La
música siempre ha sido un medio poderoso para expresar
emociones, contar historias y explorar temas sociales. Uno de los
ejemplos más emblemáticos de esta triple capacidad se encuentra en
"A Boy Named Sue", una canción escrita por el poeta
y cantautor Shel Silverstein e interpretada magistralmente por Johnny Cash. La canción fue lanzada en 1969, dentro del emblemático recital que Cash dio en la prisión estatal de San Quintin
(California), donde la estrenó. El concierto, no sólo era un regalo
y oportunidad para los reclusos, sino que fue televisado en directo
para todos Estados Unidos y Reino Unido, en un hecho que visto hoy en
día, nos parecería alucinante. A Boy Named Sue no solo se
destaca por su narrativa intrigante y humorística, sino que también
ofrece un contexto cultural que merece ser examinado en
profundidad.
La letra de "A Boy Named Sue"cuenta la historia de un hombre que, desde su infancia, ha
llevado el peso de un nombre inusual; el nombre de una chica. Esto le
provoca una serie de eventos que moldean su carácter y su vida. El
protagonista relata cómo su padre, al nombrarlo Sue, lo dejó
en una desventaja social, enfrentándose al desprecio y la burla de
sus compañeros, ya fueran chicos o chicas. Esta situación genera en
él un profundo resentimiento hacia su padre, quien se alejó de la
familia, dejando al joven a luchar por su identidad en un mundo
hostil.
Desde una perspectiva literaria, la canción se
estructura como una narrativa en primera persona con un enfoque claro
en el desarrollo del personaje. Cash interpreta, con la maestría y
el talento que tenía, al narrador y, el oyente puede percibir las
crudas emociones que atraviesan su vida; desde la frustración de ser
objeto de burlas hasta la ira acumulada por la ausencia paterna.
Johnny Cash tomó la decisión de interpretar la canción en
un tono cómico a pesar del trasfondo serio resalta su habilidad para
mezclar humor y tragedia, una característica distintiva de su estilo
musical.
El contexto sociocultural de finales de los
años 60 es fundamental para entender la resonancia de la
canción. Esta era estuvo marcada por movimientos de contracultura,
cuestionamientos de normas sociales, gracias en buena medida al
crecimiento del feminismo, lo que llevó a una redefinición de la
masculinidad. En un tiempo donde la imagen del hombre fuerte y
autosuficiente predominaba, y era frecuentemente loada y exhibida por
el Western y otras acepciones culturales, la vulnerabilidad
del protagonista de "A Boy Named Sue" desafía este
estereotipo. Hacerlo a través de la música country tan
ligada a ese espíritu de hombre fuerte, insensible y rudo una
muestra más del atrevimiento de Cash. La lucha del personaje con su
identidad y su eventual confrontación con su padre simboliza un
viaje de autodescubrimiento y reivindicación personal, que puede ser
visto como un reflejo de las tensiones sociales de aquella época.
La
confrontación entre el narrador y su padre, donde finalmente se
encuentran, es la parte central de la trama. Este momento no solo
ofrece una resolución a la historia, sino que también provoca una
reflexión sobre los lazos familiares y el impacto de las decisiones
parentales en la vida de los hijos. La violencia en su encuentro
puede interpretarse como una metáfora de cómo las heridas
emocionales pueden llevar a la agresión física, subrayando el ciclo
de dolor y sufrimiento que puede perpetuarse entre generaciones.
Por
lo tanto, "A Boy Named Sue" es mucho más que una
simple balada; es una obra que encapsula una experiencia humana
universal: la búsqueda de identidad y la confrontación con el
pasado. Johnny Cash logra, a través de su interpretación
apasionada y auténtica, conectar con la audiencia que ha sentido el
peso del nombre que llevan o las expectativas impuestas por la
sociedad. Y de este modo hacerla reflexionar. Así, la canción
gana atemporalidad, mantiene vigencia y sigue siendo relevante,
recordándonos la importancia de aceptar nuestras diferencias y
entender la complejidad de nuestras relaciones familiares.
En
conclusión, "A Boy Named Sue" es un testimonio del
ingenio lírico de Shel Silverstein y la maestría interpretativa
de Johnny Cash. La mítica voz grave del de Arkansas, con su
juego en tonos y énfasis le concede una riqueza que la convierte en
imperecedera. Su análisis revela no solo una historia conmovedora,
sino también un espejo de las dinámicas sociales y culturales de su
tiempo, resonando con aquellos que buscan encontrar su propio lugar
en el mundo a pesar de los desafíos que puedan enfrentar.
Al
igual que ayer aprovecho este rato para escribir y recomendar el
último disco de los finlandeses Amorphis, titulado Borderland
y aparecido en octubre del año recién terminado. Sin ninguna duda se trata de un
trabajo pleno de una banda en estado de gracia que auna en este
momento de sus carreras una madurez y una seriedad en quiénes son y
qué quieren transmitir que se muestra con cada una de sus
propuestas. Si los anteriores trabajos Circle (2013), o
Under The Red Cloud (2015), marcaban una línea con un sonido
propio que se perfeccionaba en el incomensurable Halo (2022),
con este último trabajo se colocan por derecho propio en el podio de
las bandas a tener en cuenta si o sí.
