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jueves, 27 de julio de 2023

El derecho al deporte


 El frontón municipal de Santa Marta de Tormes al aire libre

 

La pelota rueda por la tierra, choca con un montículo de arena y tierra apelmazada de las lluvias de hace unos días. Apenas queda luz solar y las farolas simplemente aciertan a delimitar la línea de banda, a veces peligrosamente próxima a la carretera comarcal. El balón bota por menos de un palmo antes de que el joven empeine la propulse hacia la portería delimitada por dos mochilas y la imaginación de los escolares. El balón apenas se separa del suelo pero adquiere gran velocidad. El cautivo portero sabe que va a ser gol en cuanto identifica la trayectoria que lleva, y que pararla, implicaría lanzarse al suelo, poniendo en peligro la integridad física, y mucho más importante en aquellos años: la integridad del chándal que le regalaron sus padres en su último cumpleaños. El simulado intento de intercepción fracasa como no podía ser de otra manera y se suma un nuevo tanto al marcador recordado. “16-12”. Se oye decir. “Vale, empezados de 0 y el primero que llegue a 3 gana”.



El corto relato del párrafo superior compone un pequeño recuerdo de infancia. En realidad, un recuerdo que repetido infinidad de tardes de otoño e invierno, y también de primavera y verano, se han grabado en mi memoria, perfeccionado y seleccionado, hasta hacerlo parte imperecedera de mi persona, y mi pasión por la práctica deportiva.

Jugar al fútbol era el principal pasatiempo de los chavales de mi generación, de las previas, y de una o dos posteriores. Si, estaban los recreativos y también los juegos infantiles callejeros (impagable folclore popular que merece toda nuestra atención y que ayudaba a mejorar las destrezas físicas, psíquicas y también las relaciones sociales, incluidas con el sexo complementario), pero juntarse en la era, o incluso en una calle por la que de vez en cuando pasaba el tráfico rodado, se componía en el pasatiempo favorito de los niños de este país y de Europa en general.

Hoy en día, si vas por África, Latino América u Oriente próximo y medio, siguen improvisándose terrenos de juego y porterías, y sin distinciones de edad o nivel se echan partidos de más de dos horas. Pero aquí ya no.

La escena relatada se daba en nuestro país con precisión extrema. En mi infancia, e incluida la adolescencia, quedar con los amigos (mi círculo de amistad vital) e ir a las pistas era el plan día sí y día también. Tocaba saltar las vallas de los colegios públicos. Estar atentos a la pelota y a si la policía local aparecía. Muchas veces me tocó correr y un par de ellas acabé en el coche, aquel vetusto seat málaga gris, de vuelta a casa. No había canchas de acceso libre y los descampados todos estaban vedados para la próxima obra o sin mantenimiento lo que hacía imposible jugar ahí.

Era eso: jugar. Practicar deporte. Sin molestar a nadie. Sin gastar un duro. Disfrutar del tiempo y el aire libre. Ganar en salud: Muscular, anaeróbica, mejorar las destrezas, la fuerza, la velocidad, la habilidad, la visión espacial, la coordinación, el equilibrio… y también salud mental y social. Tejiendo pequeñas redes, que por aquel entonces, por supuesto, no les daba importancia y no las identificaba, pero que hoy, visto en perspectiva componían un tejido cooperativo de primera magnitud y que podía, debía haber trascendido el mero juego infantil para algo más.

Más tarde ya casi en la juventud comencé a jugar al baloncesto, nunca de manera reglada pero si juntarse con gente en torno a una canasta, deporte que me enamoró a través de la televisión (hay que hablar mucho de esto) y unos años más tarde visitando a un equipo profesional en vivo.

Sin embargo, estas ensoñaciones de mi infancia y juventud ya no se pueden reproducir en los que hoy son niños y adolescentes. Ya no hay pachangas en las calles, ni en los parques y pistas protagonizadas por gente joven. Y eso que ahora se han construido infinidad de pistas de furbito o fútbol sala, basket, voley, etc. y que en teoría, están disponibles para quien quiera usarlas. Llama poderosísimamente la atención el hecho de que las pistas las reservan personas plenamente adultas, por muy pocas, escasísimas horas a la semana, muchas veces pertenecientes a colectivos de inmigrantes, y aparecen prohibidas y vedadas a los que, potencialmente, deberían ser sus principales “consumidores”. Las pistas de juego se alquilan, se mercantilizan, unas pocas horas a la semana, y el resto del tiempo no tienen función. Vacías se deterioran como lo hace el nivel de salud general de la gente joven.

A un grupo de niños o jóvenes les falta el número de miembros y la cantidad económica necesaria para disponer de estas instalaciones con libertad, el tiempo y el momento necesario para realizar la actividad que les gusta. Es una absoluta injusticia social. No digo que no deban de dejarse unas horas para disposición de adultos, y que paguen, por el consumo eléctrico de la iluminación, el agua o cosas así, una cantidad que favorezca su mantenimiento. Sin extridencias, ni aprovechamientos.

Lo que digo es que debe de fomentarse el uso de estas instalaciones públicas por la gente joven, facilitando su acceso y disposición para que puedan jugar, practicar deporte y relacionarse. Y deben hacerlo las administraciones públicas sin dilación y como parte de sus responsabilidades y compromisos.

Hoy en día, sin embargo, se ha generado un ecosistema en las que las relaciones sociales tienen que estar controladas por las autoridades, reguladas y mercantilizadas en favor del dinero. Las y los jóvenes ya sólo pueden relacionarse en el contexto fiesta en discotecas y bares. El alcohol es la droga legal que favorece el control social.

Ahora voy a relatar algo que me ocurrió el otro día en el ascensor:

La puerta doble del ascensor se desliza. En su interior mi vecina del piso superior y su hijo de 8 años. Van al camping de fútbol. En las seis plantas de descenso al vestíbulo me cuenta “qué es el último día”; “qué con lo que ha costado y las vueltas que tuvieron que dar sólo ha durado tres semanas, y a ver qué hacen ahora con el crío”; “qué el niño está triste porque no va a poder seguir jugando con sus amigos”; Suelto “Disfruta del último día e intentar quedar más días para jugar. Seguro que hay pistas e instalaciones para jugar”. La madre me mira extrañada, pero notó como se le ha encendido una bombilla.



