domingo, 29 de noviembre de 2009

Luis Cernuda, deseo y realidad



V
Quiero, con afán soñoliento,
gozar de la muerte más leve
entre bosques y mares de escarcha,
hecho aire que pasa y no sabe.

Queiro la muerte entre mis manos,
fruto tan cenicientoy rápido,
igual al cuerno frágil
de la luz cuando nace en el invierno.

Quiero beber al fin su lejana amargura;
quiero escuchar su sueño con rumor de arpa
mientras siento las venas que se enfrían,
porque la frialdad tan sólo me consuela.

Voy a morir de un deseo,
si un deseo sútil vale la muerte;
a vivir sin mí mismo de un deseo,
sin despertar, sin acordarme,
allá en la luna perdido entre su frío.

XIII
Se goza en sueño encantado,
Tras espacio infranqueable,
su belleza irreparable
El Narciso enamorado.
Ya diamante azogado
O agua helada, allá desata
Humanas rosas, dilata
Tatno inmóvil paroxismo.
Mas queda sólo en su abismo
Fugaz memoria de plata

XIV

Ingrávido presente.
Las ramas abren trémulas.
Cándidamente escapan
Estas horas sin fuerza.

En la playa remota
El mar no visto canta;
Sobre su verde espuma
Huye el aire en volandas.

Va sus vírgenes fuerzas
Deponiendo la tarde.
La esperanza se duerme
Entre el verdor unánime.

Olvidarán más días
Su abánico de humo
Y un ángel lo abrirá
Una noche ya mustio.

Una noche que finja
lo distante inmediato.
Y bajará la luna
a posarse ¿en qué mano?

XIX


La desierta belleza sin oriente
A la prision nocturna ciñe un cielo;
de su seno mortal levanta el suelo
el puro hastío que la llama siente

Un ídolo corona negra frente
sobre voraz sonrisa. ¿cuál anhelo
al ébano del vientre tendió el vuelo
Y en su nido se duerme blandamente?

Soledad sin amor ni claro día,
la indolencia del ánimo se adueña,
postrada y fiel huye la edad mudable.

Hurta el primer placer su melodía,
y el tiempo mira un cuerpo que se sueña
en el cristal, fingido irreparable.

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