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jueves, 2 de abril de 2026

La Alta Cocina: Comida basura neoliberal

 



Ha vuelto MasterChef a TVE. En su versión de concurso de habilidades y reallity de anónimos. En su ¡¡¡décimo cuarta!!! edición, más unas cuantas de la abominable versión junior de niños repelentes y la insultante de Celebrity con famosos de medio pelo y de capa caída. Es la principal apuesta de RTVE para brillar y competir en las audiencias del prime time semanal (esa aberración que en España empieza a las 11 de la noche … ). Y no. No he visto este programa, ni ninguna de sus versiones, ni ediciones más allá que una ocasión que lo sintonice dos lamentables minutos. Pero aún así, como éste es mi blog y hago o escribo sobre lo que me da la gana, me voy a permitir escribir sobre este formato, porque me parece un contenido que debería estar fuera de una televisión pública por caro, por inmoral y por alienante. Y porque me preocupa y mucho lo que están haciendo con la televisión en este país, y especialmente por la que pagamos todas y todos.

MasterChef es un programa de televisión que abiertamente se presenta como inocuo y de entretenimiento familiar. Una expresión de cocina y bonhomía sazonada con humor naif y suave. Sin embargo, funciona trufado de competitividad y hervido en valor económico tanto la pericia gastronómica como la presentación al por mayor de las miserias humanas. Y todo esto lo hace, además de costeado con los impuestos de todos, a favor de una ideología neoliberal y un conservadurismo sociológico de capilla y copete. Eso sí, no se puede silenciar el éxito que obtiene refrendado con unas audiencias notables en cada versión más chusca que la anterior.

Desde luego, MasterChef no es un programa de cocina y entretenimiento familiar. Su humor y chascarrillos son de una casposidad aberrante, que entran fácil como cuchillo en mantequilla sobre situaciones ya cliché de la televisión de los reallities. Y es que todo está atado y bien atado, y los guiones funcionan con la precisión de un horno de última generación para destacar lo que interesa destacar: las localizaciones son cuidadosamente escogidas, ambientadas y cobradas por publicidad encubierta en la televisión pública; los concursantes, ya sean anónimos o famosos, cubren los estereotipos patrios (el andaluz chistoso, el manchego con retranca, el aragonés borrico, el castellano seco, el catalán agarrao, el gallego depremido o el vasco impulsivo, etc.) y los nuevos modelos del universo woke (el o la trans, el abiertamente gay, una o dos personas racializadas, los tatuajones, o los que se presentan como honestos y no dejan de ser unos mal educados de mierda, etc.). Las situaciones que se fabrican entre ellos y con los jueces (ahora voy con ellos) buscan el clímax, pero no en la técnica y ejecución culinaria que dan como resultado la propuesta gastronómica de alta cocina que se pretende. No. Lo que interesa es la carnaza. La casquería de la podredumbre moral de humillaciones, vejaciones, derrotas y la victoria de un único sólo -porque sólo gana uno-, los romances, las miraditas y las bromas de dudoso gusto y nulo sabor humorístico.

Y es que los presentadores o jueces ahí están desde hace 13 años mostrando una ideología concreta y reaccionaria. Lo capitanea el campechano Pepe el de Illescas que no tiene ninguna gracia y que parece que juega el papel de respeto por lo tradicional y lo auténticamente español. Luego está Jordi Cruz, el malo no el de Disney, célebre por sus salidas de tono y por tener becarios a los que explota y ni siquiera paga. Y por último la nietísima de Vallejo-Nágera. Estos dos parecen adalides de la cocina de vanguardia en el país y sus ataques a lo concursantes y respuestas suelen mostrar lo peor de la competitividad exacerbada en la que el mundo contemporáneo parece sumido. Veo que a la descendiente del criminal que buscaba el gen rojo destripando mujeres y trabajadores después de la Guerra Civil, la ha sustituido en esta edición, una influencer culinaria, que habría que saber cómo y por cuánto posicionó sus contenidos. Ahí lo dejo.

En cualquier caso, los jueces imparten una suerte de justicia castrense entre los fogones. Replican la jerarquía militar,haciendo aullar a los concursantes un marcial "Si, chef" tras cada orden, que deje constancia de la sumisión de los miembros más bajos del escalafón. Comportamiento este que contraviene cualquier estatuto profesional de cualquier sector, incluido el de la restauración y la hostelería, porque no se trata de cuarteles del ejército, sino de entornos laborales donde le respeto entre personas prevalece. Sin embargo, en este caso la idea está clara: meter en las cabecitas del populacho un férreo control militar que module sus conductas y expectativas. Así que de programa inocuo, nada de nada.

Por si este elenco de lo zafio y lo ruin no fuera suficiente de vez en cuando hay que pagar a una suerte de famosos de medio pelo sin oficio ni beneficio para que facturen en la versión Celebrity. Tal dispendio ha llegado a salir, según se cuenta, por hasta 725.000 euros el programa (el capítulo) y aquí no se ha oído a nadie poner el grito en el cielo como cuando ocurre con otras propuestas televisivas.