El deporte queda excluido. El derecho al deporte en España también ha pasado a ser un negocio. Y al igual que sucede con el contexto de fiesta las relaciones sociales que se tejen en ese ámbito entre los participantes, se circunscriben a los límites de la práctica en cuestión. Es decir, quienes se conocen de fiesta, se verán de y para la fiesta, hablarán de fiesta y organizarán la fiesta. Por lo general, no se admiten y no se favorece la inclusión de otras esferas de asociacionismo, compañerismo o de actividades fuera de ese círculo. Con el deporte mercantilizado en su base pasa lo mismo. Es una brillante consecuencia de la inclusión del dinero en las relaciones humanas: la limitación de las relaciones personales al marco que tiene un precio.

Hoy en día los niños, y niñas, no quedan para jugar al fútbol. Tienen que ir al club del barrio o de la ciudad, contra más elitista y más caro mejor, para relacionarse. Tienen que pasar por caja. Matrículas y pagos por ficha que llegan hasta los 500€ por practicar fútbol. Sí, te dan el chándal y ropa deportiva con el emblema del club seguramente cosida por otros infantes del otro lado del mundo. Todo es profesionalizado hasta el absurdo. Se alimenta una burbuja que aliena a los jóvenes y embrutece a los padres convencidos de haber procreado a la nueva estrella. El individualismo es lacerante, la competitividad el motor, vencer y humillar al rival los objetivos. Queda prohibido juntarse, conocerse y cooperar. Se busca la competitividad entre iguales y la posterior, en realidad desde el primer momento, exclusión de los que son diferentes, primero por pobres y luego por "malos".

No digo que pasar por caja sea malo per sé. Lo que me niego a defender es que esa sea la única manera de relacionarse y hacer deporte. No es malo que haya asesoramiento y supervisión profesional por la práctica deportiva. Ni que haya un seguro de responsabilidad que es lo que implica la tenencia de una ficha, tras pagar. El problema surge cuando es la única manera de acceder al deporte y a sus ventajas. Meter el mercado en absolutamente todo lo relacionado con nuestras vidas genera desigualdades y aumenta la falta de oportunidades. Empobrece la vida.

Las instalaciones deportivas públicas, gratuitas, en buen estado de conservación y accesibles son parte del patrimonio que las administraciones, esencialmente los ayuntamientos, pero también las educativas ponen a disposición de la población con el ánimo necesario de hacer a estas personas más libres, independientes, seguras y responsables.También son fundamentales la profusión, a través de la vía pública, de escuelas deportivas, no limitadas a los menores, sino a todo el público y actividades físico-deportivas para mejorar la salud de la población. Tanto física, mental como social. En conjunto, van a ayudar a enlazar una sociedad mucho más rica, inclusiva, atenta y sana. Son espacios públicos que garantizan el encuentro de las personas sin el concurso del dinero, sin transacción económica. Son en esencia garantistas e igualitarias, y por ende, favorecen el espíritu social y la democracia. En este punto es preciso recordar la necesidad vital e identitaria de conservar y favorecer el conocimiento sobre el patrimonio deportivo ancestral y etnográfico que conservamos en nuestro país.

Un modelo que propone el ocio y el conocimiento entre iguales, frente al modelo fomentado por las administraciones capitalistas y neoconservadoras, elitista y cimentado en el negocio. No se trata de crear deportistas profesionales, campeones de todo. Ganador sólo hay uno, y el resto son perdedores, por eso se trata de educar en valores a todas los participantes, y hacer del deporte algo importante de sus vidas, que les haga mejores como personas y les ayude tener un futuro mejor, más pleno.

El artículo 43.3 de la Constitución Española establece que “los poderes públicos fomentarán la educación sanitaria, la educación física y el deporte. Asimismo facilitarán la adecuada utilización del ocio” como principio ordenador de la política económica y social”.

No es el único artículo de nuestra Consti que los poderes públicos y sus partidos adosados al Régimen del 78, se saltan a la torera. Pero éste tiene la virtud de que podía ser fácilmente cumplido. Simplemente con abrir las puertas de las pistas, y quizás añadir un fuente de agua y sombra cerca, y hacer promoción de estos espacios para el libre uso y disfrute de la población.

Ya los antiguos griegos, como en tantas cosas, muchas de ellas grabadas a fuego y mármol en nuestra idiosincrasia, defendían el ideal de la práctica deportiva como parte fundamental de una educación que formará a los jóvenes para que pudieran conseguir una vida lo más plena posible.

En un muy recomendable libro de Henri Irénéé Marrou de 1948, titulado Historia de la educación, en su capítulo IV, La Antigua educación ateniense, muestra como el planteamiento educativo ateniense se convierte en un modelo para el resto de polis de la Grecia clásica, y como “la práctica de la hoplomaquia (el antecesor directo de la esgrima clásica de invención hispana en el siglo XVII), el atletismo y la gimnasia eran baluartes educativos, principios ineludibles en la labor de una sociedad para educar a sus jóvenes, tanto desde el punto de vista de la salud y el bienestar como en la transmisión de valores cívicos, sociales y democráticos” (pág. 69). De esta manera “el pueblo ha conquistado, por una extensión gradual, no solamente los privilegios, los derechos y los poderes políticos, sino también el acceso a este tipo de vida, de cultura, a este ideal humano hasta entonces de disfrute exclusivo de la aristocracia” (pág. 71). Como manifestaba Platón “la gimnasia para el cuerpo y la música para el alma” (pág. 73). Estos valores se mantuvieron hasta la proliferación de las teorías educativas sofistas en torno a mediados del siglo V a. C., para recuperarse una vez, comprobados los nefastos resultados que el elitismo sofista provocó en la salud democrática de la sociedad ateniense (pág. 97).

Por todo ello es importante favorecer la práctica deportiva, de todas las disciplinas posibles, sin limitaciones de ningún tipo, y mucho menos las económicas. Particularmente el fútbol que es el deporte más practicado, más seguido y al mismo, el más odiado. Sobretodo la parte hiper profesionalizada, arrodillada ante el capital y los intereses publicitarios. Los clubes han dejado de ser ingredientes en la identidad de los pueblos y barrios para convertirse en máquinas engrasadas de ganar dinero. Han prescindido conscientemente de su labor educativa, con el descaro de no renunciar a la remuneración vía subvención de esas funciones que ya han desestimado por no rentables. Han dejado y dejan a miles de niños y niñas sin poder jugar, junto a sus amigos y en su espacio más próximo. Se han perdido los valores, la comunidad y se han vaciado las gradas y el espectáculo no llega, ni de lejos, al nivel de antaño. El fútbol es aburrídisimo de ver. Y sin embargo, es un deporte, cuya práctica es divertida y garantiza un buen tono general y saludable para quien lo ejercita. Si te dejan, claro.

