conseguir el reembolso de la deuda ecológica y restituir el honor perdido, en base a valores como la justicia ecológica y la memoria histórica frente al colonialismo, el imperialismo, el racismo, la esclavitud o la sumisión ante las multinacionales capitalistas.

Llegados a este punto no se puede obviar la evolución de la sociedad a lo largo de la historia y que tras la Revolución Industrial en el Siglo XIX, le ha seguido una Revolución Reproductiva desde la segunda mitad del Siglo XX, a tenor de los estudios de Pérez y McInness. Según estos autores, y en línea de favorecer unos nuevos mecanismos y prácticas productivas, sociales y culturales, la mujer, tras las dos Guerras Mundiales, ha abandonado su tradicional rol, librándose de las tareas domésticas y de cuidados de familiares (fundamentalmente de los niños, es decir, de la siguiente generación), para incorporarse a la esfera pública. Esta fase de Revolución Reproductiva permite una mayor eficacia en el reemplazo de nuevos seres humanos, incorporados a las cadenas de producción. Ahora, al contrario que en el pasado, se incorporan nuevas generaciones a tareas productivas, sin que la anterior haya desaparecido, lo que ha ahonda en el envejecimiento de las sociedades de los países occidentales.

Para ello redefinen el concepto de fecundidad. Primero relacionando dos fenómenos que consideran íntimamente ligados: nacimientos y muertes. Después identificando el abrumador coste que la reproducción, el reemplazo de seres humanos, supone. Llegan a equipararlo a los otros tres sectores productivos, siendo este cuarto el que ha ocupado a la mayor parte de la humanidad (las mujeres) a lo largo de la Historia.

Por último, cuestiona la institución de la familia afirmando que no ha sido debilitada, sino solamente su acepción patriarcal. Esto discute las visiones apocalípticas sobre el envejecimiento de la población y el desmoronamiento de los estados de bienestar. Además, nos da una justificación práctica sobre la necesidad de que el estado colabore,
de forma activa y cuantiosa, en la educación y manutención de las nuevas generaciones.

Esta teoría ha sido aceptada como causa y a la vez efecto, ligado al decrecimiento, puesto que la idea de incorporar a la productividad las tareas que habitualmente han realizado las mujeres, no devengaría inmediatamente en una bajada de los índices de producción, sino más bien la transformación de estos a incorporar actividades imprescindibles, cuantificarlas, y valorarlas como parte indispensable de los procesos productivos.

Por otro lado, es imprescindible señalar y dejar como un punto de partida ineludible como discusión en favor de la igualdad entre géneros y en contra del patriarcado, que un decrecimiento económico no va a venir adherido a la limitación de la capacidad de consumo y mejora del bienestar en los países y sociedades en vías de desarrollo. Además de injusto, sería falaz frenar el desarrollo de cuatro quintas partes de la población mundial, sólo porque desde la élite de la otra parte se plantea un modelo socio-económico que busca la sostenibilidad y la felicidad lejos de los valores clásicos de producción y consumo.

Como nos explica Hans Rosling en su obra Factfulness, debemos ser realistas a la hora de plantear a 5.000 millones de personas que todavía tendrán que "seguir lavando la ropa a mano y trasladarse kilómetros a una fuente de agua para hacerlo", sólo porque "ahora" estemos despertando del sueño de los estados de bienestar insostenibles. Esperar a que los países en vías de desarrollo renuncien al crecimiento económico no es realista. "Quieren lavadoras, luz eléctrica, sistemas de alcantarillado decentes, una nevera en la que almacenar los alimentos, gafas si ven mal, insulina si padecen diabetes y medios de transporte para ir de vacaciones con sus familias tanto como tú y como yo". De lo que se trata es de concierciarnos de la necesidad de incorporar a todos a un mayor bienestar y sostenibilidad, sin perjuicio de los avances tecnológicos y científicos que permiten una mayor y mejor vida. En resumen, se trata de incorporar a la economía todas las actividades beneficiosas e imprescindibles para el mantenimiento de al vida, y valorarlas en su totalidad, incluidos los costes sociales, legales y medioambientales que acarrean, tanto en el momento actual como en el futuro. "Tenemos que dedicar nuestros esfuerzos a inventar nuevas tecnologías que permitan a 11.000 millones de personas vivir la vida que deberíamos esperar que luchen por lograr. La vida que estamos viviendo ahora en el nivel 4, pero con soluciones más inteligentes" (Hans Rosling).