Y aún así, y pese al desgaste, también lógico por falta de ideas o agotamiento del producto, el programa ha encontrado un filón sobre el que asentarse gracias a la predominancia que desde hace unos años la Alta Cocina ha adquirido en el mundo cultural actual. Elevada a la categoría de octavo arte la gastronomía de chefs estrella tiene su espacio en las publicaciones de cultura. Las apariciones públicas y las noticias de éxito son celebradas como hitos de la pujanza cultural patria. Cuando las noticias son los abusos y condenas judiciales y de la administración por prácticas laborales abusivas o vejatorias son convenientemente silenciadas.

Abro capítulo a parte porque en toda esta moda de la alta cocina los nombres de los grandes cocineros, son eso, de cocineros, de hombres. Salvo un par de mujeres la lista de advenedizos y visionarios de lo culinario está formada prácticamente por hombres. Los mismos hombres que en las casas, toda la vida, han huido de la cocina dejado a las mujeres, sobretodo a las madres y las abuelas, en los fogones, trabajando para alimentar a la familia. Pareciera, bueno no, está claro, que cuando a una tarea concreta no se le puede extraer una ganancia económica, no puede ser valorada por el mercado, queda bajo responsabilidad de las mujeres. Sin embargo, ahora que la cocina es un arte y comer o cenar un menú degustación por 200€ el tenedor es lo más cool y refinado, los autores y protagonistas son hombres. Curioso.

Cuando se conceden las estrellas Michelín se trata de un acontecimiento a la par de los Oscars y los Premios Nobel. Crecen como setas los establecimientos que ganan estas distinciones y los que suben la categoría convirtiendo España un paraíso groumet para grandes fortunas por el que, parecer ser, todos debemos sentirnos orgullosos. La realidad, es que los premios en el ámbito de la cultura son más bien una patraña porque no se miden por criterios objetivos, sino por variables subjetivas. Las más de las veces no son premios, sino publicidad encubierta y pagada a la institución que factura el galardón. Si quieren jugar la carta del “arte” que lo hagan con todos sus matices.

Lo cierto es que a la mayoría de los españoles y españolas, la alta cocina nos importa una mierda. No voy a hacer cola, ni física, ni virtual, por reservar en un restaurante de moda, para satisfacer unas redes sociales ajenas. Ni me lo puedo permitir, ni me interesa en absoluto.

Lo que me indigna con todo esto son dos cosas: la primera es que estos restaurantes de alta cocina y sus chefs estrella son una minúscula y microscópica minoría, incluso una excepción, de los miles de restaurantes y tabernas que hay en este país. Me cabrea que los presenten como máximos exponentes, o incluso nuestros mejores embajadores en la “dieta mediterránea”, cuando lo que hacen en sus cocinas es elaboraciones pretenciosas, artificios y transformaciones que alejan a los comensales del producto, convirtiendo en singular no el plato, la materia, sino eso tan etéreo de la experiencia. Concretamente la de pagar el narcisismo de la estrellita de turno.

Lo segundo que me mosquea es que todo este maremágnum de programas de televisión de alta cocina, chefs estrella, restaurantes de élite, experiencias culinarias y demás soflamas consumistas y elitistas huele a neoconservadurismo y a ideología neoliberal que tira de espaldas.

El neoliberalismo como doctrina política y cultural y dogma económico hegemónico lleva desde los años 80 transformando las dinámicas internas de las actividades humanas. La cocina, la gastronomía y todo lo que tiene que ver con la alimentación no está exento de ello, como ya he escrito en otras ocasiones. Ahora bien, eso es una cosa y otra es presentar un escenario concreto, la Alta cocina, como un ejemplo paradigmático de lo que es la ideología neoliberal.

Si bien esta alta cocina desde siempre ha estado ligada a un contexto elitista, es preciso en este momento histórico dar la vuelta a la secuenciación del proceso. A que no son los mercados desregulados, el liberalismo económico, el consumismo desaforado y la mercantilización de las actividades humanas los que han generado lo que hoy conocemos como “Alta Cocina”. Es más bien, en mi opinión, en cómo se ha presentado este contexto concreto, por lo demás occidentalista y heteropatriarcal, como el paradigma de la perfección de la teoría y práctica neoliberal.

Solo hay que ver cómo la Alta Cocina hace unos años prácticamente era invisible en los medios de comunicación de masas. Solo publicaciones que rodaban entre las élites trataban este fenómeno y quedaba completamente fuera del ojo de la gente común. Seguro que no lo recordáis pero hace 20 años no había programas de cocina y reallities con cocineros de renombre convertidos en celebridades mediáticas, ni se publicitaban las estrellas michelín, ni tampoco aparecían recetas, técnicas y procesos que estaban fuera de los hogares.

Las redes sociales tienen mucha culpa de ello, pero también la televisión donde no es que cambiasen unos programas por otros. Es que los mismos que trataban recetas tradicionales y comida casera, ahora invitan y enseñan recetas para esferificar guisantes. En todos ellos se lanzan mensajes con intención clara de adoctrinamiento neoliberal: la meritocracia, el éxito empresarial, la visión audaz, la ensoñación del emprendimiento y una competitividad enfermiza.

