El Papa León XIV dirigiéndose el pasado lunes 8 de junio a los diputados y diputadas en las Cortes española. Foto de público.es
El calor abrasa físicamente la península mientras se consumen los días
para que comience el nuevo mundial de fútbol, desarrollado a la
limón entre Estados Unidos, Canadá y México, cómplices de una
FIFA que paga sus favores en forma de clasificaciones a las
federaciones aliadas. La intrínseca corrupción del ente
futbolístico mundial nos lega un torneo hiperbólico. Gigantesco. De
48 selecciones, y de las que cuyo nivel, me atrevo a suponer porque
estoy absolutamente fuera de la cotidianidad futbolera actual, menos
de una decena da para ser candidatos a jugar los cuartos. Sin
embargo, la última semana de la primavera y el primer mes del verano
se van a agotar despistando a la opinión pública de sus problemas y
soliviantando las tertulias, los debates y las charlas en todas las
redes y barras de bar.
Como
telonero de este evento fastuoso de dinero, poder y relaciones
oligárquicas, y ya si eso, después de todo esto, de deporte, en
Españistán hemos tenido la visita del papa León XIV. La
primera visita de un sumo pontífice en 15 años, que vista en
comparación con otros países de nuestro entorno no es tanto tiempo.
Pero puesta en perspectiva de lo que supone España para el
Vaticano y el Catolicismo hacia mucho tiempo que el papa-móvil
no se deslizaba por las calles entre millones de creyentes, miles de
banderitas y cientos de guardaespaldas en traje y corbata.
Esta
semana León XIV recorre Madrid, Barcelona y las Islas Canarias en el
cuarto viaje internacional de su papado. Lo hace acompañado “de
cientos de miles de feligreses” venidos de cualquier parte del
estado a misas y besamanos en estadios de fútbol y en plazas públicas consagradas a la exaltación católica, apostólica y romana. Las televisiones privadas, incluidas las reaccionarias y las
de emporios mediáticos de derecha, ultraderecha y clericales, tratan
de rascar los aledaños de la audiencia de una radio televisión
pública que una vez más, confunde el servicio público con el servilismo. Y es
que la cobertura de la visita papal pasa del mero interés
informativo por un acontecimiento señalado a tratar de construir y
consolidar después, la imagen de una España única a nivel moral,
donde no caben las alternativas, los disensos y ni mucho menos la voz
crítica con la Iglesia, tanto desde dentro de la propia masa
creyente, como de los que nos consideramos de otras confesiones,
agnósticos o ateos.
La
realidad es bien distinta. Como atestiguan con menos periodicidad de
la necesaria, tanto las encuestas privadas como las públicas, el
sentir religioso de la España actual no tiene
nada que ver con esa imagen de España católica que huele a
cerrao y a blanco y negro. Según la última encuesta del CIS (recogida en laicismo.org porque desde la propia web del CIS es imposible de encontrar), y pese
a las toneladas de promoción por tierra, mar y aire, es decir, por
medios de comunicación tradicionales, digitales y emblemas culturales que procuran re-introducir la idea de un resurgir
cristiano, el seguimiento religioso de las españolas y españoles
está en mínimos y continua un inexorable retroceso. Ni siquiera la
población migrante, especialmente latinoamericana, impide la caída
de la religión católica en el estado español, puesto que esta
población está favoreciendo la llegada a Europa de otras sectas
cristianas, como el Evangelismo, que es de un peligro atroz y al que
si fuéramos inteligentes y estuviéramos a lo que tenemos que estar
tendríamos que estar ya dando batalla.
Sin
embargo, tampoco podemos clamar al cielo de la laicidad por el
espectáculo montado y los costos repercutidos al conjunto del estado
y de la sociedad, puesto que España sigue siendo un puntal
fundamental en el estatus que tiene el Vaticano, tanto como faro del
catolicismo, emblema de la cristiandad (mucho más poliédrica de lo
que el común de los españolitos piensa), como mucho más
importante, marca de negocio y nación-estado con unas peculiaridades
muy concretas.
