La Revolución Francesa es el acontecimiento que originó el mundo tal y como lo conocemos, en buena parte, hoy. En 1789 lo que aconteció en la Francia absolutista de la dinastía borbónica de Luis XVI fue el final de la Edad Moderna y el inicio de la Edad Contemporánea. Se sentaron las bases de la democracia moderna como sistema político de representación común, bajo el principio de la soberanía popular. Fue el resultado de un siglo de profundos avances ideológicos y filosóficos, el Siglo de las Luces, donde pensadores como Voltaire, Rousseau o Montesquieu pusieron en cuestión los modelos sociales y políticos vigentes basados en el absolutismo como sistema político y el feudalismo como base económica, ya en abierta confrontación con un capitalismo cada vez más pujante.
Estos pensadores franceses bebieron de las fuentes inglesas en las reflexiones de Hobbes y Locke que un siglo antes, entre 1642 y 1688 durante la Revolución Inglesa, cambiaron la naturaleza de la monarquía británica hacia un régimen más liberal y garantista. También fue considerable la influencia que la Revolución Americana con la Independencia de las Trece colonias que acabaron configurando los Estados Unidos de América, que marcó profundamente a Francia, haciendo propios los valores del liberalismo, la separación de poderes y los conceptos de soberanía y propiedad.
Durante el período revolucionario se vivieron distintas fases en los que la organización política de Francia cambió radicalmente y de forma pendular. Del absolutismo real se pasó a la República, con períodos excepcionales como los de la Asamblea Nacional y Constituyente, la época del Terror, el directorio, la dictadura y el Imperio bajo mandato de Napoleón Bonaparte, para al final, a mediados del siglo XIX, sin cerrar totalmente el proceso revolucionario, adquirir un estatus de monarquía constitucional. En oposición, encontró la beligerancia de las potencias europeas temerosas por un lado de que la Revolución se contagiará entre sus súbditos, y por el otro, que el empuje militar y económico que estaba adquiriendo Francia cambiara el vulnerable tablero hegemónico europeo.
Entre las consecuencias sociales y económicas destaca la emancipación de la burguesía como sujeto político de pleno derecho, y con cuya capacidad económica, lo convertirá progresivamente en dominante. A nivel filosófico y cultural la Revolución Francesa de 1789 dejó un marchamo indeleble en los valores humanos (entendidos como los del hombre adulto, blanco y propietario) y supuso la puesta en práctica de los principios republicanos, entre los que se incluía la participación política y la activación revolucionaria si las condiciones injustas de la sociedad y de la coyuntura así lo exigen.
En palabras del gran historiador Eric Hobsbawn, la Revolución Francesa marcó el inicio del “largo siglo XIX” (hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914) un período de 125 años en los que los mapas a nivel mundial se reconfiguraron. Fue la época de las Revoluciones. De los paradigmáticos cambios en multitud de campos que condicionaron el mundo hasta nuestros días a todos los niveles: político, económico, social, cultural, tecnológico, etc.
Antecedentes: Crisis del Antiguo Régimen
A partir de la segunda mitad del siglo XVIII comienzan a producirse cambios en oposición al modelo del Antiguo Régimen. Éste correspondía al estatus político propio del absolutismo monárquico basado en una centralización del poder hacia una única persona, el Rey, cuyo poder viene directamente del mismísimo Dios. Hacía abajo en forma piramidal se distribuye el poder entre el clero y fundamentalmente la nobleza, que por un lado se oponía a la cada vez mayor centralización del estado en el palacio real y por otra, defendía su estatus oponiéndose a la implantación de parlamentos o asambleas locales o regionales. En esencia, el Rey era dueño de los estados que gobernaba, pero limitado por un tenue sistema de contrapesos por la nobleza y el clero. Pero los tres estamentos mantenían un estatus quo de hegemonía sobre el Tercer Estado, el estamento popular y productivo de campesinos, jornaleros, artesanos, comerciantes, etc.
En las primeras décadas del siglo XVIII los crecientes costos de la corona y el estado absolutista van haciendo a los monarcas cada vez más dependientes económicamente de esas clases productoras, especialmente de la burguesía, que acceden al cuerpo de la nobleza a través de la compra de títulos, pero se seguirán sintiendo rechazados y sin el peso político que les corresponde y al que aspiran.
Al mismo tiempo y salidos desde la nobleza, varios pensadores denunciarán este estado de las cosas y plantearán alternativas hacía un sistema más representativo y justo. Filósofos como Montesquieu propondrá las doctrinas constitucionales y el principio de separación de poderes. Voltaire a través de su Diccionario comentará los principios de libertad y justicia y criticara a la sociedad estamental calificando a nobleza y clero como parásitos. Por su parte, Rousseau plasmó en El Contrato social los principios de la soberanía depositada en el pueblo cuya expresión será el gobierno ideal del Estado Republicano. Y los planteamientos contra la monarquía borbónica y a favor de la expropiación de los bienes del clero de Tayllerand. También destacaron los enciclopedistas Diderot y Dalamabert, y la influencia de los pensadores ingleses que articularon las ideas que llevaron a la Revolución Inglesa de 1688.
