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miércoles, 30 de abril de 2025

Tarde de apagón

 

El manuscrito de la tarde del lunes 28 de abril, día del gran apagón de España

 

Al abrir la nevera el click que se iluminó fue el de su cerebro que echaba de menos el encendido de la bombilla interior. El sombrío de dentro del electrodoméstico contrastaba con la luz solar del mediodía que llenaba la ventana. Rápidamente se fijó en el horno eléctrico enclaustrado entre los muebles de la cocina. Apagado no marcaba ni la hora, ni el estado. Salió de la cocina. Miró el router sin luces, ni permanentes ni intermitentes. Lo mismo el reloj despertador al lado de la cabecera de la cama de matrimonio, al otro lado del pasillo. Por fin tocó un interruptor sin más señal que el cliqueteo de la llave dentro-fuera, pero sin atisbo de iluminar la instancia del baño contiguo. Se había ido la luz.

Volvió a la habitación de invitados que hacía las veces de pequeño despacho desde el que tele-trabajaba dos días a la semana. El ordenador se había ido a negro, mientras la tablet seguía encendida. Al acercarse la comprobó inútil porque había perdido la señal de red. Las aplicaciones dejaron de funcionar porque no tenían datos con los que actualizarse en las poleas del subir y bajar información. De manera imprevista y repentina se terminó la jornada de trabajo en casa. A ver cuándo volvía la energía y cuándo y de qué manera apretarían los múltiples jefes, jefecillos y demás encargados en querer recuperar tiempo y productividad.

Iba por su pasillo hacia la entrada en búsqueda de la caja de diferenciales a ver si había saltado algún interruptor. A en caso negativo, abrir la puerta y ver si tampoco había luz en la escalera. Sin embargo, al pasar por el salón vio como el mediodía mediterráneo llenaba el piso de luz natural salió al balcón.

Contrastaban los semáforos apagados sin vida y el tráfico que seguía impertérrito ante esta eventualidad acostumbrados ya los conductores a ignorar la señalización luminaria. El apagón no se circunscribía a la frontera interior del hogar, ni tampoco a la escalera del bloque. Cuando menos tomaba el apellido de barrio o incluso hasta municipal.

En la época de la comunicación petulante, instantánea y constante de la telefonía móvil y los tres, cuatros o cincos “Ges” no se había hecho consciente de que había perdido la posibilidad de hacer y recibir llamadas, y lo mismo con los mensajes. Las interacciones de redes sociales se estancaron. Y se tardó mucho en descubrir que aquel apagón no era una cosa sola de su pequeña ciudad, sino que abarcaba todo el territorio nacional.

Había pasado ya la primera hora sin energía eléctrica. Y la segunda avanzaba hasta convertirse en la tercera. Pensaba en cómo sobreviven desde hace años sin energía en los barrios de chabolas de Madrid. O en lugares en guerra como Gaza, Yemen o Ucrania cayéndoles además las bombas. Entonces recordó tener un pequeño transistor de aquellos a pilas que servían para oír el carrusel de partidos de fútbol de los domingos, cuando aquel deporte, aquella comunicación por las ondas y aquel momento de la semana pertenecía a la gente. Enchufó el aparato y aquello parecía que estaba también ausente de corriente en sus entrañas. Una y dos veces deslizó el pequeño interruptor de encendido a derecha e izquierda, al tiempo que calibrando el peso del aparato discernió que carecía de pilas.

En el mismo aparador donde se hallaba la vetusta radio encontró un paquete de pilas sin estrenar. Colocó dos alternando polos como marcan las instrucciones y ahora sí, al pulsar a la derecha el botón de encendido, el led rojo se iluminó y el sonido de niebla se hizo presente por el altavoz.

Moduló la señal hasta la emisora nacional de noticias y ya se sabía qué pasaba. O casi. Apagón nacional. Todo el territorio de la península estaba sin energía desde hacia una hora y media. No sé sabían las causas y en ese momento se intuían las consecuencias. Las voces del otro lado elucubraban los posibles porqués, los probables para cuándo, al tiempo que desde los púlpitos de las autoridades se llamaba al orden y la calma.

Mientras se repetía la alocución en la radio y las informaciones y primicias se volvían ya sabidas, cavilaba qué podía pasar. Cómo estaban mis padres, mi hermano. Mis suegros. Habría algún ataque terrorista y bélico al país. Algún ciber-ataque.

Había visitado la cocina y la nevera para empezar a preparar la comida. Al volver se convenció que no podría hacerlo porque la moderna vitrocerámica seguía sin respuesta a demandas ni planes. Cayó en la cuenta que para hervir unas patatas y unas zanahorias con la vetusta camping-gas que usaba de vez en cuando en sus cada vez más separadas visitas al campo sobraba. La buscó en el armario con los trastos y parafernalias de las escapadas y junto a ella una botella de gas a medio vaciar encontró una caja de cerillas de seguridad con la portada medio borrada por el tiempo. Las llevo a la cocina e insertó en su clavija la botella. Abrió el pasante y percibió el sonido del gas fluyendo hacia el quemador. Frotó una, dos y tres veces la cabeza del fósforo con la caja y la chispa se convirtió en mecha. Al acercarla al surtidor de gas se transformó en llama.

Bajo al mínimo el fuego y se apresuró llenar una olla con agua con sal puesta a hervir y a pelar las hortalizas que introdujo en su interior. En media hora debería estar listas para una ensaladilla. Lapsus temporal suficiente para volver a la ventana. La brisa y el calor se sienten al tiempo del fluir constante del tráfico. Coches y motos. Y autobuses. Algún furgón e incluso un tráiler. La ausencia de energía no aminora el ritmo de conducción. Los peatones se desplazan aceras arriba y abajo. Se apelmazan en torno al paso de cebra, esperando que algún conductor les deje pasar. Comentan si ¡éste va a parar!, o ¡el del otro lado!, ¡cuidado que parece que no para!. Se preguntan por qué no funcionan los semáforos.

