Mostrando entradas con la etiqueta Donald Trump. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Donald Trump. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de marzo de 2026

La etapa de Irán ante la Tercera Guerra Mundial


Imagen de satélite del 28 de febrero de 2026, supuestamente de la residencia del Ayatolá Jameneí tras el bombardeo masivo de Israel y Estados Unidos sobre Irán.

 

El sábado 28 de febrero amaneció con el nuevo ataque de Israel y Estados Unidos sobre Irán. Un bombardeo indiscriminado, que aunque esperado, se efectuó sin aviso y dentro de una ronda de negociaciones que claramente era una tapadera de cara a ganar tiempo y organizar la acción militar. De todos los implicados. El resultado del ataque ha sido el descabezado de la cúpula militar y política de la teocracia iraní con la destrucción de infraestructuras críticas del aparato bélico y policial de Irán, así como de algunos de los centros de poder del país. Se cuentan las muertes de numerosos altos cargos del ejército, así como de miembros de los consejos religiosos y políticos destacando el ex-presidente Ahmadineyad (aquel que pusó en jaque Occidente con el programa nuclear) y fundamentalmente, el ayatolá Alí Jameneí. Por supuesto, las víctimas civiles se cuentan por millares.

Ni que decir tiene que sacar del mundo a semejantes impresentables hace del planeta y de Irán un lugar mejor. Desmontar y erradicar un sistema dictatorial, propio de una época medieval, en el que la visión extrema de una religión, incompatible con la vida, la dignidad y los derechos humanos es la doctrina moral y legal que condiciona e impide el desarrollo de sus propios conciudadanos, es siempre una buena noticia. Pero hacerlo, una vez más, al margen de la legalidad internacional, llevándose vidas inocentes por delante y violando la soberanía de otro país es una muestra más de un mundo desquiciado que se va al abismo por momentos.

Las implicaciones de la acción militar conjunta entre Israel y Estados Unidos son de muy amplio calado. El contexto, nacional y propio de Irán, de la región de Oriente Medio, de Asia y el Índico, y para todo el planeta no deben obviarse y por lo tanto, es fundamental conocer bien de lo que estamos hablando, para construirse y transmitir un juicio acertado sobre lo que está pasando. A estas horas los misiles de uno y otro lado se han cruzado sobre Oriente Próximo incluyendo ataques a bases e intereses occidentales en los emiratos de la península Arábiga, como respuesta del ejército de Irán, así como la apertura de nuevos frentes en Líbano. Incluso el suelo soberano de la UE ha sido objetivo al caer algunas bombas sobre la base británica en Chipre

Mientras el ataque bélico unilateral ha eliminado la posibilidad de que el pueblo iraní, empezando por sus mujeres y jóvenes, tomasen el poder y construyesen una democracia o un sistema político y social nuevo, lo que si ha hecho es abrir la brecha a la seguridad y la incertidumbre en todo el mundo. Si la población civil de Irán no va a poder enjuiciar e investigar su pasado y su presente, poner ante un tribunal y ante la Historia a cientos de dirigentes con una visión radical del islamismo que les ha permitido masacrar a la población, al tiempo que se hacían muy ricos, mucho menos se les va a permitir construirse un futuro propio, puesto que el sistema “ofrecido” ya viene teledirigido desde Washington y Tel Aviv con la oscura figura del heredero del Sha en el horizonte.

La excusa de esta guerra está en que Irán volvía a ejecutar un programa de armamento nuclear y de que antes de conseguirlo era preciso acabar con él. Las protestas y la represión contra su propio pueblo, son otra de las excusas que se han aducido en estas últimas 48 horas (y en las semanas previas), pero el motivo del ataque es la reconfiguración total de Oriente Medio, con Israel convertida en la potencia regional tras la ruptura de todas las alternativas que el Islamismo chií tenía en la zona (el Irán de los ayatolás, Hizbula en Líbano, Hamás en Gaza o Cisjordania, Siria, etc.).

Tampoco se deben obviar los balbuceos y debilidades de la presidencia de Trump que más allá de todo el histrionismo y los llamamientos fastizoides del programa MAGA (con sus propias "SS" en los ICE), atesora un desgaste colosal para un primer año de mandato, donde la anulación por parte del Tribunal Supremo, de sus recurrentes aranceles, implicaban el alzamiento de una nueva cortina de humo, una nueva distracción para sus bases. Sin embargo, esta acción, al contrario de lo ocurrido con Venezuela, no parece ser del agrado de buena parte de su propio aparato en el partido Republicano, así como de sus votantes, puesto que hasta a ellos, les parece que embarcar al país en una guerra, tan lejana y ante una nación tan grande y armada, puede provocar sonoros costes y muy reducidos beneficios para el norteamericano de a pie y gorra de beisbol.

Y es que la única conclusión a la que van a llegar los, supuestos, “enemigos de Occidente” es que la única garantía de seguridad es de disponer de armas de destrucción masiva, especialmente nucleares, para poder mantener una posición fuerte que impida el ataque preventivo y unilateral de los auto-proclamados defensores de la libertad y de la seguridad. Tanto la CIA como la agencia Internacional de la Energía Atómica, adscrita a la ONU, informaban de la inexistencia de indicios sólidos que sustentasen el relato de la tenencia por parte de Teherán de armamento nuclear. Si Irán hubiera dispuesto ya del arma nuclear y probada su eficacia, no hubiera sido atacada. Si tienes armas nucleares es para exhibirlas (por lo menos) primero con el afán de disuadir a potenciales enemigos, y en segundo, para henchir de orgullo a la propia nación, por lo que parece evidente que la excusa del armamento nuclear es por lo menos, falsa e infundada.

