jueves, 14 de julio de 2016

Carta a un asesino

 
Foto filtrada tras la corrida del día 9 de julio en Pamplona, en San Fermín

Estimado Sr. “El Juli”,

Me llamo Ángel Luis Domínguez de profesión soy informático y ahora estoy ejerciendo como concejal de Izquierda Unida – Los Verdes en el Ayuntamiento de Santa Marta de Tormes. En Salamanca. Tierra de toros. Y soy amante de la naturaleza, de los entornos y ecosistemas naturales, de las plantas y de los animales, y por supuesto, también de los toros. Acabo de leer sus declaraciones con atención y voy a escribirle unas palabras.

En primer lugar quiero que quede claro e inequívoco. Lamento profundamente la muerte de su compañero, Victor Barrio. Una muerte que jamás debería haberse producido. Como la de decenas de toreros y profesionales más. La de miles de aficionados que pierden la vida en un festejo popular sustentado en una arcaica lectura que justifica el maltrato animal por diversión; como la de millones de seres vivos, toros, cabras, pavos, gallinas, ocas, patos que murieron sufriendo por la diversión humana más irracional y bárbara.

Su nombre u apodo me sonaba. Prácticamente el único, junto al de José Tomás o Enrique Ponce, que me suenen del mundo de la tauromaquía, ya que no soy aficionado a estos eventos y huyo cuando se producen cerca y cambio de canal asqueado y abochornado cuando sale algo en televisión. Con respecto a mí, es posible que saque conclusiones y certezas sobre que soy un radical, un hippie y un comunista. Y no le faltará la razón. Me apasionan la lectura, la historia, la filosofía y si tengo que elegir donde esta mejor un toro “de lidia” sin duda tengo claro que en la dehesa, en el monte, nunca en una plaza de toros, repleta de afilados cuchillos y energúmenos violentos sin un mínimo de empatía y racionalidad. Y de esta idea y estas aficiones saco conclusiones y certezas que me hacen decirle que las declaraciones que acabo de leer está llena de despropósitos, falsedades y demagogia barata. Y sobre todo, de ignorancia. Me ha hecho usted pasar vergüenza ajena, y por eso estoy aquí, perdiendo mi mucho más valioso que el suyo, tiempo, escribiéndole.

Habla usted como “matador profesional”, que ya es en sí un disparate, y se queja de que la imagen de los toreros está hoy día vilipendiada, de que no hay libertad, de que existe una persecución política e ideológica, etcétera. Dice que Europa le maltrata (cuando buena cantidad de las subvenciones de la PAC en vez de ir a otras actividades productivas del campo español van a las ganaderías de lidia emparentadas con casas nobiliares y con personajes que entre el papel couché y la lista de defraudadores de hacienda se complementan). También dice que tiene usted derecho al trabajo, algo que, siguiendo su lógica, también podrían reclamar los mafiosos y los proxenetas. Este era un país libre, o algo así, añade con todo el resentimiento que le da (algo hasta cierto punto comprensible) ver cómo su siniestra profesión tiene los días contados.

Porque le diré que lo que se opone a todo lo que usted intenta torpemente defender se llama progreso moral y compasión. Usted no se va a poder jubilar como matador porque haya una revolución antitaurina que la hay, sino porque la sociedad avanza en su moral, en sus costumbres, y ustedes no lo hacen. Ese mismo avance a eliminado de su escenografía los Autos de fé, las luchas de gladiadores o las justas a muerte. Ya casi nadie puede ver cómo sufre un animal. Intoxica y miente cuando dice que el toreo es del pueblo, que no tiene ideología y que es de artistas y poetas. ¿Compara usted la literatura, la pintura y la música con la masacre de un noble animal porque a determinados artistas (Picasso, pone de ejemplo; un genio malvado y sádico) les gustase dicho espectáculo y los trataran en sus obras? ¿Un novelista que también retrate el crimen hace del asesinato cultura? Creía que no se había atrevido a tanto, pero vi que sí cuando nos amenaza con una ridícula imitación de Bertolt Brecht: ‘hoy van a por los toros, mañana será otra modalidad artística’. O Hemmingway, que vivía extasiado por el “valor” de los toreros, hace 70 años... O si me dice alguien actual, y de izquierdas, como Sabina, un hombre devorado por el personaje y que ya hace demasiado tiempo que nadie se toma en serio.