A medio elaborar una sabrosa ensaladilla, las llaves de la puerta resuenan. Las reconoce y también los pasos que las acompaña. Él ya está aquí.

¡Si. Me han dejado salir antes!... Sin luz no se puede hacer nada... He cogido el bus y luego venido andando porque no me fiaba de que la puerta del garaje se pudiera abrir... Ya veré cuando voy a por el coche.

Comen. Tranquilos, con pausa, sin prisas. Saboreando. Degustando. Se llegan a coger de la mano. Recogen la mesa. Lavan a mano cuatro cacharros. Y se toman el café sin calentar. Se sientan en el sofá, se vuelven a coger de la mano. Es pronto, más que un día normal, el primero de muchos que pueden compartir sobremesa sin agobios de vueltas al trabajo. Él le pide que ella se tumbe y ponga sus piernas sobre su regazo. Abraza, amasa y acaricia sus pies. ¡Hacía tanto que no tenían un momento así que celebran el apagón y no se acuerdan de los temores por el suceso y sus consecuencias!

De tal guisa se quedan ambos dormidos. Recobran el sentido pasados tres buenos cuartos de hora. El tráfico sigue imposible, y los bocinazos, acelerones y frenazos suenan incluso superando la barrera del climalit.

Se incorporan y tienen la tarde libre. Cada uno toma una lectura y devoran páginas sin preocupaciones ni prisas. Él toma la publicación póstuma de una de las mejores escritoras contemporáneas del país. Ella continua con su lectura de uno de los grandes literatos españoles del siglo XIX que a modo de crónicas acostumbra a diseccionar con maestría y precisión la forma de ser de las gentes de estas tierras.

Se distraen. Se divierten. Vuelven a los brazos el uno de la otra, pasado un buen rato y más de 70 páginas en cada caso. Se besan. Se tocan. Van fluyendo ambos mientras suben la temperatura y la fricción sobre el sofá. Las manos investigan bajo las ropas. Las curvas y rectas de los cuerpos se mezclan. Los sabores se huelen y los olores se palpan.

Terminan de desnudarse al ritmo de su excitación in crescendo. Hacen el amor con detalle. Degustando el tiempo. Disfrutando. Con mimo y dedicándose su placer y al de su pareja. Se satisfacen y se premian. No se separan y bajo una vieja manta se abrazan como el primer día. Se han amado y probablemente nunca tanto como en ese instante.

A la vuelta a la consciencia tras el sublime momento de trascendencia comprueban que el sol ha ganado momentáneamente su batalla dentro del salón. Por los pequeños agujeros de la persiana se cuela tanta luz que les obliga a levantarse y vestirse. Vuelven a la ventana.

Ahora no hay ya tanto tráfico. Hay menos que el de un día normal. Sin embargo, en el parque del barrio lo ven más lleno que nunca. Hay decenas, casi un centenar de niñas y niños. De todas las edades. No habían visto tantos juntos desde que ellos mismos formaban parte de la masa infantil. No sabían que hubiera tantos en “su barrio”. ¿De dónde han salido? Y sobretodo, ¿por qué no van al parque el resto de días?

Deciden bajar y dar una vuelta aprovechando el solecito primaveral. Salen cada uno con su móvil en la mano, armatoste inútil sin señal por el apagón de energía, pero del que quieren disponer en caso de recuperarla. Al poco tiempo cae en un bolsillo y se olvida.

Se sorprenden de volver a ver colas en torno al súper mercado de la esquina y en la tienda regentada por una pareja de hermanos chinos. De un sitio vuelven a ver salir a la gente cargados de papel higiénico, agua embotellada y de aceite de oliva. Del otro parece que han acabado con las existencias de pilas y de baterías, también de pequeños electrodomésticos como relojes, radios y lámparas a pilas. Vuelve la irracionalidad del consumo como cuando la covid.

El parque está lleno. Juegan multitud de críos y criás. Algunos niños muy pequeños junto a sus padres. Se juegan tres o cuatro partidos de fútbol simultáneos. Incluso uno de ellos en modalidad “mixta”. Hay niñas jugando a la comba. Y también se ve a unos críos tirarse un frisby. Se maravillan al verse disfrutando de poner atención en una competición “de corre que te pillo” que descubren como un escondite tradicional. Parece que nadie lo había inventado ya, y las niñas y niños, y también chicos y chicas más mayores disfrutan de estar en la calle, jugando y conversando. No son los únicos. Hasta los perros pasean y juegan con esa “sonrisa” suya en la cara.

El sendero del parque está concurrido de adultos que conversan entre ellos. Algunos lo hacen alrededor de un transistor compartido. Escuchan y comentan las últimas novedades e incidencias de un apagón colosal, nacional e histórico. Se va a tardar unas horas en recobrar el servicio y no está claro cuál es la causa de tal avería. Por fortuna, no se oyen los ya típicos exabruptos contra los políticos que no nos gustan.

Los grupos son heterogéneos. Hay hombres y mujeres en ellos, y también diversas edades, aunque llama la atención el que faltan mujeres jóvenes. En torno a uno de los bancos ven una mesa redonda formada. Mujeres mayores se han sentado y comentan la situación y lo que pasa, hoy y en la vida. Ocupan los puestos del banco, pero han bajado también sus propias sillas y se han sentado bajo el viejo olmo del parque. Disfrutan y ríen. Incluso dos de ellas lo hacen sin perder un punto de su labor en lana.

