lunes, 21 de marzo de 2016

La vergüenza de Europa (y II)


Artículo del 11 de mayo de 2011 ante una más de las tragedias migratorias en las costas Europeas.
Ayer entro en vigor el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía por el que se cierran las puertas de Europa para los miles de refugiados sirios (también iraquíes, afganos o kurdos) que huyen de la guerra y la miseria, mandando por el retrete los derechos humanos, entre ellos el derecho de asilo, en caso de refugiados, que lo son porque ven su vida peligrar por razones políticas, de identidad o simplemente porque proceden de un lugar devastado por una guerra civil compleja y enquistada que ha destruido todo el país, ante la más absoluta indiferencia de las potencias occidentales provocando con ello un cataclismo social para varias generaciones de sirios que quedan en el mundo, sin lugar en él; apátridas, sin derechos, ni identidad, con unas pocas pertenencias y un chaleco salvavidas naranja.
De paso al estercolero también van las buenas palabras de una Europa social, unida y con un proyecto común. Una Europa que se vendió en su momento como abierta, acogedora y modelo de sociedad. Un hito del antifascismo tras la Segunda Guerra Mundial y ante el final de la Guerra Fría y el Telón de Acero. Se ha demostrado, finalmente y una vez más, el verdadero carácter de esta Europa del capital, oligarca e intrínsecamente fascista y xenófoba, que a la par que entendió que para salvar los mercados de materias primas (acero, energía, etc.) frente a Estados Unidos o Rusia, era conveniente unirse, lo que no implicaba precisamente la unión de las clases trabajadoras europeas, divididas por distintas banderas, competitivas entre ellas, en vez de cooperativas. Con ese paradigma, poco había que esperar de esta burocracia de facinerosos para que tuviera piedad, sentido común y respetase la legalidad en materia de Derechos Humanos para con los solicitantes de asilo de Siria, Irak o Afganistán, o de cualquier guerra permitida o estimulada para orgasmo múltiple del capital.
El acuerdo consta de tres elementos: 1, Por cada refugiado sirio devuelto de las islas griegas a Turquía, la UE aceptará a un solicitante de asilo sirio de Turquía; 2, El acuerdo no se aplicará a otras nacionalidades (es decir, a ciudadanos de Afganistán, Pakistán o incluso Irak); 3, Ayuda financiera extra de 3.000 millones a Turquía, que dobla la ayuda hasta 6.000 millones.
Y ayer en su primer día, ya hubo muertes. Más de 50 personas fallecieron en los distintos naufragios mientras trataban de llegar a Grecia, huyendo de la guerra y la intolerancia religiosa, para encontrarse con la intolerancia económica y racista de la Europa del capital, y sus gobernantes, dolorosamente de derechas.
La Alta Comisión de las Naciones Unidas para los Refugiados (UNHCR), Amnistía Internacional y otros organismos han indicado ya que el acuerdo es moralmente un error y puede ser ilegal. Esencialmente, se reduce a una deportación forzosa, dado que los refugiados, sirios o no, que sean devueltos a Turquía se verán privados de su derecho a ser escuchados en un tribunal. En segundo lugar, el acuerdo implica enviar refugiados a Turquía, país considerado inseguro por las organizaciones de derechos humanos. Estas últimas llevan mucho tiempo criticando a Turquía por detener refugiados de manera arbitraria, remitiéndolos de vuelta a países peligrosos y bloqueando su acceso al mercado de trabajo.
Aparte de sus defectos legales, el acuerdo es moralmente vergonzoso por dos razones: en primer lugar, no detendrá el flujo de refugiados que huyen de zonas de guerra. En el mejor de los casos, el flujo puede verse reducido si Turquía colabora. Considerando la falta de seguridad y estabilidad de muchas partes de Oriente Medio y otros países como Afganistán, algunos refugiados seguirán jugándose la vida para buscar asilo en Europa, ya sea vía Turquía o atravesando el mar Egeo hasta Grecia. En segundo lugar, la exclusión de los refugiados de nacionalidad no siria representa una regresión clara respecto al espíritu de la Convención de Ginebra para los Refugiados de 1951, que garantiza un trato igual para todos los refugiados que huyen de zonas bélicas, con independencia de su nacionalidad.
El gobierno turco se ha resuelto utilizar a los refugiados sirios como moneda de cambio con la UE. Y esta con su habitual ceguera, o mejor dicho, con su tradicional rentabilización de los acuerdos, cortoplacismo y tolerancia para con la intolerancia ha cedido, pactando con un gobierno autoritario como el turco, que se salta a la torera su constitución (laicismo en la República de Atatürk), que no condena el pasado (genocidio armenio), no reconoce a las distintas etnias y culturas que componen el país (conflicto kurdo, entre otros) y que ha hecho clara y probadamente negocios con el Daesh, los terroristas fundamentalistas islámicos (que en otros son responsables del ataque terrorista en París en noviembre), beneficiándose de un petroleo barato proveniente de los pozos que los terroristas controlan en la zona, pero moralmente de un coste carísimo.
