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lunes, 19 de octubre de 2026

La coyuntura francesa


 

Consecuencia política directa de las elecciones al Parlamento Europeo de junio de 2024 fue la convocatoria de elecciones legislativas en Francia para agosto de ese año. El presidente de la República, el tecnócrata y liberal Enmanuel Macron se veía empujado a una adelanto electoral en la cámara de representantes debido al nefasto resultado que su coalición obtuvo en la votación europea y al auge de la extrema derecha en aquellos comicios, mientras un estado de perenne ingobernabilidad en Francia le empujaban a buscar una nueva mayoría legislativa que reaccionara en su figura, a través de una coalición de urgencia entre conservadores y liberales y el apoyo puntual de los socialistas. Sin embargo, el resultado de las legislativas mientras el país vivía el furor de los Juegos Olímpicos de París 2024, fue la victoria de la coalición de izquierdas de la Francia Insumisa que paró en seco el crecimiento electoral y favorable de la extrema derecha y dificultó aún más, la consecución de mayorías operativas en la Asamblea Nacional.

Una vez más, la cultura política de las militancias de izquierdas en Francia volvió a mostrar cuáles son los caminos a realizar y dónde están las prioridades cuando están en peligro los valores democráticos, la identidad nacional, así como la salud de la civilización moderna y los valores republicanos. Con aquella votación se paró, al menos momentáneamente el auge de la extrema derecha en Europa, garantizando de paso un respiro a la integridad y la construcción de una Europa común que se enfrente a los retos del Mundo Actual, y en especial, a las agresiones y a la violenta hegemonía de Estados Unidos en su enfrentamiento geoestratégico frente a Rusia y China.

Evidentemente estos dos años no han servido para facilitar una estabilidad política en la República. Los primeros ministros designados por Macron van durando menos que un respiro y el enfrentamiento entre Presidente de la República, una cámara de izquierdas, y una sociedad civil empoderada y muy atenta a lo que se decide en el Eliseo y en la Asamblea Nacional auguran una conflictividad social cada vez mayor, mientras que la extrema derecha espera paciente sacar réditos políticos en las próximas elecciones de 2027 a la Presidencia de la República. No lo olvidemos.

El fracaso del neoliberalismo, como ideología y por desgracia, como práctica política y económica nos han traído el auge de una extrema derecha desatada, auspiciada por las propias élites en su búsqueda de perpetuarse en la hegemonía. Mientras la sociedad está cada vez más fragmentada en múltiples aspectos, desde lo político donde la polarización de una extrema derecha crecida ha tratado de arrastrar todos los sentimientos e ideales hacia una defensa centrista de mínimos, hasta también lo económico y social, donde la desigualdad económica creciente, la crisis de vivienda, la precariedad del trabajo o el fracaso de unos servicios públicos entregados al capital y que han dejado de ser garantes de la igualdad y el bienestar, están rompiendo o han roto ya los pactos sociales y la propia convivencia.

Antes de las elecciones legislativas de 2024 Macron ya había dejado claras sus prioridades. El que fuera ministro de economía con el socialista Hollande, había abandonado el partido y el gobierno para impulsar su propio partido (En Marcha) para con una agenda claramente neoliberal y tecnócrata, bien recibida por las élites, los medios y los mercados, profundizar en la hegemonía neoliberal y económica sobre el discurso político y los valores republicanos y democráticos. Como repuesta fue recibiendo una cada vez mayor movilización social, con el movimiento de los chalecos amarillos (Gillets jeunne) de 2018 como punto de inflexión, y como descontento latente y trascendental que agrupaba en una serie de medidas, puntos ideológicos e identidades políticas extremas a derecha e izquierda. Hasta 2024, la pandemia de covid o los JJOO en casa “paralizaron” el motor reivindicativo, pero eso no quiere decir que se desactivarán y abandonarán las luchas, sino que se han reorganizado en torno a unos valores políticos y culturales de igualdad y justicia social.

Por lo tanto, estos dos años no ha parado la conflictividad social, y los continuos fracasos de Macron para poner en marcha sus medidas ultraliberales han dado alas a la Francia Insumisa, y también a las calles para clamar por una mejor democracia, por mayor igualdad y libertad, además de poner en cuestión la hegemonía del neoliberalismo en el discurso como hizo el movimiento Bloquons tout en septiembre del año pasado. En este contexto entran las actuales protestas estudiantiles que han inaugurado el curso escolar luchando y exigiendo unas mejores condiciones en los institutos y universidades públicas francesas, que al final quedan como única opción para los hijos de la clase trabajadora, mientras se articula con recursos públicos y caudal político, un sistema elitista que favorece una desigualdad social cada vez mayor. Señalar que en España en Madrid y la Comunitat Valenciana el curso escolar también ha empezado con protestas de estudiantes, familias y profesores por la educación neoliberal practicada en estas comunidades. Como están defendiendo desde las asambleas estudiantiles en Francia: “dinero para los institutos y no para la guerra”, puesto que Macron va por el cuarto presupuesto nacional donde el gasto militar crece y se protege, frente a partidas sociales cada vez más reducidas y exenciones fiscales más beneficiosas para las élites.

La extrema violencia de la respuesta policial y gubernamental frente a las protestas, no siempre pacificas, de los estudiantes frente a los institutos han vuelto a poner el foco por un lado en la legitimidad de la violencia del poder, y en si es lícito y fundamentalmente, ético usar a las policías para no escuchar la voz de los que piden más profesores, mejores instalaciones y más recursos para la educación pública. Sobre todo cuando son chavales de los barrios donde habita la población de origen migrante. Por el otro lado y como reacción, las distintas luchas y sensibilidades que cruzan a la población civil francesa se han levantado en solidaridad con los estudiantes y ejercido una confluencia de protestas y malestar social.

Este fin de semana ha sido el de una movilización histórica en Francia. Una puesta en común de las reivindicaciones de diversos colectivos, donde se mezclan lo urbano y lo rural, lo material con los derechos, y con un fuerte componente intergeneracional de quienes han comprendido la necesidad de trabajar en frentes comunes que puedan discutir las imposiciones de las élites. Las manifestaciones del sábado y el domingo han cruzado el país de Norte a Sur y de Este a Oeste, haciéndose sentir, de manera más intensa, en las grandes ciudades del estado francés. Y si, la violencia ha aparecido. Hay miles de detenidos, cientos de heridos de diversa consideración y millones de euros en daños y pérdida económica por un fin de semana con el país parado. Ha ardido, y es una pérdida lamentable, el histórico edificio del Ayuntamiento de Limoges, pero nunca se sabrá quién ha provocado toda esta violencia y por qué: Los propios militantes de las izquierdas, los jóvenes o los chalecos amarillos. O han sido las policías, infiltradas en los movimientos, reventadores profesionales, o los propios anti-disturbios. O quizás hayan sido grupúsculos de derechas que aprovechan la algarabía para hacer daño a su principal opositor político y social. Puede que incluso hasta grupos criminales hayan aprovechado para hacer su labor. Sin embargo, la estrategia está clara: criminalizar la protesta, no los saqueos o cargas, para deslegitimar la lucha, tratándola como radical, aunque en el poso de las reivindicaciones y manifestaciones esté que se mantengan y refuercen los pactos sociales que las élites han roto unilateralmente.

