Prise de la Bastille (1789), de Jean-Pierre Houël
La
Revolución Francesa es el acontecimiento que originó el mundo
tal y como lo conocemos, en buena parte, hoy. En 1789 lo que
aconteció en la Francia absolutista de la dinastía borbónica de
Luis XVI fue el final de la Edad Moderna y el inicio de la Edad
Contemporánea. Se sentaron las bases de la democracia moderna
como sistema político de representación común, bajo el principio
de la soberanía popular. Fue el resultado de un siglo de profundos
avances ideológicos y filosóficos, el Siglo de las Luces,
donde pensadores como Voltaire, Rousseau o Montesquieu pusieron
en cuestión los modelos sociales y políticos vigentes basados en el
absolutismo como sistema político y el feudalismo como base
económica, ya en abierta confrontación con un capitalismo cada vez
más pujante.
Estos
pensadores franceses bebieron de las fuentes inglesas en las
reflexiones de Hobbes y Locke que un siglo antes, entre 1642 y 1688
durante la Revolución Inglesa, cambiaron la naturaleza de la
monarquía británica hacia un régimen más liberal y garantista.
También fue considerable la
influencia que la
Revolución Americana con
la Independencia de las Trece colonias que acabaron configurando los
Estados Unidos de América, que
marcó profundamente a Francia, haciendo propios los valores
del liberalismo, la separación de poderes y los conceptos de
soberanía y propiedad.
Durante
el período revolucionario se vivieron distintas fases en los que la
organización política de
Francia cambió
radicalmente y de forma pendular. Del absolutismo real se pasó a la
República, con períodos excepcionales como los de la Asamblea
Nacional y Constituyente, la época del Terror,
el directorio, la dictadura y el Imperio bajo mandato de Napoleón
Bonaparte, para al final, a mediados del siglo XIX, sin
cerrar totalmente el proceso revolucionario,
adquirir un estatus de monarquía constitucional. En oposición,
encontró la beligerancia de las potencias europeas temerosas por un
lado de que la Revolución se contagiará entre sus súbditos, y por
el otro, que el empuje militar y económico que estaba adquiriendo
Francia cambiara el vulnerable tablero hegemónico europeo.
Entre
las consecuencias sociales y económicas destaca
la emancipación de la burguesía
como sujeto político de pleno derecho, y con cuya capacidad
económica, lo convertirá progresivamente en dominante.
A nivel filosófico y cultural la
Revolución Francesa de
1789 dejó un marchamo
indeleble en los valores humanos (entendidos como los del hombre
adulto, blanco y propietario) y supuso la puesta en práctica de los
principios republicanos, entre los que se incluía la participación
política y la activación revolucionaria si las condiciones injustas
de la sociedad y de la coyuntura así lo exigen.
En
palabras del gran historiador Eric Hobsbawn, la Revolución
Francesa marcó el inicio del “largo siglo XIX”
(hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914) un período
de 125 años en los que los mapas a nivel mundial se reconfiguraron.
Fue la época de las
Revoluciones. De los
paradigmáticos cambios en multitud de campos que condicionaron el
mundo hasta nuestros días a todos los niveles: político, económico,
social, cultural, tecnológico, etc.
Antecedentes:
Crisis del Antiguo Régimen
A
partir de la segunda mitad del siglo XVIII comienzan a producirse
cambios en oposición al modelo del Antiguo Régimen. Éste
correspondía al estatus
político propio del
absolutismo monárquico
basado en una centralización del poder hacia una única persona, el
Rey, cuyo poder viene directamente del mismísimo Dios. Hacía abajo
en forma piramidal se distribuye el poder entre el clero y
fundamentalmente
la nobleza, que por un lado se oponía a la cada vez mayor
centralización del estado en el palacio real y por otra, defendía
su estatus oponiéndose a la implantación de parlamentos o asambleas
locales o regionales. En esencia, el Rey era dueño de los estados
que gobernaba, pero limitado por un tenue sistema de contrapesos por
la nobleza y el clero. Pero los tres estamentos mantenían un estatus
quo de hegemonía sobre el
Tercer Estado, el estamento popular y productivo de campesinos,
jornaleros, artesanos, comerciantes, etc.
En
las primeras décadas del siglo XVIII los crecientes costos de la
corona y el estado absolutista van haciendo a los monarcas cada vez
más dependientes económicamente de esas clases productoras,
especialmente de la burguesía, que acceden al cuerpo de la nobleza a
través de la compra de títulos, pero se seguirán sintiendo
rechazados y sin el peso político que les corresponde y
al que aspiran.
Al
mismo tiempo y salidos desde la nobleza, varios pensadores
denunciarán este estado de las cosas y plantearán alternativas
hacía un sistema más representativo y justo. Filósofos como
Montesquieu propondrá las doctrinas constitucionales y el principio
de separación de poderes. Voltaire
a través de su Diccionario
comentará
los principios de libertad y justicia y
criticara
a la sociedad estamental calificando a nobleza y clero como
parásitos. Por su parte,
Rousseau plasmó en El
Contrato social los
principios de la soberanía depositada en el pueblo cuya expresión
será el gobierno ideal del Estado Republicano. Y
los planteamientos contra la monarquía borbónica y a favor de la
expropiación de los bienes del clero de Tayllerand. También
destacaron los enciclopedistas
Diderot y Dalamabert, y la influencia de los pensadores ingleses que
articularon las ideas que llevaron a la Revolución
Inglesa de 1688.
