viernes, 23 de diciembre de 2011

Aquí funciona la censura

La semana pasada se suspendió por interpelación de la ultraderecha y el Sindicato de policía) y la celebración de los medios tradicionales y tradicionalistas salmantinos, y de sus políticos y organizaciones sino iguales, cuando menos y según qué temas similares, una charla-coloquio que se iba a celebrar sobre el Proceso de Paz en Euskadi, organizado por Yesca, y en el que iban a participar tres mujeres cercanas al mundo abertzale.
Es evidente que vivimos en un país en el que ir un poco más allá de lo que dicta el guión del pensamiento único es patrimonio de una minoría. Es más, ya no me sorprende que en España haya que pasar por la Aduana de dicho pensamiento único antes de expresar/cantar según qué cosas. Me provoca asco y rabia, pero no me sorprende. Obviamente, que no me sorprenda no significa que acepte, bajo ningún concepto, que a día de hoy se sigan persiguiendo ideas cuyo único pecado ha sido  no aceptar ponerse el traje del bienpensante a cualquier precio. Su Ta Gar, Berri Txarrak, Banda Bassotti, Soziedad Alkohólika (con el indignante agravante de que además tuvieron que soportar un sonado y mediático juicio, del que hubo una sentencia a su favor) o Albert Plá son algunos ejemplos de artistas que han tenido (y todavía tienen, en algunos casos) que sortear bastantes obstáculos para poder tocar en según qué puntos del Estado. En estos últimos meses ha habido nuevos casos de censura que han fructificado (otros, como el de UpyD contra Soziedad Alkohólika, han fracasado). El rapero catalán Pablo Hasel fue detenido en Octubre por apología del terrorismo. Los Chikos del Maíz llevan tiempo en el ojo del huracán, siendo la reciente cancelación de su concierto en Burgos una de las últimas hazañas de la casposa censura. Y si nos salimos del apartado musical, no menos preocupante  y vergonzosa fue la también reciente suspensión de la charla sobre el Proceso de Paz en Euskadi que había organizado Yesca en Salamanca y en la que iban a participar Jone Goirizelaia, Doris Benegas y Haizea Ziluaga.

El poco fiable y discutible baremo de la susceptibilidad de un amplio sector de la sociedad española y de su clase política (lo cual es más grave, si cabe) hace posible que con muy poquito un grupo/colectivo sea criminalizado (basta con decir, por ejemplo, que estás a favor del acercamiento de presos a Euskadi) y desplazado. Ya es de por sí curioso. Pero hay algo todavía más llamativo. Y es que esos mismos analistas compulsivos de las letras de Hasel y LCDM (por ceñirnos a dos ejemplos recientes) no son tan meticulosos a la hora de abrir la boquita y difamar con total impunidad. Pero claro, por lo visto, el valor ofensivo de las palabras depende únicamente de quién las utiliza, y no de su contenido. Tachar a alguien de “etarra” sin pruebas y a la ligera (por si las moscas, oiga) no sólo no está mal visto, sino que además sirve para ganar puntos de cara a la galería del buen español: al que lo hace se lo suele aplaudir bajo el grito unánime de “¡sí señor, con dos huevos!”. Luego están los imbéciles de turno que no dudan en afirmar que siempre viene bien un poco de publicidad gratuita y que estos artistas deberían darle las gracias a sus simpáticos enemigos por darlos a conocer. En el caso de Soziedad Alkohólika esa teoría suena absurda, puesto que llevan años y años llenando recintos de todo el Estado (e incluso de otros continentes).

Pero vale, traslademos ese punto de vista al caso concreto de Hasel, un joven rapero que, a diferencia de Soziedad Alkohólika, no es tan conocido. Claro, debe ser muy agradable que unos policías se cuelen en tu casa de Lleida y te suelten una frase que deja claro que saben incluso a qué hora saca tu madre al perro. Debe ser estupendo que se pasen por el forro tu derecho a la privacidad/intimidad, hurguen en tus cosas y te lleven a un calabozo de Madrid. Suena estimulante que de un día para otro media España, creyéndose ciegamente la aséptica y sesgada versión de los medios de comunicación (incluídos La Sexta y Público), te etiquete como el enemigo público número uno mientras los verdaderos enemigos del pueblo se descojonaban en sus (putas) casas (de verdad). También se me antoja gratificante intentar vivir dignamente de la música y no sólo tener que luchar contra los conocidos obstáculos a los que ya de por sí se enfrenta cualquier autor, sino depender también de los caprichos de unos miserables que, con la connivencia de la opinión pública, deciden cuáles son las ciudades a las que no puedes ir a tocar.

Lo peor de todo es que la gente pasa por alto otro dato que me resulta fundamental. Y es que detrás de toda esta censura se nos envía un peligroso mensaje subliminal: nosotros, los oyentes, somos retrasados mentales. Carecemos de personalidad. Somos incapaces de decidir por nosotros mismos y de canalizar de forma apropiada las letras de Hasel, LCDM y Soziedad Alkohólika. Tampoco estamos preparados para escuchar lo que nos quieren transmitir Jone Goirizelaia, Doris Benegas y Haizea Ziluaga en la charla de Salamanca. Es por eso que nuestros salvadores se han tomado la libertad de decidir (por nuestro bien, claro) que lo mejor es que sólo escuchemos su versión… ¡no sea que estemos de acuerdo con los malos (Hasel, Soziedad Alkohólika o Berri Txarrak)  o que las letras de LCDM (cargadas de  un recurrente e inteligente humor negro) nos causen gracia!

