viernes, 22 de enero de 2016

Izquierda Unida. Una refundación inaplazable

Alberto Garzón, secretario del proceso constituyente y Candidato a presidente del Gobierno por Izquierda Unida - Unidad Popular mediante primarias en las Elecciones Generales de 2015. Foto de eldiario.es.

Decía Lenin que “hacer la revolución es comprender la realidad”. Y para continuar esa revolución hoy por hoy en cualquiera de los ámbitos de los que me ocupo y apasiono, se hace imprescindible, además por mi reciente trayectoria, hacer valoración, crítica, auto crítica e introspección de la situación del partido político que integro con coherencia y honor: Izquierda Unida.
Tras las elecciones generales del pasado 20 de diciembre la situación no es nada cómoda. Y lo es menos aún con el revanchismo que el círculo de la Complutense, ya trasladado al Congreso de los Diputados ha tratado el tema de la configuración de los Grupos Parlamentarios. Podemos no tenía llave exclusiva para que IU tuviera o no grupo propio en el parlamento. Eso es obvio. Pero no lo es menos, el hecho de que ha confabulado para que desde las candidaturas de confluencias (Compromis, Ahora en Comú y Mareas Galegas) no se desligaran los miembros de IU democráticamente elegidos para favorecer la constitución del grupo propio. Las consecuencias están claras: No restitución de los fondos invertidos en la campaña electoral, de los que el reglamento del Congreso permite para los grupos constituidos (con lo que puede traer en materia de sustentación de la organización con las deudas existentes con la banca privada) y anulación del espacio político y mediático de intervención de Izquierda Unida.
Pero todo esto es consecuencia de unas elecciones que no se puede calificar de éxito. El no poder formar grupo político por nuestros propios medios, tras sólo obtener 2 diputados (en la circunscripción de Madrid) es nefasto y pone en peligro la supervivencia del partido, pero sobretodo de una ideología, la de la defensa de la dignidad y la libertad de la clase trabajadora, cuya vigencia quieren poner en entredicho entre discursos demagogos del Fin de la Historia, o del crecimiento perpetuo.
Pero lejos del habitual tremendismo y ombliguismo del que hacemos gala en esta organización es importante reconocer la realidad. No es la primera vez que Izquierda Unida se queda sin grupo propio en el congreso. Ya en 2008, a la llamada del voto útil (eso de votar a quien no nos gusta para que no gobierne quien nos gusta aún menos), la coalición de izquierdas se quedo con 2 diputados. Mejor dicho 1'5. Gaspar Llamazares que era el candidato de IU a la presidencia y Joan Herrera que era el número 1 de la lista de Iniciativa Per Catalunya Les Verds. Y todo ello con “sólo” 990,000 votos, sin la competencia de un partido artificial creado para (des)-movilizar al voto de Izquierda Unida como ha ocurrido en estas elecciones.
Y si de aquella vez no se salió con la defunción de Izquierda Unida, no tiene ahora porque ser así, más si tenemos en cuenta que a nivel municipal la situación no es tan delicada como entonces. Pero sobretodo es muy difícil vislumbrar la desaparición de nuestra organización, toda vez, que se demuestra como clara, más que necesaria, imprescindible una ideología de izquierdas que elabore un discurso en favor de las clases populares y la legitimidad y vigencia de la lucha obrera; donde los discursos medioambientales y sostenibles no sean mera retórica y frases hechas ante las agresiones que el capital y la avaricia de los poderosos someten a nuestro entorno; y todo ello en un país y sociedad en estado de descomposición ante un cuerpo político tradicional podrido, corrupto y fascista.
Para llegar a esas elecciones Izquierda Unida dio su liderazgo electoral a Alberto Garzón quien a golpe de refundación (nada nuevo ya que viene marcado por los acuerdos de la Asamblea de 2007), primero buscó con generosidad y responsabilidad una confluencia de fuerzas rupturistas con el régimen tardo-franquista y neoliberal. En esa confluencia estaban llamados muchos agentes que finalmente decidieron integrarse en el proyecto político de Izquierda Unida, que bajo el nombre de Unidad Popular compitieron en estos últimos comicios. Sin embargo, ha calado en un amplio espectro de nuestros potenciales electores (la clase obrera) el mantra de que la confluencia fracasó, y en buena parte de ello, por Izquierda Unida, porque no quiso despojarse de las siglas, la mochila o el aparato.
Nada más lejos de la realidad. Podemos en su escalada de traición al 15M, sigue funcionando como una herramienta del sistema. Sirvieron primero para acallar las calles y la contestación ciudadana a tanto fascismo y ahora siguen una hoja de ruta, que no por nueva es desconocida: El arrinconamiento de las posiciones de izquierda con la des-legitimación de un programa radical de auténtica libertad, dignidad, economía al servicio de las personas y regeneración democrática de las que Izquierda Unida es su principal valedor.