Cuando pasó el primer confinamiento recuperar la posibilidad de salir al aire libre era el tesoro que volvíamos a abrazar a nuestro pecho. Una verdadera necesidad, no valorada por el capitalismo, que tras la traumática experiencia del encierro por la pandemia, poníamos en la escala necesaria. En muchos lugares nos hemos encontrado con que se ha acelerado la apisonadora capitalista que desmonta los mecanismos asociativos que tenemos. Y el deporte no ha sido una excepción.

Es labor y frente común recuperar la práctica del deporte como un derecho cívico, como una necesidad ciudadana que garantiza la salud y el bienestar y favorece la profusión de unas relaciones sociales sanas en base a la vecindad, la cooperación y los intereses comunes.

Este valor y compromiso que he aprendido de muchos monitores y trabajadores del ámbito deportivo y educativo de Salamanca, es el propuesto por el alemán Horst Wein en su modelo de escuela deportiva cívica, y fue el motor que movía buena parte de mi acción política cuando fui concejal. Estas ideas con el deseo de promover una escuela deportiva municipal para Santa Marta de Tormes, abierta a todas las edades, sexos, niveles y contra más actividades deportivas mejor, están plasmadas en las actas de muchos de los plenos en los que participé, así como en la hemeroteca del boletín informativo que desde Izquierda Unida Santa Marta de Tormes, creábamos y repartíamos. Aquí dejo un pequeño extracto de un artículo en el que criticaba la forma de "promover deporte" del club de fútbol de la localidad:


En los últimos plenos de la pasada legislatura se convirtió en una costumbre la batería de preguntas y requerimientos por parte del Grupo Municipal de Izquierda Unida – Los Verdes sobre la situación del convenio firmado por el anterior equipo de gobierno y la Unión Deportiva Santa Marta (UDSM) . Entre las cuestiones planteadas y todavía a día de hoy, no resueltas, esta la relación de niños censados en el municipio que forman parten de los distintos equipos de base de la UDSM.

No es baladí esta información, toda vez que son constantes las quejas de padres y madres cuyos hijos son descartados por la gerencia técnica de la UDSM y cuyas plazas son ocupadas por niños y jóvenes que provienen de otras localidades. Se hace por lo tanto difícil pensar en la justificación de una subvención municipal por parte del Ayuntamiento a un club deportivo, que concibe el deporte de base ya como un deporte de competición en el que priman los resultados deportivos sobre la función social, educativa y de inclusión en hábitos saludables y amor al deporte, que son primordiales para una escuela deportiva.

Especialmente sangrante es el caso de los niños descartados en categoría benjamín, toda vez que la UDSM los captó como pre-benjamines (posiblemente optando a las subvenciones que la RFEF otorga a los clubes que trabajan estas edades). Prescindir de niños en torno a 7 años, porque no llegan a un rendimiento deportivo tiene un impacto sumamente negativo en la moral del niño, por no hablar del trastorno que puede ocasionar a los padres, vecinos de Santa Marta, que tienen entonces que organizar una agenda especial para que el niño pueda seguir practicando el fútbol.

La subvención municipal que recibe el club debido al convenio firmado es de 75.000€ (a la que habría que sumar el importe, unos 15.000 en gastos de mantenimiento e iluminación que también asume el ayuntamiento y el montante por publicidad o el uso del Alfonso San Casto por otros clubes y ligas de aficionados del que el club hace uso sin ni siquiera argumentar cantidades) bien vendría al resto de iniciativas deportivas de la ciudad que si funcionan como Escuelas Deportivas.

Si ya es lacerante que un club con el potencial de la UDSM no disponga y facilite equipos femeninos, más lo es si cabe, cuando se aprovecha así de los recursos públicos de todos, para el beneficio de un club privado que ni trata a los niños como mercancía despegándose del sentido educativo y de inserción social que implica el deporte.

Por eso desde Izquierda Unida – Los Verdes hacemos un llamamiento para que se den a conocer el número de niños censados en Santa Marta que juegan en la UDSM, además de invitar a todos a la reflexión para ofrecer un modelo de Escuelas Deportivas que mejoren nuestra sociedad a través de la práctica deportiva, la educación social y la mejora de la confianza de nuestros jóvenes, niños y niñas.

 

 


miércoles, 3 de noviembre de 2021

El recurrente botellón

 


Una de las señas que nos está dejando la “nueva normalidad” es el botellón. Macrofiestas y aglomeraciones tumultuosas de jóvenes -y no tan jóvenes- que organizan quedadas en espacios públicos en los que el alcohol es el aglutinante de un lienzo en el que se plasma diversión, ruido, coqueteos con otras sustancias, molestias, disturbios, violaciones y situaciones de riesgo.

La pandemía no ha terminado pero estamos inmersos en un contexto en el que nos han exigido convivir con el virus para no lastrar más las pérdidas del capital. El riesgo de contagio sigue siendo alto y pese al éxito de la vacunación y el abnegado trabajo de los servicios de salud, una transmisión vírica sin controlar puede ocasionar un tremendo trastorno que se lleve vidas por delante. No lo olvidemos.

Pero la relajación de las restricciones, el verano, las “no” fiestas y fenómenos similares que han venido adheridos a la excepcional situación que llevamos viviendo año y medio no han provocado un fenómeno nuevo y que no conozcamos. No. El botellón lleva mucho tiempo instalado en nuestras sociedades. En las mentes de adolescentes que ven como sus condiciones de vida y futuro se han ido lastrando en lo que va de siglo. Que no tienen alternativas de ocio salvo la de deambular por bares y discotecas abrazados a un vaso de tubo. Que se han acercado a la primera madurez habiendo pasado meses encerrados, perdiendo oportunidades. Y al mismo tiempo, recibiendo muy mala información sobre las consecuencias de la COVID y su supuesta levedad para con ellos.

Pero no quiero descargar de responsabilidad a la juventud. Si con lo que ha sucedido, con decenas de miles de fallecidos -seguro que algunos conocidos- no eres capaz de ver el peligro y muestras esta inmadurez, esta carencia de empatía y solidaridad tienes un problema. Porque si eres mayor para beber también debes de serlo para reconocer en que contexto estás y que tus acciones, aunque no lo parezcan, tienen consecuencias. Y algunas pueden ser irremediables.