España,
AKA Españistán, es un estado aconfesional. Qué
quiere decir esto. Pues que en España no hay una religión oficial
de estado. Difiere con el estado laico o irreligioso, umbral
al que desde la izquierda se debe desear llegar, en que un estado
laico niega e impide cualquier injerencia de los poderes religiosos
en la política o el gobierno del país. En el caso del estado
aconfesional se abre la posibilidad de establecer convenios, acuerdos
o relaciones formales con las instituciones religiosas tanto
nacionales como internacionales. Concretamente en España, en el
propio artículo 16.3 de la Constitución, abre esta posibilidad
directamente con la Iglesia Católica, sacralizando de este modo el
concordato que el franquismo firmó con el Vaticano en 1953. De
este modo se construye un híbrido (otro más) entre el estado aconfesional
“clásico” como pueda ser los casos de Suiza o Francia,
con el estado confesional católico, apostólico y romano del
franquismo o de otros países donde la fuerza política de la
religión es defendida y promocionada desde el propio estado. Por
ejemplo, son los casos de Reino Unido con la religión Anglicana,
Grecia con la Ortodoxa, o Argelia con el Islam, entre otros.
Por
lo tanto, Españistán se presenta como hija de su tiempo y de la
negociación durante la transición entre izquierda y extrema
derecha, quedando en materia de religión y moral está peculiaridad
legislativa que nos deja una iglesia todavía hoy con mucho poder,
tanto político, social, económico y cultural como para seguir determinando la vida de las españolas y españoles. En este sentido,
se sigue validando la posición de España como un país aliado,
quizás el principal sostén del Estado Vaticano, como así ha sido
desde la época Moderna, con una relación simbiótica muy potente
que permite una injerencia intolerable del catolicismo como religión
y del vaticano como símbolo, y con sus representantes en España, la Conferencia Episcopal como altavoz y ariete.
Si
este contexto no fuera suficientemente problemático para un sentir
laico y progresista, el sainete semanal se ha complementado con una
homilía televisada en las Cortes. El sermón del sumo pontífice en
el Congreso de los Diputados, en el territorio de la soberanía
popular, es decir, de todas y todos los españoles, fue el momento
culmen de la visita oficial. Incluso superando la sacralización de
la Sagrada Familia de Barcelona porque con el discurso ante sus
señorías una vez más se toleró y favoreció la injerencia
eclesiástica en el día a día de la sociedad española.
Antes
de oír las palabras del Papa en el Congreso hay quien pecando de
inocencia, pudiera esperar que se tratarán temas que si que tienen
que ver con la institución que representa. Por ejemplo, y sobretodo,
todo lo que tiene que ver con los abusos a menores en el seno de la
Iglesia, donde la propia pederastia es coronada con el espino del
silencio y la impunidad de los criminales. No se trata solo de que,
atendiendo al informe del Defensor del Pueblo de 2025, haya habido
más de 400.000 víctimas en España, o que haya investigaciones
internacionales que muestran como entre el 6 y el 12% de los
sacerdotes han estado involucrados en casos de violaciones a menores.
El drama y la gravedad del problema es que la jerarquía eclesiástica
católica favorece la impunidad y defensa de los suyos, impide la
investigación formal tanto policial como judicial. Vilipendia de
entrada a las víctimas y sus familias, y sólo cuando la prensa
libertaria y las asociaciones que trabajan en defensa de estas
personas consiguen las pruebas se presta a no torpedear las
indagaciones.
Pero
de esto el Papa apenas soltó unas manidas y cuantas frases hechas,
que no atacan las bases de esta depredación sexual y moral, y ni
mucho menos emplaza a sus embajadores en España, la Conferencia
Episcopal, a tomarse este tema en serio, a colaborar con las
investigaciones y los gobiernos para erradicarlo y hacer justicia.
Tampoco ejerció su monopolio del perdón para exhortizar la culpa y la intencionalidad que tuvieron comportamientos de la Iglesia española en el pasado como puedan ser las tramas de bebes robados, la colaboración con el franquismo y la opresión sistemática sobre la mujer.