En todos estos mensajes teledirigidos a un público más o menos cautivo tienen que ocultarse los vicios de la doctrina neoliberal y eso sí, exponenciar sus virtudes: La alta capacitación técnica, la especificación profesional, la excelencia premiada y sostenida por la cúspide mediática y la originalidad de inspiración artística y elevada se celebran y promocionan. Por contra, la precarización laboral extrema de los trabajadores (de la hostelería señores, recuerden) son ocultadas y quedan fuera de este relato de éxito y autorrealización. Las condiciones laborales abusivas, con dedicaciones extremas y absolutas, horarios intensivísimos, jerarquías feudales a las que son expuestos la fuerza laboral por salarios ínfimos de subsistencia. Y en ocasiones, ni eso, puesto que a través de un capital cultural en forma de becas y premios se quiere pagar el esfuerzo y tesón de las y los trabajadores. Por no hablar de las vejaciones y los abusos, incluidos los de carácter sexual, ante masas trabajadoras que se encuentran desprotegidas cuando se cae la ensoñación de “trabajar junto” a "trabajar para" la estrella culinaria del momento.

Esta contradicción evidencia cómo el discurso del mérito y la búsqueda de la excelencia que promueve el neoliberalismo, tiene profundas grietas a la moral como estas desigualdades extremas que se generan en los restaurantes de alta cocina.

Esto del lado de los trabajadores, pero qué decir del lado de quienes consumen alta cocina con un afán más allá de la alimentación como necesidad animal. Incluso por encima del deleite ante una actividad convertida o pretendida como expresión artística y cultural. Sin duda, la gastronomía de élite es un marcador identitario que sirve para distinguir entre los diversos grupos sociales. Un capital cultural, en palabras de Pierre Bourdieu, al que solo tiene acceso una parte mínima de la sociedad y que le sirve para distanciarse de los que están debajo. No sólo se trata de ingerir alimentos, sino sobretodo de la exhibición de que lo estás haciendo. La propaganda de tus posibilidades y tu estatus social.

Por último, no puede obviarse que frente a mensajes como “re-inventar el gazpacho andaluz”, “re-pensar las carrilleras”, “re-visualizar las fabes con almejas” lo que subyace es un proceso unificador que revienta la diversidad cultural y las distintas tradiciones gastronómicas. Los grandes chefs y sus equipos adoptan distintas técnicas, ingredientes y preparaciones provenientes de cualquier lugar del mundo. Añaden y obtienen distintos productos, muchas veces fuera de temporada y alejados de su entorno de producción, para traerlos a Occidente y “fusionarlos” con la cocina tradicional local. Este proceso refleja la tensión entre diversidad cultural y folclore gastronómico con respecto a la uniformidad hegemónica y la globalización totalizadora que propone como síntesis el paradigma neoliberal. No es casualidad que muchas de estas pretendidas fusiones de autor acaben llegando a la masa que necesita alimentarse como productos de la industria alimentaria. Y no precisamente de la más saludable, ética o sostenible medioambientalmente. Ni tampoco es casual que vivamos adoctrinados en una sociedad invidualizada, incapaz de hacer cosas como cocinar y proveerse alimento por uno mismo. Alejando la cocina y todo lo que tiene de experiencia común, de compartir, de trascendencia y de legado cultural e idiosoncrasia de la vida cotidiana de las personas.

En conclusión, el vínculo entre alta cocina y neoliberalismo es íntimo y favorece el planteamiento, sustentación y asimilamiento de estructuras mentales neoliberales como la competitividad, la búsqueda exhaustiva del lucro, el consumismo, el estatus social merced a ese propio consumo y la amalgama entre arte, espectáculo y negocio.

Ya sea a través de programas de televisión rancios, repetitivos e inmorales, y de la profusión de todo lo que acontece alrededor de la alta cocina, lo que se está buscando, y consiguiendo es reflejar dinámicas propias del modelo neoliberal que no deberían perseguirse en los medios de comunicación públicos, por mucha corriente hegemónica que se trate. Además, aparte de alejar el respeto y dignidad que merecen todos los profesionales de la hostelería, también se quita importancia y significación a los saberes tradicionales, muchas veces ideados, defendidos, mantenidos y transmitidos por las mujeres de las familias, homogenizando nuestra alimentación y sus procesos.

 

jueves, 16 de junio de 2022

La anormalidad democrática en Españistan

 

En una democracia, ¿qué es la normalidad para los demócratas? El respeto a los Derechos Humanos en el marco de la diversidad de todas las personas. No hay un ser humano igual que otro, pero todos y todas tenemos los mismos derechos y deben ser garantizadas las mismas oportunidades independientemente de esa diversidad, independientemente de su lugar de origen, de sus creencias, de su orientación sexual, de su sexo, de su lengua, de su ideología... Un demócrata, de izquierdas o de derechas o de “centro”, cree, o al menos debería creer, en esa igualdad y respeta la diversidad humana en todas sus manifestaciones; cree en el Estado de derecho y en el Estado social para garantizar la justa aplicación de la igualdad de derechos y libertades.

El debate político no debería de estar en este mínimo común compartido por todo demócrata. Estaría en las formas de gestionar el estado y los servicios públicos, como garantías de esa igualdad de oportunidades entre los ciudadanos, que constituye los cimientos de la democracia, como sistema político, que en principio, nos hemos dado entre todos. Se hablaría así, de aplicar medidas socialistas o liberales en esa gestión, con las consecuencias que ocasionarían y también, con los límites que socialismo y liberalismo deberían de marcar inexorablemente en una democracia. Cualquier desviación hacia al extremo en ambos lados provocarían el desmoronamiento democrático. Sobretodo en el caso del liberalismo, donde ya vemos, como el ultraliberalismo ha procedido a una voladura de los sistemas democráticos liberales de la segunda mitad del siglo XX al haber acabado con la igualdad efectiva de derechos y oportunidades.

