martes, 12 de diciembre de 2017

Hipócrita y precaria Navidad



Un año más ya está aquí la Navidad. No en las fechas, digamos más tradicionales, sino en el previo que marca los encendidos de alumbrado en sus -antes nuestras- ciudades y en la retahíla de perfumes y juguetes que inundan los prime time televisivos.
De la noche a la mañana “volvemos” a correr como pollos sin cabeza en busca de los langostinos, el cochinillo, los turrones, las loterías, los cotillones, la hiper elegante colonia de moda, el juguete del año y el dron o cualquier soplapollez que se les haya ocurrido y que ya no podemos vivir sin ella. Una vez más el consumismo esta aquí.
No es que el resto del año hubiera desaparecido, ni que existiera en nuestra conciencia a modo social, la presencia de la pobreza, la injusticia social o el escarnio de los desfavorecidos. Pero ahora es en mi caso, doble y triplemente lacerante. Porque mientras aplaudimos y capturamos con el móvil de última generación las luces navideñas, hay millones de personas que no pueden calentar su casa. Incluso que no tienen energía para poder calentarse una lata que es a lo que el capitalismo ultra liberal les concede.
Millones de euros que nuestros ay-untamientos, endeudados o no, van a tirar a la basura para “ilusionar con la Navidad”, si, pero también para dar gusto a los lobbies del comercio y la hostelería ávidos por seguir sacándonos las cuatro precarias perras que conseguimos la mayoría de la población. Y por supuesto para pagar esos adornos usando la electricidad más cara y menos sostenible de Europa, lucrando a los estafadores de las eléctricas -hace no tanto tiempo empresas públicas- y asegurando el movimiento en las puertas giratorias por lo que pudiera pasar.
Este año las luces navideñas van a combinarse en los paisajes urbanos con la retahíla de banderas que inundan los balcones. El procès va a ser el tema estrella de las comilonas de empresa, amigos y familia durante estas fiestas y no estará de más, que junto a los fármacos digestivos, nos aprovisionáramos de buenas dosis de drogas duras para contrarrestar los efectos de la demagogia barata, la desinformación plausible y las patrañas cotidianas de los cuñaos indignadísimos de uno y otro lado por todo lo que ha acontecido estos últimos meses.
Tendremos el discurso del Rey y su retahíla de frases hechas, lugares comunes y eslóganes carcas que nos hablarán del Espíritu de la Transición y una Constitución que nos dimos en nuestras horas más oscuras y que si no es para dar gusto al capital extranjero no se puede ni reformar, y en la que no se cumplen ni uno sólo de sus principios básicos en justicia social. No recordará a las mujeres maltratadas y humilladas constantemente. Tampoco a los colectivos despreciados. Pasará olímpicamente de los dependientes. Ni la sarta de injusticias que la doble moral católico reaccionaria del PP ha ido imponiendo estos años. No tendrá ni palabras para quienes no pueden calentar su casa o sufren los rigores de la pobreza y la precariedad.
En definitiva, la rueda consumista y el individualismo extremo aceleran a finales de año para con una sarta de tradiciones absurdas vaciar de contenido simbólico y humanizante las fiestas y todas nuestras relaciones sociales, para convertirlas en ganancias.
Particularmente, desde hace varios años limito mis regalos a mis seres queridos en un detalle que trato de buscar sea de su agrado y utilidad y redoblo mis aportaciones mensuales a varias ONG’s. También, en las últimas navidades hemos instalado una tradición familiar de donar ropa (entre ellas 3 ó 4 mantas que compramos con ese objetivo) a entidades sociales que las reparten cuidándose de evitar el escarnio y la estigmatización social.
Lo que quiero expresar con estas líneas que incluyen esta revelación personal es que reflexionemos. Que paremos la rueda de la cotidianidad individualista y depredadora para reconocer lo que esta pasando en el mundo y lo que nos está pasando a nosotros. Que empaticemos. Que recobremos la solidaridad y recuperemos la cordura. Que seamos más felices compartiendo que compitiendo. Que tengamos siempre en mente que a nuestro alrededor, a veces pared con pared, tenemos el sufrimiento y el dolor. La pobreza y la indignidad.
Si no lo veis así y por adelantado: Feliz e hipócrita Navidad. Feliz consumismo y próspero Año precario.
Si por el contrario os hecho espabilar, indignaros e incluso despertad de éste Matrix, disfrutad de unas grandes fiestas con vuestros seres queridos y que tengamos todas y todos un nuevo año intenso en la lucha, solidario y convencido y pleno en la victoria por la justicia social y los derechos humanos como cimientos incuestionables para un país, y un mundo mejor.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Día Internacional de Solidaridad con el pueblo Palestino




