sábado, 21 de agosto de 2010

La Catastrofe perfecta



Extractos y reflexiones sobre el libro La Catástrofe perfecta, de Ignacio Ramonet sobre como la deriva neo-con, ultraconservadora y de libre mercado nos ha llevado a la situación actual, con posibles soluciones, causas probables y consecuencias futuras.

LA CATÁSTROFE PERFECTA

Ignacio Ramonet

¿Acaso es casual que el 6 de diciembre de 2008 la juventud griega haya ocupado las calles de las principales ciudades al grito de “Balas para los jóvenes / dinero para los bancos”, protestando contra la muerte de un adolescente asesinado por las fuerzas de la policía? En este país alcanzado de lleno por la crisis actual, donde –como en otros estados de la Unión Europea- las privatizaciones golpean a los trabajadores del sector público, donde los funcionarios son víctimas de reducciones presupuestarias drásticas, donde la universidad, el sistema de pensiones y de salud están amenazados por la privatización y donde los salarios siguen estando congelados, los enfurecidos jóvenes griegos expresaron su hartazgo frente a un modelo económico y social que un profesor denunciaba en estos términos :”Estamos hartos del deterioro de nuestras vidas”. Puesto que este mismo modelo está funcionando en el resto de la Unión Europea, ¿podemos descartar que se reproduzcan las protestas en otros países?

El sentimiento nacional de Estados Unidos –explica Moisés Naím, director de la revista Foreign Policy- es de linchamiento hacia “los ladrones de Wall Street” y de rechazo “a los inmigrantes que nos quitan el trabajo, las multinacionales que exportan nuestros empleos a la India, los ricos que pagan pocos impuestos”.

La crisis será larga. Se producirán inmensos sufrimientos sociales, que no deben ser en vano. Por eso, no habría que “desaprovechar” esta “ocasión”, sino aprovechar el impacto para finalmente cambiar un sistema económico internacional y un modelo de desarrollo desiguales y obsoletos. Y redundarlos sobre bases más justas, más solidarias y más democráticas.

¿Hacía una pesadilla social?

Donde la crisis golpea con mayor dureza es en el sector inmobiliario. En el Reino Unido, en Irlanda y España, por ejemplo, millones de pisos y casas ya no encuentran comprador. Los precios de las viviendas están a la baja. Los de los terrenos construibles también. El aumento de los créditos inmobiliarios, así como los temores de una recesión, sumergen a todo el sector en una espiral infernal, que provoca efectos arrasadores en el conjunto de la industria de la construcción. Todas las empresas de esta rama se encuentran en el ojo del huracán. Se destruyen miles de empleos.

Así, la crisis financiera se transforma en crisis social, provocando el resurgimiento de políticas autoritarias. Varios gobiernos europeos, por ejemplo, ya proclaman su voluntad de favorecer el regreso a sus países de miles de trabajadores extranjeros, apoyándose en la “directiva retorno”, votada por el Parlamento Europeo el 18 de junio de 2008.

No ignoran que la protesta y el saqueo suelen ser respuestas proletarias al descenso del poder adquisitivo. El mundo se encamina hacia su peor pesadilla económica y social.

Para salvar a los bancos, los jefes de Estado de los países más ricos fueron capaces de organizar varias cumbres en pocos meses y de movilizar más de 2’3 billones de euros. Pero ¿qué se hizo para salvar a la mitad de la humanidad que vive en la pobreza? Prácticamente nada. Sin embargo, según las Naciones Unidas, con una suma 50 veces menor, se podría abastecer de agua potable, alimentación equilibrada, servicios de salud y educación elemental a cada habitante de nuestro planeta.

Hayek y el “Estado Mínimo”

El austriaco Friedrich von Hayek es mucho más ideólogo. Es el verdadero pensador, el profeta de los neoliberales. Critica toda forma de regulación de la economía con el pretexto que está sería demasiado compleja como para pretender organizarla. Defiende una concepción mínima del Estado, una “democracia limitada”, y preconiza la supresión de las intervenciones sociales y económicas públicas. Su objetivo principal: derribar el “Estado providencia”.

