Las fotos que acompañan el texto aparecen en las obras de referencia bibliográfica. Beevor (2015) y Hellbeck (2018).
Hoy
es 9 de mayo Día de la Victoria sobre el nazismo,
día de celebración y conmemoración de la Victoria de la Unión
Soviética sobre la Alemania nazi en el marco de la Segunda
Guerra Mundial, o Gran
Guerra Patriótica como
fue denominada en la propia URSS. Se trata pues de una jornada que
festeja la victoria final que supuso el fin de la Segunda Guerra
Mundial, y es celebrada en todas las naciones eslavas que sufrieron
la invasión y amenaza nazi durante la contienda. También es día de
fiesta nacional en Israel y día de conmemoración en la Unión
Europea por la paz y la unidad en el continente. El anterior, 8 de
mayo, es el Día de la Victoria en la Europa occidental,
en especial en países como
Francia, Reino Unido, Bélgica y también
en la República Checa y
Eslovaquia.
Para
llegar a la victoria final aliada sobre las potencias del Eje, y en
especial ante la Alemania nazi que capituló el día 7 de mayo, hay
un consenso académico total en torno a un acontecimiento histórico
trascendental que supuso un giro de 180 grados en el devenir de la
guerra en Europa. Ese hito fue la Batalla de Stalingrado,
acontecida en esta ciudad soviética entre finales de julio de 1942 y
el 3 de febrero de 1943.
Durante
los casi 8
meses que duró la contienda por el control de esta ciudad las
posiciones entre ambos bandos cambiaron de dueño en multitud de
ocasiones. Incluso hubo días en los que el dominio de un puesto
cambiaba varias veces. Todo el paisaje urbano al Oeste del rio Volga
fue arrasado una y otra vez por bombardeos intensivos de ambos
combatientes, mientras la meteorología
cambiaba del seco y ventoso verano estepario, a las lluvias y
barrizales del otoño, para acabar en un extremo frío de corte
siberiano que cubrió de nieve e hielo los escombros durante el
invierno. Especialmente cruento el de 1942-43. La población civil quedo aislada entre los cercos de ambos frentes, sufriendo con ello
todas las penurias de la guerra como el hambre, la enfermedad, la
desolación y la violencia física y moral.
Para
el ejército alemán, la derrota en Stalingrado representó una
pérdida catastrófica en términos militares y morales. La Wehrmacht
sufrió la destrucción casi total de su Sexta División del
Ejército, con aproximadamente 900.000 soldados capturados, heridos o
muertos. Esta derrota truncó la ofensiva alemana hacia el Cáucaso,
privando a Hitler de acceder a los recursos petrolíferos vitales
para su maquinaria bélica. Además, el fracaso minó profundamente
la moral de las tropas y la confianza en el liderazgo nazi, generando
tensiones internas que afectarían futuras operaciones militares.
En
cuanto a la Unión Soviética, la victoria en Stalingrado simbolizó
un renacer estratégico y psicológico. Demostró la capacidad del
Ejército Rojo para resistir y derrotar a un adversario formidable,
consolidando la imagen de Stalin como líder capaz de dirigir la
defensa nacional. En términos tácticos, el éxito aseguró la
defensa del flanco sur soviético, facilitando la posterior
contraofensiva que empujaría a las fuerzas alemanas hacia el oeste.
La batalla, por tanto, marcó el inicio del declive del poderío
militar nazi en el Este y sirvió de base para una creciente ofensiva
soviética que culminaría en la toma de Berlín en 1945.
Además,
en el contexto general de la Segunda Guerra Mundial, la
Batalla de Stalingrado alteró el equilibrio estratégico a favor
de los Aliados. La resistencia soviética absorbió una gran parte
del esfuerzo alemán, debilitando su capacidad para sostener otras
campañas, mientras que la moral aliada se fortaleció notablemente.
Esta batalla también evidenció la importancia de la guerra total y
la capacidad logística y de movilización masiva en los conflictos
modernos.
Antecedentes:
La rivalidad entre la Alemania nazi y la Unión Soviética
A
mediados de los años 30 la rivalidad por el control regional en
Europa del Este entre la Alemania nazi y la Unión Soviética era
evidente y palmaria. Ambos estados, con sus poblaciones y sus
partidos definitorios al frente y liderados bajo el autoritarismo de
Adolf Hitler y Josif Stalin eran conscientes de que el enfrentamiento
armado estaba próximo y seria decisivo. La competencia era
geo-estratégica, pero fundamentalmente, ideológica enfrentando por
un lado el anti-comunismo de Hitler, y por el otro el anti-fascismo
expresado por el PCUS como respuesta “ante la reacción burguesa
que impide la revolución proletaria”. De este modo se entiende
no sólo la abierta enemistad, sino los propios planes para reforzar
el ejército y la industria militar, ante el inevitable escenario de
enfrentamiento.Sin
embargo, en agosto del 39 la noticia de un acuerdo de no agresión
entre la Alemania nazi y la URSS cayó como una bomba en Europa
Occidental. El pacto Ribbentrop-Molotov (por el nombre de los dos
ministros de exteriores que lo firmaron) garantizaba en principio la
paz entre ambas potencias, además del reparto de respectivas áreas
de influencia en Polonia. Y sobretodo, a ojos franceses y británicos,
despejaba el frente oriental para que Alemania se centrará en la
ocupación del Occidente Europeo. Esto es, Países Bajos, Bélgica,
Francia y finalmente, Reino Unido.