En cualquier caso, y lamentando estas imágenes y estos destrozos que no suelen ayudar a las causas justas, lo cierto es que el empoderamiento de la sociedad civil francesa, en sus distintas escalas y tipos (edades, orígenes, profesiones, sectores, entornos, etc.) es la muestra de un hartazgo colosal. Se habla de "radicales" cuando no se discute el radicalismo con el que la teoría neoliberal ha impuesto sus marcos y directrices. Nadie desde arriba asume que la situación en Francia, y en Europa y en todo el mundo es muy violenta, y que se debe a que en los últimos 40 años se han ido rompiendo sistemáticamente los pactos sociales, tácitos o no, que permitían un entorno social más justo y con un futuro más optimista para todas y todos en cuanto a bienestar y satisfacción personal y colectiva. Y esto lo han entendido todos los agentes sociales que tienen en la igualdad, la libertad y la fraternidad, los valores republicanos, y también en la identidad colectiva y la solidaridad, son fundamentos: la izquierda. Los sindicatos se han sumado sin imposiciones ni protagonismos en las luchas estudiantiles, y la sociedad civil, por lo demás atomizada y enfrentada artificialmente entre sí, se ha sumado y con ellos sus reivindicaciones y propuestas particulares para plantear en conjunto, un marco revolucionario que dé respuesta a la situación de colapso social, político, económico y cultural del neoliberalismo y el capitalismo desregulado.


Y es que la verdadera potencia de los movimientos en Francia está en que saben donde poner el acento de lo que está sucediendo, sin distraerse, ni equivocarse aunque fuera lo fácil, con la presión y la amenaza de la extrema derecha. La unidad frente al fascismo se supone, pero lo trascendente es señalar las políticas, las ideologías y los nombres, partidos, medios y empresas que abren las puertas al fascismo, mientras se desmontan los valores sociales que entre todos se habían construido. La lucha contra el desempleo, la precariedad laboral, el precio de la vivienda, la especulación, el deterioro de los servicios básicos como la salud, la educación públicas, la crisis ecológica y la crisis humanitaria provocadas por el cambio climático, o la emergencia de la situación internacional con genocidios en marcha y con un mayor autoritarismo y belicismo en las relaciones internacionales no han sido provocados por la izquierda, o el comunismo o el feminismo. Tampoco la laminación de los derechos de colectivos discriminados como las personas racionalizadas, las mujeres, los mayores, los niños o las personas LGTBi. Por ello, recalco, es importante poner el foco y la acusación en quienes han favorecido las situaciones injustas que estamos viviendo y la ruptura, en general, de los pactos sociales que habíamos asumido. El neoliberalismo no se puede ir de rositas.

Si bien Macron llegó al poder como una medida de emergencia ante un auge incontrolado de la extrema derecha y una V República en crisis, va a acabar su era con un país completamente soliviantado, con el centro del discurso político entregado de facto a esa extrema derecha y con una conflictividad social enorme donde se pone la violencia policial contra el pueblo como respuesta institucional. No se asumen las responsabilidades por acción directa u omisión interesada en la laminación de la convivencia y en el deterioro de las condiciones de vida de las clases trabajadoras. Y mientras las élites económicas y la derecha conservadora tradicional abraza al fascismo de Le Pen como su mejor baza para mantener el estatus que no es otro que la destrucción de todo el programa social francés. El resultado vendrá en las elecciones presidenciales de 2027, y si no antes, pueden derivar en la disolución de la República y en la construcción de un nuevo modelo social y político para Francia.

 

En clave española, no somos pocos los que vemos en estas movilizaciones en Francia y en una izquierda unida y combativa, bajo la Francia Insumisa y el sindicato CGT -que además son generosos y amparan a los colectivos que reclaman mayor justicia social-, el ejemplo de cómo trabajar y luchar por una mejora colectiva de nuestra vida, nuestro entorno y nuestro futuro. En todos los frentes que tenemos abiertos. Pero hay que ser conscientes de que “nuestro frente popular” ya estaba operativo. Ya ejercía un gobierno, que aunque en minoría, tenía recursos para haber ejecutado acciones en beneficio de la mayoría, y no tanto del capital y de sus propietarios. Y sin embargo, una vez más, hemos sido traicionados por la dirección del psoe y su entrega al neoliberalismo; mientras las élites de los partidos de la izquierda a la izquierda del psoe han quedado desubicadas y retratadas, incapaces de llegar a acuerdos para lanzar esa candidatura única e inclusiva, esa España Insumisa, o esa España Indignada, que diera cabida a todas las sensibilidades bajo un programa común anti-fascista y anti neoliberal.


Si las próximas elecciones generales del 29 noviembre en España no se saldan con un gobierno de ultraderecha será por la movilización de la gente de izquierdas, y lo conseguirá contra otras cosas, frente a la incapacidad y la deshonestidad de unas élites partidistas egoístas, parasitarias y mentirosas. Por eso, el ejemplo de lo que acontece en Francia es significativo para quienes pensamos que todavía no hemos salido de la crisis-estafa de 2007, ya que seguimos siendo las clases trabajadoras las que fuimos derrotadas, en especial en el proceso revolucionario entre 2011 y 2016, y por lo tanto, las que seguimos pagando las facturas y la destrucción de todo el tejido político, económico y social que se ha venido eliminando con el neoliberalismo los últimos 30 años.

 

lunes, 5 de octubre de 2026

La vivienda marca los tiempos

 Imagen de la acampada en Sol. fuente: diario Público.es

 

Desde 2015 las derechas extremas en España -y en Europa, y en el mundo-, están consiguiendo imponer su relato centrándose en lo identitario frente a lo material. La inmigración, la seguridad, las fronteras, la delincuencia, lo tradicional, el género, las decisiones individuales en torno a la identidad de género han sido los temas que se han impuesto en el debate público, partiendo de la élite mediática y partidista y llegando a la calle y a la percepción de preocupación de la ciudadanía. Lo material quedó relegado.

No era preciso que la realidad sustentará los bulos y mentiras en torno a las cuestiones identitarias; lo prioritario era hacer ruido, mucho ruido, y que no quede tiempo ni espacio para tratar los temas que afectan a la vida diaria y física de las personas, las familias y los colectivos. El auge fascista y la violencia política orgullosa y activa como hacía 40 años que no lo estaba (antes seguía presente pero invisibilizada), han hecho el resto. La lucha de clases seguía y sigue vigente para todos, pero eran las élites las únicas conscientes de su importancia y la parte más activa para imponer sobre quiénes, qué, cuándo y cómo se ejecuta.