En aquella Revolución la figura del Rey perdió poderes en favor de un parlamento que pasó a controlar y decidir sobre la economía, tanto fiscal como presupuestaria, y la política exterior, en especial, los intereses de guerra e intercambios comerciales. Sin ser un sistema liberal o democrático facilitará mayor dosis de estabilidad y participación a la burguesía que podrá presentar al sistema bicameral a través del partido liberal en confrontación con uno conservador donde se alojarán predominantemente la nobleza (alta y baja).
La economía en Francia durante este período era de subsistencia y basada en una agricultura arcaica y de escasos rendimientos. La tierra estaba mal repartida, con un entre 80 y 90% del total de la población trabajan las propiedades (más de un 75% de la extensión del país) de un 8% de la población pertenecientes a la nobleza y el clero en régimen señorial. Este ecosistema económico provocará hambrunas, subidas de precios, escasez, epidemias y en definitiva, unas mortalidades altas, en las ciudades, y sobretodo en el campo, que será uno de los factores que empujará a un notable éxodo rural de población que abandonará el mundo rural y se instalará en las ciudades.
París antes de la revolución: Place Maubert, grabado de Étienne Jeaurat, 1753 (Rijksmuseum, Amsterdam).
Antes de este éxodo se habrá producido una Revolución agrícola, sobretodo en las provincias unidas holandesas y en Inglaterra, que poco a poco irá penetrando en Francia. Se mejorará la producción a partir de innovaciones técnicas en cultivos, que llevará a una liberalización de mano de obra en el campo que primeramente completará su manutención a través de trabajos artesanales (en especial los elaborados por mujeres). Con el tiempo y la re-inversión de excedentes en las producciones más personal dejará las explotaciones, y ante los episodios de malas cosechas y conflictos, emigrarán a las ciudades donde pasarán a formar parte de las manufacturas industriales, ya trasladadas del campo a la ciudad, donde entrarán en conflicto con las asociaciones gremiales artesanales pre-industriales. Esta situación que hará que crezca la demanda de productos industriales facilitará que aparezcan ricos empresarios y comerciantes que pasarán a dominar los gremios, imponiendo sus condiciones y el precio final de los productos, a través de una innovación económica del momento: la Ley de la oferta y la demanda.
Además, su posición se verá beneficiada por los rápidos incrementos que el comercio internacional con las colonias traerá. Si el comercio interno estaba muy limitado por la dificultad de transitar por caminos descuidados, llenos de asaltantes, con sistemas de pesos y medidas divergentes, aduanas y medidas proteccionistas, el comercio marítimo no tendrá limitaciones y el intercambio de productos agrícolas baratos producidos en las plantaciones esclavistas, serán transformados en los talleres pre-industriales y ya industriales de las ciudades europeas, para viajar de nuevo a las colonias como productos acabados donde serán consumidos por las nuevas clases medias de las ciudades, tanto en América como en Europa.
Esto generó dos realidades sociales nuevas dentro de la sociedad del Antiguo Régimen: Por un lado, una clase alta económica, formada por comerciantes y empresarios, por todo el personal que necesitaban cerca (abogados, funcionarios, etc.) y por otras profesiones liberales (médicos, maestros). Y por el otro, una clase baja desposeída, muy numerosa y explotada tanto en el campo por los antiguos señores, y los que han marchado, en las ciudades por los nuevos empresarios. A ellos se sumaba la nobleza y el clero que cada vez tenían más problemas para cobrar los señoríos.
Este estado chocaba con la sociedad estamental. Nobleza y clero correspondían a un 8% de la población. Eran muy ricos y estaban privilegiados políticamente (no pagaban impuestos, exenciones judiciales, etc.). El pueblo era el resto de la población, la parte mayoritaria. Pocos derechos y muchos deberes, empezando por llevar la carga fiscal de la corona. De este tercer estado surge la burguesía, a distintas escalas, que compra títulos para ascender al grupo privilegiado, pero aún así es rechazada. En conjunto se compone una sociedad marcada por la desigualdad económica y política.
Esta situación es analizada por La Ilustración. La razón discurre sobre todo. Sobre la religión (“dios no existe”, ateísmo o “dios existe pero se desentiende por lo que no es merecedor de culto”, deísmo). Considera al hombre como el único ser dotado de razón y cuyo deber es la búsqueda de la felicidad, que a de hacerse a través de la buena educación, el trabajo, la riqueza y un progreso indefinido. Esto choca con la sociedad estamental de grupos cerrados por lo que los ilustrados plantearán su desaparición por una sociedad de clases, donde cada uno busque personalmente su honor y su felicidad, y donde la libertad y la igualdad se rijan bajo un régimen de propiedad. Ante ello la solución política es acabar con el despotismo ilustrado.
Desarrollo Histórico de la Revolución Francesa de 1789
En Francia gobierna Luis XVI en el trono desde 1774, monarca absolutista pero de carácter débil, manejado por sus validos, y en especial, por su esposa, la “austriaca” María Antonieta que no es querida por el pueblo y a la que ven confabulando desde palacio en favor del Imperio Austro-húngaro. Mientras las fiestas en palacio son carísimas y frecuentes, comentadas por París y toda Francia, el país se enfrenta a una notable crisis económica debida por un lado a varias crisis agrícolas motivadas por años de sequías e inundaciones terribles en 1788; y por el otro, por la errática política internacional de la corona con derrotas militares y diplomáticas en aventuras con escaso retorno.