El
1 de septiembre del 39 los nazis invadían Polonia y daba comienzo la
Segunda Guerra Mundial con las declaraciones cruzadas de guerra. Por
su parte, la URSS invadía el país eslavo por el Este, y ambas
naciones establecían protectorados propios sobre el territorio
polaco. Durante casi dos años este ecosistema se mantuvo en Europa
del Este, al tiempo que la Alemania nazi ocupaba Francia
estableciendo un gobierno colaboracionista y planificando tanto la
invasión de Reino Unido, como el control del Atlántico y de África
para acceder a los recursos de todos estos territorios.
No
obstante, las ansías imperialistas y expansivas del Tercer Reich no
se satisfacían puesto que para Hitler y el partido nazi era
prioritario conseguir y garantizar un “espacio vital”
(Lebensraum) en el que el pueblo ario pudiera expresarse y
prosperar. Ese espacio correspondía a todo el área entre el Rin y
el Mar Negro, pero también y por razones de seguridad debía
expandirse hasta los Urales, por lo que era imprescindible eliminar a
los pueblos eslavos a los que consideraba inferiores racial y
culturalmente. Por todo esto, y sin olvidar el ferviente
anti-comunismo del propio Hitler (Beevor 2015: 34), el domingo 22 de
junio de 1941 Alemania invadía la Unión Soviética a través de la
frontera polaca, entrando en las repúblicas bálticas, en
Bielorrusia y en Ucrania. La declaración oficial de guerra, también
firmada por Ribbentrop, llegó a Moscú 8 horas tarde cuando ya la
Wehrmacht (las fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi)
habían pisado territorio soviético.
Esta
operación de invasión es la conocida como Operación Barbarroja
(en honor del emperador Federico I quién dominó los territorios
eslavos durante la época de mayor esplendor del Sacro Imperio
Germánico), y pese a que fue planificada por el Estado mayor alemán,
Hitler ordenó el ataque desoyendo los consejos de varios de los
generales que no se mostraban de acuerdo con abrir dos frentes,
Oriental y Occidental, que exigiría un esfuerzo de guerra extremo a
las tropas.
En
este sentido, además de las razones ideológicas, prevalecieron las
razones estratégicas puesto que Hitler necesitaba controlar los
recursos mineros tanto de la cuenca carbonífera del Donestk en
Ucrania, como el acceso a los campos petrolíferos del Mar Negro y de
las repúblicas caucásicas. La finalidad era que controlando estos
recursos extranjeros se podría mantener una vida “normal”, en
relativa paz (aunque ya había habido bombardeos aliados sobre
algunas ciudades alemanas) y donde el esfuerzo de guerra no saliera
de las condiciones de vida de la población civil alemana. Por todo
ello se planificó la invasión para ejecutarla a comienzos de mayo
de 1941, abriendo un frente desde Finlandia y el Báltico hasta,
Bulgaria y el Mar Negro que movilizaría a más de 3 millones de
soldados y hasta 6 ejércitos completos. La idea era conseguir los
objetivos para finales de agosto, y así evitar el conflicto bajo las
duras condiciones del invierno ruso. Sin embargo, la necesidad de
auxiliar a la Italia fascista que vivía severas revueltas internas
que disputaban el liderazgo de Mussolini, como sobretodo, intervenir
en Yugoslavia y en Grecia donde los grupos de partisanos combatían
para derrocar a los gobiernos pro-alemanes instalados un año antes,
ocasionó un retraso en los preparativos de casi 6 semanas que
resultaron fundamentales en la puesta en marcha de la invasión.
Pero
aún con este retraso, la marcha durante el primer año de combate
fue imparable para la Alemania nazi. Hasta octubre del 41, los
Panzer, los carros de combate de la Wehrmacht,
desplazaron la frontera soviética a razón de decenas de kilómetros
cada día, llegando a apenas 10 kilómetros al Oeste de Moscú en
diciembre del 41. Arrasaban con todo ya fueran ciudades, pueblos,
fábricas o campos de cultivo. Brest, Leópolis, Jarkov, Minsk,
Chermigov, Dnipro, Katyn, Smolensk, Voronezh,… nombres de ciudades
soviéticas asociadas a masacres perpetradas por los nazis, pero
donde incluso la barbarie palidece ante lo que aconteció en Kiev,
donde las fuentes occidentales hablan de más de 40.000 fallecidos
entre comunistas y judíos represaliados por las SS una vez
conquistada la ciudad.
La
invasión pilló por sorpresa a Stalin y a la URSS. Los colosales
planes de traslados de fábricas, con sus trabajadores y familias, y
ciudades enteras hacia al Este, hacia Siberia, de muchos de los
centros fabriles instalados en torno a Moscú y las fronteras entre
las repúblicas resultaban claves para que la URSS pudiera soportar
el tremendo esfuerzo de guerra. Pero en un primer momento no se
habían completado y bajo el fuego alemán, el caos y la destrucción
lastraron muchos de los trabajos. Además, el ejército se
estructuraba en torno a las fronteras occidentales en unidades mal
equipadas para la guerra contemporánea, y muy dispersas y
desconectadas unas de otras. Esto facilitó la invasión nazi y el
aniquilamiento de cientos de miles de soldados. Sin embargo, para
finales de septiembre del 42, la industria pesada soviética ya
estaba en disposición de comenzar a equiparar la potencia de combate
que presentaba la Alemania nazi. Finalmente, los planes de
industrialización forzosa primero, y de reconversión industrial de
bienes de equipo a equipamientos militares, tuvieron éxito porque
concedieron por primera vez respuesta de fuego a los ejércitos
soviéticos, así como capacidad de iniciativa en el combate y de
esperanza para su pueblo.
