martes, 29 de abril de 2014

Creer en el ser humano



Lord Byron dijó que contra más conocía a los humanos, mejor le caía su perro. Y no me extraña. La lista de decepciones, fracasos, incoherencias, dudas, desilusiones, encontronazos, equívocos o frustraciones es extensa. Y esa lista se hace cada vez más grande contra más se interactúa con otras personas.

En los últimos meses me he metido en mil historias, intentando coger nuevos rumbos, tanto profesionales como reivindicativos, y aunque no me arrepiento de nada, porque de lo único que hay que arrepentirse es de quedarse en el sofá día tras día, llega un momento en el que la desazón y el desánimo te superan.

Pero esta apertura tiene su lado positivo, su recompensa. A veces, donde y cuando menos te lo esperas te llega una nueva sensación que hace que vuelvas a confiar en el ser humano, en la gente, las personas y que toda lucha, de todo motivo, loable y por el bien común, no debe dejarse, puesto que hay personas que la saben valorar, la apoyan, participan y la agradecen. A veces de alguien que no has visto, que ni siquiera comtemplabas conocerla o entender su existencia, te llegan esas fuerzas cuando más se necesitan. Dejas de lado todas las mierdas que contaminan en el día a día. La lista de problemas sin solución porque falta implicación. Porque la inmensa mayoría de la humanidad, yo mismo, se mueve por el egoísmo, alimentando un individualismo vacuo, que los hace a todos mezquinos, carentes de personalidad propia y de esa sensación de saber lo que realmente es la vida, y lo que cuesta llegar a tenerla plena. Pero siempre ha de guardarse esa ilusión de que se pueden hacer cosas para bien.

Tienes la certeza de que hay personas así, pero cuando no las ves con los propios ojos y las sientes en cada mirada, cada latir, cada sensación, lo que se apropia de uno es la desgana incluso la desesperación por no encontrar personas por las que luchar, en todos los ámbitos. Por sentir.

Y llega ese momento en el que la sensibilidad se pone a flor de piel activada por una bondad extrema. Vuelves a comprender, a recordar, que hay personas por las que levantarse cada mañana, lavarse la cara y pisar la calle con una sonrisa, pero también, con los puños cerrados, las convicciones seguras porque todos juntos podremos mantener esa sonrisa de la mañana, por la noche con la satisfacción de haber construido un mundo mejor.

Hay personas que reúnen la madurez, la inteligencia y la frescura suficientes como para que nunca se acaben. Y cuando se consigue tener a una así cerca, y puedes identificarla como un igual, sentir esa amistad y buen rollo, en unos objetivos tan honestos como el carpe diem (et carpe noctem) o la lucha diaria contra las injusticias, y la mayor de todas, que es sobrevivir al día a día, no se puede uno más cerca de la felicidad. Volver a recordar y sentir la bondad extrema es la mayor de las bellezas porque no hay luz que la ensombrezca, ni vejez que mañana la ensucie, puesto que lo único que le añadirá es sabiduría, que si bien no la hará más pura si aportará mayor funcionalidad. Y esta bondad y este buen rollo irradiado no desmerece de nada sino que todo lo hace trascendente. Se clava en la memoria, y por nada, por tanto escombro que caiga, no hay que dejar que desaparezca.

Casi siempre, nos encerramos en nosotros mismos. Nos dejamos cegar por lo que brilla y olvidamos que no hay más brillo que el de una mirada. Hay personas que merecen que sólo les pasen cosas buenas, y sin embargo, con nuestra desidia e indiferencia dejamos que el mal se extienda. Que las posibilidades de felicidad de cualqueira se vean subrogadas a nacer en un sitio o en otro, de una familia con unas posibilidades a otra con otras distintas. Dejamos que la libertad, quede por debajo de la rentabilidad y hacemos que escalar en la vida en busca de la felicidad sea cada vez más arriesgado por un terreno más escarpado, con una cuerda más roída y sin salvavidas posible.

Y no. No podemos permitirlo. Sólo por estas personas especiales no se puede cesar en el empeño. En esos momentos en los que se percibe esta sensación de bondad extrema y honestidad, la felicidad se lleva a una de sus máximas expresiones se comprende qué es lo realmente trascendente en la vida. En esta sociedad en la que se ha hecho realidad la paradoja de El Conde Endemoniado, de Italo Calvino, (recordad, aquel noble que fue partido en dos mitades por un cañonazo de los otomanos, y en el que una mitad adquiria una "personalidad" mala y ejercía acciones contra los demás que acaban por ser buenas; mientras que la otra parte, reconocida, como buena, llevaba dolor y sufrimiento a otras personas) vivimos sin necesidad, o al menos eso se cree, de ser una buena persona. Ni tan siquiera la sabemos reconocer. Y esa bondad no es la que postulan las fes religiosas sino de la ética, la moral, en considerar a todos y todas iguales, con mismos derechos, deberes, libertades, posibilidades y opciones de ascenso social y progreso en plenitud personal, física, psíquica y sentimental. Sino sobretodo en la dignidad y el conocimiento del ser humano.


He pasado un finde genial en el que he vuelto a recuperar ese brío. Conversando sobre lo banal y trivial hasta lo más intrínseco y trascendente. Poniendo palabras a los sinsabores cotidianos y vitales, así como a las frustracciones personales, profesionales y existenciales. La risa y la alegría han sido denomiandor común durante un tiempo de conocimiento que empieza por uno mismo, y acaba, dónde acaba, más allá de tus ojos. He ganado, he recuperado, sensaciones pasadas, que hacen llevar la vida a flor de piel. Y he cumplido un anhelo de una temporada a esta parte, como era conocerte. He ganado amistad, sin fecha de caducidad. Intensa, confiable, sincera, amable y divertida.


Cuando cae una lágrima que limpia el polvo añejo de un rostro,
no es una lágrima plena de alegría, pero tampoco tristeza extrema.
Si se siente como se abre pasó, no sólo deslizandose por la piel,
sino rompiendo las heridas, que son capaces de cicatrizar.
Grietas hechas con cada desilusión, con la falta de implicación,
Se curan con una certeza, de recuperar la parte racional.

Cuando en medio del mayor ruido ensordecedor, sientes el silencio,
es que se comprende la emoción, de compartir trascendencia.
Si en ese silencio, sólo puedes sonreír, aprender y asentir,
es que ya reconoces la bondad extrema.


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