Además, Luis XVI tiene que conjugar otros problemas como la difusión de las ideas ilustradas (Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Tayllerand, etc.,) y las peticiones para una separación de poderes, mayor libertad e igualdad, seguridad y felicidad. Existe un cuestionamiento del modelo social estamental, de los privilegios de la corona y de la nobleza y el clero. Los problemas económicos también afectan a la burguesía recién constituida, que se había hecho rica durante la prosperidad entre 1730 y 1770, pero que ni había obtenido acceso al poder político y decisorio, seguía asumiendo el grueso de la carga fiscal y tenía tremendas dificultades por las malas cosechas, el encarecimiento de los productos, tanto de materias primas, como manipuladas, y de una crisis económica generalizada, que provocaba que pasasen hambre tanto los campesinos como los propios nobles y el bajo clero rural.
Se suma el escaso retorno de los préstamos que Francia dio a las colonias americanas en su lucha por la independencia para derrotar a Inglaterra, el gran enemigo en Europa de la corona. A cambio no puede exportar a las colonias porque se encuentran en situación de guerra, con lo que los gastos han subido, y los ingresos bajado. Acontece una crisis ganadera con varias pestes en el ganado ovino. Aumentan los precios del trigo y el resto de cereales debido a varias sequías, lo que afecta directamente a las clases populares, al Tercer Estado (Lefebvre 1960: 24).
Todo esto provoca un creciente y profundo malestar social, dentro de un modelo estamental rígido, de privilegiados y no privilegiados, donde en medio se situá una burguesía rica, pero sin acceso al poder. Es más, es constantemente marginada y rechazada por la nobleza y el clero, también descontentos porque están bajando sus réditos y señoríos por la carestía del pueblo, que directamente pasa hambre.
A nivel político, el Rey absolutista por encima de los Estados Generales. Toma decisiones que profundizan las divisiones sociales como la venta de títulos y cargos públicos a la burguesía en detrimento de los nobles, al tiempo que exige más tributos a esa burguesía, la única en condiciones de pagar por las excepciones fiscales de la nobleza y el clero y las carestías del pueblo llano.
Esta situación lleva al planteamiento de una Reforma fiscal que repartiera las cargas impositivas y aumentará los recursos de la corona. El ministro Necken es el encargado de plantearla y emplearla: Cada uno pagará o aportará según su riqueza y no de acuerdo a los estamentos. Esto provoca el rechazo de los nobles que convocan una Asamblea de Notables negándose a cualquier reforma que implicase la pérdida de sus privilegios, exigiendo el cese de Necken y la convocatoria al Rey de los Estados Generales. En ellos se reúnen representantes de la nobleza, el clero y el estado llano, por lo que se habilitan un proceso de elección entre los distintos estamentos, así como unos “cahiers des doléances” (cuadernos de quejas) donde cada grupo recogerá sus propias reivindicaciones (Price 2016: 119).
Caricatura de 1789 que denuncia la opresión que padece el Tercer Estado por parte de los dos órdenes privilegiados, clero y nobleza. La piedra que aplasta al Tercer Estado y sobre la que están de pie el clero y la nobleza lleva la inscripción: «Taille, impôts et corvées» ('tallas, impuestos y corveas'). El pie de la imagen dice: «Le Temps passé les plus utiles étoient foulés aux pieds» ('En el pasado, las cosas más útiles eran pisoteadas') (fuente: Wikipedia Commons).
En esencia en mayo de 1789, cuando se reunieron los Estados Generales, no se pensaba en una “revolución” como ruptura política radical con el pasado, ni nadie había previsto la serie de acontecimientos que llevarían a julio de 1789, cuando con la entrada masiva en escena de las sublevaciones urbanas y rurales -de carácter fundamentalmente económico y social en un principio- transformaron totalmente el panorama político y el carácter del conflicto entre la nobleza y el Tercer Estado (Castells, Tafalla 2011: p. 27).
Los Estados Generales son por lo tanto, convocados por el Rey por primera vez desde 1614. Ante la asamblea el Tercer Estado presenta numerosos participantes con la voluntad de plantear en primer lugar la decisión sobre si se vota por estamentos, es decir, cada grupo un voto, o por individuos. Evidentemente esto provoca el enfrentamiento entre la nobleza, el clero y el Rey frente al Estado llano, que es apoyado por una figura clave en todo el proceso revolucionario: el ábate Sieyès. Sieyès clama a través de su panfleto “¿Qué es el Tercer Estado?” que “el pueblo tiene que participar porque es la mayoría de Francia” (Price 2016: 121).
«Nada puede funcionar fuera del Tercer Estado; todo iría infinitamente mejor si no existiesen los demás órdenes», y «¿qué es lo que ha sido hasta ahora en el terreno político?», se preguntaba: «nada, pero su demanda es ser alguien».
