domingo, 18 de enero de 2026

El problema de la vivienda en España: Un apropiado resumen



Decíamos antes de ayer El problema de la vivienda en España: A tener en cuenta a la hora de alquilar una vivienda 

 

Decíamos el jueves El problema de la vivienda en España: A tener en cuenta a la hora de comprar una vivienda.

Decíamos el miércoles El problema de la vivienda en España: Una perspectiva geográfica a sus ramificaciones en el Urbanismo.


Decíamos el martes El problema de la vivienda en España. Una aproximación histórica al fenómeno de la especulación inmobilaria.


y decíamos el lunes El problema de la vivienda en España.

 

 

Había dedicado varios días a preparar las entradas al blog de esta semana (enlazadas ahí arriba) con la intención de escribir y discurrir sobre la vivienda y su crisis, con algunas de sus ramificaciones a nivel socio-económico, político, geográfico y ambiental. También con un par de artículos con consejos y aspectos a tener en cuenta antes de buscar vivienda, en propiedad o en alquiler, basados en mi experiencia. Además, de juntar unas letras en torno a este último año de nuestra vida bajo una situación dantesca, así como, recapitular algunas experiencias propias y de conocidas y conocidos en torno a la vida en alquiler. Pues bien, como si pareciera que me re-programasen -no aspiro a tanto y no soy tan iluso-, la propia deriva e inmediatez cíclica de la agenda política y mediática ha proporcionado más contexto aún a la crisis de la vivienda en España, que es una parte de la crisis de la vivienda mundial que tenemos entre manos. 

En las tertulias políticas de los medios y por supuesto, en los propios partidos saben que la situación de la vivienda va a ser el factor de la vida real que va a erosionar la mayoría social por el gobierno de coalición y entregárselo a la ultra-derecha. Por eso, de vez en cuando, se lanzan medidas en política de vivienda, como hemos visto estos días con respecto a los alquileres. Pero estas propuestas lanzadas por el PSOE pecan de lo mismo de siempre: de un afán por no incordiar a los amos del cotarro, es decir, de no restar ni un ápice de rentabilidad y seguridad a la especulación financiera frente a las necesidades habitacionales y de vivienda de la gente. Sólo así se entiende que una vez más se anuncien medidas que protejan a los rentistas y sus ganancias frente a la dignidad de los alquileres. Que vuelven a ejercitar la extracción de capitales por los privilegiados castigando por segunda vez los más desfavorecidos. La tercera es cuando además se premia a los inquilinos con bonificaciones fiscales, cuando no dejan de tener dos viviendas, por lo menos. Otros muchos millones no tenemos ninguna.

Solo basta con echar un vistazo a lo que he escrito y publicado esta semana para ver que el actual gobierno “de izquierdas”, así como el propio estado liberal no atajan el problema. Ni siquiera discuten la necesidad de garantizar el escudo social que puede promover una política que tenga a la vivienda como un derecho humano y económico que permita una vida con dignidad. Por lo tanto, las medidas anunciadas profundizan en un modelo claramente fallido, ineficaz, que no cumple con el derecho constitucional de la vivienda digna, ni tampoco con la progresividad fiscal.

Se garantiza el negocio de la vivienda. El de alquileres abusivos fuera de mercado. Un mercado que no se regula ni vigila y que tiene como resultado a una minoría fagocitando los recursos y la capacidad de ahorro de las clases trabajadoras. Para ser de “izquierdas”, “socialista”, “progresista” o “comunista” como dicen desde los medios, todos de derechas, resulta que este gobierno legisla a favor de los ricos. Una nueva traición a las bases y a las clases obreras para no molestar a las élites y para seguir apostando por los marcos de discusión liberales. En vez de hablar de clases, de su intrínseca lucha, de propietarios y excluidos, es decir, de la realidad material de las cosas, nos centramos en la cuestión aspiracional, en que la gente compre una casa, y después otra, alquile o revenda la primera, y así sucesivamente. Se “vende” la idea de clases medias a las que se pertenece o aspira a, desechando la verdad del día a día de cada hogar, cada familia e incluso cada individuo. Nadie quiere ser un trabajador. Quiere ser clase media. Y la vivienda es el medio, no para vivir, sino para especular. Todos entonces creen que pueden hacer lo mismo, pero con la cada vez mayor especulación se lastran las rentas del trabajo y se lamina el ahorro de las familias. Por lo tanto, se parte de una idea falsaria y manipulada que no beneficia a la mayoría, sino que cimenta la hegemonía de los de arriba.

En este sentido, el fracaso de la socialdemocracia como opción política, y de los partidos e ideas más a la izquierda, dentro del modelo liberal se debe a que se embaucaron en este marco impuesto por la propia derecha. Sin discutir los derechos económicos como parte de los derechos humanos donde no debería caber ni una sola cesión, se han “comprado” las exigencias ultra-liberales, y lo que ayer era radical, en contra del estado o del propio sentido común en materia económica o política, hoy es lo aceptado y normalizado. La publicidad y el marketing electoral pueden presentarte como muy de izquierdas, pero si en gobierno o en oposición aceptas los marcos neoliberales y los dogmas capitalistas, no sólo estas avalando esas políticas agresivas, anti-sociales y hasta anti-patrióticas (porque van en contra de la abrumadora mayoría de la población y además despojan del sentido al estado como estructura material de la nación). Es que además favoreces que se desplace el umbral de lo tolerable hasta el punto de que un estado-mínimo (ejércitos y fuerzas del orden, judicatura y sistema de partidos) sea concebido como lo normal, mientras que la defensa de unos derechos públicos de calidad se convierta en lo radical. Sin duda, una aberración.