Además,
contaban con dos fuerzas inconmensurables: Una, el llamamiento por
parte de Stalin a la Gran Guerra Patriótica, a una defensa a
ultranza de la Unión y la Revolución, pero fundamentalmente por la
supervivencia, por lo que no cabía el desánimo, ni el derrotismo, y
mucho menos la rendición, lo que exacerbó los ánimos de la
población que movilizó a la colosal fuerza humana de la URSS. La
segunda, el General Invierno, es decir, unas condiciones
climatológicas extremas que imposibilitaban los movimientos del
invasor, pero no tanto de quienes estaban acostumbrados a los rigores
del frío. Aún con todo, el invierno de 1942-43 sería especialmente
duro y cruento.
La
Batalla
El
verano del 42 en el Frente Oriental supone un redoblamiento de la
ofensiva nazi en la URSS. La necesidad de petróleo para movilizar la
maquinaria de guerra alemana es ostensible y agudiza el empeño de
Hitler por entrar en el Caúcaso. En su camino aparece un nombre y
una posición estratégica: Stalingrado.
Stalingrado
(hoy Volvogrado) es la antigua ciudad de Tsaritsin. Recibió el
cambio de nombre por la heroica defensa que hizo de ella el Ejército
Rojo comando por el propio Stalin durante la Guerra Civil, por
lo que su dominio
supone un revulsivo moral para ambos contendientes (Hellbeck
2018: 41). Hitler ansía que
la esvástica ondeé en la ciudad de Stalin,
por su importancia como
símbolo soviético, pero también por su capacidad industrial.
El
núcleo urbano de la ciudad
se halla en la confluencia entre los caudalosos ríos Don (al margen
izquierdo) y Volga (al margen derecho y
con su afluente, el Tsaritsin
confluyendo en la misma ciudad),
ambos navegables en este tramo. Este territorio compone una extensa
llanura (“La Gran Estepa”) apta para la producción de grano y
los pastizales. Geográficamente, Stalingrado se ubica en un cruce de
caminos, tanto topográfico como fluvial, que supone un nodo sobre el
que comunicar la zona norte (eje Nihzny Novgorod-Moscú) y el
Cáucaso, por lo que tiene un importante peso estratégico en el
avance nazi sobre la URSS.
Hacia
abril del 42 Hitler lanza una nueva ofensiva encaminada a abrir el
paso del VI Ejército
alemán hasta Stalingrado.
Es la Operación Azul
(Fall Blau) que tiene
que permitir cruzar
el rio Don para lo que es preciso asegurar el paso a través de las
llanuras ucranianas (recuperar Járkov de manos soviéticas que la
habían recuperado
por una exitosa contraofensiva a
finales de invierno), así
como dominar Sebastopol y su nudo ferroviario. Sin embargo, la
heroica
resistencia soviética en esta urbe otorgó un tiempo precioso para
que Stalingrado empezará a reorganizarse como lugar de asedio y
batalla, puesto hasta ese momento las autoridades no habían tomado
en consideración el riesgo de la invasión. La
ofensiva alemana constaba
de la movilización de más de un millón de soldados, que
componían el VI Ejército
Alemán al mando del General Paulus,
junto a no menos de 500.000
hombres aportados por ejércitos aliados (rumanos, húngaros e
italianos), así como no menos de otros 300.000 hiwis
(abreviación del término
alemán Hilfswillige,
que significa "auxiliar voluntario") que
era como se conocía a los desertores soviéticos
que se habían adherido a la
causa nazi.
En
contra de la opinión de sus generales partidarios de marchar
directamente sobre el Cáucaso, Hitler
divide el grupo de ejércitos del Sur (otro
grupo hacia el Norte se encontraba atascado entre Moscú y y Tula)
tratando de flanquear el
saliente del frente soviético liderado
por el general Timoshenko,
con la intención de ejecutar un movimiento de pinza y capturarlo
dentro. Además, podría destinar la parte sur del frente hacia el
Caúcaso y el norte hacia la toma de la importante ciudad industrial
de Stalingrado.

Sobre
el 17 de julio y las siguientes dos semanas varias divisiones
alemanas recorren 150 kilómetros en dirección de Stalingrado,
tomando con ello varios aeródromos y campos sobre los que organizar
el ataque final. Desatan el caos en las tropas soviéticas y en los
habitantes civiles que huyen al Este desesperadamente. La
orden de ataque el 23 de agosto del 42 supone un éxito rotundo para
el ejército alemán. En apenas 10 horas tres divisiones Panzer
consiguen cruzar el rio Don y abrir una vía para el avance de
divisiones de infantería
motorizada. Desde el cielo el
bombardeo aéreo de la Lutwaffe
y el de la artillería pesada limpia de resistencia los aledaños de
la ciudad y permite a los alemanes organizar un cerco sobre el núcleo
urbano, que queda cerrado con el Volga detrás.
La superioridad en número de
hombres (300.000 alemanes por apenas 25.000 soviéticos) y de
material militar tanto de potencia de fuego como movilidad de tropas
dispara la confianza del Reich.
Es la misma estrategia
utilizada en otras ciudades soviéticas desde junio del 41 y que
había sido siempre un éxito (Hellbeck 2018: 116).
La propia opinión pública en Alemania estalla de júbilo ante las
noticias de que pronto caerá “la ciudad de Stalin”.