Aparentemente, el Rey se muestra a favor y en desacuerdo con los grupos privilegiados, pero en realidad maniobra para que nada cambie. Cesa a Necken lo que provocó el hastío del Tercer Estado (Lefebvre 1960: 38).
Esto lleva a una situación de bloqueo que se saldó con el abandono del Tercer Estado de los Estados Generales. Los oradores del Tercer Estado como Desmoulins o Dantón llamaban a la acción y a la resistencia. En ese momento los representantes del pueblo se convierten en Asamblea Nacional, como depositarios de la soberanía y jurarán no separarse hasta dar a Francia una Constitución (Juramento del Juego de pelota, del 20 de junio de 1789).
El Juramento del Juego de Pelota ("Le Serment du Jeu de paume") de Jean-Louis David (fuente: Wikipedia Commons).
La Nobleza, el clero y el Rey no aceptan la situación y se confabulan para el decreto real que saca las tropas a la calle, lo que lleva a enfrentamientos entre el ejército y el pueblo llano. El día 13 de julio París fue ganada por los insurrectos, mientras que los soldados se negaban a seguir las órdenes de sus jefes. Esta tensión crecerá hasta el momento culminante de la Toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, desde entonces Fiesta Nacional Francesa. La Toma de la Bastilla se convertirá en el símbolo de la Revolución, pero en realidad, no tuvo ningún tipo de preparación revolucionaria y se debió más bien a la respuesta espontánea ante la actitud del comandante del fuerte, el marqués de Launay, quien no sólo se negaba el acceso a los revolucionarios que llegaban armados desde las Tullerías, sino que además, ordenó la carga y el disparo contra la muchedumbre (Castells, Tafalla 2011: p. 34).
La Revolución se extiende por París y después por toda Francia. Ayuntamientos por buena parte de la nación declaran que solo reconocerán la autoridad de la Asamblea Nacional y no la del Rey. Los campesinos dejan de pagar derechos señoriales y se producen no pocos asaltos a castillos y guarniciones nobiliarias. La Asamblea Nacional, en ese contexto, emite su primer decreto el 26 de agosto en el que aboga por la igualdad de todos los hombres en la Declaración de los derechos del Hombre y del ciudadano, claramente inspirada en los escritos de Rousseau (Castells, Tafalla 2011: p. 38).
Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano (fuente: Wikipedia Commons)
Esto convierte a la Revolución en un acto legal, primero como crítica al Antiguo Régimen, después como denuncia por los escasos avances para revertir una situación demandada por el pueblo que pedía libertad, igualdad y una transición de la soberanía nacional para que residiera en el mismo pueblo.
Evidentemente, el Rey no acepta las leyes emitidas por la Asamblea Nacional y se niega a firmarlas. Solo lo hace, cuando muchedumbres se manifiestan delante de Versalles (y también en varias ciudades más), denuncian su boicot y su traición a la nación, al descubrirse sus movimientos de auxilio a otras naciones absolutistas, por lo demás, rivales de Francia.
Grabado anónimo que representa la marcha de las mujeres a Versalles en octubre de 1789, en el que aparece Theroigne de Méricourt montada en un caballo blanco (foto: Wikimedia Commons)
Se obliga al Rey a firmar los decretos y la familia real es trasladada en arresto de Versalles a París. Trascendente en esto es la marcha espontánea de las mujeres parísinas, lavanderas, panaderas, tejedoras que se alzaron y forzaron la situación a través de la protesta y la acción directa.
La fase final de la revolución política-jurídica ocupa los meses de septiembre-octubre de 1789, y la cuestión central que la caracteriza fue la aparición de fracturas político-sociales. Una vez afirmados los principios fundamentales, empezó la discusión del contenido concreto que se le iba a dar a la construcción del nuevo Estado. Los debates fundamentales se iniciaron ya a finales de agosto, en torno a la organización de poderes, es decir, por un lado, si había que optar por el bicameralismo o mantener un solo cuerpo legislativo, y por otro, en qué medida el rey podía oponerse a la promulgación de una ley mediante el veto real. Para evitar el desorden y la confusión que se produjo sobre estas dos cuestiones, se decidió que la Asamblea se dividiera entre los partidarios del veto absoluto y una Constitución con dos Cámaras, los cuales se colocarían a la derecha del presidente, mientras que los adversarios formarían la izquierda de la Asamblea. Fue esta división de topografía parlamentaria la que ha llevado tradicionalmente a fijar en torno a esta discusión el origen de las modernas denominaciones de “derecha” e “izquierda” aunque tales asignaciones apenas se usaban en 1789, al no haber una presencia activa de la prensa y de los clubes hasta 1790-1791, pero ha quedado para la posteridad como referencias simbólicas de la ideología y la praxis política (Castells, Tafalla 2011: p. 39).
Se genera de este modo un sistema de liberalismo moderado que se ratificará en la Constitución de 1791. Ahí se acepta la monarquía limitada, la división de poderes, pero todavía de manera parcial e injusta, que vendrá impuesto un sufragio censitario, que excluye a la abrumadora mayoría de la población de desposeídos. Pero la burguesía habrá conseguido su objetivo, el acceso al poder, ahora compartido con la nobleza, en especial la alta y la ligada a las capitales provinciales y departamentales más importantes, y también al alto clero. El Rey jura la Constitución y hace efectiva, por tanto, la toma del poder por parte de la burguesía.