¿Pero qué ocurre en Españistan? En Españistan se consiguió la democracia sin lucha, pasando de una dictadura fascista, militar y clerical que dejo una economía autárquica, un sistema social esquelético y un modelo de estado centralista y criminal para con el resto de nacionalidades del estado español y con el mundo rural. Un corpus político atrofiado y privilegiado con profundas raíces en el partido único y en la convivencia con un alto empresariado que lleva casi un siglo beneficiándose de continuo de los recursos del país y de sus gentes. Con estos mimbres y en un contexto de crisis decisiva y definitiva de un capitalismo que hace aguas y arrastra en su acometida a la democracia liberal, el fascismo vuelve a caminar sin máscaras ni disfraces y desplegando su batería de odio y atraso.

Con la esperada y a la vez torpe cesión del PP de CyL, de Mañueco y de su nuevo líder, Feijoo a la ultraderecha se pretende normalizar la nauseabunda forma de hacer política de Vox que tiene su emblema en el gilipollas que han puesto de vicepresidente que sin asumir responsabilidades políticas, pasa a cobrar un pastizal para únicamente enturbiar el clima político y disparar odio y víscera a todo aquel que no cumple con sus mantras cutres y trasnochados: hombres blancos, el ultracatolicismo, el machismo, la misoginía, la negación a las otras realidades culturales y nacionalistas, anteponer una suerte de derechos individuales dopados por la capacidad extractiva económica de las élites a los derechos colectivos, al bienestar y al bien común. Discutir el cambio climático y las medidas urgentes ya a tomar para paliarlo. Ignorancia cientifica, sexual, política, democrática,…

Vox es una gangrena de este sistema político españistaní que ya estaba enfermo y presentaba síntomas de agotamiento desde hace mucho. Es a la vez causa y consecuencia de los errores del pasado que no limpiaron las instituciones (ejército, fuerzas de seguridad, universidades y judicatura) de fascistas; del uso político, electoral y mediático de su ideario y sus seguidores para afianzar mayorías durante 40 años que no discutieron ni construyeron la defensa de la memoria y la democracia.

Extirpar el miembro mohoso, ennegrecido, rancio y tóxico es ya urgente pero el enfermo no se va a curar sin más. La podredumbre ya ha roído los huesos y el esqueleto se tambalea. Los órganos de la democracia en España también están podridos y si ya era urgente extirpar el fascismo de ellos hace 40 años ahora se convierte en trascendental. Se trata de justicia, de memoria y de coherencia. Y se trata de no olvidar los que con su dejación de funciones pero sobretodo con sus intereses personales y privados han favorecido el estado de las cosas de un país que se hunde en la miseria, sin convivencia, sin igualdad y siempre dependiente de los intereses de Estados Unidos.

La corrupción y el fascismo son las dos caras de la misma moneda que lastimosamente ancla en el atraso a España y a sus buenas gentes. Que haya mayorías que voten ultraderecha -ya sea pura y novedosa como Vox o disfrazada y antigua como el PP-, se debe al nulo proceso de redención política y democrática que se hizo con la transacción -cómo añoramos a don Julio Anguita-. También es parte clave de este insidioso tinglado la élite de un partido socialista profundamente clasista y herramienta de desposesión de los trabajadores al servicio de los poderosos. Así, los problemas se enquistan y no se solucionan, y las clases trabajadoras parecemos ajenas y sin defensa ante este estado de las cosas.

Pese a tener una parte del gobierno que está trabajando bien en mejorar, o al menos mantener, las condiciones de vida de las trabajadoras y trabajadores, estos avances pasan de soslayo sin atención mediática -los grandes emporios mediáticos que dominan este país pertenecen a oligarcas patrios empeñados en impedir que quienes estábamos hace 10 años en las calles y plazas lleguemos a gestionar- y sin ser reconocidos por la población como medidas que ahondan en su beneficio. En este contexto, disputar desde la izquierda la sempiterna campaña electoral que es la alta política de este país es una quimera y a la vez algo digno de estudio y agradecimiento.

Con episodios concretos como las elecciones autonómicas del próximo domingo en Andalucía, la necesidad de crear una candidatura fuerte de izquierdas que luche por la dignidad de la clase trabajadora es cada vez más urgente y al mismo tiempo, un camino inevitable.