Y no me vale eso tan manido, ese buen rollismo mediocre, paternalista y ex culpador, de "¿qué hacías tu de joven? Como si no hubieras bebido y hecho el gamberro". Por supuesto que lo hice, pero lo siento, si fue en una época más amable o mejor. No teníamos como sociedad y como juventud, el marrón que tenemos hoy en día para que el plan de finde sea cogerse una cogorza. De hecho ese nunca fue mi plan y el de mis amigos (no discuto que pudiera ser el de alguien incluso el de una mayoría). Por lo tanto, no comulgo con que esta vaya a ser la actitud y una plaga irremediable contra la que no vale rebelarse o luchar. Porque si algo, lo único, que he aprendido de aquellas noches, es de su inutilidad; de que no merece la pena. Pensaba (quizás el problema este ahí en esa ilusión) que las nuevas generaciones “las más preparadas de la historia” serían capaces de darse cuenta de esto, de huir, de auto-organizarse para no cometer los mismos errores y ser capaces así de dominar su destino y cambiar las cosas.

 

Yo he hecho botellones en mi vida. Al principio, recién inaugurada la mayoría de edad, nos íbamos a un parque aislado. Era el calentamiento a un concierto o a acudir a algún pub chulo de aquella Salamanca. Donde no molestásemos. Sin coche, sin ninguna luz salvo la de una triste farola. Noches de invierno cerca del río. Paseos a la gasolinera de la Avenida de la Paz a comprar el hielo y unas pastillas para la barbacoa para hacer un pequeño fuego en un bidón que encontramos. Un par de botellas para cinco o seis y ya calientes ir a algún bareto de Varillas previo paso de los contenedores de basura. Más tarde, conocimos a unas chicas universitarias que vivían en pisos de estudiantes. Lugar perfecto para hacer botellón calentitos. Bebíamos huyendo de la policía, de los vecinos, de los viandantes, de otros grupos de jóvenes bebiendo, de las aglomeraciones y de los precios abusivos y el garrafón.

Porque el botellòn no es un fenómeno nuevo. No es una consecuencia de la pandemia, ni siquiera del estado de las cosas en este país de empleo escaso y precario, vivienda inasumible y futuro oscuro. El botellón lleva prohibido por ley desde 2002. Ya entonces era un problema de orden social el que la gente libremente se reuniera en el espacio público y decidiera hacer lo que quisiera hacer sin pasar por los bares.

La ocupación del espacio público por parte de los jóvenes resulta un reto para unas administraciones que siguiendo un mantra liberal quieren comercializar, sacar hasta el último euro, de las calles. Me resulta curioso y escandaloso que mientras se ha deshumanizado la ciudad, llenándose de terrazas, los mismos que han permitido esto (y cobrado por ello), se escandalicen porque un sábado por la noche haya gente que se reúna a empinar el codo. Cuando no sólo no han provisto una alternativa de ocio, sino que además han animado a que la gente consuma.

Ahora se ha puesto en la picota el fenómeno del botellón para explicar puntuales aumento de contagios de la covid, como si sólo fueran los jóvenes que salen de noche los que pudieran transmitirla o como si haber lanzando llamamientos al turismo de borrachera para los extranjeros dejando excluidos a los locales, fuera inocuo.

Los medios y las policías locales han recogido el guante y crispado a la sociedad al tema con sus videos de móvil de disturbios y los recuentos de robos y altercados. Todo ello sin profundizar en las causas y mucho menos en valorar y avanzar posibles soluciones. Porque el objetivo no es ese. El objetivo es caldear un miedo colectivo que lleve a la sociedad a implorar medidas coercitivas, el reforzamiento de las estructuras policiales y la puesta en marcha de legislaciones aún más restrictivas en cuanto a derechos y libertades.

El principal problema es por qué el único catalizador social de la juventud es el alcohol. ¿Por qué los jóvenes no pueden reunirse y generar ocio desde si mismos a través de la cultura, el deporte o la activación política, laboral y estudiantil? ¿Por qué el consumo de alcohol, reglado en una barra de bar o a través de la compra en un 24horas, es la única alternativa que la juventud tiene? ¿Es acaso la válvula de escape a un futuro tenebroso donde la precariedad, la inestabilidad laboral, personal y afectiva y la indefinición continua les espera? ¿Por qué necesitamos el alcohol para relacionarnos?. Para conocer gente, especialmente del sexo opuesto. Lo necesitamos para follar y para tener pareja. Para divertirnos y reír las gracias a los amigos y allegados. Seguro también para olvidar la mierda de mundo que nos han dejado las generaciones previas. ¿Por qué hemos permitido que el alcohol sea la gasolina de todas las fiestas?. Religiosas o paganas. Patronales o universitarias. Personales o multitudinarias.

Lo único bueno que tiene el botellón es que, antes y después, discute el uso capitalista del espacio público. Y pone en la palestra los problemas comunicativos y de expectativa que tiene una juventud que no puede pagarse una entrada en una discoteca “para conocer gente”, y mucho menos la de un piso. Porque no sólo son derechos a una vida digna, un futuro optimista con garantías laborales y de bienestar gracias a unos servicios públicos. Es también el derecho a poder socializar al que se contrapone un miedo histórico a la masa social, heredado desde el siglo XIX cuando las clases altas veían con estrés y pánico la revolución que podía surgir de una confluencia masiva de gentes heterogéneas que comprendían allí que compartían los mismos problemas.

El fantasma de la aglomeración es también el de no pasar por caja. Y en un ciclo que se repite también lo hacen los argumentos en contra (disturbios, molestias, ruidos, basuras) de un botellón que con su simpleza cumple a la perfección en su mensaje de deshumanización. De convertirlo en un problema lo que sobretodo es la respuesta de un colectivo (la juventud) frente a la desposesión del espacio público y del ocio que se han convertido en réditos del capital.

Al final, el botellón aparece cíclicamente en nuestras vidas. Mejor dicho. Aparece en los medios cada cierto tiempo con una clara finalidad de instaurar un pánico social que haga aceptar más controles, mordazas y gastos extra en seguridad. Siempre hay quien hace de altavoz a esta patronal chusquera de la noche, lobby cutre y rapaz que se ha erigido en vanguardia de la empresa españistaní. Eso explica muchas cosas. Luego vienen los pobres vecinos que les toca aguantar las noches de insomnio y las mañanas de asombro por ver cómo ha quedado su parque y su barrio. Y por último, los lamentos y bravuconadas de polituchos que no han tenido problemas en echar a la calle a las gentes al grito de consumo y alcohol, y ahora se escandalizan cuando la propuesta les hace boomerang.