Las reformas institucionales en el terreno económico-social que realizó la Constituyente, estuvieron condicionadas no sólo por los estrictos intereses materiales de la mayoría de los diputados, sino por el día a día de los acontecimientos, aunque siguieron el hilo conductor de algunos principios generales, unos comunes y otros contrapuestos, lo que explica el que no dejaran un sistema coherente de pensamiento económico. Se preocuparon fundamentalmente de la Francia urbana, aboliendo los privilegios y los gremios y estableciendo la libertad de empresa, la libre producción (ley d’Allarde de marzo de 1791, completada con la ley Le Chapelier del 14 de junio de 1791), la unificación del mercado nacional y un sistema unitario de pesos y medidas. Fueron las luchas sociales las que marcaron una dirección contradictoria en la política económica de los constituyentes oponiéndose dos concreciones distintas de los derechos proclamados en la Declaración de 1789: una, que defendía a ultranza el liberalismo económico, y otra, que reivindicaba que éste debía estar subordinado a las necesidades políticas y a garantizar el derecho fundamental de las personas, como era el derecho a la existencia, que exigía la tasación de granos y de los productos básicos, lo que hizo difícil, antes incluso del verano de 1792, el mantenimiento total del libre comercio (Castells, Tafalla 2011: p. 62).
Entre las primeras medidas que la Asamblea Nacional tomó, estuvo la nacionalización de los bienes del Clero, lo que llevó a un conflicto con el Papado, que confabulará con el propio Rey de Francia para intentar acabar con la Constitución y volver al Antiguo Régimen. Sin embargo, es descubierto el complot y su participación en la contrarrevolución y en las guerras civil e internacional que intentaban deponer el asalto revolucionario, y el Rey es interceptado en su huida y depuesto de sus funciones, por lo que se abre un período de Asamblea Legislativa (1791-1792), que formalmente funcionará como una República de carácter liberal.
Esta Asamblea se formará a través del sufragio censitario validado en la Constitución de septiembre de 1791, en el que solo podrán participar hombres propietarios, que pertenecían o bien al clero, a la nobleza o a la burguesía, por lo que era inviable acuerdos que permitiesen gobernar. A las elecciones se presentaron “partidos políticos”, todavía no formados en el término contemporáneo, sino más bien como “clubs” o “charlas” que aglutinaban a figuras con las mismas inquietudes o intereses. El resultado fue una asamblea fragmentada entre moderados o no revolucionarios (y dentro de este grupo a partes iguales, ultrarrealistas partidarios del Antiguo Régimen y moderados a favor de la Monarquía Constitucional) y los revolucionarios, con tres grupos en discusión: Girondinos, de la Gironda (zona vinícola por autonomasía abierta al comercio exterior a través del rio navegable Garona y su salida al Atĺántico, y con una propiedad de la tierra basada en latifundios donde los burgueses han pasado también a controlar la propiedad de la tierra, como de la producción), muy ligados a los moderados y que plantean reformas sociales que benefician a la alta burguesía; Jacobinos, por sus reuniones en la Iglesia de San Jacob, que anhelan la República aunque aceptan en primer término una Monarquía Constitucional con un sufragio censitario muy ampliado; y los Cordeliers, más radicales a favor de un sufragio universal y el establecimiento de una república de la Igualdad.
Si bien, los acuerdos son muy costosos, la Asamblea Nacional consigue gobernar aunque no sin problemas: La Europa absolutista no acepta la Revolución. El Imperio Austro-Húngaro y Prusia declaran la guerra contra Francia que recibe el apoyo del propio Rey Luis y sus partidarios. El gobierno forma un nuevo ejército del pueblo, declara “la patria en peligro”, recurriendo a la colaboración de todos los franceses, a lo que se opone el Rey que es acusado de traición, depuesto y encarcelado, junto a toda la familia real.
Se celebran nuevas elecciones en este contexto bélico y de cese del Rey de la que saldrá una convención mucho más radical que proclama la República (1792-1794). Se establece el calendario republicano, cuya fecha 1 es el 22 de septiembre de 1792, equinocio de otoño, y se establecen los meses por estaciones y labores agrícoals.
Primero, gobiernan los girondinos, que aunque llevan a cabo el juicio y condena del Rey por traición son considerados muy moderados. Son sustituidos por un gobierno Jacobino radical, liderado por Maximilien Robespierre, quien se hace célebre proclamando la igualdad entre ciudadanos y los derechos de participación política y pensamiento. Se establece la “Época del Terror”, con Robespierre de Ministro de Sanidad Pública, esto es de depurador de las conductas contrarrevolucionarias y antipatrióticas, cuya imagen es el cadalso y la guillotina ajusticiando a todos los nobles que se opusieron a la Revolución. Incluido el Rey y la familia real al completo (Lefebvre 1960: 104).