Evidentemente todavía hoy hay diferencias entre que te gobierne una derecha elitista, ultra, amoral y corrupta a que lo haga una pseudo-izquierda que propone reforzar derechos o que en cuestiones identitarias de igualdad o en cultura dan batalla (a parte de que sean corruptas o no), pero cuando se someten a los dictados de una ideología conservadora en aspectos de defensa o interior y neoliberales en lo económico lo que hacen es afianzar el régimen. Que las cosas no cambien independientemente de quien gobierne. Y lo que es peor, que en el tiempo medio se den por sentadas esas tropelías y ya no se cambien, ni se acepte ni la más mínima discusión. Por ejemplo, pensad en la Ley Mordaza. O en las constantes cesiones que desde el PSOE se ha hecho en materia de igualdad de género con la ley del “Sí es sólo Sí.

Ni siquiera el hecho de haber encabezado por así decirlo la oposición al estado de las cosas internacional en cuanto al tema del Genocidio en Gaza o las presiones intolerables de la administración Trump (con el silencio y comodidad evidente de la élite europea), sirven para que a la mayoría de la ciudadanía le queden simpatías por un gobierno que se dice de izquierdas y garantista del bienestar de la gente, pero que en realidad funciona respaldando las peores políticas económicas de la derecha.

Y eso, como digo, se ha refrendado en la política de vivienda que ha perdido su valor como derecho y que es aceptado como un medio de negocio donde prima la rentabilidad y la especulación.

Frente a la lucha contra la especulación inmobiliaria que ya muchos países, no precisamente comunistas, han empezado a ejercer (Singapur, Países Bajos, Austria, Nueva Zelanda, Dinamarca, etc.), “nuestro” gobierno continua con las cesiones y favores a los propietarios que quieren hacer negocio con la vivienda. Deducciones fiscales, bonos, incentivos o llamamientos a la construcción desaforada que no van a cerrar los agujeros en los bolsillos de las clases trabajadoras, sino que sustentan el régimen de propiedad, profundizando en un mercado dual y muy diferenciado entre propietarios y no-propietarios, y que además, cumplen con el ideario neoliberal. Cualquier cosa antes que discutir el marco narrativo, llamar a las cosas por su nombre y centrarse en donde está el problema: las viviendas son para vivir con dignidad, y no activos financieros dopados por los gobiernos en seguridad y rentabilidad.

Es este modelo económico neoliberal, ultra y radical, el que ha provocado esta situación de crisis mundial con respecto al tema de la vivienda. No hay sociedad, país, región o ciudad que tenga severos problemas a la hora de dotar de vivienda a sus poblaciones, y esto genera una serie de problemas de toda índole. Se ha ganado mucho dinero con la vivienda que ha ido a parar a determinados bolsillos, al tiempo que se ha despojado de función social a la política inmobiliaria.

Y esta situación, este contexto, no es un fallo de mercado o un problema de teoría económica. No. Se trata de un mercado capitalista funcionando de manera perfecta para sus propios intereses. Esto es, con las viviendas capturadas en mercados financieros y especulativos, como valores seguros y de alta rentabilidad, sin ningún tipo de protección social o gubernamental, desprovistas de su garantía, lo que se ha generado es un mercado donde los beneficios se privatizan y las pérdidas, cuando las hay, se pasan al conjunto de la sociedad que las paga con sus servicios sociales y derechos básicos. Y ahí, las clases trabajadoras son atracadas por segunda vez.

El anuncio de esta semana de bonificar con el 100% a los rentistas que no suban el alquiler a sus inquilinos es un insulto a los millones de personas que no tenemos una casa en propiedad y tenemos que vivir bajo esos alquileres.

¿Qué clase de sistema moral e ideológico se tiene para que haya que premiar a los que no van a especular con un bien básico? ¿Por qué entre todos tenemos que pagar (porque al fin y al cabo si se decide que unos cuantos no paguen lo que les corresponde, directa o indirectamente los pagamos el resto) los impuestos y excepciones de los demás? ¿Por qué no se lucha contra la compra-venta de viviendas y propiedades que no se utilizan para habitarlas de forma permanente? ¿Por qué no se prohíbe la especulación inmobiliaria?

Han pasado 17 años de la crisis de 2008 provocada por la avaricia descontrolada de unos pocos sobre el derecho a la vivienda. Más de 3 lustros en los que se validó un mercado loco, desregulado, que no se dejo colapsar porque “era demasiado grande para caer”. Sin embargo, los derechos básicos y sociales, la educación, la sanidad públicas de los países occidentales si se están dejando caer lastrados por los presupuestos públicos que tuvieron que “salvar” la economía, los bancos, etc., que en realidad, garantizaron con los recursos de todos, los beneficios privados y guardados de unos pocos. Por eso, después de la crisis y la recesión, los precios de la vivienda no bajaron tanto, se contuvieron, y cuando se ha ido recuperando la economía, particularmente con la intervención directa de los estados con la crisis de la covid en 2020, ha vuelto a crecer exponencialmente el precio de la vivienda, provocando de nuevo una crisis sistémica que es el mar de fondo de muchas de las crisis de toda índole que vivimos (generacionales, internacionales, mentales e individuales, económicas, sanitarias, ambientales, etc.)

Y hoy como entonces en aquel momento, vuelve a ser más que evidente que el mercado inmobiliario, la vivienda, no puede estar libre de controles y garantías. Es el momento de consolidar el derecho a la vivienda, cuando no recuperarlo y ejercerlo de manera sólida y garantista para el grueso de la población. No cometamos los mismos errores una y otra vez.

 

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