¿Y qué es eso de que el toreo no tiene ideología? ¿Pero cómo se atreve? La España más cutre y rancia es la que salta en procesión, y la que reverbera espumarajos por la boca cada vez que se pone en algún medio tradicional en tela de juicio la viabilidad de la tauromaquía, su sostenibilidad económica, su sentido estético y artístico o si es compatible con un estado moderno y democrático. Es la derecha antidemocrática, fascista, orgullosa de un pasado genocida la casi única promotora y defensora de la tauromaquía. Y la que la sostiene con indignantes e ingentes cantidades de dinero público.

Nos llama antiliberales a los que pedimos la abolición de la salvajada con la que usted se gana la vida. Pero, ¿qué sabe usted de liberalismo? ¿Es liberal no tener compasión por los seres vivos que sufren igual que yo? ¿Es liberal que yo mire para otro lado cuando están siendo descuartizados entre aplausos nobles rumiantes indefensos en cosos de mi país? Los liberales (desde el punto vista clásico del término, de la concepción del siglo XVIII) tenemos dos principios troncales que sustentan la libertad y el libre albeldrío del hombre (y la mujer), que son la tolerancia y la compasión, hacia los animales humanos y hacia los animales no humanos. Eso es más importante que toda la catarata de artículos de derecho que cita en su misiva de forma torticera.

Las corridas de toros, señor El Juli, son una brutalidad objetiva, un ejemplo agonizante del pueblo bárbaro que fuimos y por el que muchos, mujeres y hombres, luchamos por cambiar para legar un lugar mejor para vivir. Por lo menos uno que no de vergüenza ajena. No hay éticamente por donde defender nada con una mínima lógica, más allá de lo que siempre dice Sabina: "Al que no le gusten los toros que no venga". Se tortura y mata a un gran rumiante hasta la muerte. Punto. Ni arte ni milongas.

Muchos consideramos que el progreso hacia una sociedad más igualitaria y justa debe ir necesariamente ligado a un desarrollo moral hacia la defensa de los Derechos Animales. Debemos dejar atrás el antropocentrismo que sitúa al ser humano como animal superior y en torno al que gira el resto de la naturaleza, sin más fin que la de servir al egoísta y su rueda de progreso material quedando, la Naturaleza, el entorno y las especies animales y vegetales, como meros utensilios y desechos. Es imprescindible invertir la relación hombre-naturaleza situando al primero como perteneciente a la naturaleza en su condición de especie animal y no considerando a la naturaleza y las distintas especies de animales una posesión de la raza humana. La naturaleza no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la naturaleza.

Es fundamental considerar el respeto al Medio Ambiente y a las especies animales una cuestión de estado, para demostrar y demostrarnos como seres racionales que conocen su estatus en el orden de las cosas y garantes de que las generaciones venideras puedan disfrutar y así mismo responsabilizarse de la superveniencia de nuestro hogar común, el planeta Tierra y sus distintos habitantes.

Pero además es nuestro deber enriquecer el acervo moral y ético con el que transitamos, desarrollando bajo un debate sosegado una posición en el que el respeto hacia todos y todas sea identitario a un hombre moral y empático que se mueve con la razón como motor.
 