El mundo del trabajo, en un proceso inacabable de precarización para devolverlo a la esclavitud con una patina pos-moderna, ultra tecnificada y tecnológica. Los servicios sociales, la educación y la sanidad públicas abiertas de par en par al negocio privado mientras se deterioran y destruyen cientos de miles de empleos de calidad en estos sectores, y los ciudadanos, ven como los elementos que hacen más país, y más democracia, desaparecen en la lógica artificial del capitalismo de beneficios y costes. Ni siquiera eventos históricos como la pandemia de covid-19 o el cambio climático que aceleran y propician emergencias vitales cada vez más extremas se tienen en consideración desde los medios de difusión del sistema. Se discute y ridiculizan hasta las más elementales cuestiones, porque lo importante es quitar el barniz de consenso a la ciencia y no pasar a debatir quién tiene que pagar los costos del descalabro climático: los pobres del mundo o la élite.

Y por supuesto, la vivienda, a la que ya dediqué unas entradas a principio del año dada su trascendental importancia, y que desde 1998 vive una burbuja perenne de escalada de precios irracional y homicida, de la que la crisis, perdón estafa inmobiliaria de 2007, ni siquiera sirvió para controlar los precios y menos para discutir una doctrina económica convertida en dogma que sustenta la avaricia y la podredumbre moral de los miserables. El neoliberalismo reúne en su ser todas las tropelías sociales y morales de todos estos años, y hasta que no se destierre por su criminal voluntad y su estupidez económica probada, no se podrá volver a dotar al mundo de justicia social. Un problema enquistado que germina en forma de rupturas intergeneracionales, proyectos vitales inacabados, a veces ni siquiera iniciados, y en definitiva, un malestar larvado que necesita ser resuelto. Y tiene que hacerlo, forzosamente, a través del empoderamiento y la toma de conciencia para transformar la opresión en una lucha generacional.

Pero volviendo a la vivienda, en el todo el mundo, y particularmente en España se trata del tema que iba a determinar el sentido político del gobierno y del ruido mediático y político. El desahucio de Mari Carmen el pasado miércoles 23 de septiembre, una mujer de 87 años con problemas de movilidad y de salud, que llevaba viviendo en su casa desde hacia 70 años en régimen de alquiler, sacada por la policía nacional en un despliegue vomitivo, amparada por unos jueces y unos políticos inmorales para dar rienda suelta a la especulación de unos rentistas criminales metidos a jugar al monopoly con las vidas humanas, ha sido el detonante de la indignación ciudadana, especialmente de los más jóvenes, por la situación de la vivienda en España. Los desahucios son para Mari Carmen y todas las personas trabajadoras. El ático para Ayuso y los rentistas a los que su calaña ampara.

Mientras la organización colectiva a través del sindicato de inquilinas, unidos a otras plataformas ciudadanas sensibilizadas en el tema de la vivienda durante todos estos años, trataba de parar el desahucio a través de la resistencia pasiva y la protesta amparada, aunque recortada por la Ley Mordaza, los policías (anti)-pro-disturbios cargaban con extrema violencia ejercitando el abuso de poder. Pero ni con esa amenaza para disuadir la protesta han parado los jóvenes, y no tan jóvenes también, de movilizarse y avanzar en más acciones, todas de carácter solidario y de clase para denunciar la situación de la vivienda en España, y además, hacerlo proponiendo medidas. En los últimos años se ha ido re-activando de nuevo el conflicto, poco a poco, porque en ningún momento ha llegado a resolverse, sino que se ha ido caldeando al tiempo que las élites parasitarias robaban más dinero de las clases trabajadoras a través de rentas y expulsando a la gente de sus casas, sus barrios y sus pueblos. La gran manifestación de octubre de 2024 marcó un hito y articuló todo el movimiento que ha seguido trabajando en la sombra, y que con el desahucio de Mari Carmen como símbolo, ha tomado el impulso alimentado por la rabia, la injusticia y la solidaridad intergeneracional de clase trabajadora.

Las imágenes dieron la vuelta al mundo en cuestión de segundos poniendo el foco en un problema social gravísimo que además es compartido por todas las sociedades civiles del globo, secuestradas por la especulación de un puñado de fondos, bancos, sociedades, pero al final de la cadena de personas sin escrúpulos. Se convocaron protestas por todo el estado español el mismo día y los siguientes, grandes marchas para el sábado 26 de septiembre, que han tenido una notabilísima respuesta ciudadana, volviendo a poner la cuestión de la vivienda y la brecha social que provoca, entre propietarios y no propietarios, y entre rentistas y especuladores frente a la sociedad. La marcha del sábado en Madrid terminó con la ocupación del espacio público, de la Puerta de Sol, en una nueva acampada indignada, tejiendo un hilo directo con el 15M de 2011.

Bajo esta presión ciudadana el gobierno de coalición tuvo que reaccionar y redactar dos decretos sobre vivienda que incluían entre otras cosas la moratoria de desahucios, la congelación de las rentas de alquiler, una mínima y laxa regulación de los alquileres vacacionales y por habitaciones (cáncer del rentismo a extirpar ya mismo), así como nuevas exenciones fiscales para caseros, y como novedad, para los inquilinos. Ambos decretos fueron rechazados por las derechas, tanto las extremas de PP y Vox, como las de las burguesías vascas y catalanas. Ni PNV, ni mucho menos Junts, tomaron partido por un gobierno que les debía ser mucho más simpático, que la alternativa y votaron contra su pueblo, que no contra su gente, para mantener la rentabilidad de la inversión y la especulación sobre la vivienda. Todos ellos se configuraron como brazo político de la especulación inmobiliaria, del terrorismo habitacional y de la injusticia social.

De este modo hemos entrado en una etapa acelerada de la previsión de hace apenas un mes. El debate público vuelve a estar en las cuestiones materiales de la gente. De su vida, de su trabajo, de su bienestar y de su futuro y el de sus vástagos. No está en las cuestiones identitarias que convienen a las derechas, pese a lo sucedido en Ceuta (que por otro lado está enquistado porque quien tiene las competencias, el gobierno de Ceuta, sigue empeñado en hacer política nacional pese a las necesidades de la población ceutí y de las personas migrantes). La extrema derecha política y mediática sabedora de que perdía el foco y su posición predominante en el discurso público ha sacado a pasear las peores de sus artimañas para tratar de deshumanizar al personaje (la desahuciada Mari Carmen), así como diluir la protesta a través de la violencia tanto institucionalizada (policía y juzgados que para eso se les paga) y la de sus "cachorros" ultras.