Y en lo que tampoco cambia es que el botellón es un coñazo irremediable. Y he vivido y bebido bastantes de ellos para saberlo perfectamente.

 

 

viernes, 15 de marzo de 2019

Emergencia Climática: Todos en vanguardia en lucha contra el cambio clmático





Doce días después de escribir esto hemos tenido la misma climatología, salvo un día de lluvia. Once días anticiclónicos, con variedades térmicas de más de 15º entre la noche y el día llegando a máximas por encima de los 20º. Prácticamente no llueve, menos nieva, y la situación empieza a trasladarse a los hospitales donde la gente ya está un mes antes en las consultas de alergología y atención primaria.
Los incendios forestales vuelven a asolar las resecas montañas asturianas y cántabras en pleno invierno. Mientras en Estados Unidos han sufrido una sucesión de borrascas alimentadas por frío artíco que ha desplomado las temperaturas a sus índices más bajos desde que hay registros. Los tifones e inundaciones se suceden por el sudeste asíatico y en Australia sufren las temperaturas más altas de la historia, superándose semana a semana.
Estas noticias del tiempo ponen negro sobre blanco y una vez más, la evidencia palmaria del cambio climático como proceso derivado del calentamiento global y el efecto invernadero provocados por el hombre y su actividad económica y productiva. Es el uso de hidrocarburos para alimentar el comercio global de transportes de personas y mercancías el principal causante del calentamiento global, con las decisiones políticas en clara línea para mantener su supremacía en el sistema económico que tampoco se discute en términos de sostenibilidad ambiental. Las ganancias de comisionistas, especuladores, lobbistas, sátrapas e inmorales de todo pelaje y condición están por encima del bienestar de las personas y del entorno en el que vivimos.
El uso y abuso de pesticidas y fertilizantes de procedencia química e industrial. Los procesos de deforestación para generar pastos, macro granjas y explotaciones mineras. El predominio de plástico como material de referencia en las relaciones humanas que acaba en los ecosistemas y hábitats, especialmente en el marino. Hábitos de consumo masificados e irracionales. Políticas nulas, entregadas a las empresas privadas, en materia de reciclaje y reutilización. Individualismo exacerbado. Desfilparro del agua dulce… todas ellas son hechos que también degradan el medio ambiente, terminando con incontables especies vegetales y animales en las últimas décadas y poniendo en grave peligro a otras muchas actualmente.
La ONU ha advertido de que la situación se está volviendo irreversible por momentos, que urge ya tomar medidas drásticas para tratar de revertirla y ha aportado datos tanto científicos como sociológicos del impacto que la contaminación provoca en nuestras vidas y en nuestro bienestar, cifrando en más de 800.000 muertes las producidas en España por la contaminación desde el año 1990. 9 millones cada año en todo el mundo.
Por eso, desde hace un tiempo está creciendo la indignación ante no sólo la falta de acción política y empeño en llevar a cabo la Agenda 2030 de la ONU de lucha contra el cambio climático (entre otros muchos temas que vendrían a mejorar la convivencia en nuestro mundo), sino también hacia los pasos atrás de negacionistas, imbéciles como Trump y especuladores con claros intereses económicos que reniegan del cambio climático, doblan apuesta por la quema de hidrocarburos en vez de marcar una agenda de energía verde y además lanzan multitud de mensajes para convencer a la población de que no existe tal emergencia.
En este blog ya he hablado en alguna que otra ocasión de la desazón que me produce ver a la juventud parada, ausente en las disputas y luchas que como clase trabajadora y como colectivo social debemos emprender para mejorar la situación y garantizar un futuro próspero donde la justicia social no sea sólo retórica. Huérfana de liderazgo tras el 15M y los movimientos Occupy del año 2011 hasta que una joven sueca de 16 años llamada Greta Thumberg ha levantado la voz para con aplomo, conciencia y coherencia llamar la atención sobre la problemática del cambio climático y la necesidad de como sociedad, exigir acción política y económica para revertirlo y paliar sus efectos.
El movimiento Fridays for future, nace con un único mandato político, exigir la actuación de las autoridades contra el cambio climático. Pero a su vez en estas semanas a su primera gran movilización global, éste viernes 15 de marzo, ya ha conseguido dos hitos que anticipan el que será su gran e inmediato éxito: Poner el tema medioambiental y la lucha contra el cambio climático en la agenda de los partidos, los medios y las administraciones políticas.
Esos dos hitos a los que me refería son dejar en evidencia a la derecha capitalista negacionista y también a las nuevas posiciones “verdes” dentro del capitalismo como ya han hecho los chalecos amarillos en Francia con Macron y su revisionismo liberal.
Científicos, sociedades y las propias administraciones están demostrando como la mayoría de las emisiones de gases de efecto invernadero (hasta un 63%) las hacen 90 multinacionales por todo el mundo, llegando en Europa hasta un 60% por sólo 5 de ellas. Así se hace incomprensible, además de inmoral, querer hacer que sean las clases trabajadoras a base de impuestos las que paguen la transición ecológica de los emporios empresariales y financieros que se benefician de actividades económicas, efectuadas sin ninguna responsabilidad medioambiental, ni ética.
Por eso es una gran noticia que la juventud se haya levantado con conciencia y sentido de pertenencia por la lucha contra el cambio climático. Esta toma de responsabilidad, éste empoderamiento, es vital para que todos juntos, nos sumemos sin distinciones de bandera a un gran movimiento que a través de la exigencia de políticas contra el cambio climático, conseguir mejorar y dar mayor empaque democrático y de justicia social a las sociedades en las que vivimos.
Con una plataforma como es Fridays for future se puede y se debe lanzar ideas como la nacionalización de la red de transportes, la exigencia de la transición hacia energías verdes, renovables, un mayor reparto equitativo de la tierra, mejorar hábitos de consumo con una educación que favorezca tanto el autoconsumo, como el consumo de cercanía. La reducción de los plásticos. La eliminación y persecución de las prácticas capitalistas de obsolescencia programada. Un urbanismo más racional. Perseguir el abuso del uso del coche privado cuando existen medios de transporte colectivos garantizados por la administración…
Son tantas las medidas y tan necesarias que es una emocionante y magnífica noticia que la juventud se haya erigido en vanguardia por su lucha. Ya vemos como el poder, la oligarquía, no va a hacer nada si no le ponemos en su sitio y se lo exigimos. De hecho, no tienen problemas en negar la palabra a una joven de 16 años en el Europarlamento como pasaba el otro día. Ningunean la convocatoria en sus medios de comunicación. Y siguen cuidándose de lanzar proclamas en clave negacionista o de que ya se están haciendo cosas en la materia.
Frente al conglomerado capitalista que se beneficia de un sistema económico desigual, irracional, hiper financiado y contaminante está la sociedad civil ya en marcha por su futuro y por la sostenibilidad y la salud del planeta. No podemos más que sumarnos y participar activamente, de una vez por todas y conseguir que la lucha contra el cambio climático se convierta en el principal problema que tenemos, porque si no lo paramos ya, millones de personas seguirán muriendo, el dolor y el sufrimiento también llegará a donde nunca había llegado, y el futuro que dejemos a las siguientes generaciones, no será tal porque nos habremos cargado nuestro hogar.