No, no necesito que PP o UpyD decidan si puedo o no puedo ir a un concierto de LCDM o de Pablo Hasel. Al igual que no necesito una sentencia favorable del juez Garzón para tener claro que hay que tener unas taras mentales considerables para estar a favor de la  insostenible persecución a Soziedad Alkohólika. El caso de la charla censurada en Salamanca fue esperpéntico. Esperpéntico porque dicho boicot fue promovido por asociacioness de ultraderecha (las manos limpias se demuestran con hechos, no con siglas) y por el SUP (Sindicato Unificado de Policía) de Salamanca, que en un repentino antojo pedagógico y sociológico, emitió un comunicado que daba vergüenza ajena. Este sindicato alegaba en dicho comunicado que se oponía a la charla, argumentando (es un decir) que ETA no había abandonado las armas ni tampoco había pedido perdón a las víctimas. Bien. Llegados a este punto me pregunto algunas cosas: 1) ¿Son adivinos y sabían de antemano en qué iban a consistir las ponencias de las invitadas para afirmar que su contenido sería inapropiado? 2) ¿Las invitadas iban a contar chistes sobre Irene Villa y a mofarse de las demás víctimas de ETA? ¿O tal vez iban a dar lecciones prácticas sobre cómo utilizar metralletas y estos buenos policías querían ahorrarnos el mal trago? 3) ¿Cuando el SUP hablaba de abandonar las armas se estaba refiriendo a las mismas armas con las que ellos trabajan a diario? No sé cómo irá el tema en Salamanca, pero supongo que al igual que en el resto del mundo, el uso de las armas es una de las principales señas identificativas del gremio policial. Tal vez las armas de los policías salmantinos disparan claveles y/o pétalos de rosa. No lo sé. Lo que parece claro es que, si los miembros del SUP están tan interesados en arreglar el mundo y dar clases de ética, podrían haber elegido otra profesión (a ser posible una en la que la represión, la continua falta de respeto, el abuso de poder y el uso de las armas no sean algunas de sus herramientas). Para algunos estas preguntas serán demagógicas. Puede que tengan razón. Pero la demagogia no siempre es incompatible con la verdad.
Sí, independientemente de que no deja de ser un partido político (lo que me incita a tomar casi de forma instintiva ciertas distancias y a desconfiar) a día de hoy siento mucha más simpatía por Amaiur que por partidos como PP, PSOE o UpyD. Puede que me resulte más interesante escuchar a Arnaldo Otegi que escuchar a la mayoría de los miembros de esos partidos “de bien”. También me pregunto si los que lo criminalizan lo hacen con conocimiento de causa habiéndose informado mínimamente o si sólo se basan en la entrevista que le hizo el Follonero. Es verdad que también considero que su encarcelación fue, en su momento, un claro reflejo de que la justicia española maneja a su antojo a según qué personas, como si fueran juguetitos de quita y pon.  Soy de los que se desesperaban cuando veía que la gente era incapaz de entender que, le pesara a quien le pesara, De Juana había cumplido su condena con los recortes que estipulaba la Ley (esto no lo digo yo, lo dijo la Justicia, tan respetada en otras situaciones). Me resultaba llamativo que la gente no entendiera algo tan sencillo como esto: el hecho de que la condena fuera justa o injusta era otro tema, más relacionado con interpretaciones personales.  En ese sentido tampoco estaría de más que las personas que afirman tan a la ligera que pasar más de 20 años en prisión  (independientemente de cual sea tu delito) “no es nada” reflexionaran un poco acerca del valor del tiempo y se lo hicieran mirar. También me parece oportuno recordar que parte de la condena a De Juana fue por escribir dos artículos en prensa y no por asesinatos (muchas de las personas que escupían bilis con su caso ni siquiera conocían este dato). Reconozco, por otra parte, que no soporto el papel de la AVT, que pretende exprimir su rol de víctima hasta límites insospechados con tal de obtener réditos carentes de ética y comportándose de forma casi mafiosa. El hecho de ser una víctima  del terrorismo (o familiar de víctima) te da derecho, sin duda, a sentir más odio y rabia, pero jamás te puede otorgar el derecho a decidir según qué cosas ni a autoproclamarte árbitro del conflicto (vasco, en este caso).