Por
contra en la URSS la situación es desesperada. Stalingrado se
encuentra sumida en el caos y la destrucción. Han fallado todos los
preparativos para el combate, que han llegado tarde y mal. Se calcula
que sólo la mitad de la población civil pudo salir hacia el Este
antes de la llegada de los alemanes. La
última evacuación con el bombardeo aéreo alemán en curso resultó
una carnicería (Hellbeck 2018: 150).
La preparación de trincheras y murallas defensivas es muy pobre, así
como la planificación de asegurar
un puente fluvial que permitiera el tránsito a la otra orilla del
Volga tanto de hombres, como de materiales.
Hasta 5.000 soviéticos fallecieron el primer día de bombardeos
alemanes. Se cifra en 40.000 las víctimas en las primeras dos
semanas. Los intentos
soviéticos por retomar posiciones son constantemente fracasados.
Entre las víctimas muchas de
las combatientes que formaban el Regimiento Antiaéreo 1077, formado
por mujeres adolescentes sin preparación ni medios (Ghodesee 2025:
44).
El
1 de septiembre el
mariscal Zhukov llega a
la ciudad con la orden de no rendirla y defenderla hasta el último
hombre (Hellbeck 2018: 186).
Organiza varias posiciones de artillería fortificadas que sirven
para que el propio Ejército Rojo bombardeé la ciudad, y pronto toda
ella queda reducida a escombros lo que otorga una oportunidad para la
defensa. A Zhukov le acompaña
Nikita Jruschov
como oficial político que tendrá un papel en la organización de la
intendencia del combate y la resistencia, y sobretodo en la labor
de propaganda (Hellbeck
2018: 350). Zhukov designa al
General Chuikov,
un reconocido estratega en
la academia militar soviética,
la defensa de la ciudad en torno al Volga, y en especial el
distrito Norte, el de las fábricas de industria pesada. Chuikov,
además, es el designado para hacer valer la “Instrucción
227. Ni un paso atrás”
del 28 de julio de 1942,
esta es, la orden “de no rendirse, de no
retroceder y defender cada centímetro de la ciudad, a riesgo de ser
ejecutado in situ por el propio ejército acusado de traición,
deslealtad y cobardía” (Beevor
2015: 101).
Por último, incorpora a
filas a buena parte de la población civil de la ciudad. Hombres, de
cualquier edad, llevados al combate, y mujeres, también ingresadas
en grupos militares o bien ocupando las labores de asistencia
sanitaria y de comunicaciones (Hellbeck
2018: 403). Se organiza un
último convoy de desalojo de la ciudad a través del Volga de niños,
ancianos, enfermos y heridos.
Gracias
a la lectura estratégica de Chuikov se reorganiza la defensa de la
ciudad y el combate por cada punto importante de la misma. Recupera
el control de la estación de ferrocarril (3
de septiembre), nodo básico de comunicaciones, que además
estructura el eje Norte-Sur de la ciudad. Además, dificulta
sobremanera la toma de un promontorio natural que domina la ciudad y
que se hará célebre en
la Segunda Guerra Mundial:
la colina Mámáyev
Kurgan, que cambiará de
manos más de 100 veces durante la batalla.
Entre las ruinas de edificios y calles se dificulta sobremanera la
penetración de las fuerzas blindadas nazis, y tendrán que ser los
soldados a pie, arrastrándose
por el suelo y las ruinas,
los que tomen calle a calle y casa a casa, incluso planta a planta,
cada metro cuadrado de la ciudad (Hellbeck
2018: 401). Los rusos
quedarán atrincherados y se moverán entre las ruinas usando los
huecos creados e incluso las alcantarillas. Comienza la “guerra
de ratas” en palabras de los
soldados alemanes (Beevor
2015: 166).

Chuikov
prepara pequeños y móviles grupos independientes de francotiradores
que rastrean la ciudad entre los edificios derrumbados con la misión
de acabar con todos los nazis que se pongan a tiro, llevando a la
inseguridad total al enemigo. Destacará
el del tirador siberiano Vasily
Zaitsev (quien atesoró
un récord de 242
enemigos abatidos, incluidos 11 oficiales de alto rango) y Tania
Chernova (80 enemigos
abatidos), convertidos ambos
en Héroes de la Unión Soviética y en símbolos de la lucha por la
supervivencia (Hellbeck 2018:
438).
Hacia
el 14 de septiembre las posiciones están consolidadas, pese a que la
crudeza de los combates cuerpo a cuerpo no decae, ni tampoco la
intensidad de los bombardeos de artillería de ambos bandos. Los
alemanes controlan el 75% de la superficie de la urbe, llegando
incluso a controlar algunos de los embarcaderos del Volga con lo que
imposibilitan las labores de socorro y reemplazo del enemigo. Estos
viajes se tienen que limitar a la noche y aún así las ráfagas de
metralleta, el lanzamiento de morteros o
el minado indiscriminado del
rio lo hacen extremadamente peligroso para las barcazas que además
tienen que ocultarse durante el día porque serán objetivos
primordiales de la Lutwaffe.
Hasta 8 divisiones del VI
ejército alemán combaten dentro
de la ciudad. El
dominio aéreo alemán es todavía incontestable y el ruido de
sirenas, vuelos picados de Stukas
y explosiones es la banda sonora desde que amanece a las 7 de la mañana hasta que anochece, pasadas las
9 de la noche todos los días.