El
Papa si habló algo de ecologismo o contra “el rearme
internacional”, pero sin atacar las bases capitalistas que son
la causa del deterioro acusado y ya casi irresoluble del medio
ambiente, con las deplorables y dolorosas consecuencias que traen
para el conjunto de la humanidad. Tampoco dijo nada especialmente
contra la ola fascista y reaccionaria que alientan un mundo desquiciado de conflictos armados.
Pero
por supuesto, lo que hizo fue atacar a quienes la Iglesia Católica
ha atacado desde siempre: A los colectivos LGTBi, a los que sabedor
de que se mueve en un país especialmente protector con este grupo,
paso de soslayo; y fundamentalmente a las mujeres reafirmando la
postura del Vaticano contra el aborto (en plena ola de ataque
fascista a este derecho), el uso de anticonceptivos u otras cuestiones que atañen a la sexualidad y la intimidad femenina. Una vez más y
como siempre, la Iglesia y el Papa entraban en los dormitorios y en
las bragas de las mujeres, para atarla al patriarcado y a que estén
por debajo del hombre.
Especialmente sangrante cuando esa "defensa de la vida desde la concepción hasta el ocaso" se salta la voluntad popular expresada en reformas legislativas que garantizan el aborto y la eutanasia como derechos cívicos. Una ofensa en la sede de soberanía pública donde precisamente se ha trabajado para garantizar estos derechos individuales ante las apetencias y voluntades de otros. Habría que recordar al Papa y a su séquito, a la curia, a la Conferencia Episcopal y sus altavoces, a sus señorías de la extrema derecha y a millones de católicos que no tienen ningún derecho, ni ninguna legitimidad para imponer su visión moral a los demás. Que el resto hemos acordado medidas garantistas para la mayoría. De hecho para todos. Incluidos católicos que berrean contra el aborto o la eutanasia, pero que cuando lo necesitan bien que han ejercido el privilegio para abortar en el extranjero o para que les apliquen paliativos. Parece que también hay que recordárselo a las señorías del PSOE y de la izquierda posmo y cuqui tan corporativista con el gobierno de coalición que olvida sus propios compromisos, tradiciones e ideales.
Incluso
se permitió poner en duda el papel de la mujer fuera del hogar y de la familia, institución a la que vuelve a señalar como atacada,
cuando realmente lo que ocurre es que el capitalismo ultraliberal la ha despojado de utilidad y de valor. Animaba León XIV a
los jóvenes a formar familias y tener hijos sin entrar a valorar la crisis sistémica mundial de la Vivienda, que en España ya es colosal, y donde su propia casa, la Iglesia con la Conferencia
Episcopal y las órdenes religiosas al frente poseen decenas de miles
de viviendas en este país y especulan y desahucian con más brío
que los propios bancos. Un hipócrita vestido de blanco.
Me
cabrea especialmente que el Papa pasará olímpicamente de hablar del
incontable patrimonio que su delegación en el estado tiene. Las
inmatriculaciones, esa suerte de corruptela inmoral e ilegal perpetrada por Aznar, que no sólo favorece el negocio inmobiliario
de una organización privada como la iglesia, que prácticamente no
paga impuestos y encima se lleva subvenciones estatales y las
“donaciones” vía IRPF de algunos incautos. Ni siquiera tienen a
bien hacerse cargo del mantenimiento de sus iglesias, que pasan al
conjunto del patrimonio estatal, pero bien que esas iglesias,
catedrales, monasterios, palacios y museos aparecen cerrados para
todo aquel que no pase por caja. Una peculiaridad española que es
una aberración en Europa y que debería impedirse hoy mismo.
También
me insulta que en la sede de la soberanía popular venga un sujeto a
loar la libertad religiosa o “de elección de los padres
sobre la educación que quieren para sus hijos” poniendo de
manera provocadora al catolicismo en primera posición y sacralizando
la intromisión de la religión en la educación pública, vía
colegios concertados y universidades privadas. Un país aconfesional
debe de poner la educación pública y libre de injerencias dogmáticas de la religión, de cualquier religión, fuera de los
ámbitos públicos, quedando en el sentir privado de las familias.