Tampoco niego que me repatea ese empeño cabezón y obstinado de tantas personas que, en un claro intento de quedar por encima del otro y eternizar este bucle, no son capaces de ver más allá de la frase “condeno la violencia”; frase que, por otra parte, se ha convertido en la mejor excusa para no avanzar (ya no basta con condenar la violencia de ETA, sino que además hay que redactar la frase de condena siguiendo el libro de estilo del centro-derecha y utilizando un bolígrafo determinado, porque  si no se siguen esas pautas carece de validez). También me opongo a que desde arriba me digan cuándo tengo que llorar, cuándo tengo que sonreir y aplaudir, qué violencia tengo que condenar y qué violencia debo consentir. Condenar la violencia (sea del tipo que sea, aunque a muchos se les olvide este matiz) es una opción, no una obligación. Si fuera una obligación, las cárceles estarían abarrotadas de personas que, a día de hoy, son consideradas como ejemplares. Tampoco consiento que me digan cómo tengo que hacerlo. Supongo que la forma estándar sería cantando esto y gritando que Willy Toledo es un cabrón. De lo contrario entraría en la lista de sospechosos. Entre PP, PSOE, UpyD y demás lameculos de lo políticamente correcto han logrado adueñarse de un concepto (el de condenar la violencia), otorgándole un tufillo que da grima y convirtiéndolo en una pose oportunista, forzada, metida con calzador, poco creíble y carente de cualquier connotación loable o bienintencionada.

Jamás entenderé a las personas que se escandalizan ante la ambigüedad de la izquierda abertzale a la hora de condenar tajantemente a ETA y que, sin embargo, no sientan sarpullidos ante la ambigüedad del PP cada vez que se le pide que condene el franquismo o ante la del PSOE cuando se le insta a hacer lo propio con el GAL. Me entran ganas de vomitar cada vez que recuerdo a Zapatero aplaudiendo algunos crímenes de Estado (eso sí, con talante). Me cabrea ver que los mismos que me intentan convencer de que todas las víctimas se merecen mi llanto indiscriminado, son los mismos hijos de puta que no se cortan a la hora de decir que Carlos Palomino “se buscó” su muerte. Hubo otro hecho que, desde mi punto de vista, marcó otro punto de inflexión en esta guerra absurda entre supuestos buenos (PP, PSOE, UPyD y demás partidos) y supuestos malos (los que nos alejamos de ese discurso único). En 2008 el director Jaime Rosales estrenó su película Tiro en la cabeza, la cual reconstruía el asesinato de dos guardias civiles españoles en Capbreton (Francia) a manos de ETA. No fueron pocos los que alzaron la voz contra la película alegando que Rosales “humanizaba” al etarra y se posicionaba en favor de éste. El principal defecto de ese argumento crítico es, básicamente, que en la película no había diálogos (o sí, pero premeditadamente no se escuchaban, precisamente para no condicionar al espectador).

Sí, la película mostraba al etarra en su vida cotidiana (caminando, tomándose una caña o follando), al igual que lo mostraba asesinando. Y también exponía el lado humano de los guardias civiles antes de ser asesinados. La existencia de estas caprichosas y retorcidas críticas me pareció una muestra definitiva e inequívoca de que la paranoia de algunos ya roza lo patológico. A mí, desde luego, me pareció una película absolutamente neutral. Aunque, por otra parte, que yo sepa, un cineasta no está obligado a serlo (que se lo digan al director de la película 23-F, bodrio en el cual sólo faltó una escena en la que el campechano Rey Juan Carlos apareciera  en el jardín de La Zarzuela curándole la patita a un pobre gatito que se encontró atropellado en la carretera cuando venía de cazar pasear con sus hijos). De todos modos el mensaje parece claro: humanizar a algunos es peligroso, porque al estúpido espectador a lo mejor le da por pensar. Pero poner musiquita emotiva (de piano, si puede ser) en el minuto de silencio/homenaje por la muerte de un guardia civil/soldado y recordarnos que el héroe de la patria en cuestión tenía mujer, hijos y le gustaba jugar con su perro, está bien. ¡Eso no es condicionarnos! Temerosos censores: entre seguir vuestro prefabricado, sobreactuado y falso protocolo antiterrorista y salir a celebrar el asesinato de un guardia civil tocando el claxon  por las calles hasta altas horas de la madrugada, hay un término medio. ¿Serán tan amables de dejarme elegir?

Que se siga exigiendo la condena a ETA (o movimiento vasco de liberación, según le convenga al vigoréxico repelente) después de que la banda haya declarado una tregua definitiva demuestra claramente dos cosas: 1) Vivimos en un país de subnormales aborregados que, en lugar de alegrarse con la noticia, se amargan porque no han entregado las armas. ¿Qué esperaban? ¿Un comunicado de ETA que incluyera un show de magia en el que las armas se convertían en palomas de la paz mientras de fondo sonaba el Imagine de Lennon? 2) Esa amargura no es honesta ni altruísta. Seamos claros: hay much@s demócratas (hola, Rosa) cuya burbuja a día de hoy se sigue alimentando de ETA. Y no, no me refiero a Amaiur. Me refiero a partidos a los que no les afecta el derecho de admisión y pueden entrar a la aparentemente reluciente discoteca del Congreso (cuyas goteras, que van más allá de la discutible Ley Electoral, no se solucionarían con el “una persona, un voto”) sin que el gorila de la puerta los mire de arriba a abajo perdonándoles la vida.

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