lunes, 29 de mayo de 2017

Una vuelta filosófica a la necesaria Reducción de la Jornada Laboral

Fotograma de la excepcional e imprescindible Tiempos Modernos, de Charles Chaplin (1936)

Voy a continuar reflexionando sobre cómo funciona este sistema económico y social y sobre la necesidad perentoria de reducir la jornada laboral. Lo voy a hacer aplicando mi experiencia particular, añadiendo la valoración personal, y la lectura concreta al momento vital en el que me encuentro.
Desde hace un mes estoy de vuelta en el mundo del trabajo. Acepte un puesto de desarrollador web en Salamanca, nuevamente, en una especie de burla de la vida que parece atarme a una realidad rutinaria, ya exprimida, sin dejarme crecer, probar nuevas cosas y entornos y cumplir anhelos.
Una de las cosas más interesantes que me está sucediendo es como desde que he vuelto a la rutina y la seguridad (relativa) de tener ingresos a final de mes, me he vuelto menos cuidadoso con el dinero. Esta es una sensación que tuve la semana pasada al caminar hacia el trabajo con mi café diario de take away en la mano; lo recordé horas después al animarme a comprar unas galletas sin aceite de palma para el aperitivo; después sentí lo mismo cuando me animé a echar un boleto de los Euro millones. Y todo ello lo confirmé empíricamente cuando comprobé mi Excel con el presupuesto doméstico.
Desde luego no se trata de compras excesivamente caras, caprichos extravagantes o derroches irracionales. No. Son compras y adquisiciones sin las que he podido vivir todos estos meses de atrás en los que mis ingresos no estaban tan garantizados, y que además se demostraron como innecesarias.
Pensando en todo esto he llegado a la conclusión de que es curioso como dependiendo de nuestro nivel de ingresos (y la expectativa de tenerlos) “nos llevamos” a un nivel de gastos que aparecen aparejados o intrínsicamente ligados, ya sea por motivaciones y presiones sociales, diferenciadoras o de pertenencia. Llama la atención como el hecho de tener un billete de 20 euros en el bolsillo nos invoca a una satisfacción temporal el gastarlos, aunque los bienes o servicios adquiridos con ellos no supongan ningún cambio trascendental en nuestras vidas.
Así con este hecho probado y replicado en millones de seres humanos llegamos a la cultura de las cosas innecesarias.
Es evidente que en Occidente se ha impuesto gracias al marketing, la publicidad y los medios de comunicación de masas un estilo de vida basado en gastar dinero en cosas innecesarias. Así el capitalismo por un lado se ha garantizado la recaudación de ingentes cantidades de dinero, que vuelve más pronto que tarde a sus manos tras haber salido en forma de salarios y dividendos. Y por el otro el sistema obtiene la sumisión inconsciente de una población atrapada en un bucle continuo de trabajar para consumir; de aceptar unas condiciones cada vez más penosas e indignas con tal de mantener un rol de éxito promovido por campañas publicitarias y una realidad social basada en la imagen, el culto al individualismo y la competitividad.
La idea es que en todo momento compres cualquier cosa. El Capitalismo, tal y como lo conocemos hoy no se sostiene sino es bajo una premisa concreta: Las grandes compañías no ganaron sus millones de dólares promoviendo bajo la honestidad, la responsabilidad (social, laboral, ambiental) o la ética, la virtud de los productos que ofrecen, sino que lo hicieron creando una cultura que influyó a millones de personas para que estas comprarán mucho más de lo que necesitan como un medio de satisfacción a través del dinero.
Al final, sobre todo en el entorno urbano (otro invento del sistema para dominarnos y controlarnos), compramos cosas o servicios para subirnos el ánimo, como descarga de adrenalina; o para tener lo mismo o mejor que el vecino; para completar visiones idílicas que la publicidad ha enraizado en nuestra mente durante toda nuestra vida; para publicar nuestro modo de vida en Internet y recibir la atención hipócrita de otros tantos infelices; o por otro montón de razones psicológicas y de status social que poco o nada tienen que ver con la razón misma de comprar: el uso del producto o servicio adquiridos.
Para completar el círculo las grandes compañías y sus gobiernos cómplices han planteado este estilo de vida como si fuera lo más normal, lo que se ha hecho toda la vida o el sumun de la evolución humana. Y como parte del chantaje, siempre pensando en las sociedades occidentales, se impone un ritmo de vida basado en la emergencia y el estrés, en el que la mayor parte del día productivo del ciudadano y ciudadana se pase en el puesto de trabajo (o en trayecto de ida y vuelta), lo que nos obliga a construir nuestras vidas en las tardes, las noches y los fines de semana.
Así aparece una paradoja que en los últimos años es recurrente en mi modo de pensar: Cuando tengo dinero, tengo muy poco tiempo para disfrutarlo o exprimirlo hacia caminos de realización personal; y cuando tengo tiempo, tengo poco o ningún dinero lo que imposibilita el acceso a gran parte de esos caminos.
La respuesta sería fácil: Trabajar menos para tener más tiempo libre, siempre sin perder la capacidad adquisitiva generada con nuestro empleo. Sin embargo, desde hace casi un siglo, en todos los países, en todos los momentos históricos y bajo todos los tipos de paradigmas productivos (incorporación de la mujer, robotización y automatización, virtualización de la economía y de las relaciones,…) las empresas y los gobiernos, el establishment, se han negado con vehemencia.
La jornada laboral de 8 horas se introdujo en Inglaterra a finales del XIX para proteger a los trabajadores (muchas veces niños) que estaban siendo explotados mediante jornadas laborales de 14 o 16 horas diarias.
A medida que la tecnología avanzaba, los trabajadores de todas las industrias fueron capaces de producir mucho más valor, en menos tiempo, aumentando exponencialmente las plusvalías que acababan en los bolsillos del empresario, sin apenas repercutir -y cuando lo hacían mínimamente es a base de sonoras y trágicas movilizaciones laborales- en los de los trabajadores. Al cambio, el debate sobre la reducción de jornadas laborales era ninguneado, cuando no erradicado, fijando las 40 horas semanales (8 diarias) como norma inamovible pese a que multitud de estudios demuestran que la productividad es notoriamente más alta en jornadas intensivas más cortas (el empleado tipo de oficinas logra trabajar “sólo” 3 horas de las 8 que pasa en su asiento).
Hay muchas razones para mantener esta legislación (inyección de un cansancio patológico en los y las trabajadores, dificultad a máximo el asociacionismo y el sindicalismo, frenar la contestación social, facilitar el control de masas y flujos, etc.) pero una de las más evidentes y perversas es que así logran que los trabajadores al tener poco tiempo libre pagarán más por los bienes y servicios, sin tener en cuenta su verdadera función o utilidad, sino que simplemente por una satisfacción o alivio obtenido por el mero hecho de comprar.
Si la gente llega cansada a su casa, y tiene que atender todas las obligaciones familiares y de comodidad del entorno hogar, al final consigues mantenerlos viendo la televisión y con ella todos los anuncios que alimentan esta siniestra rueda, haciéndoles perder cualquier tipo de ambición fuera de su trabajo.
Nos han llevado a una cultura para hacernos sentir cansados y hambrientos de satisfacción con lo que nos predisponen a gastar grandes sumas de dinero (de tiempo que pasamos “trabajando”) para obtener entretenimiento y satisfacción sin que nunca se sacie por lo que constantemente queremos cosas que no tenemos.
Gastamos para subir nuestro ánimo, para recompensarnos, para celebrar, para arreglar problemas, para mejorar nuestro estatus o para no aburrirnos. Si dejáramos todos de comprar cosas que no necesitamos y no nos aportan algo trascendente más allá de una alimentación y sustento básico, la economía se colapsaría de tal modo que jamás se recuperaría.
De esta proliferación de un consumismo exacerbado, competitivo y de rápida absorción y satisfacción (con su íntima y posterior insatisfacción y/o culpabilidad) surgen todos los males del capitalismo, como la contaminación, la corrupción, la avaricia, los problemas sanitarios (obesidad vs hambrunas, problemas psicológicos, patologías autoinmunes, problemas cardíacos y respiratorios, etc.) y la extrema violencia en la que vivimos.
La cultura del trabajo durante 8 horas es la herramienta perfecta para mantenernos atados y jugando al monopoly como fichas insignificantes y a las que mantienen en un estado de permanente insatisfacción que sólo, y momentáneamente, se arregla comprando algo nuevo.
Si además recordamos que la infinita mayoría de los productos manufacturados que consumimos se extraen y/o elaboran en condiciones que atentan contra la ética, la responsabilidad ambiental y las normativas laborales más elementales…