Pero el malestar social está ahí. La inmensa mayoría de la gente, por no decir todas las españolas y españoles, tienen en la vivienda un problema. Si no ahora, y no lo tienen ya porque han pagado su casa, lo tendrán en un futuro cuando sus hijos e hijas quieran independizarse y llevar a cabo su proyecto de vida. Por lo tanto, las protestas continúan y se organizan hacia una convocatoria de Huelga General, que recibe un tibio amparo por parte de los sindicatos mayoritarios, pero un fuerte respaldo social.

La Constitución proclama en su artículo 47 la vivienda como un derecho, y la obligación del estado y sus administraciones a intervenir para garantizarlo y evitar la especulación. Evidentemente, desde el gobierno central, pero también los autonómicos y los ayuntamientos, que no se olvide, tienen las competencias, se ha obviado esta función, y se ha dejado “al mercado” campar a sus anchas y proceder a la laminación de todo tejido social del territorio en aras de la rentabilidad, que por otra parte se acumula cada vez en menos manos, y además siempre sale fuera del Estado. Una catástrofe amparada, promocionada y protegida por el sistema.

También los juzgados han prevaricado a conciencia y decisión amparando el rentismo frente al valor social y jurídico que la vivienda tiene. Han protegido la extracción de recursos y de esfuerzos de las clases trabajadoras que solo quieren vivir en su barrio o en su pueblo, frente a la propiedad del capital y la salud y rentabilidad de la inversión.

Mientras tanto, todo este tiempo, la extrema derecha y sus voceros se han dedicado a señalar al diferente, al migrante, a la mujer, "al marica". Si tu barrio cambia, o si no puedes acceder a una vivienda digna se debe a que hay más extranjeros pobres, que se quedan con las ayudas sociales y además te suben el precio de los alquileres. La progresía se preocupa más de las minorías que del bien común, y por eso los servicios sociales son peores, te sientes más desamparado y más inseguro. Y aunque es verdad que las élites de las izquierdas se han centrado demasiado, en mi opinión, en "comprar" estos relatos y jugar en el juego identitario de las derechas, en vez de irse a por las cuestiones materiales, que todos sin excepción sufrimos, la verdad, la realidad, es que son las élites cleptómanas y parasitarias de fondos buitres, bancos y propietarios especuladores los que han destrozado la convivencia y la salud del ecosistema social.

En este sentido no hay que perder de perspectiva que para la derecha, dentro de su ideario para tergiversar y transformar las inquietudes o problemas de la clase trabajadora en puntales sobre los que inducir su ideología perversa, la vivienda funciona muy bien. Al final, quien tiene una vivienda no percibe un problema, y si una inversión sobre la que ganar dinero en el futuro, y acceder a esa mentira social de la clase media. O cuando menos de la clase media aspiracional. Por lo tanto, ellos no tienen un problema de acceso a la vivienda y de satisfacción con su bienestar. No les han roto el pacto social, de formarse, educarse, trabajar y labrarse un porvenir, que el sistema, la sociedad, te ampara y a cambio te procura ese bienestar y la auto-realización. Sin embargo, el juego ha cambiado a mitad de partido. Si no tienes vivienda en propiedad tu vida se va a desarrollar en la inmediatez; en un fino alambre de inestabilidad y sin un sustento mínimo (un techo bajo el que cobijarte con unas condiciones mínimas, entre las que tendrían que destacar estar cerca del entorno más próximo y familiar de uno), por lo que al no poder acceder porque se está cometiendo una injusticia y una usurpación del valor social de la vivienda, para extraerle cada vez más capital y beneficios económicos, si que la vivienda se convierte en un problema. El problema de no poder acceder a la vivienda. De hecho, aquí se va a labrar la próxima batalla electoral: A saber, un país donde la gente puede tener casa, o un país donde la gente sueña con tener esa casa y en el futuro sacarle cuatro perras, mientras los grandes especuladores y parásitos, por su posición inabordable en el mercado le podrán sacar muchos más beneficios. Esta es la cuestión.

Si cada año tienes que dedicar más renta mensual a pagar el alquiler (por poner un ejemplo, en 3 años, mi alquiler ha pasado de 500 euros en un piso bueno, a 650 en un piso peor en una ciudad pequeña), cuando los jóvenes no pueden independizarse hasta pasados con mucho los 30 (los más tardíos de Europa, lo que lleva a que las mujeres españolas sean las europeas que tienen su primer hijo a mayor edad), cuando pese a formarse espléndidamente no tienen acceso al “mercado” de la vivienda ni el alquiler, ni mucho menos en propiedad, por lo que tienen que alejarse de sus centros (familiares, culturales, sociales, laborales, etc.) o vivir en pisos compartidos añadiendo precariedad a su bienestar, cuando tienes la espada de la no-renovación de contrato por parte del arrendador de manera unilateral y sin protección (así me quede yo el año pasado), cuando ves que los blancos europeos si que pueden comprar casas a toca-teja subiendo los precios, o cuando los centros de las ciudades y pueblos las viviendas se subastan en los alquileres de temporada y vacacionales porque tienen una rentabilidad superior por lo que disminuye la oferta,… cuando todas estas tropelías se repiten en el tiempo y por todo el estado, entonces el problema ya no es de identidad de género o racial. Es de identidad de clase, y por lo tanto, se trata de un conflicto entre las clases trabajadoras, y las clases parasitarias que se lucran con el esfuerzo de los demás. Es un problema por tanto de distribución. Y es por lo tanto, un problema político y social que es deber de todos, empezando por los representantes debatirlo y solucionarlo. Y si las administraciones no intervienen para reconducirlo y mantener el valor social de la vivienda, el siguiente paso es la activación social y la propuesta para cambiar las cosas. La lucha se convierte en el medio y el fin. Como dijo Victor Hugo, “cuando la dictadura es un hecho, la Revolución se convierte en un derecho”, en este caso cuando la inacción y la injusticia se convierte en norma y ampara la dictadura del capital sobre la vida, es legítima y consecuente iniciar el camino para cambiarlo.

 

Como corolario, al menos de momento, tras el rechazo de los decretos por parte de un Congreso derechizado (reflejo manipulado de un país no tan escorado a la derecha, pero si muy manipulado e influenciado por los medios de comunicación conservadores), un nuevo fin de semana de protestas y de reflexión para el Presidente del Gobierno fue la convocatoria de elecciones generales para el próximo 29 de noviembre. Pedro Sánchez volvía una vez más a pillar a todo el mundo con el pie cambiado y a intentar aprovechar la ola para reeditar un nuevo gobierno, que forzosamente será de coalición o no lo será. En ese caso habrá que ver qué medidas en política de vivienda y con la emergencia social y las rupturas intergeneracionales que provoca se articulan. Qué se promete en campaña y qué se ejecuta en con el BOE en la mano. Unas elecciones que se centrarán en la cuestión material. Un primer éxito para Pedro Sánchez frente a la caterva ultra y la élite económica. Habrá que ver si será suficiente.

