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martes, 14 de julio de 2026

La Revolución Francesa de 1789


 Prise de la Bastille (1789), de Jean-Pierre Houël

 

La Revolución Francesa es el acontecimiento que originó el mundo tal y como lo conocemos, en buena parte, hoy. En 1789 lo que aconteció en la Francia absolutista de la dinastía borbónica de Luis XVI fue el final de la Edad Moderna y el inicio de la Edad Contemporánea. Se sentaron las bases de la democracia moderna como sistema político de representación común, bajo el principio de la soberanía popular. Fue el resultado de un siglo de profundos avances ideológicos y filosóficos, el Siglo de las Luces, donde pensadores como Voltaire, Rousseau o Montesquieu pusieron en cuestión los modelos sociales y políticos vigentes basados en el absolutismo como sistema político y el feudalismo como base económica, ya en abierta confrontación con un capitalismo cada vez más pujante.

Estos pensadores franceses bebieron de las fuentes inglesas en las reflexiones de Hobbes y Locke que un siglo antes, entre 1642 y 1688 durante la Revolución Inglesa, cambiaron la naturaleza de la monarquía británica hacia un régimen más liberal y garantista. También fue considerable la influencia que la Revolución Americana con la Independencia de las Trece colonias que acabaron configurando los Estados Unidos de América, que marcó profundamente a Francia, haciendo propios los valores del liberalismo, la separación de poderes y los conceptos de soberanía y propiedad.

Durante el período revolucionario se vivieron distintas fases en los que la organización política de Francia cambió radicalmente y de forma pendular. Del absolutismo real se pasó a la República, con períodos excepcionales como los de la Asamblea Nacional y Constituyente, la época del Terror, el directorio, la dictadura y el Imperio bajo mandato de Napoleón Bonaparte, para al final, a mediados del siglo XIX, sin cerrar totalmente el proceso revolucionario, adquirir un estatus de monarquía constitucional. En oposición, encontró la beligerancia de las potencias europeas temerosas por un lado de que la Revolución se contagiará entre sus súbditos, y por el otro, que el empuje militar y económico que estaba adquiriendo Francia cambiara el vulnerable tablero hegemónico europeo.

Entre las consecuencias sociales y económicas destaca la emancipación de la burguesía como sujeto político de pleno derecho, y con cuya capacidad económica, lo convertirá progresivamente en dominante. A nivel filosófico y cultural la Revolución Francesa de 1789 dejó un marchamo indeleble en los valores humanos (entendidos como los del hombre adulto, blanco y propietario) y supuso la puesta en práctica de los principios republicanos, entre los que se incluía la participación política y la activación revolucionaria si las condiciones injustas de la sociedad y de la coyuntura así lo exigen.

En palabras del gran historiador Eric Hobsbawn, la Revolución Francesa marcó el inicio del “largo siglo XIX” (hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914) un período de 125 años en los que los mapas a nivel mundial se reconfiguraron. Fue la época de las Revoluciones. De los paradigmáticos cambios en multitud de campos que condicionaron el mundo hasta nuestros días a todos los niveles: político, económico, social, cultural, tecnológico, etc.



Antecedentes: Crisis del Antiguo Régimen

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII comienzan a producirse cambios en oposición al modelo del Antiguo Régimen. Éste correspondía al estatus político propio del absolutismo monárquico basado en una centralización del poder hacia una única persona, el Rey, cuyo poder viene directamente del mismísimo Dios. Hacía abajo en forma piramidal se distribuye el poder entre el clero y fundamentalmente la nobleza, que por un lado se oponía a la cada vez mayor centralización del estado en el palacio real y por otra, defendía su estatus oponiéndose a la implantación de parlamentos o asambleas locales o regionales. En esencia, el Rey era dueño de los estados que gobernaba, pero limitado por un tenue sistema de contrapesos por la nobleza y el clero. Pero los tres estamentos mantenían un estatus quo de hegemonía sobre el Tercer Estado, el estamento popular y productivo de campesinos, jornaleros, artesanos, comerciantes, etc.

En las primeras décadas del siglo XVIII los crecientes costos de la corona y el estado absolutista van haciendo a los monarcas cada vez más dependientes económicamente de esas clases productoras, especialmente de la burguesía, que acceden al cuerpo de la nobleza a través de la compra de títulos, pero se seguirán sintiendo rechazados y sin el peso político que les corresponde y al que aspiran.

Al mismo tiempo y salidos desde la nobleza, varios pensadores denunciarán este estado de las cosas y plantearán alternativas hacía un sistema más representativo y justo. Filósofos como Montesquieu propondrá las doctrinas constitucionales y el principio de separación de poderes. Voltaire a través de su Diccionario comentará los principios de libertad y justicia y criticara a la sociedad estamental calificando a nobleza y clero como parásitos. Por su parte, Rousseau plasmó en El Contrato social los principios de la soberanía depositada en el pueblo cuya expresión será el gobierno ideal del Estado Republicano. Y los planteamientos contra la monarquía borbónica y a favor de la expropiación de los bienes del clero de Tayllerand. También destacaron los enciclopedistas Diderot y Dalamabert, y la influencia de los pensadores ingleses que articularon las ideas que llevaron a la Revolución Inglesa de 1688.

En aquella Revolución la figura del Rey perdió poderes en favor de un parlamento que pasó a controlar y decidir sobre la economía, tanto fiscal como presupuestaria, y la política exterior, en especial, los intereses de guerra e intercambios comerciales. Sin ser un sistema liberal o democrático facilitará mayor dosis de estabilidad y participación a la burguesía que podrá presentar al sistema bicameral a través del partido liberal en confrontación con uno conservador donde se alojarán predominantemente la nobleza (alta y baja).

La economía en Francia durante este período era de subsistencia y basada en una agricultura arcaica y de escasos rendimientos. La tierra estaba mal repartida, con un entre 80 y 90% del total de la población trabajan las propiedades (más de un 75% de la extensión del país) de un 8% de la población pertenecientes a la nobleza y el clero en régimen señorial. Este ecosistema económico provocará hambrunas, subidas de precios, escasez, epidemias y en definitiva, unas mortalidades altas, en las ciudades, y sobretodo en el campo, que será uno de los factores que empujará a un notable éxodo rural de población que abandonará el mundo rural y se instalará en las ciudades.

 

 

París antes de la revolución: Place Maubert, grabado de Étienne Jeaurat, 1753 (Rijksmuseum, Amsterdam).

 

Antes de este éxodo se habrá producido una Revolución agrícola, sobretodo en las provincias unidas holandesas y en Inglaterra, que poco a poco irá penetrando en Francia. Se mejorará la producción a partir de innovaciones técnicas en cultivos, que llevará a una liberalización de mano de obra en el campo que primeramente completará su manutención a través de trabajos artesanales (en especial los elaborados por mujeres). Con el tiempo y la re-inversión de excedentes en las producciones más personal dejará las explotaciones, y ante los episodios de malas cosechas y conflictos, emigrarán a las ciudades donde pasarán a formar parte de las manufacturas industriales, ya trasladadas del campo a la ciudad, donde entrarán en conflicto con las asociaciones gremiales artesanales pre-industriales. Esta situación que hará que crezca la demanda de productos industriales facilitará que aparezcan ricos empresarios y comerciantes que pasarán a dominar los gremios, imponiendo sus condiciones y el precio final de los productos, a través de una innovación económica del momento: la Ley de la oferta y la demanda.

Además, su posición se verá beneficiada por los rápidos incrementos que el comercio internacional con las colonias traerá. Si el comercio interno estaba muy limitado por la dificultad de transitar por caminos descuidados, llenos de asaltantes, con sistemas de pesos y medidas divergentes, aduanas y medidas proteccionistas, el comercio marítimo no tendrá limitaciones y el intercambio de productos agrícolas baratos producidos en las plantaciones esclavistas, serán transformados en los talleres pre-industriales y ya industriales de las ciudades europeas, para viajar de nuevo a las colonias como productos acabados donde serán consumidos por las nuevas clases medias de las ciudades, tanto en América como en Europa.

Esto generó dos realidades sociales nuevas dentro de la sociedad del Antiguo Régimen: Por un lado, una clase alta económica, formada por comerciantes y empresarios, por todo el personal que necesitaban cerca (abogados, funcionarios, etc.) y por otras profesiones liberales (médicos, maestros). Y por el otro, una clase baja desposeída, muy numerosa y explotada tanto en el campo por los antiguos señores, y los que han marchado, en las ciudades por los nuevos empresarios. A ellos se sumaba la nobleza y el clero que cada vez tenían más problemas para cobrar los señoríos.

Este estado chocaba con la sociedad estamental. Nobleza y clero correspondían a un 8% de la población. Eran muy ricos y estaban privilegiados políticamente (no pagaban impuestos, exenciones judiciales, etc.). El pueblo era el resto de la población, la parte mayoritaria. Pocos derechos y muchos deberes, empezando por llevar la carga fiscal de la corona. De este tercer estado surge la burguesía, a distintas escalas, que compra títulos para ascender al grupo privilegiado, pero aún así es rechazada. En conjunto se compone una sociedad marcada por la desigualdad económica y política.

Esta situación es analizada por La Ilustración. La razón discurre sobre todo. Sobre la religión (“dios no existe”, ateísmo o “dios existe pero se desentiende por lo que no es merecedor de culto”, deísmo). Considera al hombre como el único ser dotado de razón y cuyo deber es la búsqueda de la felicidad, que a de hacerse a través de la buena educación, el trabajo, la riqueza y un progreso indefinido. Esto choca con la sociedad estamental de grupos cerrados por lo que los ilustrados plantearán su desaparición por una sociedad de clases, donde cada uno busque personalmente su honor y su felicidad, y donde la libertad y la igualdad se rijan bajo un régimen de propiedad. Ante ello la solución política es acabar con el despotismo ilustrado.