Hinrichtung Ludwig des XVI, la Ejecución de Luis XVI de Georg Heinrich Sieveking (fuente: Wikipedia Commons)
Pronto los jacobinos son discutidos por excesivos, incapaces de paliar una nueva crisis de malos rendimientos agrícolas y el boicot al comercio de productos franceses, y son depuestos de sus funciones y Robespierre ejecutado. Con ellos cae el modelo republicano, y en cambio, se establece una “nueva” Constitución en 1795, moderada, con un sufragio censitario muy estricto y que establece una dirección nacional excepcional por la crisis en forma de directorio, con cinco directores y 6 ministros, de los que forman parte entre otros, Napoleón Bonaparte y sobretodo Sieyès, quien ha venido siendo importante en todo el proceso revolucionario. Fundamentalmente en este período de Convención (septiembre de 1792-septiembre de 1795) donde Sieyès supo navegar entre posicionamientos radicales y otros más conservadores y pragmáticos. Esta Constitución mantiene los valores revolucionarios, pero conformando un gobierno “fuerte” que pudiera responder ante los retos que Francia atravesaba en aquel momento.
Sin embargo, este directorio tendrá sus propias dificultades, primero por la oposición de los ultrarrealistas, pero también de los jacobinos que cuentan con el apoyo popular. Se producen varios episodios de sublevaciones tanto en París como en provincias que son aplacadas con fuerza por el ejército, mucho más organizado y profesional tras la experiencia de la guerra internacional. Esta guerra no había acabado, pero basculaba a favor de Francia y de su dominio militar donde la figura de Napoleón empieza a hacerse un notable nombre. Esto hizo que Inglaterra, muy interesada a nivel económico de devolver a Europa y al Océano Atlántico a un escenario de paz y calma que favoreciese los negocios, comenzará a plantear coaliciones que primero consiguieran aplacar a Francia, y después, ya abiertamente tratados de paz.
La Bataille du Pont d'Arcole. De Horace Vernet. Napoleón liderando a sus tropas en la Batalla del puente de Arcole. (fuente: Wikipedia Commons).
Ante esta situación de ataques exteriores y dificultades internas, con una galopante crisis económica en la base agraria de la economía, el directorio fue ganando cada vez mayor independencia y autoridad frente a la Asamblea Nacional. Se llevó a cabo una concentración de poder, buscando decisiones más rápidas y mejores. En 1794, un primer Golpe de Estado, establece un consulado que atesora todo el poder, con 3 cónsules, uno de ellos, Sieyès, pero con un primer cónsul en la figura de Napoleón que domina la fuerza militar. En 1799, un nuevo Golpe de Estado, el del 18 de brumario (9 de noviembre de 1799) organizado por Napoleón, sus hermanos y correligionarios que proclama una nueva Constitución (VIII en el Calendario Republicano) que garantiza la Dictadura, acaba con el Directorio, y coloca a la figura de Napoleón (toda vez que el favorito para liderar el nuevo sistema, el general Joubert había fallecido en el campo de batalla), quien acabará con las guerras internacionales como máximo dirigente. Fue un golpe interno, promovido por sus propios líderes valiéndose del poco apoyo que el pueblo tenía a la promoción del estado revolucionario, ya que después de 10 años no veían una mejora considerable en sus condiciones. Una vez más, la figura de Sieyès fue decisiva. Quien había clamado por la participación del pueblo y quien había modificado su praxis al calor de los acontecimientos y sus intereses personales, una vez más giraba el sentido político de Francia. A él correspondió aplicar la divisa pos-termidoriana de que "la política es una ciencia, una técnica de poder desprovista de los principios abstractos de las Declaraciones de Derechos revolucionarias". Su objetivo era conseguir una estructura política autoritaria, con un poder ejecutivo centralizado, fuerte y estable. Pero para cambiar la Constitución había que recurrir al golpe de estado, al Ejército y buscar un general seguro (Castells, Tafalla 2011: p. 148).
En 1802, un nuevo Golpe de Estado favorece el nombramiento de Napoleón como cónsul vitalicio (Constitución del Año X), estableciendo de facto una monarquía de derecho divino, en la figura del general corso, quien ya en 1804, se erige en emperador ante el Papa, sacralizando nuevamente, la unión entre el estado francés y el papado.
Consecuencias
Formalmente la Revolución Francesa duró desde 1789 hasta 1799, momento en el que la nueva Constitución proclamada suprimía las libertades y derechos ciudadanos (no incluía la declaración de derechos) y la supresión de la división de poderes. La Revolución Francesa de 1789 es sin duda, uno de los acontecimientos históricos más trascendentales, puesto que marcó un punto de inflexión, un nuevo paradigma. No sólo se transformó la estructura social y política de un país, Francia; sino que influyó de manera decisiva en todo el mundo, abriendo un período donde los ideales de la libertad, igualdad y la fraternidad podían desafiar y modificar el orden establecido.