martes, 27 de junio de 2017

La elección de la industria del videojuego



 Escena, típica del modo online del Halo Reach
Como buena parte de los menores de 40 años (sobretodo si es hombre) una parte importante del tiempo libre o de ocio, y sin olvidar una buena cantidad de dinero, la he dedicado a los videojuegos. A jugar, en la consola y en el ordenador. Con juegos fundamentalmente de coches, simuladores deportivos (baloncesto sobretodo), algunas aventuras (saga Assassains Creed) y un par de "shooters" (Battlefield y sobretodo la saga Halo, destacando el spin off Halo Reach).

Durante mi infancia no pocos ratos pase en el recreativos del pueblo, perfeccionando trucos en el Street Fighter, cuando no ya asumiendo retos (hacerlo desde el segundo jugador, ganar la partida sin saltar, pasárselo con todos los personajes...). Compartí plataformas de aventuras con algún amigo y ya de ahí, con la consola en casa, pase a los futbolines.

En casa, mi vetusta Play Station dio rienda suelta a multitud de derbys con mi hermano, y alguna que otra, las menos, partidas colaborativas.

Pasados los años y sin llegar a ser nunca un viciado, entro en mi casa la Xbox360. Instalada más como centro de ocio que como consola dedicada exclusivamente a juegos, prefije durante un tiempo las tardes de los viernes para jugar con ella, más algún rato esporádico a la semana que siempre trataba que fuera más excepción que regla. Ahí es cuando avance y disfrute con el Halo Reach, que venía instalado en la consola. Aquí probé el juego online y pude comprobar, bien de modo colaborativo o en modo competición, me encontraba jugando con gente que me llegaba a sacar hasta un año y medio en horas de juego online. Esto lógicamente creaba frustraciones en mi, y hacia que al dejar de jugar me sintiera enfadado e incluso a veces humillado y estafado.
Durante todo este tiempo, un par de años, conseguí descargarme los juegos que ofrecía Microsoft junto a la suscripción online. Los fui probando todos con mayor o menor ánimo, encontrando, por otra parte de forma lógica, predilección por los juegos dedicados a público adulto.

En este punto fue donde la frustración se hizo más palpable y empezó a correr en mí la idea de que o bien era un negado para los videojuegos (mi hermano siempre fue mejor en los juegos de coches y yo por contra era mejor que él en los simuladores deportivos) o que se estaban ofreciendo videojuegos para un perfil muy concreto: El jugador "viciado", el que puede o al menos lo hace, dedicar muchas y continuadas en el tiempo, horas de partidas y partidas, sobretodo en el modo online.

Mientras iba probando juegos que me desesperaban ya en su versión historia porque me era realmente imposible avanzar, contra más entrar en batallas con jugadores a través de la red, comprobé que no era una cuestión de un título concreto, una saga específica, o los juegos de un productor o distribuidor identificado. No, se trata de una tendencia general del sector.



Esa tendencia es ofrecer juegos, con una gran historia, unos gráficos potentes, y sobretodo, un modo online rico, intenso y sugerente para atrapar a los grandes jugadores. A aquellos -y aquellas que van entrando poco a poco en un mundo hiper masculinizado- que consumen grandes cantidades de su tiempo y su dinero en jugar a videojuegos y en participar de manera activa en las comunidades online que se van creando.

Y para ello no han tenido ningún reparo en dejar de lado a los y las jugadores casuales, que no pueden o no quieren estar muchas horas seguidas jugando, o que quizás conectan el mando una vez cada dos semanas.

Es una elección capitalista, corporativa, del sector priorizando sus recursos productivos, sus desarrollos, en lo citado anteriormente y olvidando conceptos que en los albores de la industria y sobretodo, no hace tanto tiempo (5 o 6 años) eran muy importantes: La accesibilidad y la jugabilidad. Tendencia que ha venido con la mejora de las conexiones de Internet doméstico.

Que un juego que adquieres (compra, descarga legal o ilegal) y pruebas, no tenga niveles en los que ajustar al jugador novato es un grave problema para que éste se sienta cómodo en la historia y tenga así el ánimo para jugar y avanzar en ella, independientemente del tipo o género del juego. Con esto lo que se consigue es el avance a base de perseverancia, de horas dedicadas (en las que lógicamente no se hace otra cosa) a jugar y sacar los objetivos a base de empecinamiento.

Pero es que incluso, juegos que ofrecen la clasificación de perfiles por niveles, les dan tales saltos de accesibilidad que los hacen ridículos. Por ejemplo, las últimas entregas del NBA2K como la de 2016 que ha llegado recientemente a mis manos: De nivel fácil, en el que no fallas ni un sólo tiro, al siguiente nivel en el que tras 10 intentos me ha sido imposible, con los Warriors quedar a menos de 10 puntos de los Bobcats...



Y para rematar todo esto aparecen los E-Sports como un ejemplo más de querer presentar u ofrecer el consumo de videojuegos, esta industria en principio cultural, como un opio nuevo, para que la gente no se preocupe de lo realmente importante, y adquiera una suerte de ilusiones de convertirse en profesional de esto. De entrar en una élite que se gana la vida, y muy bien como ya muestran algunas publicaciones y televisiones, pero que al final, lo único que va a suponer para la gran mayoría de quienes juegan, es la inversión tanto en dinero como en tiempo en los videojuegos (además, de por supuesto miles de horas de diversión).

