En
el parque de bomberos de Livermore, en California, hay una bombilla
encendida ininterrumpidamente desde 1901. La bombilla, con su
filamento incandescente alumbra el espacio de trabajo del cuerpo de
bomberos. Un espacio que ha cambiado y ha sido remodelado, y en el
que la función iluminaria de la bombilla ha quedado en segundo
plano. Lo trascendente es que desde hace casi 125 años un elemento
tecnológico y eléctrico fabricado por la mano del hombre, lleva
funcionando sin parar. Sin estropearse, sin que surgiera la necesidad
de cambiarlo. Es tal la potencia que nos manda esta bombilla que ya
se ha convertido en un fenómeno de Internet, con la emisión continua de su ya legendaria vida útil, y de la cultura popular. La
bombilla del parque de bomberos de Livermore, la bombilla más
antigua del mundo encendida, ya ha consumido dos webcams y va por la
tercera desde que fue puesta su imagen en vivo en la red.
Y
sobre esta bombilla se articula el argumento que desarrolla el
documental “Comprar,
tirar, comprar”,
que se puede ver hoy todavía en rtve y youtube, y que debe ser de
obligado visionado y obligada reflexión para toda persona.
El
ejemplo de la bombilla no es casual. Esta película explica cómo la
primera bombilla que Thomas Edison puso a la venta, en 1881, duraba
1.500 horas; unos años después, podían funcionar más de 2.500
horas. Fue en 1924 cuando un cartel
de empresas fabricantes europeas y estadounidenses decidió pactar en
mil horas el máximo de vida útil de sus bombillas. El mismo
razonamiento llevó a las empresas del ramo textil a quitar de la
circulación las medias a prueba de carreras. El documental, rodado
entre Cataluña, Francia, Alemania, Estados Unidos y Ghana, muestra
también otra cara de la moneda: los grandes vertederos de residuos
que se van acumulando en países como Ghana. En las tierras de los
desheredados de la tierra. Allí donde no molestan a quienes provocan
esa acumulación ingente de basura. Como si el planeta entendiese de
fronteras, como si la Tierra también fuese corrompible. Como si
también a ella se le pudieran comprar sus favores para garantizar
que la furia de la naturaleza no atravesará los muros cada vez más
altos, cada vez con más espinas, de la Vieja Europa.
Es
la pescadilla que se muerde la cola y, a la vez, es una gran
contradicción. No podemos seguir agotando los recursos del planeta
-aunque ya hayamos consumido dos o tres planetas-. Y, sin embargo,
para salir de la crisis dicen que hay que aumentar el consumo. La
solución sería intentar que los productos duren más, que se
reutilicen y se reciclen. Pero lo más importante es reducir nuestras
necesidades. Cuando vamos a comprar algo hay que reflexionar si
realmente lo necesitamos y que no se quede obsoleto en dos días.
La
obsolescencia programada "el
deseo del consumidor de tener algo un poco más nuevo un poco antes
de lo necesario".
Es
“el
motor secreto de nuestra sociedad de consumo”.
De hecho, en plena Gran Depresión, la obsolescencia obligatoria,
como una fecha de fin de consumo de un producto manufacturado
concreto sería un requisito imprescindible e inevitable, y a la vez,
el principal dinamizador de la economía industrial y del desarrollo
de la sociedad capitalista. Y aunque no se llegó a promover una idea
tan radical, por lo menos de una manera tan transparente a ojos del
consumidor, la obsolescencia programada llegó para quedarse al mismo
tiempo que la producción en masa y la sociedad de consumo. El
principal recurso para alimentar desde el punto de vista psicológico
la conveniencia
de este sistema es a través del diseño, que prevalece a la
ingeniería y a la eficacia de un producto, asociada a la publicidad
y el marketing. Es decir, el principal leiv
motiv
de la economía capitalista no será ya satisfacer necesidades, sino
crearlas de manera continua y obsesiva, en aquello que se llamó el
“estilo de vida americano”, y que no deja de ser alentar un
consumo y un desarrollo industrial pensado para satisfacerlo basado
en un consumo ilimitado de los recursos (y sin entrar en las formas en las que se sustraen esos recursos) y en la creación consciente
y omnisciente de necesidades a los consumidores. El
objetivo es que el consumidor tenga que comprar, y que sus compras,
sean frecuentes y repetidas.
Esto
alentará a su vez un comportamiento financiero irracional por parte
de la masa consumidora y de los gobiernos que lo permitirán,
puesto que la base de la economía capitalista será la
hiperfinanciarización de la economía. Las familias y los individuos
a título particular, llevarán una vida de consumo basado en el
crédito, en vivir de prestado, y casi siempre ese crédito y ese
consumo vendrá a satisfacer una serie de necesidades que no son
imprescindibles para el desarrollo común de la vida.
Este
modelo no es sostenible a largo plazo: Un crecimiento ilimitado es
incompatible en un mundo de recursos limitados. Y
eso en la economía real, porque desde el punto de vista moral, hasta
que punto ¿es ético diseñar un producto para que falle?