La pareja se acerca y escuchan. Preguntan qué tal están y si necesitan algo. Comprenden al momento que viendo a la gente, recuperan el interés en el prójimo, en el otro y la otra, y en la educación, la solidaridad y el bien común como engranajes de una sociedad sana. El por qué no lo hacen cuando el flujo de energía eléctrica no se detiene no saben responderlo.

Cae otra hora, y una segunda de paseo. Han sobrepasado el parque por el lado contrario y caminado hacia la vega del rio sin dejar de ver a personas ocupando las calles, las aceras y los espacios. Gente conversando. Gente haciendo deporte. E incluso, gente haciendo arte y cultura en la calle. En la plaza del barrio se ha improvisado una asamblea vecinal que está tratando los problemas del día a día, de cuando la luz baja y sube por los cables. Al otro lado hay un cuenta-cuentos improvisado que embelesa a unos cuantos niños.

De vuelta en el parque las mesas de juegos están llenas. Unos chicos jóvenes usan una de ping pong para jugar un Risk. Otros parece que han extendido una sabana en el suelo y la están decorando con sprays. Hay varias partidas de ajedrez en marcha, y más conversaciones. Apenas se oyen coches y si pájaros que pian y pian en su efervescencia primaveral.

Por la acera pasean y dialogan las personas. No consumen. No hay terrazas, ni motos de repartidores. Las personas caminan, se saludan, intercambian impresiones y se ofrecen ayuda. Ya han oído en un par de ocasiones que hay quienes ponen sus cocinas de gas a disposición de quienes la necesiten para hacer una cena caliente.

Cuando enfilan su calle hacia el portal sonríen y se sienten conectados con la sociedad. En una paradoja el móvil lleva 8 horas sin dar señal de vida, y hacia tiempo, mucho tiempo, que no experimentaban la sociedad como construcción humana, de carácter cooperativo y solidario. Que no estimaban la presencia de extraños que no son más que semejantes, con los mismos temores y problemas que ellos mismos. Desdeñan la sociedad actual, moderna, tecnológica, hiper-conectada, una vez más antes de entrar en el portal. Les hace gracia esa revelación porque les libra del pesar por tener que subir el ascensor 6 pisos, aunque no de la fatiga.

Al entrar en su casa ya no hay luz natural. En la penumbra recuperan los frontales con los que salían a la montaña, una linterna y media docena de velas de distintos tamaños. Conjugan estos elementos para iluminar la encimera de la cocina y preparar unas tostas frías. Han rayado un tomate y acabado con el tupper de queso fresco de cabra. Han abierto el paquete de salmón ahumado y van a tirar de latas de anchoas y de los pepinillos agridulces. Un poco de jamón y de queso siempre vienen bien. Cenan.

Ya de noche cuando terminan de recoger su cocina. Él toma papel y bolí y esboza unas ideas que comienza a escribir a la luz de una vela. Ella sale al balcón y se asombra y reclama que la acompañe. La oscuridad es total. Y en el cielo se empiezan a dibujar estrellas. Estrellas que no se ven cuando solo se ven farolas y focos de vehículos. Es cierto que algún coche o moto pasan por la calle, y también, que algún tonto, de verdad es que hay demasiados, se dedica a iluminar toda la barriada con una excesiva linterna que atenta la intimidad y al momento de los vecinos.

Aún así, intuyen que la noche se va a hacer más oscura. Y con los frontales y bien abrigados suben a la azotea. No hay nadie. A nadie se les ha ocurrido lo mismo que a ellos, y desde allí no les molestan resplandores ajenos y vislumbran las montañas sobre las que se pone el sol. Se dedican a ver las estrellas en número incontable, extendiéndose cuán manto como quizás hacía años que no podían hacerlo sobre esa ciudad. Cuando expira el último naranja de la línea del horizonte, el negro se hace más intenso y la luz de las estrellas brilla. El frío es cada vez más fuerte y aún abrazados, ¡no saben cómo y cuándo se han abrazado! No pueden tolerar más la caída de las temperaturas y deciden volver a su hogar.

Cuando lo hacemos, recorremos el pasillo hasta el baño y nos aseamos como podemos, casi sin agua caliente, pero el paso por el albornoz reconforta gracias a un abrazo extra. Ejecutamos en la penumbra la rutina de la higiene personal. Preparamos la habitación e improvisamos uno de los teléfonos móviles como caro despertador. Nos metemos en la cama. Y nos amamos de nuevo. Y después dormimos y descansamos.



Al día siguiente, al despertar el servicio de electricidad ya se había restablecido. Y ese día anterior ya no se podrá volver a repetir.

miércoles, 12 de febrero de 2025

Hay que disolver la Academia de Historia


No quiero pecar de soberbio, ni de autoritario, ni de intransigente en mi primera referencia a la Historia como recién graduado en la materia. Ni mucho menos busco sentar cátedra aunque si que quiero instalarme en la superioridad moral de saber cuál es el lugar de la Historia en el que quiero estar. Y ese es de la verdad, el de la gente común y el de los desfavorecidos por los siglos de los siglos.

Si escribo lo que escribo a continuación es por la propia experiencia adquirida. Primera la de muchos años consumiendo, como aficionado y lector, Historia. Tanto la oficial, como la publicada en últimos estudios y avances arqueológicos, archivísticos o tecnológicos. Obras y lecturas que atesoro publicadas recientemente o referencias más antiguas. De autores y autoras, escuelas y sensibilidades diversas, con especial interés en la Historia Contemporánea, la Historia Social y la Historia política. Por supuesto, con especial significación la Historia de mi país.Y si, inevitablemente, con sus ramificaciones a hoy en día. Después, y de manera mucho más consciente, lidiando con las inexactitudes, los claro-oscuros, las intencionalidades y los sesgos de interpretación, rigor y difusión. Y en último tiempo por haber trabajado con fuentes, primarias o secundarias, directas o indirectas, de materia histórica.