El
avance por los escombros de la ciudad es duro y penoso y hace además que los blindados alemanes
se vuelvan vulnerables e
ineficaces. Las posiciones en
altura, sobre edificios derruidos se convierten en fundamentales, y
de cualquier recoveco podía aparecer un soldado con un fusil
anti-carro y hacerlos
volar por los aires. La lucha es cuerpo a cuerpo, atroz, y
donde más allá de los fusiles cobran especial significación las
granadas de mano (de las que Chuikov hacía excesiva propaganda) e
incluso las bayonetas y las dagas.
Por
estas fechas dos acontecimientos son notables: Cae abatido el
teniente Rubén Ruiz Ibárruri, hijo de Dolores Ibárruri, La
Pasionaria. Exiliado en Moscú,
se licenció en la Academia Militar y participó en la defensa de
Borisov en Bielorrusia. Estaba
al mando de una compañía de ametralladoras defendiendo la
estación de tren. Recibirá
la Orden de Héroe de la
Unión Soviética a
título póstumo. Y también
se produce la Toma de la casa Pavlov,
el inicio de la resistencia de una casa de
4 plantas en posición
estratégica en zona de dominio alemán, por parte de un grupo de
treinta soldados soviéticos dirigidos por el sargento Pavlov, y que
conservarán hasta el final de la batalla.
A
comienzos de octubre el ejército alemán inicia el ataque para
controlar la extensa zona fabril al Norte de la ciudad. El objetivo
son la metalúrgica
“Octubre Rojo”,
la “Fábrica de Tractores”
reconvertida en fábrica de carros de combate, en especial el exitoso
y a la postre dominador T34, y la
fábrica “Barrikadi”
dedicada a la fabricación de artillería, tanto de
cañones de
artillería pesada convencional, lanza-cohetes,
como fusiles anti-tanque de
uso individual. Los
alemanes consiguen penetrar en el gran espacio industrial y
aparentemente dominarlo, pero no cierran el control, por la
resistencia en posiciones fortificadas de pequeñas divisiones
soviéticas. La situación ya es crítica para la 62º Ejército
Rojo, pero la providencial intervención de la 13ª División de
fusileros al mando del general Rodimtsev (héroe de guerra con
experiencia ante los alemanes en la Guerra Civil Española) (Hellbeck
2018: 378), permite mantener
el control soviético de dos de los tres baluartes, aunque
la producción sufre un severo retroceso.
Hacia
el 14 de octubre Paulus ordena una nueva
ofensiva nazi
aprovechando el refresco de tropas con 30.000 soldados nuevos y
pertrechos. Los alemanes logran ingresar en las fábricas en los
siguientes días y a la vez, hacen fracasar los contraataques
soviéticos, cuya línea de frente queda reducida a una estrecha
franja en torno al Volga y el espacio entre la fábrica de química y
la estación de ferrocarril, que se convierte en el siguiente
objetivo alemán. Nuevamente
la disputa en la colina
Mámáyev
Kurgan
es intensísima y dramática, llegando
a cambiar en 6 ocasiones de domino, con
el pertinente alzado de cada bandera como símbolo,
en un sólo día (Hellbeck
2018: 189).
Las
fechas que anuncian la
caída de Stalingrado van
posponiéndose a la opinión pública alemana ante la resistencia
soviética, pero sin minar el convencimiento del Reich
en la consecución de sus objetivos. La
labor de la propaganda es también intensa en ambos frentes y en las
retaguardias. Las ruinas se
llenan de octavillas
en ruso o en alemán lanzados desde los aviones o de alocuciones de
radio y megáfono, con el objetivo de convencer a los soldados enemigos a la
deserción (Beevor 2015:
334).
Para el 11 de noviembre se planifica un “último” asalto para
sofocar la resistencia. Pero el día 9, llega el General
Invierno y la
temperatura cae estrepitosamente a 18 grados bajo cero. El barro
provocado por las lluvias de los días anteriores se congela. Y en
los siguientes días caen las primeras nevadas que cubren de blanco y
de niebla los escombros de toda la ciudad. En
el Volga surgen los primeros témpanos de hielo que dificultan la
navegación, y para el 25 de noviembre ésta
queda imposibilitada.

A
mediados de noviembre, mientras se planifica la contraofensiva
soviética,
la situación es de dominio casi total del ejército nazi sobre
Stalingrado.
El control de la ciudad no es total gracias a una resistencia
heroica de la población civil y de un muy mermado Ejército Rojo.
Sin embargo, esa resistencia ha empezado a minar la moral de las
tropas alemanas, que
por un lado se preguntan hasta cuándo aguantarán ellos y los rusos
en estas condiciones; y por el otro,
empiezan a sufrir escasez en pertrechos militares, equipamientos para
el invierno (en
especial ropa y botas)
y víveres porque
la resistencia soviética esta alargando la batalla por encima de los
preparativos del alto mando.
Hasta
ese momento, el
Ejército
Rojo
había perdido 640.000 soldados (más otro medio millón de víctimas
civiles), 1.500 tanques, hasta 10.000 piezas de artillería
y 2.000 aviones. Por su parte, en la ofensiva sobre Stalingrado, el
VI Ejército del General Paulus
se
habían
perdido 75.000 hombres (entre muertos, heridos y más de 2.000
desaparecidos), a los que se sumaba las bajas del 4º Ejército
Panzer que había perdido 20.000 hombres y más de 2.000 tanques.
Además,
la enfermedad había hecho acto de presencia debido
a
la multitud de cadáveres pudriéndose en las calles y entre los
escombros que habían hecho aparecer las ratas, la peste y la
disentería. Aún
malviven dentro de la ciudad 15.000 civiles (Hellbeck 2018: 177).