La
publicidad se convierte en fundamental, no con la idea de obligar al
consumidor, sino de seducirle, de hacerle ver la necesidad como
conveniencia, la mayoría de las veces de estatus o de fijación
social, del consumo, de la compra de un producto. Así, desde una
libertad percibida como autonomía, el ciudadano se convierte en
consumidor, y queda sin “libertad”, entendida como libre albedrío
y como capacidad para desentrañar la realidad y la consecuencia de
sus actos. Su papel queda reducido al de comprador.
Los
Estados, al igual que las empresas -por medio del marketing y la
publicidad-, motivan a la sociedad a comprar, desechar y reemplazar
sus bienes de consumo a un ritmo cada vez más acelerado. El objetivo
es infundir en los consumidores el deseo de poseer los últimos
productos, apenas un poco mejores que los anteriores, para que los
adquieran mucho antes de que tengan auténtica necesidad de ellos. Es
lo que en psicología se conoce como “obsolescencia percibida”.
Curiosamente,
la propaganda de la sociedad de consumo actual ha llegado a convencer
a las poblaciones de que, llegado el caso, se desechen los objetos
que todavía son perfectamente útiles. Es decir, que la gente adopte
decisiones alineadas con sus caprichos y deseos -cuyo canon suele
estar determinado por la moda imperante-, dejando en un segundo plano
el sentido común, que es el que permite utilizar el dinero para
satisfacer las verdaderas necesidades. La paradoja es que el deseo
conecta a los ciudadanos a una ficción construida sobre lo que no
tenemos, impidiéndonos valorar y disfrutar lo que sí está a
nuestro alcance.
El
desarrollo de tal planteamiento vino mediados los años 20 de los
propios carteles de productores de productos eléctricos como las
bombillas. Acabada la Gran Depresión, y la posterior Segunda Guerra
Mundial, la idea se convirtió en el principio motivador de la
producción industrial en Occidente. En el contexto de la Guerra
Fría, y el enfrentamiento entre bloques, la obsolescencia programada
era un recurso eficaz para el modelo capitalista, frente al del
comunismo, en el que la obsolescencia programada no tenía sentido.
El
diseño y el marketing funcionaban para seducir continuamente al
consumidor. En el Estados Unidos en la posguerra (y por extensión en
el bloque que lidera) se adopto un lema "Crear
el consumidor insatisfecho"
que periódicamente
viera como natural, incluso como algo de éxito, o un deber social
inconsciente, el adquirir nuevos productos con imagen de modernidad y
que dejara atrás sus "viejos y atrasados" productos que
habían pasado de moda o estaban, o creían, obsoletos. Por lo tanto,
la obsolescencia programada esta en la raíz del crecimiento
económico continuo y exponencial vivido en occidente desde los años
50. Acabado
el enfrentamiento ideológico y cultural entre bloques, la
obsolescencia programada es el motor secreto de nuestra economía y
sociedad de consumo.
La
ética no importa. Que la brutalísima cantidad de recursos
perecederos que tal modelo de consumo origina acabe en el Tercer
Mundo con las consecuencias terribles para el medio ambiente y la
salud de las personas de aquellos países, no importa. Es que ni
siquiera se conoce o es tenido en cuenta. Deshacerse de los recursos
“quemados” sigue entrando en el coste económico de la producción
y consumo de productos, pero este modelo permite un abaratamiento
excesivo del proceso final de la vida de los productos. Y de esta
fase también sacan réditos y beneficios empresas y gobiernos.
La
ética de empresas y gobiernos es inexistente, y es nuestro deber
como sociedades civiles empoderadas denunciar este grave
comportamiento, absolutamente contraria a las leyes de la naturaleza
y de la propia moral ciudadana. Tenemos con nuestro comportamiento,
ya no sólo el deber, sino debido a la emergente crisis climática y
natural que hemos creado bajo este paradigma, la necesidad de cambiar
radicalmente este modelo productivo y con él, la economía y los
fundamentos financieros e ideológicos que la permiten y justifican.
Es vital parar y ejercitar una economía respetuosa con el medio
ambiente y con el propio carácter social y solidario de las personas y las sociedades. Así, y tal y como muestra hacia el final el
documental, el decrecimiento
es
el camino. Te
La
realidad y lo más doloroso en sí, es que el filme no nos desvela
una gran verdad oculta, pero sí que aporta pruebas, explica motivos
y ofrece el contexto y las consecuencias de ese modo de obrar
empresarial que se ha convertido en el motor del sistema capitalista,
y que al mismo tiempo ha puesto en el disparadero las formas de vida
de total la población mundial y en especial de las comunidades más
degradadas y perjudicadas por el conjunto de la historia: Desde el
colonialismo, hasta el nuevo imperialismo empresarial
que se ejercita bajo el paradigma de la globalización.