Su concepto de “Estado mínimo”, desprovisto de todo poder de intervención económica, y su idea del “mercado que siempre tiene razón”, cuya “autorregulación espontánea” no debe ser planificada (apología del “laissez faire”), se convirtieron, durante 3 décadas, en los pilares de un dogma cuasi religioso para los neoliberales. Una “Verdad Única” en materia de economía.

Hayek consideraba que el “Estado mínimo” permitía escapar al poder de la clase media. La cual, según él, controla el proceso democrático con el fin de obtener la redistribución de las riquezas en su propio favor por medio de la fiscalidad. Otra tesis de Hayek: el Estado no debe garantizar, en nombre de la “justicia social”, la redistribución de la riqueza.

En sus dos obras más conocidas, Camino de servidumbre (1944) y Los fundamentos de la libertad (1960), Hayek expuso su programa: desregular, privatizar, limitar la democracia, suprimir las subvenciones para la vivienda y el control de los alquileres, disminuir los seguros de desempleo, reducir los gastos de la seguridad social y, por último, quebrar el poder sindical. Llegará hasta el punto de proponer, en 1976, la desnacionalización de la moneda, es decir, la privatización de los bancos centrales para someter la creación monetaria a los mecanismos del mercado…

Estas ideas terminaron imponiéndose entre los economistas liberales opuestos al británico John Maynard Keynes (1883-1946), inspirador de las políticas del New Deal del presidente Franklin D. Roosvelt y los acuerdos de Bretón Woods de 1944. Para Keynes, el pleno empleo era un objetivo decisivo. Pensaba que el capitalismo necesitaba del Estado para estimular la economía por medio de las inversiones públicas. También consideraba que los mercados funcionaban mejor si estaban enmarcados por mecanismos de regulación decididos por el Estado.

Opuestos a las tesis keynesianas –que no habían podido impedir la “estanflación” (inflación sin crecimiento) de las economías occidentales durante la década de 1970-, los adeptos del neoliberalismo, ayudados por una impresionante batería de think tanks, van a imponer sus análisis. Éstas ejercerán una hegemonía intelectual excepcional en el campo de la teoría económica. Y se impondrán en las prácticas gubernamentales tras la elección de Tatcher en el Reino Unido y de Reagan en Estados Unidos.

Prueba de este dominio intelectual, en 1974 Hayek recibe el premio Nobel de Economía. Premio también otorgado a no menos de 5 de sus amigos ultraliberales: Milton Friedman (1976), George Stigler (1982), James Buchanan (1986), Ronald Coase (1991) y Gary Becker (1992).

Neoliberalismo y Democracia

En el fondo, el neoliberalismo mantiene una relación poco feliz con la democracia, que Hayek aceptaba sólo de modo “limitado”. Se siente más cómodo con regímenes autoritarios que, en caso de ser necesario, pueden imponer por medio del terror las alteraciones económicas y sociales que exige la aplicación de su teoría. Según el politólogo quebequense Dorsal Brunelle:

El ultraliberalismo exige una transformación profunda de la gobernanza política. En virtud de esta transformación, el ejercicio del poder es llamado a volverse contra el poder. Este giro del sentido y del alcance del poder político conduce a una transformación profunda de la gestión y la administración del bien público. El ultraliberalismo desempeña entonces un papel capital en la transmutación del Estado, de los gobiernos y los poderes públicos que, al renunciar a asumir el papel de promotores de los bienes públicos y de protectores de los pueblos, se transforman en depredadores. Ahora bien, una alteración de este tipo no puede ponerse en marcha ni sancionarse sin recurrir a la fuerza, incluso al terror político.