 

En definitiva, con el decrecimiento se pone en discusión el paradigma aceptado del crecimiento económico como baremo imprescindible para conseguir la felicidad de la población. Las continuas crisis que el capitalismo necesita para seguir funcionando, y las élites para beneficiarse de él, demuestran que el modelo capitalista-neoliberal está agotado. Y que tampoco es sostenible, ni justo plantear un modelo simplemente liberal porque las facturas de los despropósitos de estos años los seguirán pagando otros, no los auténticos responsables. Volviendo a Galbraith es imprescindible adelantarse a la "miopía del desastre", es decir, a la irresponsabilidad de los gestores políticos y económicos que alientan modelos productivos basados en la especulación, el consumismo y el lucro rápido y fácil. Es básico volver a poner en marcha modelos económico y sociales de cercanía, sostenibles e inclusivos, que tengan en cuenta a toda la población y su bienestar, así como a las generaciones futuras en la obligación moral y ética de legarles un patrimonio y un medio ambiente, por lo menos, de la misma cantidad y calidad que el que hemos podido disfrutar nosotros.

 

 

lunes, 24 de julio de 2023

Elecciones Generales 23 Julio: Pedro Sánchez El Resistente

 

Infografía y recurso de eldiario.es.

 

Ayer domingo 23 de julio se celebraron las Elecciones Generales de la décimo-sexta legislatura, adelantadas en medio año por el presidente Pedro Sánchez tras el resultado de las autonómicas y municipales de mayo. Y Pedro Sánchez ha sobrevivido, una vez más al envite, demostrando un absoluto y colosal sentido de la supervivencia política, así como una pericia propositiva y en el discurso digna de elogio.

 

Unas notas a tener en cuenta:


  1. El PP ha ganado las elecciones. La ofensiva, de corte trumpista, auguraba una victoria por mayoría absoluta (junto a Vox), en la que participaban en regocijo los medios del capital, tremendamente interesados en un escenario que plasmará sus intereses. Fundamentalmente, el control total del arco mediático españistaní, con Mediaset opando a hostias los restos del Grupo Prisa. Las encuestas y sondeos privados y estos medios de comunicación, voraces y proactivos en la proliferación de bulos y campañas de acoso y derribo, han visto como no han conseguido sus objetivos, de despejar la Moncloa de Sanchismo y de sus socios a la izquierda del PSOE.

  2. Feijoo ha ido cayendo en barrena en las últimas semanas debido a una incapacidad abochornante (galegas y galegos, cómo es posible que este sujeto haya ganado 4 elecciones autonómicas por mayoría absoluta), una cobardía indigna de cualquier candidato a nada (se negó a acudir al debate en la TV pública), y por sus constantes mentiras, incluidas las que tiene que ver con su ya legendaria amistad con un capo de la droga en la Galicia de los 90 (el que esto haya tenido al final tanta trascendencia me hace pensar en fuego amigo disparado desde Madrid). Ha ganado en votos, por escaso margen, y por diputados, por menos diferencia que la extrapolación de las municipales de mayo indicaban. Particularmente en Madrid, donde parece claro que Ayuso arrastra abudicidos a unas masas fervorosas por la nueva lideresa y que no se han dejado convencer por la falta de carisma del gallego. Sólo hay que ver que Feijoo salía a dar un discurso bajo los coros de una Ayuso que vestida de rojo rompía el monocroma en blanco de toda la caterva del PP.

  3. Pedro Sánchez es el gran vencedor porque es el único con posibilidades reales de convertirse en presidente, y será el único propuesto por el Rey (Artículo 99 de la Constitución; de todos modos, no me negarán, que sería gracioso ver al monarca disparándose su privilegiado pie si propusiera a otro candidato), y aunque se prevean unas negociaciones duras, y probablemente en menos de 4 años haya que volver a votar, no hay que perder de vista que hace dos meses se le daba por muerto y enterrado, y hoy es el que está más cerca de lograr el apoyo de los 176 diputados necesarios.

  4. De hecho, la derecha ha sido víctima de su propia estrategia, gracias entre otras cosas a la maniobra de Sánchez, adelantando las elecciones, llamando al voto útil y práctico ante la ola reaccionaria. Al tiempo que se han consolidado parlamentos autonómicos, gobiernos y ayuntamientos se han puesto sobre el debate las desavenencias entre las extremas derechas y su único punto en común de saquear el país. Las primeras medidas han venido a desmontar derechos ciudadanos, a aplicar más mordazas y censuras culturales, y a tratar de mantener los chiringuitos taurinos y eclesiásticos de toda la vida.

    De este modo el electorado, en general y en bruto, ha visto lo que la unión PP-Vox iba a traer, y ha reaccionado para tratar de esquivar la bala en el último momento. Y lo ha conseguido.

    Por contra, el PP y Vox se han repartido el electorado de Ciudadanos y han perdido buena parte de los apoyos que consiguieron en mayo, en otras elecciones y con otros candidatos. La ultraderecha pierde casi un 50% de su representación parlamentaria, y revisando resultados no parece claro, que todo haya ido al PP. Sobretodo en Madrid, donde la izquierda aquí si ha discutido el escrutinio, cuando hace dos meses fue arrasada por Ayuso.

