Las fotos que acompañan el texto aparecen en las obras de referencia bibliográfica. Beevor (2015) y Hellbeck (2018).
Hoy es 9 de mayo Día de la Victoria sobre el nazismo, día de celebración y conmemoración de la Victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi en el marco de la Segunda Guerra Mundial, o Gran Guerra Patriótica como fue denominada en la propia URSS. Se trata pues de una jornada que festeja la victoria final que supuso el fin de la Segunda Guerra Mundial, y es celebrada en todas las naciones eslavas que sufrieron la invasión y amenaza nazi durante la contienda. También es día de fiesta nacional en Israel y día de conmemoración en la Unión Europea por la paz y la unidad en el continente. El anterior, 8 de mayo, es el Día de la Victoria en la Europa occidental, en especial en países como Francia, Reino Unido, Bélgica y también en la República Checa y Eslovaquia.
Para llegar a la victoria final aliada sobre las potencias del Eje, y en especial ante la Alemania nazi que capituló el día 7 de mayo, hay un consenso académico total en torno a un acontecimiento histórico trascendental que supuso un giro de 180 grados en el devenir de la guerra en Europa. Ese hito fue la Batalla de Stalingrado, acontecida en esta ciudad soviética entre finales de julio de 1942 y el 3 de febrero de 1943.
Durante los casi 8 meses que duró la contienda por el control de esta ciudad las posiciones entre ambos bandos cambiaron de dueño en multitud de ocasiones. Incluso hubo días en los que el dominio de un puesto cambiaba varias veces. Todo el paisaje urbano al Oeste del rio Volga fue arrasado una y otra vez por bombardeos intensivos de ambos combatientes, mientras la meteorología cambiaba del seco y ventoso verano estepario, a las lluvias y barrizales del otoño, para acabar en un extremo frío de corte siberiano que cubrió de nieve e hielo los escombros durante el invierno. Especialmente cruento el de 1942-43. La población civil, quedo aislada entre los cercos de ambos frentes, sufriendo con ello todas las penurias de la guerra como el hambre, la enfermedad, la desolación y la violencia física y moral.
Para el ejército alemán, la derrota en Stalingrado representó una pérdida catastrófica en términos militares y morales. La Wehrmacht sufrió la destrucción casi total de su Sexta División del Ejército, con aproximadamente 900.000 soldados capturados, heridos o muertos. Esta derrota truncó la ofensiva alemana hacia el Cáucaso, privando a Hitler de acceder a los recursos petrolíferos vitales para su maquinaria bélica. Además, el fracaso minó profundamente la moral de las tropas y la confianza en el liderazgo nazi, generando tensiones internas que afectarían futuras operaciones militares.
En cuanto a la Unión Soviética, la victoria en Stalingrado simbolizó un renacer estratégico y psicológico. Demostró la capacidad del Ejército Rojo para resistir y derrotar a un adversario formidable, consolidando la imagen de Stalin como líder capaz de dirigir la defensa nacional. En términos tácticos, el éxito aseguró la defensa del flanco sur soviético, facilitando la posterior contraofensiva que empujaría a las fuerzas alemanas hacia el oeste. La batalla, por tanto, marcó el inicio del declive del poderío militar nazi en el este y sirvió de base para una creciente ofensiva soviética que culminaría en la captura de Berlín en 1945.
Además, en el contexto general de la Segunda Guerra Mundial, la Batalla de Stalingrado alteró el equilibrio estratégico a favor de los Aliados. La resistencia soviética absorbió una gran parte del esfuerzo alemán, debilitando su capacidad para sostener otras campañas, mientras que la moral aliada se fortaleció notablemente. Esta batalla también evidenció la importancia de la guerra total y la capacidad logística y de movilización masiva en los conflictos modernos.
Antecedentes: La rivalidad entre la Alemania nazi y la Unión Soviética
A mediados de los años 30 la rivalidad por el control regional en Europa del Este entre la Alemania nazi y la Unión Soviética era evidente y palmaria. Ambos estados, con sus poblaciones y sus partidos definitorios al frente y liderados bajo el autoritarismo de Adolf Hitler y Josif Stalin eran conscientes de que el enfrentamiento armado estaba próximo y seria decisivo. La competencia era geo-estratégica, pero fundamentalmente, ideológica enfrentando por un lado el anti-comunismo de Hitler, y por el otro el anti-fascismo expresado por el PCUS como respuesta “ante la reacción burguesa que impide la revolución proletaria”. De este modo se entiende no sólo la abierta enemistad, sino los propios planes para reforzar el ejército y la industria militar, ante el inevitable escenario de enfrentamiento.
Sin embargo, en agosto del 39 la noticia de un acuerdo de no agresión entre la Alemania nazi y la URSS cayó como una bomba en Europa Occidental. El pacto Ribbentrop-Molotov (por el nombre de los dos ministros de exteriores que lo firmaron) garantizaba en principio la paz entre ambas potencias, además del reparto de respectivas áreas de influencia en Polonia. Y sobretodo, a ojos franceses y británicos, despejaba el frente oriental para que Alemania se centrará en la ocupación del Occidente Europeo. Esto es, Países Bajos, Bélgica, Francia y finalmente, Reino Unido.