En
aquella Revolución la figura del Rey perdió poderes en favor de un
parlamento que pasó a controlar y decidir sobre la economía, tanto
fiscal como presupuestaria, y la política exterior, en especial, los
intereses de guerra e intercambios comerciales. Sin ser un sistema
liberal o democrático facilitará mayor dosis de estabilidad y
participación a la burguesía que podrá presentar al sistema
bicameral a través del partido liberal en confrontación con uno
conservador donde se alojarán predominantemente la nobleza (alta y
baja).
La
economía en Francia durante este período era
de subsistencia y basada en una agricultura arcaica y de escasos
rendimientos. La tierra estaba
mal repartida, con un entre 80 y 90% del total de la población trabajan las propiedades (más de un 75% de la extensión del país) de un
8% de la población pertenecientes a la nobleza y el clero en régimen
señorial. Este ecosistema económico provocará hambrunas, subidas
de precios, escasez, epidemias y en definitiva, unas mortalidades
altas, en las ciudades, y sobretodo en el campo, que será uno de los
factores que empujará a un notable éxodo rural de población que
abandonará el mundo rural y se instalará en las ciudades.
París antes de la revolución: Place Maubert, grabado de Étienne Jeaurat, 1753 (Rijksmuseum, Amsterdam).
Antes
de este éxodo se habrá producido una Revolución agrícola,
sobretodo en las provincias unidas holandesas y en Inglaterra, que poco a poco irá penetrando en Francia. Se
mejorará la producción a partir de innovaciones técnicas en
cultivos, que llevará a una liberalización de mano de obra en el
campo que primeramente completará su manutención a través de
trabajos artesanales (en especial los elaborados por mujeres). Con el
tiempo y la re-inversión de excedentes en las producciones más
personal dejará las explotaciones, y ante los episodios de malas
cosechas y conflictos, emigrarán a las ciudades donde pasarán a
formar parte de las manufacturas industriales, ya trasladadas del
campo a la ciudad, donde entrarán en conflicto con las asociaciones
gremiales artesanales pre-industriales. Esta situación que hará que
crezca la demanda de productos industriales facilitará que aparezcan
ricos empresarios y comerciantes que pasarán a dominar los gremios,
imponiendo sus condiciones y el precio final de los productos, a
través de una innovación económica del momento: la Ley de la
oferta y la demanda.
Además,
su posición se verá beneficiada por los rápidos incrementos que el
comercio internacional con las colonias traerá. Si el comercio
interno estaba
muy limitado por la dificultad de transitar por caminos descuidados,
llenos de asaltantes, con sistemas de pesos y medidas divergentes,
aduanas y medidas proteccionistas, el comercio marítimo
no tendrá limitaciones y el intercambio de productos agrícolas
baratos producidos en las plantaciones esclavistas, serán
transformados en los talleres pre-industriales y ya industriales de
las ciudades europeas, para viajar de nuevo a las colonias como
productos acabados donde serán consumidos por las nuevas clases
medias de las ciudades, tanto en América como en Europa.
Esto
generó dos realidades sociales nuevas dentro de la sociedad del
Antiguo Régimen: Por un lado, una clase alta económica, formada por
comerciantes y empresarios, por todo el personal que necesitaban
cerca (abogados, funcionarios, etc.) y por otras profesiones
liberales (médicos, maestros). Y por el otro, una clase baja
desposeída, muy numerosa y explotada tanto en el campo por los
antiguos señores, y los que han marchado, en las ciudades por los
nuevos empresarios. A ellos se sumaba la nobleza y el clero que cada
vez tenían más problemas para cobrar los señoríos.
Este
estado chocaba con la sociedad estamental. Nobleza y clero
correspondían a un 8% de la población. Eran muy ricos y estaban
privilegiados políticamente (no pagaban impuestos, exenciones
judiciales, etc.). El pueblo era el resto de la población, la parte
mayoritaria. Pocos derechos y muchos deberes,
empezando por llevar la carga
fiscal de la corona. De este
tercer estado surge la
burguesía, a distintas escalas, que compra títulos para ascender al
grupo privilegiado, pero aún así es rechazada.
En conjunto se compone una sociedad marcada por la desigualdad
económica y política.
Esta
situación es analizada por La Ilustración.
La razón discurre sobre todo. Sobre la religión (“dios
no existe”, ateísmo o “dios
existe pero se desentiende por lo que no es merecedor de culto”,
deísmo). Considera al hombre como el único ser dotado de razón y
cuyo deber es la búsqueda de la felicidad, que a de hacerse a través
de la buena educación, el trabajo, la riqueza y un progreso
indefinido. Esto choca con
la sociedad estamental de grupos cerrados por
lo que los
ilustrados plantearán su desaparición por una
sociedad de clases, donde cada uno busque personalmente su honor y su
felicidad, y donde la libertad y la igualdad se rijan bajo un régimen
de propiedad. Ante ello la solución política es acabar con el
despotismo ilustrado.
