miércoles, 22 de noviembre de 2017

Nada de Black Friday: Buy Nothing Day, Día sin compras



Mañana es Acción de Gracias (“Thanksgiving Day”) en Estados Unidos y pegado a él aparece el “Black Friday” (y tras el finde el “CiberMonday”) eventos sociales basados en el consumismo más desaforado, extremo, irracional, y que da inicio a la época del año más alocada y sin sentido en cuanto a las compras se refiere: La Navidad.
Lo que empezó siendo al otro lado del Atlántico como un día para comprar en familia siguiendo la unión y el recogimiento interior simbolizados el día anterior, al calor de jugosos descuentos y ahorros antes de las fiestas, es hoy, ya trasladado al viejo continente y a esta España (llena de banderas en los balcones y a la vez huérfana de identidades propias) una exaltación al consumo. Una oda a la barbarie de la búsqueda animal de las gangas. Un derroche de dinero, y también emocional, de gentes obnubiladas por las luces de colores, las canciones machaconas, los eslóganes y la publicidad.
La liturgia común viene a ser rastrear durante semanas catálogos, webs y tiendas físicas con los productos que nos gustan y/o creemos necesitar. Madrugar o salir lo antes posible del trabajo y las obligaciones para ir a la tienda, y/o antes haber comprado online reventando el paypal. Coger el coche e ir al centro comercial. Comerse un atasco morrocotudo a la entrada. Correr por los pasillos. Correr por las escaleras mecánicas. Apretarse para entrar; pegarse por el producto deseado. Correr hacia la caja. Pagar por lo que querías, y a menos que tengas un zhen a prueba de bombas, pagar también por media docena -como mínimo- de productos que ni te has enterado que has comprado, que seguro no necesitas, que desde luego no habías planificado adquirir. Después, por supuesto, te viene otro atasco descomunal para llegar a tu casa. Y allí darte cuenta, o el día que te lleguen los productos adquiridos en el comercio en Internet, que ni que te queda bien, ni lo necesitabas. Las calidades no son las que demandas. Y los derechos como consumidor probablemente han desaparecido como esa buena cantidad de pasta que te has dejado en un día de locura compulsiva. De comportamiento instintivo condicionado por la perpetúa publicidad. Por la sociedad del espectáculo, de la indiferencia y la apariencia, que queda dinamitada si irrumpe el deseo de desear más allá del capricho consumista. Necios identificados con unas celebridades inalcanzables y ajenas; y a la vez zombies prosaicos desconfiados de nuestros prójimos de barrio.
Y es que detrás de las ofertas, muchas de ellas fraudulentas, del Black Friday se esconden realidades que nos convierten en cómplices de las perversiones del sistema, que sigue girando y lo hará sin parar hasta que sea demasiado tarde. Tras los mostradores, estresados aparecen trabajadores y trabajadoras precarios, exprimidos por las legislaciones lesivas liberales, neoliberales y, ultra liberales que han transformado derechos y garantías en beneficios de unos pocos y falta de seguridad para casi todos.
Detrás de las pasarelas de pago y las confirmaciones de cobro se encuentran repartidores engañados y estafados, muchas veces bajo figuras como los “falsos” autónomos y otras formas de contratación que subyagan los beneficios sociales para goce de la élite capitalista opresora.
A través de ellos te llegarán objetos que probablemente se construyan a miles de kilómetros de tu domicilio y en condiciones tanto de seguridad laboral, como profesional, dudosos por no decir esclavistas. Injusticia social que además se añade a los perjuicios al medio ambiente por adoptar un modelo de sociedad ultra plastificado, empaquetado, transportado a costa de miles de toneladas de residuos provenientes de la combustión de hidrocarburos. Y cuyas consecuencias vamos a sufrir y lamentar todos, pero ellos, las personas que componen la mano de obra barata ya están sufriendo.