Como cada 29 de noviembre, desde 1977, hoy se celebra el Día Internacional de Solidaridad con el pueblo Palestino.
Nos podemos preguntar cómo empezó todo. Esto, lo de cada día en Gaza, se inició hace mucho tiempo. Comenzó con los pogromos, las persecuciones racistas de judíos primero en Rusia (tanto zarista, como comunista) y después en Europa. Comenzó con el antisemitismo europeo, con el nazismo, con el genocidio contra los judíos y con la posterior decisión de Europa, motivada por la culpa de lo ocurrido, de apoyar y fomentar el sionismo -surgido en el siglo XIX- y la masiva emigración judía a Palestina.
Comenzó cuando el protectorado británico de Palestina miraba hacia otro lado mientras los judíos se organizaban en bandas armadas que cometieron atentados terroristas, matando a gente, contra objetivos británicos y árabes.

El 19 de noviembre de 1947 la ONU, motivada por la responsabilidad, la culpa europea del horror contra los judíos y las presiones de los grupos adinerados y oligarcas de Estados Unidos y Gran Bretaña de ascendencia judía, aprobó un plan de partición que asignó el 54% de la Palestina del mandato británico a la comunidad judía (llegada la mayoría tras el Holocausto) y el resto, a los palestinos. Jerusalén quedaba como enclave internacional, lugar seguro y neutral.
En los primeros meses de 1948 las fuerzas armadas judías clandestinas -escribo judías porque así se autodenominaban, y aún no se había declarado la independencia de Israel- elaboraron el Plan Dalet, cuyo fin era, entre otras cosas, hacerse con el control de la vía que unía Jerusalén con Tel Aviv, una zona que no figuraba como futuro territorio israelí en el plan de partición de la ONU. De ese modo expulsaron a miles de personas y asesinaron a cientos. Es decir, ya hubo entonces un plan de limpieza étnica.
Después, cuando los países árabes vecinos declararon la guerra a Israel tras su nacimiento en mayo de 1948, las fuerzas armadas israelíes aprovecharon para ocupar más tierras y expulsar a cientos de miles de palestinos. De ese modo Israel pasó a tener un 78% del territorio (posteriormente, en 1967 Israel ocuparía el 22% restante: Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este).
Tras la guerra del 48, muchos palestinos intentaron regresar a sus casas, pero las tropas israelíes se lo impidieron, a pesar de que en diciembre de 1948 Naciones Unidas aprobó la resolución 194, incumplida hasta hoy, confirmada en repetidas ocasiones y ratificada en la resolución 3236 de 1974, que establecía el derecho de los refugiados a regresar a sus hogares o a recibir indemnizaciones.
Solo pudieron permanecer dentro de Israel, en muchos casos como desplazados, unos 150.000 palestinos, el 15% de la población, que en 1952 accedieron a la ciudadanía. Son los llamados árabes israelíes.
Así tenemos hoy y tras 70 años de ocupación y atropellos sionistas e hipocresía y permisividad con ellos, de la comunidad occidental -dependiente en gran medida de los depósitos financieros y grandes capitales movidos por la élite judía desde el advenimiento de la Revolución Industrial en el siglo XIX- a Gaza, una zona decidida en el 48 como lugar de residencia estable y reconocida de los palestinos, como un inmenso campo de refugiados, donde los palestinos son presos en su propio país completando la ignominia. Así, se constituyó, según historiadores israelíes como Ilan Pappé, una limpieza étnica, con el objetivo de levantar un Estado de mayoría judía. Incluso el historiador israelí sionista Benny Morris, ha escrito que “con la suficiente perspectiva resulta evidente que lo que se produjo en Palestina en 1948 fue una suerte de limpieza étnica perpetrada por los judíos en las zonas árabes”.
Los palestinos de Gaza viven hacinados, castigados, limitados. Israel controla qué productos y personas acceden a la Franja y prohíbe la entrada de materiales fundamentales (medicinas, cereal, combustible, equipamientos médicos y educativos, etc.). Practica un castigo colectivo.
Esto, lo que está pasando en Gaza, se inició hace 66 años, cuando se optó por una concepción de Israel como un Estado judío con mayoría judía. Para mantener esa mayoría Israel practica la ocupación, aparta y discrimina a los palestinos y, de vez en cuando, lleva a cabo operaciones militares que matan a cientos o miles y provocan el desplazamiento de miles más.
El Estado israelí, para ser fiel a su autodefinición -Estado judío- excluye el concepto de ciudadanía universal. Si aceptara como ciudadanos a los palestinos de Gaza y Cisjordania -territorios que controla u ocupa- su concepción como Estado judío estaría en peligro, ya que la población judía dejaría de ser la mayoritaria.
La elevada natalidad entre los palestinos es una de las preocupaciones principales de Israel. Lo llaman la cuestión demográfica. Ya hoy los judíos dentro de la llamada Línea Verde -las fronteras de antes del 67- conforman el 70% de la población, y se calcula que dentro de veinte años podrían ser el 50%.
Israel se opone a la creación de un Estado palestino pero también se niega a conceder derechos plenos y ciudadanía a los palestinos de Gaza y Cisjordania, porque si lo hiciera, estaría renunciando a su carácter judío como Estado. Es decir, a lo que algunos historiadores y politólogos llaman etnocracia.
Como subrayaba el israelí Sergio Yahni, integrante del Alternative Information Center:
Israel solo puede ser un Estado judío si mantiene la supremacía demográfica o legal de la población judía, pero para ello tiene o que llevar a cabo una nueva limpieza étnica, como la de 1948, o practicar la segregación étnica legalizada, es decir, el apartheid. Mientras Israel no asuma una verdadera transformación democrática, no viviremos en paz y seguirá la represión”. ( "El hombre mojado no teme la lluvia", Ed.Debate, 2009).