La primera consecuencia y más directa es que la Revolución Francesa terminó con el Antiguo Régimen. El sistema político basado en la monarquía absolutista, la sociedad estamental rígida de una minoría de privilegiados y una mayoría aplastante de no privilegiados y la economía de base agraria regida por los señoríos se terminó con la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789. A cambio, se configuró un sistema que aspiraba a abolir los privilegios de cuna y que tuvo en la proclamación de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, las bases jurídicas y políticas para garantizar la igualdad ante la ley, la soberanía popular y la protección de los derechos individuales, muy especialmente el de la propiedad.
La interpretación de la Revolución Francesa a partir de su resultado, es decir a partir del triunfo de la burguesía sobre el resto de clases en liza, dificulta la compresión de un fenómeno tan complejo como la participación de las clases populares urbanas en la revolución. Sin la participación del “pequeño pueblo” (menu peuple) de París, Marsella o Lyon, la Revolución no hubiera sido posible. Las grandes jornadas protagonizadas por el pueblo de Paris y las grandes jacqueries marcaron y condicionaron decisivamente el desarrollo del proceso.
Sin embargo, el movimiento revolucionario no enraizó en toda Francia por igual. Si bien París, la cuenca del Sena y sus alrededores, el Norte incluida Normandía, la cuenca del Garona entre Toulouse y Bourges y el eje Norte-Sur en torno al Ródano (Cote d'Or, Lyonesado, hasta el litorial medierráneo y la provenza oriental), vivieron episodios significativos y decisivos en la historia revolucionaria que marcaron su carácter y dinamismo económico y social, otras partes de Francia no vieron con simpatía la revolución. Las zonas rurales de interior en torno al Macizo Central, la Alta Saboya y otras zonas montañosas del Jura en el Nordeste, así como la zona intra-alpina (Castells, Tafalla 2011: p. 167). Y de manera muy señalada la Bretaña que salió del proceso revolucionario con una posición ultra conservadora que no existía en 1789, debido en parte a un fuerte sentimiento regional ligado a su propia especificidad, y al haberse sentido perjudicados por el alzamiento revolucionario que no mejoró la vida ni para las clases privilegiadas, ni tampoco al pueblo llano (Castells, Tafalla 2011: p. 131). Estas difrencias en torno al sentimiento revolucionario todavía son vigentes hoy si se recorre Francia.
Tratar de entender la presencia y la actividad del llamado movimiento popular-urbano significa dirigir la mirada hacia un mundo complejo en el que se mezclaban una multiplicidad de grupos sociales cuyo denominador común consistía en no ser miembros de las clases acomodadas y vivir en la ciudad. Estos grupos sociales se hicieron progresivamente autónomos con respecto a la burguesía y de sus valores y objetivos. Este autonomía se basaba tanto en sus concepciones igualitarias, como en unos intereses sociales diferentes, y en los métodos de lucha, de debate y organización practicados. Se forjó a partir de su propia experiencia y del desarrollo del proceso revolucionario (Castells, Tafalla 2011: p. 74).
Para que todo este conjunto abigarrado y con intereses a veces contrapuestos diera lugar a un poderoso movimiento fue necesario un proceso moderadamente largo. De su experiencia y participación en los años de la revolución surgió un cierto sentimiento de pertenencia a un colectivo con identidad propia: el pueblo. Esta identidad recibió un nombre propio: los sans-culottes (los “sin calzones”, en referencia a la prenda de ropa que definía a los sectores ricos aristocráticos: los culottes). Esta expresión connotaba inicialmente el desprecio de la prensa aristocrática hacia el pueblo. Como suele suceder en estos casos, y a partir del 20 de agosto de 1789, el pueblo adoptó con orgullo este apelativo (Castells, Tafalla 2011: p. 75).
Uno de los principios del republicanismo de derecho natural consiste en la idea de que toda ley que no haya sido sancionada por el pueblo supone una usurpación de la soberanía popular, tiene un carácter tiránico y el pueblo tiene el derecho e incluso el deber de la insurrección ante cualquier acto de tiranía de este tipo. Desde 1789, la democracia popular parisina hizo uso repetidas veces de este derecho de insurrección hasta que fue derrotada en 1795: fueron las grandes jornadas revolucionarias (Castells, Tafalla 2011: p. 80).
Una segunda consecuencia fue el cambio radical en el ecosistema social. Se eliminó de facto, hasta con el paso del tiempo convertirla en intrascendente por si y residual, a la nobleza y el clero como clases privilegiadas y dopadas de poder político. La secularización de la sociedad y de la economía también garantizaron una mayor movilidad social, a través del trabajo, y fundamentalmente de los negocios, y la consolidación de ciudadanos libres e iguales en derechos y deberes. Evidentemente, este proceso tuvo fuertes resistencias y llevo a excesos y conflictos, pero sin duda, la experiencia revolucionaria ya había abierto la puerta a la participación política del grueso de la ciudadanía, y a que ésta, progresivamente, fuera añadiendo más capas de responsabilidad y peso, así como que distintos grupos y colectivos se fueran sumando hasta nuestros días.