Desarrollo Histórico de la Revolución Francesa de 1789

En Francia gobierna Luis XVI en el trono desde 1774, monarca absolutista pero de carácter débil, manejado por sus validos, y en especial, por su esposa, la “austriaca” María Antonieta que no es querida por el pueblo y a la que ven confabulando desde palacio en favor del Imperio Austro-húngaro. Mientras las fiestas en palacio son carísimas y frecuentes, comentadas por París y toda Francia, el país se enfrenta a una notable crisis económica debida por un lado a varias crisis agrícolas motivadas por años de sequías e inundaciones terribles en 1788; y por el otro, por la errática política internacional de la corona con derrotas militares y diplomáticas en aventuras con escaso retorno.

Además, Luis XVI tiene que conjugar otros problemas como la difusión de las ideas ilustradas (Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Tayllerand, etc.,) y las peticiones para una separación de poderes, mayor libertad e igualdad, seguridad y felicidad. Existe un cuestionamiento del modelo social estamental, de los privilegios de la corona y de la nobleza y el clero. Los problemas económicos también afectan a la burguesía recién constituida, que se había hecho rica durante la prosperidad entre 1730 y 1770, pero que ni había obtenido acceso al poder político y decisorio, seguía asumiendo el grueso de la carga fiscal y tenía tremendas dificultades por las malas cosechas, el encarecimiento de los productos, tanto de materias primas, como manipuladas, y de una crisis económica generalizada, que provocaba que pasasen hambre tanto los campesinos como los propios nobles y el bajo clero rural.

Se suma el escaso retorno de los préstamos que Francia dio a las colonias americanas en su lucha por la independencia para derrotar a Inglaterra, el gran enemigo en Europa de la corona. A cambio no puede exportar a las colonias porque se encuentran en situación de guerra, con lo que los gastos han subido, y los ingresos bajado. Acontece una crisis ganadera con varias pestes en el ganado ovino. Aumentan los precios del trigo y el resto de cereales debido a varias sequías, lo que afecta directamente a las clases populares, al Tercer Estado (Lefebvre 1960: 24).

Todo esto provoca un creciente y profundo malestar social, dentro de un modelo estamental rígido, de privilegiados y no privilegiados, donde en medio se situá una burguesía rica, pero sin acceso al poder. Es más, es constantemente marginada y rechazada por la nobleza y el clero, también descontentos porque están bajando sus réditos y señoríos por la carestía del pueblo, que directamente pasa hambre.

A nivel político, el Rey absolutista por encima de los Estados Generales. Toma decisiones que profundizan las divisiones sociales como la venta de títulos y cargos públicos a la burguesía en detrimento de los nobles, al tiempo que exige más tributos a esa burguesía, la única en condiciones de pagar por las excepciones fiscales de la nobleza y el clero y las carestías del pueblo llano.

Esta situación lleva al planteamiento de una Reforma fiscal que repartiera las cargas impositivas y aumentará los recursos de la corona. El ministro Necken es el encargado de plantearla y emplearla: Cada uno pagará o aportará según su riqueza y no de acuerdo a los estamentos. Esto provoca el rechazo de los nobles que convocan una Asamblea de Notables negándose a cualquier reforma que implicase la pérdida de sus privilegios, exigiendo el cese de Necken y la convocatoria al Rey de los Estados Generales. En ellos se reúnen representantes de la nobleza, el clero y el estado llano, por lo que se habilitan un proceso de elección entre los distintos estamentos, así como unos “cahiers des doléances” (cuadernos de quejas) donde cada grupo recogerá sus propias reivindicaciones (Price 2016: 119).

 

 

Caricatura de 1789 que denuncia la opresión que padece el Tercer Estado por parte de los dos órdenes privilegiados, clero y nobleza. La piedra que aplasta al Tercer Estado y sobre la que están de pie el clero y la nobleza lleva la inscripción: «Taille, impôts et corvées» ('tallas, impuestos y corveas'). El pie de la imagen dice: «Le Temps passé les plus utiles étoient foulés aux pieds» ('En el pasado, las cosas más útiles eran pisoteadas') (fuente: Wikipedia Commons).

 

En esencia en mayo de 1789, cuando se reunieron los Estados Generales, no se pensaba en una “revolución” como ruptura política radical con el pasado, ni nadie había previsto la serie de acontecimientos que llevarían a julio de 1789, cuando con la entrada masiva en escena de las sublevaciones urbanas y rurales -de carácter fundamentalmente económico y social en un principio- transformaron totalmente el panorama político y el carácter del conflicto entre la nobleza y el Tercer Estado (Castells, Tafalla 2011: p. 27).

Los Estados Generales son por lo tanto, convocados por el Rey por primera vez desde 1614. Ante la asamblea el Tercer Estado presenta numerosos participantes con la voluntad de plantear en primer lugar la decisión sobre si se vota por estamentos, es decir, cada grupo un voto, o por individuos. Evidentemente esto provoca el enfrentamiento entre la nobleza, el clero y el Rey frente al Estado llano, que es apoyado por una figura clave en todo el proceso revolucionario: el ábate Sieyès. Sieyès clama a través de su panfleto “¿Qué es el Tercer Estado?” que “el pueblo tiene que participar porque es la mayoría de Francia” (Price 2016: 121).

«Nada puede funcionar fuera del Tercer Estado; todo iría infinitamente mejor si no existiesen los demás órdenes», y «¿qué es lo que ha sido hasta ahora en el terreno político?», se preguntaba: «nada, pero su demanda es ser alguien».

Aparentemente, el Rey se muestra a favor y en desacuerdo con los grupos privilegiados, pero en realidad maniobra para que nada cambie. Cesa a Necken lo que provocó el hastío del Tercer Estado (Lefebvre 1960: 38).

Esto lleva a una situación de bloqueo que se saldó con el abandono del Tercer Estado de los Estados Generales. Los oradores del Tercer Estado como Desmoulins o Dantón llamaban a la acción y a la resistencia. En ese momento los representantes del pueblo se convierten en Asamblea Nacional, como depositarios de la soberanía y jurarán no separarse hasta dar a Francia una Constitución (Juramento del Juego de pelota, del 20 de junio de 1789).

 

 

El Juramento del Juego de Pelota ("Le Serment du Jeu de paume") de Jean-Louis David (fuente: Wikipedia Commons).

 

La Nobleza, el clero y el Rey no aceptan la situación y se confabulan para el decreto real que saca las tropas a la calle, lo que lleva a enfrentamientos entre el ejército y el pueblo llano. El día 13 de julio París fue ganada por los insurrectos, mientras que los soldados se negaban a seguir las órdenes de sus jefes. Esta tensión crecerá hasta el momento culminante de la Toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, desde entonces Fiesta Nacional Francesa. La Toma de la Bastilla se convertirá en el símbolo de la Revolución, pero en realidad, no tuvo ningún tipo de preparación revolucionaria y se debió más bien a la respuesta espontánea ante la actitud del comandante del fuerte, el marqués de Launay, quien no sólo se negaba el acceso a los revolucionarios que llegaban armados desde las Tullerías, sino que además, ordenó la carga y el disparo contra la muchedumbre (Castells, Tafalla 2011: p. 34).

La Revolución se extiende por París y después por toda Francia. Ayuntamientos por buena parte de la nación declaran que solo reconocerán la autoridad de la Asamblea Nacional y no la del Rey. Los campesinos dejan de pagar derechos señoriales y se producen no pocos asaltos a castillos y guarniciones nobiliarias. La Asamblea Nacional, en ese contexto, emite su primer decreto el 26 de agosto en el que aboga por la igualdad de todos los hombres en la Declaración de los derechos del Hombre y del ciudadano, claramente inspirada en los escritos de Rousseau (Castells, Tafalla 2011: p. 38).

 

Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano (fuente: Wikipedia Commons)

 

Esto convierte a la Revolución en un acto legal, primero como crítica al Antiguo Régimen, después como denuncia por los escasos avances para revertir una situación demandada por el pueblo que pedía libertad, igualdad y una transición de la soberanía nacional para que residiera en el mismo pueblo.

Evidentemente, el Rey no acepta las leyes emitidas por la Asamblea Nacional y se niega a firmarlas. Solo lo hace, cuando muchedumbres se manifiestan delante de Versalles (y también en varias ciudades más), denuncian su boicot y su traición a la nación, al descubrirse sus movimientos de auxilio a otras naciones absolutistas, por lo demás, rivales de Francia.

 

Grabado anónimo que representa la marcha de las mujeres a Versalles en octubre de 1789, en el que aparece Theroigne de Méricourt montada en un caballo blanco (foto: Wikimedia Commons)

 

Se obliga al Rey a firmar los decretos y la familia real es trasladada en arresto de Versalles a París. Trascendente en esto es la marcha espontánea de las mujeres parísinas, lavanderas, panaderas, tejedoras que se alzaron y forzaron la situación a través de la protesta y la acción directa.