Legalización con un propósito
Para que Israel pudiera ser un Estado judío, el gobierno del primer ministro David Ben Gurion organizó la recolonización de las tierras y distribuyó los bienes inmuebles que llamaron “abandonados”. Para ello se aprobó en 1950 la Ley de los Bienes Ausentes, que gestionó el traspaso a manos judías de las casas de los palestinos, no solo de los que se habían ido fuera de las fronteras israelíes, sino también de aquellos que habían sido reubicados dentro del Estado israelí.
También se aprobaron otras leyes que prohibieron la venta o transferencia de tierras para garantizar que no cayeran en manos palestinas, y que permitían decretar la expropiación de bienes por interés público o declarar una superficie como “zona militar cerrada”, lo que impedía a los propietarios de la misma reclamarla como suya. De ese modo, 64.000 viviendas de palestinos ya habían pasado a manos judías en 1958.
Otra de las leyes fundamentales y una de las más controvertidas es la Ley del Retorno, que confirma esa insistencia en el carácter judío del Estado a través de la concesión de privilegios a los judíos. Esta ley concede el derecho a la ciudadanía de todos los judíos del mundo, de los hijos, nietos y cónyuges de los judíos, así como de quienes se conviertan al judaísmo. Sin embargo, no incluye a los judíos de nacimiento convertidos a otra religión y de hecho se ha denegado la ciudadanía a varios judíos convertidos al cristianismo.
La polémica en torno a esta ley reside en que Israel no permite regresar a su hogar a los palestinos expulsados ni a sus descendientes. Pero, por poner un ejemplo, un sueco que se convierta al judaísmo sí tiene derecho a residir en Israel y a obtener la ciudadanía. Además, es probable que pudiera acceder a ayudas económicas del Estado para financiar estudios o adaptación a su nuevo hogar.
En 2003 se construyó un escalón más en esta política exclusivista con la aprobación de la Ley de Ciudadanía y Entrada en Israel, que indica que los palestinos de Cisjordania o Gaza menores de 35 años y las palestinas de Cisjordania o Gaza menores de 25 años no podrán residir en territorio israelí aunque se casen con un/a israelí. Sin embargo, si cualquier europeo contrae matrimonio con un ciudadano israelí tendrá derecho tanto a la residencia como a la ciudadanía.