El 1 de septiembre del 39 los nazis invadían Polonia y daba comienzo la Segunda Guerra Mundial con las declaraciones cruzadas de guerra. Por su parte, la URSS invadía el país eslavo por el Este, y ambas naciones establecían protectorados propios sobre el territorio polaco. Durante casi dos años este ecosistema se mantuvo en Europa del Este, al tiempo que la Alemania nazi ocupaba Francia estableciendo un gobierno colaboracionista y planificando tanto la invasión de Reino Unido, como el control del Atlántico y de África para acceder a los recursos de todos estos territorios.
No obstante, las ansías imperialistas y expansivas del Tercer Reich no se satisfacían puesto que para Hitler y el partido nazi era prioritario conseguir y garantizar un “espacio vital” (Lebensraum) en el que el pueblo ario pudiera expresarse y prosperar. Ese espacio correspondía a todo el área entre el Rin y el Mar Negro, pero también y por razones de seguridad debía expandirse hasta los Urales, por lo que era imprescindible eliminar a los pueblos eslavos a los que consideraba inferiores racial y culturalmente. Por todo esto, y sin olvidar el ferviente anti-comunismo del propio Hitler (Beevor 2015: 34), el domingo 22 de junio de 1941 Alemania invadía la Unión Soviética a través de la frontera polaca, entrando en las repúblicas bálticas, en Bielorrusia y en Ucrania. La declaración oficial de guerra, también firmada por Ribbentrop, llegó a Moscú 8 horas tarde cuando ya la Wehrmacht (las fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi) habían pisado territorio soviético.
Esta operación de invasión es la conocida como Operación Barbarroja (en honor del emperador Federico I quién dominó los territorios eslavos durante la época de mayor esplendor del Sacro Imperio Germánico), y pese a que fue planificada por el Estado mayor alemán, Hitler ordenó el ataque desoyendo los consejos de varios de los generales que no se mostraban de acuerdo con abrir dos frentes, Oriental y Occidental, que exigiría un esfuerzo de guerra extremo a las tropas.
En este sentido, además de las razones ideológicas, prevalecieron las razones estratégicas puesto que Hitler necesitaba controlar los recursos mineros tanto de la cuenca carbonífera del Donestk en Ucrania, como el acceso a los campos petrolíferos del Mar Negro y de las repúblicas caucásicas. La finalidad era que controlando estos recursos extranjeros se podría mantener una vida “normal”, en relativa paz (aunque ya había habido bombardeos aliados sobre algunas ciudades alemanas) y donde el esfuerzo de guerra no saliera de las condiciones de vida de la población civil alemana. Por todo ello se planificó la invasión para ejecutarla a comienzos de mayo de 1941, abriendo un frente desde Finlandia y el Báltico hasta, Bulgaria y el Mar Negro que movilizaría a más de 3 millones de soldados y hasta 6 ejércitos completos. La idea era conseguir los objetivos para finales de agosto, y así evitar el conflicto bajo las duras condiciones del invierno ruso. Sin embargo, la necesidad de auxiliar a la Italia fascista que vivía severas revueltas internas que disputaban el liderazgo de Mussolini, como sobretodo, intervenir en Yugoslavia y en Grecia donde los grupos de partisanos combatían para derrocar a los gobiernos pro-alemanes instalados un año antes, ocasionó un retraso en los preparativos de casi 6 semanas que resultaron fundamentales en la puesta en marcha de la invasión.
Pero aún con este retraso, la marcha durante el primer año de combate fue imparable para la Alemania nazi. Hasta octubre del 41, los Panzer, los carros de combate de la Wehrmacht, desplazaron la frontera soviética a razón de decenas de kilómetros cada día, llegando a apenas 10 kilómetros al Oeste de Moscú en diciembre del 41. Arrasaban con todo ya fueran ciudades, pueblos, fábricas o campos de cultivo. Brest, Leópolis, Jarkov, Minsk, Chermigov, Dnipro, Katyn, Smolensk, Voronezh,… nombres de ciudades soviéticas asociadas a masacres perpetradas por los nazis, pero donde incluso la barbarie palidece ante lo que aconteció en Kiev, donde las fuentes occidentales hablan de más de 40.000 fallecidos entre comunistas y judíos represaliados por las SS una vez conquistada la ciudad.
