Imagen de satélite del 28 de febrero de 2026, supuestamente de la residencia del Ayatolá Jameneí tras el bombardeo masivo de Israel y Estados Unidos sobre Irán.
El
sábado 28 de febrero amaneció con el nuevo ataque de Israel y Estados Unidos sobre Irán. Un bombardeo indiscriminado, que aunque
esperado, se efectuó sin aviso y dentro de una ronda de
negociaciones que claramente era una tapadera de cara a ganar tiempo
y organizar la acción militar. De todos los implicados. El resultado
del ataque ha sido el descabezado de la cúpula militar y política
de la teocracia iraní con la destrucción de infraestructuras
críticas del aparato bélico y policial de Irán, así como de
algunos de los centros de poder del país. Se cuentan las muertes de
numerosos altos cargos del ejército, así como de miembros de los consejos religiosos y políticos destacando el ex-presidente
Ahmadineyad (aquel que pusó en jaque Occidente con el programa
nuclear) y fundamentalmente, el ayatolá Alí Jameneí. Por supuesto, las víctimas civiles se cuentan por millares.
Ni
que decir tiene que sacar del mundo a semejantes impresentables hace
del planeta y de Irán un lugar mejor. Desmontar y erradicar un
sistema dictatorial, propio de una época medieval, en el que la
visión extrema de una religión, incompatible con la vida, la
dignidad y los derechos humanos es la doctrina moral y legal que
condiciona e impide el desarrollo de sus propios conciudadanos, es
siempre una buena noticia. Pero hacerlo, una vez más, al margen de
la legalidad internacional, llevándose vidas inocentes por delante y
violando la soberanía de otro país es una muestra más de un mundo desquiciado que se va al abismo por momentos.
Las
implicaciones de la acción militar conjunta entre Israel y Estados
Unidos son de muy amplio calado. El contexto, nacional y propio de
Irán, de la región de Oriente Medio, de Asia y el Índico, y para
todo el planeta no deben obviarse y por lo tanto, es fundamental
conocer bien de lo que estamos hablando, para construirse y transmitir un juicio acertado sobre lo que está pasando. A estas horas
los misiles de uno y otro lado se han cruzado sobre Oriente Próximo
incluyendo ataques a bases e intereses occidentales en los emiratos
de la península Arábiga, como respuesta del ejército de Irán, así como la apertura de nuevos frentes en Líbano. Incluso el suelo soberano de la UE ha sido
objetivo al caer algunas bombas sobre la base británica en Chipre
Mientras el ataque bélico unilateral ha eliminado la posibilidad de que el pueblo iraní, empezando por sus mujeres y jóvenes, tomasen el poder
y construyesen una democracia o un sistema político y social nuevo,
lo que si ha hecho es abrir la brecha a la seguridad y la incertidumbre en todo el
mundo. Si la población civil de Irán no va a poder enjuiciar e
investigar su pasado y su presente, poner ante un tribunal y ante la
Historia a cientos de dirigentes con una visión radical del
islamismo que les ha permitido masacrar a la población, al tiempo
que se hacían muy ricos, mucho menos se les va a permitir construirse
un futuro propio, puesto que el sistema “ofrecido” ya viene
teledirigido desde Washington y Tel Aviv con la oscura figura del
heredero del Sha en el horizonte.
La excusa de esta guerra está en que Irán volvía a ejecutar un programa de armamento nuclear y de que antes de conseguirlo era preciso acabar con él. Las protestas y la represión contra su propio pueblo, son otra de las excusas que se han aducido en estas últimas 48 horas (y en las semanas previas), pero el motivo del ataque es la reconfiguración total de Oriente Medio, con Israel convertida en la potencia regional tras la ruptura de todas las alternativas que el Islamismo chií tenía en la zona (el Irán de los ayatolás, Hizbula en Líbano, Hamás en Gaza o Cisjordania, Siria, etc.).
Tampoco se deben obviar los balbuceos y debilidades de la presidencia de Trump que más allá de todo el histrionismo y los llamamientos fastizoides del programa MAGA (con sus propias "SS" en los ICE), atesora un desgaste colosal para un primer año de mandato, donde la anulación por parte del Tribunal Supremo, de sus recurrentes aranceles, implicaban el alzamiento de una nueva cortina de humo, una nueva distracción para sus bases. Sin embargo, esta acción, al contrario de lo ocurrido con Venezuela, no parece ser del agrado de buena parte de su propio aparato en el partido Republicano, así como de sus votantes, puesto que hasta a ellos, les parece que embarcar al país en una guerra, tan lejana y ante una nación tan grande y armada, puede provocar sonoros costes y muy reducidos beneficios para el norteamericano de a pie y gorra de beisbol.