El
19 de noviembre llega la contraofensiva del Ejército Rojo:
La Operación Urano.
Desde
el verano el mariscal Zhukov y la Stavka,
el Estado mayor del Ejército Rojo, han organizado en
secreto
un ejército masivo de 1.700.000
hombres, entrenando y disciplinando en diversos puntos de la estepa
a tropas provenientes tanto de Siberia, como de las repúblicas
asiáticas e incluso de
Mongolia.
Se aprestan al combate pertrechados con equipamiento nuevo y
específico para las condiciones invernales. Además, se han
construido miles de tanques y decenas de miles de morteros, así como
otros elementos de artillería, entre ellos los famosos lanzacohetes
Katiusha
que eran conocidos entre las tropas germanas como ”los
órganos de Stalin”.
Este ejercito recibe además las remesas de colaboración en material
proporcionadas por el ejército de Estados
Unidos,
entre ellos miles de jeeps,
y otros vehículos. Se organiza todo el operativo de logística de
combustible y víveres, incluida la última parte ante el asedio de
Stalingrado: la distribución y respaldo a través de varios
puentes de zapadores sobre el
Volga en la línea del combate. Y por último, el Ejército Rojo ha
formado hasta 10 divisiones aéreas con más de 5.000 aviones
modernos diseñados específicamente para anular los bombarderos
alemanes, así como para tener la maniobrabilidad necesaria para
batirse con los caza.
Todo
este movimiento se hace de manera secreta al tiempo que los servicios
de espionaje soviéticos comprenden los puntos débiles de la
ofensiva de Paulus sobre Stalingrado:
el flanco Sur, defendido por tropas rumanas e italianas, mal
equipadas, dispersas
entre sí y de los blindados Panzer
y
encima,
despreciadas por sus
aliados
alemanes.
El
objetivo del ataque es lanzar un cerco por detrás del rio Don y de
los campos aéreos más alejados de los nazis a unos 40 kilómetros
al Oeste de la ciudad. Se hace a través de una pinza al Norte y el
Sur de la ciudad de Stalingrado tomando algunos de los pueblos
limítrofes
y valiéndose tanto de ataques aéreos soviéticos, como sobretodo de
un bombardeo masivo para asegurar el avance de las tropas y el
desconcierto alemán.
En
un primer momento las tropas alemanas son sorprendidas y el alto
mando en Stalingrado observa como las nuevas divisiones motorizadas
con los tanques T34 al mando arrasan a italianos y rumanos. En ese
momento Paulus solicita a Hitler el repliegue de Stalingrado para
impedir que se cierre el cerco a sus espaldas, pero esto es rechazado
y se le conmina resistir a toda costa en espera de auxilio.
En
apenas 4 días, el 23 de noviembre, el cerco queda cerrado atrapando
a 250.000 soldados alemanes entre las ruinas de Stalingrado (Beevor
2015: 307).
Este cerco se irá cerrando progresivamente en las siguientes dos
semanas dentro
de la sub-operación Anillo.
Las
condiciones meteorológicas dificultan o impiden los vuelos y con
ellos el auxilio de las tropas cercadas. Para
el 10 de diciembre, los
soviéticos han recuperado o destruido casi
todos
los campos aéreos, y aprisionado a los restos del VI Ejército
alemán en una franja de 6 kilómetros en torno a la urbe. Las
promesas de refuerzo y reemplazo hechas por Hitler y el estado mayor
alemán son imposibles de cumplir (es que ni siquiera consiguen encender los motores de los aviones por el intenso frío) y crece la desesperación entre los
alemanes
que han pasado de sitiadores a estar
ahora sitiados. La desnutrición, la enfermedad, la tenaz resistencia
del enemigo convertida ahora en feroz ataque y venganza provoca la
desazón de las tropas que se sienten desamparadas y sin capacidad de
respuesta. Comienzan los motines, las deserciones y soldados se auto-hieren tratando
de ser evacuados.
También
resulta un fiasco el pretendido puente aéreo prometido por Göering
a Hitler para auxiliar a las tropas en Stalingrado, y la Navidad del
42 supone afrontar la realidad de una previsible derrota tal y como
empiezan a hacer
ver
las cartas de los soldados a sus familias en Alemania, donde, pese a
la censura previa, cala el mensaje en
la retaguardia de
la horrible situación del ejército.
El
9 de enero el Ejército
rojo
controla el último aeródromo en posesión alemana. Las temperaturas
fluctúan
entre los -40 grados nocturnos y los -20 diurnos. Los soviéticos consiguen volver a aprovisionar el ejército a través de un Volga ahora congelado (Beevor 2015: 340). Los alemanes sufren
los estragos del frio al carecer totalmente de equipamientos de
invierno y comienzan a padecer los síntomas de la
congelación y
de terribles enfermedades respiratorias.
El hambre ya es insoportable y han desaparecido los perros callejeros
y los caballos de las guarniciones de los altos mandos de infantería,
sacrificados
para alimentar a la tropa.
Por
contra los soviéticos ahora cantan y preparan asados para
desmoralizar más a sus enemigos, y comienzan a producirse algunas
deserciones y paseos de un lado a otro del frente por soldados que
cuentan a sus compañeros como los tratan los soviéticos.