La invasión pilló por sorpresa a Stalin y a la URSS. Los colosales planes de traslados de fábricas, con sus trabajadores y familias, y ciudades enteras hacia al Este, hacia Siberia, de muchos de los centros fabriles instalados en torno a Moscú y las fronteras entre las repúblicas resultaban claves para que la URSS pudiera soportar el tremendo esfuerzo de guerra. Pero en un primer momento no se habían completado y bajo el fuego alemán, el caos y la destrucción lastraron muchos de los trabajos. Además, el ejército se estructuraba en torno a las fronteras occidentales en unidades mal equipadas para la guerra contemporánea, y muy dispersas y desconectadas unas de otras. Esto facilitó la invasión nazi y el aniquilamiento de cientos de miles de soldados. Sin embargo, para finales de septiembre del 42, la industria pesada soviética ya estaba en disposición de comenzar a equiparar la potencia de combate que presentaba la Alemania nazi. Finalmente, los planes de industrialización forzosa primero, y de reconversión industrial de bienes de equipo a equipamientos militares, tuvieron éxito porque concedieron por primera vez respuesta de fuego a los ejércitos soviéticos, así como capacidad de iniciativa en el combate y de esperanza para su pueblo.
Además, contaban con dos fuerzas inconmensurables: Una, el llamamiento por parte de Stalin a la Gran Guerra Patriótica, a una defensa a ultranza de la Unión y la Revolución, pero fundamentalmente por la supervivencia, por lo que no cabía el desánimo, ni el derrotismo, y mucho menos la rendición, lo que exacerbó los ánimos de la población que movilizó a la colosal fuerza humana de la URSS. La segunda, el General Invierno, es decir, unas condiciones climatológicas extremas que imposibilitaban los movimientos del invasor, pero no tanto de quienes estaban acostumbrados a los rigores del frío. Aún con todo, el invierno de 1942-43 sería especialmente duro y cruento.
La Batalla
El verano del 42 en el Frente Oriental supone un redoblamiento de la ofensiva nazi en la URSS. La necesidad de petróleo para movilizar la maquinaria de guerra alemana es ostensible y agudiza el empeño de Hitler por entrar en el Caúcaso. En su camino aparece un nombre y una posición estratégica: Stalingrado.
Stalingrado (hoy Volvogrado) es la antigua ciudad de Tsaritsin. Recibió el cambio de nombre por la heroica defensa que hizo de ella el Ejército Rojo comando por el propio Stalin durante la Guerra Civil, por lo que su dominio supone un revulsivo moral para ambos contendientes (Hellbeck 2018: 41). Hitler ansía que la esvástica ondeé en la ciudad de Stalin, por su importancia como símbolo soviético, pero también por su capacidad industrial.
El núcleo urbano de la ciudad se halla en la confluencia entre los caudalosos ríos Don (al margen izquierdo) y Volga (al margen derecho y con su afluente, el Tsaritsin confluyendo en la misma ciudad), ambos navegables en este tramo. Este territorio compone una extensa llanura (“La Gran Estepa”) apta para la producción de grano y los pastizales. Geográficamente, Stalingrado se ubica en un cruce de caminos, tanto topográfico como fluvial, que supone un nodo sobre el que comunicar la zona norte (eje Nihzny Novgorod-Moscú) y el Cáucaso, por lo que tiene un importante peso estratégico en el avance nazi sobre la URSS.
Hacia abril del 42 Hitler lanza una nueva ofensiva encaminada a abrir el paso del VI Ejército alemán hasta Stalingrado. Es la Operación Azul (Fall Blau) que tiene que permitir cruzar el rio Don para lo que es preciso asegurar el paso a través de las llanuras ucranianas (recuperar Járkov de manos soviéticas que la habían recuperado por una exitosa contraofensiva a finales de invierno), así como dominar Sebastopol y su nudo ferroviario. Sin embargo, la heroica resistencia soviética en esta urbe otorgó un tiempo precioso para que Stalingrado empezará a reorganizarse como lugar de asedio y batalla, puesto hasta ese momento las autoridades no habían tomado en consideración el riesgo de la invasión. La ofensiva alemana constaba de la movilización de más de un millón de soldados, que componían el VI Ejército Alemán al mando del General Paulus, junto a no menos de 500.000 hombres aportados por ejércitos aliados (rumanos, húngaros e italianos), así como no menos de otros 300.000 hiwis (abreviación del término alemán Hilfswillige, que significa ‘auxiliar voluntario’.) que era como se conocía a los desertores soviéticos que se habían adherido a la causa nazi.
En contra de la opinión de sus generales partidarios de marchar directamente sobre el Cáucaso, Hitler divide el grupo de ejércitos del Sur (otro grupo hacia el Norte se encontraba atascado entre Moscú y y Tula) tratando de flanquear el saliente del frente soviético liderado por el general Timoshenko, con la intención de ejecutar un movimiento de pinza y capturarlo dentro. Además, podría destinar la parte sur del frente hacia el Caúcaso y el norte hacia la toma de la importante ciudad industrial de Stalingrado.