Pero no todo tiene que ser así. Hay también maneras y actitudes que demandan mayor civismo, más racionalidad y contención. Discursos y acciones que partiendo de lo individual llegan a lo común. Que crecen en su impacto y logran que nos empoderemos. No tenemos que comprar lo que no necesitamos, simplemente porque nos lo dicen, porque nos hacen creer que nos ahorramos algo.
Así el viernes, a la par del Black Friday, yo te digo que tenemos el Buy Nothing Day. El Día de No Comprar Nada.
Un Día sin Compras que critica un modelo de producción y consumo a la medida de las élites, de las grandes empresas y de sus objetivos de maximización de beneficios y de tener a la población sumida en la idiotez.
Frente a esto con nuestras acciones como ciudadanos, en nuestro rol de consumidores, pueden cambiar las cosas. Si ejercemos un consumo transformador y responsable, teniendo en cuenta la sostenibilidad ambiental, la repercusiones sociales favoreciendo los productores y vendedores de cercanía, el reparto equitativo de la riqueza, la solidaridad y las relaciones comunitarias conseguiremos girar la estructura de poder.
Esta huelga de compradores viene a contestar un modelo de ofertas, de explosivo crecimiento, que beneficia a las grandes compañías. A los oligopolios de siempre abierto y salarios de mierda como los encabezados por Amazon que tiene como objetivo -y es algo que su portavoz Jeff Bezos ha dicho en varias juntas de accionistas de la compañía- deshumanizar las relaciones comerciales lo que otorga y otorgará pingues beneficios.
Un modelo alejado y cada vez más del consumo consciente e informado, de la trazabilidad del producto ya que con el gancho de las ofertas tapan los impactos sociales y medioambientales que genera.
No olvidemos que pese a la propaganda interesada el capitalismo y el consumismo no consiguen generar un mercado accesible y justo para miles de millones de seres humanos que no pueden acceder a los servicios y recursos más básicos como la alimentación. Y estas brechas se siguen abriendo en buena medida por “nuestra” actitud sumisa, individualista y nada contestaria ante las agresiones que nos infringe el capital.


Por todo esto os pido que reflexionéis y compartáis con vuestros contactos éste humilde artículo o la campaña de Ecologistas en Acción para seguir el Día sin compras. Hagamos un ejercicio libre y racional de nuestro consumo.
Por nosotros mismos. Por millones de personas que sufren la inconsciencia de nuestros actos. Algunos más cerca y otros más alejados. Por el planeta. Por demostrar que no sólo somos simples consumidores, zombies y embobados ante la televisión y la publicidad. Qué tenemos inteligencia. Qué tenemos fuerza. Qué somos más y ya estamos hartos.
Frente al Black Friday, el Buy Nothing Day.

martes, 7 de noviembre de 2017

Cien años del Asalto al Palacio de Invierno



Hoy 7 de noviembre de 2017, 25 de octubre en el calendario juliano, se cumplen 100 años desde que en el marco de la Revolución Rusa, el líder bolchevique Vladimir Lenin y el menchevique León Trotsky superaron las diferencias ideológicas para asaltar el Palacio de Invierno en Petrogrado, comenzando así la Revolución de Octubre.
Se continuaba así con el proceso revolucionario ruso comenzado en febrero de ese 1917, pero que venía desde principios de siglo cuando el hambre, la guerra y la indignidad social campaban a sus anchas en la corrupta y clasista Rusia zarista.
Era el germen pragmático de lo que acabó siendo la Unión Soviética (URSS) y aquella revuelta, tenida en cuenta como Golpe de Estado, alcanzo el éxito sin derramar ni una sola gota de sangre.