Parte
fundamental de esta identidad que representa Amorphis es su orgullo y
respeto por su folclore natal, el finlandés, y el hecho de darlo a
conocer fuera de sus fronteras con el Heavy Metal como excusa.
Leyendas, mitos, pasajes y paisajes de la naturaleza más pura se
destilan por los versos de cada composición. Toda esta mitología,
recogida en el Kalevala (tradición oral compilada por el
historiador Elias Lönnrot a finales del siglo XIX de fuentes
folclóricas finesas) ha compuesto desde el primer momento el
manantial desde que surge el universo sonoro de la banda.
Estas
letras mitológicas se ven acompañadas, y más que eso,
exponenciadas con unas composiciones plenas de virtuosismo, que han
ido evolucionando desde un hosco y noventero death metal, a
propuestas mucho más melódicas, convirtiéndose así en referentes
indiscutibles del Death Metal Melódico. Y lo han conseguido
sin repetirse, ni volverse monótonos sino abriendo el género a
ritmos y referencias folk y toques progresivos que hacen cada disco
único, sin que suene a trillado o aburrido. Todo un mérito.
Con
Borderland lo consiguen una vez más, rebajando un par de
tonos a su última propuesta (Halo en 2022). Los riffs
y la base rítmica se conjugan para generar una atmósfera mística
en plena naturaleza finesa, donde la voz, dota de dureza o de
suavidad a gusto de la virtuosa garganta de Tomi Joutsen,
demostrándonos una vez más la increíble versatilidad del
intérprete y como cada vez se muestra más cómodo enseñando su voz
natural y a la vez, aplicando potencia con uno de los guturales más
señeros y de mayor calidad del momento.
El
primer corte es The Circle y nada más transcurrir unos pocos
segundos queda claro que estamos escuchando a Amorphis.
Enseguida nos han trasladado a su ambiente. Han facturado nuestros
pesares y a cambio nos han dado visado para dejarnos llevar y
disfrutar de su propuesta. Los teclados han entrado con naturalidad
engolando el tema para que Tomi Joutsen cante solemne y relajado, dé
paso a un magnífico sólo de la guitarra de Esa Holopainen, que le
devuelve la iniciativa esta vez al gutural mientras la batería
aparece en estado de gracia. En general una canción brillante y una
puerta abierta que deja entrever la intención de la banda y de toda
la producción: trascender, hacernos disfrutar y llamarnos para el directo.
Bones
es el siguiente corte y segundosingle del disco.
Suena a Amorphis sin duda. La guitarra es brutal sobre un ritmo denso
y cargado donde la voz en gutural nos lleva hasta un estribillo
cantado natural que entra sin romper ni un ápice la armonía del
conjunto. Se vuelve en la siguiente estrofa al gutural, mientras se
enlazan dos solos de guitarra para acabar coreando sobre la pesada
melodía inicial. Puro headbanger
que pone el listón alto y nos deja con ganas de más.
Con
Dancing Shadow vemos
al Amorphis más juguetón. Toda la canción se desenvuelve con
naturalidad mezclando el típico sonido de la banda con combinaciones
más propias de power metal,
incluso del de los años 80, que con los registros a los que nos
tienen más que acostumbrados. La bateria toma un ritmo marcial al
que responden las incesantes guitarras, mientras los teclados de la
mano del gran Santeri
Kallio deja unos pasajes progresivos y bellos que se engarzan de
manera asombrosa. Llevamos 3 canciones y Amorphis amenaza con dejar
un discazo para la posteridad.
Fog
to Fog
sigue y nos devuelven al sonido Amorphis
más clásico con teclados y guitarras entremezclándose mientras
Jutsen muestra su versatilidad bucal. El bis
con en gutural con el que reafirma cada frase del estribillo acelera
la composición y si ya tenías ganas de verlos, acabas la canción
buscando cuál es el próximo concierto que te queda más cercano.
La
siguiente canción es la más especial del disco. The
Strange
cumple con su titulo y se presenta diferente a lo que habíamos
disfrutado
de Amorphis todos
estos años. No es que la canción sea irreconocible o parezca de
otra banda. No. De hecho la grandeza de estos finlandeses es que son
más que capaces de experimentar y jugar con los temas de sus letras
y con las expectativas de sus oyentes. Y es que es muy meritorio que
en poco menos de 4 minutos sean capaces de plantear un tema
progresivo y folk, para darle vértigo hasta el death
y por último quedarse con su icónico Death
Metal Melódico.
He re-escuchado 3 veces la canción para ecsribir este párrafo y el
tema me sigue pareciendo espectacular.
De
aquí al final del disco, Amorphis demuestra su capacidad marcando
canciones plenamente reconocibles a lo que son en este momento y sin
olvidar su bagaje. Pero a la vez demostrando su tremenda capacidad
para explorar nuevas vías y que estas casen a la perfección con su
identidad.