En conjunto, y como resultado, de estos años de alzamiento fascista internacional, y de escalada de las amenazas de guerra, tenemos el fin del orden internacional salido, no sólo tras la Segunda Guerra Mundial, sino mucho más recurrente, tras la caída de la URSS. Estados Unidos se empeña en mantener una posición de potencia única, como eje central en un mundo unipolar, que ya no existe. Aunque consolidan la vía de la fuerza militar, sin negociación diplomática, ni declaración de guerra, como elemento de resolución de los conflictos, lo que realmente está haciendo Estados Unidos y sus aliados -sobretodo Israel, y algo menos la Unión Europea donde crecen las voces disonantes (no dejamos de hablar de una organización supranacional a la que han cedido soberanía un conjunto de naciones, pero no en materia de representación internacional o militar)-, es alimentar un complejo militar-industrial gigantesco que necesita de guerras y conflictos para ganar dinero

Como añadidura, Trump no sólo ha incumplido con el Derecho Internacional, cosa con la que no se distingue de los presidentes estadounidenses, ya fueran demócratas o republicanos. Además, ha vuelto, por tercera vez, a ignorar los procedimientos políticos de su propia democracia, al emprender acciones militares sin contar con los preceptivos mandatos del Congreso y el Senado. Con lo cual ha quedado ya demostrado, empíricamente, como la democracia es pisoteada e ignorada, si se puede interponer en eso de ganar dinero. Las consecuencias a nivel interno y a la salud del régimen democrático-liberal están por venir.

En general, lo que subyace del ataque estadounidense e israelí sobre Irán es el cambio de modelo de gobernanza e internacional. Se rompen los consensos y las garantías democráticas, de soberanía y de justicia, implantando un modelo autoritario donde va a prevalecer la ley del más fuerte, y sobretodo, la de el que menos escrúpulos tenga. Un camino, ciertamente peligroso, al que como sociedad civil debemos oponernos y resistirnos. El primer paso, será ante el llamamiento a ese escenario de sumisión palmaria a Estados Unidos y a su aparato económico-militar como es la OTAN. Permanecer un solo minuto más en esa alianza belicista, que nos roba soberanía, dignidad y dinero, nos convierte en cómplices. El segundo, e inapelable, dar batalla frente al fascismo que se ha beneficiado en algunos casos demostrados de la teocracia iraní, y en otros, dando empaque a la cesión de dignidad frente a los imperios y sus élites.

La sucesión de escenarios de enfrentamiento esa clara: Desde cuestiones internas como Gaza, o incluso Ucrania, hacia consideraciones de mayor calado, como esta guerra contra Irán, que supone un incremento, que puede acabar en un enfrentamiento contra Rusia y China (no necesariamente coaligados más allá de frente a un enemigo común denominado “Occidente”) por la hegemonía mundial.

Aún así, hay quienes consideran que todos estos enfrentamientos no están relacionados y que son independientes. Interesados en hacer creer que lo que está en juego es la democracia, cuando eso es lo que menos les interesa, o incluso, la detestan. Extrapolado al tablero internacional hablamos de una disputa que va de hegemonía única o hegemonía multipolar. De relaciones con marcos y reglas claras basadas en el respeto y la transparencia, a teatros imprevisibles donde las acciones de fuerza se hacen con ninguna o poca antelación y que provocan una escalada de impredecibles consecuencias.

En todo esto tiene que ver la evidente pérdida de impulso y poder que está viviendo Estados Unidos, ya no sólo como potencia única, o como último Imperio, sino más allá, de la propia estructura y dinámica de país. El paso, inexorable como sociedad civil, es "des-americanzar" el mundo, haciéndolo más amable, más natural, más humano e intentando con ello, abolir la guerra y la violencia como método de resolución de conflictos.

Al estilo de la caída del Imperio Romano, la decadencia yankee que comenzó, indudablemente, cuando cayó su natural enemigo, la Unión Soviética, va acelerándose paso a paso, presidente a presidente, y semana a semana. La primera fase fue la exhuberancia de sentirse sólos en la cúspide, sin un enemigo al que batir, y sin ningún tipo de límite a sus intereses y deseos, al no haber alternativa real. En esa ensoñación se limitaron las transformaciones y adaptaciones necesarias a ese nuevo contexto. En vez de proteger a las clases populares estadounidenses, se apretó aún más el acelerador de su desposesión y claudicación para goce de los inversores y capitalistas. El sueño tuvo un abrupto despertar el 11 de septiembre de 2001.

A continuación una sucesión de presidentes, de ambos partidos, incapaces de parar el golpe, ni de dotar de dinamismo a su sociedad y economía. El actual un octogenario sociópata narcisista, misógino, corrupto, amoral y caprichoso. Entre medias de sus dos mandatos un presidente demócrata senil y corrupto desde los años 70, Joe Biden. En conjunto, unas copias malas de los Andropov y Chernenko en la URSS de los 80.

Donald Trump, rodeado de un gabinete de psicópatas y fascistas ejemplo de lo peor que el mundo ha dado. Acusado por la prensa y alguno de sus ex-amigos de ser parte integrante de la red pederastra de Epstein (un turbio personaje con pasado en los servicios secretos de Israel, Reino Unido y Estados Unidos, que fue, convenientemente, “suicidado” en prisión). Una administración sin rumbo fijo, con cambios de hombres y nombres, que demuestran la inexistencia de un plan de gobierno. Que suman ya varias docenas de mandatos del tribunal supremo o del Congreso ante el saltado de normas propias. Con un Trump que un día dice una cosa y al siguiente al contraria. Maltratando a sus aliados a base de aranceles disparatados que no han impedido el aumento constante del desempleo y la pérdida de bienestar de la población local. Ahora ya embarcado en guerras fuera de Estados Unidos, algo de lo que había hecho campaña, y que le había valido amplías capas de apoyo popular de un país harto del papel de policía del mundo.