Muchos tomamos esta efeméride con nostalgia y envidia por lo que fue, pero también con desazón por lo que podía haber acabado siendo y suponiendo para todo el mundo. Y además, en el mundo actual no deja de ser un ejemplo de empoderamiento de las clases trabajadoras frente a los intereses burgueses. Un hito de ilusión por el cambio en el que tras el análisis de los aciertos y errores de la Revolución de Octubre, nos permita sacar lecciones en un momento de desconcierto, desilusión, incertidumbre y pesadumbre.
Entre sus consecuencias más positivas está sin duda el aliento que ha lanzado a todo el mundo y a la historia sobre las esperanzas de cambio y la voluntad de protesta, reivindicación y contestación social de las clases trabajadoras y deprimidas contra los gobiernos y las instituciones del capitalismo. Fue de tal manera que durante 40 años la “Guerra” entre los dos modelos sociales, capitalismo y comunismo, y el miedo que el segundo generó en quienes gobernaban el primero, alentó las políticas de redistribución de la riqueza en Occidente que favoreció la creación de los Estados del bienestar y las épocas de mayor crecimiento personal y social de la historia. La prueba más evidente de ello es que acabado el “fantasma” del Comunismo, comenzó el desguace del estado del bienestar y aumentaron las desigualdades exponencialmente, proceso que no ha parado hasta hoy, y que no tiene pinta que lo vaya hacer si la ciudadanía no vuelve a empoderarse.
Además puso sobre la mesa la aberración del trabajo infantil iniciando una política agresiva contra las fábricas y explotaciones agrícolas que empleaban a menores de 14 años, así como la alfabetización forzada y la escolaridad para millones de niños y niñas.
Otro de sus grandes hitos fue contribuir como desencadenante del proceso de des colonización, otorgando a muchos países de África, Asia y América del Sur, empaque político dentro de las Internacionales Socialistas a los movimientos de independencia de países y ciudadanías sumidas bajo el yugo de las potencias europeas y que recogían planteamientos ideológicos socialistas.
En cuanto a los errores, quizás el más grave fue la renuncia al ideal leninista y marxista de crear una sociedad, que tras la transición de la Dictadura del Proletariado, fuera aboliendo los mecanismos de poder del estado (policía, ejército, burocracia) hasta llegar al fin del trabajo asalariado, de la posesión de la fuerza de trabajo como mercancía. Y sin embargo, el estado soviético se convirtió en un ente opresor y tremendamente burocratizado como defensa ante las agresiones de los enemigos internos y externos de la Revolución.
Entre las agresiones de los enemigos capitalistas externos estuvo de manera decisiva el interés de las economías capitalistas occidentales por hacer negocio con la guerra e interviniendo activamente en las cuestiones rusas, armando a los contendientes de la posterior a la Revolución, Guerra Civil Rusa, que se saldó con más de 8 millones de muertos, con la economía de la nueva nación destruida y con unas pocas decenas de industriales y financieros europeos más ricos aún y con más poder para seguir oprimiendo a sus respectivas clases trabajadoras e imposibilitar la exportación, la internacionalización, de la Revolución social.
La Guerra Civil se ganó gracias al apoyo de los obreros y los campesinos, pero lo que en octubre de 1917 era un poder representativo de los soviets en 1921, era y por circunstancias de la guerra, una dictadura bolchevique, contra la que surgían protestas de obreros en Petrogrado y marinos en Kronstadt. Lenin consideró necesario mantener el control político mientras se emprendía una campaña de reconstrucción económica, antes de reemprender el programa de transformación social. Era la Nueva Política Económica (NEP) bajo los métodos de planificación elaborados por la Gosplan y tras la muerte de Lenin (1924) y las intrigas “palaciegas” para sustituirle, fue Stalin quien ya en 1929 optó por una industrialización forzada (Primer Plan Quinquenal 1929-34) y la conversión de ingentes territorios en gigantescas parcelas agrarias que consumían muchos recursos (sobretodo hídricos) y daban pocos rendimientos. Todo mientras crecía la amenaza exterior, tanto fascista, como capitalista, y dentro se sucedían cada vez con más violencia tanto en la propagación como en la represión manifestaciones y algaradas.
Pasados los años, la Segunda Guerra Mundial -de la que cabe decir sin faltar a la verdad, que fue decisiva la participación de la URSS para que en Europa no ganará fácil la Alemania Nazi-, y los planes quinquenales los sucesores de Stalin mantuvieron el miedo a la disidencia lo que provocó la falta de democracia interna, así como la modernización ideológica, cultural y social que a la postre, fue una de las causas del declive de la URSS, unido a que dada las condiciones climáticas y de suelos se hizo imposible la diversificación de la economía, lo que la hizo vulnerable ante episodios de crisis promovidos por las élites capitalistas, junto a la nula renovación de personas e ideas en el partido y el politburó. Baste como ejemplo decir que en 1984 tras los breves mandatos de los septuagenarios Andropov y Chermenko, el 70% de los miembros del Soviet Supremo, superaban los 65 años de edad.