La ocupación
La ocupación es la esencia del Estado israelí tal y como se concibe a sí mismo a día de hoy. Los colonos conforman una especie de ejército israelí paralelo al oficial, ya que ejercen una función paramilitar, la de invadir y ocupar, motivados por razones políticas, religiosas y también económicas, ya que el Estado concede préstamos y subvenciones a aquellos judíos que se instalan en la tierra de los palestinos.
En el territorio palestino de Cisjordania viven 450.000 colonos judíos, con una población total de más de dos millones de habitantes. Las colonias judías consumen un promedio de 620 metros cúbicos de agua por persona al año frente a los menos de 100 metros cúbicos de los palestinos. Esto sucede porque los asentamientos se apropian de parte de los acuíferos y de las áreas con más reservas.
Los colonos pueden llevar armas. Además, sus asentamientos están protegidos por el Ejército israelí, que de este modo legitima la ocupación. Es el propio Estado el que administra los terrenos de Cisjordania.
A través de las colonias, Cisjordania se ha convertido en una zona acantonada, sin continuidad territorial, donde los pueblos y ciudades palestinos están desconectados entre sí, convertidos en islotes rodeados por controles militares israelíes y por asentamientos judíos. Un Estado palestino con esta Cisjordania actual no contaría con conexión territorial y tendría tantas fronteras como colonias hay.

Exclusión y discriminación
Para controlar a la población palestina, Israel limita sus movimientos, lleva a cabo arrestos arbitrarios, aplica la llamada ley de detención administrativa, que permite mantener encarcelado a un palestino sin cargos ni juicio hasta al menos dos años, impide a los palestinos salir de su localidad o les obliga a esperar horas para hacerlo, les niega servicios públicos fundamentales, les prohíbe construir viviendas y de hecho destruye algunas de sus casas, con la excusa de que no cuentan con permisos de construcción que se les deniegan de forma sistemática.
En la práctica aplica un apartheid y se guía por la Ley del Talión. Si alguien mata a un israelí, es el propio Estado el que se encarga de la venganza, derribando la casa de la familia del presunto culpable, torturándole a él, a sus amigos o familiares, o impulsando una ofensiva militar en su barrio o en otro, como la actual contra Gaza. Al contrario de lo que debería ser la actuación de un Estado democrático, Israel opta por la venganza en vez de por la vía judicial.

Otro Israel, otra Palestina son posibles
Ante toda esta "legalidad" de hechos consumados, Estados Unidos o la Unión Europea, se limitan a murmurar tibias condenas que son sólo simple tinta sobre papel, porque mientras las emiten, por otro lado mantienen a Israel como socio comercial preferente, vendiéndole armas y le brindan apoyo diplomático y estratégico. Nuestros gobiernos son así, co-responsables -desde hace décadas- del destino de palestinos e israelíes.
Y mientras esto sucede, Hamás y Al Fatah anuncian una reconciliación y un acuerdo para un gobierno de unidad nacional, algo que Israel y el sionismo no puede permitirse, por lo que desde 2014 inicio otra escalada de la mano dura para azuzar las disputas entre las facciones de la representación política palestina, buscando así una radicalización que acompaña con la permisividad con sus propios radicales: ultraortodoxos y extremistas israelíes que ya no sólo capturan, apalizan, violan y matan a palestinos sino que ya agreden a israelíes que se manifiestan en favor de la convivencia y la paz entre árabes y judíos.

Cada día que pasa los palestinos son reducidos a números. Al olvido. Son recubiertos bajo una perversa sospecha por el mero hecho de ser palestinos y de vivir en un asentamiento que es un campo de refugiados en su propio país. "Algo habrán hecho" o "algo harán" son los juicios que toleran esta represión, esta indignidad con un pueblo sin distinción de hombres y mujeres, ancianos y niños, agricultores o médicos.
Esta horrible clasificación de los seres humanos compone un retrato del racismo más típico, y a la vez, terriblemente exitoso. Y quien impone las etiquetas y quien decide sobre los robos y violaciones para con los Palestinos y la legalidad internacional es el mismo quien se erigió como árbitro. La parte interesada en soliviantar un estado de las cosas que niega la libertad, oprime la paz y alimenta una industria de la guerra de la que no pocos se lucran aquí, en "nuestras democracias".