¿Las siguientes escenas en esta escalada de la Guerra Mundial y el fin de Estados Unidos como potencia hegemónica? Pues en primer lugar vamos a ver qué capacidad le queda al ejército iraní y el régimen de los ayatolás de defenderse, fundamentalmente de Israel. ¿Tiene capacidad de aunar una liga chií contra sus atacantes? En qué estado están las fuerzas de sus posibles aliados en Siria, Líbano, Palestina ¿Cuál será la actitud de las potencias árabes de los petro-dólares como Arabia Saudí, los Emiratos o de Turquía ante el avance del gran Israel como potencia hegemónica en la región, la única con armas nucleares?

¿Qué capacidad le queda a la oposición democrática, laica y de izquierdas para construir un Irán de dignidad y futuro? ¿Le interesa eso a los actores implicados?

¿Qué piensa hacer la Unión Europea? ¿Hasta cuándo durará la OTAN?

¿Qué actitud van a tomar Rusia y China, tradicionales aliados, aunque con reservas, con respecto a Irán y su república Islámica? El petróleo iraní reúne buena parte de las respuestas a esta pregunta, así como el acceso al estrecho de Ormuz para los barcos rusos y chinos, y el cierre o no de los gaseoductos que desde los Urales hacen negocio en Europa.

¿Y la India y el resto de BRICS, contando con Indonesia? ¿Qué papel puede jugar Pakistán en todo esto? Hablamos de países cuya población se cuenta en centenares de millones de personas, tienen ejércitos sobredimensionados por años de intereses estadounidenses en la zona y cuentan con recursos minerales propios.

¿Hasta cuándo durará este ecosistema de frágil paz, dopado por una ola de neoconservadurismo, por no decir, directamente de fascismo, ante una realidad de nuevos países y agentes?

Estamos en la antesala de un conflicto global con implicaciones que pueden acabar en la destrucción mutua y en una extinción masiva. De cómo nos mantengamos informados, alentando el pensamiento crítico y la activación social, dependerá y mucho, nuestro futuro, y también el de la humanidad. 

 

sábado, 3 de enero de 2026

Agresión militar a la soberanía de Venezuela

  

La imagen de cabecera de este artículo ya ha quedado obsoleta. A menos de 10 días del primer año tras la segunda investidura de Donald Trump, y a tres días de cumplir los 5 años de su Asalto al Capitolio, el presidente naranja ha ordenado el bombardeo de Venezuela, así como el asalto de equipos especiales al Palacio de Miraflores, residencia presidencial, para capturar a Nicolás Maduro y a su esposa. La acusación, torcitera y manipualda, es la de "líder de una trama de narco-terrorismo", en una suma hacia adelante en la que procuran una tibia carga moral a sus acciones para tratar de disimular lo evidente.

La suma de acontecimientos, culminados con la acción militar unilateral de esta madrugada en Venezuela (mañana en España), contaban con un aumento de la presión violenta e imperialista sobre el país sudamericano. Ataques y muertes a supuestas lanchas de narcotráfico, secuestro e incautación de petroleros, órdenes presidenciales que autorizaban operaciones encubiertas de la CIA sobre el terreno, y no menos importante, escalada del belicismo a través de la diplomacia tanto con sus aliados en el continente como en Europa. A estas horas, nadie esconde que en las últimas negociaciones con Putin al calor de lo que sigue ocurriendo en Ucrania, se ha tratado el tema de Venezuela, para con el mirar para otro lado autorizar los deseos de cada sátrapa en su área de interés. Y como siempre, la Unión Europea pillada con el dedo en la nariz.

A estas horas ya está difundida la imagen de Maduro maniatado con bridas de plástico y cegado con gafas oscuras de limitación sensorial. El anuncio de Trump a través de su red social privada, y después desde su residencia en Florida, donde pasa la mayor parte del tiempo jugando al golf-o, culminará el lunes con un paripé de juicio a Maduro en Nueva York. Y todo este secuestro ha sido el objetivo final de la primera invasión militar en suelo de una nación iberoamericana desde la ocurrida en Granada en 1983.

Evidentemente tal ataque carece, y de hecho ni ha procurado conseguir, del más mínimo aval jurídico o diplomático internacional. La legalidad brilla por su ausencia, si es que se puede hablar de legalidad cuando se trata de amedrentar y someter a naciones soberanas. Una vez más, una administración yankee sanciona la toma de decisiones unilaterales que supone la escalada de violencia, el asalto bélico, la apropiación de recursos estratégicos y materias primas, el ahogo económico de sociedades y naciones extranjeras y la representatividad de los dirigentes de aquellos estados. Ya sabéis: las elecciones, si las ganan “los nuestros” serán justas y de plenas garantías; si no es así, es que están manipuladas y carecen de rigor y verosimilitud. Y por supuesto, se deslegitiman hasta volverlas absurdas, las instituciones multilaterales, en teoría ideadas, para evitar los enfrentamientos bélicos. Se caen muchas caretas.

Toda esta operación militar corresponde en primer lugar a un nuevo lavado de cara de la administración Trump, toda vez que a un año vista desde su segunda investidura, la popularidad del mangante ha ido cayendo. Los bandazos en economía interior, la sangría constante de puestos de trabajo y la pérdida de muchas coberturas sociales siguen lacerando el populismo de un presidente, que al igual que en su primer mandato, es incapaz de dotar de dinamismo a un economía de tinte neoliberal que presenta severas disfunciones a la hora de dotar de bienestar a las poblaciones locales. De cualquier tipo de color de piel. Ni los abusos de matón de colegio con respecto a los aranceles, ni tampoco las amenazas de restaurar el área de influencia estadounidense en el hemisferio occidental, en especial, hacia Venezuela o Groenlandia, hacían reverdecer la popularidad del mangante. Las “nuevas” fotos con el pederasta de Jeffrey Epstein y el goteo de casos de abusos sexuales han acelerado un desgaste que trata de minimizarse a través de la invasión de Venezuela y el cambio de régimen.