  5. Muy meritoria la campaña y resultados de Sumar que favorecerán la repetición del gobierno de coalición, seguramente con similar reparto de carteras y responsabilidades. Cambiarán los nombres, pero el reto será, no tanto mostrar sintonía en el seno del ejecutivo (porque si la hubiera mala señal sería y nos haría pensar por qué no se han presentado juntos) y sí en el propio seno de la coalición de partidos que tejió a prisa y corriendo, y por orden de Sánchez, un quebradizo andamio.

    Estas alianzas son débiles e inestables y pueden saltar en cualquier momento, pero de conseguir consolidarse se pondría un buen cimiento para superar la coalición creada en 1986, para generar una izquierda fuerte, representativa y que esté cercana a la
    ciudadanía. Sin duda, la labor e imagen de Yolanda Díaz es un valor al alza, sobretodo tras el excelso debate en el que dió una impresión impecable.

    De entre todas las fuerzas, IU parece la más estable, pero tenemos la tarea de recuperar lo que éramos en 2015. Otras fuerzas como
    Compromís o Más País se han servido de la coalición para mantener su cuota de representación y reparto económico. Y mientras Podemos está ante la encrucijada final de su historia. A saber: recomponerse mejorando lo mal hecho, reforzando lo positivo y pasando página a estos 8 años. O regocijarse en "el circulo de la Complutense", el ordeno y mando de Iglesias. De hecho, y personalmente, me parece que tan positivo para el resultado ha sido la sobre exposición del mendrugo de Feijoo, como el perfil bajo o lo escondido en el que ha estado el genio de Iglesias.

  6. En Euskadi, y apenas a un año del las elecciones autonómicas, Bildú ha ganado claramente al PNV y se postula como favorito a esas elecciones. En este contexto, ninguno de los dos partidos va a dispararse en un pie y no facilitar un gobierno PSOE+Sumar, porque de no hacerlo sería dar el poder a la extrema derecha, enemigos absolutos de todo lo que es el País Vasco.

  7. El llamamiento al voto útil ha tenido otras víctimas. Fundamentalmente la España Vaciada. Si la campaña ha sido indigna y sin una mínima propuesta de temas y medidas, el drama de un territorio desvencijado, inconexo, depauperado y deteriorándose por momentos no ha aparecido por ningún lado. El resultado: Teruel Existe pierde su representación parlamentaria, y todas las marcas de la España Vaciada han tenido peores resultados que en mayo. Indudablemente este marco nacional no se lo ponía fácil, pero duele ver como en territorios de las Castillas, Aragón o Galicia se ha apostado por los señoritos que han desmembrado y empobrecido estas regiones, a sus territorios y sus gentes desde hace tantos años. Si bien, hay que tener claro que persisten una buena cantidad de advenedizos que han buscado acomodo aquí por su interés lucrativo personal, es deber de la izquierda (y también del PSOE) buscar puntos en común, que dé compromisos y permita incorporar estas demandas y estas fuerzas a las ya existentes para tratar de dar respuesta al problema de la despoblación. Será difícil, y puede que imposible porque hay líneas que ya se han intuido, pero no quiere decir que no haya que intentarlo.

  8. Por lo tanto, probablemente el PSOE de Pedro Sánchez mantendrá el poder. La coalición de gobierno resiste y en principio tenderá a repetirse con una composición análoga. En el juego político de negociación parecen seguros todos los partidos que sustentaron la mayoría ideológica, que no social, y sólo Junts, los restos de la corrupta CIU y el soberanismo de Puigdemont, ponen en discusión el previsible pacto. No me digan que España no es especial, pues un prófugo de la justicia tiene en su mano la llave de gobierno o elecciones y los facha jueces se ponen en su búsqueda y captura hoy mismo. Desde Waterloo alegan que el “No a Sánchez”, no es un “Sí a Feijoo”, pero se equivocan puesto que su negativa favorecería en el medio plazo la confirmación de un gobierno de reacción, que tendría a Catalunya en su punto de mira y darían la iniciativa directamente a ERC. Consideran que una derecha castellana fuerte es beneficiosa para la derecha catalana, pero siguen sin comprender que tras el Referéndum de 2017, el marco ha cambiado y el que quiera volver a la posición previa lo va a pagar. Entre otras cosas por la victoria total del PSC en Catalunya.

Equivocarse de enemigo se va a penalizar para cualquiera que no tenga claro que contra el fascismo, contra el PP y Vox, y toda la ola de odio, violencia, corrupción y vuelta al pasado retrógrado, miserable y de injusticia, hay que plantarse, unirse sin condiciones y darles siempre batalla. Simplemente amenazar con no cumplir con esto ya va a castigar al incauto que ponga sus intereses particulares por encima del bien colectivo y de arrancar España de las fauces del fascismo.