Hasta entonces las derechas tratarán de desviar el foco de nuevo a Ceuta y la inmigración. El PSOE procurará hacer valer los datos macro-económicos, la imagen internacional de Sánchez y el gobierno como dique de la democracia liberal, y una defensa clara de los servicios públicos, que ya hemos visto no se ha visto reflejada en la labor de gobierno. Pero sin duda, en la capacidad de aguante y lectura política del momento de Sánchez y su equipo radica el salir o no con un gobierno ultra que no va a tener ningún problema en trocear el país y vendérselo a las élites extranjeras.

Mientras a la izquierda a la izquierda del PSOE los vuelve a pillar en pañales, y teniendo que acelerar para ofrecer a la ciudadanía una candidatura unitaria que nace, pese a todo lo que ha ocurrido, improvisada y sin el trabajo necesario, debido a los egoísmos de los de siempre. 

En todo caso, es el momento de que la situación injusta de la vivienda articule la revolución que este estado, y que este sistema necesita. 


viernes, 6 de marzo de 2026

La Generación Z


Puede que no lo sepas o que no te hayas dado cuenta. Quizás hayas oído algo, como un eco muy lejano, por alguna notificación random de las redes sociales, un teletipo que se ha escapado de la censura capitalista de los medios de disuasión de masas o por un comentario de algún conocido o conocida más ducho en eso de estar informado fuera del sistema. O es posible que realmente sepas de lo que estoy hablando y seas capaz -te lo agradezco mucho-, de comentar esta entrada y añadirle más datos, más contexto y si, también más periodismo.

Desde hace unos años, y ante un silencio interesado y buscado en Occidente, numerosas manifestaciones han ido salpicando multitud de países por todo el mundo. Lo que a mediados de 2021 comenzó en el sudeste asiático, se ha ido extendiendo por todo el planeta, vertebrando protestas y movimientos sociales que, aún surgiendo con diferencias temáticas por los distintos países, comparten mucho.

En primer lugar, un mismo malestar ante la falta de oportunidades que se identifica como generacional, y que es fruto no sólo de una crisis económica concreta, o de las consecuencias de la pandemia de covid-19 en 2020. Sino que se muestran como descalabros cíclicos del sistema económico capitalista, que provoca una cada vez mayor desigualdad social (y entre géneros, entre clases y entre regiones o países), y donde la corrupción y la inoperancia de los sistemas políticos vigentes son tanto causas como ingredientes que empeoran la situación.

En segundo lugar, son protagonizadas, cuando no surgidas, por grupos de jóvenes pertenecientes a la llamada Generación Z. Es decir, aquellas personas, hombres, y también mujeres, aunque dadas las características sociales y culturales de los países en donde han empezado estas movilizaciones los protagonistas son mayoritariamente masculinos, nacidas desde finales de los años 90, hasta 2010. Por lo tanto, una generación marcada por la predominancia de Internet como escenario de las relaciones sociales, y cuya inmediatez acrecenta la sensación de rapidez e insatisfacción. El paso durante la adolescencia por el trauma que supuso la pandemia de covid y los distintos confinamientos, también han marcado profundamente la madurez y expectativas de estas generaciones.

Esa falta de oportunidades y el sentimiento de pertenencia a una misma generación, acostumbrada como digo a “vivir” en las redes sociales e Internet, han tomado cuerpo en una clara posición de hartazgo ante la situación actual. No sólo se trata de la insatisfacción por las esperanzas de futuro, la perenne crisis económica, la falta de respuestas y voluntades ante el cambio climático y los efectos que provoca, la colosal y mundial crisis habitacional o crisis de vivienda que vivimos, la corrupción y un escenario global que se encuentra en la antesala a un conflicto bélico de escala mundial.

Lo más novedoso de estas protestas en comparación con las de los anteriores ciclos de rebeldía juvenil, es que la falta de alternativas tangibles, así como el deterioro continuado de las condiciones de vida y de futuro, se han hecho en oposición a una gerontocracia y un nepotismo que tiene los rostros septuagenarios (¡por lo menos!) de una ristra de dirigentes que pertenecen a lo que se conoce como generación boomer (los nacidos entre 1946 y 1965) o a la anterior, la generación silenciosa (aquella nacida en el período de entreguerras y hasta 1945). No es casualidad que todas las protestas se hayan materializado ante los escándalos gubernamentales, políticos o económicos, protagonizados por dirigentes que peinan más que canas y ostentan mandatos desde hace más de 25 años en muchos casos. El autoritarismo, cuando no directamente el totalitarismo, de muchos países choca de frente con las ansias de libertad de las nuevas generaciones abiertas al mundo como nunca lo habían estado antes. El militarismo y la represión política, con los abusos de los derechos humanos y la laminación de la democracia efectiva han sido el estado latente de muchas de las protestas de la Generación Z, y son causas directas del descontento y de la desigualdad social, política y económica contra la que se levantan.

No es casualidad revisar muchas de las élites políticas y representativas de los distintos países y ver a los mismos personajes ostentan el poder sin haber dado el testigo a las nuevas generaciones. Enclaustrados, pisoteando a los que vienen, ahogándolos y dejándolos sin poder aportar, cercionando de raíz cualquier tipo de progreso (económico, social, cultural, tecnológico, etc.), al tiempo en que se convierten en parásitos y las organizaciones que “lideran” las dejan inútiles e indefensas ante los retos del mundo actual. Por cierto, esto es lo que muchas personas de mi generación hablamos y vemos en nuestro día a día, en las empresas, en los trabajos, en las organizaciones. A veces, es verdad, los boomers no encuentran relevo. Otras las más, y por desgracia, son ellos los que se anquilosan e impiden un correcto y necesario paso de testigo.

Hasta en Occidente siguen dominado los países y domado el poder líderes que llevan diciendo lo que tenemos todos que hacer desde hace más de 25 años. Lo de Trump y Biden, pero también muchos personajes que ya pasaron su época y se siguen atreviendo a dar lecciones como nos ocurre en España con Felipe y Aznar. Pero, sobretodo en los demás países, que además tienen democracias menos consolidadas, cuando no regímenes autoritarios directamente, los mismos rostros, las mismas familias y un ecosistema general, de crisis sistémica.

Todo esto provoca, naturalmente, que las generaciones cuanto más jóvenes de manera más grave, nos sintamos decepcionados, sin ser tenidos en cuenta como agentes políticos o cívicos, y ni nuestras necesidades, ni intereses, ni propuestas sean tomadas en consideración, ni tenidas en cuenta. Nos sentimos abandonados y desgraciados, lo que lleva en buena parte, y parece más en el hemisferio Occidental, que en el Oriental, a la desafección democrática-liberal y al nuevo alzamiento del fascismo, pero que en Asia o África toma la forma de poblaciones jóvenes que quieren participar y que tienen iniciativas e ideas para llevar a cabo en eso de hacer del mundo un lugar donde vivir.