He descubierto que hay muchas historias dependiendo de los enfoques de partida y de los métodos en los que se trabajen datos, discursos y relatos. Con qué interés se publican y se expresan ciertas ideas y mensajes. Qué se busca convertir en axiomático, identitario o imprescindible usando como aderezo el superlativo apelativo de académico.

Si ayer decía que no he cursado Historia de España, no quiere decir por supuesto, que no la conozca, y que no haya leído, estudiado y suponga el más elemental del interés personal y gustoso por el pasado, y el presente y el futuro de mi país. Por eso mismo, tengo claro que la que debería ser la principal fuente de autoridad y calidad sobre el trabajo y el relato de la Historia de España está manipulada y sesgada, y además carece, por lo general, del más mínimo rigor. Hablo de la Real Academia de la Historia.

Esta institución nació en 1738, en un contexto de auge del nacionalismo en Europa, al que se sumaba en España la influencia francesa de la más asentada regencia borbónica de Felipe V. Su finalidad pretendida era el estudio y la conservación de la historia nacional, pero rápidamente estas instituciones se convirtieron en herramientas de poder destinadas a ejercer un control sobre el relato histórico que debía siempre favorecer la construcción de la identidad nacional.

Si bien es cierto que los valores de la Ilustración, la ciencia y la razón alimentaban el espíritu fundacional de la Academia, y entre otras cosas, fomentó el estudio histórico de forma científica y sistematizada, la necesidad de generar un relato histórico que cohesionase el sentimiento nacional prevaleció, con lo que a la larga, las academias han tendido a marginar los trabajos y estudios que ponían en cuestión el relato hegemónico. La diversidad en las perspectivas de estudio historiográfico, en los métodos de trabajo y en el análisis de datos no ha tenido cabida, y no la tiene hoy en día en la Academia. Por lo tanto, el drama es que siempre estas voces completaban el relato histórico, con lo que al desecharlas, las propias academias han construido una Historia incompleta, parcial e injusta.

De este modo ha quedado una Academia, y como hija suya, una Historia oficial (o mejor dicho, oficialista), hetero-patriarcal, dominada por los hombres, machista, elitista y racista. Misógina y xenófoba y con el afán de responder a las necesidades de las élites en su intento de control social.

La Historia de España, según la propia Real Academia, así como de otras instituciones es pretendida como una “Historia única en el mundo”. No se puede ser más rancio. Claro que es única. Como la Historia de Portugal, Reino Unido, Lituania o Armenia. Como la Historia de Uruguay, Namibia, Nueva Zelanda o de China. O como la de Navarra, la de Liguria, la de la Pampa o la de Brisbane, Accra o Taipei. Todas las historias son únicas. Por eso resultan tan interesantes, y tan estimulante el tejer las redes de conocimiento que las conectan y que puedan ayudar a entender el mundo como fue y como tal es hoy. Y por esto mismo es tan importante estudiar y trabajarlas de manera inclusiva, completando los relatos, apartando los sesgos, incorporando a los grupos que han estado desfavorecidos a lo largo del tiempo.

Pensar que tu Historia es “única” o mejor que la del vecino es, a parte de una catetada de manual, acercarse al nacionalismo chovinista de más baja estofa. Si además, le añades un “orgullo por nuestro pasado” lo que se estará haciendo no es Historia de modo riguroso y científico, sino publicidad de tele-tienda y catálogo por correo. Si así se construye un espíritu nacional se hará bajo un andamio de fascismo indisimulado y del racismo más asqueroso. Por ello, la investigación histórica y las instituciones que en principio deberían de favorecerla, tendrían que alejarse de afirmaciones así y darles combate constante.

Y es que, ¿de qué orgullo estamos hablando? ¿De la Inquisición? ¿de la conquista a espada y manta virulenta? ¿de la expulsión de los judíos y de los moriscos? ¿de la desbandá? ¿del hacinamiento en chabolas de las grandes urbes? ¿del terrorismo de extrema derecha? ¿o de la epidemia de heroína en los 80? ¿estamos orgullosos de la gestión política de una catástrofe climática?

Pero, ¿es necesario erradicar el orgullo del relato histórico? No tiene por qué. Cada cual podría elegir que hecho del pasado le sirve para sentirse henchido de sentido nacional. ¿el gol de Iniesta? ¿las leyes de Salamanca? ¿Blas de Lezo? ¿la Batalla de Almansa? ¿las Brigadas Internacionales? ¿la militancia del Partido Comunista en la clandestinidad?

Lo que es evidente en todo caso, es que ninguna institución o Academia seria debe fomentar en el orgullo su razón de ser, sino en promover y facilitar el estudio histórico crítico y veraz. Porque todo lo que no sea eso será blanquear un pasado que sirva para determinar un presente. Falsear la Historia haciéndola principio y parte de una ideología.

Y aquí viene el principal problema. Porque la Real Academia de la Historia es una herramienta de control social y cultural por parte de una ideología conservadora y reaccionaria. La función de la Academia, por tanto, no es divulgar la Historia y fomentar el trabajo historiográfico diverso. No. La función real de la Academia es construir una idea concreta de país, cuyo pasado ya ha sido determinado de ante mano. La Academia apuntala la idea de una España Imperial, centralizada y monárquica, que ha sido así desde siempre. Y si para ello tiene que silenciar y eliminar los registros y pruebas de la realidad histórica lo hace.

