Decíamos antes de ayer El problema de la vivienda en España: A tener en cuenta a la hora de alquilar una vivienda
Decíamos el jueves El problema de la vivienda en España: A tener en cuenta a la hora de comprar una vivienda.
Decíamos el miércoles El problema de la vivienda en España: Una perspectiva geográfica a sus ramificaciones en el Urbanismo.
Decíamos
el martes El problema de la vivienda en España. Una aproximación histórica al fenómeno de la especulación inmobilaria.
y
decíamos el lunes El problema de la vivienda en España.
Había dedicado varios días a preparar las entradas al blog de esta semana (enlazadas ahí arriba) con la intención de escribir y discurrir sobre la vivienda y su crisis, con algunas de sus ramificaciones a nivel socio-económico, político, geográfico y ambiental. También con un par de artículos con consejos y aspectos a tener en cuenta antes de buscar vivienda, en propiedad o en alquiler, basados en mi experiencia. Además, de juntar unas letras en torno a este último año de nuestra vida bajo una situación dantesca, así como, recapitular algunas experiencias propias y de conocidas y conocidos en torno a la vida en alquiler. Pues bien, como si pareciera que me re-programasen -no aspiro a tanto y no soy tan iluso-, la propia deriva e inmediatez cíclica de la agenda política y mediática ha proporcionado más contexto aún a la crisis de la vivienda en España, que es una parte de la crisis de la vivienda mundial que tenemos entre manos.
En
las tertulias políticas de los medios y por supuesto, en los propios
partidos saben que la situación de la vivienda va a ser el
factor de la vida real que va a erosionar la mayoría social por el
gobierno de coalición y entregárselo a la ultra-derecha. Por
eso, de vez en cuando, se lanzan medidas en política de vivienda,
como hemos visto estos días con respecto a los alquileres. Pero
estas propuestas lanzadas por el PSOE pecan de lo mismo de siempre:
de un afán por no incordiar a los amos del cotarro, es decir, de no
restar ni un ápice de rentabilidad y seguridad a la especulación
financiera frente a las necesidades habitacionales y de vivienda
de la gente. Sólo así se entiende que una vez más se anuncien
medidas que protejan a los rentistas y sus ganancias frente a la
dignidad de los alquileres. Que vuelven a ejercitar la extracción de
capitales por los privilegiados castigando por segunda vez los más
desfavorecidos. La tercera es cuando además se premia a los
inquilinos con bonificaciones fiscales, cuando no dejan de tener dos
viviendas, por lo menos. Otros muchos millones no tenemos ninguna.
Solo
basta con echar un vistazo a lo que he escrito y publicado esta
semana para ver que el actual gobierno “de izquierdas”,
así como el propio estado liberal no atajan el problema. Ni siquiera
discuten la necesidad de garantizar el escudo social que puede
promover una política que tenga a la vivienda como un derecho
humano y económico que permita una vida con dignidad. Por lo
tanto, las medidas anunciadas profundizan en un modelo claramente
fallido, ineficaz, que no cumple con el derecho constitucional de la
vivienda digna, ni tampoco con la progresividad fiscal.
Se
garantiza el negocio de la vivienda. El de alquileres abusivos
fuera de mercado. Un mercado que no se regula ni vigila y que tiene
como resultado a una minoría fagocitando los recursos y la capacidad
de ahorro de las clases trabajadoras. Para ser de “izquierdas”,
“socialista”, “progresista” o “comunista”
como dicen desde los medios, todos de derechas, resulta que este
gobierno legisla a favor de los ricos. Una nueva traición a las
bases y a las clases obreras para no molestar a las élites y para
seguir apostando por los marcos de discusión liberales. En vez de
hablar de clases, de su intrínseca lucha, de propietarios y
excluidos, es decir, de la realidad material de las cosas, nos
centramos en la cuestión aspiracional, en que la gente compre
una casa, y después otra, alquile o revenda la primera, y así
sucesivamente. Se “vende” la idea de clases medias a
las que se pertenece o aspira a, desechando la verdad del día a día
de cada hogar, cada familia e incluso cada individuo. Nadie quiere
ser un trabajador. Quiere ser clase media. Y la vivienda es el medio,
no para vivir, sino para especular. Todos entonces creen que pueden
hacer lo mismo, pero con la cada vez mayor especulación se lastran
las rentas del trabajo y se lamina el ahorro de las familias. Por lo
tanto, se parte de una idea falsaria y manipulada que no beneficia a
la mayoría, sino que cimenta la hegemonía de los de arriba.
En
este sentido, el fracaso de la socialdemocracia como opción
política, y de los partidos e ideas más a la izquierda, dentro del
modelo liberal se debe a que se embaucaron en este marco impuesto por
la propia derecha. Sin discutir los derechos económicos como
parte de los derechos humanos donde no debería caber ni una sola
cesión, se han “comprado” las exigencias ultra-liberales,
y lo que ayer era radical, en contra del estado o del propio sentido
común en materia económica o política, hoy es lo aceptado y
normalizado. La publicidad y el marketing electoral pueden
presentarte como muy de izquierdas, pero si en gobierno o en
oposición aceptas los marcos neoliberales y los dogmas
capitalistas, no sólo estas avalando esas políticas agresivas,
anti-sociales y hasta anti-patrióticas (porque van en contra de la
abrumadora mayoría de la población y además despojan del sentido
al estado como estructura material de la nación). Es que además
favoreces que se desplace el umbral de lo tolerable hasta el punto de
que un estado-mínimo (ejércitos y fuerzas del orden, judicatura y
sistema de partidos) sea concebido como lo normal, mientras que la
defensa de unos derechos públicos de calidad se convierta en lo
radical. Sin duda, una aberración.