  • La lista de países y movimientos revolucionarios juveniles tuvieron un primer conato en Myanmar en 2021 como respuesta a un golpe de estado militar, que amenazaba con romper las escasas medidas democráticas y progresistas que tenía la ex colonia francesa.

  • Rápidamente, se extendieron a Tailandia o Sri Lanka. En Irán a mediados de 2021 apareció una nueva oleada que tuvo el símbolo de Mahsa Amini, una joven de origen kurdo, que murió asesinada y torturada por la policía religiosa islámica por no llevar el hiyab “correctamente”. Las protestas se extendieron por todo el país y con ellas, la represión y la violencia del estado teocrático.

  • También Pakistán tuvo una oleada de protestas, así como Corea del Sur, donde el golpe de estado perpetrado por el presidente trataba de limitar la democracia en aras de un gobierno autoritario con fuerte presencia militar, en el contexto de una crisis económica gravísima, las amenazas del hermano del Norte y un sistema cultural-social perverso.

  • El siguiente episodio, y quizás donde el movimiento ha tomado sus símbolos y mayor impulso, fue en Bangladesh, que terminaron en la Revolución de Julio (de 2024) como una serie de protestas juveniles y universitarias ante el incremento de un mayor autoritarismo en el país y de las masacres que sucedieron a la primera oleada de protestas en junio.

  • Nepal fue el punto de inflexión. Allí los jóvenes de la Generación Z tomaron partido para protestar contra el bloqueo de las redes sociales determinado por el gobierno del partido comunista nepalí. La brutalidad de la respuesta gubernamental se saldó con varias decenas de muertos, lo que unido a la corrupción y el autoritarismo, llevó a los jóvenes a asaltar diversos centros de poder, incluidas las residencias del gabinete e incendiando el parlamento. El sistema cayó y está a la espera de unas próximas elecciones democráticas que deberán dotar al país de una nueva constitución. El tiempo dirá si este cambio es tan productivo y espontáneo como quiero creer.

  • Las protestas saltaron a África. Nigeria, Kenia y Mozambique vieron movimientos juveniles que protestaban por la falta de porvenir, la perversión de la democracia, la corrupción y el nepotismo, así como la insoportable desigualdad económica.

  • Marruecos ha sido un punto importante, donde las protestas contra la dictadura monárquica de Mohamed VI han venido a reclamar mayor democracia, mayor futuro económico para una población mayoritariamente joven y condenada a emigrar al Norte. El catalizador fue la noticia de la altísima mortalidad femenina en los paritorios marroquíes fruto de la intrínseca corrupción del régimen, así de su nulo respeto por los derechos humanos y de la mujer, y el sobre-coste de las instalaciones del futuro Mundial de Fútbol que buscan blanquear al régimen, que provoca la falta de recursos en los servicios sociales del país.

  • También en América Latina ha habido brotes de esta serie de protestas revolucionarias en República Dominicana por protestas por la corrupción y los pucherazos electorales. O en Perú, donde el golpe de estado de 2021 que sacó el presidente democrático Pedro Castillo, ha derivado en una sucesión de presidentes y una inestabilidad política y económica notable. También Colombia, Chile o ya Argentina, donde la gestión fascista y liberticida de Milei viene siendo contestada con manifestaciones y huelgas. Punto importante fue Puerto Rico en 2024 donde las injerencias norteamericanas amenazan la coexistencia del país como estado libre.

  • Y Europa no podía quedar atrás. Primero las protestas en los Balcanes: Bulgaria, Serbia, Grecia, en ambos casos por la corrupta e inmoral gestión de sendos accidentes ferroviarios. También en Hungría. O en Macedonia del Norte tras el incendio de una discoteca. Y en Georgia, dónde el gobierno pro-ruso se ve cuestionado por una oleada popular que proclama una mayor democracia, un acercamiento a la UE y una mejora general de las condiciones de vida. No puede tampoco obviarse Francia, donde las protestas el pasado septiembre, tomaron forma en una huelga general, el movimiento Bloquons tout (bloqueemos todo), de indudable éxito, convocada a través de las redes sociales y donde tomaba parte muy importante el llamamiento a cesar todo consumsimo.

  • Y otros muchos más países y lugares como Filipinas, Malasya, Timor Oriental, Maldivas, Madagascar, Paraguay, Italia, Suiza, San Marino, Bolivia, Camerún, Tanzania, Uganda, México, de nuevo en Irán, está vez por el incremento del costo de la vida y la falta de democracia, y que ha derivado de aquella manera, en lo que está pasando actualmente.

Internet y las redes sociales, han sido el lugar donde se han alumbrado las protestas y el movimiento, que desde lo nacional o regional, ha derivado en una protesta global. En Internet se han puesto de acuerdo problemas y agendas. Se han organizado quedadas y coordinado protestas, así como se han dado noticias sobre la represión y las salidas políticas y mediáticas que cada contexto exigía. Y por supuesto, ha traído una interconexión entre diversos grupos de jóvenes de muchos países que identifican los mismos problemas y las mismas necesarias soluciones.

Si hace 15 años fue facebook, y sobretodo twitter, el arma que encendió el movimiento del 15M y Occupy Wall Street, ahora han sido Telegram, TikTok y la plataforma de mensajería en entornos de juegos online, Discord. En todos los casos las protestas y movimientos han sido pacíficos, y sólo ante el silencio, cuando no la opresión de los regímenes en el poder, es cuando las protestas han ido a más, respondiendo con disturbios y violencia, a la violencia de las fuerzas gubernamentales.

Sin duda, es bienvenido y bien necesario esta activación global, generacional y aspiracional por hacer del mundo un lugar mejor. Acabar con las crisis capitalistas, revertir o si como parece ya no es posible, aminorar en la medida de lo posible las consecuencias del cambio climático. Terminar con la desigualdad social, con el sufrimiento humano. Garantizar los derechos humanos y la vida en dignidad. Eliminar la corrupción, la censura, la represión y el autoritarismo. Avanzar en la igualdad entre géneros, entre razas y etnias, entre clases. Derrumbar desde abajo desde las poblaciones civiles (más cuando las generaciones jóvenes se supone serán “enviadas” a la picadora de carne que es la guerra) los conflictos internacionales y mundiales, la deriva al fascismo y a la violencia y al confrontación armada como única salida a la disputa. Acabar ya de una vez con la industria militar, y su gigantesco peso. Cerrar para siempre la amenaza a la extinción nuclear.

Todo esto, y mucho más, se tiene que hacer con activación política, cívica y social. Con un músculo contestatario fuerte, que precisa de estar informado y fortalecido por redes de apoyo mutuo, que por supuesto, no deben estar cerradas a otras personas, de otras generaciones, razas o clases. No. Al contrario, somos más fuertes cuanto más mejor, y cuando aprovechamos y nos enriquecemos de la experiencia de unos y de la fortaleza y rebeldía de otros.