Solidaridad con el Pueblo Palestino. Con los millones de refugiados. Y condena y repulsa contra la ocupación militar, el genocidio continuado y la presión que el estado sionista infringe a Palestina, y de la hipocresía y equidistancia de la comunidad internacional que lo permite, mirando para otro lado.
Exigencia de cumplimiento de la legalidad internacional, de los Derechos Humanos, así como para terminar con el apoyo disimulado y efectivo de "nuestros" gobiernos con la opresión del gobierno sionista y sus intereses económicos en la Guerra. 


miércoles, 22 de noviembre de 2017

Nada de Black Friday: Buy Nothing Day, Día sin compras



Mañana es Acción de Gracias (“Thanksgiving Day”) en Estados Unidos y pegado a él aparece el “Black Friday” (y tras el finde el “CiberMonday”) eventos sociales basados en el consumismo más desaforado, extremo, irracional, y que da inicio a la época del año más alocada y sin sentido en cuanto a las compras se refiere: La Navidad.
Lo que empezó siendo al otro lado del Atlántico como un día para comprar en familia siguiendo la unión y el recogimiento interior simbolizados el día anterior, al calor de jugosos descuentos y ahorros antes de las fiestas, es hoy, ya trasladado al viejo continente y a esta España (llena de banderas en los balcones y a la vez huérfana de identidades propias) una exaltación al consumo. Una oda a la barbarie de la búsqueda animal de las gangas. Un derroche de dinero, y también emocional, de gentes obnubiladas por las luces de colores, las canciones machaconas, los eslóganes y la publicidad.
La liturgia común viene a ser rastrear durante semanas catálogos, webs y tiendas físicas con los productos que nos gustan y/o creemos necesitar. Madrugar o salir lo antes posible del trabajo y las obligaciones para ir a la tienda, y/o antes haber comprado online reventando el paypal. Coger el coche e ir al centro comercial. Comerse un atasco morrocotudo a la entrada. Correr por los pasillos. Correr por las escaleras mecánicas. Apretarse para entrar; pegarse por el producto deseado. Correr hacia la caja. Pagar por lo que querías, y a menos que tengas un zhen a prueba de bombas, pagar también por media docena -como mínimo- de productos que ni te has enterado que has comprado, que seguro no necesitas, que desde luego no habías planificado adquirir. Después, por supuesto, te viene otro atasco descomunal para llegar a tu casa. Y allí darte cuenta, o el día que te lleguen los productos adquiridos en el comercio en Internet, que ni que te queda bien, ni lo necesitabas. Las calidades no son las que demandas. Y los derechos como consumidor probablemente han desaparecido como esa buena cantidad de pasta que te has dejado en un día de locura compulsiva. De comportamiento instintivo condicionado por la perpetúa publicidad. Por la sociedad del espectáculo, de la indiferencia y la apariencia, que queda dinamitada si irrumpe el deseo de desear más allá del capricho consumista.
Y es que detrás de las ofertas, muchas de ellas fraudulentas, del Black Friday se esconden realidades que nos convierten en cómplices de las perversiones del sistema, que sigue girando y lo hará sin parar hasta que sea demasiado tarde. Tras los mostradores, estresados aparecen trabajadores y trabajadoras precarios, exprimidos por las legislaciones lesivas liberales, neoliberales y ultra liberales que han transformado derechos y garantías en beneficios de unos pocos y falta de seguridad para casi todos.
Detrás de las pasarelas de pago y las confirmaciones de cobro se encuentran repartidores engañados y estafados, muchas veces bajo figuras como los “falsos” autónomos y otras formas de contratación que subyagan los beneficios sociales para goce de la élite capitalista opresora.
A través de ellos te llegarán objetos que probablemente se construyan a miles de kilómetros de tu domicilio y en condiciones tanto de seguridad laboral, como profesional, dudosos por no decir esclavistas. Injusticia social que además se añade a los perjuicios al medio ambiente por adoptar un modelo de sociedad ultra plastificado, empaquetado, transportado a costa de miles de toneladas de residuos provenientes de la combustión de hidrocarburos. Y cuyas consecuencias vamos a sufrir y lamentar todos, pero ellos, las personas que componen la mano de obra barata ya están sufriendo.