Éste coste de oportunidad implica no hacer otras cosas, como pueda ser estudiar, trabajar para la comunidad o activarse para cambiar éste mundo. Y sin embargo, será aprovechado por los de siempre para enriquecerse una vez más.



Desde luego, considero que quedarse en la inocencia de la decisión productiva, capitalista, de los estudios de creación de videojuegos en preocuparse más en los "grandes jugadores", que en los casuales o eventuales, es un error. Existe una intencionalidad, más allá de la clara económica de ganar más dinero a costa de los jugadores "viciados" que más consumen tanto en horas, como dispositivos, juegos, acceso a Internet, e incluso merchandising asociado a las grandes sagas de videojuegos.

Pero no voy a entrar más en lo dicho hasta ahora, aunque quiero que quede claro, que considero a la industria de los videojuegos como alineadora de la población, particularmente de la juventud, a la que invoca en un estilo de vida donde prima el individualismo, su exhibición a través de las redes sociales, y el anclaje del personal en la rueda consumista que necesita como motor el capitalismo.



Me quedo únicamente, en que como aficionado casual no tengo hueco en la oferta que las empresas de videojuegos disponen hoy en día. La demanda, que jugadores como yo, creamos se queda desatendida y hace que dejemos de consumir videojuegos, y dediquemos el tiempo y el dinero, entendidos como coste de oportunidad, a otras opciones.
Y tan tranquilo.

martes, 9 de abril de 2013

Monsters of Rock 91 en Moscow. La puntilla cultural a la URSS

 


Uno de los primeros videoclips que recuerdo es el de la grabación en directo de Metallica del Enter Sandman. Aunque el video original había aparecido justo en la promoción del disco que lo contiene, el icónico The Black Album en 1991, apenas un año después se había lanzado la edición que comento. Una grabación en vivo, de inicio de concierto, que incluía imágenes en tonos sepia y con un fuerte granulado del público expectante, helicópteros sobrevolando la platea, como se incendiaban los asistentes ante la descarga que llegaba. Banderas al aire de Estados Unidos (alguna confederada), brazos al aire y cascos militares. Sonaba de fondo la ya habitual intro de Metallica en sus conciertos, el The Ecstacy of Gold (“L'Estasi Dell'oro”) firmada por Ennio Morricone, parte de la banda sonora de El Bueno, el Feo y el Malo. Y de repente la batería de Lars Ullrich marca el compás para el inicio de Enter Sandman llevando al público a la locura, con el asalto de los integrantes de la banda al escenario. Y lo más fuerte de todo es que esa grabación era del concierto que el año antes, en 1991, Metallica había dado en Moscú, en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

El plano desde detrás de la batería que muestra el headbanger de Newsted y Hetfield en primer plano, y la descomunal marea humana hasta el infinito que salta, vibra, acompaña y comparte el momento es para mi una de las imágenes más icónicas de la Historia de la música, pero también de la Guerra Fría y de la cultura popular.

El 28 de septiembre de 1991, a ya menos de 3 meses de la disolución de la URSS (el 28 de diciembre de aquel año), la música, el Heavy Metal se hizo enorme en el aeródromo Túshino (en ruso: Аэродром Тушино), a las afueras de Moscú donde ni el ejército, ni la KGB, ni el propio PCUS pudieron controlar una marea humana de más de un millón de personas (hay quien los cuenta hasta los 3 millones) que saltaron las barreras de seguridad, los accesos, los caminos y los campos para presenciar la descarga de rock, de música y expresión cultural occidental de Metallica, AC DC y Pantera.

Fue un auténtico fenómeno cultural y generacional. Una catarsis de libertad y contestación al férreo control cultural y mental de la URSS. Cientos de miles de jóvenes nacidos y educados bajo un sistema social-comunista habían viajado y acudido decididamente a disfrutar de la música occidental. Qué este terremoto cultural y catártico sucediera en los últimos compases del viejo sistema bolchevique que se encontraba en disputa por la hegemonía contra el modelo liberal-democrático y capitalista, cuya música popular, era una lanza de penetración y conquista, fue quizás la derrota, simbólica, decisiva y definitiva.

El desmantelamiento del sistema de bloques bipolar salido tras la Segunda Guerra Mundial había vivido ya un episodio trascendental en el camino al sistema hegemónico y unipolar estadounidense. La caída del Muro de Berlín en octubre de 1989 y posterior reunificación de Alemania había debilitado la naturaleza de los pactos y sometimientos dentro del bloque del Este hacia la URSS. Dentro de la propia Unión cada vez eran mayores las fuerzas que discutían la propia naturaleza política y socio-económica del estado. Había ansías y proclamas civiles por mayor libertad y bienestar. Acabar con los férreos controles del aparato del estado sobre la dignidad y el porvenir de las gentes. Crecían los llamamientos de carácter nacionalista e identitario dentro de la unión de repúblicas eslavas. Y también aparecía una disputa intergeneracional, con estos jóvenes precisamente, ya nacidos bajo el comunismo y un sistema muy deteriorado que veía frenada cualquier innovación y discusión (a veces tildándola de “occidentalista”, “anti-comunista” o “anti-patriótica”).

Las reformas y medidas por mayor apertura política y económica promovidas por Gorbachov (Perestroika y Glasnot), tras décadas de un anquilosamiento social que había impedido de facto la modernización del país y del propio sistema, trataban en general, de dar aire a la población y al propio régimen. El pueblo soviético (ya fuera ruso o de cualquiera de las otras nacionalidades) buscaba aire fresco. Nuevas aperturas que motivasen la vida cotidiana y las expectativas de futuro, frente al estancamiento y la opresión del sistema vigente, inamovible y tiránico.

Dentro de esta tendencia aperturista entraba la disputa cultural donde en la URSS, y desde principios de los 80, habían penetrado con fuerza tanto la música rock y el Heavy Metal. Si bien esta expresión, esta música, eran visto desde las autoridades y el politburó como muestras de la degeneración y la decadencia occidental, con sus jóvenes entregados al vicio y el ruido, la realidad es que las escasas grabaciones que llegaban al Este eran esperadas con avidez por las jóvenes generaciones soviéticas. Se compartían en mercados informales y clandestinos los cassettes y grabaciones de los grupos británicos y americanos, pero sobretodo los jóvenes soviéticos sentían especial preferencia por ACDC, y también por las bandas alemanas de power metal como Helloween o Scorpions.