Desde que en agosto del año pasado estalló "la crisis de los refugiados" ha habido hasta 11 cumbres de alto nivel en Bruselas de ministros de la UE. En ninguna de ellas se hablo de proyectar un plan que mejorase las condiciones de vida de los refugiados. No se ha hablado nunca de vigilar las rutas de paso de los refugiados en su huida desde Oriente Próximo. No existe un plan de lucha contra las mafias que se han lucrado con esta tragedia agravada por la dejadez de los poderosos. Tampoco ha existido, ni siquiera se plantearon, un plan de emergencia para dotar de infraestructuras mínimas a los campamentos (campamentos temporales, de tránsito, obviamente). Allí los niños no van a la escuela. No pueden. No existe una mínima atención médica, una dotación suficiente de medicamentos y bienes de primera necesidad. En ningún momento se ha hablado en aquellas reuniones de crear tribunales especiales para refugiados que dirimieran cada caso individualmente con garantías y en tiempo y forma, como estipula la Declaración de los Derechos Humanos o la Convención de Ginebra. Ni siquiera se han molestado en amonestar y sancionar a los gobiernos fascistas de Hungría o Polonia que han dispuesto políticas de inmigración salvajes y anti-humanas (tuvieron buenos maestros en los fascistas que nos gobiernan en #Españistan).
Mientras que todo el peso del poder de Europa tardó 9 dias en caer con toda su furia sobre el pueblo griego que legítimamente se mostró contrario a los recortes en servicios públicos impuestos por el capital, en casi 8 meses, Europa ha sido incapaz de garantizar una mínima seguridad a los refugiados y un respeto a los Derechos Humanos. Esta es la Europa a la que "pertenecemos".
Y la opinión pública, ¿qué?. Estamos quienes hemos colaborado con la sociedad civil aportando medicamentos y material para enviar a la isla de Lesbos y a los campamentos en Turquía y hemos acudido a las manifestaciones y concentraciones primero llamando a la solidaridad y legalidad internacional y después para denunciar este acuerdo injusto, arbitrario y avergonzante. Y quienes, con un espíritu ególatra, miserable, contaminados por la demagogia y una intolerancia latente y una sumisión al racismo y la xenofobia, cuando no una pertenencia orgullosa, no comprenden la trascendencia de lo que está ocurriendo. De como la "nueva" Europa, ultraliberal, competitiva e individualista abandona su génesis de horrorizada ante los crímenes del nazismo. Europa ha pasado en 30 años de un compromiso anti fascista al miedo y los cálculos electorales del poder económico que han vuelto a poner de moda el fascismo con unas políticas irresponsables.
Un dato escalofriante nos lo ha dado la última encuesta del CIS, de hace días, con más de 8 meses, repito, de esta escalofriante crisis humanitaria: El 0,0% de españoles sitúa la crisis de los refugiados entre los 39 problemas que más les preocupa. La crisis de los refugiados es también nuestra crisis moral como ciudadanos. Muchas personas están ayudando desinteresadamente y haciendo la labor que corresponde a sus gobiernos, pero la sociedad en su conjunto ha dado la espalda al problema y no ha habido una movilización masiva para denunciar el trato inhumano a los refugiados. Con el silencio de la sociedad, nuestro silencio cómplice, estamos legitimando estas políticas fascistas, irresponsables y cortoplacistas. La historia no sólo juzgará a nuestros "gobernantes". También lo hará con nosotros, por permitir esta injusticia (como tantas otras, por cierto).
Esta es la situación de la sociedad civil en Europa que ya se había pasado de tranquila y sumisa ante el ataque a la soberanía y el bienestar de los ciudadanos y ciudadanas, hermanos y hermanas, griegos y griegas, y que ahora muestra una despreciable aquiescencia y conformismo con la política migratoria de una Europa que ya no sólo ha perdido la guerra de la competitividad financiera e industrial, sino que ha sepultado con intransigencia, racismo, deslealtad y fascismo su compromiso por la legalidad internacional, los derechos humanos y la dignidad de todos y todas cualquiera que fuera su condición y naturaleza.
Y mientras, nuevos ahogados en el Egeo. Alambradas de cuchillas cortan la piel de quienes huyen del terrorismo y la guerra civil Siria, la indiferencia de las potencias occidentales, o a quienes llegan desde Irak o Afganistán, víctimas, por contra, de los intereses creados de esas mismas potencias. Los niños lloran ante los ladridos de perros sujetos por policías para militarizados. La xenofobia avanza por Europa y se queman albergues o campamentos improvisados. El frío, la lluvia, el hambre y la enfermedad laminan a quien huye de la barbarie del ser humano, y sólo encuentran la indiferencia de la población y la ilegalidad manifiesta y consciente de mandatarios amorales, mediocres y corruptos.

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