El reto es hacer que la buena gente no se quede en su casa y vaya a votar. Y que vote a quienes les defiendan. Y que estos, antes, hayan dejado atrás las diferencias personales -casi siempre enfocadas en los curriculums que cada uno quiere hacerse- para articular candidaturas donde el programa político venga no sólo a defender la tibia democracia que padecemos y mantener mal que bien una igualdad simulada. Sino a venir a abrir las puertas y las ventanas de este edificio carcomido, erradicar el fascismo, denunciarlo y combatirlo, y ejercitar un programa que amplié la igualdad entre todas y todos para poder ampliar nuestro futuro.

martes, 7 de noviembre de 2017

Cien años del Asalto al Palacio de Invierno



Hoy 7 de noviembre de 2017, 25 de octubre en el calendario juliano, se cumplen 100 años desde que en el marco de la Revolución Rusa, el líder bolchevique Vladimir Lenin y el menchevique León Trotsky superaron las diferencias ideológicas para asaltar el Palacio de Invierno en Petrogrado, comenzando así la Revolución de Octubre.
Se continuaba así con el proceso revolucionario ruso comenzado en febrero de ese 1917, pero que venía desde principios de siglo cuando el hambre, la guerra y la indignidad social campaban a sus anchas en la corrupta y clasista Rusia zarista.
Era el germen pragmático de lo que acabó siendo la Unión Soviética (URSS) y aquella revuelta, tenida en cuenta como Golpe de Estado, alcanzo el éxito sin derramar ni una sola gota de sangre.


Muchos tomamos esta efeméride con nostalgia y envidia por lo que fue, pero también con desazón por lo que podía haber acabado siendo y suponiendo para todo el mundo. Y además, en el mundo actual no deja de ser un ejemplo de empoderamiento de las clases trabajadoras frente a los intereses burgueses. Un hito de ilusión por el cambio en el que tras el análisis de los aciertos y errores de la Revolución de Octubre, nos permita sacar lecciones en un momento de desconcierto, desilusión, incertidumbre y pesadumbre.
Entre sus consecuencias más positivas está sin duda el aliento que ha lanzado a todo el mundo y a la historia sobre las esperanzas de cambio y la voluntad de protesta, reivindicación y contestación social de las clases trabajadoras y deprimidas contra los gobiernos y las instituciones del capitalismo. Fue de tal manera que durante 40 años la “Guerra” entre los dos modelos sociales, capitalismo y comunismo, y el miedo que el segundo generó en quienes gobernaban el primero, alentó las políticas de redistribución de la riqueza en Occidente que favoreció la creación de los Estados del bienestar y las épocas de mayor crecimiento personal y social de la historia. La prueba más evidente de ello es que acabado el “fantasma” del Comunismo, comenzó el desguace del estado del bienestar y aumentaron las desigualdades exponencialmente, proceso que no ha parado hasta hoy, y que no tiene pinta que lo vaya hacer si la ciudadanía no vuelve a empoderarse.
Además puso sobre la mesa la aberración del trabajo infantil iniciando una política agresiva contra las fábricas y explotaciones agrícolas que empleaban a menores de 14 años, así como la alfabetización forzada y la escolaridad para millones de niños y niñas.
Otro de sus grandes hitos fue contribuir como desencadenante del proceso de des colonización, otorgando a muchos países de África, Asia y América del Sur, empaque político dentro de las Internacionales Socialistas a los movimientos de independencia de países y ciudadanías sumidas bajo el yugo de las potencias europeas y que recogían planteamientos ideológicos socialistas.
En cuanto a los errores, quizás el más grave fue la renuncia al ideal leninista y marxista de crear una sociedad, que tras la transición de la Dictadura del Proletariado, fuera aboliendo los mecanismos de poder del estado (policía, ejército, burocracia) hasta llegar al fin del trabajo asalariado, de la posesión de la fuerza de trabajo como mercancía. Y sin embargo, el estado soviético se convirtió en un ente opresor y tremendamente burocratizado como defensa ante las agresiones de los enemigos internos y externos de la Revolución.
Entre las agresiones de los enemigos capitalistas externos estuvo de manera decisiva el interés de las economías capitalistas occidentales por hacer negocio con la guerra e interviniendo activamente en las cuestiones rusas, armando a los contendientes de la posterior a la Revolución, Guerra Civil Rusa, que se saldó con más de 8 millones de muertos, con la economía de la nueva nación destruida y con unas pocas decenas de industriales y financieros europeos más ricos aún y con más poder para seguir oprimiendo a sus respectivas clases trabajadoras e imposibilitar la exportación, la internacionalización, de la Revolución social.
La Guerra Civil se ganó gracias al apoyo de los obreros y los campesinos, pero lo que en octubre de 1917 era un poder representativo de los soviets en 1921, era y por circunstancias de la guerra, una dictadura bolchevique, contra la que surgían protestas de obreros en Petrogrado y marinos en Kronstadt. Lenin consideró necesario mantener el control político mientras se emprendía una campaña de reconstrucción económica, antes de reemprender el programa de transformación social. Era la Nueva Política Económica (NEP) bajo los métodos de planificación elaborados por la Gosplan y tras la muerte de Lenin (1924) y las intrigas “palaciegas” para sustituirle, fue Stalin quien ya en 1929 optó por una industrialización forzada (Primer Plan Quinquenal 1929-34) y la conversión de ingentes territorios en gigantescas parcelas agrarias que consumían muchos recursos (sobretodo hídricos) y daban pocos rendimientos. Todo mientras crecía la amenaza exterior, tanto fascista, como capitalista, y dentro se sucedían cada vez con más violencia tanto en la propagación como en la represión manifestaciones y algaradas.
Pasados los años, la Segunda Guerra Mundial -de la que cabe decir sin faltar a la verdad, que fue decisiva la participación de la URSS para que en Europa no ganará fácil la Alemania Nazi-, y los planes quinquenales los sucesores de Stalin mantuvieron el miedo a la disidencia lo que provocó la falta de democracia interna, así como la modernización ideológica, cultural y social que a la postre, fue una de las causas del declive de la URSS, unido a que dada las condiciones climáticas y de suelos se hizo imposible la diversificación de la economía, lo que la hizo vulnerable ante episodios de crisis promovidos por las élites capitalistas, junto a la nula renovación de personas e ideas en el partido y el politburó. Baste como ejemplo decir que en 1984 tras los breves mandatos de los septuagenarios Andropov y Chermenko, el 70% de los miembros del Soviet Supremo, superaban los 65 años de edad.