Hago aquí un inciso para subrayar que sí, que estoy desencantado con la Academia de Historia porque en vez de ser un "nido de rojos" y una morada de lumpen, es en realidad, una cueva de fachas, elitista y recalcitrante. Pues si. Por qué si no es así, cómo se puede explicar que la principal institución en materia de estudio histórico no haya hecho suya las reclamaciones para abrir las fosas y poner negro sobre blanco la corrupción y los genocidios perpetrados por la dictadura franquista. Cómo se explica que no haya sido capaz de alentar y exigir estudios arqueológicos serios y definitivos para hallar dónde está enterrado el mejor poeta del siglo XX, como fue Federico García Lorca. Cuando la Academia es juez y parte lo que no va a existir es verdad. Ni de la propia de la justicia, ni mucho menos de la histórica.

Curiosamente los mismos que se escandalizan en los platós de televisión o en el teatrillo de los parlamentos de las políticas de Memoria Histórica, Memoria Democrática y Memoria de los Derechos Humanos, son los mismos que callan o mantienen incluso, una institución que debía de ser abierta, inclusiva, científica y centrada en el descubrimiento y difusión histórica, y que por el contrario impone un relato para toda España. Para todas las Españas.

Se construye una Historia desde arriba. Se tiene la desfachatez de denominarla de “consenso”. Ya me dirás tú qué consenso hay cuando se impone una versión cerrada que no se puede discutir. Una Historia triunfalista de “grandes” reyes y personajes intachables que realzan lo que nos une, nos hace “españoles”. Se oculta o se desprecia como anti-patriótico o mucho peor, “anti-españollo perjudicial de la Historia para la imagen oficial y la mitología nacionalista. Para la Academia y los adalides de la Historia es más útil recordar una visión sesgada del heroico pueblo de Madrid en la Guerra de Independencia (para traer como rey al sátrapa del Rey felón) o de los sacrificios de los Tercios en Flandes (para gusto de los intereses particulares de condes y duques alemanes) que “remover el pasado” de cunetas y tapias de la Guerra Civil y la dictadura.

Por suerte, y sobretodo por el empeño de historiadores de verdad, frente a las historias triunfalistas construidas desde arriba, con reyes, batallas y tratados, otros enfoques comenzaron a subrayar desde hace tiempo las divisiones sociales, culturales, étnicas, lingüísticas, identitarias, religiosas y de género. Frente a la historia apologética del poder, utilizada para generar una mayor lealtad de los ciudadanos a los dirigentes de los Estados, surgió una historia social, enriquecida con los hallazgos de la Antropología, la Economía y la Sociología que escuchaba las voces marginadas por la historia tradicional. Frente a la grandilocuencia de las historias nacionales, aparecieron historias locales y micro-historias que daban a conocer la realidad constante, casi inmutable, de espacios geográficos y sociales diversos que no habían sido tratados. Más aún, nació una historia de las realidades subalternas (grupos sociales oprimidos por no pertenecer a la élite o a los convencionalismos de género y raza) que completan la realidad histórica.

Pero por contra, este estudio complejo del pasado requiere una visión crítica que es incompatible con la Historia triunfalista de moralina patriotérica. Por esto mismo, la revisión y el descubrimiento de las atrocidades e incoherencias de siglo XX, dividen tanto. Porque además, demuestran que por desgracia, no son sólo los jóvenes los que no conocen su historia.

Por si todo esto no fuera poco, además metodológicamente el olor a esmegma caduco de la Real Academia de Historia es todavía más apestoso que sus voluntades e intenciones políticas y culturales totalizadoras. Puede que en los edificios de la academia y en los domicilios y despachos de los académicos hayan descubierto la informática e Internet, pero siguen anclados en la visión diocechesca de las Crónicas como método por el que construir y relatar la Historia. Nacimientos, muertes, batallas, tratados, conquistas, coronaciones o revoluciones como compartimentos estancos de fechas. Sin contexto. Una Historia escrita desde arriba que ignora a conciencia los quehaceres y la trascendencia de la vida diaria de millones de personas que han hecho (H)historia a lo largo de la Historia. Los oscuros en esta forma de contar lo histórico son tan enormes que dan grima.

La Historia está sujeta a cambios y a revisión. A nuevos análisis que aprovechen las nuevas tecnologías y descubrimientos (arqueológicos, archivísticos, documentales, discursivos, etc.) con el fin de completar el relato histórico, haciendo partícipe a la sociedad en su elaboración, conocimiento y difusión. Tiene que poner objetividad, frente a la subjetividad del presente y también de quienes construyeron la Historia en el pasado.

La Historia social, las historias locales y micro-historias, las historias sobre aspectos como las mentalidades y el pensamiento, la alimentación, el urbanismo, el trabajo, sobre la mujer o sobre los grupos subalternos de la Historia, son ignorados e ignominiados. Toda evolución metodológica y filosófica en el estudio de la Historia, todas las aportaciones de las escuelas como Annales, el marxismo británico o el estudio de las realidades subalternas de la Historia son rechazadas en frontera. Quieren una Historia española de capilla. De teja y mantilla. De capote y montera. O de tricornio y corona.

Y todo esto tiene consecuencias. La tradición pesa todavía más que la verdad y la ciencia. La gente, incluida la que se cree culta, considera que la Historia es una cronología de fechas trascendentes con las acciones de las élites. Y cuando se elaboran programas de estudio se pone todavía el empeño en hacer que los estudiantes dominen estas fechas, sin contexto ni relaciones. Haciendo una Historia aburrida. Una materia que el alumnado pase como trámite, y que cuando adultos les haga cambiar de canal porque no les interesa. En definitiva, una Historia que no sirva para construir personas con un acervo moral y ético consolidado.