Pero no todo tiene que ser así. Hay también maneras y actitudes que demandan mayor civismo, más racionalidad y contención. Discursos y acciones que partiendo de lo individual llegan a lo común. Que crecen en su impacto y logran que nos empoderemos. No tenemos que comprar lo que no necesitamos, simplemente porque nos lo dicen, porque nos hacen creer que nos ahorramos algo.
Así el viernes, a la par del Black Friday, yo te digo que tenemos el Buy Nothing Day. El Día de No Comprar Nada.
Un Día sin Compras que critica un modelo de producción y consumo a la medida de las élites, de las grandes empresas y de sus objetivos de maximización de beneficios y de tener a la población sumida en la idiotez.
Frente a esto con nuestras acciones como ciudadanos, en nuestro rol de consumidores, podemos cambiar las cosas. Si ejercemos un consumo transformador y responsable, teniendo en cuenta la sostenibilidad ambiental, la repercusiones sociales favoreciendo los productores y vendedores de cercanía, el reparto equitativo de la riqueza, la solidaridad y las relaciones comunitarias conseguiremos girar la estructura de poder.
Esta huelga de compradores viene a contestar un modelo de ofertas, de explosivo crecimiento, que beneficia a las grandes compañías. A los oligopolios de siempre abierto y salarios de mierda como los encabezados por Amazon que tiene como objetivo -y es algo que su portavoz Jeff Bezos ha dicho en varias juntas de accionistas de la compañía- deshumanizar las relaciones comerciales lo que otorga y otorgará pingues beneficios.
Un modelo alejado y cada vez más del consumo consciente e informado, de la trazabilidad del producto ya que con el gancho de las ofertas tapan los impactos sociales y medioambientales que genera.
No olvidemos que pese a la propaganda interesada el capitalismo y el consumismo no consiguen generar un mercado accesible y justo para miles de millones de seres humanos que no pueden acceder a los servicios y recursos más básicos como la alimentación. Y estas brechas se siguen abriendo en buena medida por “nuestra” actitud sumisa, individualista y nada contestaria ante las agresiones que nos infringe el capital.


Por todo esto os pido que reflexionéis y compartáis con vuestros contactos éste humilde artículo o la campaña de Ecologistas en Acción para seguir el Día sin compras. Hagamos un ejercicio libre y racional de nuestro consumo.
Por nosotros mismos. Por millones de personas que sufren la inconsciencia de nuestros actos. Algunos más cerca y otros más alejados. Por el planeta. Por demostrar que no sólo somos simples consumidores, zombies y embobados ante la televisión y la publicidad. Qué tenemos inteligencia. Qué tenemos fuerza. Qué somos más y ya estamos hartos.
Frente al Black Friday, el Buy Nothing Day.

martes, 7 de noviembre de 2017

Cien años del Asalto al Palacio de Invierno



Hoy 7 de noviembre de 2017, 25 de octubre en el calendario juliano, se cumplen 100 años desde que en el marco de la Revolución Rusa, el líder bolchevique Vladimir Lenin y el menchevique León Trotsky superaron las diferencias ideológicas para asaltar el Palacio de Invierno en Petrogrado, comenzando así la Revolución de Octubre.
Se continuaba así con el proceso revolucionario ruso comenzado en febrero de ese 1917, pero que venía desde principios de siglo cuando el hambre, la guerra y la indignidad social campaban a sus anchas en la corrupta y clasista Rusia zarista.
Era el germen pragmático de lo que acabó siendo la Unión Soviética (URSS) y aquella revuelta, tenida en cuenta como Golpe de Estado, alcanzo el éxito sin derramar ni una sola gota de sangre.