La bandera de El Jolly Roger de los Piratas de Sombrero de Paja de la serie de manga One Piece se ha convertido en el símbolo de toda esta serie de protestas. También aparecen referencias a otras sagas como Los Juegos del Hambre o Harry Potter. Son manifestaciones culturales apropiadas a las generaciones más jóvenes. Símbolos naturales de identidad y pertenencia. Si los ves, no tengas miedo. Infórmate. Súmate y participa. Lo que se está dirimiendo en todo el mundo es mucho más allá que el acceso a las redes sociales. De hecho, hay que recordar que la génesis del 15M, no fueron las protestas de la llamada Primavera Árabe, sino la intención del gobierno socialista de imponer la Ley Sinde para acabar con la compartición de archivos peer-to-peer y el internet “gratuito”. De ahí se engranó una activación política que pretendía cambiar lo necesario para hacer del mundo, y de España, un lugar mejor.

Existe un clamor popular y social por un nuevo rumbo en el mundo. Probablemente ya no esté ligado a las ideologías de clase, pero si que es la protesta de unas generaciones que han sufrido las consecuencias de un sistema fallido: el neoliberalismo. Pobreza, desigualdad, privatizaciones, colapso de los estados de bienestar, derrumbe de las certezas de igualdad y libertad que alentaban el progreso generacional (lo de vivir peor que nuestros padres), frenazo a los planes de vida, incomprensión, hartazgo,… crisis económicas, crisis de valores, crisis ambientales… derechos humanos pisoteados, mayor autoritarismo, mayor militarismo y belicismo. Auge del fascismo.



jueves, 16 de octubre de 2025

Un tibio alto el fuego


 

Ayer 15 de octubre fue el día de la Huelga General por Palestina y en contra del genocidio cometido por Israel en Gaza. Y ayer muchos paramos por solidaridad y convencimiento en la dignidad del pueblo palestino, en el valor de todas las luchas por los derechos humanos que a través del mundo se están llevando a cabo frente a los opresores y fascistas, y por último, por la propia trascendencia de un movimiento social que debe provocar el alzamiento de todas las buenas personas que llevamos años pidiendo salidas más democráticas y justas al caos social e internacional. Y si, también en lo referente al perenne conflicto en Oriente Próximo.

El paripé de Trump ha dado con el fin de los bombardeos y las matanzas de gazatíes pero no ha cerrado en absoluto las ansías colonialistas de la élite sionista israelí. Ni siquiera ha puesto en solfa a la opinión pública hebrea, salvo escasas excepciones, y pese a un desgaste colosal tampoco saca a Netanyahu del poder ni mucho menos lo sienta ante un Tribunal Internacional de Derechos Humanos por delitos de genocidio y lesa humanidad.

Evidentemente muchos respiran aliviados y celebran un tibio alto el fuego, por supuesto empezando por los supervivientes de dos años de invasión militar y ofensiva y un horror de múltiples caras entre las que destacan las torturas, el hambre, los bombardeos sobre hospitales y la matanza indiscriminada de civiles y selectiva de periodistas. Las víctimas de tanta barbarie (67.507 según cifras oficiales, me temo que muchas más) siguen sepultadas en los escombros, marcadas de por vida los heridos y mutilados, y contando por decenas de miles el número de refugiados. No parece que todas estas personas, estos seres humanos, hayan sido tenidos en cuenta en el besamanos a Trump -y a Netanyahu y al sionismo-, del pasado lunes en Egipto, por parte de todos sus aliados en la zona y algunos individuos o países concretos como Noruega, Bélgica, Irlanda o España, cuyos mandatarios fueron expresamente invitados por el anfitrión por su paso al frente en el reconocimiento del estado palestino. El silencio y complicidad de la Unión Europea ultra liberal clama el cielo.

Trump en su auto-proclamación al Nobel de la Paz (tan indigno premiado hubiera sido como el que lo haya sido una fascista reconocida que aboga por una invasión militar a su propio país) ha promovido en conveniencia con Netanyahu este acuerdo de paz firmado con Hamás, por el alto al fuego y la liberación de los rehenes del 7 de octubre -y entrega de cadáveres-. También se incluyen el desalojo de miles de palestinos encarcelados, muchos niños y adolescentes, todos sin juicio en las prisiones y campos de detención israelíes.

En general, se trata de un alto al fuego que quiere presentarse como una victoria de Israel, pero que en realidad constata su más horripilante fracaso. Presentado como un estado expansionista, genocida y militarista, incapaz de acabar no sólo con la loable resistencia del pueblo palestino, sino incluso de liberar por su cuenta, de manera unilateral y por la fuerza a los rehenes, que han sonado más a excusa para seguir manteniendo el carácter judío del estado de Israel, a base de matanzas indiscriminadas, ante el aumento de los ciudadanos árabes dentro de sus fronteras. Sin obviar, por supuesto, los intereses pecunarios de los fabricantes de armas de Occidente.

Desprestigiado y visto como el principal escollo para la paz y el progreso de Oriente Próximo, Israel ha aceptado la presión de Trump por un alto al fuego que tampoco vale para dotar de estabilidad política al país, a su sistema autoritario y a su primer ministro, acuciado por la corrupción. Un Netanyahu enclaustrado en el gobierno y con un parlamento de derechas y extrema derecha que aún así, ya cuestiona su idoneidad.

Desde luego el plan firmado pronto va a quedar en nada. Primero por la propia intención de Israel de seguir perpetrando el genocidio, estableciendo más asentamientos ilegales según el derecho internacional, y negándose a la solución de los dos estados planteada ya en 1947 y de la que Estados Unidos ha sido, y con cada uno de los episodios de violencia de manera palmaria, cómplice en su negativa. El plan expansionista con la erradicación genocida de la presencia árabe de Palestina para convertirla en el Gran Israel, sigue intacta y las intenciones de los líderes sionistas es continuar en la senda de la guerra, el apartheid y el genocidio.

Pero el alto el fuego, como no, es celebrado por la resistencia palestina, tanto en Gaza y Cisjordania, en el mundo árabe, como en el resto del planeta, primero, porque pone fin a las matanzas, y después porque demuestra lo fallido de los objetivos israelíes y del sionismo.

Sólo la resistencia del pueblo palestino y su ejemplo como expresión máxima de la dignidad humana ha dado alas a que en el resto de sociedades del mundo se alzasen las protestas e indignación de millones de ciudadanos, escandalizados ante este genocidio y por la impunidad y aliento que se ha dado a Israel para cometerlo, por parte de los representantes políticos occidentales. También, y por fin, se ha puesto en solfa los apoyos económicos y comerciales a Israel, en especial, el sustento tecnológico y militar. Quiero en este punto recordar que fueron los estibadores y el personal de los puertos españoles, los primeros en negarse en colaborar con el estado genocida israelí.