En un segundo lugar, y por supuesto no menos importante, Estados Unidos y Donald Trump, así como la élite financiera, tratan de reflotar la economía patria, apoderándose contra natura de los recursos minerales de Venezuela. El petróleo sigue siendo fundamental en la economía, y pese a que se sabe que las reservas del país caribeño son de difícil extracción y penosa rentabilidad, mejor será tenerlas “controladas” que no expuestas al aprovechamiento de otras potencias, en especial China. De hecho, la amenaza que suponía el casi seguro cambio del dólar por el renminbi, la moneda china, como unidad monetaria de referencia para el negocio petrolero suponía una pérdida insoportable para las finanzas de la economía de Estados Unidos. En ese sentido, y fruto de la especial relación entre los opositores a los regímenes de izquierdas de países como Venezuela o Cuba, u otros latinoamericanos, era de esperar una agresión como la ocurrida en el día de hoy. De hecho, los contrarios al régimen bolivariano chavista dan mucha vergüenza ajena, cuando no miedo, alegrándose de que bombardeen su propio país. O incluso, pidiendo una intervención similar aquí.

Pero hasta aquí las razones convencionales. Hasta este punto la teoría geoestratégica clásica que ha tratado de explicar el ecosistema de relaciones internacionales en base a factores de teoría económica y política interna y externa. A partir de ahora hay que hablar de la víscera, de la reacción y de una concepción autoritaria del poder que desprecia, no sólo la legalidad internacional, sino otros aspectos de la democracia que le resultan molestos como la opinión pública, la libertad de prensa, la rendición de cuentas o el control legislativo por parte de las cámaras. Trump, y los fascistas repartidos por todo el mundo, interpretan el poder desde un punto de vista personal. Aúnan en su figura el estado y sus recursos e imponen su voluntad por medio de la amenaza de la fuerza y la violencia.

El resultado, como no puede ser de otra manera, es un peligro sistémico y sistemático para la humanidad y para el planeta. Una ausencia de responsabilidad moral, política e histórica que impide la contención y la comprensión ética de la realidad que queda sometida a los impulsos narcisistas y esquizoides de elementos que acumulan una concentración de riqueza económica, de impacto comunicacional y de poder militar como nunca antes se había visto en la Historia. Ni siquiera en el alzamiento de los fascismos de los años 30 en Europa.

Ante esta amenaza constante, hecha fuego y escombros en Venezuela, a la concordia y la legalidad internacional no cabría esperar otra respuesta que la unión de la comunidad de naciones, con sus respectivas sociedades al frente, para romper con esta inercia. Denunciar, y no sólo quedándose en las palabras, la agresión imperialista y neo-colonial de Estados Unidos. Romper las relaciones, especialmente las de ámbito cultural y económicas (expulsar de una vez las franquicias de comida rápida sería un buen comienzo). Clausurar para siempre el anacrónico y desigual pactismo que interpone la OTAN y organizaciones supranacionales claramente neoliberales, y por lo tanto, afines a los intereses de Estados Unidos, y contrarias a la tradición y necesidades europeas. Todo esto y más, exige una coordinación política y comunicativa, difícil de conseguir en este mundo de alzamiento del nuevo neo-fascismo, pero en algún momento habrá que romper estas cadenas con personajes como Trump, con Milei, Netanhayu, Urban, Meloni, etc. O será demasiado tarde.

De hecho, a los que conmemoran y celebran el ataque unilateral e indiscriminado de Estados Unidos en Venezuela, o que piden uno similar para esta España "comunista" según ellos, les invito a que revisen el listado que encabeza este artículo. Que lean las fechas y los países. Y que revisen, simplemente con ir a la Wikipedia basta, el estado actual de esas naciones. Como la mayoría han pasado de tener progreso y un futuro con garantías de igualdad, y la tan proclamada "libertad", a considerarse por todo el mundo como estados fallidos. Países sin unas mínimas condiciones de seguridad, legalidad, reconocimiento o solvencia para garantizar ya no sólo el bienestar de su población, su dignidad e identidad, que eso al fin y al cabo es lo que menos preocupa a Estados Unidos y a los neoliberales, sino de un básico nivel de estabilidad socio-económica que permita los negocios. La lista es interesante: Libia, Afganistán, Siria, Yemen, Haití, Somalia, Liberia, Irak... Reflexionen.

Y también reflexionen sobre el hecho innegable de que se alegran de esta violación flagrante del derecho internacional para derrocar un regimen publicitado como "comunista" o de izquierdas. Habría que veros si a estos defensores de la democracia y la libertad les hubiera dado en su momento por intervenir para derrocar la dictadura franquista (acuerdo que estuvo sobre la mesa y aceptado tanto en Yalta como Teherán), o en la actualidad en lugares donde están destrozando los derechos humanos como El Salvador o Argentina. Pero claro, si las elecciones las ganan "los nuestros" son ejemplos de "libertad, soberanía popular y garantías democráticas", y sin embargo, si las ganan los otros, la izquierda, entonces esas mismas elecciones "están manipuladas, robadas, es un fraude y sus vencedores ilegítimos".