Evidentemente
todavía hoy hay diferencias entre que te gobierne una derecha
elitista, ultra, amoral y corrupta a que lo haga una
pseudo-izquierda que propone reforzar derechos o que en
cuestiones identitarias de igualdad o en cultura dan batalla (a parte
de que sean corruptas o no), pero cuando se someten a los dictados de
una ideología conservadora en aspectos de defensa o interior y
neoliberales en lo económico lo que hacen es afianzar el régimen.
Que las cosas no cambien independientemente de quien gobierne. Y lo
que es peor, que en el tiempo medio se den por sentadas esas
tropelías y ya no se cambien, ni se acepte ni la más mínima
discusión. Por ejemplo, pensad en la Ley Mordaza. O en las
constantes cesiones que desde el PSOE se ha hecho en materia de
igualdad de género con la ley del “Sí es sólo Sí”.
Ni
siquiera el hecho de haber encabezado por así decirlo la oposición
al estado de las cosas internacional en cuanto al tema del Genocidio en Gaza o las presiones intolerables de la administración Trump (con
el silencio y comodidad evidente de la élite europea), sirven para
que a la mayoría de la ciudadanía le queden simpatías por un
gobierno que se dice de izquierdas y garantista del bienestar de la
gente, pero que en realidad funciona respaldando las peores políticas económicas de la derecha.
Y
eso, como digo, se ha refrendado en la política de vivienda
que ha perdido su valor como derecho y que es aceptado como un medio
de negocio donde prima la rentabilidad y la especulación.
Frente
a la lucha contra la especulación inmobiliaria que ya muchos
países, no precisamente comunistas, han empezado a ejercer
(Singapur, Países Bajos, Austria, Nueva Zelanda, Dinamarca, etc.),
“nuestro” gobierno continua con las cesiones y favores a
los propietarios que quieren hacer negocio con la vivienda.
Deducciones fiscales, bonos, incentivos o llamamientos a la construcción desaforada que no van a cerrar los agujeros en los
bolsillos de las clases trabajadoras, sino que sustentan el régimen
de propiedad, profundizando en un mercado dual y muy diferenciado
entre propietarios y no-propietarios, y que además, cumplen con el
ideario neoliberal. Cualquier cosa antes que discutir el marco
narrativo, llamar a las cosas por su nombre y centrarse en donde está
el problema: las viviendas son para vivir con dignidad, y no
activos financieros dopados por los gobiernos en seguridad y
rentabilidad.
Es
este modelo económico neoliberal, ultra y radical, el que ha
provocado esta situación de crisis mundial con respecto al tema de
la vivienda. No hay sociedad, país, región o ciudad que no tenga
severos problemas a la hora de dotar de vivienda a sus poblaciones, y
esto genera una serie de problemas de toda índole. Se ha ganado
mucho dinero con la vivienda que ha ido a parar a determinados
bolsillos, al tiempo que se ha despojado de función social a la
política inmobiliaria.
Y
esta situación, este contexto, no es un fallo de mercado o un
problema de teoría económica. No. Se trata de un mercado
capitalista funcionando de manera perfecta para sus propios
intereses. Esto es, con las viviendas capturadas en mercados
financieros y especulativos, como valores seguros y de alta
rentabilidad, sin ningún tipo de protección social o gubernamental,
desprovistas de su garantía, lo que se ha generado es un mercado
donde los beneficios se privatizan y las pérdidas, cuando las hay,
se pasan al conjunto de la sociedad que las paga con sus servicios
sociales y derechos básicos. Y ahí, las clases trabajadoras son
atracadas por segunda vez.
El
anuncio de esta semana de bonificar con el 100% a los rentistas que
no suban el alquiler a sus inquilinos es un insulto a los millones de
personas que no tenemos una casa en propiedad y tenemos que vivir
bajo esos alquileres.
¿Qué
clase de sistema moral e ideológico se tiene para que haya que
premiar a los que no van a especular con un bien básico? ¿Por qué
entre todos tenemos que pagar (porque al fin y al cabo si se decide
que unos cuantos no paguen lo que les corresponde, directa o
indirectamente los pagamos el resto) los impuestos y excepciones de
los demás? ¿Por qué no se lucha contra la compra-venta de
viviendas y propiedades que no se utilizan para habitarlas de forma
permanente? ¿Por qué no se prohíbe la especulación
inmobiliaria?
Han
pasado 17 años de la crisis de 2008 provocada por la avaricia
descontrolada de unos pocos sobre el derecho a la vivienda. Más de 3
lustros en los que se validó un mercado loco, desregulado, que no se
dejo colapsar porque “era demasiado grande para caer”. Sin
embargo, los derechos básicos y sociales, la educación, la sanidad
públicas de los países occidentales si se están dejando caer
lastrados por los presupuestos públicos que tuvieron que “salvar”
la economía, los bancos, etc., que en realidad, garantizaron con los
recursos de todos, los beneficios privados y guardados de unos pocos.
Por eso, después de la crisis y la recesión, los precios de
la vivienda no bajaron tanto, se contuvieron, y cuando se ha ido
recuperando la economía, particularmente con la intervención
directa de los estados con la crisis de la covid en 2020, ha
vuelto a crecer exponencialmente el precio de la vivienda, provocando
de nuevo una crisis sistémica que es el mar de fondo de muchas de
las crisis de toda índole que vivimos (generacionales,
internacionales, mentales e individuales, económicas, sanitarias,
ambientales, etc.)
Y
hoy como entonces en aquel momento, vuelve a ser más que evidente
que el mercado inmobiliario, la vivienda, no puede estar libre de
controles y garantías. Es el momento de consolidar el derecho a
la vivienda, cuando no recuperarlo y ejercerlo de manera sólida
y garantista para el grueso de la población. No cometamos los mismos
errores una y otra vez.