Y
es que la única conclusión a la que van a llegar los, supuestos,
“enemigos de Occidente” es que la única garantía de
seguridad es de disponer de armas de destrucción masiva,
especialmente nucleares, para poder mantener una posición fuerte que
impida el ataque preventivo y unilateral de los auto-proclamados defensores de la libertad y de la seguridad. Tanto la CIA como la
agencia Internacional de la Energía Atómica, adscrita a la ONU,
informaban de la inexistencia de indicios sólidos que sustentasen el
relato de la tenencia por parte de Teherán de armamento nuclear. Si
Irán hubiera dispuesto ya del arma nuclear y probada su eficacia, no
hubiera sido atacada. Si tienes armas nucleares es para exhibirlas
(por lo menos) primero con el afán de disuadir a potenciales
enemigos, y en segundo, para henchir de orgullo a la propia nación,
por lo que parece evidente que la excusa del armamento nuclear es por
lo menos, falsa e infundada.
En
conjunto, y como resultado, de estos años de alzamiento fascista
internacional, y de escalada de las amenazas de guerra, tenemos el
fin del orden internacional salido, no sólo tras la Segunda Guerra
Mundial, sino mucho más recurrente, tras la caída de la URSS.
Estados Unidos se empeña en mantener una posición de potencia única, como eje central en un mundo unipolar, que ya no existe.
Aunque consolidan la vía de la fuerza militar, sin
negociación diplomática, ni declaración de guerra, como
elemento de resolución de los conflictos, lo que realmente está
haciendo Estados Unidos y sus aliados -sobretodo Israel, y
algo menos la Unión Europea donde crecen las voces disonantes (no
dejamos de hablar de una organización supranacional a la que han
cedido soberanía un conjunto de naciones, pero no en materia de
representación internacional o militar)-, es alimentar un complejo militar-industrial gigantesco que necesita de guerras y conflictos para ganar dinero.
Como
añadidura, Trump no sólo ha incumplido con el Derecho
Internacional, cosa con la que no se distingue de los presidentes
estadounidenses, ya fueran demócratas o republicanos. Además, ha
vuelto, por tercera vez, a ignorar los procedimientos políticos de
su propia democracia, al emprender acciones militares sin contar con
los preceptivos mandatos del Congreso y el Senado. Con lo cual ha
quedado ya demostrado, empíricamente, como la democracia es
pisoteada e ignorada, si se puede interponer en eso de ganar dinero.
Las consecuencias a nivel interno y a la salud del régimen
democrático-liberal están por venir.
En
general, lo que subyace del ataque estadounidense e israelí sobre
Irán es el cambio de modelo de gobernanza e internacional. Se
rompen los consensos y las garantías democráticas, de soberanía y
de justicia, implantando un modelo autoritario donde va a prevalecer
la ley del más fuerte, y sobretodo, la de el que menos escrúpulos
tenga. Un camino, ciertamente peligroso, al que como sociedad civil debemos oponernos y resistirnos. El primer paso, será ante el
llamamiento a ese escenario de sumisión palmaria a Estados Unidos y
a su aparato económico-militar como es la OTAN. Permanecer un solo
minuto más en esa alianza belicista, que nos roba soberanía, dignidad y dinero, nos convierte en cómplices. El segundo, e
inapelable, dar batalla frente al fascismo que se ha beneficiado en
algunos casos demostrados de la teocracia iraní, y en otros, dando
empaque a la cesión de dignidad frente a los imperios y sus élites.
La
sucesión de escenarios de enfrentamiento esa clara: Desde cuestiones
internas como Gaza, o incluso Ucrania, hacia consideraciones de mayor
calado, como esta guerra contra Irán, que supone un incremento, que
puede acabar en un enfrentamiento contra Rusia y China (no
necesariamente coaligados más allá de frente a un enemigo común denominado “Occidente”) por la hegemonía mundial.
Aún
así, hay quienes consideran que todos estos enfrentamientos no están
relacionados y que son independientes. Interesados en hacer creer que
lo que está en juego es la democracia, cuando eso es lo que menos les interesa, o incluso, la detestan. Extrapolado al tablero
internacional hablamos de una disputa que va de hegemonía única o
hegemonía multipolar. De relaciones con marcos y reglas claras
basadas en el respeto y la transparencia, a teatros imprevisibles
donde las acciones de fuerza se hacen con ninguna o poca antelación
y que provocan una escalada de impredecibles consecuencias.