No quiero olvidarme en este punto en la trascendencia que la Revolución Francesa tuvo para dos colectivos concretos:
A través, de la experiencia revolucionaria los valores republicanos calaron de manera fuerte en la población que vivía bajo el régimen de la esclavitud. No fueron pocos los patronos (incluidos ilustrados y algún asambleario) que fundamentalmente en Francia fueron contestados por su lucro con la esclavitud, que pese a todo fue alentada hasta por el propio Napoleón. Faltarían varias décadas hasta su prohibición definitiva. Pero sobretodo, cundió en Haití, que era colonia francesa en el Caribe, y donde la revolución, alentada en buena parte por los recién creados Estados Unidos, pero sin duda, inspirada en los valores revolucionarios, terminó con la victoria de los esclavos que constituyeron hacia 1804 su propia nación, la primera “república negra”.
También es preciso y de alabar los estudios que trabajan el legado y la situación de la mujer durante la Revolución Francesa. Numerosas mujeres participaron en los “cuadernos de quejas”, los cahiers des doléances, denunciando su situación de desposesión y sometimiento. Muchas anónimas participaron en la propia revolución, a veces empuñando armas y empujando contra la fuerza militar del Antiguo Régimen. Su empeño acabó en un hito fundacional del feminismo: A finales de 1791 Olympe de Gouges redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, donde más allá de incluir la acepción “ciudadana” en la misma consideración que la vertiente masculina, puso las bases para la consideración de la mujer como un agente político y social propio, con voz, ideas y acción que le pertenecen intrínsicamente. Lamentablemente, vivieron en primera persona la propia opresión masculina, tanto de revolucionarios como contrarrevolucionarios, y hacia 1795 fueron derogados los derechos de las mujeres a la participación política. La propia Olympe de Gouges fue encarcelada, vilipendiada por compañeros y finalmente ejecutada en noviembre de 1793 (Castells, Tafalla 2011: p. 87).
Olympe de Gouges camino de la guillotina, el 3 de noviembre de 1793 (imagen: Wikimedia Commons).
En cuanto al contexto histórico siguiente al período revolucionario es trascendental comprender cómo lo acontecido en Francia, inspiró y cambió los ideales políticos y sociales en Europa y también en América Latina, durante el siglo XIX, pero también ya en el XX en los procesos de descolonización de África y Asia (de no pocas posesiones francesas, por cierto). La difusión de los principios republicanos, el rechazo a la tiranía y a la injusticia y la proliferación de los valores ciudadanos e individuales, motivaron los procesos de emancipación e independencia de numerosas sociedades. El impacto cultural y el corpus filosófico generado en torno a la Revolución, promovió una nueva conciencia ciudadana basada en la dignidad y la libertad, principios que sustentan los derechos civiles y sociales desde entonces y hasta hoy en día.
Sin duda, también existieron contrapartes, como el exceso de violencia y los abusos de poder que pusieron en debate los acontecimientos de la revolución y los límites de la libertad y la justicia. El Terror (muy distinto a la violencia popular revolucionaria) fue un acontecimiento histórico único que hay que situar en un momento concreto del transcurso de la Revolución, aunque es difícil dar una fecha precisa del mismo, ya que la Convención nunca adoptó un “sistema de Terror” como régimen político. El Terror no fue sistemático, ni tampoco un proyecto preconcebido y programado, sino una respuesta pragmática a la crisis multiforme por la que atravesó la República desde la primavera de 1793 hasta el verano de 1794, cuando, ante la ineficiencia de los medios habituales de intervención política, la cultura de la urgencia sugirió el empleo del "Terror", una forma de gobernar propia que se llevó a cabo sin tomar conciencia de las trágicas consecuencias que tendría (Castells, Tafalla 2011: p. 117).
Por último, no puede obviarse el hecho de que la revolución, y desde entonces todo proceso revolucionario, parece abocado a sucumbir ante una reacción de las élites que se han visto depuestas o de las que se han aupado a través de la misma práctica revolucionaria y subversiva. Que a la Revolución Francesa le siguiera inmediatamente la Dictadura y el Imperio Napoleónico, y que después, se iniciará un proceso de Restauración en toda Europa que buscó eliminar los avances filosóficos, políticos y sociales para volver a un régimen absolutista y desigual, debería hacernos reflexionar sobre cómo el autoritarismo se transforma y moldea para continuar oprimiendo a seres humanos, desafiando el progreso lineal de la historia.
En definitiva, la Revolución Francesa de 1789 supuso una transformación profunda que modificó el orden establecido desde todos los puntos de vista: político, económico, social, cultural y filosófico. Fue el hito que ayudó a configurar el mundo contemporáneo, abriendo un paradigma político y ético de participación cívica y colectiva. Sin duda un acontecimiento imprescindible en la Historia de la Humanidad.
BIBLIOGRAFÍA
CASTELLS, Irene; TAFALLA, Joan (2011). Atlas Histórico de la Revolución Francesa (1789-1799). Madrid. Editorial Síntesis.
LEFEBVRE, George (1960). Revolución Francesa y el Imperio (1787-1815). Del original en francés Histoire de la France pour tous les Français (1938). Editado en castellano en 1960 por Fondo de Cultura. Trad. María Teresa Silva de Salazar.
PRICE, Roger (2016). “4 .Revolución e Imperio”. En Historia de Francia. Madrid. Ed. Akal. Trad. 1ª edición Beatriz Mariño. Pp: 116-186.


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