A pesar de todo ello, es evidente que la ilusión generada por el proyecto marxista-leninista y los éxitos en materias de igualdad y avance científico animó durante muchos años las luchas de quienes aspiraban a realizar la revolución, a construir un mundo mejor, más igualitario, libertario y progresista. Así la socialdemocracia, se vio beneficiada en su papel de encaje entre el capitalismo-liberalismo y el comunismo-socialismo, combatiendo por un lado la expansión de las ideas revolucionarias, pero sirviéndose de ellas para facilitar la implementación de políticas sociales en pro de la igualdad social junto a la lucha y el convencimiento ideológico de millones de trabajadores, redistribuyendo el flujo de ganancias capitalistas entre las distintas capas sociales -con mayor o menor permeabilidad dependiendo de la coyuntura social y cultural- y garantizando la viabilidad económica de los derechos sociales (educación, sanidad, servicios sociales e incluso trabajo y vivienda).
Así tenemos entre 1945 y 1975 en Occidente una época de crecimiento en el bienestar social que favoreció el consumismo y la mejora de la práctica totalidad de índices que miden la calidad de la vida humana (esperanza de vida, tasa de alfabetización, etc.).


Sin embargo ya a finales de los 60 se vio como el desgaste del proyecto revolucionario en la URSS -debido en gran medida a lo reacio que se fue en el PCUS para dar entrada a nuevas personas e ideas-, hizo que ante eventos como el mayo del 68 en París o la Primavera de Praga se viera como imposible en las retinas de los ciudadanos la implementación de un “socialismo de rostro humano”. Así, perdida la capacidad para generar ilusión y adhesiones, perdió también la capacidad que tenía para amenazar a las clases propietarias, a las élites opresoras, y estas inmediatamente después comenzaron su política de capitalismo expansivo, su liberalismo extremo, su neoliberalismo despiadado para ir retirando las concesiones sociales que habían hecho, proceso éste último que sigue vigente hasta el día de hoy.
En los años ochenta, en momentos de crisis económica y de inmovilismo político, los ciudadanos del área controlada por la Unión Soviética decidieron que no merecía la pena seguir defendiendo el sistema en el que habían vivido durante tantos años. El testimonio de un antiguo habitante de la Alemania Oriental que hoy vive en Estados Unidos ilustra acerca de la naturaleza de este desengaño: “Sabíamos entonces que lo que nuestra prensa decía sobre nuestro país era un montón de mentiras, de modo que creímos que lo que decía sobre “occidente” era también mentira. No fue hasta llegar a Estados Unidos que descubrió que era verdad que había mucha gente en la pobreza, viviendo en las calles y sin acceso a cuidados médicos, tal como decía la prensa de mi país (...) Hubiese deseado haberlo sabido a tiempo para decidir qué aspectos de las sociedades de occidente merecía la pena adoptar, en lugar de permitir a sus expertos que nos impusieran la totalidad del modelo neoliberal”.


Con esta reflexión debemos quedarnos justo en estos días en los que el Centenario de la Revolución Rusa deambula entre la invisibilidad mediática y de los círculos académicos acomodados y el desprestigio interesado fruto de años de lavado de cerebro masivo con propaganda hostil hacia el Comunismo, animada también por el interés en ocultar todo lo positivo que tuvo la Revolución.
La alternativa desde luego no es silencio, pero tampoco puede ser una defensa a ultranza sin análisis, debate y sosiego. Es necesario que la izquierda, en todo el mundo y desde cualquier ámbito -asamblea de partido, asociacionismo, sindicato, medios de comunicación- dialogue sobre lo que fue, es y puede ser o no la Revolución Rusa, su legado y su trascendencia en el siglo XX y en lo que llevamos del XXI. Y para detectar su potencia y virtudes, así como los errores con el afán de no repetirlos.
La importancia del momento así lo requiere y poder disponer de un ejemplo tan valido nos tiene que servir para hacer un discurso que empodere, que estimule y que anime a toda la ciudadanía a todos los trabajadores a defender su vida, su dignidad y su libertad. Su progreso, su futuro. Su educación y su sanidad. Trabajo y vivienda. Un medio ambiente próspero y seguro. Y una ética indisoluble del ser humano donde no pueden entrar ni el egoísmo, ni la corrupción, ni la avaricia, ni los abusos de poder.
100 años de Revolución Rusa. Y 150 años de El Capital, de Marx. Un siglo y medio de desarrollo y puesta en práctica de una ideología que con sus errores y aciertos ha dado mucho más de lo que haya podido quitar, y que se antoja, hoy día culmen del individualismo y el capitalismo desaforado, como imprescindible para tejer un futuro pleno para todos los ciudadanos y ciudadanas del mundo.