La fase final de la revolución política-jurídica ocupa los meses de septiembre-octubre de 1789, y la cuestión central que la caracteriza fue la aparición de fracturas político-sociales. Una vez afirmados los principios fundamentales, empezó la discusión del contenido concreto que se le iba a dar a la construcción del nuevo Estado. Los debates fundamentales se iniciaron ya a finales de agosto, en torno a la organización de poderes, es decir, por un lado, si había que optar por el bicameralismo o mantener un solo cuerpo legislativo, y por otro, en qué medida el rey podía oponerse a la promulgación de una ley mediante el veto real. Para evitar el desorden y la confusión que se produjo sobre estas dos cuestiones, se decidió que la Asamblea se dividiera entre los partidarios del veto absoluto y una Constitución con dos Cámaras, los cuales se colocarían a la derecha del presidente, mientras que los adversarios formarían la izquierda de la Asamblea. Fue esta división de topografía parlamentaria la que ha llevado tradicionalmente a fijar en torno a esta discusión el origen de las modernas denominaciones de “derecha” e “izquierda” aunque tales asignaciones apenas se usaban en 1789, al no haber una presencia activa de la prensa y de los clubes hasta 1790-1791, pero ha quedado para la posteridad como referencias simbólicas de la ideología y la praxis política (Castells, Tafalla 2011: p. 39).

Se genera de este modo un sistema de liberalismo moderado que se ratificará en la Constitución de 1791. Ahí se acepta la monarquía limitada, la división de poderes, pero todavía de manera parcial e injusta, que vendrá impuesto un sufragio censitario, que excluye a la abrumadora mayoría de la población de desposeídos. Pero la burguesía habrá conseguido su objetivo, el acceso al poder, ahora compartido con la nobleza, en especial la alta y la ligada a las capitales provinciales y departamentales más importantes, y también al alto clero. El Rey jura la Constitución y hace efectiva, por tanto, la toma del poder por parte de la burguesía.

Las reformas institucionales en el terreno económico-social que realizó la Constituyente, estuvieron condicionadas no sólo por los estrictos intereses materiales de la mayoría de los diputados, sino por el día a día de los acontecimientos, aunque siguieron el hilo conductor de algunos principios generales, unos comunes y otros contrapuestos, lo que explica el que no dejaran un sistema coherente de pensamiento económico. Se preocuparon fundamentalmente de la Francia urbana, aboliendo los privilegios y los gremios y estableciendo la libertad de empresa, la libre producción (ley d’Allarde de marzo de 1791, completada con la ley Le Chapelier del 14 de junio de 1791), la unificación del mercado nacional y un sistema unitario de pesos y medidas. Fueron las luchas sociales las que marcaron una dirección contradictoria en la política económica de los constituyentes oponiéndose dos concreciones distintas de los derechos proclamados en la Declaración de 1789: una, que defendía a ultranza el liberalismo económico, y otra, que reivindicaba que éste debía estar subordinado a las necesidades políticas y a garantizar el derecho fundamental de las personas, como era el derecho a la existencia, que exigía la tasación de granos y de los productos básicos, lo que hizo difícil, antes incluso del verano de 1792, el mantenimiento total del libre comercio (Castells, Tafalla 2011: p. 62).

Entre las primeras medidas que la Asamblea Nacional tomó, estuvo la nacionalización de los bienes del Clero, lo que llevó a un conflicto con el Papado, que confabulará con el propio Rey de Francia para intentar acabar con la Constitución y volver al Antiguo Régimen. Sin embargo, es descubierto el complot y su participación en la contrarrevolución y en las guerras civil e internacional que intentaban deponer el asalto revolucionario, y el Rey es interceptado en su huida y depuesto de sus funciones, por lo que se abre un período de Asamblea Legislativa (1791-1792), que formalmente funcionará como una República de carácter liberal.

Esta Asamblea se formará a través del sufragio censitario validado en la Constitución de septiembre de 1791, en el que solo podrán participar hombres propietarios, que pertenecían o bien al clero, a la nobleza o a la burguesía, por lo que era inviable acuerdos que permitiesen gobernar. A las elecciones se presentaron “partidos políticos”, todavía no formados en el término contemporáneo, sino más bien como “clubs” o “charlas” que aglutinaban a figuras con las mismas inquietudes o intereses. El resultado fue una asamblea fragmentada entre moderados o no revolucionarios (y dentro de este grupo a partes iguales, ultrarrealistas partidarios del Antiguo Régimen y moderados a favor de la Monarquía Constitucional) y los revolucionarios, con tres grupos en discusión: Girondinos, de la Gironda (zona vinícola por autonomasía abierta al comercio exterior a través del rio navegable Garona y su salida al Atĺántico, y con una propiedad de la tierra basada en latifundios donde los burgueses han pasado también a controlar la propiedad de la tierra, como de la producción), muy ligados a los moderados y que plantean reformas sociales que benefician a la alta burguesía; Jacobinos, por sus reuniones en la Iglesia de San Jacob, que anhelan la República aunque aceptan en primer término una Monarquía Constitucional con un sufragio censitario muy ampliado; y los Cordeliers, más radicales a favor de un sufragio universal y el establecimiento de una república de la Igualdad.

Si bien, los acuerdos son muy costosos, la Asamblea Nacional consigue gobernar aunque no sin problemas: La Europa absolutista no acepta la Revolución. El Imperio Austro-Húngaro y Prusia declaran la guerra contra Francia que recibe el apoyo del propio Rey Luis y sus partidarios. El gobierno forma un nuevo ejército del pueblo, declara “la patria en peligro”, recurriendo a la colaboración de todos los franceses, a lo que se opone el Rey que es acusado de traición, depuesto y encarcelado, junto a toda la familia real.

Se celebran nuevas elecciones en este contexto bélico y de cese del Rey de la que saldrá una convención mucho más radical que proclama la República (1792-1794). Se establece el calendario republicano, cuya fecha 1 es el 22 de septiembre de 1792, equinocio de otoño, y se establecen los meses por estaciones y labores agrícoals.

Primero, gobiernan los girondinos, que aunque llevan a cabo el juicio y condena del Rey por traición son considerados muy moderados. Son sustituidos por un gobierno Jacobino radical, liderado por Maximilien Robespierre, quien se hace célebre proclamando la igualdad entre ciudadanos y los derechos de participación política y pensamiento. Se establece la “Época del Terror”, con Robespierre de Ministro de Sanidad Pública, esto es de depurador de las conductas contrarrevolucionarias y antipatrióticas, cuya imagen es el cadalso y la guillotina ajusticiando a todos los nobles que se opusieron a la Revolución. Incluido el Rey y la familia real al completo (Lefebvre 1960: 104). 

 

Hinrichtung Ludwig des XVI, la Ejecución de Luis XVI de Georg Heinrich Sieveking (fuente: Wikipedia Commons)

 

Pronto los jacobinos son discutidos por excesivos, incapaces de paliar una nueva crisis de malos rendimientos agrícolas y el boicot al comercio de productos franceses, y son depuestos de sus funciones y Robespierre ejecutado. Con ellos cae el modelo republicano, y en cambio, se establece una “nueva” Constitución en 1795, moderada, con un sufragio censitario muy estricto y que establece una dirección nacional excepcional por la crisis en forma de directorio, con cinco directores y 6 ministros, de los que forman parte entre otros, Napoleón Bonaparte y sobretodo Sieyès, quien ha venido siendo importante en todo el proceso revolucionario. Fundamentalmente en este período de Convención (septiembre de 1792-septiembre de 1795) donde Sieyès supo navegar entre posicionamientos radicales y otros más conservadores y pragmáticos. Esta Constitución mantiene los valores revolucionarios, pero conformando un gobierno “fuerte” que pudiera responder ante los retos que Francia atravesaba en aquel momento.

Sin embargo, este directorio tendrá sus propias dificultades, primero por la oposición de los ultrarrealistas, pero también de los jacobinos que cuentan con el apoyo popular. Se producen varios episodios de sublevaciones tanto en París como en provincias que son aplacadas con fuerza por el ejército, mucho más organizado y profesional tras la experiencia de la guerra internacional. Esta guerra no había acabado, pero basculaba a favor de Francia y de su dominio militar donde la figura de Napoleón empieza a hacerse un notable nombre. Esto hizo que Inglaterra, muy interesada a nivel económico de devolver a Europa y al Océano Atlántico a un escenario de paz y calma que favoreciese los negocios, comenzará a plantear coaliciones que primero consiguieran aplacar a Francia, y después, ya abiertamente tratados de paz.

 

La Bataille du Pont d'Arcole. De Horace Vernet. Napoleón liderando a sus tropas en la Batalla del puente de Arcole. (fuente: Wikipedia Commons).

 

Ante esta situación de ataques exteriores y dificultades internas, con una galopante crisis económica en la base agraria de la economía, el directorio fue ganando cada vez mayor independencia y autoridad frente a la Asamblea Nacional. Se llevó a cabo una concentración de poder, buscando decisiones más rápidas y mejores. En 1794, un primer Golpe de Estado, establece un consulado que atesora todo el poder, con 3 cónsules, uno de ellos, Sieyès, pero con un primer cónsul en la figura de Napoleón que domina la fuerza militar. En 1799, un nuevo Golpe de Estado, el del 18 de brumario (9 de noviembre de 1799) organizado por Napoleón, sus hermanos y correligionarios que proclama una nueva Constitución (VIII en el Calendario Republicano) que garantiza la Dictadura, acaba con el Directorio, y coloca a la figura de Napoleón (toda vez que el favorito para liderar el nuevo sistema, el general Joubert había fallecido en el campo de batalla), quien acabará con las guerras internacionales como máximo dirigente. Fue un golpe interno, promovido por sus propios líderes valiéndose del poco apoyo que el pueblo tenía a la promoción del estado revolucionario, ya que después de 10 años no veían una mejora considerable en sus condiciones. Una vez más, la figura de Sieyès fue decisiva. Quien había clamado por la participación del pueblo y quien había modificado su praxis al calor de los acontecimientos y sus intereses personales, una vez más giraba el sentido político de Francia. A él correspondió aplicar la divisa pos-termidoriana de que "la política es una ciencia, una técnica de poder desprovista de los principios abstractos de las Declaraciones de Derechos revolucionarias". Su objetivo era conseguir una estructura política autoritaria, con un poder ejecutivo centralizado, fuerte y estable. Pero para cambiar la Constitución había que recurrir al golpe de estado, al Ejército y buscar un general seguro (Castells, Tafalla 2011: p. 148).