Desarrollo
Histórico de la Revolución
Francesa de 1789
En
Francia gobierna Luis XVI
en el trono desde 1774, monarca
absolutista pero de carácter débil, manejado por sus validos, y en
especial, por su esposa, la “austriaca” María Antonieta que no
es querida por el pueblo y a la que ven confabulando desde palacio en
favor del Imperio Austro-húngaro. Mientras las fiestas en palacio
son carísimas y frecuentes, comentadas por París y toda Francia, el
país se enfrenta a una notable
crisis económica debida
por un lado a varias crisis
agrícolas motivadas por
años de sequías e inundaciones terribles en 1788; y por el otro,
por la errática política internacional de la corona con derrotas
militares y diplomáticas en aventuras con escaso retorno.
Además,
Luis XVI tiene que conjugar otros problemas como
la difusión de las ideas ilustradas
(Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Tayllerand,
etc.,) y las peticiones para
una separación de poderes, mayor libertad e igualdad, seguridad y
felicidad. Existe un cuestionamiento del modelo social estamental, de
los privilegios de la corona y de la nobleza y el clero. Los
problemas económicos también afectan a la burguesía recién
constituida, que se había hecho rica durante la prosperidad entre
1730 y 1770, pero que ni había
obtenido acceso al poder político y decisorio, seguía
asumiendo el grueso de la
carga fiscal y tenía
tremendas dificultades por las malas cosechas, el encarecimiento de
los productos, tanto de materias primas, como manipuladas, y de una
crisis económica generalizada, que provocaba
que pasasen
hambre tanto los campesinos como los propios nobles y el bajo clero
rural.
Se
suma el escaso retorno de los préstamos que Francia dio a las
colonias americanas en su lucha por la independencia para derrotar a
Inglaterra, el gran enemigo en Europa de la corona. A cambio no puede
exportar a las colonias porque se encuentran en situación de guerra,
con lo que los gastos han subido, y los ingresos bajado. Acontece una
crisis ganadera con varias pestes en el ganado ovino. Aumentan los
precios del trigo y el resto de cereales debido a varias sequías, lo que afecta directamente a
las clases populares, al Tercer Estado (Lefebvre 1960: 24).
Todo
esto provoca un creciente
y profundo malestar social,
dentro de un modelo estamental rígido, de privilegiados y no
privilegiados, donde en medio se situá una burguesía rica, pero sin
acceso al poder. Es más, es
constantemente marginada y rechazada por la nobleza y el clero,
también descontentos porque están bajando sus réditos y señoríos
por la carestía del pueblo, que directamente pasa hambre.
A
nivel político, el Rey absolutista por encima de los Estados
Generales. Toma decisiones que
profundizan las divisiones sociales como la venta de títulos y
cargos públicos a la burguesía en detrimento de los nobles, al
tiempo que exige más tributos a esa burguesía, la única en
condiciones de pagar por las excepciones fiscales de la nobleza y el
clero y las carestías del pueblo llano.
Esta
situación lleva al planteamiento de una Reforma fiscal que
repartiera las cargas impositivas y aumentará los recursos de la
corona. El ministro Necken es el encargado de plantearla y emplearla:
Cada uno pagará o aportará según su riqueza y no de acuerdo a los
estamentos. Esto provoca el rechazo de los nobles que convocan una
Asamblea de Notables negándose a cualquier reforma que implicase la
pérdida de sus privilegios, exigiendo el cese de Necken y la
convocatoria al Rey de los Estados
Generales. En ellos se
reúnen representantes de la nobleza, el clero y el estado llano, por
lo que se habilitan un proceso de elección entre los distintos
estamentos, así como unos “cahiers des doléances”
(cuadernos
de quejas)
donde cada grupo recogerá sus propias reivindicaciones (Price
2016: 119).
Caricatura de 1789 que denuncia la opresión que padece el Tercer Estado por parte de los dos órdenes privilegiados, clero y nobleza. La piedra
que aplasta al Tercer Estado y sobre la que están de pie el clero y la
nobleza lleva la inscripción: «Taille, impôts et corvées» ('tallas, impuestos y corveas').
El pie de la imagen dice: «Le Temps passé les plus utiles étoient
foulés aux pieds» ('En el pasado, las cosas más útiles eran
pisoteadas') (fuente: Wikipedia Commons).
En
esencia en mayo de 1789, cuando se reunieron los Estados Generales,
no se pensaba en una “revolución” como ruptura política radical
con el pasado, ni nadie había previsto la serie de acontecimientos
que llevarían a julio de 1789, cuando con la entrada masiva en
escena de las sublevaciones urbanas y rurales -de carácter
fundamentalmente económico y social en un principio- transformaron
totalmente el panorama político y el carácter del conflicto entre
la nobleza y el Tercer Estado (Castells, Tafalla 2011: p. 27).
Los
Estados Generales son por lo tanto, convocados por el Rey por primera
vez desde 1614. Ante la asamblea el Tercer Estado presenta numerosos
participantes con la voluntad de plantear en primer lugar la decisión
sobre si se vota por estamentos, es decir, cada grupo un voto, o por
individuos. Evidentemente esto provoca el enfrentamiento entre la
nobleza, el clero y el Rey frente al Estado llano, que es apoyado por
una figura clave en todo el proceso revolucionario: el ábate Sieyès.
Sieyès clama a través de su
panfleto “¿Qué es el Tercer Estado?”
que “el pueblo
tiene que participar porque es la mayoría de Francia”
(Price 2016: 121).