Muchos tomamos esta efeméride con nostalgia y envidia por lo que fue, pero también con desazón por lo que podía haber acabado siendo y suponiendo para todo el mundo. Y además, en el mundo actual no deja de ser un ejemplo de empoderamiento de las clases trabajadoras frente a los intereses burgueses. Un hito de ilusión por el cambio en el que tras el análisis de los aciertos y errores de la Revolución de Octubre, nos permita sacar lecciones en un momento de desconcierto, desilusión, incertidumbre y pesadumbre.
Entre sus consecuencias más positivas está sin duda el aliento que ha lanzado a todo el mundo y a la historia sobre las esperanzas de cambio y la voluntad de protesta, reivindicación y contestación social de las clases trabajadoras y deprimidas contra los gobiernos y las instituciones del capitalismo. Fue de tal manera que durante 40 años la “Guerra” entre los dos modelos sociales, capitalismo y comunismo, y el miedo que el segundo generó en quienes gobernaban el primero, alentó las políticas de redistribución de la riqueza en Occidente que favoreció la creación de los Estados del bienestar y las épocas de mayor crecimiento personal y social de la historia. La prueba más evidente de ello es que acabado el “fantasma” del Comunismo, comenzó el desguace del estado del bienestar y aumentaron las desigualdades exponencialmente, proceso que no ha parado hasta hoy, y que no tiene pinta que lo vaya hacer si la ciudadanía no vuelve a empoderarse.
Además puso sobre la mesa la aberración del trabajo infantil iniciando una política agresiva contra las fábricas y explotaciones agrícolas que empleaban a menores de 14 años, así como la alfabetización forzada y la escolaridad para millones de niños y niñas.
Otro de sus grandes hitos fue contribuir como desencadenante del proceso de des colonización, otorgando a muchos países de África, Asia y América del Sur, empaque político dentro de las Internacionales Socialistas a los movimientos de independencia de países y ciudadanías sumidas bajo el yugo de las potencias europeas y que recogían planteamientos ideológicos socialistas.
En cuanto a los errores, quizás el más grave fue la renuncia al ideal leninista y marxista de crear una sociedad, que tras la transición de la Dictadura del Proletariado, fuera aboliendo los mecanismos de poder del estado (policía, ejército, burocracia) hasta llegar al fin del trabajo asalariado, de la posesión de la fuerza de trabajo como mercancía. Y sin embargo, el estado soviético se convirtió en un ente opresor y tremendamente burocratizado como defensa ante las agresiones de los enemigos internos y externos de la Revolución.
Entre las agresiones de los enemigos capitalistas externos estuvo de manera decisiva el interés de las economías capitalistas occidentales por hacer negocio con la guerra e interviniendo activamente en las cuestiones rusas, armando a los contendientes de la posterior a la Revolución, Guerra Civil Rusa, que se saldó con más de 8 millones de muertos, con la economía de la nueva nación destruida y con unas pocas decenas de industriales y financieros europeos más ricos aún y con más poder para seguir oprimiendo a sus respectivas clases trabajadoras e imposibilitar la exportación, la internacionalización, de la Revolución social.
La Guerra Civil se ganó gracias al apoyo de los obreros y los campesinos, pero lo que en octubre de 1917 era un poder representativo de los soviets en 1921, era y por circunstancias de la guerra, una dictadura bolchevique, contra la que surgían protestas de obreros en Petrogrado y marinos en Kronstadt. Lenin consideró necesario mantener el control político mientras se emprendía una campaña de reconstrucción económica, antes de reemprender el programa de transformación social. Era la Nueva Política Económica (NEP) bajo los métodos de planificación elaborados por la Gosplan y tras la muerte de Lenin (1924) y las intrigas “palaciegas” para sustituirle, fue Stalin quien ya en 1929 optó por una industrialización forzada (Primer Plan Quinquenal 1929-34) y la conversión de ingentes territorios en gigantescas parcelas agrarias que consumían muchos recursos (sobretodo hídricos) y daban pocos rendimientos. Todo mientras crecía la amenaza exterior, tanto fascista, como capitalista, y dentro se sucedían cada vez con más violencia tanto en la propagación como en la represión manifestaciones y algaradas.
Pasados los años, la Segunda Guerra Mundial -de la que cabe decir sin faltar a la verdad, que fue decisiva la participación de la URSS para que en Europa no ganará fácil la Alemania Nazi-, y los planes quinquenales los sucesores de Stalin mantuvieron el miedo a la disidencia lo que provocó la falta de democracia interna, así como la modernización ideológica, cultural y social que a la postre, fue una de las causas del declive de la URSS, unido a que dada las condiciones climáticas y de suelos se hizo imposible la diversificación de la economía, lo que la hizo vulnerable ante episodios de crisis promovidos por las élites capitalistas, junto a la nula renovación de personas e ideas en el partido y el politburó. Baste como ejemplo decir que en 1984 tras los breves mandatos de los septuagenarios Andropov y Chermenko, el 70% de los miembros del Soviet Supremo, superaban los 65 años de edad.


A pesar de todo ello, es evidente que la ilusión generada por el proyecto marxista-leninista y los éxitos en materias de igualdad y avance científico animó durante muchos años las luchas de quienes aspiraban a realizar la revolución, a construir un mundo mejor, más igualitario, libertario y progresista. Así la socialdemocracia, se vio beneficiada en su papel de encaje entre el capitalismo-liberalismo y el comunismo-socialismo, combatiendo por un lado la expansión de las ideas revolucionarias, pero sirviéndose de ellas para facilitar la implementación de políticas sociales en pro de la igualdad social junto a la lucha y el convencimiento ideológico de millones de trabajadores, redistribuyendo el flujo de ganancias capitalistas entre las distintas capas sociales -con mayor o menor permeabilidad dependiendo de la coyuntura social y cultural- y garantizando la viabilidad económica de los derechos sociales (educación, sanidad, servicios sociales e incluso trabajo y vivienda).
Así tenemos entre 1945 y 1975 en Occidente una época de crecimiento en el bienestar social que favoreció el consumismo y la mejora de la práctica totalidad de índices que miden la calidad de la vida humana (esperanza de vida, tasa de alfabetización, etc.).