La
siguiente canción es Tempest
que se presenta como la más pausada del disco, prácticamente una
balada pero donde todos los integrantes toman partido para que la
hagamos reconocible. Con Light
And Shadow,
que fue la presentación del disco, nos presentan una obra donde
teclados y guitarras se conjuran para meter ritmo y enganchar al
oyente. Para que empiece a mover los pies, marcar el ritmo con el cuello y la cabeza, dejarse llevar al air-instrument
y al final saltar y corear el estribillo. Es una canción pegadiza
donde se pueden paladear todos los
sonidos y etapas de Amorphis.
Se ve en una sola canción su evolución y nos había dejado con
ganas de más, que como digo, el disco es capaz en conjunto de
mantenerlas.
Con
The Lautern
volvemos al Amorphis primigenio con una melodía densa y oscura,
embriagados por la pericia de los músicos y donde somos interpelados
con unos guturales tremendos, de una calidad incomensurable. Una
canción que espero se vuelva recurrente en el repertorio en directo
de la banda porque paladearla tiene que ser un placer.
Bordeland
y Despair
son las dos últimas canciones y en ellas seguimos viendo al Amorphis
más atemporal, más primigenio. En ambas se transita por compases
progresivos y folk para ir ganando intensidad y junto a las voces
guturales se consigue acabar toda la obra en lo alto.
En
general, con Borderland
vemos a un Amorphis
en estado de gracia.
Una banda madura y con las ideas muy claras. Acompañados de una
producción que ha sabido darles de todo lo que necesitan para que
pudieran expresarse con cada canción y con el disco en su conjunto.
Y ganando de esta manera un ramillete frondoso y estimulante para
hacer aún más grandes sus conciertos.
Y para rematar este disco, aunque no en la edición que he adquirido y probablemente se adjunte en las siguientes, recientemente Amorphis ha publicado una nueva canción, Crowned in Crimson, que forma parte de la banda sonora de una ambiciosa película finlandesa basada en las leyendas de Kalevala y que se titula Son of the Revenge. En esta última obra Amorphis no sólo mantiene el nivel de Borderland, sino que lo aúpa varios escalones más gracias a unos arreglos sinfónicos que dan una atmósfera épica al tema para que entre redondo y sin fisuras como parte de la promoción de la película. Para culminarla como se merece la canción sirve como introducción del talento que atesora Lida Joutsen, hija, lógicamente de Tomi Joutsen. Ambos llevan el peso de la canción en un diálogo donde se nos descubre a una nueva voz que sin duda tiene capacidad para hacer su propio camino. Una exquisitez que dejo aquí abajo.
En
la actualidad el Heavy Metal vive un importante momento de
encrucijada. Si bien en estos tiempos que corren, cualquier entendido
y apasionado en este género nos mostramos entusiasmados ante la
pléyade de propuestas y grupos que convierten en un frondoso bosque
el árbol de la música heavy, no deja de ser cierto que,
contrariamente a lo que ocurría en épocas anteriores, el hecho es que carecemos de una banda totem, un referente absoluto de este
apartado de la música contemporánea. Hoy se hace muy difícil
reconocer a esa banda estandarte con la que identificar tipo y
momento como sí sucedía con Iron Maiden en los 80 o Metallica en
los 90.
Quizás
una de las grandes virtudes de la era de Internet y la
globalización cultural sea que ha permitido que el Metal
también englobe a todas las propuestas, subgéneros y grupos del
planeta, dándoles espacio y difusión, y en definitiva,
enriqueciendo un micro-cosmos donde la calidad y la diversidad, en el
talento para la composición y la grabación sirven para un fin último
y supremo: la interpretación en directo delante de los fans
y aficionados al Heavy Metal.
Ya
en los años 2000, bajo el Ñu Metal, la compartición peer
to peer por Internet, la proliferación de festivales y el
decidido interés de los medios convencionales por seguir
distribuyendo y dando a conocer nuevas formas de hacer música asaltó
el trono que poseía Metallica, tras el paso atrás total de Nirvana
y todo el subgénero del hard rock que envolvía. El trash
seguía siendo el género predominante dentro del metal, cuando una ristra de bandas americanas que conformaban el Metalcore y
el rap-metal no se hicieron con su propio hueco, pero debido a
lo artificial de las distintas propuestas (salvo honrosas excepciones) y por el predominio de otros géneros musicales
comerciales no acabaron de asaltar la posición que la banda de
Heitfield y Ulrich tenían.
Slipknot,
Limp Bizkit, System of a Down, Marilyn Manson, Rage Against the
Machine o Linkin Park parecían las bandas encargadas de abanderar el
estilo que irrumpió con fuerza en los primeros dosmiles, pero
por unas cosas o por otras, acabaron dejando desierta la bandera y el
género del Heavy Metal ha parecido ajeno a la potencia de una
banda, una marca, que lo hiciese presente en los medios de
comunicación de masas.
Ya
he escrito en otras ocasiones de que esto ha sido bien buscado, y
conseguido, por los propios medios capitalistas, dejando al Heavy
Metal en el lado oscuro y a la sombra de otras propuestas mucho
más interesantes para el sistema. Adoctrinantes en el consumismo, el individualismo, dejando fuera propuestas trascendentes de
expresión a través de la cultura y la música de los problemas
sociales o del hombre como individuo u colectivo.