Por su parte, a la ciudadanía no nos queda otra que organizarnos en defensa de la democracia y la soberanía de los pueblos. Volver, si es que se ha hecho alguna vez, a exigir el respeto a los derechos humanos, especialmente el de la vida en dignidad y la identidad de todos los colectivos. Y que está demanda se convierta un cimiento básico de cualquier gobierno. Volver a salir a las calles es el mínimo que nos queda en este contexto para denunciar esta agresión fascista y neo-colonial, así como la conveniencia de Estados Unidos con el genocidio en Gaza. Y fundamentalmente, con la promoción de un modelo social, económico y político empeñado en robar dignidad a las clases trabajadoras de todo el mundo y en generar estados vasallos que le deban sumisión y funcionen como sucursales de un estado de las cosas que se demuestra fallido y criminal.

En este 2026, cómo no, seguimos ante un momento histórico importantísimo. Toda persona demócrata, que crea en la libertad y la igualdad. Que se considere una buena persona y piense en un futuro mejor en el que vayamos en una mejora constante en las condiciones de vida de todo el mundo tiene que implicarse y sumarse. Generar un proceso de organización y movilización frente a estas agresiones constantes, este estado de malestar y esta inseguridad vital, climática, económica, política y social que quieren imponernos las élites neofascistas. No valen silencios, ni individualismos, ni indiferencias, como tampoco agitar banderas interesadas o prejuicios de todo tipo (raciales, culturales, económicos, etc.). O damos batalla por un mundo digno, o nos arrastran a la barbarie y el fango.

Solidaridad con Venezuela y con todos los pueblos dignos y libres. Lucha frente al fascismo.

 


lunes, 20 de enero de 2025

Abandonando Twitter


 

Hoy es lunes 20 de enero de 2025 y es el día elegido por una parte significativa de la comunidad en Twitter para abandonar esta red social. Millones de usuarios llevan eliminando sus perfiles y migrando sus contenidos y comunidades desde hace meses. Miles de asociaciones cívicas lo están anunciando en los últimos días. Y hoy es el día clave.

La fecha no es casual. Hoy Donald Trump vuelve a ser presidente de Estados Unidos, y lo hace acompañado por Elon Musk, dueño de Twitter que reubatizó como “X” tras comprar la red social por 44.000 millones de dólares en 2022. Trump y sus secuaces parecen mucho más peligrosos, descerebrados, intransigentes y ultras para la paz mundial, la estabilidad social y la salud medioambiental del planeta que como se presentó hace 8 años, o hace 4 en el Asalto al Capitolio.

Las razones de la compra de Twitter por parte de Elon Musk no fueron empresariales. No estaba planteada para ganar más dinero. No inmediatamente. Se trataba de controlar el mayor zoco de opinión y participación colectiva del mundo, y desde él verter informaciones falsas, bulos y construir artificialmente un estado socio-político afín a los intereses de Trump y del fascismo. Y ahora con el mangante (no hay errata) ya re-instalado en la Casa Blanca, Musk y el resto de la cúspide de la élite de la élite, pasaran a cobrar y lucrarse mucho más del lamentable estado de las cosas.

Por ello se hacia necesaria una respuesta de la comunidad ante esta deriva. Lo primero es imperecedero reconocer que ante lo que se presenta como una red social, lo que realmente se trata es de una entelequia. Porque no hay red. La red, por definición, implica la existencia de una serie de nudos (nodos en terminología informática) iguales, en acceso y posibilidades. En que estos nodos se comuniquen de igual a igual, fluyendo la información en cualquier dirección. Y eso no existe desde el momento en el que pagando se consigue más visibilidad e impacto que quien no paga. Y ocurre aunque el contenido sea de más calidad. La información a penas ya no puede venir desde al lado o desde abajo; la que llega desde arriba apaga cualquier otra opinión o información.

Pero es que tampoco son sociales. Serán digitales, publicitarias o corporativas, pero no pueden ser sociales, porque los usuarios apenas tienen control sobre lo que se expone ante ellos, y mucho menos de lo que dejan tras su paso.

Y hay que cuidarse mucho y ser muy consciente de dónde se está participando como usuario a la hora de querer informarse. La novedad y fortaleza del twitter primigenio era la posibilidad de seguir los canales y cuentas que tu quieres. Modular la información que recibes, obteniendo la voz de los que no tienen voz o no reciben la atención necesaria y justa desde los medios de comunicación convencionales pertenecientes a emporios empresariales. La idea es completar la información y obtener contextos nítidos y certeros sobre el estado de las cosas. Esto era algo básico y que permitió flujos de información en todas las direcciones fomentando un activismo que consiguió muchas cosas. Sólo hay que recordar lo que estábamos haciendo en este país hasta 2016.

El riesgo en origen era construirse un paraíso artificial de voces que confirman nuestras opiniones e ideas. Burbujas estancas, libres de patógenos e interferencias. “Cámaras de eco” las llaman los profesionales de la psicología y medios de comunicación, donde el debate ideológico es inexistente y se pasa a la defensa de trinchera o fondo de estadio de fútbol, donde el zasca ingenioso y el insulto más aberrante bailan pegados para enfangar cualquier debate. Pero de alguna manera, combinando con la información mainstrean de los medios de comunicación de masas se podía uno construir un relato propio verídico y con un contexto certero. Por ejemplo, yo sabía y sé que Al Saad era un cabrón, pero que el pueblo sirio vivía mucho mejor, que como lo va a hacer bajo el yugo de unos islamistas radicales aupados por Occidente. Y así con todo.


La deriva de la red social Twitter es insoportable. Lo que hace casi 15 años nos sirvió a muchos para conectarnos, aprender y participar, hoy en día es un lodazal nauseabundo donde se ha perdido el respeto, la educación y hasta el más mínimo saber estar. Los ultras, sabedores que el algoritmo premia sus barrabasadas y que la moderación es o inexistente o les es favorable, intoxican cada conato de debate, manipulan hechos y crean polémicas de donde no las hay, absolutamente artificiales, y que impiden de facto poder hablar, y dedicarse, a los problemas de verdad y a cosas más placenteras. El odio hoy lo inunda todo y la manipulación ha crecido sin cesar, incluso antes de la llegada y el abuso execrable de la Inteligencia Artificial. Manoseando la libertad de expresión Twitter y las otras redes del capitalismo de Silicon Valley, permiten que el que más grite, el más ruidoso, el más violento se imponga y se oiga más que las posiciones más cordiales, moderadas y educadas. Y si el que más grita y más violento es, es además, el que más paga, el lodazal impide una participación en estas redes sociales de forma saludable.