En
todo esto tiene que ver la evidente pérdida de impulso y poder que
está viviendo Estados Unidos, ya no sólo como potencia única, o
como último Imperio, sino más allá, de la propia estructura y
dinámica de país. El paso, inexorable como sociedad civil, es "des-americanzar" el mundo, haciéndolo más amable, más natural, más humano e intentando con ello, abolir la guerra y la violencia como método de resolución de conflictos.
Al
estilo de la caída del Imperio Romano, la decadencia yankee que
comenzó, indudablemente, cuando cayó su natural enemigo, la Unión
Soviética, va acelerándose paso a paso, presidente a presidente, y
semana a semana. La primera fase fue la exhuberancia de sentirse
sólos en la cúspide, sin un enemigo al que batir, y sin ningún
tipo de límite a sus intereses y deseos, al no haber alternativa
real. En esa ensoñación se limitaron las transformaciones y
adaptaciones necesarias a ese nuevo contexto. En vez de proteger a
las clases populares estadounidenses, se apretó aún más el
acelerador de su desposesión y claudicación para goce de los
inversores y capitalistas. El sueño tuvo un abrupto despertar el 11
de septiembre de 2001.
A
continuación una sucesión de presidentes, de ambos partidos,
incapaces de parar el golpe, ni de dotar de dinamismo a su sociedad y
economía. El actual un octogenario sociópata narcisista, misógino, corrupto, amoral y caprichoso. Entre medias de sus dos mandatos un
presidente demócrata senil y corrupto desde los años 70, Joe Biden. En conjunto, unas copias malas de los Andropov y Chernenko en la URSS de los 80.
Donald
Trump, rodeado de un gabinete de psicópatas y fascistas ejemplo de
lo peor que el mundo ha dado. Acusado por la prensa y alguno de sus
ex-amigos de ser parte integrante de la red pederastra de Epstein (un
turbio personaje con pasado en los servicios secretos de Israel,
Reino Unido y Estados Unidos, que fue, convenientemente, “suicidado”
en prisión). Una administración sin rumbo fijo, con cambios de
hombres y nombres, que demuestran la inexistencia de un plan de
gobierno. Que suman ya varias docenas de mandatos del tribunal
supremo o del Congreso ante el saltado de normas propias. Con un
Trump que un día dice una cosa y al siguiente al contraria.
Maltratando a sus aliados a base de aranceles disparatados que no han
impedido el aumento constante del desempleo y la pérdida de bienestar de la población local. Ahora ya embarcado en guerras fuera
de Estados Unidos, algo de lo que había hecho campaña, y que le
había valido amplías capas de apoyo popular de un país harto del
papel de policía del mundo.
¿Las
siguientes escenas en esta escalada de la Guerra Mundial y el fin de
Estados Unidos como potencia hegemónica? Pues en primer lugar vamos
a ver qué capacidad le queda al ejército iraní y el régimen de
los ayatolás de defenderse, fundamentalmente de Israel. ¿Tiene
capacidad de aunar una liga chií contra sus atacantes? En qué
estado están las fuerzas de sus posibles aliados en Siria, Líbano,
Palestina ¿Cuál será la actitud de las potencias árabes de los
petro-dólares como Arabia Saudí, los Emiratos o de Turquía ante el
avance del gran Israel como potencia hegemónica en la región,
la única con armas nucleares?
¿Qué
capacidad le queda a la oposición democrática, laica y de
izquierdas para construir un Irán de dignidad y futuro? ¿Le
interesa eso a los actores implicados?
¿Qué piensa hacer la Unión Europea? ¿Hasta cuándo durará la OTAN?
¿Qué
actitud van a tomar Rusia y China, tradicionales aliados, aunque con
reservas, con respecto a Irán y su república Islámica? El petróleo
iraní reúne buena parte de las respuestas a esta pregunta, así
como el acceso al estrecho de Ormuz para los barcos rusos y chinos, y el
cierre o no de los gaseoductos que desde los Urales hacen negocio en Europa.
¿Y
la India y el resto de BRICS, contando con Indonesia? ¿Qué papel
puede jugar Pakistán en todo esto? Hablamos de países cuya
población se cuenta en centenares de millones de personas, tienen
ejércitos sobredimensionados por años de intereses estadounidenses
en la zona y cuentan con recursos minerales propios.
¿Hasta
cuándo durará este ecosistema de frágil paz, dopado por una
ola de neoconservadurismo, por no decir, directamente de fascismo,
ante una realidad de nuevos países y agentes?
Estamos en la antesala de un conflicto global con implicaciones que pueden acabar en la destrucción mutua y en una extinción masiva. De cómo nos mantengamos informados, alentando el pensamiento crítico y la activación social, dependerá y mucho, nuestro futuro, y también el de la humanidad.