A pesar de todo ello, es evidente que la ilusión generada por el proyecto marxista-leninista y los éxitos en materias de igualdad y avance científico animó durante muchos años las luchas de quienes aspiraban a realizar la revolución, a construir un mundo mejor, más igualitario, libertario y progresista. Así la socialdemocracia, se vio beneficiada en su papel de encaje entre el capitalismo-liberalismo y el comunismo-socialismo, combatiendo por un lado la expansión de las ideas revolucionarias, pero sirviéndose de ellas para facilitar la implementación de políticas sociales en pro de la igualdad social junto a la lucha y el convencimiento ideológico de millones de trabajadores, redistribuyendo el flujo de ganancias capitalistas entre las distintas capas sociales -con mayor o menor permeabilidad dependiendo de la coyuntura social y cultural- y garantizando la viabilidad económica de los derechos sociales (educación, sanidad, servicios sociales e incluso trabajo y vivienda).
Así tenemos entre 1945 y 1975 en Occidente una época de crecimiento en el bienestar social que favoreció el consumismo y la mejora de la práctica totalidad de índices que miden la calidad de la vida humana (esperanza de vida, tasa de alfabetización, etc.).


Sin embargo ya a finales de los 60 se vio como el desgaste del proyecto revolucionario en la URSS -debido en gran medida a lo reacio que se fue en el PCUS para dar entrada a nuevas personas e ideas-, hizo que ante eventos como el mayo del 68 en París o la Primavera de Praga se viera como imposible en las retinas de los ciudadanos la implementación de un “socialismo de rostro humano”. Así, perdida la capacidad para generar ilusión y adhesiones, perdió también la capacidad que tenía para amenazar a las clases propietarias, a las élites opresoras, y estas inmediatamente después comenzaron su política de capitalismo expansivo, su liberalismo extremo, su neoliberalismo despiadado para ir retirando las concesiones sociales que habían hecho, proceso éste último que sigue vigente hasta el día de hoy.
En los años ochenta, en momentos de crisis económica y de inmovilismo político, los ciudadanos del área controlada por la Unión Soviética decidieron que no merecía la pena seguir defendiendo el sistema en el que habían vivido durante tantos años. El testimonio de un antiguo habitante de la Alemania Oriental que hoy vive en Estados Unidos ilustra acerca de la naturaleza de este desengaño: “Sabíamos entonces que lo que nuestra prensa decía sobre nuestro país era un montón de mentiras, de modo que creímos que lo que decía sobre “occidente” era también mentira. No fue hasta llegar a Estados Unidos que descubrió que era verdad que había mucha gente en la pobreza, viviendo en las calles y sin acceso a cuidados médicos, tal como decía la prensa de mi país (...) Hubiese deseado haberlo sabido a tiempo para decidir qué aspectos de las sociedades de occidente merecía la pena adoptar, en lugar de permitir a sus expertos que nos impusieran la totalidad del modelo neoliberal”.


Con esta reflexión debemos quedarnos justo en estos días en los que el Centenario de la Revolución Rusa deambula entre la invisibilidad mediática y de los círculos académicos acomodados y el desprestigio interesado fruto de años de lavado de cerebro masivo con propaganda hostil hacia el Comunismo, animada también por el interés en ocultar todo lo positivo que tuvo la Revolución.
La alternativa desde luego no es silencio, pero tampoco puede ser una defensa a ultranza sin análisis, debate y sosiego. Es necesario que la izquierda, en todo el mundo y desde cualquier ámbito -asamblea de partido, asociacionismo, sindicato, medios de comunicación- dialogue sobre lo que fue, es y puede ser o no la Revolución Rusa, su legado y su trascendencia en el siglo XX y en lo que llevamos del XXI. Y para detectar su potencia y virtudes, así como los errores con el afán de no repetirlos.
La importancia del momento así lo requiere y poder disponer de un ejemplo tan valido nos tiene que servir para hacer un discurso que empodere, que estimule y que anime a toda la ciudadanía a todos los trabajadores a defender su vida, su dignidad y su libertad. Su progreso, su futuro. Su educación y su sanidad. Trabajo y vivienda. Un medio ambiente próspero y seguro. Y una ética indisoluble del ser humano donde no pueden entrar ni el egoísmo, ni la corrupción, ni la avaricia, ni los abusos de poder.
100 años de Revolución Rusa. Y 150 años de El Capital, de Marx. Un siglo y medio de desarrollo y puesta en práctica de una ideología que con sus errores y aciertos ha dado mucho más de lo que haya podido quitar, y que se antoja, hoy día culmen del individualismo y el capitalismo desaforado, como imprescindible para tejer un futuro pleno para todos los ciudadanos y ciudadanas del mundo.