«Nada
puede funcionar fuera del Tercer Estado; todo iría infinitamente
mejor si no existiesen los demás órdenes», y «¿qué es lo que ha
sido hasta ahora en el terreno político?», se preguntaba: «nada,
pero su demanda es ser alguien».
Aparentemente,
el Rey se muestra a favor y en desacuerdo con los grupos
privilegiados, pero en realidad maniobra para que nada cambie. Cesa
a Necken lo que provocó el hastío del Tercer Estado (Lefebvre 1960: 38).
Esto
lleva a una situación de bloqueo que se saldó con el abandono del
Tercer Estado de los Estados
Generales. Los oradores del
Tercer Estado como Desmoulins o Dantón llamaban a la acción y a la
resistencia. En ese momento
los representantes del pueblo se convierten en Asamblea Nacional,
como depositarios de la soberanía y jurarán
no separarse hasta dar a Francia una Constitución
(Juramento del Juego de pelota, del 20 de junio de 1789).
El Juramento del Juego de Pelota ("Le Serment du Jeu de paume") de Jean-Louis David (fuente: Wikipedia Commons).
La
Nobleza, el clero y el Rey no
aceptan la situación y se confabulan para el decreto real que saca
las tropas a la calle, lo que lleva a enfrentamientos entre el
ejército y el pueblo llano. El
día 13 de julio París fue ganada por los insurrectos, mientras que
los soldados se negaban a seguir las órdenes de sus jefes. Esta
tensión crecerá hasta el momento culminante de la Toma
de la Bastilla, el 14 de
julio de 1789, desde entonces Fiesta
Nacional Francesa. La
Toma de la Bastilla se convertirá en el símbolo
de la Revolución, pero
en realidad, no tuvo ningún tipo de preparación revolucionaria y se
debió más bien a la
respuesta espontánea ante la
actitud del comandante del fuerte, el marqués de Launay, quien no
sólo se negaba el acceso a los revolucionarios que llegaban armados
desde las Tullerías, sino que además, ordenó la carga y el disparo
contra la
muchedumbre (Castells,
Tafalla 2011: p. 34).
La
Revolución se extiende
por París y después por toda Francia. Ayuntamientos por buena parte
de la nación declaran que solo reconocerán la autoridad de la
Asamblea Nacional y no la del Rey. Los campesinos dejan de pagar
derechos señoriales y se producen no pocos asaltos a castillos y
guarniciones nobiliarias. La
Asamblea Nacional, en ese
contexto, emite su primer decreto el
26 de agosto en el que aboga
por la igualdad de todos
los hombres en
la Declaración
de los derechos del Hombre y del ciudadano,
claramente inspirada en los escritos de Rousseau (Castells,
Tafalla 2011: p. 38).
Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano (fuente: Wikipedia Commons)
Esto
convierte a la Revolución en un acto legal, primero como crítica al
Antiguo Régimen, después como denuncia por los escasos avances para
revertir una situación demandada por el pueblo que pedía libertad,
igualdad y una transición de la soberanía nacional para que
residiera en el mismo pueblo.
Evidentemente,
el Rey no acepta las leyes emitidas por la Asamblea Nacional y se
niega a firmarlas. Solo lo hace, cuando muchedumbres se manifiestan
delante de Versalles (y también en varias ciudades más), denuncian
su boicot y su traición a la nación, al descubrirse sus movimientos
de auxilio a otras naciones absolutistas, por lo demás, rivales de
Francia.
Grabado anónimo que representa la marcha de las mujeres a Versalles en
octubre de 1789, en el que aparece Theroigne de Méricourt montada en un
caballo blanco (foto: Wikimedia Commons)
Se
obliga al Rey a firmar los decretos y la familia real es trasladada
en arresto de Versalles a París. Trascendente en esto es la marcha
espontánea de las mujeres parísinas, lavanderas, panaderas,
tejedoras que se alzaron y forzaron la situación a través de la
protesta y la acción directa.
La
fase final de la revolución política-jurídica ocupa los meses de
septiembre-octubre de 1789, y la cuestión central que la caracteriza
fue la aparición de fracturas político-sociales. Una vez afirmados
los principios fundamentales, empezó la discusión del contenido
concreto que se le iba a dar a la construcción del nuevo Estado. Los
debates fundamentales se iniciaron ya a finales de agosto, en torno a
la organización de poderes, es decir, por un lado, si había que
optar por el bicameralismo o mantener un solo cuerpo legislativo, y
por otro, en qué medida el rey podía oponerse a la promulgación de
una ley mediante el veto real. Para evitar el desorden y la confusión
que se produjo sobre estas dos cuestiones, se decidió que la
Asamblea se dividiera entre los partidarios del veto absoluto y una
Constitución con dos Cámaras, los cuales se colocarían a la
derecha del presidente, mientras que los adversarios formarían la
izquierda de la Asamblea. Fue esta división de topografía
parlamentaria la que ha llevado tradicionalmente a fijar en torno a
esta discusión el origen de las
modernas denominaciones de “derecha” e “izquierda”
aunque tales asignaciones apenas se usaban en 1789, al no haber una
presencia activa de la prensa y de los clubes hasta 1790-1791, pero
ha quedado para la posteridad como referencias simbólicas de la
ideología y la praxis política (Castells, Tafalla 2011: p. 39).