Esto
no es del todo malo. Los que estamos somos los que somos, los que
amamos y compartimos todo lo que engloba el Heavy Metal. Nos
involucramos en su defensa y promoción, a veces con demasiada saña,
pero para el heavy lo irrenunciable e innegociable es la
autenticidad sin menoscabo de la originalidad, y la destreza y la
presentación en vivo y en directo de nuestra música.
Si
algo ha destacado al Heavy Metal estos 25 años es la
proliferación de bandas y estilos dentro del género, haciendo
caer las fronteras físicas y virtuales, al tiempo que nos regala un
número tendiente a infinito de grupos que seguir en sus giras y
novedades como se puede ver en mi carpeta de música en el ordenador,
en mi cada vez más grande estantería de cedés y en los
abarrotadísimos cajones de camisetas.
Y
dentro de este ecosistema hay una banda que a mi, y a muchos, nos
tiene siempre en vilo. Una seña de calidad con la que contar y de la
que estar atento para sus nuevas propuestas, como sobretodo para
contar con la posibilidad de verlos, y re-vivirlos en directo.
Antes de 2024 para los heavys Gojira ya era un nombre más que conocido. La
banda liderada por los hermanos Duplantier (Joe guitarrra y
voz, y Mario batería), junto a Christian Andreu como guitarra
solista y Jean-Michel Labadie al bajo, tiene una carrera de ya casi
30 años, cuando desde su Bayona natal comenzaron a hacerse un
nombre con una propuesta de death metal muy original e
imaginativo, pleno de virtuosismo hasta inundar también lo
progresivo.
Sus
influencias van desde el Ride the lighting de Metallica, Rage
Against the Machine, el Anema de Tool y por supuesto, no
cabe ninguna duda, Sepultura. Y es que los ritmos y la distorsión
de Gojira beben sin emborracharse del legado de la banda
brasileña de los hermanos Cavalera, por lo que una buena cimentación
trasher está presente en su música.
En
cuanto al estilo de Gojira la complejidad de sus
composiciones, tanto en acordes como en la base rítmica, son su
principal característica. La pericia de Mario Duplantier no solo le
hace fácilmente reconocible, sino que aporta un sonido variado, de
difícil ejecución y de una plasticidad apabullante. La voz de su
hermano Joe cabalga entre el gutural death y tonalidades
rasgadas propias del punk. Las letras y temas de sus
canciones y discos van desde el amor por la naturaleza y
la denuncia en favor de su conservación, heredado de su
infancia y juventud entre los bosques y el mar del País Vasco
francés, a propuestas más espirituales donde se ven los influjos de
la educación alternativa de los Duplantier.
En
conjunto presentan un sonido característico, muy trabajado e
imaginativo, que no cae en el lado del metal pedante del más cansino
progresivo, sino que se muestra vivo y ataca los sentidos porque todo
esto lo hace sin salirse de los códigos del trash y el death
metal. Por eso, el principal valor de Gojira, la potencia con la que la banda de Bayona muestra en sus directosdestaca
tanto.
Ver
en concierto a Gojira es una cita obligada para cualquier
aficionado al género, y además, el mejor portal de entrada que los
neófitos pueden tener. Se trata de una experiencia total
donde el sonido envuelve toda la vivencia y te golpea. Y te agita. Y
hace que pienses qué me está pasando por encima. El placer que se
siente cuando se ve a Gojira en vivo y en directo es una de las
mejores experiencias que el dinero puede pagar, y yo que ya los he
catado en 3 ocasiones, ya estoy salivando por la cuarta que llegará
a final de año. No puedo deciros más que animaros a buscarlos y a
sumergirse en su arte y su talento.
En
cuanto a sus discos, el recorrido de Gojira me sirve para
inmiscuirme en uno de los principales problemas del Heavy Metal
hoy en día. Se trata de la batalla abierta en los foros y en las
conversaciones, tanto en Internet, como en un bar, o en concierto o
en un festival, entre los recién llegados y los heavies de
toda la vida, los que me gusta llamar Metalpacos.
La
polémica eterna dentro del Heavy Metal es la autencidad en
origen, el apropiarse del descubrimiento de la excelencia, desechando
y menospreciando lo nuevo. Si esto ha pasado con Iron Maiden,
Helloween, Judas Priest, o hasta con Metallica, qué no pasará con
bandas nuevas que aparecen y llegan cuando ya somos más talluditos y
se supone entedemos más de música. Es difícil no posicionarse.
Todos tenemos nuestros gustos y favoritos. Y a todos se nos hacen
bola ciertas propuestas por ser demasiado tenues, algunas novedosas o
con más bagaje, por limitar demasiado con otros estilos de música
(especialmente a mi me cuesta esa difusa línea entre el rap y el
metal), carecer de la mínima pericia técnica demandada o ser
abiertamente comerciales.
Gojira
debutaba en 1996 con Terra Incognita que culminaba unos
inicios con varios lps y conciertos que ya habían llamado la
atención en el país vecino. Su álbum de debut partía de un
decidido death metal pero acababa ofreciendo un metal
progresivo altamente innovador por esa tendencia extrema que fue
recibido por los entendidos con entusiasmo. Se ofrecían nuevas
melodías al tiempo que tanto en las letras, como en los colosales
temas instrumentales, Gojira invitaba a reflexionar sobre las
dimensiones personales y privadas de la mente humana.