Dos notas finales: De entre los muchos libros y bastantes de ellos buenos sobre la Historia de la Revolución Rusa y de la URSS yo destacó el de Carlos Taibo.
Y para tener más material sobre el que ilustrar por qué colapsó la URSS, enlazó a éste artículo, que me parece muy acertado y completo, sobrepasando el tema desde el enfoque que yo le he dado como Centenario de la Revolución de Octubre.

miércoles, 14 de abril de 2010

14 de abril



Hoy es 14 de abril. Hoy se conmemora (69 años) el alzamiento de la Segunda República. Las concentraciones de revolucionarios, seguidores y admiradores de aquel período histórico, en definitiva, los que soñaron y sueñan con otro tipo de mundo y de sociedad tendremos nuestros cinco minutos anuales en TV o un par de páginas o un párrafo, dependiendo del periódico. No más tiempo que el que disponen los nostálgicos las fechas de la infamia y la traición nacional. Supongo que son las contrapartidas del olvido, la amnistía, o el aquí y ahora tan amigos. Pero la verdad es que nos sentimos estafados, ninguneados. Las víctimas del levantamiento, guerra, dictadura, censura y exilio. Todos aquellos que desconocen en paradero de sus familiares desaparecidos. Represaliados y ejecutados en la nocturnidad y en la superioridad armamentística, que no moral. Enterrados en el olvido de la cal viva, en fosas excavadas por ellos mismos ante la luz de un cándil, la risa y las mofas de los vencedores que aprovecharon tanto el odio nacionalista y clerical, para una limpia ideológica y también como viles crimenes que paliaban antiguas discusiones, odios, fobias y conflictos que utilizaron el conflicto de las dos españas para cobrarse su particular justicia.

Hasta tres generaciones tuvieron que sufrir el exilio o vivir ercionado en la censura y el utraconservadurismo católico. Todo ello con un único fin: mantener las oligarquías, la explotación del jornalero y el trabajador en regimen de semi-esclavitud y en condiciones paupérrimas como fuente de riqueza de unos pocos, nobleza tradicional y la nueva que venía de los burgueses acomodados... Ejército e iglesia abanderados del tradicionalismo y la vieja y única España, frente al laicismo, el marxismo, la revolución proletaria o el sentimiento independentista...

Cinco años de esperanza y revolución cortados, pero que aún son añorados. Cinco años de laicidad, igualdad, paz y compromiso social que están enterrados bajo toneladas de odio, olvido e indefensión.

Pero este aniversario también es motivo de protesta y reclamación. La primera y más habitual la de instauración de una Tercera República. Un modelo de estado nuevo, no sólo basado en la consulta pública al pueblo, para las nuevas generaciones y las más antiguas a las que se les impuso un Rey elegido por el dictador fallecido y ratificado por sus cortes fascistas. Y no sólo eso, sino también la formualción de un nuevo texto constitucional actualizado y que corresponda a un Estado moderno, no al del eterno país en transición democrática que nos quiere imponer la derecha, que trata de mantener sus axiomas para volver a movilizar al ejército como en aquellos oscuros años. Iglesia y jerarquías económicas siguen viendo amenazados sus centros de poder y uieren mantenernos o volvernos a meter en la ceguera social y cultural.

Pedir la Proclamación de la Tercera República ya es un paso más allá, es una petición de campaña de voto, de sufragio. El primero es que por lo menos que nos den a todos la oportunidad de elegir que modelo de Estado, gubernamental y social que tenemos. Es decir, un primer motivo de protesta es que se nos devuelva el derecho a elegir en su totalidad, derecho que fue cercionado con el alzamiento del 18 de junio del 36.

Pero la actualidad también impone su importancia, y así reivindicaciones por anti-Bolonia y una educación laica y pública en todas sus fases, una sanidad igualmente pública y protegida ante las agresiones coorporativistas y privadas, o un mayor laicismo y protección ante los desmanes eclesiásticos católicos y romanos tendrán su hueco entre las reivindicaciones, las pancartas y banderas tricolor. No menos importante será defender un sistema político que discrimine la corrupción tan extendida e incluso bien vista por parte de la población que comulga con las mentiras, excusas y desviaciones mediáticas y éticas que salen desde la calle Genova. Es también una jornada para defender al trabajador, de todas las clases, géneros y condiciones ante los ataques de la patronal y un gobierno neo-con en materia económica. Defender al ciudadano sin ambalajes ante una crisis que nos han impuesto especuladores y avariciosos y de la que para salir definitivamente, sin más recaídas o cracks, solo existe el camino de desterrar el capitalismo tal y como lo sufrimos, olvidar el consumismo actual y adoptar comportamientos más cívicos, solidarios y sostenibles.

Y por supuesto será una jornada más para pedir justicia. Para luchar e impedir el avasallamiento contra el Juez Garzón, dejar claro que los crimenes contra la humanidad no preescriben por mucho tiempo o mucha ley de amnistía, porque permanecen durante muchas generaciones en la memoria colectiva y el recuerdo, por mucho que lo quieran evitar. Tenemos toda la sociedad española una deuda histórica con todas esas personas cuyos familiares más allegados marcharon en una madrugada para no volver jamás. Todos esos niños de entonces son ahora octogenarios cuando menos que con este nuevo revés han sepultado su deseo añorado de poder enterrar a sus muertos con dignidad y justicia. Si seguimos por esta deriva la identidad nacional de este país y su moralidad estará hundida para siempre. No quiero pensar en dentro de 100 o 200 años cuando nuestros sucesores se escandalicen por esta deuda histórica, moral y jurídica que día a día queda más desierta y tapada. Un país que quiera progresar debe recuperar su memoria y agasajar a sus muertos que lo hicieron por la libertad.