Muy probablemente no sea casual que los primeros “laboratorios” donde se experimentaron, con una población cobaya y forzada, las tesis ultraliberales de Schumpeter, Hayek y Friedman, fueran la Indonesia bajo la bota del general Suharto y el Chile aterrorizado del general Pinochet…

En su libro La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, Naomi Klen mostró cómo, durante el primer año de aplicación de la terapia prescrita por estos “locos eruditos ultraliberales”, la economía de Chile experimentó un retroceso del 15% y la tasa de desempleo –que había sido sólo del 3% durante el gobierno democrático de la Unidad Popular de Salvador Allende- trepo al 20%... En 1988, luego de quince años de experiencias ultraliberales, el 45% de los chilenos se encontraba bajo la línea de la pobreza. Semejante cataclismo social no impidió que Milton Friedman admirara la política económica del general Pinochet, calificando sus resultados como “el milagro de Chile” y… recibiera como recompensa, como ya hemos visto, el Premio Nobel de economía en 1976.

Los 10 Mandamientos de la religión neoliberal

El filósofo Dany Robert Dufour ha explicado, no sin humor, que la ideología neoliberal funciona como una nueva religión:

[Ésta] difunde unos Mandamientos llamados a convertirse en norma en todos los ámbitos de la Cultura. […] Encontré 10 que valen como las instrucciones liberales del nuevo dogma […] Allí donde cada uno se cree absolutamente libre, liberado y liberal, siguen, sin saberlo, instrucciones que lo determinan. […] La puesta a punto y la difusión de estos nuevos Mandamientos no están reservadas a los círculos militantes del liberalismo económico, ni mucho menos. Pueden haber sido experimentadas perfectamente durante las luchas culturales llevadas a cabo por la izquierda, e incluso por la extrema izquierda. […]

Primer Mandamiento: Te dejarás conducir por el egoísmo y entrarás amablemente en el rebaño de los consumidores.

Segundo Mandamiento: Utilizarás al otro como medio para lograr tus fines.

Tercer Mandamiento: Podrás venerar a todos los ídolos que elijas, siempre y cuando adores al dios supremo, al Mercado.

Cuarto Mandamiento: No inventarás excusas para evitar entrar en el rebaño.

Quinto Mandamiento: Combatirás todo gobierno y preconizarás la “buena gobernanza”.

Sexto Mandamiento: Ofenderás a cualquier maestro que esté en condiciones de educarte.

Séptimo Mandamiento: Ignorarás la gramática y barbarizarás el vocabulario.

Octavo Mandamiento: Violarás las leyes sin dejarte atrapar.

Noveno Mandamiento: [En materia de arte] derribarás indefinidamente la puerta abierta por Duchamp.

Décimo Mandamiento: Liberarás tus pulsiones y buscarás el goce ilimitado.

Esto también ha significado un enorme saqueo ecológico. Las grandes firmas han saqueado (y saquean aún) el medio ambiente, obteniendo ganancias de las riquezas de la naturaleza, bienes comunes de la humanidad. Lo han hecho sin escrúpulos y sin freno. Esto ha sido acompañado de una criminalidad financiera vinculada con los medios de negocios y los paraísos fiscales que reciclan sumas que superan los dos billones de euros por año, es decir, el equivalente al PIB de Francia.

A lo largo de las tres décadas neoliberales, los gobiernos han respetado las consignas de política económica definidas por organismos mundiales reunidos dentro del llamado “Póker del Mal” –FMI, Banco Mundial, OCDE y OMC-, que ejerció una verdadera dictadura en la política económica de los estados.

Por su parte, al favorecer el libre flujo de capitales y las privatizaciones masivas, los responsables políticos permitieron la transferencia de decisiones capitales (en materia de inversión, empleo, salud, educación, cultura, protección ambiental) de la esfera pública a la esfera privada.

Los altos ejecutivos de las firmas globales y de los grandes grupos financieros y mediáticos mundiales detentaban el poder real y se imponían con todo su peso en las decisiones políticas. Confiscaron la economía y la democracia para su propio beneficio.

Esta solución de inyectar dinero público a cambio de la nacionalización parcial o total de algunos bancos habría sido calificada como herética hace apenas unos pocos meses por las mismas autoridades que hoy las ponen en marcha. Una retractación tan brutal traduce muy bien la gravedad de la crisis.