Se
genera de este modo un sistema de liberalismo moderado que se
ratificará en la Constitución de 1791. Ahí se acepta la monarquía
limitada, la división de poderes, pero todavía de manera parcial e
injusta, que vendrá impuesto un sufragio censitario, que excluye a
la abrumadora mayoría de la población de desposeídos.
Pero la burguesía habrá conseguido su objetivo, el acceso al poder,
ahora compartido con la nobleza, en especial la alta y la ligada a
las capitales provinciales y departamentales más importantes, y
también al alto clero. El Rey jura la Constitución y hace efectiva,
por tanto, la toma del poder por parte de la burguesía.
Las
reformas institucionales en el terreno económico-social que realizó
la Constituyente, estuvieron condicionadas no sólo por los estrictos
intereses materiales de la mayoría de los diputados, sino por el día
a día de los acontecimientos, aunque siguieron el hilo conductor de
algunos principios generales, unos comunes y otros contrapuestos, lo
que explica el que no dejaran un sistema coherente de pensamiento
económico. Se preocuparon fundamentalmente de la Francia urbana,
aboliendo los privilegios y los gremios y estableciendo la libertad
de empresa, la libre producción (ley d’Allarde
de marzo de 1791, completada con la ley Le Chapelier del
14 de junio de 1791), la unificación del mercado nacional y un
sistema unitario de pesos y medidas. Fueron las luchas sociales las
que marcaron una dirección contradictoria en la política económica
de los constituyentes oponiéndose dos concreciones distintas de los
derechos proclamados en la Declaración de 1789: una, que defendía a
ultranza el liberalismo económico, y otra, que reivindicaba que éste
debía estar subordinado a las necesidades políticas y a garantizar
el derecho fundamental de las personas, como era el derecho a la
existencia, que exigía la tasación de granos y de los productos
básicos, lo que hizo difícil, antes incluso del verano de 1792, el
mantenimiento total del libre comercio (Castells,
Tafalla 2011: p. 62).
Entre
las primeras medidas que la Asamblea Nacional tomó,
estuvo la nacionalización de
los bienes del Clero, lo que llevó a un conflicto con el Papado, que
confabulará con el propio Rey de Francia para intentar acabar con la
Constitución y volver al Antiguo Régimen. Sin embargo, es
descubierto el complot y su
participación en la contrarrevolución y en las guerras civil e
internacional que intentaban deponer el asalto revolucionario,
y el Rey es interceptado en su huida
y depuesto de sus funciones, por lo que se abre un período de
Asamblea Legislativa (1791-1792), que formalmente funcionará como
una República de carácter liberal.
Esta
Asamblea se formará a través del sufragio censitario validado en la
Constitución de septiembre
de 1791, en el que solo podrán participar hombres propietarios, que
pertenecían o bien al clero, a la nobleza o a la burguesía, por lo
que era inviable acuerdos que permitiesen gobernar. A las elecciones
se presentaron “partidos políticos”, todavía no formados en el
término contemporáneo, sino más bien como “clubs” o “charlas”
que aglutinaban a figuras con las mismas inquietudes o intereses. El
resultado fue una asamblea fragmentada entre moderados o no
revolucionarios (y dentro de este grupo a partes iguales, ultrarrealistas partidarios del
Antiguo Régimen y moderados a favor de la Monarquía Constitucional)
y los revolucionarios, con tres grupos en discusión: Girondinos,
de la Gironda (zona vinícola por autonomasía abierta al comercio exterior a través del rio navegable Garona y su salida al Atĺántico, y con una propiedad de la tierra basada en latifundios donde los burgueses han pasado también a controlar la propiedad de la tierra, como de la producción), muy ligados a los moderados y que plantean reformas
sociales que benefician a la alta burguesía; Jacobinos,
por sus reuniones en la Iglesia de San Jacob, que anhelan la
República aunque aceptan en primer término una Monarquía
Constitucional con un sufragio censitario muy ampliado; y los
Cordeliers, más
radicales a favor de un sufragio universal y el establecimiento de
una república de la Igualdad.
Si
bien, los acuerdos son muy costosos, la
Asamblea Nacional consigue
gobernar aunque no sin problemas: La
Europa absolutista no acepta la Revolución.
El Imperio Austro-Húngaro y Prusia declaran
la guerra contra Francia que
recibe el apoyo del propio Rey Luis y
sus partidarios. El gobierno
forma un nuevo ejército del pueblo, declara “la patria
en peligro”, recurriendo a la
colaboración de todos los franceses, a lo que se opone el Rey que es
acusado de traición, depuesto y encarcelado, junto a toda la familia
real.
Se
celebran nuevas elecciones en este contexto bélico y de cese del Rey
de la que saldrá una convención mucho más radical que proclama la
República (1792-1794). Se establece el
calendario republicano,
cuya fecha 1 es el 22 de septiembre de 1792, equinocio de otoño, y se establecen los meses por
estaciones y labores agrícoals.
Primero,
gobiernan los girondinos, que aunque llevan a cabo el juicio y
condena del Rey por traición son considerados muy moderados. Son
sustituidos por un gobierno Jacobino radical, liderado
por Maximilien Robespierre,
quien se hace célebre proclamando la igualdad entre ciudadanos y los
derechos de participación política y pensamiento. Se establece la
“Época del Terror”, con Robespierre de Ministro de Sanidad
Pública, esto es de depurador de las conductas
contrarrevolucionarias y antipatrióticas, cuya imagen es el cadalso
y la guillotina ajusticiando a todos los nobles que se opusieron a la
Revolución. Incluido el Rey y la familia real al completo (Lefebvre 1960: 104).
