jueves, 2 de abril de 2009

Cuento de los tres Deseos


Exordio insufrible pero necesario:

Como todos sabemos, las hadas son famosas por otorgar tres deseos. Es cierto que muchos de los afortunados que las han visto padecen de alucinaciones, acompañadas de grandes ingestas de opio y demás sustancias nocivas. Pero no dejaremos que esto nos atemorice. Somos espíritus sensibles, y queremos estar preparados para un posible y alucinatorio encuentro con las hadas.
Antes de entrar en el relato lanzo algunas advertencias para el lector desprevenido:

1) No conviene desear una transformación física (estatura, color de ojos, etc), ya que los beneficios pueden disolverse en desesperación cuando nuestros seres queridos, o nuestras mascotas, no nos reconozcan. Mayores dificultades presenta tener el rostro de Brad Pitt con una foto en el documento que no se corresponde con la de la estrella de Hollywood.
En mi caso, el tema de las mascotas no presenta mayor dificultad, ya que poseo una tortuga; animal prudente y poco demostrativo, cuyo único estímulo consiste en comer carne los sábados sin hacer mayores distinciones de género, es decir; le importa poco y nada si la comida se la doy yo o Brad Pitt. Para ser menos radicales, esperaremos estudios más profundos sobre la psiquis de las tortugas antes arriesgar seriamente nuestra hipótesis.

2) No es aconsejable pedirle a un hada que modifique sensiblemente nuestra dotación viril, ya que podríamos caer en desproporciones poco estéticas. En el caso de que no resistan la tentación de transformarse en sementales, les aconsejo que también le soliciten al hada que agrande las dimensiones de sus corazones, ya que existe la posibilidad de desvanecerse con tanta sangre alojada en la erectio.

3) Mediten bien antes de pedir los tres deseos, no se precipiten ni caigan en absurdos excesos.
Para ilustrar con mayor arte nuestras advertencias, daremos cuenta de un bello relato escrito por Jeanne Marie Le Prince de Beaumont, llamado: El Cuento de los tres deseos.


El Cuento de los tres deseos.

Había una vez un hombre, que no era muy rico, que se casó con una bella mujer. Una noche de invierno, sentados junto al fuego, comentaban la felicidad de sus vecinos que eran más ricos que ellos.

-¡Oh! -decía la mujer- si pudiera disponer de todo lo que yo quisiera, sería muy pronto mucho más feliz que todas estas personas.

-Y yo -dijo el marido-. Me gustaría vivir en el tiempo de las hadas y que hubiera una lo suficientemente buena como para concederme todo lo que yo quisiera.

En ese preciso instante, vieron en su cocina a una dama muy hermosa, que les dijo:

-Soy un hada; prometo concederles las tres primeras cosas que deseen; pero tengan cuidado: después de haber deseado tres cosas, no les concederé nada más.

Cuando el hada desapareció, aquel hombre y aquella mujer se hallaron muy confusos:

-Para mí, que soy el ama de casa -dijo la mujer- sé muy bien cuál sería mi deseo: no lo deseo aún formalmente, pero creo que no hay nada mejor que ser bella, rica y fina.

-Pero, -contestó el marido- aún teniendo todas esas cosas, uno puede estar enfermo, triste o incluso puede morir joven: sería más prudente desear salud, alegría y una larga vida.

-¿De qué serviría una larga vida, si se es pobre? -dijo la mujer-. Eso sólo serviría para ser desgraciado durante más tiempo. En realidad, el hada habría debido prometer concedernos una docena de deseos, pues hay por lo menos una docena de cosas que yo necesitaría.

-Eso es cierto -dijo el marido- pero démonos tiempo, pensemos de aquí a mañana por la mañana, las tres cosas que nos son más necesarias, y luego las pediremos.

-Puedo pensar en ello toda la noche -dijo la mujer- mientras tanto, calentémonos pues hace frío.

Mientras hablaba, la mujer cogió unas tenazas y atizó el fuego; y cuando vio que había bastantes carbones encendidos, dijo sin reflexionar:

-He aquí un buen fuego, me gustaría tener una de morcilla para cenar, podríamos asarla fácilmente.

Tan pronto como terminó de pronunciar esas palabras, cayó una morcilla por la chimenea.

-¡Maldita sea la tragona con su morcilla! -dijo el marido-; no es un hermoso deseo, y sólo nos quedan dos que formular; por lo que a mí respecta, me gustaría que llevaras la morcilla en la punta de la nariz.

Y, al instante, el hombre se percató de que era más tonto aún que su mujer, pues, por ese segundo deseo, la morcilla saltó a la punta de la nariz de aquella pobre mujer que no podía arrancársela.

-¡Qué desgraciada soy! -exclamó- ¡eres un malvado por haber deseado que la morcilla se situara en la punta de mi nariz!

-Te juro, esposa querida, que no he pensado en que pudiera ocurrir -dijo el marido-. ¿Qué podemos hacer? Voy a desear grandes riquezas y te haré un estuche de oro para tapar la morcilla.

-¡Cuídate mucho de hacerlo! -prosiguió la mujer- pues me suicidaría si tuviera que vivir con esta morcilla en mi nariz, te lo aseguro. Sólo nos queda un deseo, cédemelo o me arrojaré por la ventana.

Mientras pronunciaba estas frases corrió a abrir la ventana y su marido, que la amaba, gritó:

-Detente mi querida esposa, te doy permiso para que pidas lo que quieras.

-Muy bien, -dijo la mujer- deseo que esta morcilla caiga al suelo.

Y al instante, la morcilla cayó. La mujer, que era inteligente, dijo a su marido:

-El hada se ha burlado de nosotros, y ha tenido razón. Tal vez hubiéramos sido más desgraciados siendo más ricos de lo que somos en este momento. Créeme, amigo mío, no deseemos nada y tomemos las cosas como Dios tenga a bien mandárnoslas; mientras tanto, comamos la morcilla, puesto que es lo único que nos queda de los tres deseos.

El marido pensó que su mujer tenía razón, y cenaron alegremente, sin volver a preocuparse por las cosas que habrían podido desear.

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