miércoles, 21 de diciembre de 2016

El ataque de los clones



Te rodean. Te presionan y condicionan. Influyen en tu día a día, en cada noche. En tu vida cotidiana juegan un papel. Forman parte de un decorado subyacente de tus rutinas, que se repite cuando haces algo poco habitual ya sean vacaciones, escapadas o improvisaciones. Están siempre ahí, pero pocas veces los sientes. Es más, tal es su grado de adaptación, su característica normalidad en la formalidad, que cuando percibes su presencia y esencia, trasciendes y logras comprender un poco más el contexto. Este hoy en día en occidente. En sus democracias formales bajo el muro del fascismo capitalista.
Son los clones. No en un sentido estricto de la palbra, en una definición de diccionario. Hay individualidad; existen en principio como seres propios y sujetos únicos, con su dni, su nº de la seguridad social. Un número de teléfono móvil y un email. Constatan un desarrollo físico autónomo y propio. Tienen una fisionomía reconocible y única. Desnudas y desnudos, los puedes diferenciar.
Pero incluso así, despojados de materiales y convencionalismos guardan un reverso siniestro. Así individualizados, muchos de ellos, ven una mayoría entre sorprendente y abrumadora han adquirido patrones, hábitos y conductas y formalismos que los han homogeneizado, robado buena parte de su identidad y desarrollo personal y con ello mutado lo que debería ser una sociedad diversa, espontánea, rica y enriquecedora, en un pastiche compacto en forma de masa.
¿Todavía no sabes de que hablo? ¿Aún no habéis percibido a vuestro alrededor lo que digo? Pues están ahí. En la calle, en el autobús que coges cada mañana; en los centros comerciales o de ocio. En las aulas y en los centros de trabajo. Están con nosotros, y algunas veces hasta somos nosotros.
Hoy en día nuestra sociedad capitalista está viviendo un proceso a marchas forzadas de homogenización y de universalización de una srie de pautas y condicionantes que como fin buscan reducir al mínimo, el disenso y la confrontación de ideas, para en un último estadio hacer desaparecer la libertad.
La cultura de masas y las modas aceleran en un discurso que uniforma occidente tanto en el plano físico, como avanzando en el proceso moral, ideológico y mental.
Un simple paseo por una calle cualquiera de nuestras ciudades (este es un fenómeno que aunque crece en cualquier contexto es perentoriamente urbano) y no harás de ver repetidos, una y otra vez, los mismos patrones. Con cada vez, más parecidos en aspectos formales e identitarios, lo que no hace tantos años era una división por tribus urbanas, los estratos en edad de menores de 35 años, los hombres y mujeres, chicas y chicos, maduran y buscan una identidad personal que no deja de ser una imagen o espectro repetido por los distintos tipos de publicidad y los medios de comunicación dominados por un número minúsculo de grandes propietarios.
Las gorras, los pantalones anchos, las mechas californianas, las ondas imperfectas, los pendientes de brillantes, los vaqueros desgastados, los pintalabios... y así podíamos seguir desgranando multitud de productos estéticos y de vestimenta que cumplen pleitesía al culto a la imagen por encima de todo lo demás.
Todo forma parte de la iniciativa del sistema para imbuir a cada individuo en un dogma de ser aceptado en la masa social. Para es necesario abrazar un pensamiento único impuesto por la televisión y el resto de medios de persuasión que sirven al brazo de su amo, el capital. Con ello se elimina, poco a poco, la expresión personalizada, el espíritu libre, la madurez autónoma y el pensamiento propio. Nuestros jóvenes sufren una presión que generación a generación va en aumento por encajar, para huir del rechazo social. Las expresiones individuales y el desarrollo físico condicionan la adolescencia y cada vez más la infancia uniformando a los jóvenes, robando su esencia como personas y eliminando lo que debía ser un característico espíritu rebelde, o más bien mutándolo a una serie de inconformismos formales y en apariencia que son muy lucrativos para el sistema, pero que en nada cuestionan el sistema.
Así ante este rechazo y temor se adquieren productos y hábitos de consumo que incuso llegan a poner en peligro la salud, tanto física, como psicológica de las personas.
Incluso se va más allá y se llegan adoptar patrones de comportamiento que rayan y sobrepasan lo maleducado y lo delictivo por el simple hecho de "ser coool", "ser guay" o tener mayor relevancia y viralidad en la próxima visualización en las redes sociales.
Esto nos esta llevando a perder ya no solo identidad personal y riqueza y diversidad en nuestras sociedades. También trae consigo, como fin último, homogenizar las mentes e inquietudes de los sres humanos, dejándonos con un rol 24x7 de consumidores pasivos y adoctrinados, desinteresados de la política y el rumbo que toman nuestras vidas y del futuro del planeta. Todo ello parando y eliminando la conflictividad social, la lucha de clases y por la justicia social, así como las revoluciones en búsqueda de un mundo mejor.
Todo esto que no es más que un culto a la imagen no es más que una estrategia del ala más fascista del capitalismo, el neoliberalismo, en su búsqueda de maximizar sus beneficios, infinitamente con el coste mínimo de contestación social.