Dos notas finales: De entre los muchos libros y bastantes de ellos buenos sobre la Historia de la Revolución Rusa y de la URSS yo destacó el de Carlos Taibo.
Y para tener más material sobre el que ilustrar por qué colapsó la URSS, enlazó a éste artículo, que me parece muy acertado y completo, sobrepasando el tema desde el enfoque que yo le he dado como Centenario de la Revolución de Octubre.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Mi homenaje al Ministerio del Tiempo


El pasado miércoles 1 de noviembre concluía la tercera temporada de El Ministerio del Tiempo. En principio viene a cerrar la obra creada e impulsada por los hermanos Olivares (Javier y Pablo) con una conclusión determinada en estas tres temporadas y en entorno a la treintena de capítulos.
Los avatares de la serie venían a confirmar veladamente ese cierre. Y la exposición narrativa y el tono y el tema empleados en éste último capítulo confirman esa intención, más allá de posibles parones en búsqueda de la frescura -necesaria también- y de plataformas, Netflix lo más seguro, más amables y seguras del producto cultural que tienen entre manos.
Durante este último año desde el brillante cierre de la segunda temporada en mayo del año pasado hasta el estreno de esta temporada, en junio, la dirección de la serie ha tenido que sufrir con la desidia y el martirio de una televisión pública dueña de los derechos de emisión que ni entendía ni le interesaba el producto cultural que posee, ya que lejos de creer en el servicio público, se tratan de personajes políticos de partido, de yugo y flechas, que sólo ven el negocio, el dinero en lo que debería ser función pública, servicio y calidad.
  • Así primero pasaron hasta 4 meses en la confirmación de esta última temporada, lo que hizo que naturalmente varios de los miembros del elenco tuvieran que escoger otros proyectos, dificultando sobremanera la puesta en marcha de la grabación.
  • Más tarde, con la obra filmada y montada, se postergaba en un cajón hasta la llegada del verano, momento del año donde menos gente ve televisión.
  • Se anunciaba para un día, y pasaban dos semanas hasta su final estreno.
  • Después, se anunciaba un parón veraniego para pasar a emitir la segunda mitad ya a partir de septiembre, todo parece ser para que las bajas audiencias no diesen carpetazo definitivo.
  • Ya en octubre y para los dos últimos capítulos, la serie se pasaba al competido miércoles noche, dejando su tradicional espacio de los lunes para un reallity show de cantantes de mierda.
  • Y todo ello, en una serie pretendidamente familiar cuya puesta en marcha cada semana se retrasaba hasta las 11 de la noche, cuando otras cadenas ya han comenzado la emisión de su programa estrella.
Así y también hay que decirlo, porque a una parte muy notable de espectadores españoles les interesan más programas que no les hagan pensar, con contenidos chabacanos y zafios, las audiencias en la emisión oficial fueron bajando, mientras me temo, porque no se conocen esos datos, los visionados a través de otros dispositivos e Internet han ido creciendo.
Pero El Ministerio del Tiempo va a perdurar en la memoria y simpatía de una legión de seguidores, los Ministéricos, que hemos disfrutado, algunas veces más que otras, con dosis de televisión de alta calidad. Narraciones brillantes y originales. Geniales interpretaciones de muy buenos actores y actrices (salvo por esta Lola Mendieta joven, interpretada por Macarena García y que no había quien se la pudiera creer en cada escena). Innumerables referencias a otras series, películas y personajes televisivos de nuestra vida. E Historia. Mucha, buena, necesaria y bien contada Historia.
Por todo esto la serie ha calado y cambiado el panorama televiso nacional. Porque ha demostrado que si se cuidan ideas y proyectos y se lanzan con honestidad y tratando a los posibles espectadores con inteligencia existe en éste país una audiencia, posiblemente reducida en número pero de alto valor, que pide y se suma a este tipo de contenidos. Porque MdT ha demostrado también que las series, en el mundo actual, no pueden vivir de una emisión tradicional. Son entes vivos, con permanencia y redundancia en las redes sociales y foros, que generan grupos de seguidores y cantidades ingentes de contenido, que comparten y participan, que ansían sumergirse en universos más completos y que van más allá de lo que se ve en la televisión.
Y porque, El Ministerio del Tiempo, ha vuelto a crear tendencia al generar un universo cultural propio y redondo (repito con altibajos en algunas ocasiones) con un cierre y un final.
Con todo esto pretender que el dato de audiencias sea clave para decidir si continúa o no la serie en una cadena pública se me antoja erróneo y anticuado. Más si cabe cuando, repito en una cadena pública que no vive de la publicidad, debería tener como principio máximo la calidad. El servicio público, tanto informativo, social y cultural como en materia de ocio con valor añadido. Y justo ahora en el momento en el que la credibilidad y reputación de RTVE está por los suelos, lo único que ha recuperado o mantenido cierto nivel de empatía con el ente público.
Por todas estas razones es natural considerar que el pasado miércoles El Ministerio del Tiempo cerró su andadura, queda por ver si temporal o definitivamente, pero cuando menos si en RTVE a corto y medio plazo.
La ficción del género de aventuras en un relato de ciencia ficción -los viajes en el tiempo- que han traído sucesos y personajes históricos así como notables referencias de la cultura pop, ofreciéndoselos a todo el publico. Una patrulla de agentes de éste Ministerio secreto, que se adentra en épocas anteriores para desactivar cambios en la narración de la Historia que la cambiarían tal y como la conocemos, aunque muchos sepamos y los propios personajes se lamenten a veces, que podríamos haber cambiado a mejor.