Sobre el 17 de julio y las siguientes dos semanas varias divisiones alemanas recorren 150 kilómetros en dirección de Stalingrado, tomando con ello varios aeródromos y campos sobre los que organizar el ataque final. Desatan el caos en las tropas soviéticas y en los habitantes civiles que huyen al Este desesperadamente. La orden de ataque el 23 de agosto del 42 supone un éxito rotundo para el ejército alemán. En apenas 10 horas tres divisiones Panzer consiguen cruzar el rio Don y abrir una vía para el avance de divisiones de infantería motorizada. Desde el cielo el bombardeo aéreo de la Lutwaffe y el de la artillería pesada limpia de resistencia los aledaños de la ciudad y permite a los alemanes organizar un cerco sobre el núcleo urbano, que queda cerrado con el Volga detrás. La superioridad en número de hombres (300.000 alemanes por apenas 25.000 soviéticos) y de material militar tanto de potencia de fuego como movilidad de tropas dispara la confianza del Reich. Es la misma estrategia utilizada en otras ciudades soviéticas desde junio del 41 y que había sido siempre un éxito (Hellbeck 2018: 116). La propia opinión pública en Alemania estalla de júbilo ante las noticias de que pronto caerá “la ciudad de Stalin”.
Por contra en la URSS la situación es desesperada. Stalingrado se encuentra sumida en el caos y la destrucción. Han fallado todos los preparativos para el combate, que han llegado tarde y mal. Se calcula que sólo la mitad de la población civil pudo salir hacia el Este antes de la llegada de los alemanes. La última evacuación con el bombardeo aéreo alemán en curso resultó una carnicería (Hellbeck 2018: 150). La preparación de trincheras y murallas defensivas es muy pobre, así como la planificación de asegurar un puente fluvial que permitiera el tránsito a la otra orilla del Volga tanto de hombres, como de materiales. Hasta 5.000 soviéticos fallecieron el primer día de bombardeos alemanes. Se cifra en 40.000 las víctimas en las primeras dos semanas. Los intentos soviéticos por retomar posiciones son constantemente fracasados. Entre las víctimas muchas de las combatientes que formaban el Regimiento Antiaéreo 1077, formado por mujeres adolescentes sin preparación ni medios (Ghodesee 2025: 44).
El 1 de septiembre el mariscal Zhukov llega a la ciudad con la orden de no rendirla y defenderla hasta el último hombre (Hellbeck 2018: 186). Organiza varias posiciones de artillería fortificadas que sirven para que el propio Ejército Rojo bombardeé la ciudad, y pronto toda ella queda reducida a escombros lo que otorga una oportunidad para la defensa. A Zhukov le acompaña Nikita Jruschov como oficial político que tendrá un papel en la organización de la intendencia del combate y la resistencia, y sobretodo en la labor de propaganda (Hellbeck 2018: 350). Zhukov designa al General Chuikov, un reconocido estrategia en la academia militar soviética, la defensa de la ciudad en torno al Volga, y en especial el distrito Norte, el de las fábricas de industria pesada. Chuikov, además, es el designado para hacer valer la “Instrucción 227. Ni un paso atrás” del 28 de julio de 1942, esta es, la orden “de no rendirse, de no retroceder y defender cada centímetro de la ciudad, a riesgo de ser ejecutado in situ por el propio ejército acusado de traición, deslealtad y cobardía” (Beevor 2015: 101). Por último, incorpora a filas a buena parte de la población civil de la ciudad. Hombres, de cualquier edad, llevados al combate, y mujeres, también ingresadas en grupos militares o bien ocupando las labores de asistencia sanitaria y de comunicaciones (Hellbeck 2018: 403). Se organiza un último convoy de desalojo de la ciudad a través del Volga de niños, ancianos, enfermos y heridos.
Gracias a la lectura estratégica de Chuikov se reorganiza la defensa de la ciudad y el combate por cada punto importante de la misma. Recupera el control de la estación de ferrocarril (3 de septiembre), nodo básico de comunicaciones, que además estructura el eje Norte-Sur de la ciudad. Además, dificulta sobremanera la toma de un promontorio natural que domina la ciudad y que se hará célebre en la Segunda Guerra Mundial: la colina Mámáyev Kurgan, que cambiará de manos más de 100 veces durante la batalla. Entre las ruinas de edificios y calles se dificulta sobremanera la penetración de las fuerzas blindadas nazis, y tendrán que ser los soldados a pie, arrastrándose por el suelo y las ruinas, los que tomen calle a calle y casa a casa, incluso planta a planta, cada metro cuadrado de la ciudad (Hellbeck 2018: 401). Los rusos quedarán atrincherados y se moverán entre las ruinas usando los huecos creados e incluso las alcantarillas. Comienza la “guerra de ratas” en palabras de los soldados alemanes (Beevor 2015: 166).
Chuikov prepara pequeños y móviles grupos independientes de francotiradores que rastrean la ciudad entre los edificios derrumbados con la misión de acabar con todos los nazis que se pongan a tiro, llevando a la inseguridad total al enemigo. Destacará el del tirador siberiano Vasily Zaitsev (quien atesoró un récord de 242 enemigos abatidos, incluidos 11 oficiales de alto rango) y Tania Chernova (80 enemigos abatidos), convertidos ambos en Héroes de la Unión Soviética y en símbolos de la lucha por la supervivencia (Hellbeck 2018: 438).