Todo esto hace que no se promueva un estudio de la Historia de España adecuado para nuestros jóvenes. En los colegios, institutos, e incluso en las Universidades, se imponen las versiones tele-dirigidas por los grupos editoriales, pertenecientes a las élites de organizaciones religiosas. Esto unido a la estrechez de los calendarios escolares y a las apreturas de los recortes y falta de medios en la educación pública, hace que los jóvenes alcancen la edad adulta con profundas taras en el conocimiento del siglo XX en España, pero sin embargo, estén muy puestos en un supuesto pasado Imperial que llevo el orden y la cruz allende de los mares. El problema ya es grave de por si porque nos deja disminuidos en la madurez, huérfanos de la verdad histórica e incapacitados de sentido crítico y pensamiento propio. La Academia debería luchar por dotar a la educación de unos programas en materia de estudio tanto de la Historia, como del Arte o la Filosofía, que fueran modernos. Adaptados a las nuevas realidades. Inclusivos y que pusieran el acento en los contextos y la vida diaria de los hombres y mujeres de a pie. Que en general, fomentasen el pensamiento crítico y unas sólidas bases éticas y de justicia universal.

Por otro lado, estamos acostumbrados a que las celebraciones usen el pasado para justificar el presente. A que en los medios de comunicación se deforme el pasado, o se mienta descaradamente, para ajustar la historia a los intereses pecuniarios del presente. Y la Academia no lo denuncia, no lucha contra esto.


Por todo ello, la Real Academia de Historia de España debería de disolverse. Entregar las armas, los diccionarios rancios de historicismo blanco y las enciclopedias chuscas de visión sesgada. Sus académicos parapetarse en un hogar del jubilado a esperar la muerte física que haga juego con su perenne estado de muerte cerebral. Esta animadversión al trabajo de campo. Esta cerrazón al elitismo de cognac y faria. Esta misantropía. Esta ausencia de dignidad. Y esta dejación de funciones son motivos más que suficientes para no contar con una institución que se ha dedicado con tesón y felonía a deslegitimar la Historia y a ocultar la verdad, a cambio, de vender una versión simplista y elitista, que huye de la razón y el conocimiento.

El lema de la Real Academia de Historia dice “Nox fugit historiæ lumen dum fulget iberis” («La noche huye, mientras brilla para los íberos la luz de la historia»). Encima con recochineo, cuando lo que de verdad supone la noche es la manipulación de la Historia para servir a las élites del presente, ocultando a los íberos la luz de la razón, al tiempo que los ciega, con el foco del oprobio y la mentira.

 




viernes, 9 de octubre de 2020

Pandemia de clases

 


Acaba de entrar en vigor el estado de alarma en Madrid capital y ocho municipios más de la región de más de 100.000 habitantes decretado por el Gobierno de la nación ante está segunda ola de la pandemia del coronavirus y sobretodo, de la nefasta y criminal gestión del gobierno de la comunidad de Madrid.

La situación es límite y desborda las capacidades del sistema sanitario regional, muy tocado por la deriva de treinta años de neoliberalismo en estado puro, con los sectores profesionales sanitarios declarados en estado de guerra contra los gestores políticos, y amenaza trasladar esa situación al resto del estado español haciéndose valer del privilegio, pues no es más que un derecho sustentado por una capacidad económica, de viajar en este puente de octubre.

El Gobierno de confluencia ha tenido que tomar las riendas de la situación y para aplicar las mismas normas de protección de la salud general, sortear e boicot político efectuado por los perros sarnosos de la derecha instalados en el tribunal superior de Madrid, con la inestimable ayuda del ejecutivo regional. Ayer estos tumbaban el anterior decreto y hoy en consejo de ministros extraordinario se ha decidido la implantación del estado de alarma durante 15 días para con criterios científicos y sanitarios poder doblegar la curva de incidencia de la pandemia en Madrid, frenando la transmisión comunitaria y en definitiva, evitar por todos los medios que el virus se mueva libremente.

No debería ser esta la deriva de la situación pero es lo que tiene Españistan con una derecha en franca oposición porque consideran el estado como un cortijo particular y no toleran los momentos en los que la alternancia los lleva a dejar el gobierno. Utilizan todo, desde los medios, los jueces y las administraciones regionales para hacer oposición incluso en una situación de extrema gravedad que debería sacar de todos nosotros lo mejor, empezando por una unión y sentido de pertenencia en el objetivo de salir de la pandemia con los menores daños posibles y con la certeza de que el país se construye invirtiendo en sanidad pública, educación pública y servicios sociales.

Ahí es donde queda desnuda la gestión de las derechas, neoliberal y fascista a partes iguales, empeñada en hacer negocio y prosperar a base de mentiras y corruptelas sin importar los dolores que causan.

En cambio buscan la confrontación y la crispación extrema para que nada cambie. No quieren negociación y acuerdos. No buscan la concordia y dar una imagen de unidad.

El continuo boicot. El empleo de la situación sanitaria y de la administración regional para hacer oposición. La franca ineptitud y soberbia demostrada. La mentira como estrategia política y de actuación. Todo esto es el debe de la gestión del pacto PP+Cs que comandan Ayuso y Aguado y que es absolutamente incapaz de gestionar con un mínimo de decencia la sanidad y los derechos y deberes de todos los madrileños. Esto repercute además, debido a la especial configuración territorial del estado español, en las demás regiones, especialmente en las cuatro más pobres y despobladas que encima son las que aportan ingentes cantidades de jóvenes a Madrid: Castilla y León, Castilla La-Mancha, Extremadura y Aragón. Nos roban el futuro y nos castigan con su soberbia e ineptitud.

Aquí no está de más, recordar que hoy “tenemos” este gobierno en Madrid, región y ciudad, gracias a la inestimable ayuda de Carmena y Errejon que desmontaron una fuerza cualificada que ayudaba a generar una alternativa a esto. También sale mal parado el PSOE madrileño incapaz desde hace veinte años de oponer una mínima resistencia.