En 1802, un nuevo Golpe de Estado favorece el nombramiento de Napoleón como cónsul vitalicio (Constitución del Año X), estableciendo de facto una monarquía de derecho divino, en la figura del general corso, quien ya en 1804, se erige en emperador ante el Papa, sacralizando nuevamente, la unión entre el estado francés y el papado.



Consecuencias

Formalmente la Revolución Francesa duró desde 1789 hasta 1799, momento en el que la nueva Constitución proclamada suprimía las libertades y derechos ciudadanos (no incluía la declaración de derechos) y la supresión de la división de poderes. La Revolución Francesa de 1789 es sin duda, uno de los acontecimientos históricos más trascendentales, puesto que marcó un punto de inflexión, un nuevo paradigma. No sólo se transformó la estructura social y política de un país, Francia; sino que influyó de manera decisiva en todo el mundo, abriendo un período donde los ideales de la libertad, igualdad y la fraternidad podían desafiar y modificar el orden establecido.

La primera consecuencia y más directa es que la Revolución Francesa terminó con el Antiguo Régimen. El sistema político basado en la monarquía absolutista, la sociedad estamental rígida de una minoría de privilegiados y una mayoría aplastante de no privilegiados y la economía de base agraria regida por los señoríos se terminó con la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789. A cambio, se configuró un sistema que aspiraba a abolir los privilegios de cuna y que tuvo en la proclamación de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, las bases jurídicas y políticas para garantizar la igualdad ante la ley, la soberanía popular y la protección de los derechos individuales, muy especialmente el de la propiedad.

La interpretación de la Revolución Francesa a partir de su resultado, es decir a partir del triunfo de la burguesía sobre el resto de clases en liza, dificulta la compresión de un fenómeno tan complejo como la participación de las clases populares urbanas en la revolución. Sin la participación del “pequeño pueblo” (menu peuple) de París, Marsella o Lyon, la Revolución no hubiera sido posible. Las grandes jornadas protagonizadas por el pueblo de Paris y las grandes jacqueries marcaron y condicionaron decisivamente el desarrollo del proceso.

Sin embargo, el movimiento revolucionario no enraizó en toda Francia por igual. Si bien París, la cuenca del Sena y sus alrededores, el Norte incluida Normandía, la cuenca del Garona entre Toulouse y Bourges y el eje Norte-Sur en torno al Ródano (Cote d'Or, Lyonesado, hasta el litorial medierráneo y la provenza oriental), vivieron episodios significativos y decisivos en la historia revolucionaria que marcaron su carácter y dinamismo económico y social, otras partes de Francia no vieron con simpatía la revolución. Las zonas rurales de interior en torno al Macizo Central, la Alta Saboya y otras zonas montañosas del Jura en el Nordeste, así como la zona intra-alpina (Castells, Tafalla 2011: p. 167). Y de manera muy señalada la Bretaña que salió del proceso revolucionario con una posición ultra conservadora que no existía en 1789, debido en parte a un fuerte sentimiento regional ligado a su propia especificidad, y al haberse sentido perjudicados por el alzamiento revolucionario que no mejoró la vida ni para las clases privilegiadas, ni tampoco al pueblo llano (Castells, Tafalla 2011: p. 131). Estas difrencias en torno al sentimiento revolucionario todavía son vigentes hoy si se recorre Francia.

Tratar de entender la presencia y la actividad del llamado movimiento popular-urbano significa dirigir la mirada hacia un mundo complejo en el que se mezclaban una multiplicidad de grupos sociales cuyo denominador común consistía en no ser miembros de las clases acomodadas y vivir en la ciudad. Estos grupos sociales se hicieron progresivamente autónomos con respecto a la burguesía y de sus valores y objetivos. Este autonomía se basaba tanto en sus concepciones igualitarias, como en unos intereses sociales diferentes, y en los métodos de lucha, de debate y organización practicados. Se forjó a partir de su propia experiencia y del desarrollo del proceso revolucionario (Castells, Tafalla 2011: p. 74).

Para que todo este conjunto abigarrado y con intereses a veces contrapuestos diera lugar a un poderoso movimiento fue necesario un proceso moderadamente largo. De su experiencia y participación en los años de la revolución surgió un cierto sentimiento de pertenencia a un colectivo con identidad propia: el pueblo. Esta identidad recibió un nombre propio: los sans-culottes (los “sin calzones”, en referencia a la prenda de ropa que definía a los sectores ricos aristocráticos: los culottes). Esta expresión connotaba inicialmente el desprecio de la prensa aristocrática hacia el pueblo. Como suele suceder en estos casos, y a partir del 20 de agosto de 1789, el pueblo adoptó con orgullo este apelativo (Castells, Tafalla 2011: p. 75).

Uno de los principios del republicanismo de derecho natural consiste en la idea de que toda ley que no haya sido sancionada por el pueblo supone una usurpación de la soberanía popular, tiene un carácter tiránico y el pueblo tiene el derecho e incluso el deber de la insurrección ante cualquier acto de tiranía de este tipo. Desde 1789, la democracia popular parisina hizo uso repetidas veces de este derecho de insurrección hasta que fue derrotada en 1795: fueron las grandes jornadas revolucionarias (Castells, Tafalla 2011: p. 80).

Una segunda consecuencia fue el cambio radical en el ecosistema social. Se eliminó de facto, hasta con el paso del tiempo convertirla en intrascendente por si y residual, a la nobleza y el clero como clases privilegiadas y dopadas de poder político. La secularización de la sociedad y de la economía también garantizaron una mayor movilidad social, a través del trabajo, y fundamentalmente de los negocios, y la consolidación de ciudadanos libres e iguales en derechos y deberes. Evidentemente, este proceso tuvo fuertes resistencias y llevo a excesos y conflictos, pero sin duda, la experiencia revolucionaria ya había abierto la puerta a la participación política del grueso de la ciudadanía, y a que ésta, progresivamente, fuera añadiendo más capas de responsabilidad y peso, así como que distintos grupos y colectivos se fueran sumando hasta nuestros días.

No quiero olvidarme en este punto en la trascendencia que la Revolución Francesa tuvo para dos colectivos concretos:

A través, de la experiencia revolucionaria los valores republicanos calaron de manera fuerte en la población que vivía bajo el régimen de la esclavitud. No fueron pocos los patronos (incluidos ilustrados y algún asambleario) que fundamentalmente en Francia fueron contestados por su lucro con la esclavitud, que pese a todo fue alentada hasta por el propio Napoleón. Faltarían varias décadas hasta su prohibición definitiva. Pero sobretodo, cundió en Haití, que era colonia francesa en el Caribe, y donde la revolución, alentada en buena parte por los recién creados Estados Unidos, pero sin duda, inspirada en los valores revolucionarios, terminó con la victoria de los esclavos que constituyeron hacia 1804 su propia nación, la primera “república negra”.

También es preciso y de alabar los estudios que trabajan el legado y la situación de la mujer durante la Revolución Francesa. Numerosas mujeres participaron en los “cuadernos de quejas”, los cahiers des doléances, denunciando su situación de desposesión y sometimiento. Muchas anónimas participaron en la propia revolución, a veces empuñando armas y empujando contra la fuerza militar del Antiguo Régimen. Su empeño acabó en un hito fundacional del feminismo: A finales de 1791 Olympe de Gouges redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, donde más allá de incluir la acepción “ciudadana” en la misma consideración que la vertiente masculina, puso las bases para la consideración de la mujer como un agente político y social propio, con voz, ideas y acción que le pertenecen intrínsicamente. Lamentablemente, vivieron en primera persona la propia opresión masculina, tanto de revolucionarios como contrarrevolucionarios, y hacia 1795 fueron derogados los derechos de las mujeres a la participación política. La propia Olympe de Gouges fue encarcelada, vilipendiada por compañeros y finalmente ejecutada en noviembre de 1793 (Castells, Tafalla 2011: p. 87).

 

 

Olympe de Gouges camino de la guillotina, el 3 de noviembre de 1793 (imagen: Wikimedia Commons).

 

En cuanto al contexto histórico siguiente al período revolucionario es trascendental comprender cómo lo acontecido en Francia, inspiró y cambió los ideales políticos y sociales en Europa y también en América Latina, durante el siglo XIX, pero también ya en el XX en los procesos de descolonización de África y Asia (de no pocas posesiones francesas, por cierto). La difusión de los principios republicanos, el rechazo a la tiranía y a la injusticia y la proliferación de los valores ciudadanos e individuales, motivaron los procesos de emancipación e independencia de numerosas sociedades. El impacto cultural y el corpus filosófico generado en torno a la Revolución, promovió una nueva conciencia ciudadana basada en la dignidad y la libertad, principios que sustentan los derechos civiles y sociales desde entonces y hasta hoy en día.