Hacia el 14 de septiembre las posiciones están consolidadas, pese a que la crudeza de los combates cuerpo a cuerpo no decae, ni tampoco la intensidad de los bombardeos de artillería de ambos bandos. Los alemanes controlan el 75% de la superficie de la urbe, llegando incluso a controlar algunos de los embarcaderos del Volga con lo que imposibilitan las labores de socorro y reemplazo del enemigo. Estos viajes se tienen que limitar a la noche y aún así las ráfagas de metralleta, el lanzamiento de morteros o el minado indiscriminado del rio lo hacen extremadamente peligroso para las barcazas que además tienen que ocultarse durante el día porque serán objetivos primordiales de la Lutwaffe. Hasta 8 divisiones del VI ejército alemán combaten dentro de la ciudad. El dominio aéreo alemán es todavía incontestable y el ruido de sirenas, vuelos picados de Stukas y explosiones es la banda sonora desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la noche todos los días.
El avance por los escombros de la ciudad es duro y penoso y hace además hace que los blindados alemanes se vuelvan vulnerables e ineficaces. Las posiciones en altura, sobre edificios derruidos se convierten en fundamentales, y de cualquier recoveco podía aparecer un soldado con un fusil anti-carro o un lanza-llamas y hacerlos volar por los aires. La lucha es vuelve cuerpo a cuerpo, atroz, y donde más allá de los fusiles cobran especial significación las granadas de mano (de las que Chuikov hacía excesiva propaganda) e incluso las bayonetas y las dagas.
Por estas fechas dos acontecimientos son notables: Cae abatido el teniente Rubén Ruiz Ibárruri, hijo de Dolores Ibárruri, La Pasionaria. Exiliado en Moscú, se licenció en la Academia Militar y participó en la defensa de Borisov en Bielorrusia. Estaba al mando de una compañía de ametralladoras defendiendo la estación de tren. Recibirá la Orden de Héroe de la Unión Soviética a título póstumo. Y también se produce la Toma de la casa Pavlov, el inicio de la resistencia de una casa de 4 plantas en posición estratégica en zona de dominio alemán, por parte de un grupo de treinta soldados dirigidos por el sargento Pavlov, y que conservarán hasta el final de la batalla.
A comienzos de octubre el ejército alemán inicia el ataque para controlar la extensa zona fabril al Norte de la ciudad. El objetivo son la metalúrgica “Octubre Rojo”, la “Fábrica de Tractores” reconvertida en fábrica de carros de combate, en especial el exitoso y a la postre dominador T34, y la fábrica “Barrikadi” dedicada a la fabricación de artillería, tanto de cañones de artillería pesada convencional, lanza-cohetes, como fusiles anti-tanque de uso individual. Los alemanes consiguen penetrar en el gran espacio industrial y aparentemente dominarlo, pero no cierran el control, por la resistencia en posiciones fortificadas de pequeñas divisiones soviéticas. La situación ya es crítica para la 62º Ejército Rojo, pero la providencial intervención de la 13ª División de fusileros al mando del general Rodimtsev (héroe de guerra con experiencia ante los alemanes en la Guerra Civil Española) (Hellbeck 2018: 378), permite mantener el control soviético de dos de los tres baluartes, aunque la producción sufre un severo retroceso.
Hacia el 14 de octubre Paulus ordena una nueva ofensiva nazi aprovechando el refresco de tropas con 30.000 soldados nuevos y pertrechos. Los alemanes logran ingresar en las fábricas en los siguientes días y a la vez, hacen fracasar los contraataques soviéticos, cuya línea de frente queda reducida a una estrecha franja en torno al Volga y el espacio entre la fábrica de química y la estación de ferrocarril, que se convierte en el siguiente objetivo alemán. Nuevamente la disputa en la colina Mámáyev Kurgan es intensísima y dramática, llegando a cambiar en 6 ocasiones de domino, con el pertinente alzado de cada bandera como símbolo, en un sólo día (Hellbeck 2018: 189).
Las fechas que anuncian la caída de Stalingrado van posponiéndose a la opinión pública alemana ante la resistencia soviética, pero sin minar el convencimiento del Reich en la consecución de sus objetivos. La labor de la propaganda es también intensa en ambos frentes y en las retaguardias. Las ruinas se llenan de octavillas en ruso o en alemán lanzados desde los aviones o de alocuciones de radio y megáfono, con el objetivo de convencer a los soldados a la deserción (Beevor 2015: 334). Para el 11 de noviembre se planifica un “último” asalto para sofocar la resistencia. Pero el día 9, llega el General Invierno y la temperatura cae estrepitosamente a 18 grados bajo cero. El barro provocado por las lluvias de los días anteriores se congela. Y en los siguientes días caen las primeras nevadas que cubren de blanco y de niebla los escombros de toda la ciudad. En el Volga surgen los primeros témpanos de hielo que dificultan la navegación, y para el 25 de noviembre ésta queda imposibilitada.