Este
exitoso inicio se vio refrendado con las siguientes propuestas. The
Link en 2003, From Mars to Sirius en 2007 y The Way of
All Flesh para 2008. Si bien las tres obras se materializan en
escaso tiempo por la presión de la discográfica, la calidad y la
originalidad en la propuesta no baja, y son aclamados por crítica y
público, por lo que comienzan a girar por toda Europa y Estados
Unidos, acompañando a bandas consolidadas como Amon Amarth, Trivium
o Machine Head.
La
expectación ante un nuevo trabajo en 2011 es máxima y con Sea
Shepherd alcanzan el máximo reconocimiento en el mundillo del
metal lo que les sirve para entrar de lleno en los festivales.
Pero
será con L’Enfant Sauvage en 2012 cuando asalten por
talento la cima del Metal. El tema homónimo de presentación
es un compendio de lo mejor de Gojira, con las guitarras creando una
atmósfera propia a base de riffs plenos de perfección e
imaginación, a la que se incorpora una rítmica en estado de gracia,
con Duplantier desatado a las baquetas.
Las
siguientes propuestas Magma (2016) y Fortitude (2021)
no han tenido la misma aceptación por parte de la crítica, y de
unos cuantos metal-pacos, que ya los acusan de repetitivos,
“poco” originales o entregados a lo fácil. Aquí resuenan
nombres como Airbourne, Dream Theater o hasta con cada nuevo disco de
Iron Maiden (menudo sacrilegio). Es curioso porque cuando otras
bandas innovan exploran otros entornos y temas, o directamente se
abren para conquistar un gran público, que no al metalero en
exclusividad, se les acusa de “vendidos”, que han perdido la
esencia, o el Norte directamente. Entre estos hay numerosos ejemplos
pero los más rotundos son Metallica (crucificados con cada nuevo
lanzamiento y en especial la “escasa” pericia de Ulrich), las
bandas de gothic metal, especialmente si tienen cantante
femenina (Epica, Nightwish, Within Temptation) proclives a que las
discográficas mainstream las ofrezcan a públicos más
amplios. O Muse, que sin ser una banda de Heavy metal, también es
dilapidada por haber experimentado con la música electrónica o la
sinfónica.
Y
sin embargo a mi Fortitude me parece unos de los discos más
sólidos y estimulantes de los salidos en la década de los 20 del
siglo XXI. Si el primer golpe Born for One Thing es un
compendio de lo que Gojira puede ofrecer, el segundo Amazonia,
es un alegato ecologista y antropológico que remueve conciencias al
tiempo que rinde un homenaje más que sentido a Sepultura.
A
continuación todo el disco deja momentos sublimes con Another
world y su estribillo pegadizo al que ayuda un riff de
entrada potente que culmina en una sucesión de solos pletóricos de
guitarras y batería. Hold on es una muestra más de la
capacidad imaginativa de la banda combinando ritmos, algunos de ellos
impropios del heavy, y de como conforman atmósferas
auténticas y personales a las que nos trasladan para soliviantarnos
o relajarnos a gusto del consumidor.
New
Found devuelve más vigor al
desarrollo del disco con más velocidad en la composición para
mostrar todo el virtuosismo de la banda al más puro estilo
progresivo, para al final dejar una atmósfera propia donde se
desliza una base melódica confortable y muy identificable con
Gojira.
Forititude
es el siguiente corte que sirve de entrada a la sorprendente y
adictiva The Chant que
denuncia la situación social e histórica en el Tíbet
transportándonos directamente al Himalaya y a la tensión entre
países, religiones y comunidades. Un aldabonazo que musicalmente se
muestra original y atrevida, y que a continuación es borrada de un
plumazo con Sphinx el
siguiente corte mucho más vertiginoso y que ahora nos lleva al
Gojira más intenso y
death. Qué
ganas de vivirla en concierto.
Into
The Storm es otro pelotazo
inconmensurable donde brilla el virtuosismo en la batería
de Mario al que se suben sus compañeros para acabar el tema en todo
lo alto con dos solos de guitarra pletóricos.
El
cierre de álbum corresponde a The Trail
que es un viaje a ritmos más calmados y a coger algo de aire en los
pulmones para Grind
que al igual que al inicio descerraja varios riffs
intensos y una batería certera y acelerada idóneo para los
headbangers más
exigentes.
En
esencia un disco tremendo, que me encanta, y que permite identificar
a Gojira
plenamente porque circula por todos sus registros y todas sus etapas.
Fortitude es un disco
complejo y denso, pero a la vez es útil y funciona a la perfección
para mostrar
a la banda y para que se sumerjan en su trabajo, que como decía un
poco más arriba, tiene que terminar con verlos en concierto.