Pero volviendo a lo que tenemos nos encontramos con una gestión que va a hacer que acaben en el banquillo de los acusados: Porque no han contratado ni a una décima parte de los rastreadores a los que se comprometieron en mayo. Porque han desmontado y siguen haciéndolo todo el sistema de atención primaria. Porque han mentido por sistema en la transmisión de datos entre consejerías de sanidad y ministerio, a sabiendas. Porque su objetivo ni es ni ha sido la victoria sobre el virus, sino emplear el virus para vencer al gobierno. Porque Ayuso, Almeida y Casado, más la extrema derecha han alentado una serie de protestas en nombre de la libertad individual frente a la política de supervivencia al coronavirus basada en la igualdad, la fraternidad y la responsabilidad tanto individual como de grupo.

Esto se ve desde el primer momento, pero sobretodo en la secuencia de las últimas semanas. Como desde la Comunidad de Madrid toreando una vez más su Constitución se han ordenado cierres de los barrios pobres de Madrid, mientras los más pudientes se mantenían libres de imposiciones, pese a tener en muchas ocasiones registros de contagio mayores.

En una de las más execrables muestras de la lucha de clases de toda la historia, la derecha de este país ha pretendido hacer prevalecer los privilegios de clase por encima de los derechos individuales y colectivos del resto de la población, empezando por el derecho a la salud.

Todo ello envueltos en la bandera de la que se han apropiado porque para ellos, el resto, los que no pensamos como ellos, no somos españoles. Llenan una playa o una colina de banderas por las víctimas del covid tratando de hacer creer a la opinión pública que todas las víctimas son por obra y gracia de un gobierno demoníaco, bolivariano, comunista y totalitario. Cuando los muertos son por su nefasta y criminal gestión como en el Accidente de Metro de Valencia o el 11M, son víctimas de segunda y tercera que no merecen ni una triste placa en la calle.

Esa es la derecha de este país. Está en los medios de comunicación de masas que componen un espectro de mezquindad y aborregamiento insoportable. Un mensaje a una voz con tal de convencer al votante que ellos son los grandes gestores y los otros son impropios y antidemocráticos. Tiene bemoles la cosa.

Esa derecha fascista se exhibe sin pudor desde los tribunales totalmente parcializados por herencia de la dictadura franquista que murió plácidamente en la cama y al día siguiente nació demócrata de pleno derecho. Tribunales superiores, constitucionales, fiscalías o audiencias nacionales empleadas por el PP a conveniencia. Si hay que hacer ruido para tapar el uso de las instituciones del estado o de la inmoralidad manifiesta de la monarquía borbónica se usa. Si hay que contra programar el anuncio del proyecto de presupuesto expansivo del gobierno se hace sin ningún problema. La separación de poderes en Españistan es como el amor a España del Rey emérito. Se habla mucho de ello pero no se puede probar.

Esta derecha ultraliberal no tiene ningún problema en lanzar sus perros contra la población. Que hay una manifestación en un barrio obrero pidiendo más médicos, más profesores, más bibliotecas o menos corrupción. O parar un desahucio o una tropelía urbanística que pone el patrimonio de todos como negocio de unos pocos allá van los pro-disturbios a repartir leña. Son los grises del franquismo, la brigada político social modernizada y bañada de un halo de grandiosidad por los medios de comunicación cuando son los bastardos que protegen al opresor de la rabia justificada del oprimido. Cuando los cayetanos se manifestaban en abril o los negacionistas en junio paraban el tráfico y aplaudían el paso de cacerolas y cucharas de plata con banderas fascistas y anticonstitucionales desfilando. Y estos son los que nos tienen que proteger.

Ahora Madrid queda bajo un Estado de Alarma que va a tratar de impedir la explosión de la enfermedad para que vuelva a colapsar como en marzo. Salvar la economía es lo más importante para toda esta derecha. NO. para ellos lo más importante es mantener y aumentar sus privilegios de clase frente a la vida rayando la indignidad de la inmensa mayoría.

Para salvar la economía primero hay que salvar las vidas. Atenuar la curva de infección. Ponerse serio y duro contra todas las actitudes que nos ponen en peligro a todos. Fiestas, bares, discotecas, pero también en centros de trabajo donde se han tomado a guasa las medidas de protección o donde se explota a los trabajadores sin garantizarles la seguridad. Hay que inspeccionar y hay que multar. Y hay que meter a la gente en procesos judiciales para que de modo de ejemplo se tome conciencia de que poniéndonos la mascarilla y siendo racionales nos ponemos a salvo como colectivo, como país.

Salvar la economía es dotarnos de los medios, sobretodo humanos, que garanticen la igualdad de derechos. Aumentar las plantillas de médicos, enfermeros, resto del personal sanitario. Profesores y educadores. Limpiadores. Científicos. Y a continuación transitar desde esta economía patria groseramente de servicios de baja calidad, enfocada al turismo de cantidad por calidad, a un sistema económico movido por la investigación, el desarrollo, la puesta en marcha de una economía verde donde la recuperación de espacios naturales sea un pilar (algo que daría mucho empleo). Una economía que implanté y recupere la industria de transformación de bienes empezando por la textil.

Este debe de ser el camino porque siguiendo el que llevamos nos vamos al dolor, el sufrimiento y el colapso de los ecosistemas. Y el ser humano es parte de esos ecosistemas, aunque sea ahora como agente destructor o cuando menos de cambio de los mismos. Y en ese camino reconocido por la comunidad científica y universitaria, también a niveles económicos y sociales, es dónde tendría que estar toda nuestra caterva política a una. Pero tenemos lo que tenemos.