No sé si habéis oído hablar de la Ley de Parkinson. Viene a decir que el trabajo a desempeñar se alarga hasta ocupar todo el tiempo disponible para que se termine. E incluso, en ocasiones más allá.
Pongamos un ejemplo: Si tienes que hacer una maleta en diez minutos, tu mente y tu cuerpo funcionan a pleno rendimiento hasta completar la tarea; sin embargo, si nos damos toda la tarde para hacer la maleta, es muy probable que alargues la tarea, de manera evidentemente, innecesaria, ocupando toda la tarde.
Comúnmente hace referencia a la utilización del tiempo. Pero si lo pensáis detenidamente, también con el dinero funcionamos igual: Realizamos gastos y previsiones de gasto, en base a los ingresos y las previsiones de ingresos. Sobretodo es aplicable cuando hablamos de esos pequeños bienes y servicios que no trascienden nuestra vida, no son necesarios en la supervivencia. Contra más generamos (o creemos que vamos a generar) más gastamos. No es que repentinamente necesitemos comprar más, es simplemente que como podemos hacerlo, lo hacemos.
Esta es la paradoja del sistema. De cómo nos encierran; nos machacan; nos esclavizan sin que nos enteremos. De cómo nos han enganchado a Matrix, de “nuestra” idiotez. Durante años han trabajado y estudiado la forma de generar una sociedad perfecta para ellos, para los poderosos. Y esa es la que tenemos ahora y aquí, con millones de consumidores leales, pocos satisfechos pero esperanzados por vanas ilusiones de imágenes que ven por televisión. Perfectos para trabajar a tiempo completo por unas migajas que nos revierten por tonterías, sin apenas interés en desarrollarse de forma personal.
Un plan perfecto que encaja mejor de lo que imaginaban. Un sistema opresivo, lacerante e indigno sobre el que casi nadie se levanta, muy pocos discuten, menos aún luchan por cambiarlo.

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