Caminas por una calle, estás sentado leyendo, estudiando o viendo twitter. Puede que vayas en transporte público o haciendo deporte. Visitando un museo, tomando un café en tu cafetería de cabecera. O simplemente te encuentras ante ella y te asalta, atrae y atrapa. Los acordes se disparan conjugándose en la composición de melodías. Los distintos temas en cada instrumento bailan sobre tus percepciones, doblando el espacio y el tiempo envolviendo tus sentidos. Comienza una letanía en voz llevando la letra con cadencia, ciñiéndose al traje de cada intérprete. Nos hacen partícipes de su talento e inspiración. El pulso se acelera inperceptiblemente. Mientras cada átomo por arte de magia resplandece con cada acorde, cada propuesta.
La vuelves a poner cuando termina -pasados más de 12 minutos- y
sigues disfrutando percibiendo la entrada de cada instrumento, de
cada tema y leiv
motiv
acústico y estilístico. Las sensaciones en tu cerebro, piel y alma
se disparan con cada muestra de talento y pericia en la ejecución
mientras se saborea hasta lo pornográfico la calidad compositiva de
una obra maestra, culmen, de un hito que celebra y elogia una carrera
musical, artística y personal. Y así una y otra vez; y cuando
llegas a casa ya sin los cascos, a todo volumen.
Hablo
de The Last
Baron,
la canción cierre del Crack
the Skye,
cuarto disco de la banda de Atlanta, Mastodon.
Con
The Last
Baron,
los estadounidenses pusieron todo su talento al servicio de una obra
magna pensada para el disfrute y la reflexión de sus fans, pero
sobretodo para cerrar un disco redondo que versa sobre las
experiencias irreales, los viajes astrales, con reminiscencias a la
astrofísica, la astronomía y las mitologías tanto hindú, budista
como chamanística haciéndola diferenciar de las referencias
biblícas tanto de nuevo como de viejo testamento.
En
pleno 2000 Mastodon asaltaba el panorama metalero con una destreza
musical colosal puesta al servicio de un doommetalque
poco a poco iba virando en la exploración a sonidos y temáticas más
complejas. Así con los años Mastodon entraba de lleno y por la
puerta grande al aula magna del metal progresivo, sentándose en su
cátedra y llamando la atención con composiciones plenas de
virtuosismo e intención tanto de estilo como de temas.
Crack
the Skyeculmina
una primera etapa de la banda, justo a los 10 años de su creación
en el que el sonido y la estética navegan de lo oscuro a un
caleidoscopio con claras reminiscencias al hardcore británico de los
70 y 80 sin negarse en ningún momento como hijos de su tiempo,
combinando estilos con los sonidos más contemporáneos.
Y
The Last
Barones
el cierre épico a tal viaje. En ella el cuarteto de Georgia da
rienda suelta a su imaginación y nos suben a una nave espacial en la
que viajamos sintiendo cada acorde y cada tema, cada nota y cada
instrumento, interactuando entre ellos y con nosotros. La experiencia
se dota de un in
crescendoa
la par místico y científico, en el que sentimos la matemática de
la composición fundirse con nosotros creando una estructura de una
belleza inigualable.
The
Last Barones
una epopeya que cierra la progresiva y conceptual obra publicada hace
10 años. Trece minutos de emociones y de música de una banda en
estado de gracia, tanto en la creación, composición, armonía y
ejecución. La voz de Hinds surfea con maestría sobre el huracán de
riffs que su propia guitarra y la de Brian Kelliher cocinan mientras
el bajo de Troy Sanders marca ritmo con pericia. Todo ello mientras
un revuelo de percusión con un estilo personal fusión del metal y
el jazz obra de Brann Dailor ayuda a transportarnos en la dinámica
de una canción sublime. Todo subiendoen
calor y efervescencia hacia un climax épico en el que la sucesión
de solos de los cuatro instrumentistas se combinan para dejarnos en
éxtasis. En el descanso del orgasmo. Si
esto no es perfecto, poco le falta.
La
letra es vital y ayuda a redondear la sensación. En ella bajo la
temática de todo el disco viajamos en una nave interestelar
acompañados por The
Last Baron,
una referencia a la mitología mesopotámica pero que en realidad
recubre de misticismo toda una obra dedicada a la hermana de Hinds
quien se suicidó siendo adolescente y evidentemente marcó y marca
la vida de éste genial músico. Los lamentos y la pulsión narrativa
de la obra reciben como guinda especial el especial registro de voz
de un doliente hermano que muestra una capacidad interpretativa llena
de sentido, dramatismo y talento. Cada vez que la escucho se me eriza
la piel y acelera y pausa el puslo. Una obra
maestra.
Otra
importante y evidente pieza de este rocambolesca composición son las
horas de estudio, de trabajo y de diversión, en la concepción y
creación, no sólo de la canción, sino de todo el disco y el
directo que le acompaña. Se nota la camadería y compañerismo de
una banda que viaja por el mundo llevando su música sin fisuras
personales desde hace ya veinte años. Y los que quedan para gozo de
todos los aficionados al género que con Mastodontenemos
una banda de un talento colosal, mastodóntico.
Alonso en el último GP, el pasado domingo, en Spa Francorchamps
Hay
una suerte de prejuicio, dicho popular o consigna frente al
“catetismo” que viene a afirmar que para desmitificar ese espacio
geográfico llamado España, con todo lo que supone a nivel social y
cultural, es conveniente comenzar a viajar por el extranjero. Si se
hace además, durante intervalos amplios mejor que mejor. Pues bien,
para el tema que me ocupo en esta ocasión, tampoco está de más leer
prensa extranjera
(que para eso si es útil google
translate)
o ver y escuchar las retransmisiones deportivas de las carreras que
se hacen en otros países.