Sin duda, también existieron contrapartes, como el exceso de violencia y los abusos de poder que pusieron en debate los acontecimientos de la revolución y los límites de la libertad y la justicia. El Terror (muy distinto a la violencia popular revolucionaria) fue un acontecimiento histórico único que hay que situar en un momento concreto del transcurso de la Revolución, aunque es difícil dar una fecha precisa del mismo, ya que la Convención nunca adoptó un “sistema de Terror” como régimen político. El Terror no fue sistemático, ni tampoco un proyecto preconcebido y programado, sino una respuesta pragmática a la crisis multiforme por la que atravesó la República desde la primavera de 1793 hasta el verano de 1794, cuando, ante la ineficiencia de los medios habituales de intervención política, la cultura de la urgencia sugirió el empleo del "Terror", una forma de gobernar propia que se llevó a cabo sin tomar conciencia de las trágicas consecuencias que tendría (Castells, Tafalla 2011: p. 117).

Por último, no puede obviarse el hecho de que la revolución, y desde entonces todo proceso revolucionario, parece abocado a sucumbir ante una reacción de las élites que se han visto depuestas o de las que se han aupado a través de la misma práctica revolucionaria y subversiva. Que a la Revolución Francesa le siguiera inmediatamente la Dictadura y el Imperio Napoleónico, y que después, se iniciará un proceso de Restauración en toda Europa que buscó eliminar los avances filosóficos, políticos y sociales para volver a un régimen absolutista y desigual, debería hacernos reflexionar sobre cómo el autoritarismo se transforma y moldea para continuar oprimiendo a seres humanos, desafiando el progreso lineal de la historia.

En definitiva, la Revolución Francesa de 1789 supuso una transformación profunda que modificó el orden establecido desde todos los puntos de vista: político, económico, social, cultural y filosófico. Fue el hito que ayudó a configurar el mundo contemporáneo, abriendo un paradigma político y ético de participación cívica y colectiva. Sin duda un acontecimiento imprescindible en la Historia de la Humanidad.



BIBLIOGRAFÍA

CASTELLS, Irene; TAFALLA, Joan (2011). Atlas Histórico de la Revolución Francesa (1789-1799). Madrid. Editorial Síntesis.

LEFEBVRE, George (1960). Revolución Francesa y el Imperio (1787-1815). Del original en francés Histoire de la France pour tous les Français (1938). Editado en castellano en 1960 por Fondo de Cultura. Trad. María Teresa Silva de Salazar. 

PRICE, Roger (2016). “4 .Revolución e Imperio”. En Historia de Francia. Madrid. Ed. Akal. Trad. 1ª edición Beatriz Mariño. Pp: 116-186.


sábado, 9 de mayo de 2026

La Batalla de Stalingrado: La primera y decisiva derrota de la Alemania nazi

 Las fotos que acompañan el texto aparecen en las obras de referencia bibliográfica. Beevor (2015) y Hellbeck (2018).

 

Hoy es 9 de mayo Día de la Victoria sobre el nazismo, día de celebración y conmemoración de la Victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi en el marco de la Segunda Guerra Mundial, o Gran Guerra Patriótica como fue denominada en la propia URSS. Se trata pues de una jornada que festeja la victoria final que supuso el fin de la Segunda Guerra Mundial, y es celebrada en todas las naciones eslavas que sufrieron la invasión y amenaza nazi durante la contienda. También es día de fiesta nacional en Israel y día de conmemoración en la Unión Europea por la paz y la unidad en el continente. El anterior, 8 de mayo, es el Día de la Victoria en la Europa occidental, en especial en países como Francia, Reino Unido, Bélgica y también en la República Checa y Eslovaquia.

Para llegar a la victoria final aliada sobre las potencias del Eje, y en especial ante la Alemania nazi que capituló el día 7 de mayo, hay un consenso académico total en torno a un acontecimiento histórico trascendental que supuso un giro de 180 grados en el devenir de la guerra en Europa. Ese hito fue la Batalla de Stalingrado, acontecida en esta ciudad soviética entre finales de julio de 1942 y el 3 de febrero de 1943.

Durante los casi 8 meses que duró la contienda por el control de esta ciudad las posiciones entre ambos bandos cambiaron de dueño en multitud de ocasiones. Incluso hubo días en los que el dominio de un puesto cambiaba varias veces. Todo el paisaje urbano al Oeste del rio Volga fue arrasado una y otra vez por bombardeos intensivos de ambos combatientes, mientras la meteorología cambiaba del seco y ventoso verano estepario, a las lluvias y barrizales del otoño, para acabar en un extremo frío de corte siberiano que cubrió de nieve e hielo los escombros durante el invierno. Especialmente cruento el de 1942-43. La población civil quedo aislada entre los cercos de ambos frentes, sufriendo con ello todas las penurias de la guerra como el hambre, la enfermedad, la desolación y la violencia física y moral.

Para el ejército alemán, la derrota en Stalingrado representó una pérdida catastrófica en términos militares y morales. La Wehrmacht sufrió la destrucción casi total de su Sexta División del Ejército, con aproximadamente 900.000 soldados capturados, heridos o muertos. Esta derrota truncó la ofensiva alemana hacia el Cáucaso, privando a Hitler de acceder a los recursos petrolíferos vitales para su maquinaria bélica. Además, el fracaso minó profundamente la moral de las tropas y la confianza en el liderazgo nazi, generando tensiones internas que afectarían futuras operaciones militares.

En cuanto a la Unión Soviética, la victoria en Stalingrado simbolizó un renacer estratégico y psicológico. Demostró la capacidad del Ejército Rojo para resistir y derrotar a un adversario formidable, consolidando la imagen de Stalin como líder capaz de dirigir la defensa nacional. En términos tácticos, el éxito aseguró la defensa del flanco sur soviético, facilitando la posterior contraofensiva que empujaría a las fuerzas alemanas hacia el oeste. La batalla, por tanto, marcó el inicio del declive del poderío militar nazi en el Este y sirvió de base para una creciente ofensiva soviética que culminaría en la toma de Berlín en 1945.

Además, en el contexto general de la Segunda Guerra Mundial, la Batalla de Stalingrado alteró el equilibrio estratégico a favor de los Aliados. La resistencia soviética absorbió una gran parte del esfuerzo alemán, debilitando su capacidad para sostener otras campañas, mientras que la moral aliada se fortaleció notablemente. Esta batalla también evidenció la importancia de la guerra total y la capacidad logística y de movilización masiva en los conflictos modernos.



Antecedentes: La rivalidad entre la Alemania nazi y la Unión Soviética

 

A mediados de los años 30 la rivalidad por el control regional en Europa del Este entre la Alemania nazi y la Unión Soviética era evidente y palmaria. Ambos estados, con sus poblaciones y sus partidos definitorios al frente y liderados bajo el totalitarismo de Adolf Hitler y Josif Stalin eran conscientes de que el enfrentamiento armado estaba próximo y seria decisivo. La competencia era geo-estratégica, pero fundamentalmente, ideológica enfrentando por un lado el anti-comunismo de Hitler, y por el otro el anti-fascismo expresado por el PCUS como respuesta “ante la reacción burguesa que impide la revolución proletaria”. De este modo se entiende no sólo la abierta enemistad, sino los propios planes para reforzar el ejército y la industria militar, ante el inevitable escenario de enfrentamiento.

Sin embargo, en agosto del 39 la noticia de un acuerdo de no agresión entre la Alemania nazi y la URSS cayó como una bomba en Europa Occidental. El pacto Ribbentrop-Molotov (por el nombre de los dos ministros de exteriores que lo firmaron) garantizaba en principio la paz entre ambas potencias, además del reparto de respectivas áreas de influencia en Polonia. Y sobretodo, a ojos franceses y británicos, despejaba el frente oriental para que Alemania se centrará en la ocupación del Occidente Europeo. Esto es, Países Bajos, Bélgica, Francia y finalmente, Reino Unido. 

El 1 de septiembre del 39 los nazis invadían Polonia y daba comienzo la Segunda Guerra Mundial con las declaraciones cruzadas de guerra. Por su parte, la URSS invadía el país eslavo por el Este, y ambas naciones establecían protectorados propios sobre el territorio polaco. Durante casi dos años este ecosistema se mantuvo en Europa del Este, al tiempo que la Alemania nazi ocupaba Francia estableciendo un gobierno colaboracionista y planificando tanto la invasión de Reino Unido, como el control del Atlántico y de África para acceder a los recursos de todos estos territorios.

No obstante, las ansías imperialistas y expansivas del Tercer Reich no se satisfacían puesto que para Hitler y el partido nazi era prioritario conseguir y garantizar un “espacio vital” (Lebensraum) en el que el pueblo ario pudiera expresarse y prosperar. Ese espacio correspondía a todo el área entre el Rin y el Mar Negro, pero también y por razones de seguridad debía expandirse hasta los Urales, por lo que era imprescindible eliminar a los pueblos eslavos a los que consideraba inferiores racial y culturalmente. Por todo esto, y sin olvidar el ferviente anti-comunismo del propio Hitler (Beevor 2015: 34), el domingo 22 de junio de 1941 Alemania invadía la Unión Soviética a través de la frontera polaca, entrando en las repúblicas bálticas, en Bielorrusia y en Ucrania. La declaración oficial de guerra, también firmada por Ribbentrop, llegó a Moscú 8 horas tarde cuando ya la Wehrmacht (las fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi) habían pisado territorio soviético.

Esta operación de invasión es la conocida como Operación Barbarroja (en honor del emperador Federico I quién dominó los territorios eslavos durante la época de mayor esplendor del Sacro Imperio Germánico), y pese a que fue planificada por el Estado mayor alemán, Hitler ordenó el ataque desoyendo los consejos de varios de los generales que no se mostraban de acuerdo con abrir dos frentes, Oriental y Occidental, que exigiría un esfuerzo de guerra extremo a las tropas.