Tampoco llamó a capítulo a sus señorías a que acaben con la corrupción, especialmente de aquellos que venían a "regenerar" el invento. A evitar las discriminaciones y la aporafobia. A ceder poder y favorecer que la gente, especialmente la joven, tomé su lugar en el mundo y lo cambie y actualice acorde a unos valores más progresistas y de futuro. A acabar con tanto fascismo, a abrazar, defender y promocionar como merece por necesario el antifascismo, tanta falta de conciencia, de vergüenza. A luchar contra la catadura moral del que no tiene escrúpulos, y en esencia, a construir un mundo más colaborativo, fraterno y humano.
La
“izquierda” o las “izquierdas” o esos representantes sentados
en el Congreso si que celebraron las palabras del pontífice sobre la
cuestión migratoria y “los más desfavorecidos” para en el fondo volver a pecar de lo anterior: El Papa estuvo casi 2
horas hablando a sus señorías y no puso sobre la mesa ni una sola
medida que solucionará los problemas, que llamará al orden a los
representantes para que enmendarán los fallos y las injusticias. Y mucho menos para hacer una crítica seria a su Institución y
anunciará los cambios que fueran necesarios. Eso sí, sus señorías
sin distinción de partidos (salvo BNG y Podemos que esta vez
decidieron no asistir) se levantaron prestos a loar la oratoria con 7
minutos de ovación.
Después
de esta misa en las Cortes, y tras pasar por Barcelona, la visita va
acabar en las Canarias, uno de los puntos claves de la entrada de inmigrantes en Europa. De gente pobre y desfavorecida por los siglos
de los siglos, entre otras cosas, por las propias dinámicas que la
Iglesia católica ha alentado todo este tiempo. León XIV podía
haber aprovechado el Congreso para leer el catecismo a las huestes de
las ultraderechas patrias, con Vox y su “prioridad nacional” a la
cabeza, pero con el PP, Junts o el PNV tan solícitos a soliviantar
la cuestión migratoria y comprar los marcos fascistas de la teoría
del recambio, pero especialmente prestas a favorecer la laminación de las clases trabajadoras y su competencia interna para gusto de la avaricia de las patronales.
El
drama internacional que tenemos hoy es el de una ola reaccionaria,
neoconservadora y neo-fascista que amenaza con dolor y miedo a todas
y todos. Que destruye la ilusión y el trabajo por planteamientos
progresistas y la salud de las organizaciones de izquierda. Estamos
tan mal que es paradójico que el representante de una de las
instituciones más arcaicas, retrógradas, misóginas y alienantes de
la Historia de la humanidad nos parezca que es “de izquierdas”.
Que hace unas declaraciones que defiende la diversidad, el
progresismo o el ecologismo. Mal, muy mal, hacemos en caer en este
absurdo porque el Papa no es portavoz de ninguna visión progresista.
Ni siquiera humanista.
El
Papa, el Vaticano, la Iglesia Católica y sus representantes no son
defensores de la “socialdemocracia” ni de los trabajadores, ni
tampoco los migrantes. No van a “vender su arte para dar de
comer a esa gente”, y ni mucho menos, van a alentar una
distribución de la riqueza más justa e igualitaria que impida la
opresión del hombre por el hombre. Por mucho que las escrituras y
sus grandilocuentes encíclicas o sermones pastorales clamen contra
el dolor y el desamparo en el mundo.
Por
ello me ofende profundamente, como ateo y como demócrata, como
libertario y comunista, que el representante de “Dios en la
Tierra” ponga los pies en los símbolos políticos que se
supone son de todas y todos, que nos ordene cómo tenemos que obrar y
que nos insulte directamente “por haber abandonado las
enseñanzas de Jesús en la Cruz”. Como si la Iglesia no
hubiera garantizado la pobreza, patrocinado el dolor y lucrado de la
venta de esperanza. A otro perro con estos huesos.