viernes, 28 de mayo de 2010

¿Puedo dormir a tu espalda todas las noches de mi vida?

Siempre me gusto el ajedrez. Es un juego de destreza, precisión, planteamiento e improvisación. Como la vida misma. Es un deporte, un juego, un pasatiempo y también una teoría de vida, una cuadrícula donde analizar los avatares de la realidad y un escenario de vida y muerte, que ha resuelto y planteado situaciones desde tiempos inmemoriales. Ha servido a los árabes; fue estrategia medieval, herramienta de la perfección, entreno de la mente. Ocupo mis tiempos como hobbie en batallas interminables con mi padre, mi hermano, algún que otro amigo y desconocidos en los dos campeonatos que participe (en ambos acabe entre los 4 mejores de una competición con más de 50 aficionados). Algún momento intente hacer paralelismos con lo que es la vida real, y por supuesto ahora los hago con lo que he asimilado como verdadero motor del mundo: el amor, la pasión.

Nunca me vi como esas torres que se deslizan cuadriculadamente, hacia delante y hacia atrás, izquierda y derecha, como cumpliendo un guión premeditado, sin tener la posibilidad de improvisar y probar nuevos sabores, espacios distintos. No me gusta, ni gustó, el movimiento de los alfiles; espectantes de si mismos, adaptados a la tangente como estilo de vida sin capacidad de conocer los espectáculos más mundanos. Pese a anarquista y libertario, no me gustaba el libertinaje de los caballos, imprevisibles, testarudos, demasiado propensos a encerrarse en situaciones de vida o muerte, y que para ellos siempre suponen sacrificio. Me exasperaba la lentitud, una a una, de los peones, su estrechez de miras y su único camino inexorable al otro lado de la bahía, como anhelo para convertirse en reina postiza. El Rey era un títere del sistema, en principio vital, en el fondo prescindible. Delegados sus poderes en el corazón de su consorte, la efigie sólo podía huir a pasos lentos sin más dirección que la defenestración. Era en el juego (como en la vida) la Reina quien derrocaba defensas y organizaba ataques, con su capacidad para la sorpresa y la no siempre bien medida arrogancia de sus movimientos, la primera pieza que definía la victoria o las tablas.

Descritas las piezas, memorizado el plan y absorto en el tablero las defensas, clásicas, improvisadas o inventadas las primeras en ejecutar. Enroques, cierres y aperturas. Dejar caminos para que torres y alfiles vuelen libres y seguros por los flancos. Protección de la pareja real buscando la primacía para que la reina domine todo el terreno. Blancas siempre tienen la dominancia y la iniciativa, negras seguían. Principio de ataque y defensa costoso de cambiar. Menos en partidas de simples aficionados. Era el entretenimiento de muchas tardes.

Pero ahora el juego se cubre de polvo. No encuentra uno tiempo para dedicarle, porque el ajedrez real, el del damero sobre el que pisamos se desarrolla continúamente. En él he encontrado la llave de la victoria que es esto que siento. Me he enrocado para defender mi postura y evitar, en la medida de lo posible, los ataques y las decepciones. Y para conseguir el éxito que es encontrar tu felicidad, adopto todas las posiciones, ejercito todos los movimientos, como única pieza y como único regimiento. Soy el peón que pasito a pasito protege y busca llegar a tu lado, sentir tus caricias detras de mi cabeza. Lucho por ser el alfil aventurero que trata de improvisar para conseguirte, sin descuidar a la torre que busca cumplir su destino y hacer lo que se debe en la conquista y perseverencia de tu amor. Me siento con la nobleza, entereza y espíritu del caballo. Y soy el Rey valiente y seguro de si mismo que conoce sus poderes pero también sus limitaciones. Quiero encontrar tu compañía en el lecho todas y cada una de las noches. Mi anhelo era asignar rostro a la reina y ahora que la he encontrado tu eres la reina de mi corazón y de mi tablero.

Tu sabes que me levanto triste porque he soñado contigo, y despertarme sin ti es un dolor...; pero no sé como lo haces que te recuerdo y sonrió. Es así, es así desde el primer día. Y si sé cómo lo haces. Es tu sonrisa, tu bondad, los abrazos conscientes e inconscientes en los que deseas que nos unamos toda la vida. Sentir el roce de tu piel es el antídoto a cualquier mal y el sueño de hacerlo eterno la suficiente motivación y estímulo para buscar tu sonrisa cada día, este junto a ti, teniendo la fortuna de vivirte o aquí en la desdicha de vivir en un solitario recuerdo decorado con tu rostro. Añoro tus ojos castaños posarse en los mios, recibir tus cálidos labios, sentirte respirar el mismo aire que yo tengo el privilegio de compartir contigo... y todo es tan bello y delicado que he tomado con fuerza el deseo y el impulso de hacerte feliz!!! Ese es mi sueño.

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