Homenajes
Y el miércoles con “Entre dos tiempos” se cerró. Cada diálogo y cada escena se sentía la sensación de que creadores y equipo se despedía, cerraban una etapa siendo fieles así mismos y respetando una vez más y como siempre, al público, a sus “Ministéricos”.
Era un homenaje a todos ellos pero también lo era para si misma, para la serie en su capítulo final, como recorrido. Usando la trama -una misión a los 60 para tratar de evitar el estreno de una serie en TVE sobre el Ministerio del Tiempo- se recorrieron momentos vividos durante estos treinta y tantos capítulos. Y se criticó aquella televisión pública y a la actual, tan alejadas en el tiempo y cercanas en eso de manipular y hacer que la gente “piense lo que queramos que piense”.
Si bien las tramas propias de la tercera temporada -Hijos de Padilla y Ángel Exterminador- se cerraron en el penúltimo episodio, para éste quedaron las más íntimas y personales de los protagonistas, quedaron todas ellas, y sin excepción abiertas y libres a la imaginación de los seguidores. El objetivo no era ese. El objetivo era divertirse haciendo el capítulo, reírse de si mismos, plantear auto crítica pura y dura y hacernos a todos participes para rendir homenaje a una ficción que trasciende y nos ha hecho felices durante todos estos capítulos.
También éste episodio final resulta un homenaje al medio, a la televisión, y si también, y pese a todo, a la televisión pública.
Se vio como se construye y filma una serie y se recorrieron las intrigas palaciegas entre creadores y directivos, mientras se homenajeaba a todos y cada uno de los partícipes en la serie a través de guiños, referencias culturales tanto históricas como propias de la cultura pop, de la Historia y de la televisión. Meta-televisión en estado puro.
Una muestra, y no la única, que El Ministerio del Tiempo nos ha ofrecido de televisión de calidad, de servicio público, que debía nacer en la televisión pública (y obviamente es de agradecer que se apostará en aquel momento por un producto para nada convencional, ni dirigido al público mayoritario), y debería continuar y seguir como seña de identidad, porque más allá de audiencias, un medio que no vive de la publicidad, debería valorar bastante más el reconocimiento critico y social así como el valor añadido que otorga un contenido u otro.
A la vuelta de preservar el pasado como es, la patrulla se encontraba un presente cambiado, del mismo modo que en el final de la segunda temporada, sólo que esta vez era porque a través de una compañía privada, se había convertido el Ministerio en negocio ofreciendo viajes a momentos históricos, importantes de la vida de uno mismo (“¿quién no querría asistir a su propio parto?” -llega a preguntar la megafonía de los pasillos-) o cacerías de seres humanos por la historia para ricos. La crítica a la privatización de todo y al individualismo que nos invade, es a la par atinada y mordaz.
Para solucionarlo y tras ver como cada personaje ha tratado de luchar contra esa deriva, se sucede el primer viaje al futuro, que sepamos, en el Ministerio. Un futuro que resulta atroz y apocalíptico como estamos “acostumbrados” a vislumbrar en las distopías que nos llegan del cine y la literatura norteamericana.
Y sobretodo era un homenaje en vida -y más que merecido- a Chicho Ibañéz Serrador, el fantástico e impresionante creador e innovador, que con sus programas y sobretodo ese “Historias para no dormir” que también aparecía en la trama amplió las estrechas miras de un país cuando más difícil era. La impresionante caracterización e interpretación de Sergio Villanueva como el realizador de origen uruguayo pone colofon a una serie innovadora y original. Donde la calidad se demuestra planteando preguntas y respuestas a interpretar al público, que es tratado con respeto de manera inteligente.
Sin duda, El Ministerio del Tiempo ha supuesto un hito en la ficción televisiva en España, y para mi, particularmente, reconciliarme con una parte de los creadores, y trabajadores tanto en el aspecto técnico, como artístico de la televisión.
Muchas gracias por tantas horas, tantas risas, tantos zascas, tantos chupitos de conmemoración y tantos momentos también dolorosos. Por tratarme con respeto. Por hacer de la Historia de España accesible a todas y todos. Por ofrecerla des interesadamente para que instruya, para que debatamos, aprendamos y no cometamos los errores del pasado. Gracias y mucho ánimo por y para hacer televisión de calidad.