En
un país sin ningún tipo de tradición en el seguimiento de la
Fórmula
1
surgió una estrella hace 15 años que iluminó con su presencia todo
el panorama deportivo patrio. Un
nuevo Quijote,
un pionero más en eso de traer otras costumbres, otras prácticas y
ampliar los horizontes acostumbrados a ser más bien cortos e
introvertidos.
Aparecía
un joven asturiano sonriente y con aires de seguridad al que le
acompañaban no pocas loas del periodismo especializado por sudesbordante
talento,
su
capacidad de aprendizaje
y su
ambición sin límites.
Ingredientes todos ellos que han cocinado una suerte de deportistas
que han traído éxitos multi disciplinares a nuestro deporte. La
famosa “Edad
de oro del Deporte español”
de cuyo lado más perverso hablaba ayer.
Era
Fernando
Alonso
y en aquel momento iniciaba una carrera deportiva que atraía la
atención de la prensa tanto generalista como deportiva, por lo que
ya se vislumbraba el fenómeno
social.
Aquellos primeros pasos eran pausados y conscientes en quemar etapas
en un mundo, la Fórmula
1,
donde los contactos eran importantes pero el dinero lo es todo.
Así
de la mano de Flavio
Briatore,
Alonso y su equipo personal junto a su familia asaltaba el status
quo
de una competición abocada al aburrimiento por la dictadura férrea
del Ferrari
de Michael Schumacher.
Parecía que nadie podía aplacar la tiranía del Kaiser,
pero un casi imberbe asturiano montado en un coche prometedor, pero
no ganador como era aquel precioso Renault, en tan sólo tres años,
era capaz de primero llegar al podio. Luego ganar una carrera. Y
luego ya en 2005 ganar su primer título de Campeón
del Mundo de Fórmula 1,
logro que replicaría al siguiente año.
Pero
el cuento de hadas torno en pesadilla. En un doloroso penar por las
temporadas, los circuitos y las gorras de los equipos.
Como
doble Campeón del Mundo, Alonso llegaba a McClaren
en 2007. Todo parecía indicar que asomaba la época tiránica de
Alonso, subido a las flechas
plateadas
que eran el equipo con el coche más dominante en aquel momento. Lo
que sucedió después, todos lo sabemos, todos lo recordamos
amargamente. McClaren
y la FIA,
trataban de allanar el camino del compañero de Alonso, un debutante
inglés llamado Lewis
Hamilton.
La relación entre ambos era competitiva y explosiva. El espectáculo
era tremendo y la polémica incendiaria porque el inglés dejaba
notas de su gran calidad y también fallos propios de su edad, y
Alonso se sobreponía a todas las zancadillas con exhibiciones y
genialidades
memorables como el fantástico Gran
Premio de Europa en Nürburgring
(para mi la mejor carrera de todos los tiempos), o en Hungría. Los
lances de carrera hicieron que la superioridad manifiesta de los
McClaren se disipará y los títulos fueran a parar a Ferrari,
tras el famoso affaire del caso
de espionaje,
del que nunca se ha sabido a ciencia cierta el papel que jugó
nuestro protagonista.
Aún
con todo, acabado el año, Alonso tuvo las puertas para continuar en
McClaren en un coche, que insisto era claramente el mejor (de hecho,
al año siguiente Hamilton salió Campeón del Mundo). También fue
tentado por Red
Bull
que trabajaba en un proyecto ganador y que años después amargó la
estantería de trofeos del asturiano.
Y
es que la parrilla, los directores técnicos, ingenieros, los medios
especializados y los grandes aficionados coincidían, sin atender a
banderas, que no había un piloto como Fernando. Por talento,
carisma
y aura
de leyenda del indomable
a imagen y semejanza del gran
Senna
del que se siempre se ha declarado admirador.
Pero
Alonso
a la espera del hueco en Ferrari eligió Renault.
Un equipo ya en franca retirada, y casi sin competitividad pero que
aún así nos dejó, tremendas actuaciones exprimiendo un coche que
sería el quinto o sexto de la parrilla y con el que incluso llegó a
ganar carreras (Singapur,
primer Gran Premio nocturno en la historia
con el “affaire” Nelsinho Piquet; y en Japón).
Aquel
hueco en Ferrari llegó en 2010 cuando ya era evidente la llegada del Red
Bull de Vettel y sobretodo Adrian Newey
para construir uno de los coches más brillantes y competitivos de la
historia. Que Alonso consiguiera llegar durante dos temporadas a la
última carrera con opciones de victoria en el Campeonato
del Mundo
es un hecho que prueba la competitividad y habilidad del asturiano
para sacar todo el jugo a lo que dispone. Mientras los medios
británicos, absolutos expertos en automovilismo, destacaban el
trabajo de Alonso y los tiffossi
italianos disfrutaban con su talento, la relación entre piloto y
directiva de los de Maranello
se deterioraba, volviéndose insostenible en 2014 cuando las apuestas
técnicas en aquel coche se mostraron horrendamente ineficaces, y los
errores en estrategia y planificación de carrera habían dilapidado
varias carreras, algunas decisivas, para nuestro piloto.