Paulus
hace un llamamiento al cuartel general para solicitar
la rendición
con la esperanza de poder salvar los restos del VI Ejército, pero
Hitler le niega la posibilidad. De hecho nombra a Paulus
Mariscal de campo
con la intención de obligarlo
a no rendirse o suicidarse, ya que en la Historia de los ejércitos
alemanes, ningún Mariscal de Campo se había rendido. Paulus recibe
la notificación de su ascenso con desazón, aquejado de difteria
desde el otoño y en un estado nervioso alterado que le provoca
severos espasmos en la parte izquierda de su cuerpo. Aún
replicado por Von Mainstein, general en jefe de la Lutwaffe, Paulus
decide rendirse:
“No
tengo ninguna intención de pegarme un tiro por ese cabo bohemio”,
en referencia a Hitler, y
además ordena que ningún oficial ni soldado se suicide.
Entre
el 30 de enero y el 1 de febrero las tropas soviéticas rodean el
centro urbano de Stalingrado. La Plaza Roja, donde se había
instalado
el cuartel general del VI
Ejército alemán,
es cercado. Multitud de soldados alemanes intentan escapar antes de
ser capturados y enviados al gulag.
Se suceden los primeros escarceos
e intercambios de información entre alemanes y soviéticos para
preparar la rendición, mientras que Hitler ha ordenado a sus aliados
rumanos, húngaros e italianos replegarse al Don (cosa que en
realidad, ya
habían hecho por
su cuenta en
fechas anteriores).
El
2
de febrero, Paulus se entrega en persona en su búnker de los grandes
almacenes Univemag de la Plaza Roja, a los soviéticos comandados por
el general Rokossovski (Beevor
2015: 349).
Las pequeñas bolsas de resistencia alemana son aniquiladas.
El Ejército Rojo ha ganado la Batalla de Stalingrado.
Consecuencias
Con
la rendición en Stalingrado el VI Ejército alemán resulta
aniquilado. 90.000 de sus hombres supervivientes al combate son
hechos prisioneros y obligados a caminar por la nieve. Se estima que
fallecieron 40.000 solo en esta travesía. Sólo 6.000 de ellos
volverán a sus casas pasados 6 años. Se estima que fallecieron o
desaparecieron en Stalingrado unos 824.000 soldados (280.000
alemanes, 150.000 rumanos, 150.000 húngaros y unos 120.000
italianos). Además, se estima la pérdida, desaparición o purga de
un millón de soviéticos que se pasaron al enemigo según diversas
fuentes.
Se
perdieron unos 1.500 aviones (900 destruidos), 2.000 carros de
combate (unos 500 destruidos) y más de 10.000 piezas de artillería
(destruidas unas 6.000) el resto fueron capturadas y re-aprovechadas
por los soviéticos. Un volumen de equipamientos que la industria
alemana no podría suplir en lo que quedaba de guerra.
Las
bajas de los ganadores son aún más atroces: Se estima entre
soldados y la población de la ciudad (que pasó de 275.000
habitantes en 1939 a 80.000 en 1948) hubo 1 millón 800.000
muertos o desaparecidos. En cuanto a los bienes materiales la
ciudad quedo totalmente arrasada, perdiéndose 300.000 hogares en el
conjunto del área de combate desde julio del 42. Las comunicaciones
por ferrocarril y fluviales fueron destrozadas y tuvieron que
rehabilitarse.
En
cuanto a los bienes militares, el Ejército Rojo perdió en la
contienda en torno a 3.000 aviones, más de 4.000 tanques y hasta
6.000 piezas de artillería.
Las
consecuencias de cara a la Segunda Guerra Mundial fueron
fundamentales. Stalingrado resultó un giro crucial de la dinámica
de la guerra. La iniciativa hasta ese momento la habían llevado
los ejércitos del Eje, comandados por Alemania, cuyo mando parecía
invencible, e incluso digno de la providencia. Con la victoria
soviética se cambian las tornas y los alemanes comienzan en el
Frente Oriental un repliegue que durará casi dos años hasta Berlín.
Además,
supuso el fin del sueño de Hitler de erradicar el comunismo y acabar
con los pueblos eslavos, al tiempo que el aura de invencibilidad con
el que se movía el ejército nazi capaz de aplastar a todos sus
enemigos se desvanecía. “¿Dónde quedaba la raza aria tras
Stalingrado?”.
El
resultado fallido de la batalla de Stalingrado no pudo
ocultarse al pueblo alemán (se decretaron tres días de luto
nacional) y aunque la seguridad en la victoria final apenas se
resquebrajó, si surgió un sentimiento de intimidación ante las
hordas soviéticas. El alto mando del ejército alemán se vio
cuestionado por el propio Hitler, en especial el comandante de la
Luftwaffe, Göring, quien cayó en desgracia al no haber podido
abastecer a las tropas cercadas como había prometido. Además, la
derrota causó una crisis depresiva y paranoia aguda en Hitler que
castigaran, aún más, su juicio y sus decisiones.
La
derrota fue resultado del exceso de confianza de Hitler y el alto
mando tras un año de avance inmisericorde a través de Polonia,
Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Al igual que sucedió con los
soviéticos en un primer momento, esta excesiva seguridad en la
victoria impidió la preparación de un largo asedio, lo que hizo que
las tropas pasarán semanas y luego meses desabastecidas y sin los
equipamientos necesarios para el frio del invierno y para el tipo de
guerra de guerrillas que se desató sobre los escombros de
Stalingrado. La amplitud y lejanía del frente oriental impidió el
relevo y las tropas se agotaron bajo el mando de Paulus un general
que por otra parte, carecía de experiencia sobre el campo de
batalla, y no tenía la autoridad en el mando para una situación
como la finalmente planteada. Los límites logísticos del
ejército alemán quedaron marcados en el Volga, y ni el transporte
de tropas y mercancías, ni la producción industrial en la
retaguardia, podían satisfacer un sobre-dimensionado frente. Tampoco
ayudó el poder omnímodo de Hitler que no era contestado ni corregido
por sus generales y subalternos, lo que provocó una concatenación
de errores estratégicos que impidieron avanzar por la URSS con mayor
seguridad.