La propia dirección ha lanzado y promovido la profusión de cuentas fake o bots que literalmente amañan los temas de interés en la red, alterando de esa manera los estados de opinión en el mundo digital, pero con claras reminiscencias a la vida política y social del mundo real. La manipulación de procesos electorales es tan evidente, como lo es el silencio de quienes piden las actas cuando no salen las cosas como quieren, pero que callan ante el manoseo del voto.

En general, las desconfianza ha crecido a la par que desaparecía la moderación y el control, ya no sólo por parte de la dirección técnica y de negocio de los propietarios de la red, sino incluso, del propio usuario. La bajada en la calidad de la aplicación es incuestionable tanto en los sistemas de búsqueda, como en los algoritmos que ofrecían recomendaciones, hasta el punto de convertirlos en absolutamente prescindibles y hasta evitables.

La información es interesada, caótica, ruidosa y provoca distorsión. Sirve como acicate para crear estados de malestar fundados en el odio al diferente que tenemos al lado. Promueve el individualismo más atroz, el machismo más trasnochado, dejando a las mujeres como objetos de uso y disfrute del hombre. El racismo y la xenobofia, y sobretodo la aporafobia hacen que el odio sea la vitamina que nutre cada día esta red social.

Como guinda del pastel, la publicidad, que ya venía creciendo poco a poco en Twitter, se ha disparado bajo el dominio de Musk, y ni siquiera configurar la privacidad evita el asalto constante de los anuncios que interrumpen la linea de tiempo, e incluso de los hilos que eran lo más enriquecedor de entrar en twitter.

Todos los usuarios llevamos tiempo instalados en la dicotomía de si abandonar twitter, o si seguir. Pensando en dirigirse a espacios virtuales más amables, incluido el “dejar” las redes sociales e internet, o si seguir para dar batalla a los imbéciles, a la ignominia y el fango. En continuar participando, es decir, subiendo nuestros contenidos, nuestras aportaciones y nuestros datos, para que la aplicación haga negocio, sin derecho siquiera a la réplica, y haciendo que nuestra propia conciencia y valores se vayan más abajo con cada anuncio nuevo que te bombardea.

Hay quien dice que con Twitter, y con las redes que usemos en un futuro, no deberíamos cometer el mismo error que se cometió con Facebook que ya se abandonó en masa hacia 2012-2013 por millones de usuarios progresistas y normales, quedando como campo libre para que los ultras y sectarios desplegaran su odio a raudales. Las victorias de Trump en 2016 o el propio Brexit bebieron mucho de esa fuente. El riesgo de que se repita la historia es alto, pero también llega un momento en que como ciudadanos es preciso distinguir dónde, cómo y por qué quieres dar batalla.

¿Quieres quedarte en un lugar donde el odio es favorecido y el anti-fascismo vilipendiado? ¿Vas a poder articular un activismo o una comunidad que permita plantear alternativas en el mundo real al fascismo y el capitalismo ultra? ¿Merece la pena quedarse y trabajar para un público cautivo que si sigue ahí ya es fruto de su pereza, e incluso de su propio interes?

Por supuesto, como en todo proceso de salida quedan atrás las cosas malas, pero también las buenas. Magníficas personas que participando y trabajando han promovido contenidos e informaciones interesantes e imprescindibles. Pienso en aportaciones brillantes y necesarias en Historia, ciencia, sociología, política, pero también en dónde voy a informarme de las cosas que me interesan como el rugby, el basket femenino, el atletismo, el ciclismo, la naturaleza, la música heavy o la literatura. En las cosas que pasan en Salamanca, o en el teatro local, aquí al lado. Pero llega un momento en el que es inevitable dar este paso. Las redes tienen su propio ciclo de vida, al igual que nuestra participación en ellas, y Twitter ya hace mucho tiempo que entró en la decrepitud más deplorable.


En mi caso, voy a aguantar la cuenta en “X” unas semanas más mientras completo mi usuario de Mastodon y cree uno para blue.sky que me permita conservar mi imagen en esa red ante posibles suplantaciones. Incluso es posible que en tiempo medio abandone cualquier red social incluidas las que parecen imposibles como whatsapp o youtube. Pero el hecho es que ya he puesto fecha de salida a twitter.

viernes, 29 de enero de 2021

El Asalto al Capitolio

 




El miércoles 6 de enero de 2021 ya es historia. Estados Unidos vivía en sus carnes lo que tantas veces ha provocado en otras partes del mundo para alimentar su maquinaria económica y de guerra. Un golpe de estado. Fallido o cuando menos sofocado, si, pero un golpe de estado en toda regla con el Asalto al capitolio protagonizado por las huestes del presidente saliente, Donald Trump, que no admite su derrota electoral el pasado noviembre, y que apenas un par de horas antes del asalto jaleaba a sus bases al grito de “nada nos va a parar”.

El populismo de extrema derecha ha sido una más de las señas de identidad de la presidencia de Donald Trump, postulándose como la amalgama de sentimientos y emociones que ha movilizado a una parte importante del electorado estadounidense estos últimos 6 años. No podemos olvidar el profundo personalismo de la línea política del ex presidente, como tampoco desdeñar su capacidad comunicativa tan particular, peligrosa y a la vez, tremendamente exitosa.