Así,
Alonso, se volvía a ver en la tesitura de elegir una vez más un
volante para competir, ya con clara intención de estar en la disputa
del Mundial
de Pilotos.
Y que apareciera McClaren
con Honda
como motorista, rememorando la relación que ambos llevaron junto a
Senna para ser dominadores del Mundial hace 25 años era un caramelo
demasiado tentador.
Pero
aquel caramelo ha sido un amargo veneno que ha matado las
expectativas de Alonso, pero sobretodo de un público que se ha
cansado o se toma a guasa esas “pretemporadas
ilusionantes”
o “ese
coche tan competitivo en octubre”
o “esas
mejoras que vienen”.
Honda no ha sabido propulsar el buen coche de McClaren y Alonso, no
ha podido competir en ninguna carrera con la parte alta pese a dejar
exhibiciones de pilotaje que le han hecho merecedor el apelativo del
Mejor
piloto con el peor coche de la historia.
Con un coche que es claramente el peor de toda la
parrilla, sin velocidad, y lo peor de todo sin fiabilidad, tras tres
años de fallos y pruebas erradas.
Y
aquí vuelvo al principio donde digo que leo y escucho alguna
retransmisión en inglés, donde los locutores y los comentaristas
como Brandle, Eddie Jordan, Coulthard o Hill coinciden en aplaudir el
tesón y talento de Alonso que consigue llegar a los puntos cuando
acaba la carrera con un coche lamentable que además duele en el
corazón británico por todo lo que McClaren representa para ellos.
Pasado
el ecuador de la presente temporada el
trío amoroso entre McClaren, Honda y Alonso está roto.
O bien el proveedor de motores, o bien el piloto, saldrán de la relación. En
ambos casos el futuro inmediato no parece halagüeño para el
asturiano, puesto que en caso de continuar en Woking se empezará de
0 con un nuevo motor, ya sea Renault o una versión siempre anticuada
de Mercedes, que exigirá un replanteamiento del coche. Y saltar otra
vez de escudería para llevar otra gorra, se antoja también difícil
para conseguir pelear por el Mundial en un plazo corto, ya que los
principales equipos están cerrados.
La
realidad se torna dura y no sé si Fernando
Alonso
acabará ganando su
tercer mundial
algún día y poder retirarse alcanzando a su
gran ídolo Ayrton Senna.
Desde luego nada me gustaría más. Sería una vuelta a Itaca
en la que nuestro Ulises
en monoplaza volvería a la senda del éxito, ya remoto, alejado,
casi olvidado y cuya trascendencia ya hemos visto esta en entredicho.
Un final magnífico para un viaje épico cargado de tragedia, también
de comedia y por supuesto de diversión.
Que
Fernando
Alonso es el mejor piloto, por talento, de la parrilla actual es
indiscutible.
Que es capaz de exprimir sus coches y sacarles hasta la última gota
de rendimiento, nadie lo duda. Uno de los mejores de la historia, sin
lugar a dudas. Pero que en ocasiones ha tomado decisiones deportivas
que con el paso del tiempo se han demostrado como erróneas, bien por la
explosión de otros competidores, bien por boicoteos propios o ajenos, o bien porque desprende un gafe,
también parece evidente.
Pero
lo más certero de todo es que tras inocular el veneno de la
pasión por la Fórmula 1 en España,
personaje y persona, son carne del tradicional maniqueísmo
patrio.
Las
dos Españas,
vuelven a aparecer como Anti-Alonsistas o Alonsistas, como quien
menosprecia y minusvalora el legado e influencia del piloto
asturiano, y quienes lo exacerbamos y quizás también disculpamos
sin critica algunas de las cosas que le suceden, que además tratamos
como afrenta nacional.
Es
difícil que este país que con la misma facilidad sube al pedestal a
alguien, para luego derribarlo en medio de un tumultuoso
apedreamiento podamos sacar una imagen razonada y sosegada de Alonso,
que no generé un debate visceral. Parece complicado que muchos
aficionados, afincados en una u otra vertiente sentimental con
respecto a su trabajo, talento y legado, consideremos a Alonso como
lo que es, un
excelente piloto de Formula 1,
y que nos ha hecho disfrutar, y también cabrearnos, durante un buen
número de años. Un mismo disfrute que parece es la última causa de
la supervivencia de Alonso en el "Circo
de la Fórmula 1".
Si
sigue, es para divertirse, pasárselo bien, competir, intentar luchar
por ese tercer título mundial... y los aficionados, al deporte, a la
Fórmula 1 o a Fernando
Alonso,
en exclusiva, deberíamos acompañarle, también disfrutando y
saboreando lo que van a ser los últimos años en la élite de un
piloto que trasciende
por talento e incidencia,
habiendo otorgado al sentir polideportivo y cultural de este país,
una pasión, a veces desmedida, por el automovilismo.
Épica imagen tras el abandono del año pasado en Brasil