Hinrichtung Ludwig des XVI, la Ejecución de Luis XVI de Georg Heinrich Sieveking (fuente: Wikipedia Commons)
Pronto
los jacobinos son discutidos por excesivos, incapaces de paliar una
nueva crisis de malos rendimientos agrícolas y el boicot al comercio
de productos franceses, y son
depuestos de sus funciones y
Robespierre ejecutado. Con ellos cae el modelo republicano, y en
cambio, se establece una “nueva” Constitución en 1795, moderada,
con un sufragio censitario muy estricto y que establece una dirección
nacional excepcional por la crisis en forma de directorio, con cinco
directores y 6 ministros, de los que forman parte entre otros,
Napoleón Bonaparte y sobretodo Sieyès, quien ha venido siendo importante en todo el proceso revolucionario. Fundamentalmente en este período de Convención (septiembre de 1792-septiembre de 1795) donde Sieyès supo navegar entre posicionamientos radicales y otros más conservadores y pragmáticos. Esta
Constitución mantiene los valores revolucionarios, pero conformando
un gobierno “fuerte” que pudiera responder ante los retos que
Francia atravesaba en aquel momento.
Sin
embargo, este directorio tendrá sus propias dificultades, primero
por la oposición de los ultrarrealistas, pero también de los
jacobinos que cuentan con el apoyo popular. Se producen varios
episodios de sublevaciones tanto en París como en provincias que son
aplacadas con fuerza por el ejército, mucho más organizado y
profesional tras la experiencia de la guerra internacional. Esta
guerra no había acabado, pero basculaba a favor de Francia y de su
dominio militar donde la figura de Napoleón empieza a hacerse un
notable nombre. Esto hizo que Inglaterra, muy interesada a nivel
económico de devolver a Europa y al Océano
Atlántico a un escenario de paz y calma que favoreciese los
negocios, comenzará a plantear coaliciones que primero consiguieran
aplacar a Francia, y después, ya
abiertamente tratados de
paz.
La Bataille du Pont d'Arcole. De Horace Vernet. Napoleón liderando a sus tropas en la Batalla del puente de Arcole. (fuente: Wikipedia Commons).
Ante
esta situación de ataques exteriores y dificultades internas, con
una galopante crisis económica en la base agraria de la economía,
el directorio fue ganando cada vez mayor independencia y autoridad
frente a la Asamblea Nacional. Se llevó a cabo una concentración de
poder, buscando decisiones más rápidas y mejores. En 1794, un
primer Golpe de Estado, establece un consulado que atesora todo el
poder, con 3 cónsules, uno de ellos, Sieyès, pero con un primer
cónsul en la figura de Napoleón que domina la fuerza militar. En
1799, un nuevo Golpe de Estado, el del
18 de brumario (9 de
noviembre de 1799) organizado
por Napoleón, sus hermanos y correligionarios que proclama una
nueva Constitución (VIII en el Calendario Republicano) que garantiza
la Dictadura, acaba con el Directorio, y
coloca a la figura de
Napoleón (toda vez que el
favorito para liderar el nuevo sistema, el general Joubert había
fallecido en el campo de batalla),
quien acabará con las guerras internacionales como
máximo dirigente. Fue un
golpe interno, promovido por sus propios líderes valiéndose del
poco apoyo que el pueblo tenía a la promoción del estado
revolucionario,
ya que después de 10 años no veían una mejora considerable en sus condiciones. Una
vez más, la figura de Sieyès fue decisiva. Quien había clamado por
la participación del pueblo y quien había modificado su praxis al
calor de los acontecimientos y sus intereses personales, una vez más
giraba el sentido político de Francia. A él correspondió aplicar la divisa pos-termidoriana de que "la política es una ciencia, una técnica de poder desprovista de los
principios abstractos de las Declaraciones de Derechos
revolucionarias". Su objetivo era conseguir una estructura política
autoritaria, con un poder ejecutivo centralizado, fuerte y estable. Pero para
cambiar la Constitución había que recurrir al golpe de estado, al
Ejército y buscar un general seguro (Castells, Tafalla 2011: p.
148).
En
1802, un nuevo Golpe de Estado favorece el nombramiento de Napoleón
como cónsul vitalicio (Constitución del Año X), estableciendo de
facto una monarquía de derecho divino, en la figura del general
corso, quien ya en 1804, se erige en emperador ante el Papa,
sacralizando nuevamente, la unión entre el estado francés y el
papado.
Consecuencias
Formalmente
la Revolución Francesa
duró desde 1789 hasta 1799, momento en el que la nueva Constitución
proclamada suprimía las libertades y derechos ciudadanos (no incluía
la declaración de derechos) y la supresión de la división de
poderes. La Revolución
Francesa de 1789 es sin duda, uno de los acontecimientos históricos
más trascendentales, puesto que marcó un punto de inflexión, un
nuevo paradigma. No sólo se transformó la estructura social y
política de un país, Francia; sino que influyó de manera decisiva
en todo el mundo, abriendo un período donde los ideales de la
libertad, igualdad y la fraternidad podían desafiar y modificar el
orden establecido.