Usando la pandemia en la lucha de clases para imponer más dolor e indignidad. Para mantener los abusos y la opresión del hombre por el hombre. Para cicatrizarnos con un relato perverso, inmoral y falso. No debemos rendirnos. Hay que hacerles frente.

 

 

viernes, 27 de mayo de 2016

Amanecer


La luz se escabullía entre las rendijas de las cuarterones envejecidas por el paso de lustros a la intemperie y a la crudeza de los elementos. En el interior la luz jugaba con las motas de polvo y el humo de los rescoldos de la chimenea de la noche anterior sin atender a los ojos que se desperezaban.
No era la luz quien lo había despertado, sino el frescor que le rozaba la piel ante la ausencia de manta y nórdico que dibujan el camino de la ausencia. Contrarrestando esta sensación la notaba en la palma de su mano sobre la sabana enfriándose huérfana del calor de un cuerpo.
Llegaba el aroma a su nariz del café recién hecho y justo con la segunda inhalación sonaba el pitido de la filtración.
Sus primeros pasos lo dirigían como un autómata hacía la cocina. El frio hacia mella en sus pies desnudos. Al cruzar el umbral de la puerta, la piel de gallina era su traje. Y el cambio a mayor claridad le hacían entornan los ojos. Esperando a que se adaptasen a la nueva luz, intuía las formas de Sophie.
El rotundo y policromado tatuaje de su brazo izquierdo tomaba detalle, mientras se acercaba a besar el cuello de ella en un ambiente que se disputaban el frio y el aroma cálido del café.
No hubo muchas palabras porque su idioma era el de las miradas. Y ambas conjugaron la preocupación cuando sonaba el ruido de un coche de gran tamaño pararse frente a la puerta de la vivienda. Oído el frenazo, el motor se paro; y a los pocos segundos sonaron dos golpes secos que eran las pesadas puertas del todo-terreno cerrarse. Las pisadas crujían sobre la nieve y ya no hubo mayor paz porque llamaban a la puerta con violencia.
Había llegado el momento. No interesaba al extranjero oponer resistencia o huir. Ni siquiera discutir, puesto que no manejaba la lengua materna de aquellas tierras y esos hombres nunca habían tenido un contacto con un foráneo, por lo que ni sabían ni le veían utilidad aprender una lengua que no fuera la suya.
Abrió la puerta con resignación y el frio helador fue el primero en pasar a dentro. No le siguió nadie.
Lanzaron un anorak y unas botas de campaña mientras se miraban a los ojos.
Få klädd snabbt och låt oss gå” -sonó como un gruñido.
They want you to get dressed and you go with them” -tradujo Sophie. Ambos se miraron extrañados, pero también resignados. Había acabado su aventura. Era el final de un sueño hecho realidad que había dado sentido a sus vidas.
Sin embargo, rápido cubría su oscura piel con su propia ropa. Aprovechaba dos gordos jerseys y el pantalón térmico que introducía en unas botas de travesía que ataba con dedicación.
Se incorporaba y se ponía el anorak meditando si despedirse.
El ensortijado y áspero pelo quedaba por tapar y Sophie, mientras le besaba con una lágrima en los ojos, se lo cubría con uno de sus gorros, tejidos a mano por su madre tiempo atrás de la lana. Le ayudaba a cerrar la garganta con una bufanda similar y le acompañaba a la puerta.
La abrieron y todavía parecía que hacía mucho más frío.
Los dos nórdicos permanecían junto a la puerta como si tal cosa, acostumbrados a éste frío, y contemplaban los contrastes entre él, moreno, de piel oscura, fuerte y abrigado en extremo junto a ella, menuda, de piel blanca y simplemente tapada con un pijama de algodón.
Abrieron la puerta trasera del coche. No querían perder tiempo, ni tampoco dar una despedida romántica a los amantes. El tiempo apremiaba y ya tienen edad suficiente para saber que esos vientos que venían del norte traerán tempestad en forma de más frío y nieve. Montaron en la parte delantera del coche. El más viejo como copiloto, apurando un cigarrillo de tabaco de liar, y el más joven colocándose unas gafas de sol daba la vuelta al coche para disponerse a conducir sin perder la mirada sobre los ojos de Sophie.
Ésta aguantaba la compostura hasta el último momento en el que sintió los dedos de él desprenderse de los suyos. Ahí, cerro los ojos y agacho la cabeza. Sabía que el destino no era el más placentero. Sin embargo, se recompuso y gritó: “Förvänta”.
Se dio la vuelta sin cerrar la puerta. Los tres sabían que les iba a acompañar. Sophie no es una mujer timorata y acomplejada, sumisa a un patriarcado. Ella es una valiente incluso en un pueblo de mujeres valientes y aguerridas. No se va a amilanar, ni tampoco resignar. Luchará como el primero y será la última en abandonar.
No tardo mucho en salir pertrechada para una jornada de batida en el helado bosque. Su indumentaria no dista de la de sus compañeros. Y le añade una carabina de precisión capaz de tumbar a un reno adulto macho a dos kilómetros. Es una experta tiradora y aunque no se lo habían pedido, los tres saben es buena compañía para la tarea a emprender.
No saben la hora exacta que es, pero seguro que es temprano por la mañana. Hace ya varias semanas que no amanece, porque no anochece. En aquellas latitudes, los solsticios se alargan en el juego entre la luz y la oscuridad. Y son el terreno abonado a los terrores y los misterios. Pero si que es el primer día en luchar contra el amanecer de las bestias.

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Camareros: Necesarios, degradados y precarios. Una experiencia personal

Ahora que ya está aquí el veranito con su calor plomizo, pegajoso y hasta criminal, se llenan las terracitas para tomar unas...