Ya un par de años antes y dentro de las giras de música y rock por la paz, contra el Apartheid en Sudáfrica o de lucha y concienciación contra el Sida, artistas, intérpretes y música occidental había entrado en la URSS y en otros países del bloques del Este como Hungría, la Alemania Democrática o Checoslovaquia. Conciertos que habían sido multitudinarios como el celebrado en Budapest en mayo del 87, el de Praga un mes después, o los celebrados en Moscú en 1988 y 89.

Por eso el siguiente paso era llevar una gira mundial como era el festival Monsters of Rock, a Moscú. Pero no todo estaba previsto y ni siquiera a inicios del verano de 1991 había fecha establecida.

Justo un mes antes de la celebración del concierto hubo un intento de golpe de estado promovido por sectores conservadores del PCUS y del ejército soviético que consideraban que las reformas de la Perestroika eran ineficientes y además habían ido muy lejos. En realidad, no querían perder el poder en el Comité central, donde el propio Gorbachov, como secretario del PCUS trataba de dinamizar la asamblea y la propia duma, introduciendo nuevas personas e ideas. El golpe fracasó, en buena parte por la actitud de la población más joven. Tanto estudiantes, en especial las mujeres, como familias con hijos pequeños se manifestaron y opusieron a un golpe que trataba de revertir reformas y aperturas. De hecho, tal contratiempo e inestabilidad política y social no impidió la celebración del festival, sino que fue el catalizador para llevarlo a cabo. La intención del régimen fue “agradecer” a la juventud su apoyo con la promoción de eventos de este tipo, que escapaban a la cultura tradicional de la URSS. Y por el otro de la audacia de los promotores que vieron la forma ideal de entrar en la URSS. De ahí que el concierto se celebrase, organizándose en dos semanas, y además, hacerlo de asistencia gratuita.

En esas dos semanas frenéticas, durante la preparación del evento, se pueden imaginar las tensiones y negociaciones con la burocracia del estado. Tanto políticos, militares y fuerzas del orden, así como responsables de cultura que querían asegurar que el concierto no era una manera de introducir el capitalismo y la democracia liberal en la Unión Soviética. Bueno en realidad lo era, pero parece más un efecto secundario, del objetivo principal de las bandas que se puede decir era tocar y pasarlo bien.

El ideólogo fue el promotor estadounidense Dog Mcgee, quien ya había trabajado con las autoridades soviéticas en la organización de los conciertos del 86 y 89. Y ya había tenido problemas con ellas por la entrada de drogas o los problemas legales de bandas que participaron en aquellas ocasiones como Motley Crue u Ozzy Osbourne. Sin embargo, para esta ocasión amparándose en el aperturismo del régimen de Gorbachov quisieron organizar un nuevo concierto con música rock y heavy, más allá con el Trash, que era la última moda que venía desde Estados Unidos.

Se trataba pues, de una manera perfecta de mostrar al mundo que la URSS ya no eran una sociedad cerrada, que estaba abierta a cambios e influencias exteriores y a la expresión de la juventud desde dentro de sus fronteras. A cambio, quienes estaban detrás como la Warner o MTV podían acceder a un potencial mercado de casi 200 millones de personas.

La logística de la organización del Monsters of Rock era bestial. Esperaban un audiencia en torno al medio millón de personas, por lo que desecharon la idea de un recinto cerrado (aunque fuera al aire libre) como el parque Gorki, o el estadio Luzniki (el de los Juegos Olímpicos del 80). Pensaron que el aeródromo Túshino al Norte de la ciudad, a unos 8 kilómetros de la Plaza Roja podía ser el lugar perfecto porque a las pistas y terminal le rodeaban campos y colinas. La marabunta humana desbordó las previsiones más optimistas, y ya varios días antes había más de 100.000 personas acampadas frente al escenario, mientras que los trenes se llenaban desde las ciudades más alejadas de jóvenes aficionados a la música.

Todos ellos compartiendo el espacio con el propio ejército soviético quien se puso manos a la obra para montar el escenario y la campa. Por supuesto, la seguridad y el control de lo que allí iba a ocurrir era el objetivo primordial de su participación, pero al final la intensidad del evento desbordó sus propias previsiones. Se habla que había un equipo de seguridad que entre policías y militares de hasta 10.000 miembros. Pero hasta los soldados se dejaron llevar por el frenesí y las enormes gorras de plato de los cadetes de infantería aparecían volando una y otra vez entre el público.

Junto a Metallica, AC DC, Pantera y Black Crowes, todos ellos grupos que habían estado prohibidos en la URSS, estaba el grupo local EST que tuvieron el inmenso honor de representar a la Unión Soviética en el evento, y por supuesto, compartir el cartel con semejantes bandazas.

Abrieron la tarde Pantera que giraba con el Cowboys from Hell y llevaron a la locura al 1 millón de personas que seguro allí ya se congregaba. Continuaron The Black Crowes y después la banda local. Para ese momento, ya debían de haberse cruzado llamadas y comunicaciones de radio entre los mandos de los destacamentos que controlaban la seguridad y el acceso al recinto del concierto y las autoridades políticas y militares. Parecía imposible que se pudiera controlar esa ingente marea humana, pero también debieron valorar que intervenir y prohibirlo, podría ocasionar una revuelta de mucho mayor calado y más devastadora, tanto para las personas como para el propio régimen.

 


 

Después entró Metallica, con el Enter Sandman, y con cientos de miles de soviéticos viviendo un concierto multitudinario por primera vez. Los videos que hay por Internet son una locura. Militares pertrechados con fusiles de asalto y cascos de guerra. Helicópteros militares. Jóvenes soldado con uniformes de paseo. Chicos, y también alguna mujer se ve, con pelo largo y camisetas de Metallica y AC DC sabiéndose y coreando cada canción que habían estado censuradas hasta hacía nada. Sólo faltaba el capitán Marko Remius “amenazando” soltar la bomba nuclear mientras sonaba “su decadente rock and roll”.

Todo fue genial. La música fue vibrante. El público disfrutó como nunca. Los promotores y bandas seguro que también. Y el régimen pudo mostrar al mundo que su apertura era real y que estaban cambiando las cosas para que nada cambiase.

Y sin embargo, 88 días después, la Unión Soviética se disolvió oficialmente.

 

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