En este sentido, además de las razones ideológicas, prevalecieron las razones estratégicas puesto que Hitler necesitaba controlar los recursos mineros tanto de la cuenca carbonífera del Donestk en Ucrania, como el acceso a los campos petrolíferos del Mar Negro y de las repúblicas caucásicas. La finalidad era que controlando estos recursos extranjeros se podría mantener una vida “normal”, en relativa paz (aunque ya había habido bombardeos aliados sobre algunas ciudades alemanas) y donde el esfuerzo de guerra no saliera de las condiciones de vida de la población civil alemana. Por todo ello se planificó la invasión para ejecutarla a comienzos de mayo de 1941, abriendo un frente desde Finlandia y el Báltico hasta, Bulgaria y el Mar Negro que movilizaría a más de 3 millones de soldados y hasta 6 ejércitos completos. La idea era conseguir los objetivos para finales de agosto, y así evitar el conflicto bajo las duras condiciones del invierno ruso. Sin embargo, la necesidad de auxiliar a la Italia fascista que vivía severas revueltas internas que disputaban el liderazgo de Mussolini, como sobretodo, intervenir en Yugoslavia y en Grecia donde los grupos de partisanos combatían para derrocar a los gobiernos pro-alemanes instalados un año antes, ocasionó un retraso en los preparativos de casi 6 semanas que resultaron fundamentales en la puesta en marcha de la invasión.

Pero aún con este retraso, la marcha durante el primer año de combate fue imparable para la Alemania nazi. Hasta octubre del 41, los Panzer, los carros de combate de la Wehrmacht, desplazaron la frontera soviética a razón de decenas de kilómetros cada día, llegando a apenas 10 kilómetros al Oeste de Moscú en diciembre del 41. Arrasaban con todo ya fueran ciudades, pueblos, fábricas o campos de cultivo. Brest, Leópolis, Jarkov, Minsk, Chermigov, Dnipro, Katyn, Smolensk, Voronezh,… nombres de ciudades soviéticas asociadas a masacres perpetradas por los nazis, pero donde incluso la barbarie palidece ante lo que aconteció en Kiev, donde las fuentes occidentales hablan de más de 40.000 fallecidos entre comunistas y judíos represaliados por las SS una vez conquistada la ciudad.

La invasión pilló por sorpresa a Stalin y a la URSS. Los colosales planes de traslados de fábricas, con sus trabajadores y familias, y ciudades enteras hacia al Este, hacia Siberia, de muchos de los centros fabriles instalados en torno a Moscú y las fronteras entre las repúblicas resultaban claves para que la URSS pudiera soportar el tremendo esfuerzo de guerra. Pero en un primer momento no se habían completado y bajo el fuego alemán, el caos y la destrucción lastraron muchos de los trabajos. Además, el ejército se estructuraba en torno a las fronteras occidentales en unidades mal equipadas para la guerra contemporánea, y muy dispersas y desconectadas unas de otras. Esto facilitó la invasión nazi y el aniquilamiento de cientos de miles de soldados. Sin embargo, para finales de septiembre del 42, la industria pesada soviética ya estaba en disposición de comenzar a equiparar la potencia de combate que presentaba la Alemania nazi. Finalmente, los planes de industrialización forzosa primero, y de reconversión industrial de bienes de equipo a equipamientos militares, tuvieron éxito porque concedieron por primera vez respuesta de fuego a los ejércitos soviéticos, así como capacidad de iniciativa en el combate y de esperanza para su pueblo.

Además, contaban con dos fuerzas inconmensurables: Una, el llamamiento por parte de Stalin a la Gran Guerra Patriótica, a una defensa a ultranza de la Unión y la Revolución, pero fundamentalmente por la supervivencia, por lo que no cabía el desánimo, ni el derrotismo, y mucho menos la rendición, lo que exacerbó los ánimos de la población que movilizó a la colosal fuerza humana de la URSS. La segunda, el General Invierno, es decir, unas condiciones climatológicas extremas que imposibilitaban los movimientos del invasor, pero no tanto de quienes estaban acostumbrados a los rigores del frío. Aún con todo, el invierno de 1942-43 sería especialmente duro y cruento.

 

La Batalla 


El verano del 42 en el Frente Oriental supone un redoblamiento de la ofensiva nazi en la URSS. La necesidad de petróleo para movilizar la maquinaria de guerra alemana es ostensible y agudiza el empeño de Hitler por entrar en el Caúcaso. En su camino aparece un nombre y una posición estratégica: Stalingrado.

Stalingrado (hoy Volvogrado) es la antigua ciudad de Tsaritsin. Recibió el cambio de nombre por la heroica defensa que hizo de ella el Ejército Rojo comando por el propio Stalin durante la Guerra Civil, por lo que su dominio supone un revulsivo moral para ambos contendientes (Hellbeck 2018: 41). Hitler ansía que la esvástica ondeé en la ciudad de Stalin, por su importancia como símbolo soviético, pero también por su capacidad industrial.

El núcleo urbano de la ciudad se halla en la confluencia entre los caudalosos ríos Don (al margen izquierdo) y Volga (al margen derecho y con su afluente, el Tsaritsin confluyendo en la misma ciudad), ambos navegables en este tramo. Este territorio compone una extensa llanura (“La Gran Estepa”) apta para la producción de grano y los pastizales. Geográficamente, Stalingrado se ubica en un cruce de caminos, tanto topográfico como fluvial, que supone un nodo sobre el que comunicar la zona norte (eje Nihzny Novgorod-Moscú) y el Cáucaso, por lo que tiene un importante peso estratégico en el avance nazi sobre la URSS.

Hacia abril del 42 Hitler lanza una nueva ofensiva encaminada a abrir el paso del VI Ejército alemán hasta Stalingrado. Es la Operación Azul (Fall Blau) que tiene que permitir cruzar el rio Don para lo que es preciso asegurar el paso a través de las llanuras ucranianas (recuperar Járkov de manos soviéticas que la habían recuperado por una exitosa contraofensiva a finales de invierno), así como dominar Sebastopol y su nudo ferroviario. Sin embargo, la heroica resistencia soviética en esta urbe otorgó un tiempo precioso para que Stalingrado empezará a reorganizarse como lugar de asedio y batalla, puesto hasta ese momento las autoridades no habían tomado en consideración el riesgo de la invasión. La ofensiva alemana constaba de la movilización de más de un millón de soldados, que componían el VI Ejército Alemán al mando del General Paulus, junto a no menos de 500.000 hombres aportados por ejércitos aliados (rumanos, húngaros e italianos), así como no menos de otros 300.000 hiwis (abreviación del término alemán Hilfswillige, que significa "auxiliar voluntario") que era como se conocía a los desertores soviéticos que se habían adherido a la causa nazi.

En contra de la opinión de sus generales partidarios de marchar directamente sobre el Cáucaso, Hitler divide el grupo de ejércitos del Sur (otro grupo hacia el Norte se encontraba atascado entre Moscú y y Tula) tratando de flanquear el saliente del frente soviético liderado por el general Timoshenko, con la intención de ejecutar un movimiento de pinza y capturarlo dentro. Además, podría destinar la parte sur del frente hacia el Caúcaso y el norte hacia la toma de la importante ciudad industrial de Stalingrado.

  

Sobre el 17 de julio y las siguientes dos semanas varias divisiones alemanas recorren 150 kilómetros en dirección de Stalingrado, tomando con ello varios aeródromos y campos sobre los que organizar el ataque final. Desatan el caos en las tropas soviéticas y en los habitantes civiles que huyen al Este desesperadamente. La orden de ataque el 23 de agosto del 42 supone un éxito rotundo para el ejército alemán. En apenas 10 horas tres divisiones Panzer consiguen cruzar el rio Don y abrir una vía para el avance de divisiones de infantería motorizada. Desde el cielo el bombardeo aéreo de la Lutwaffe y el de la artillería pesada limpia de resistencia los aledaños de la ciudad y permite a los alemanes organizar un cerco sobre el núcleo urbano, que queda cerrado con el Volga detrás. La superioridad en número de hombres (300.000 alemanes por apenas 25.000 soviéticos) y de material militar tanto de potencia de fuego como movilidad de tropas dispara la confianza del Reich. Es la misma estrategia utilizada en otras ciudades soviéticas desde junio del 41 y que había sido siempre un éxito (Hellbeck 2018: 116). La propia opinión pública en Alemania estalla de júbilo ante las noticias de que pronto caerá “la ciudad de Stalin”.

Por contra en la URSS la situación es desesperada. Stalingrado se encuentra sumida en el caos y la destrucción. Han fallado todos los preparativos para el combate, que han llegado tarde y mal. Se calcula que sólo la mitad de la población civil pudo salir hacia el Este antes de la llegada de los alemanes. La última evacuación con el bombardeo aéreo alemán en curso resultó una carnicería (Hellbeck 2018: 150). La preparación de trincheras y murallas defensivas es muy pobre, así como la planificación de asegurar un puente fluvial que permitiera el tránsito a la otra orilla del Volga tanto de hombres, como de materiales. Hasta 5.000 soviéticos fallecieron el primer día de bombardeos alemanes. Se cifra en 40.000 las víctimas en las primeras dos semanas. Los intentos soviéticos por retomar posiciones son constantemente fracasados. Entre las víctimas muchas de las combatientes que formaban el Regimiento Antiaéreo 1077, formado por mujeres adolescentes sin preparación ni medios (Ghodesee 2025: 44).