Continuemos y luchemos...

martes, 5 de enero de 2010

Y qué es Sagrado



Irlanda ha comenzado el año 2010 volviendo a la Edad Media, y por eso desde el 1 de enero en esta república europea blasfemar es un delito, como en Irán. La ocurrente reforma ha dado argumentos a varios países islamistas, liderados por Pakistán, para pedir a la ONU una legislación universal que persiga a los que maldicen a dios. La norma irlandesa define blasfemia como una expresión “tremendamente abusiva o insultante en relación a una materia tenida como sagrada por cualquier religión”, y por suerte se conforman con una multa de 25.000 euros, en lugar de los típicos latigazos. La ley no sólo es arcaica, también es injusta, pues deja a la subjetividad del ofendido la gravedad de la ofensa. ¿Qué es insultante? ¿Qué es sagrado?

Una vez más el sentimiento progresista, de evolución del ser humano y la sociedad se frenan o paran por no “agredir” a los ultras, los conservadores y extremistas. Vence una vez más el miedo. Las amenazas de la intransigencia y el arcaísmo musulmán que planea un mundo medieval, con sus fronteras, su involución y sus dogmas sangrantes, recalcitrantes y vejatorios. Dónde no residía la igualdad, la libertad, la ilustración, la razón, ni tampoco la imaginación. Cuándo cuatro marajás dictaban palabras del profeta para denigrar a toda su población, y ellos vivir en palacios, palacetes u sobre manjares y harenes (bueno en esto tampoco ha cambiado tanto el cuento).

Y justo ahora, cuando también la jerarquía heterodoxa, fascista y purgatoria de la iglesia católica española nos ha brindado su tradicional misa de navidad-mitín político en favor de la subversión más excesiva, aprovechando cada evento para seguir instaurando el terror, el miedo y la desigualdad, como germén en el que aferrarse al poder no ya del púlpito, sino al económico, político e ideológico. Del apoyo a las clases más pudientes, al control totalitario de todas nuestras actividades, de dictarnos qué hacer, qué decir, qué pensar... Aprovechan cada acto para imponernos sus consignas, sus prelados. Tan vociferados y exaltados que no encuentran sentido a palabras vacías. Vacías en la sociedad igualitaria, democrática y de la información. Nulas porque son respaldadas por la hipocresía de clase, de un clero retrógrado y franquista, que vive muy por encima de sus posibilidades y sin ningún tipo de rubor frente a sus vendidos dogmas.

Cada día me considero más ateo y más alejado de las lecturas de escrituras seculares que nos invitan a vivir como se sufría y moría hace 2 milenios. No quiero saber nada de la derecha, ni tampoco, ni mucho menos, de la iglesia, de ninguna confesión. Deseo, y no soy el único, un estado laico, una sociedad totalmente laica y una unión de las civilizaciones también sin rastros ni imposiciones de un credo u de otro. Ninguna iglesia me va a imponer sus chantajes y pretensiones, y sólo aspiro a ser feliz, a que mi gente lo sea y a que todo el planeta lo consiga. Porque la Religión tiene la mayor cuenta de muertes a sus espaldas y porque a día de hoy, da igual Occidente que Oriente, católicos, judíos o musulmanes, pero ninguna de sus doctrinas o palabras supuestamente sagradas no me van a decir a mi como tengo que vivir. Y no deberían de imponer sus trasnochadas beatificaciones y escrituras por el simple hecho de considerarse interlocutores de dios en la tierra. Se creen con derecho de decirme como vivir mi sexualidad, en qué ocupar mi tiempo libre, qué ideología tener, a quién votar... Me dictan lo sagrado, lo que tengo respetar.

Pues yo pienso que sagrada es la ciencia, sagrada es la razón. Sagrada es la libertad de expresión, el humor, la risa, que está por encima de cualquier profeta. Sagrada es la educación pública, y sus aulas son el templo del conocimiento de todos, un lugar donde no caben los símbolos de la superstición de algunos. Sagrado es el horario lectivo, tan valioso y tan escaso que no hay tiempo para el adoctrinamiento religioso. Sagrada es la infancia; sagrada es la sexualidad de un niño, y si una organización encubre de forma sistemática a los pederastas, que comparta pena con ellos. Sagrado es el dinero público; sagrados son los impuestos, y que la financiación de la fe de algunos no corra del bolsillo de todos. Sagrado es el respeto a la mujer, la igualdad de sexos. Sagrado es el derecho a una sexualidad libre. Sagrada es la familia, todas las familias y no sólo las que bendice Roma.

Sagrado eres tú, querido ser humano, que, aunque la Tierra nunca haya sido el centro del Universo, siempre importarás más que cualquier imaginario dios.

Camareros: Necesarios, degradados y precarios. Una experiencia personal

Ahora que ya está aquí el veranito con su calor plomizo, pegajoso y hasta criminal, se llenan las terracitas para tomar unas...