La
primera consecuencia y más directa es que la
Revolución Francesa terminó con el Antiguo Régimen.
El sistema político basado en la monarquía absolutista, la sociedad
estamental rígida de una minoría de privilegiados y una mayoría
aplastante de no privilegiados y la economía de base agraria regida
por los señoríos se terminó con la toma de la Bastilla el 14 de
julio de 1789. A cambio, se configuró un sistema que aspiraba a
abolir los privilegios de cuna y que tuvo en la
proclamación de la Declaración de los Derechos del Hombre y el
Ciudadano, las bases
jurídicas y políticas para garantizar la igualdad ante la ley, la
soberanía popular y la protección de los derechos individuales, muy
especialmente el de la propiedad.
La
interpretación de la Revolución Francesa
a partir de su resultado, es decir a partir del triunfo
de la burguesía sobre el resto de clases en liza,
dificulta la compresión de un fenómeno tan complejo como la
participación de las clases populares urbanas en la revolución. Sin
la participación del “pequeño pueblo” (menu peuple)
de París, Marsella o Lyon, la Revolución no hubiera sido posible.
Las grandes jornadas protagonizadas por el pueblo de Paris y las
grandes jacqueries
marcaron y condicionaron decisivamente el desarrollo del proceso.
Sin embargo, el movimiento revolucionario no enraizó en toda Francia por igual. Si bien París, la cuenca del Sena y sus alrededores, el Norte incluida Normandía, la cuenca del Garona entre Toulouse y Bourges y el eje Norte-Sur en torno al Ródano (Cote d'Or, Lyonesado, hasta el litorial medierráneo y la provenza oriental), vivieron episodios significativos y decisivos en la historia revolucionaria que marcaron su carácter y dinamismo económico y social, otras partes de Francia no vieron con simpatía la revolución. Las zonas rurales de interior en torno al Macizo Central, la Alta Saboya y otras zonas montañosas del Jura en el Nordeste, así como la zona intra-alpina (Castells, Tafalla 2011: p. 167). Y de manera muy señalada la Bretaña que salió del proceso revolucionario con una posición ultra conservadora que no existía en 1789, debido en parte a un fuerte sentimiento regional ligado a su propia especificidad, y al haberse sentido perjudicados por el alzamiento revolucionario que no mejoró la vida ni para las clases privilegiadas, ni tampoco al pueblo llano (Castells, Tafalla 2011: p. 131). Estas difrencias en torno al sentimiento revolucionario todavía son vigentes hoy si se recorre Francia.
Tratar
de entender la presencia y la actividad del llamado movimiento
popular-urbano significa dirigir la mirada hacia un mundo complejo en el que se mezclaban una multiplicidad de grupos
sociales cuyo denominador común consistía en no ser miembros de las
clases acomodadas y vivir en la ciudad. Estos grupos sociales se
hicieron progresivamente autónomos con respecto a la burguesía y de
sus valores y objetivos. Este autonomía se basaba tanto en sus
concepciones igualitarias, como en unos intereses sociales
diferentes, y en los métodos de lucha, de debate y organización
practicados. Se forjó a partir de su propia experiencia y del
desarrollo del proceso revolucionario (Castells, Tafalla 2011: p.
74).
Para
que todo este conjunto abigarrado y con intereses a veces
contrapuestos diera lugar a un poderoso movimiento fue necesario un
proceso moderadamente largo. De su experiencia y participación en los
años de la revolución surgió un cierto sentimiento de pertenencia
a un colectivo con identidad propia: el pueblo. Esta identidad
recibió un nombre propio: los sans-culottes
(los “sin calzones”, en referencia a la prenda de ropa que
definía a los sectores ricos aristocráticos: los culottes).
Esta expresión connotaba inicialmente el desprecio de la prensa
aristocrática hacia el pueblo. Como suele suceder en estos casos, y
a partir del 20 de agosto de 1789, el pueblo adoptó con orgullo este
apelativo (Castells, Tafalla 2011: p. 75).
Uno
de los principios del republicanismo de derecho natural consiste en
la idea de que toda ley que no haya sido sancionada por el pueblo
supone una usurpación de
la soberanía popular,
tiene un carácter tiránico y el pueblo tiene el derecho e incluso
el deber de la insurrección ante cualquier acto de tiranía de este
tipo. Desde 1789, la democracia popular parisina hizo uso repetidas
veces de este derecho de insurrección hasta que fue derrotada en
1795: fueron las grandes jornadas revolucionarias (Castells, Tafalla
2011: p. 80).
Una
segunda consecuencia fue el cambio radical en el ecosistema social.
Se eliminó de facto, hasta con el paso del tiempo convertirla en
intrascendente por si y residual, a la nobleza y el clero como clases
privilegiadas y dopadas de poder político. La secularización de la
sociedad y de la economía también garantizaron una mayor movilidad
social, a través del
trabajo, y fundamentalmente de los negocios,
y la consolidación de ciudadanos
libres e iguales en derechos y deberes. Evidentemente, este proceso tuvo fuertes resistencias y llevo a
excesos y conflictos, pero sin duda, la experiencia revolucionaria ya
había abierto la puerta a la participación política del grueso de
la ciudadanía, y a que ésta, progresivamente, fuera añadiendo más
capas de responsabilidad y peso, así como que distintos grupos y colectivos se
fueran sumando hasta nuestros días.