El 1 de septiembre el mariscal Zhukov llega a la ciudad con la orden de no rendirla y defenderla hasta el último hombre (Hellbeck 2018: 186). Organiza varias posiciones de artillería fortificadas que sirven para que el propio Ejército Rojo bombardeé la ciudad, y pronto toda ella queda reducida a escombros lo que otorga una oportunidad para la defensa. A Zhukov le acompaña Nikita Jruschov como oficial político que tendrá un papel en la organización de la intendencia del combate y la resistencia, y sobretodo en la labor de propaganda (Hellbeck 2018: 350). Zhukov designa al General Chuikov, un reconocido estratega en la academia militar soviética, la defensa de la ciudad en torno al Volga, y en especial el distrito Norte, el de las fábricas de industria pesada. Chuikov, además, es el designado para hacer valer la “Instrucción 227. Ni un paso atrás” del 28 de julio de 1942, esta es, la orden “de no rendirse, de no retroceder y defender cada centímetro de la ciudad, a riesgo de ser ejecutado in situ por el propio ejército acusado de traición, deslealtad y cobardía” (Beevor 2015: 101). Por último, incorpora a filas a buena parte de la población civil de la ciudad. Hombres, de cualquier edad, llevados al combate, y mujeres, también ingresadas en grupos militares o bien ocupando las labores de asistencia sanitaria y de comunicaciones (Hellbeck 2018: 403). Se organiza un último convoy de desalojo de la ciudad a través del Volga de niños, ancianos, enfermos y heridos.

Gracias a la lectura estratégica de Chuikov se reorganiza la defensa de la ciudad y el combate por cada punto importante de la misma. Recupera el control de la estación de ferrocarril (3 de septiembre), nodo básico de comunicaciones, que además estructura el eje Norte-Sur de la ciudad. Además, dificulta sobremanera la toma de un promontorio natural que domina la ciudad y que se hará célebre en la Segunda Guerra Mundial: la colina Mámáyev Kurgan, que cambiará de manos más de 100 veces durante la batalla. Entre las ruinas de edificios y calles se dificulta sobremanera la penetración de las fuerzas blindadas nazis, y tendrán que ser los soldados a pie, arrastrándose por el suelo y las ruinas, los que tomen calle a calle y casa a casa, incluso planta a planta, cada metro cuadrado de la ciudad (Hellbeck 2018: 401). Los rusos quedarán atrincherados y se moverán entre las ruinas usando los huecos creados e incluso las alcantarillas. Comienza la “guerra de ratas” en palabras de los soldados alemanes (Beevor 2015: 166). 

Chuikov prepara pequeños y móviles grupos independientes de francotiradores que rastrean la ciudad entre los edificios derrumbados con la misión de acabar con todos los nazis que se pongan a tiro, llevando a la inseguridad total al enemigo. Destacará el del tirador siberiano Vasily Zaitsev (quien atesoró un récord de 242 enemigos abatidos, incluidos 11 oficiales de alto rango) y Tania Chernova (80 enemigos abatidos), convertidos ambos en Héroes de la Unión Soviética y en símbolos de la lucha por la supervivencia (Hellbeck 2018: 438).

Hacia el 14 de septiembre las posiciones están consolidadas, pese a que la crudeza de los combates cuerpo a cuerpo no decae, ni tampoco la intensidad de los bombardeos de artillería de ambos bandos. Los alemanes controlan el 75% de la superficie de la urbe, llegando incluso a controlar algunos de los embarcaderos del Volga con lo que imposibilitan las labores de socorro y reemplazo del enemigo. Estos viajes se tienen que limitar a la noche y aún así las ráfagas de metralleta, el lanzamiento de morteros o el minado indiscriminado del rio lo hacen extremadamente peligroso para las barcazas que además tienen que ocultarse durante el día porque serán objetivos primordiales de la Lutwaffe. Hasta 8 divisiones del VI ejército alemán combaten dentro de la ciudad. El dominio aéreo alemán es todavía incontestable y el ruido de sirenas, vuelos picados de Stukas y explosiones es la banda sonora desde que amanece a las 7 de la mañana hasta que anochece, pasadas las 9 de la noche todos los días.

El avance por los escombros de la ciudad es duro y penoso y hace además que los blindados alemanes se vuelvan vulnerables e ineficaces. Las posiciones en altura, sobre edificios derruidos se convierten en fundamentales, y de cualquier recoveco podía aparecer un soldado con un fusil anti-carro y hacerlos volar por los aires. La lucha es cuerpo a cuerpo, atroz, y donde más allá de los fusiles cobran especial significación las granadas de mano (de las que Chuikov hacía excesiva propaganda) e incluso las bayonetas y las dagas.

Por estas fechas dos acontecimientos son notables: Cae abatido el teniente Rubén Ruiz Ibárruri, hijo de Dolores Ibárruri, La Pasionaria. Exiliado en Moscú, se licenció en la Academia Militar y participó en la defensa de Borisov en Bielorrusia. Estaba al mando de una compañía de ametralladoras defendiendo la estación de tren. Recibirá la Orden de Héroe de la Unión Soviética a título póstumo. Y también se produce la Toma de la casa Pavlov, el inicio de la resistencia de una casa de 4 plantas en posición estratégica en zona de dominio alemán, por parte de un grupo de treinta soldados soviéticos dirigidos por el sargento Pavlov, y que conservarán hasta el final de la batalla.

A comienzos de octubre el ejército alemán inicia el ataque para controlar la extensa zona fabril al Norte de la ciudad. El objetivo son la metalúrgica “Octubre Rojo”, la “Fábrica de Tractores” reconvertida en fábrica de carros de combate, en especial el exitoso y a la postre dominador T34, y la fábrica “Barrikadi” dedicada a la fabricación de artillería, tanto de cañones de artillería pesada convencional, lanza-cohetes, como fusiles anti-tanque de uso individual. Los alemanes consiguen penetrar en el gran espacio industrial y aparentemente dominarlo, pero no cierran el control, por la resistencia en posiciones fortificadas de pequeñas divisiones soviéticas. La situación ya es crítica para la 62º Ejército Rojo, pero la providencial intervención de la 13ª División de fusileros al mando del general Rodimtsev (héroe de guerra con experiencia ante los alemanes en la Guerra Civil Española) (Hellbeck 2018: 378), permite mantener el control soviético de dos de los tres baluartes, aunque la producción sufre un severo retroceso.

Hacia el 14 de octubre Paulus ordena una nueva ofensiva nazi aprovechando el refresco de tropas con 30.000 soldados nuevos y pertrechos. Los alemanes logran ingresar en las fábricas en los siguientes días y a la vez, hacen fracasar los contraataques soviéticos, cuya línea de frente queda reducida a una estrecha franja en torno al Volga y el espacio entre la fábrica de química y la estación de ferrocarril, que se convierte en el siguiente objetivo alemán. Nuevamente la disputa en la colina Mámáyev Kurgan es intensísima y dramática, llegando a cambiar en 6 ocasiones de domino, con el pertinente alzado de cada bandera como símbolo, en un sólo día (Hellbeck 2018: 189).

Las fechas que anuncian la caída de Stalingrado van posponiéndose a la opinión pública alemana ante la resistencia soviética, pero sin minar el convencimiento del Reich en la consecución de sus objetivos. La labor de la propaganda es también intensa en ambos frentes y en las retaguardias. Las ruinas se llenan de octavillas en ruso o en alemán lanzados desde los aviones o de alocuciones de radio y megáfono, con el objetivo de convencer a los soldados enemigos a la deserción (Beevor 2015: 334). Para el 11 de noviembre se planifica un “último” asalto para sofocar la resistencia. Pero el día 9, llega el General Invierno y la temperatura cae estrepitosamente a 18 grados bajo cero. El barro provocado por las lluvias de los días anteriores se congela. Y en los siguientes días caen las primeras nevadas que cubren de blanco y de niebla los escombros de toda la ciudad. En el Volga surgen los primeros témpanos de hielo que dificultan la navegación, y para el 25 de noviembre ésta queda imposibilitada. 

A mediados de noviembre, mientras se planifica la contraofensiva soviética, la situación es de dominio casi total del ejército nazi sobre Stalingrado. El control de la ciudad no es total gracias a una resistencia heroica de la población civil y de un muy mermado Ejército Rojo. Sin embargo, esa resistencia ha empezado a minar la moral de las tropas alemanas, que por un lado se preguntan hasta cuándo aguantarán ellos y los rusos en estas condiciones; y por el otro, empiezan a sufrir escasez en pertrechos militares, equipamientos para el invierno (en especial ropa y botas) y víveres porque la resistencia soviética esta alargando la batalla por encima de los preparativos del alto mando. Hasta ese momento, el Ejército Rojo había perdido 640.000 soldados (más otro medio millón de víctimas civiles), 1.500 tanques, hasta 10.000 piezas de artillería y 2.000 aviones. Por su parte, en la ofensiva sobre Stalingrado, el VI Ejército del General Paulus se habían perdido 75.000 hombres (entre muertos, heridos y más de 2.000 desaparecidos), a los que se sumaba las bajas del 4º Ejército Panzer que había perdido 20.000 hombres y más de 2.000 tanques. Además, la enfermedad había hecho acto de presencia debido a la multitud de cadáveres pudriéndose en las calles y entre los escombros que habían hecho aparecer las ratas, la peste y la disentería. Aún malviven dentro de la ciudad 15.000 civiles (Hellbeck 2018: 177).