La violencia ha sido el aglutinador de la comunicación de Trump desde el primer momento en que apareció como outsider de la política en las primarias del partido Republicano en 2014. Bien fuera para jalear la dureza en la represión de sus seguidores sobre los manifestantes que interrumpían sus actos o marcando en la agenda ese American First, la violencia ha estado siempre presente como expresión de la rabia contenida de los desheredados de la America blanca y trabajadora, olvidada en el devenir del capitalismo ultraliberal y que tan bien ha sabido manejar Trump estos años.

La pandemia del coronavirus con la negación de su existencia y la infravaloración de sus consecuencias en el bienestar del país supuso el primer golpe duro a las posibilidades de reelección de Trump. Ya entonces el fantasma de la manipulación electoral para arrebatarle la Casa Blanca se convirtió en el mantra que cerraba todas las críticas. No importaba para el equipo del presidente, ni para él mismo, desprestigiar su propio sistema político, la democracia estadounidense, tan expuesta como ejemplo por la élite.

Las huestes de la izquierda en Estados Unidos ya estaban movilizadas ante la reelección de un mandatario que ha mantenido secuestrada la acción política de las cámaras de representantes. El presidencialismo no era nuevo en la política americana, ni mucho menos, pero si que lo han sido las acciones impulsivas de un presidente que no ha dejado de mirar a sus negocios particulares y sobretodo a sus problemas con la justicia y la hacienda estadounidense.

La violencia policial contra las minorías con un nuevo caso de brutalidad policial frente a la población afroamericana fue la espoleta que despertó la conciencia de una victoria electoral. El mayor autoritarismo y la defensa a ultranza del entramado policial por parte de Trump terminó por aglutinar a toda la izquierda del país que venía seriamente lastrada por las maniobras del partido demócrata para fomentar un candidato pro-sistema (Joe Biden a la postre, nuevo presidente) frente a las corrientes socialdemócratas (Ocasio-Córtez o Bernie Sanders).

Ante la movilización de toda la izquierda (de todo el espectro desde el centro a la extrema izquierda) en común para sacar a Trump de la Casa Blanca, el partido republicano hacía suya la política comunicativa del presidente, empeñado en anunciar el fraude electoral como causa de su derrota y en complicar el voto a millones de sus compatriotas a los que anticipaba hostiles, y junto a él, el llamamiento a sus seguidores para mantenerse alerta ante lo que pudiera suceder.

Ni siquiera los datos macro económicos al alza salvaban el bagaje presidencial de Trump, ya que esta mejora en los grandes números no se ha traducido en mejoras sustanciales en el día a día de los trabajadores, en especial de la mayoría blanca desclasada su principal bastión electoral, y junto a las consecuencias de la pandemia (y la inacción federal ante el avance de contagiados y fallecidos) y el problema del racismo marcaba como complicada la reelección.

En las elecciones de noviembre ambos candidatos computaban un voto numerosísimo (ambos son los más votados en la historia del país en números absolutos) pero en el peculiar sistema americano, era Biden el que sumaba el mayor número de representantes para proclamar vencedora su candidatura.

Tras varias semanas de recuento y confirmación de los datos, con intervención directa de la presidencia y el Tribunal Supremo (de marcado acento derechista puesto que Trump se ha dedicado con empeño en plagar de correligionarios las altas instancias funcionariales del país) se confirmaba la victoria demócrata. Sirve de poco pero es necesario comentar aquí el nefasto sistema electoral americano abierto a corruptelas de todo tipo y que sólo sirve de ejemplo de cómo no se tienen que hacer las cosas.

Trump no aceptaba la derrota. Clamaba fraude electoral y robo de papeletas, urnas y mandatos de los tribunales tanto estatales como federales. Y anunciaba movilizaciones para la fecha de proclamación de la candidatura en el colegio electoral en Washington DC el 6 de enero.

Llegaron a la capital miles de fanáticos del ex presidente para marchar por la Avenida Potomac hasta la Avenida Pennsylvania haa el Congreso. Jaleados ante la Casa Blanca por el propio Trump que los llamo a la movilización animándolos hasta la lucha final. Unas horas después centenares de ultraderechistas asaltaban el Capitolio de los Estados Unidos con la intención clara no sólo de paralizar el protocolo de proclamación del Presidente y los resultados electorales, sino de ajustar las cuentas con congresistas rivales, así como “dar valentía a los republicanos para que supieran qué hacer”.

Destaca la pasividad policial (parece que no sólo es cosa de España, el fascismo instalado en las fuerzas del orden) que contrastaba con la movilización y extrema violencia con la que respondieron a las manifestaciones de junio de quienes clamaban por el fin del racismo, la xenofobia y la brutalidad policial.

El espectáculo era retransmitido por las televisiones y los teléfonos móviles de testigos y asaltantes componiendo un retrato a veces irreal, pero siempre terrorífico. Las banderas y pancartas de ultra derecha, conspiranóicos, con uniformes militares, gorras rojas y disfraces como el ya célebre de la piel y cuernos de bisonte. Estados Unidos ya tiene su desfile de camisas negras o de camisas pardas y antorchas. Una demostración de fuerza del fascismo en el país que obligó a escoltar al vicepresidente Mike Pence, que siempre había sido el más fiel colaborador de Trump y que presidía cumpliendo su misión constitucional el proceso que debía ratificar los resultados electorales. Fue necesaria la intervención de la Guardia Nacional para ir recobrando la normalidad, mientras los congresistas huían y se escondían, se decretaba el toque de queda en la capital. Trascendían las imágenes de asaltantes con los pies en la mesa de la presidenta del congreso o llevándose el atril federal como souvenir al tiempo que al ya ex-presidente le cerraban la cuenta en Twitter, algo así como ponerle un bozal.