Y por supuesto, también se está discutiendo y plasmando el rechazo a las políticas de blanqueamiento del estado israelí, tanto en el plano cultural, con Eurovisión como símbolo, y también en el deportivo con la presencia de participantes israelíes en las competiciones internacionales. Las protestas en la Vuelta ciclista a España han sido la catarsis de un impulso ciudadano, que en muchos países puede imbricar con un malestar generalizado con el estado de las cosas y articular de ese modo, los cambios y revoluciones pendientes.

Pero esta paz que muchos celebramos no nos puede hacer olvidar. La paz nunca puede ser una renuncia a la dignidad ni a la memoria. No puede significar legitimar las tropelías del imperialismo sionista de los últimos dos años, pero tampoco la tierra quemada por guerras de piedras contra misiles de desde hace 70 años. La paz exige justicia, dignidad y reparación. Que Israel reconstruya con sus propios recursos lo destrozado en Palestina. Las infraestructuras y recursos materiales. Que los refugiados puedan volver a sus casas, a sus campos y recuperar su vida para progresar. Aún con todo, no podrá reparar el dolor causado a la población. Ni siquiera con el necesario y justo enjuiciamiento de los responsables del genocidio, tanto a nivel político como militar, así como de los propios soldados que apretaron gatillos y lo celebraron en sus redes sociales.

La paz tiene que ser respetar la dignidad y los derechos de autodeterminación del pueblo palestino. Hacer valer la legalidad internacional y los acuerdos entre iguales. Y romper en definitiva, la sumisión de millones de personas ante unas élites genocidas y supremacistas que desde demasiado tiempo ya han sido defendidas y sostenidas por las élites políticas de Occidente.

 

 

martes, 16 de septiembre de 2025

Una Protesta cíclica por España

 


 

Imagen tomada del artículo de Opinión Público del día 15 de septiembre de 2015, firmado por Noelia Adánez: ¡Qué viva la lucha del pueblo palestino!.

 

El final de la Vuelta a España 2025 fue interrumpido y finalmente cancelado debido a una masiva manifestación en favor de la paz en Palestina, y en contra del genocidio perpetrado por Israel en Gaza y Cisjordania, sin obviar, que buena parte de la protesta y la rabia contenida estaba en las tácticas de lavado y blanqueamiento de la política y los actos de Israel y el sionismo en contra de los Derechos Humanos.

Cada etapa desde que la carrera llegó a España ha sido un acto de protesta contra la presencia del equipo israelí Premier Techeen Israel cycling, y una forma de denuncia contra el genocidio que el estado de Israel perpetra contra la población gazatí, en Palestina y frente a la legalidad internacional y el clamor de millones de personas en todo el mundo. De manera constante y paralela a la flotilla que partiendo desde Barcelona ha cruzado el Mediterráneo para llevar ayuda solidaria a Gaza la presión de la sociedad civil se ha manifestado en cada recorrido y puesto en alerta a las autoridades y organizadores frente a esta táctica de blanqueamiento del régimen sionista y sus criminales políticas.

Palestina es el escenario de un genocidio atroz, donde la hambruna y el bloqueo de medicamentos y ayuda internacional y de emergencia son herramientas de guerra empleadas por Israel y su ejército. También lo es el asesinato de periodistas y personal de ONGs, incluida la Agencia para Palestina de Naciones Unidas (UNRWA), lo cual ya confiere al ataque sobre Gaza todo el horror y toda la deslegitimación que pudiera haber tenido en algún momento la intervención militar israelí.

Una de las partes más importantes de estas protestas es la denuncia de que las élites, los organizadores de eventos y los políticos pueden decir que "no hay que mezclar" el deporte o la cultura con la política, o los acontecimientos que jalonan nuestra vida con la situación y lo qué está pasando en Palestina. Felizmente fracasan y así se está haciendo ver porque es absolutamente falso, y en mundo que se pretende globalizado e interconectado, todos nuestros actos y decisiones tienen múltiples consecuencias y aristas que interpelan a otras personas o entes en todo el planeta. El deporte, la cultura, el cine, la literatura o el turismo sirven, y son ejecutados como armas publicitarias, para legitimar y blanquear las políticas y actos de las élites, y no se puede separar o disociar ambos como si fueran esferas que no tienen nada que ver.

En segundo lugar, es que esta concienciación social en contra del genocidio en Gaza y las actividades de Israel (patrocinadas por Estados Unidos y vistas con buen ojo por parte de la élite europea) es consciente y consecuente. En este mundo actual las acciones son evidentes y están siendo publicitadas, y por lo tanto, deben de ser contestadas y combatidas.

Por último lugar, y una vez más, las protestas, demuestran que son útiles y sobretodo necesarias. Que frente a quienes piensan que “no se debe protestar así”, demuestran que al poner el foco en la participación del equipo israelí y su actuación como elemento propagandístico y blanqueador del régimen sionista, se están combatiendo estas prácticas, diciendo que no son tolerables y que lo que en realidad demuestran es la doble moral y la hipocresía de quienes lo amparan. En una época en la que muchos ya estamos cansados de manifestaciones cuquis y batucadas, que más parecen atracciones turísticas y fiestas sociales, que elementos de expresión del conflicto, es más necesario que nunca recuperar la protesta como interrupción de la vida ordenada y reglada. Sólo así se puede hacer valer la opinión pública frente a quienes quieren ignorarla, e incluso vanagloriarse de una supuesta bondad por permitir la manifestación.

Y en este escenario internacional hay que sentirse orgulloso de España, su sociedad civil y de la gente buena de izquierdas, que nos hemos erigido en portavoces y en agentes de la presión política sobre nuestros gobernantes, sobre la gobernanza global y sobre las decisiones de toda índole (económica, cultural, diplomática) necesarias para acabar con el genocidio en Gaza y conseguir una paz duradera, que pasa inexorablemente por la solución de los dos estados.

Evidentemente, todavía hoy no ha parado el genocidio en Gaza. Pero sin duda, estamos mucho más cerca de pararlo que ayer, que el sábado o que hace 21 días cuando la Vuelta a España empezaba. Como ciudadanía, libre y empoderada, se ha decidido no tolerar el blanqueamiento de las masacres en Palestina, no aguantar el terrorismo de estado ejercido frente a la población gazatí, ni las amenazas y elmatonismo de Estados Unidos. Se ha decidido presionar a nuestro gobierno, y a través de él a la Unión Europea y a toda la comunidad internacional, para acabar con esta escalada bélica y criminal.

Y si, se ha hecho con violencia y colapsando el centro de Madrid, así como impidiendo la celebración de una prueba deportiva. Pero es quela situación es muy violenta, como cientos de miles de vidas colapsando y en peligro en Gaza, así como impidiéndose una resolución pacífica, dialogada y de futuro al conflicto entre Israel y Palestina.

 


La Revolución Francesa de 1789

 Prise de la Bastille (1789), de Jean-Pierre Houël   La Revolución Francesa es el acontecimiento que originó el mundo tal y como lo c...