A mediados de noviembre, mientras se planifica la contraofensiva soviética, la situación es de dominio casi total del ejército nazi sobre Stalingrado. El control de la ciudad no es total gracias a una resistencia heroica de la población civil y de un muy mermado Ejército Rojo. Sin embargo, esa resistencia ha empezado a minar la moral de las tropas alemanas, que por un lado se preguntan hasta cuándo aguantarán ellos y los rusos en estas condiciones; y por el otro, empiezan a sufrir escasez en pertrechos militares, equipamientos para el invierno (en especial ropa y botas) y víveres porque la resistencia soviética esta alargando la batalla por encima de los preparativos del alto mando. Hasta ese momento, el Ejército Rojo había perdido 640.000 soldados (más otro medio millón de víctimas civiles), 1.500 tanques, hasta 10.000 piezas de artillería y 2.000 aviones. Por su parte, en la ofensiva sobre Stalingrado, el VI Ejército del General Paulus se habían perdido 75.000 hombres (entre muertos, heridos y más de 2.000 desaparecidos), a los que se sumaba las bajas del 4º Ejército Panzer que había perdido 20.000 hombres y más de 2.000 tanques. Además, la enfermedad había hecho acto de presencia debido a la multitud de cadáveres pudriéndose en las calles y entre los escombros que habían hecho aparecer las ratas, la peste y la disentería. Aún malviven dentro de la ciudad 15.000 civiles (Hellbeck 2018: 177).
El 19 de noviembre llega la contraofensiva del Ejército Rojo: La Operación Urano. Desde el verano el mariscal Zhukov y la Stavka, el Estado mayor del Ejército Rojo, han organizado en secreto un ejército masivo de 1.700.000 hombres, entrenando y disciplinando en diversos puntos de la estepa a tropas provenientes tanto de Siberia, como de las repúblicas asiáticas e incluso de Mongolia. Se aprestan al combate pertrechados con equipamiento nuevo y específico para las condiciones invernales. Además, se han construido miles de tanques y decenas de miles de morteros, así como otros elementos de artillería, entre ellos los famosos lanzacohetes Katiusha que eran conocidos entre las tropas germanas como ”los órganos de Stalin”. Este ejercito recibe además las remesas de colaboración en material proporcionadas por el ejército de Estados Unidos, entre ellos miles de jeeps, y otros vehículos. Se organiza todo el operativo de logística de combustible y víveres, incluida la última parte ante el asedio de Stalingrado: la distribución y respaldo a través de varios puentes de zapadores sobre el Volga en la línea del combate. Y por último, el Ejército Rojo ha formado hasta 10 divisiones aéreas con más de 5.000 aviones modernos diseñados específicamente para anular los bombarderos alemanes, así como para tener la maniobrabilidad necesaria para batirse con los caza.
Todo este movimiento se hace de manera secreta al tiempo que los servicios de espionaje soviéticos comprenden los puntos débiles de la ofensiva de Paulus sobre Stalingrado: el flanco Sur, defendido por tropas rumanas e italianas, mal equipadas, dispersas entre sí y de los blindados Panzer y encima, despreciadas por sus aliados alemanes.
El objetivo del ataque es lanzar un cerco por detrás del rio Don y de los campos aéreos más alejados de los nazis a unos 40 kilómetros al Oeste de la ciudad. Se hace a través de una pinza al Norte y el Sur de la ciudad de Stalingrado tomando algunos de los pueblos limítrofes y valiéndose tanto de ataques aéreos soviéticos, como sobretodo de un bombardeo masivo para asegurar el avance de las tropas y el desconcierto alemán.
En un primer momento las tropas alemanas son sorprendidas y el alto mando en Stalingrado observa como las nuevas divisiones motorizadas con los tanques T34 al mando arrasan a italianos y rumanos. En ese momento Paulus solicita a Hitler el repliegue de Stalingrado para impedir que se cierre el cerco a sus espaldas, pero esto es rechazado y se le conmina resistir a toda costa en espera de auxilio.
En apenas 4 días, el 23 de noviembre, el cerco queda cerrado atrapando a 250.000 soldados alemanes entre las ruinas de Stalingrado (Beevor 2015: 307). Este cerco se irá cerrando progresivamente en las siguientes dos semanas dentro de la sub-operación Anillo. Las condiciones meteorológicas dificultan o impiden los vuelos y con ellos el auxilio de las tropas cercadas. Para el 10 de diciembre, los soviéticos han recuperado o destruido casi todos los campos aéreos, y aprisionado a los restos del VI Ejército alemán en una franja de 6 kilómetros en torno a la urbe. Las promesas de refuerzo y reemplazo hechas por Hitler y el estado mayor alemán son imposibles de cumplir y crece la desesperación entre los alemanes que han pasado de sitiadores a estar ahora sitiados. La desnutrición, la enfermedad, la tenaz resistencia del enemigo convertida ahora en feroz ataque y venganza provoca la desazón de las tropas que se sienten desamparadas y sin capacidad de respuesta. Comienzan los motines, y soldados se auto-hieren tratando de ser evacuados.