Ante la imposibilidad de la candidatura unitaria (toda vez que se demostró que a Podemos solo le interesaba fichar a Alberto Garzón y a algunas personas más para las listas electorales), le siguió un trabajo notable de la dirección de la coalición, elaborando una campaña original, no tan cara, y alejada de los estándares habituales, para acercarse a la gente que generó ilusión y se tradujo en el respaldo del casi millón de votos obtenidos, frente a un silencio mediático absoluto que nos privó de los grandes debates (aunque eso supusiera incumplir la Ley Electoral, pero al capital no le importaba) y donde nuestro candidato, Alberto Garzón, el mejor valorado de todos los competidores se vio aislado y relegado. El reto era superar ese silencio y recordar a la población quien les defiende de las injusticias y el modelo social de todo para el 1%. Quien está por políticas radicales en el atajo y solución de los problemas.
El resultado, ya lo sabéis, ya lo he dicho ha sido sólo obtener 2 diputados con más de 920.000 votos con el único programa rupturista que compitió en las pasadas elecciones. Y tras el Consejo Político Federal del pasado 9 de enero ya se han sentado las bases para una nueva Asamblea en torno a mayo (si el calendario político lo permite) donde han de sentarse las nuevas bases de Izquierda Unida.
No se puede ser optimista con el panorama actual tras las elecciones. Aunque destartalada la mayoría absolutista del #PartidoPutrefacto y tocado el bipartidismo hay dos elementos muy negativos, especialmente si tenemos en cuenta “la que ha caído” en los últimos años: El PP sigue siendo el partido más votado en España y el PSOE sigue siendo el partido más votado en el seno de la izquierda. En términos de voto, el balance izquierda/derecha está, como todo el mundo sabe, en empate técnico... con todo lo que ha caído, insisto, tras 5 años de estafa llamada crisis, de orgía neoliberal cuyo restos se limpian con los servicios públicos de todos, en un estado artificial cuyos artesonados herederos del franquismo se derrumban. Pero aún así vemos una supervivencia del sistema, cambiando el tradicional bipartidismo, que en lo económico no tocaba el poder de la clase dominante, por un nuevo modelo que parece va a derivar en un nuevo bipartidismo 2.0.
Aquellos que pretendemos hacer frente al modelo neoliberal capitalista y avanzar hacia otro modelo de sociedad -lo cual va mucho más allá de encontrar un hueco electoral digno- estamos perdiendo la batalla. Por eso, una reflexión seria y global a este respecto parece inaplazable.
Y en ello Izquierda Unida debe abordar de forma inmediata su propia refundación, como herramienta útil y funcional para la nueva fase en el que la lucha obrera está sumergida. Además, no es ninguna propuesta extraordinaria: es un acuerdo de la penúltima Asamblea Federal de IU que nunca se ejecutó.
Si propongo la refundación de IU no es para contar con una nueva fuerza política cuya única diferencia respecto a la actual organización sea una modernización o, mucho menos, un cambio de imagen, nombre o fachada. En sentido contrario, y aún con mayor énfasis, tampoco es para dar a luz a una nueva fuerza que se sitúe en otro espacio político e ideológico o que reniegue de los valores y grandes objetivos estratégicos que han caracterizado desde siempre a Izquierda Unida.
Izquierda Unida nació en 1986 como un espacio de convergencia entre diversas culturas y organizaciones de la izquierda en torno a un programa común, una fuerza que se autodefinia como un movimiento político y social y que aspiraba a un funcionamiento abierto al entorno social a través de la elaboración colectiva. ¿No os suena terriblemente parecido a los objetivos que nos seguimos planteando -¡29 años después!- cuando hablamos de convergencia política y social o de Unidad Popular?
Y fue tras la III Asamblea IU cuando se da un paso de gigante para resolver este problema: convertirse en un partido plural, diverso, que admite corrientes y partidos en su interior, pero que funciona de manera asamblearia sobre el principio de una persona/un voto.
Sin embargo, el impulso de abajo arriba se va diluyendo en escalones intermedios y aparece lo que aparece tendencialmente en cualquier organización si no se dota de herramientas potentes para evitarlo: cúpulas dirigentes, baronías territoriales y negociación por arriba entre grupos organizados.
Pero aún más grave y propio a la naturaleza de la organización se sucede una guerra interna, que recuerda a lo que escribió Orwell sobre su experiencia en el POUM con las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil:
Un gobierno [el Republicano] que envía chicos de quince años al frente con fusiles viejos de hace más de cuarenta años, y mantiene a los hombres más fuertes y las armas más nuevas en la retaguardia, teme sin duda más a la revolución que a los fascistas”.
Herederos de aquella la lucha por la libertad y contra el fascismo, seguimos equivocados, desgastándonos en una guerra fraticida entre las dos facciones más poderosas de la coalición de partidos, PCE (Partido Comunista de España) e Izquierda Abierta. Los primeros detentan el liderazgo del partido y los segundos componen la vieja dirección. Y en medio los militantes que padecen esta confrontación que desgasta y desalienta. Y así olvidamos que el enemigo es la derecha. Es el fascismo. El capitalismo y su versión más egoísta, el neoliberalismo. El enemigo es la España cutre atrasada, racista, machista y orgullosa de un pasado genocida. Y sin embargo, nos toca, a las bases, desmoralizarnos mientras abrimos los correos internos de la organización con interpretaciones y segundas lecturas que varían si quien lo envía es afín o díscolo.