No
quiero olvidarme en este punto en la trascendencia que la
Revolución Francesa tuvo
para dos colectivos concretos:
A
través, de la experiencia revolucionaria los valores republicanos
calaron de manera fuerte en la población que vivía bajo el régimen
de la esclavitud. No fueron pocos los patronos (incluidos ilustrados y algún asambleario) que fundamentalmente
en Francia fueron contestados por su lucro con la
esclavitud, que pese a
todo fue alentada hasta por el propio Napoleón. Faltarían
varias décadas hasta su
prohibición definitiva. Pero sobretodo, cundió en Haití, que
era colonia francesa en el Caribe,
y
donde la revolución, alentada en buena parte por los recién creados
Estados Unidos, pero sin
duda, inspirada en los valores revolucionarios,
terminó con la victoria de los esclavos que constituyeron hacia 1804
su propia nación, la primera “república negra”.
También
es preciso y de alabar los estudios que trabajan el legado y la
situación de la mujer durante la Revolución Francesa.
Numerosas mujeres participaron en los “cuadernos de quejas”, los
cahiers des doléances,
denunciando
su situación de desposesión y sometimiento. Muchas anónimas participaron en
la propia revolución, a veces empuñando armas y empujando contra la
fuerza militar del Antiguo Régimen. Su empeño acabó en un hito
fundacional del feminismo: A finales de 1791 Olympe
de Gouges redactó la
Declaración de los
Derechos de la Mujer y de la Ciudadana,
donde más allá de incluir la acepción “ciudadana”
en la misma consideración que la vertiente masculina, puso las bases
para la consideración de la mujer como un agente político y social
propio, con voz, ideas y acción que le pertenecen intrínsicamente.
Lamentablemente, vivieron en primera persona la propia opresión
masculina, tanto de revolucionarios como contrarrevolucionarios, y
hacia 1795 fueron derogados los derechos de las mujeres a la
participación política. La propia Olympe de Gouges fue encarcelada,
vilipendiada por compañeros y finalmente ejecutada en noviembre de
1793 (Castells, Tafalla 2011:
p. 87).
Olympe de Gouges camino de la guillotina, el 3 de noviembre de 1793 (imagen: Wikimedia Commons).
En
cuanto al contexto histórico siguiente al período revolucionario es
trascendental comprender cómo lo acontecido en Francia,
inspiró y cambió los ideales políticos y sociales
en Europa y también en América Latina, durante el siglo XIX, pero
también ya en el XX en los procesos de descolonización de África y
Asia (de no pocas posesiones francesas, por cierto). La difusión de
los principios republicanos, el rechazo a la tiranía y a la
injusticia y la proliferación de los valores ciudadanos e
individuales, motivaron los procesos de emancipación e independencia
de numerosas sociedades. El impacto cultural y el corpus filosófico
generado en torno a la Revolución, promovió una nueva conciencia
ciudadana basada en la dignidad y la libertad, principios que
sustentan los derechos civiles y sociales desde entonces y hasta hoy
en día.
Sin
duda, también existieron contrapartes, como el exceso de violencia y
los abusos de poder que pusieron en debate los acontecimientos de la
revolución y los límites de la libertad y la justicia. El
Terror (muy distinto a la
violencia popular revolucionaria) fue un acontecimiento histórico
único que hay que situar en un momento concreto del transcurso de la
Revolución,
aunque es difícil dar una fecha precisa del mismo, ya que la
Convención nunca adoptó un “sistema de Terror” como régimen
político. El Terror no fue sistemático, ni tampoco un proyecto
preconcebido y programado, sino una respuesta pragmática a la crisis
multiforme por la que atravesó la República desde la primavera de
1793 hasta el verano de 1794, cuando, ante la ineficiencia de los
medios habituales de intervención política, la cultura de la
urgencia sugirió el empleo del "Terror", una forma de gobernar propia
que se llevó a cabo sin tomar conciencia de las trágicas
consecuencias que tendría (Castells, Tafalla 2011: p. 117).
Por
último, no puede obviarse el
hecho de que la revolución, y desde entonces todo proceso
revolucionario, parece abocado a sucumbir ante una reacción de las
élites que se han visto depuestas o de las que se han aupado a
través de la misma práctica
revolucionaria y subversiva. Que a la Revolución Francesa le
siguiera inmediatamente
la Dictadura y el Imperio Napoleónico, y
que después, se iniciará un
proceso de Restauración en toda Europa
que buscó eliminar
los avances filosóficos, políticos y sociales para volver a un
régimen absolutista y desigual,
debería hacernos reflexionar sobre cómo
el autoritarismo se transforma y moldea para continuar oprimiendo a
seres humanos, desafiando
el progreso lineal de la historia.
En
definitiva, la Revolución
Francesa de 1789 supuso
una transformación profunda que modificó el orden establecido desde
todos los puntos de vista: político, económico, social, cultural y
filosófico. Fue el hito que ayudó
a configurar el mundo
contemporáneo, abriendo un paradigma político y ético de
participación cívica y colectiva. Sin duda un acontecimiento
imprescindible en la Historia
de la Humanidad.
BIBLIOGRAFÍA
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