Por
su parte, para la Unión Soviética, su ejército y su población
civil la heroica resistencia de la ciudad de Stalingrado, sus
trabajadores y trabajadoras, supuso un chute de moral y de valor para
derrotar la invasión nazi (Hellbeck 2018: 37). El mariscal Zhukov
reclamó para si el éxito de la defensa, pero fue el General
Chuikov quien fue ascendido a Capitán General y tomó el mandó
del ejército soviético que desfilaría sobre un Berlín rendido dos
años después. Se reforzó el ejército, adquiriendo una experiencia
que sería clave para lo que quedaba de guerra, y empezaron a
recuperar su territorio. Numerosos soldados, oficiales, personal
civil y diversos destacamentos fueron ascendidos y promocionados
(Hellbeck 2018: 556). Se dotó de seguridad y de iniciativa como se
vio cuatro meses después en la, desde el punto de vista militar,
básica y estratégica victoria en la Batalla de Kursk
(julio-agosto 1943), la mayor batalla de carros de combate de la
Historia.
Además,
a partir de este momento y con el avance soviético hacia Berlín
comenzaron a documentarse y publicitarse las carnicerías y matanzas
ejecutadas por los nazis en la retaguardia, saltándose los
derechos humanos y añadiendo episodios concretos y etapas del
genocidio al que sometieron a los prisioneros de guerra, a los
disidentes políticos y a la población judía. Esto resultó
importante para alentar las simpatías de las poblaciones de los
países ocupados en Europa o del Reino Unido, a parte de eliminar la
tibieza que los nazis tenían en algunos de los círculos de poder de
estos países. Sólo con la victoria soviética, aliada, en
Stalingrado las potencias occidentales pasaron a la acción con el
desembarco en Sicilia en julio (Ghodesee
2025: 54).
En
el frente Occidental la Batalla de Stalingrado fue seguida con
atención por los pueblos ocupados, en Bélgica o Francia y por la
opinión pública británica y estadounidense. Las élites de los
primeros, sometidos por el Reich, y las del tercero, “ausente”
en su país y centrado en la Guerra del Pacífico, veían la
contienda en un primer momento como el cierre del experimento
comunista. Pero al avanzar los meses, la resistencia de los
soviéticos y la ilusión crecer entre sus poblaciones porque los
nazis fueron derrotados, celebraron la victoria de la Unión
Soviética, y conmemoraron Stalingrado con plazas y calles,
reconociendo el hito trascendental que resultaba para el devenir de
la guerra.
En
conclusión, las consecuencias de la batalla de Stalingrado
fueron profundas y de diverso impacto (Hellbeck 2018: 16). Para
Alemania, significó una pérdida irreparable en hombres y moral,
junto con la reducción de su capacidad ofensiva. Para la Unión
Soviética, implicó un impulso estratégico y moral crucial que
cambió el curso de la guerra. Globalmente, la batalla configuró el
desenlace del conflicto, consolidando el declive de las potencias del
Eje y facilitando el camino para la victoria aliada.
BIBLIOGRAFÍA
BEEVOR,
Anthony (2015). Stalingrado.
Barcelona. Editorial Crítica.
Traducción: Magdalena Chocano Mena. Re-edición del original:
Stalingrad. Anthony Beevor (1992).
FIGES,
Orlando (2022). La Historia de Rusia.
Barcelona. Editorial Taurus. Título original: The Story of
Russia. Traducción: María
Serrano Giménez.
GALEOTTI,
Mark (2022). Una historia breve de Rusia.
Madrid. Editorial Capitan Swing.
GARRIS
MOZOTA, Jorge (2020). “Stalingrado (1942-1943): La gran batalla
ideologica de la Segunda Guerra Mundial”. En: VV. AA. La
Batalla: Análisis Históricos y militares. Madrid.
Cátedra de Estudios Militares. Universidad Complutense. pp.:
1089-1137.
GHODSEE,
Kristen (2025). Valquirias Rojas.
Barcelona. Editorial Manifest Llibres. Traductor: Carmen Alonso
Menéndez.
HELLBECK,
Jochem (2018). Stalingrado.
La ciudad que derrotó al Tercer Reich. Madrid.
Editorial Galaxia Gutemberg. Título original: Stalingrad.
The City that Defeated the Third Reich - Die Stallingrad-Protokolle.
Jochem Hellbeck (2012). Traducción: Alejandro Pradera Sánchez &
Victoria Eugenia Gordo del Rey.
ODALRIC
DE CAIXAL i MATAL, David
(2015). La batalla de Stalingrado: el principio del fin del
ejército alemán en el este. En
Revista Aequitas, Volumen 5 (2015). Editada por Asociación Veritas
para el Estudio de la Historia, el Derecho y las instituciones.
ROCTEUR,
Jeremy (2016). La Batalla de Stalingrado. La primera
derrota de la Wehrmacht alemana.
Madrid. Editorial Crítica. Traducción: Laura Bernal Martín.
TAIBO,
Carlos (2010). Historia de la Unión Soviética.
Madrid. Alianza Editorial.
TRIGG,
Johathan (2023). Stalingrado, la batalla vista por los
alemanes. Barcelona. Ed. Pasado
y presente.