Si finalmente se consolida un nuevo pacto de investidura con gobierno de coalición liderado por el PSOE y Pedro Sánchez en la figura de presidente, éste no deberá de olvidar las lecciones a aprender tras este periplo: No repetir el sangrante episodio del verano de 2019, que tanto nos ha costado. Profundizar, sin ambages, sin medias tintas y con la agresividad que te da el poder redactar el BOE en la justicia social, el blindaje de los servicios públicos y la lucha contra la crisis climática que ya causa estragos y que si no se toman medidas, cambiará con muchísimo dolor nuestras vidas. Convencerse y ya de una vez hacerlo para todo el país que la vivienda no puede ser un bien de mercado, que ha de regularse y vigilarse porque ha averiado sin remisión el ascensor social y la salud del sistema de igualdad de oportunidades. Y ser igual de agresivo, o quizás más, a la hora de transformar las instituciones de este país. Negarse a pactar nada con este PP retrógrado, machista y fascista. Ni cámaras del poder judicial, ni RTVE, ni siquiera el horario del bedel del Congreso. El cerco, el cordón sanitario, se debe de imponer ya, para limpiar las instituciones de una supuesta democracia, de la carcoma de la extrema derecha franquista que usurpa estos poderes ciudadanos para sus privados privilegios. Se acabó. No se pueden plegar velas en estos temas y aludir a responsabilidades de estado, cuando tus oponentes son tan irresponsables. Sólo hay que ver el día de resaka tras las elecciones que el sistema judicial españistaní nos está regalando.

No será fácil porque PNV y Junts no son de izquierdas precisamente, pero si Pedro Sánchez ha conseguido salvar la situación, no todo se debe a su pericia política estos dos últimos meses. De hecho, la actual inestabilidad viene en buena parte por la voladura de la posibilidad de acuerdos entre las derechas de este país dentro de un sistema político preparado para facilitar esa unión de poder con el objetivo de extraer riqueza al pueblo. Recordemos que en democracia, el PP ha conseguido gobernar este país cuando ha ido de moderado y centrista, no subido al Dragon Rapide y diciendo a los cuatro vientos lo que iban a hacer contra todos los que no comulgan con sus ruedas de molino. También la labor de gobierno, mejorando la vida de la gente ha tenido mucho que decir. Como el hecho de que éste país ya no es el de una única visión centrista. España es diversa, plurinacional y europeísta, cultural y socialmente mucho más compleja que el relato único del madrileñismo. Esa es la realidad, y es un punto a favor a los que llevamos años clamando para modificar lo que haga falta para sus instituciones sean más garantistas y representativas.

Eso en cuanto a la política institucional, porque en la mediática, el nuevo gobierno tiene que tener claro ya que desde estas trincheras se azuza un odio visceral contra todo lo que se proponga aunque quedé demostrado que estos cuatro años han sido positivos para el conjunto de la ciudadanía (y eso, contando todo lo que ha pasado). Hay que reforzar el periodismo, y su pluralidad, como cuarto poder, y denunciar sin temor y sin dilación, a quien en su nombre, manipulan, desinforman y crean injustificables estados de opinión que favorecen la visión fascista de la realidad. Sólo han bastado dos semanas de campaña para dar la vuelta a las elecciones. Imaginad lo que se podría conseguir si se aplica esta beligerancia contra quienes son agresivos contra el conjunto de la ciudadanía.

Y por último, al PSOE y por supuesto extensible a Sumar y los partidos y organizaciones que la conforman: Hacer política de calle. Militancia. Cuadros y asambleas. Recuperar los movimientos vecinales, sindicales, estudiantiles y que pedían más democracia entre 2011 y 2014. Defender el feminismo, el ecologismo y los derechos de las minorías de toda condición, sin perjuicio de debilitar la identidad de nadie. Y procurar la mejora de la calidad de vida de toda la población, en todos los territorios.

No habrá otra oportunidad, si se sigue dejando de dar batalla en las calles, y después en las urnas. Recuperar la moral y con ella hacer ver a los jóvenes, por si mismos, que esta moda de la reacción va contra su propia dignidad y vida. Hay que ocuparlas con las justas reclamaciones de la mayoría de la población, para echar de ellas a los fanáticos y falsarios que pasan por mayoritarias lo que no son más que los intereses de las oscuras élites. Qué sepan que nos van a tener en contra y no vamos a permitir su fascismo y violencia.




La Revolución Francesa de 1789

 Prise de la Bastille (1789), de Jean-Pierre Houël   La Revolución Francesa es el acontecimiento que originó el mundo tal y como lo c...