Un asalto que violó el símbolo de la soberanía popular en Estados Unidos y que constituyó un Golpe de Estado o cuando menos un intento serio de subvertir el orden constitucional. Un paso más en la algarada ultra derechista en el país de las barras y estrellas en un devenir que viene marcado desde hace dos décadas, desde el ataque del 11S y desde que se hizo patente la decadencia del Imperio y con ella, la reacción de una oligarquía que trata de imponer su visión de país valiéndose de la movilización cada vez mayor, de sectores de población seriamente oprimidos y que han vivido y están viendo como sus condiciones de vida empeoran presidente a presidente, año a año.

En el Asalto al Capítolio se vieron muchas banderas fascistas. También muchas gorras rojas que han sido siempre símbolo de la presidencia Trump. A muchos rednecks, los obreros y granjeros blancos en torno a los 50 años o más, predominantemente del medio este que han perdido sus trabajos (y con ellos sus seguros sociales) y que han sido desde siempre un bastión electoral importante para Trump. Muchos ex-combatientes, veteranos de Afganistán e Irak que están siendo incapaces de incorporarse a la vida civil. Y también muchos fanáticos religiosos adheridos a teorías conspiranóicas y evangelistas y que llaman claramente a la revolución fundamentalista, con la intención de convertir a Estados Unidos en una república cristiana teocrática. Todo ellos armados con armas de asalto y munición de combate. De todos ellos se ha aprovechado Trump desde su incursión en las primarias republicanas componiendo una marea intolerante y muy peligrosa que es preciso erradicar ya.

El futuro de Trump debe de pasar por el juicio político y civil como instigador de un golpe de estado. Un delito de sedición y traición. El Congreso a través del Impeachment tiene las herramientas para ensombrecer el legado de Trump y sobretodo para proceder a la inhabilitación evitando así su candidatura en 2024. El objetivo también debe de ser luchar desde la democracia, desde el partidismo y desde la sociedad civil, contra este movimiento violento y fascista sin olvidar a los promotores en la sombra, los oligarcas que se ven beneficiados de la deriva ultra.

En ese sentido, el partido Republicano se encuentra ante una encrucijada muy difícil de resolver. Ir contra Trump y hacer valer el sentido de estado y un compromiso fiel y claro con la Constitución y la democracia, es a la vez ir contra unas bases electorales tremendamente movilizadas, sobretodo en estados clave como Texas o Florida, y también contra una buena parte del aparato del partido que durante estos años ha podido transformar a su gusto el ex presidente.

El nuevo presidente tiene la misión de unir al país en un momento de crisis colosal. Ante el claro declive de Estados Unidos como potencia única en un mundo unipolar le tiene que sumar la gestión de una pandemia que está dejando todavía más claro lo erróneo y falso de un sistema económico (y político asociado a él) basado en el egoísmo y el individualismo. Por si todo esto fuera poco, el reto de hacer justicia con lo acontecido el 6 de enero, recomponer el país a pie de calle y en sus instituciones y trabajar por unir a toda la ciudadanía en un futuro menos intolerante, con menos racismo y menos elitismo, lo opuesto a lo promovido por Trump y sus secuaces, una respuesta fácil y exculpatoria al capitalismo deprador. Parece imposible para un señor de 78 años y un partido, el demócrata, profundamente neoliberal (tanto o más que el republicano) cuyas bases y corrientes claman un acercamiento a lo que podríamos llamar socialdemocracia cada vez mayor.

A través del cine habíamos visto como rusos, árabes, chinos e incluso marcianos habían asaltado la Casa Blanca y el Congreso de los Estados Unidos. Lo que Hollywood no nos había mostrado era a propios compatriotas americanos franquear las barreras y correr por los pasillos, entrar en los despachos y en la cámara de la soberanía nacional, en actitud violenta y poniendo en peligro la seguridad nacional, y por ende y nuclear, la mundial. No hubo un héroe que devolviera la normalidad y el golpe de estado, costumbre yankee perpetrada como antojo en muchas democracias del mundo, quedó en susto y aviso a navegantes.

La mayor democracia del mundo lleva décadas mofándose del término, ejerciendo una oligarquía que mantiene cautiva la voluntad popular y que emplea los recursos del estado, sobretodo diplomáticos, mediáticos y militares, para hacerse cada vez más ricos. Aunque eso haya supuesto infestar el mundo de cadáveres y títeres, así como colocar la diana a todo lo que sea americano.

El sistema de partidos ha sustentado con gusto el estado de las cosas en una huída hacia adelante, relativizando hasta el absurdo de Trump, la figura del presidente, por donde han pasado actores malos, niños de papa, magnates del petróleo y figuras de marketing. El resultado ha sido convertir a Estados Unidos en esas óperas bufas que durante 50 años han ido instalando por el mundo como repúblicas bananeras.

El devenir ultra liberal está dejando el mundo hecho unos zorros y ya es hora de que construyamos desde la activación política, un sistema más humano, social y justo. Los retos son enormes empezando por esta pandemia que nos asfixia, el cambio climático que nos va a ahogar y la desigualdad económica que nos lastra y amenaza. Si no lo hacemos, nos arrasará la extrema derecha, el neo fascismo como falso populismo, como salto hacia adelante de los poderosos en su afán de ganar más y más.

Nos jugamos mucho y el Asalto al Capitolio es una muestra del dolor que pueden causar. Aquí ya estamos hartos del blanqueamiento del franquismo, de la equiparación entre extrema izquierda y extrema derecha, y de la permisividad del fascismo en las fuerzas armadas. No pasarán. No pueden pasar.

 

 

Camareros: Necesarios, degradados y precarios. Una experiencia personal

Ahora que ya está aquí el veranito con su calor plomizo, pegajoso y hasta criminal, se llenan las terracitas para tomar unas...