lunes, 30 de octubre de 2017

Techo y comida



Anoche RTVE a través de La2 en su espacio dominical de Versión Española estrenaba la película Techo y comida, obra de 2015 ambientada en un barrio de clase trabajadora de la Jerez de la Frontera de 2012 -si es que es separable de la actual- en plena etapa de despiadadas consecuencias sobre las clases populares de crisis o mejor dicho estafa económica de 2008. O peor aún, en el momento en el que se vendía una supuesta recuperación que jamás, ni en el 12, ni el 15, ni ahora ha llegado al conjunto de la población.
La película muestra gracias en gran medida a la tremenda interpretación de Natalia de Molina en el papel protagonista de Rocío, los dramas y vicisitudes que tiene que afrontar en soledad una joven madre soltera, en paro, al borde del desahucio, atacada por los estigmas sociales de la pobreza en su camino hacia la exclusión social.
El guión es de Juan Miguel del Castillo quien también la dirige, componiendo de manera firme una Ópera prima de áspera realidad que en su conjunto compone una bola difícil de tragar por la crudeza que retrata el drama y tragedia de una familia que podía ser la mía, la tuya o la de la vecina del primero, pese a que nos tapemos los ojos con la pantalla del móvil de última generación y el resto de los sentidos bajo un individualismo atroz.
El dibujo es así un drama social que se convierte cada vez más y más crudo y desalentador, a la vez que indigno al ver como la protagonista se come en soledad el fracaso de su constante lucha por sacar adelante a su hijo de 8 años y un hogar donde comienzan a fallar los suministros básicos: la luz, enganchada a la toma de una vecina amable, solidaria y comprensiva; el calor sustituido por el gesto de los brazos cruzados sobre el pecho para cerrar una humilde rebeca; o en el hambre de la madre, que da todo lo que puede para su hijo, que también padece de manera inconsciente los estragos de la situación.
El autor escribe y filma con realismo la realidad diaria en la lucha de la madre, muchas veces cámara en mano, jugando así en la fina línea entre la ficción dramática, cuasi trágica, y el documental social. Es la mejor forma para que el espectador empatice, salga de su burbuja probablemente acomodada y se incomode en su butaca o su sillón ante las penurias que sufre una persona, que podía ser cualquiera. Incluso puede que sea alguien, o varias familias, muy cercanas a la nuestra, y no seamos capaces de identificarlo y socorrerlo.
La acumulación de situaciones narradas es a la vez la pérdida de dignidad progresiva de Rocío, quien baja escalones en su amor propio con tal de mantener el progreso y la felicidad de su hijo.
En total tenemos una obra necesaria y brillante. Una áspera crítica social, tanto en la parte evidente (corrupción, recortes, privatizaciones y neoliberalismo reciben en todo momento justa crítica con las intervenciones de personajes secundarios) y también de manera más escondida el individualismo, la falta de empatía y solidaridad y el estado de las administraciones, lastradas por años de corrupción y nepotismos incapaces de dar respuestas a problemas colectivos ni de forma individual, ni tampoco social.