Pruebas del fracaso del modelo, estas intervenciones de los estados –los más importantes, en volumen, de la historia económica- prueban que los mercados no pueden autorregularse. Su propia voracidad los conduce a la autodestrucción. Por lo demás, el desvío del dogma neoliberal llevado adelante por las autoridades no apunta justamente a ayudar a los ahorristas víctimas de los banqueros sino, por el contrario, ¡a salvar a estos últimos! Clara aplicación del viejo credo liberal: privatizar las ganancias, socializar las pérdidas. Se hacer que los pobres paguen las excentricidades de los bancos, amenazándolos, en caso de que se negaran a pagar, con empobrecerlos aún más.

A pesar de algunas reticencias del Congreso, la administración estadounidense no reparó en gastos cuando hubo que salir al rescate de los “banksters” (banqueros gágnsters).En la primavera de 2008, el presidente Bush se había negado a firmar una ley que ofrecía, por un monto anual de 6.000 millones de euros, una cobertura médica a 9 millones de niños pobres. Un “gasto inútil”, según él. 6 meses después para ayudar a los rufianes de Wall Street, nada le parecía suficiente. Es el mundo al revés: el socialismo para los ricos y el capitalismo salvaje para los demás.

Siete decisiones urgentes

Cambiar de modelo energético sin modificar el modelo económico liberal sólo servirá para desplazar los problemas ecológicos. Sin resolverlos. A riesgo de agravarlos. Para salvar al planeta, resulta imperativo imponer a todos los poderosos de este mundo la adopción de al menos siete medidas capitales: 1) un programa internacional a favor de las energías renovables centrado en el acceso a la energía en los países del Sur; 2) decisiones a favor del acceso al agua y su saneamiento en vistas a reducir a la mitad, de aquí a 2015, el número de personas privadas de este recurso vital que es un bien común de la humanidad;3) leyes para proteger las selvas, como prevé la convención sobre la biodiversidad adoptada en Río en 1993. 4) resoluciones para poner en funcionamiento un marco jurídico que instituya la responsabilidad ecológica de las empresas y reafirme el principio de precaución como previo a toda actividad comercial; 5) iniciativas para subordinar las reglas de la OMC a los principios de las Naciones Unidas para la protección de los ecosistemas y a las normas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT); 6) reglamentos para exigir a los países desarrollados que se comprometan a dedicar un máximo de 0’7% de su riqueza a la ayuda pública y al desarrollo; y 7) recomendaciones para la supresión de la deuda a los países pobres.

Al destruir el mundo natural, los hombres volvieron la Tierra menos habitable. Hay que intentar invertir las tendencias que pueden conducir fatalmente a la catástrofe ecológica integral. Un desafío crucial que hay que ganar, porque si no, el propio género humano estará amenazado con la extinción.

El contexto sería propicio, pues, para un cambio de modelo energético, que las industrias del Norte parecen haber percibido primero, y que, con la perspectiva de formidables ganancias, promete desencadenar un nuevo ciclo económico, el de la economía verde.

Pero, ¿realmente logrará salir triunfante el medio ambiente? No es seguro, porque ya se anuncia la construcción de cientos de nuevas centrales nucleares, que, aunque no producen CO2, implican otros peligros no menos mortales.

La apuesta por los agrocarburantes, bien recibida en un primer momento, también comienza a mostrar efectos perversos. Primero, porque permiten –con las mejores intenciones- mantener, e incluso intensificar el nefasto modelo del auto o el camión omnipresentes, con el pretexto que los vehículos contaminarán menos. Luego, desencadenan una especulación desenfrenada por los productos alimentarios de base, como el azúcar o el maíz, que sirven para producir el etanol. Los precios del trigo y la cebada aumentaron un 70% u 80% en 2008 y los del maíz se duplicaron. El alza de la demanda mundial de agrocarburantes obliga a aumentar entre un 20% y un 30% las superficies cultivables. Lo cual es imposible, salvo que se provoquen deforestaciones extraordinarias en la Amazonia o en la cuenca del Congo.

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