Además, también estamos hartos del empleo de dinero público para la sustentación de esta salvajada que no es más que la luctuosa y mediocre forma de ganarse la vida, y muy bien, de los rancios y caducos de siempre, que durante siglos han lastrado las posibilidades y el bienestar en el campo de Andalucia, Extremadura y esta Salamanca cutre y atrasada que sufro y me duele. Si tan rentables fueran las corridas y otros festejos taurinos populares como el lamentable de Tordesillas, como se encargan en decir, las empresas privadas, a las que están encantadas de regalarles nuestros derechos y servicios públicos se harían cargo de este esperpento. Pero la realidad es que la tauromaquia como es natural se muere; y sino lo hace de repente, sino lenta y ruidosamente, es porque esta sociedad española sigue con el germen del fascismo instalado en el hipotálamo, lo cual explica otras muchas cosas que no vienen al cabo, pero que si ha llegado usted aquí le invito a leer sin salir de esta bitácora usando el menú de la derecha.

El toro, por si usted no lo sabe, no es bravo, es un rumiante especializado en la huida. De no estar cerradas las puertas de la plaza, se marcharía lejos, a pastar con el resto de sus congéneres. Embiste, entre otras cosas, por miedo. Por terror y porque se le provoca con el tormento. Porque antes de salir a la plaza a los toros les untan los ojos con vaselina y prácticamente no ven, porque les golpean los riñones con sacos terreros, porque les afeitan los cuernos, porque se les clava una divisa que hacen que salgan desesperados de dolor a la arena. Porque salen adormecidos por un cóctel de opiáceos y anestésicos que desconexionan sus respuestas musculares, haciéndolo más lento, previsible, e incluso, como me comento un subalterno con el que tuve la desgracia de alternar, “hacer que su embestida sea más segura”. El resto, la escalofriante puya del picador, las banderillas, etcétera, ya lo conoce. Todo eso duele mucho. Muchísimo, igual que le dolería a usted, porque su sistema límbico (el sistema cerebral del dolor, busque en Wikipedia) es exactamente igual al tratarse de un mamífero grande. Señor El Juli, su combate es falso, y encima está amañado.

¿Le gusta la historia? Le contaré algo al respecto muy interesante. Usted es católico, imagino, como todos los matadores. Pues verá, el papa Pío V, en el siglo XVI, dijo esto en una bula: “Esos espectáculos donde se corren toros no tienen nada que ver con la piedad cristiana; por ser espectáculos cruentos y vergonzosos, propios no de hombres, sino del Demonio”. Emplean ustedes siempre un argumento lamentable también para esto: los toros son una tradición puramente española. Mentira. Ha habido corridas de toros en todos los países de Europa, sólo que las abolieron hace casi tres siglos (Inglaterra, por ejemplo). En España también se abolieron cuando hubo reyes más o menos ilustrados que vieron que semejante atrocidad nos alejaba de la Europa culta y refinada, como fueron Carlos III y su hijo, Carlos IV. Fue Fernando VII, el monarca más nefasto de la historia de España, el que volvió a introducir las corridas en España, junto con el absolutismo y la Santa Inquisición. El pack completo. El toreo actual a pie, el suyo, el amanerado de medias, luces y manoletinas, se lo debe a ese repugnante traidor y asesino monarca. Hoy día sólo hay corridas en España, el sur de Francia y en los países latinoamericanos con las élites más carcas e insolidarias, como las españolas de hace 50 o 60 años.

Por el respeto que de todos merecen los verdaderamente discriminados, no anime a la carcundia patria a salir de ningún armario, porque haría de nuevo el ridículo al ver que son cuatro gatos los aficionados a esa siniestra fiesta. Empleen el dinero de las subvenciones públicas en formación, en buscar un trabajo digno. No apelen más a la tradición (¿acaso no lo es la ablación del clítoris en Somalia?) ni al liberalismo. Ah, y no diga tampoco aquello del sufrimiento de los demás animales, las gallinas en las jaulas y todo eso, porque le adelanto que tampoco me gustan nada, y que compro huevos de gallinas del campo, que es donde deberían estar los toros.

Atentamente,

Viñeta de Forges, en EL PAÍS, del 17 de septiembre de 2013

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