También resulta un fiasco el pretendido puente aéreo prometido por Göering a Hitler para auxiliar a las tropas en Stalingrado, y la Navidad del 42 supone afrontar la realidad de una previsible derrota tal y como empiezan a hacer ver las cartas de los soldados a sus familias en Alemania, donde, pese a la censura previa, cala el mensaje en la retaguardia de la horrible situación del ejército.
El 9 de enero el Ejército rojo controla el último aeródromo en posesión alemana. Las temperaturas fluctúan entre los -40 grados nocturnos y los -20 diurnos. Los alemanes sufren los estragos del frio al carecer totalmente de equipamientos de invierno y comienzan a padecer los síntomas de la congelación y de terribles enfermedades respiratorias. El hambre ya es insoportable y han desaparecido los perros callejeros y los caballos de las guarniciones de los altos mandos de infantería, sacrificados para alimentar a la tropa.
Por contra los soviéticos ahora cantan y preparan asados para desmoralizar más a sus enemigos, y comienzan a producirse algunas deserciones y paseos de un lado a otro del frente por soldados que cuentan a sus compañeros como los tratan los soviéticos.
Paulus hace un llamamiento al cuartel general para solicitar la rendición con la esperanza de poder salvar los restos del VI Ejército, pero Hitler le niega la posibilidad. De hecho nombra a Paulus Mariscal de campo con la intención de obligarlo a no rendirse o suicidarse, ya que en la Historia de los ejércitos alemanes, ningún Mariscal de Campo se había rendido. Paulus recibe la notificación de su ascenso con desazón, aquejado de difteria desde el otoño y en un estado nervioso alterado que le provoca severos espasmos en la parte izquierda de su cuerpo. Aún replicado por Von Mainstein, general en jefe de la Lutwaffe, Paulus decide rendirse: “No tengo ninguna intención de pegarme un tiro por este cabo bohemio”, en referencia a Hitler, y además ordena que ningún oficial ni soldado se suicide.
Entre el 30 de enero y el 1 de febrero las tropas soviéticas rodean el centro urbano de Stalingrado. La Plaza Roja, donde se había instalado el cuartel general del VI Ejército alemán, es cercado. Multitud de soldados alemanes intentan escapar antes de ser capturados y enviados al gulag. Se suceden los primeros escarceos e intercambios de información entre alemanes y soviéticos para preparar la rendición, mientras que Hitler ha ordenado a sus aliados rumanos, húngaros e italianos replegarse al Don (cosa que en realidad, ya habían hecho por su cuenta en fechas anteriores).
El 2 de febrero, Paulus se entrega en persona en su búnker de los grandes almacenes Univemag de la Plaza Roja, a los soviéticos comandados por el general Rokossovski (Beevor 2015: 349). Las pequeñas bolsas de resistencia alemana son aniquiladas. El Ejército Rojo ha ganado la Batalla de Stalingrado.
Consecuencias
Con la rendición en Stalingrado el VI Ejército alemán resulta aniquilado. 90.000 de sus hombres supervivientes al combate son hechos prisioneros y obligados a caminar por la nieve. Se estima que fallecieron 40.000 solo en esta travesía. Sólo 6.000 de ellos volverán a sus casas pasados 6 años. Se estima que fallecieron o desaparecieron en Stalingrado unos 824.000 soldados (280.000 alemanes, 150.000 rumanos, 150.000 húngaros y unos 120.000 italianos). Además, se estima la pérdida, desaparición o purga de un millón de soviéticos que se pasaron al enemigo según diversas fuentes.
Se perdieron unos 1.500 aviones (900 destruidos), 2.000 carros de combate (unos 500 destruidos) y más de 10.000 piezas de artillería (destruidas unas 6.000) el resto fueron capturadas y re-aprovechadas por los soviéticos. Un volumen de equipamientos que la industria alemana no podría suplir en lo que quedaba de guerra.
Las bajas de los ganadores son aún más atroces: Se estima entre soldados y la población de la ciudad (que pasó de 275.000 habitantes en 1939 a 80.000 en 1948) hubo 1 millón 800.000 muertos o desaparecidos. En cuanto a los bienes materiales la ciudad quedo totalmente arrasada, perdiéndose 200.000 hogares en el conjunto del área de combate desde julio del 42. Las comunicaciones por ferrocarril y fluviales fueron destrozadas y tuvieron que rehabilitarse.
En cuanto a los bienes militares, el Ejército Rojo perdió en la contienda en torno a 3.000 aviones, más de 4.000 tanques y hasta 6.000 piezas de artillería.
Las consecuencias de cara a la Segunda Guerra Mundial fueron fundamentales. Stalingrado resultó un giro crucial de la dinámica de la guerra. La iniciativa hasta ese momento la habían llevado los ejércitos del Eje, comandados por Alemania, cuyo mando parecía invencible, e incluso digno de la providencia. Con la victoria soviética se cambian las tornas y los alemanes comienzan en el Frente Oriental un repliegue que durará casi dos años hasta Berlín.