Así se genera un microcosmos interno donde se bloquean ideas, se paralizan debates, se pierden sinergias, se dejan sin hacer labores y responsabilidades. El funcionamiento interno del partido no resuelve las necesidades ni aprovecha las oportunidades por lo que se agotan voluntarismos y participaciones fruto de esta guerra interna que no tiene claro vencedor, pero si un gran derrotado: La ideología de izquierdas, la lucha obrera y la clase trabajadora.
Por todo esto la Refundación ha de reunir las siguiente características:
  1. Tener como objetivo estratégico el mismo que Izquierda Unida ha tenido desde su fundación: la construcción de una sociedad socialista donde la economía esté al servicio del interés y el bienestar general; una sociedad democrática, igualitaria, fraterna, pacífica y en armonía con el medio natural.
  2. Ser un espacio cómodo y plural para las diversas culturas y organizaciones de izquierda que se identifican con el objetivo primero.
  3. Ser una organización abierta a la sociedad especialmente en lo que se refiere a la elaboración colectiva del programa.
  4. Articular la acción política e institucional y fundar la cohesión interna en torno al programa, vínculo máximo y compromiso máximo con la sociedad.
  5. Desarrollar un funcionamiento radical de democracia directa. Referéndums y consultas a todos los niveles no han de ser una excepción: han de ser una herramienta habitual de funcionamiento.
  6. Dar la máxima importancia a la acción política extra institucional, pegada al terreno, a la calle y a las luchas sindicales tanto de conjunto como de sector y a la incidencia en el conflicto y los movimientos sociales.
  7. Constituir una organización fuerte donde cada miembro aporte en la medida de sus posibilidades y, paralelamente, sienta que cuenta, como individuo, en las decisiones colectivas.
  8. Elaborar un programa de trabajo en cada entorno, desde la Asamblea local hasta la Asamblea Federal, donde con debate, participación y autonomía se defienda el programa común (punto j) y que tenga los siguientes ejes:
    1. Participación de todos los miembros por igual.
    2. Valoración de todos los miembros. La experiencia de los que llevan tiempo en la lucha; la fuerza de quienes llegan por primera vez. Dejando espacios de expresión, participación y trabajo bajo un paradigma de colaboración, diálogo y respeto.
    3. Plan de trabajo ligado a la representación en las instituciones, pero de manera mucho más intensa en la labor en la calle. Acercarse a los barrios, las universidades, los hospitales, los institutos, los centros de trabajo, las bibliotecas, los clubes deportivos, las asociaciones medioambientales y las culturales. En definitiva, al ciudadano para dar respuesta a sus necesidades y ofrecerle mecanismos de integración, aprendizaje y colaboración.
    4. En ese plan de trabajo, se hace imprescindible, volver a una de las bases del movimiento obrero: Generar sus propios medios de comunicación y difusión de ideas, tanto en Internet, como en prensa escrita.
    5. Uso efectivo de las nuevas tecnologías, tanto en el funcionamiento interno, como en la publicidad y marketing externo para dar a conocer las actividades e ideario de la organización.
    6. Hacer base: Simpatizantes y afiliados; militantes con voz, voto y participación efectiva, que puedan y deban desarrollar su propia opinión sobre su entorno y el de la Asamblea en la que participan, así como desarrollar un trabajo voluntario sin llevarles hasta la extenuación ni el agotamiento.
  9. Aplicar correctamente el principio federal como articulación de soberanías, definiendo claramente los ámbitos de soberanía compartida y actuando en consecuencia.
  10. Un programa común, innegociable e irrenunciable, que contenga:
    1. Memoria: Jamás olvidar a quienes pelearon antes por estos principios.
    2. Ecología: Respeto al planeta; sus recursos, plantas y animales.
    3. Demografía: Equilibrio que prevenga la superpoblación y las tragedias migratorias.
    4. Sanidad: Cobertura sanitaria pública y gratuita.
    5. Laicismo: Separación real entre estado y religión.
    6. Educación: Cobertura educativa pública y universal.
    7. Socialismo: Reajuste del modo de producción y justicia distributiva real.
    8. Democracia: Separación de poderes y representación proporcional.
    9. Federalismo: Autodeterminación y cesión de soberanía hacia territorios menores.
    10. República: Elección del jefe del estado democráticamente.


El camino para recorrer es largo en el tiempo pero es inaplazable. Izquierda Unida debe dejar atrás tiempos de disputa interna que rayan lo personal para abrir un tiempo nuevo en el que se configure, nos configuremos, como una herramienta útil para la clase obrera en sus aspiraciones de mayor libertad, igualdad, democracia y dignidad.
Bajo un programa de IZQUIERDAS innegociable, no olvidaremos las luchas inter generacionales, muchas de ellas en la clandestinidad, de nuestros compañeros y compañeras y junto a quienes vayan llegando y sumándose a este maravilloso proyecto seguir con mayor fuerza la lucha para cambiar nuestra realidad y conseguir así el cambio del modelo social y económico que construya un mundo mejor, con mayor democracia, igualdad y libertad.


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