Sin embargo ya a finales de los 60 se vio como el desgaste del proyecto revolucionario en la URSS -debido en gran medida a lo reacio que se fue en el PCUS para dar entrada a nuevas personas e ideas-, hizo que ante eventos como el mayo del 68 en París o la Primavera de Praga se viera como imposible en las retinas de los ciudadanos la implementación de un “socialismo de rostro humano”. Así, perdida la capacidad para generar ilusión y adhesiones, perdió también la capacidad que tenía para amenazar a las clases propietarias, a las élites opresoras, y estas inmediatamente después comenzaron su política de capitalismo expansivo, su liberalismo extremo, su neoliberalismo despiadado para ir retirando las concesiones sociales que habían hecho, proceso éste último que sigue vigente hasta el día de hoy.
En los años ochenta, en momentos de crisis económica y de inmovilismo político, los ciudadanos del área controlada por la Unión Soviética decidieron que no merecía la pena seguir defendiendo el sistema en el que habían vivido durante tantos años. El testimonio de un antiguo habitante de la Alemania Oriental que hoy vive en Estados Unidos ilustra acerca de la naturaleza de este desengaño: “Sabíamos entonces que lo que nuestra prensa decía sobre nuestro país era un montón de mentiras, de modo que creímos que lo que decía sobre “occidente” era también mentira. No fue hasta llegar a Estados Unidos que descubrió que era verdad que había mucha gente en la pobreza, viviendo en las calles y sin acceso a cuidados médicos, tal como decía la prensa de mi país (...) Hubiese deseado haberlo sabido a tiempo para decidir qué aspectos de las sociedades de occidente merecía la pena adoptar, en lugar de permitir a sus expertos que nos impusieran la totalidad del modelo neoliberal”.


Con esta reflexión debemos quedarnos justo en estos días en los que el Centenario de la Revolución Rusa deambula entre la invisibilidad mediática y de los círculos académicos acomodados y el desprestigio interesado fruto de años de lavado de cerebro masivo con propaganda hostil hacia el Comunismo, animada también por el interés en ocultar todo lo positivo que tuvo la Revolución.
La alternativa desde luego no es silencio, pero tampoco puede ser una defensa a ultranza sin análisis, debate y sosiego. Es necesario que la izquierda, en todo el mundo y desde cualquier ámbito -asamblea de partido, asociacionismo, sindicato, medios de comunicación- dialogue sobre lo que fue, es y puede ser o no la Revolución Rusa, su legado y su trascendencia en el siglo XX y en lo que llevamos del XXI. Y para detectar su potencia y virtudes, así como los errores con el afán de no repetirlos.
La importancia del momento así lo requiere y poder disponer de un ejemplo tan valido nos tiene que servir para hacer un discurso que empodere, que estimule y que anime a toda la ciudadanía a todos los trabajadores a defender su vida, su dignidad y su libertad. Su progreso, su futuro. Su educación y su sanidad. Trabajo y vivienda. Un medio ambiente próspero y seguro. Y una ética indisoluble del ser humano donde no pueden entrar ni el egoísmo, ni la corrupción, ni la avaricia, ni los abusos de poder.
100 años de Revolución Rusa. Y 150 años de El Capital, de Marx. Un siglo y medio de desarrollo y puesta en práctica de una ideología que con sus errores y aciertos ha dado mucho más de lo que haya podido quitar, y que se antoja, hoy día culmen del individualismo y el capitalismo desaforado, como imprescindible para tejer un futuro pleno para todos los ciudadanos y ciudadanas del mundo.


Dos notas finales: De entre los muchos libros y bastantes de ellos buenos sobre la Historia de la Revolución Rusa y de la URSS yo destacó el de Carlos Taibo.
Y para tener más material sobre el que ilustrar por qué colapsó la URSS, enlazó a éste artículo, que me parece muy acertado y completo, sobrepasando el tema desde el enfoque que yo le he dado como Centenario de la Revolución de Octubre.