Además, supuso el fin del sueño de Hitler de erradicar el comunismo y acabar con los pueblos eslavos, al tiempo que el aura de invencibilidad con el que se movía el ejército nazi capaz de aplastar a todos sus enemigos se desvanecía. “¿Dónde quedaba la raza aria tras Stalingrado?”.
El resultado fallido de la batalla de Stalingrado no pudo ocultarse al pueblo alemán (se decretaron tres días de luto nacional) y aunque la seguridad en la victoria final apenas se resquebrajó, si surgió un sentimiento de intimidación ante las hordas soviéticas. El alto mando del ejército alemán se vio cuestionado por el propio Hitler, en especial el comandante de la Luftwaffe, Göring, quien cayó en desgracia al no haber podido abastecer a las tropas cercadas como había prometido. Además, la derrota causó una crisis depresiva y paranoia aguda en Hitler que castigaran, aún más, su juicio y sus decisiones.
La derrota fue resultado del exceso de confianza de Hitler y el alto mando tras un año de avance inmisericorde a través de Polonia, Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Al igual que sucedió con los soviéticos en un primer momento, esta excesiva seguridad en la victoria impidió la preparación de un largo asedio, lo que hizo que las tropas pasarán semanas y luego meses desabastecidas y sin los equipamientos necesarios para el frio del invierno y para el tipo de guerra de guerrillas que se desató sobre los escombros de Stalingrado. La amplitud y lejanía del frente oriental impidió el relevo y las tropas se agotaron bajo el mando de Paulus un general que por otra parte, carecía de experiencia sobre el campo de batalla, y no tenía la autoridad en el mando para una situación como la finalmente planteada. Los límites logísticos del ejército alemán quedaron marcados en el Volga, y ni el transporte de tropas y mercancías, ni la producción industrial en la retaguardia, podían satisfacer un sobre-dimensionado frente. Tampoco ayudo el poder omnímodo de Hitler que no era contestado ni corregido por sus generales y subalternos, lo que provocó una concatenación de errores estratégicos que impidieron avanzar por la URSS con mayor seguridad.
Por su parte, para la Unión Soviética, su ejército y su población civil la heroica resistencia de la ciudad de Stalingrado, sus trabajadores y trabajadoras, supuso un chute de moral y de valor para derrotar la invasión nazi (Hellbeck 2018: 37). El mariscal Zhukov reclamó para si el éxito de la defensa, pero fue el General Chuikov quien fue ascendido a Capitán General y tomó el mandó del ejército soviético que desfilaría sobre un Berlín rendido dos años después. Se reforzó el ejército, adquiriendo una experiencia que sería clave para lo que quedaba de guerra, y empezaron a recuperar su territorio. Numerosos soldados, oficiales, personal civil y diversos destacamentos fueron ascendidos y promocionados (Hellbeck 2018: 556). Se dotó de seguridad y de iniciativa como se vio cuatro meses después en la, desde el punto de vista militar, básica y estratégica victoria en la Batalla de Kursk (julio-agosto 1943), la mayor batalla de carros de combate de la Historia.
Además, a partir de este momento y con el avance soviético hacia Berlín comenzaron a documentarse y publicitarse las carnicerías y matanzas ejecutadas por los nazis en la retaguardia, saltándose los derechos humanos y añadiendo episodios concretos y etapas del genocidio al que sometieron a los prisioneros de guerra, a los disidentes políticos y a la población judía. Esto resultó importante para alentar las simpatías de las poblaciones de los países ocupados en Europa o del Reino Unido, a parte de eliminar la tibieza que los nazis tenían en algunos de los círculos de poder de estos países. Sólo con la victoria soviética, aliada, en Stalingrado las potencias occidentales pasaron a la acción con el desembarco en Sicilia en julio (Ghodesee 2025: 54).
En el frente Occidental la Batalla de Stalingrado fue seguida con atención por los pueblos ocupados, en Bélgica o Francia y por la opinión pública británica y estadounidense. Las élites de los primeros, sometidos por el Reich, y las del tercero, “ausente” en su país y centrado en la Guerra del Pacífico, veían la contienda en un primer momento como el cierre del experimento comunista. Pero al avanzar los meses, la resistencia de los soviéticos y la ilusión crecer entre sus poblaciones porque los nazis fueron derrotados, celebraron la victoria de la Unión Soviética, y conmemoraron Stalingrado con plazas y calles, reconociendo el hito trascendental que resultaba para el devenir de la guerra.
En conclusión, las consecuencias de la batalla de Stalingrado fueron profundas y de diverso impacto (Hellbeck 2018: 16). Para Alemania, significó una pérdida irreparable en hombres y moral, junto con la reducción de su capacidad ofensiva. Para la Unión Soviética, implicó un impulso estratégico y moral crucial que cambió el curso de la guerra. Globalmente, la batalla configuró el desenlace del conflicto, consolidando el declive de las potencias del Eje y facilitando el camino para la victoria aliada.
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