Extraños en un tren (Strangers on the train, en el original) es una película de 1951 dirigida por Alfred Hitchcock. Esta basada en la novela homónima de Patricia Highsmith publicada un año antes y que tuvo un enorme éxito. Para adaptarla al lenguaje cinematográfico la producción se valió de un equipo de guión comandado por Raymond Chandler, el que fuera autor entre otras de El largo Adiós o el guion de la original La Dalia Azul. Con este elenco la intriga y el suspense quedaba garantizado.
Hitchcock tomó el encargo con mucha determinación. Emocionado por la calidad de la novela que consideraba se podía ajustar a su lenguaje cinematográfico, planificó con entusiasmo todo el proceso de producción. Aporto sus ideas para caracterizar a los personajes al tiempo que planificó al detalle el diseño de fotografía y escenarios junto a su habitual colaborador Robert Burks. La Warner se asoció con la productora de Hitchcock Transatlantic Pictures, y proporcionó el concurso de varios actores prometedores del cine estadounidense para rodar la película en Hollywood y no alterar la esencia de la trama planteada por Highsmith en su novela. En esencia, con Extraños en un tren, Alfred Hitchcock parecía recuperar su brío ante la dirección tras unos últimos años en los que parecía haber perdido entusiasmo en sus películas y proyectos.
La trama muy sencilla. Dos personajes que no se conocen coinciden en un vagón de tren y comienzan a charlar de manera informal hasta llegar al punto en el que uno de ellos, el dandy adinerado Bruno Antony le plantea al otro, el tenista amateur Guy Haines, su “genial ideal” de intercambiar asesinatos. Cada uno asesinaría a la persona que imposibilita la vida plena del otro, y como ese asesino carecería de un móvil para con la víctima no sería considerado como sospechoso por las autoridades. A partir de ahí, y cuando cada personaje se apea en sus respectivas paradas la historia va deshilachándose involucrando a las personas cercanas a los victimarios, incluidas las propias víctimas del otro. Y por supuesto a la policía.
El resultado una obra cinematográfica de poco más de hora y veinte minutos donde el talento de los guionistas y la autora se conjuga magistralmente para dotar de un dinamismo colosal al metraje. La música compuesta por el compositor ruso nacionalizado americano Dimitry Tiomkin adereza la historia añadiendo capas de intensidad y distintas sensaciones (inmediatez, peligro, incomprensión, etc.) donde los instrumentos de cuerda como violines y violas transportan al espectador al centro de cada escena.
Y todo ello bajo la dirección del genial Hitchcock que se muestra a pleno rendimiento y compone algunos de los planos más memorables de la Historia del cine, como el famoso tiro de cámara hacia el reflejo en un cristal de una gafa, la vibrante escena del carrusel, o la brillantez en el filmado del partido de tenis.
En este punto, otro de los factores decisivos de la película es la genial interpretación del personaje principal Bruno Antony, por el actor Robert Walker. Tenía 30 años recién cumplidos cuando se puso a las órdenes de Hitchcock para interpretar al antagonista y desencadenante de la acción y el trabajo realizado fue sobresaliente. Walker compuso un personaje redondo y memorable donde bajo el vestuario, las miradas y la voz nos plantea como espectadores la ambivalencia de los caracteres. Como todos escondemos claro oscuros, incluidos aquellos que invaden o se escapan del terreno de la locura.
En ese sentido, ambos personajes, tanto Bruno Antony como Guy Haines, serían dos caras de la misma moneda. Dos reversos de si mismos en los que se alojan tanto la sensatez y la luz, como la maldad y la oscuridad. Este juego doble, de personajes y caracteres compone un doppelgänger, es decir, el doble fantasmagórico, perverso o malvado de uno mismo.
El gran funcionamiento de la película tanto en recepción de la crítica y el público, como en el legado de la obra, aupó a ambos actores al estrellato. Sin embargo, Robert Walker no pudo disfrutar mucho de ello, puesto que al año siguiente, con 32 años fallecía en un extraño suceso en el que se conjugaba su depresión por el divorcio con su mujer, su alcoholismo y la intervención de un psiquiatra. De este modo se cerraba una vida y una carrera actoral que prometía pasar a la posteridad como el mejor actor de su generación.
La película también tenía un componente político en torno a la confrontación entre dos personajes característicos: Uno, el alter ego del modelo americano (deportista, educado, bien parecido); el otro un homosexual reprimido con problemas psiquiátricos. En su conflicto se dibujaba el contexto del clima homofóbico que se vivía en los Estados Unidos a finales de los 40.
Por todo ello no se puede más que celebrar y recomendar Extraños en un tren a todo el mundo. Sobretodo verla en versión original. Ya lo he dicho en más de una ocasión: Hoy en día, que no tenemos más que películas filmadas en el croma, tratadas y manipuladas en el ordenador, repitiendo la misma trama una y otra vez, trufadas hasta el agotamiento con efectos visuales y sonoros, con lo que, por oposición, da gusto ver una película rodada artesanalmente. Donde los planos desbordan creatividad y conocimiento del medio audiovisual. Y que nos cuentan una historia atrayente y que nos hace pensar. Y donde encima los actores están sobresalientes llevando el peso de lo que nos quieren contar.

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