Sin duda, una película para observar y reflexionar. Una obra necesaria y enriquecedora. Pero, ¿para quién? ¿cuál es el público objetivo? ¿llega a él? ¿o por el contrario es otra suma más de un tipo de cine o de expresión cultural que no enfanga al total de la ciudadanía?
Mientras veía la película me encabronaba por el estado de las cosas que han traído situaciones como las narradas. Volvía a indignarme. Volvía a rabiar por como está todo y sobretodo po lo difícil que es cambiarlo. Y pensaba que es tan difícil porque a dos de cada tres -por lo menos- lo que cuenta esta película se la trae al pairo.
A la gente, en general e ignorancia, la vida real, dura, cruda y degradada de sus convecinos les importa una mierda. Que exista un problema de vivienda, o que la pobreza energética sea una realidad constante para millones de ciudadanos es algo que ni existe, ni se lo plantean, quienes sólo piensan en si mismos, o como mucho en las banderas tan de moda ahora, en el fútbol, o en la mierda que retransmita Tele5.
Una película así, como toda obra de realismo social y cine denuncia como el de León de Aranoa o Ken Loach, por ejemplo, viene a alimentar a una parte muy particular de la audiencia, que ya estamos indignados. Ya somos carne de protesta, reivindicación por la justicia social. Somos, muchos pero no los suficientes, quienes ya somos la audiencia objetiva y convencida del mensaje. Nos remueve la conciencia que ya está agitada desde hace años.
Me atrevo a decir que quienes vimos la película anoche o la vio en el cine hace un par de años, ya somos en una abrumadora mayoría los que ya conocemos la realidad social que la estafa y el capitalismo de amiguetes nos ha legado. Y ya sabemos que esta cronificación social de las penurias, la cada vez más grande brecha social, y que la pobreza y la exclusión social atrape cada vez a más y más gentes humildes y trabajadoras, sólo se puede superar con rebelión, revolución, lucha y justicia social.
Pero repito: somos la minoría. Como mucho la minoría del 1 de cada 3. A los otros dos, relatos así ni les va ni les viene. No es cine para ellos. No es un producto cultural que les interese, y por lo tanto no les va a incomodar, no les va a llamar a rebelarse y a luchar. No les va a hacer empatizar y solidarizarse con quienes lo están pasando tan de puta pena.
La última parte de una película, o una novela de realidad social es la más amarga y cruda de las realidades. Y esa es que al final llega a donde llega, a un público ya convencido, pero pasa sin comentario y sin pena ni gloria por la mayoría de la gente que ignora que lo que en una película como Techo y comida se relata, le puede pasar a él. O a ella. O a sus hijos. O a sus amigos. O a un desconocido de un barrio obrero, o de un pueblo pequeño.
Esta última reflexión es la más dolorosa, triste y preocupante. La capacidad para abstraerse, para auto engañarse y ser manipulados y la nula capacidad para empatizar, bajo el individualismo y la inexistente actitud crítica y la dirección que marcan los medios de comunicación de masas.
Si pueden ver Techo y Comida, véanla y reflexionen. Recomiendenla a sus allegados. Dialoguen y discutan sobre ella, sobre la realidad que expone. Si les conmueve y/o les revuelve actívense. Luchen para cambiar ese escenario que está quedando para millones de personas.