El 19 de noviembre llega la contraofensiva del Ejército Rojo: La Operación Urano. Desde el verano el mariscal Zhukov y la Stavka, el Estado mayor del Ejército Rojo, han organizado en secreto un ejército masivo de 1.700.000 hombres, entrenando y disciplinando en diversos puntos de la estepa a tropas provenientes tanto de Siberia, como de las repúblicas asiáticas e incluso de Mongolia. Se aprestan al combate pertrechados con equipamiento nuevo y específico para las condiciones invernales. Además, se han construido miles de tanques y decenas de miles de morteros, así como otros elementos de artillería, entre ellos los famosos lanzacohetes Katiusha que eran conocidos entre las tropas germanas como ”los órganos de Stalin”. Este ejercito recibe además las remesas de colaboración en material proporcionadas por el ejército de Estados Unidos, entre ellos miles de jeeps, y otros vehículos. Se organiza todo el operativo de logística de combustible y víveres, incluida la última parte ante el asedio de Stalingrado: la distribución y respaldo a través de varios puentes de zapadores sobre el Volga en la línea del combate. Y por último, el Ejército Rojo ha formado hasta 10 divisiones aéreas con más de 5.000 aviones modernos diseñados específicamente para anular los bombarderos alemanes, así como para tener la maniobrabilidad necesaria para batirse con los caza.

Todo este movimiento se hace de manera secreta al tiempo que los servicios de espionaje soviéticos comprenden los puntos débiles de la ofensiva de Paulus sobre Stalingrado: el flanco Sur, defendido por tropas rumanas e italianas, mal equipadas, dispersas entre sí y de los blindados Panzer y encima, despreciadas por sus aliados alemanes.

El objetivo del ataque es lanzar un cerco por detrás del rio Don y de los campos aéreos más alejados de los nazis a unos 40 kilómetros al Oeste de la ciudad. Se hace a través de una pinza al Norte y el Sur de la ciudad de Stalingrado tomando algunos de los pueblos limítrofes y valiéndose tanto de ataques aéreos soviéticos, como sobretodo de un bombardeo masivo para asegurar el avance de las tropas y el desconcierto alemán.

En un primer momento las tropas alemanas son sorprendidas y el alto mando en Stalingrado observa como las nuevas divisiones motorizadas con los tanques T34 al mando arrasan a italianos y rumanos. En ese momento Paulus solicita a Hitler el repliegue de Stalingrado para impedir que se cierre el cerco a sus espaldas, pero esto es rechazado y se le conmina resistir a toda costa en espera de auxilio.

En apenas 4 días, el 23 de noviembre, el cerco queda cerrado atrapando a 250.000 soldados alemanes entre las ruinas de Stalingrado (Beevor 2015: 307). Este cerco se irá cerrando progresivamente en las siguientes dos semanas dentro de la sub-operación Anillo. Las condiciones meteorológicas dificultan o impiden los vuelos y con ellos el auxilio de las tropas cercadas. Para el 10 de diciembre, los soviéticos han recuperado o destruido casi todos los campos aéreos, y aprisionado a los restos del VI Ejército alemán en una franja de 6 kilómetros en torno a la urbe. Las promesas de refuerzo y reemplazo hechas por Hitler y el estado mayor alemán son imposibles de cumplir (es que ni siquiera consiguen encender los motores de los aviones por el intenso frío) y crece la desesperación entre los alemanes que han pasado de sitiadores a estar ahora sitiados. La desnutrición, la enfermedad, la tenaz resistencia del enemigo convertida ahora en feroz ataque y venganza provoca la desazón de las tropas que se sienten desamparadas y sin capacidad de respuesta. Comienzan los motines, las deserciones y soldados se auto-hieren tratando de ser evacuados.

También resulta un fiasco el pretendido puente aéreo prometido por Göering a Hitler para auxiliar a las tropas en Stalingrado, y la Navidad del 42 supone afrontar la realidad de una previsible derrota tal y como empiezan a hacer ver las cartas de los soldados a sus familias en Alemania, donde, pese a la censura previa, cala el mensaje en la retaguardia de la horrible situación del ejército.

El 9 de enero el Ejército rojo controla el último aeródromo en posesión alemana. Las temperaturas fluctúan entre los -40 grados nocturnos y los -20 diurnos. Los soviéticos consiguen volver a aprovisionar el ejército a través de un Volga ahora congelado (Beevor 2015: 340). Los alemanes sufren los estragos del frio al carecer totalmente de equipamientos de invierno y comienzan a padecer los síntomas de la congelación y de terribles enfermedades respiratorias. El hambre ya es insoportable y han desaparecido los perros callejeros y los caballos de las guarniciones de los altos mandos de infantería, sacrificados para alimentar a la tropa.

Por contra los soviéticos ahora cantan y preparan asados para desmoralizar más a sus enemigos, y comienzan a producirse algunas deserciones y paseos de un lado a otro del frente por soldados que cuentan a sus compañeros como los tratan los soviéticos.

Paulus hace un llamamiento al cuartel general para solicitar la rendición con la esperanza de poder salvar los restos del VI Ejército, pero Hitler le niega la posibilidad. De hecho nombra a Paulus Mariscal de campo con la intención de obligarlo a no rendirse o suicidarse, ya que en la Historia de los ejércitos alemanes, ningún Mariscal de Campo se había rendido. Paulus recibe la notificación de su ascenso con desazón, aquejado de difteria desde el otoño y en un estado nervioso alterado que le provoca severos espasmos en la parte izquierda de su cuerpo. Aún replicado por Von Mainstein, general en jefe de la Lutwaffe, Paulus decide rendirse: “No tengo ninguna intención de pegarme un tiro por ese cabo bohemio”, en referencia a Hitler, y además ordena que ningún oficial ni soldado se suicide.

Entre el 30 de enero y el 1 de febrero las tropas soviéticas rodean el centro urbano de Stalingrado. La Plaza Roja, donde se había instalado el cuartel general del VI Ejército alemán, es cercado. Multitud de soldados alemanes intentan escapar antes de ser capturados y enviados al gulag. Se suceden los primeros escarceos e intercambios de información entre alemanes y soviéticos para preparar la rendición, mientras que Hitler ha ordenado a sus aliados rumanos, húngaros e italianos replegarse al Don (cosa que en realidad, ya habían hecho por su cuenta en fechas anteriores).

El 2 de febrero, Paulus se entrega en persona en su búnker de los grandes almacenes Univemag de la Plaza Roja, a los soviéticos comandados por el general Rokossovski (Beevor 2015: 349). Las pequeñas bolsas de resistencia alemana son aniquiladas. El Ejército Rojo ha ganado la Batalla de Stalingrado.



Consecuencias 

Con la rendición en Stalingrado el VI Ejército alemán resulta aniquilado. 90.000 de sus hombres supervivientes al combate son hechos prisioneros y obligados a caminar por la nieve. Se estima que fallecieron 40.000 solo en esta travesía. Sólo 6.000 de ellos volverán a sus casas pasados 6 años. Se estima que fallecieron o desaparecieron en Stalingrado unos 824.000 soldados (280.000 alemanes, 150.000 rumanos, 150.000 húngaros y unos 120.000 italianos). Además, se estima la pérdida, desaparición o purga de un millón de soviéticos que se pasaron al enemigo según diversas fuentes.

Se perdieron unos 1.500 aviones (900 destruidos), 2.000 carros de combate (unos 500 destruidos) y más de 10.000 piezas de artillería (destruidas unas 6.000) el resto fueron capturadas y re-aprovechadas por los soviéticos. Un volumen de equipamientos que la industria alemana no podría suplir en lo que quedaba de guerra.

Las bajas de los ganadores son aún más atroces: Se estima entre soldados y la población de la ciudad (que pasó de 275.000 habitantes en 1939 a 80.000 en 1948) hubo 1 millón 800.000 muertos o desaparecidos. En cuanto a los bienes materiales la ciudad quedo totalmente arrasada, perdiéndose 300.000 hogares en el conjunto del área de combate desde julio del 42. Las comunicaciones por ferrocarril y fluviales fueron destrozadas y tuvieron que rehabilitarse.

En cuanto a los bienes militares, el Ejército Rojo perdió en la contienda en torno a 3.000 aviones, más de 4.000 tanques y hasta 6.000 piezas de artillería.

Las consecuencias de cara a la Segunda Guerra Mundial fueron fundamentales. Stalingrado resultó un giro crucial de la dinámica de la guerra. La iniciativa hasta ese momento la habían llevado los ejércitos del Eje, comandados por Alemania, cuyo mando parecía invencible, e incluso digno de la providencia. Con la victoria soviética se cambian las tornas y los alemanes comienzan en el Frente Oriental un repliegue que durará casi dos años hasta Berlín.

Además, supuso el fin del sueño de Hitler de erradicar el comunismo y acabar con los pueblos eslavos, al tiempo que el aura de invencibilidad con el que se movía el ejército nazi capaz de aplastar a todos sus enemigos se desvanecía. “¿Dónde quedaba la raza aria tras Stalingrado?”.

El resultado fallido de la batalla de Stalingrado no pudo ocultarse al pueblo alemán (se decretaron tres días de luto nacional) y aunque la seguridad en la victoria final apenas se resquebrajó, si surgió un sentimiento de intimidación ante las hordas soviéticas. El alto mando del ejército alemán se vio cuestionado por el propio Hitler, en especial el comandante de la Luftwaffe, Göring, quien cayó en desgracia al no haber podido abastecer a las tropas cercadas como había prometido. Además, la derrota causó una crisis depresiva y paranoia aguda en Hitler que castigaran, aún más, su juicio y sus decisiones.

La derrota fue resultado del exceso de confianza de Hitler y el alto mando tras un año de avance inmisericorde a través de Polonia, Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Al igual que sucedió con los soviéticos en un primer momento, esta excesiva seguridad en la victoria impidió la preparación de un largo asedio, lo que hizo que las tropas pasarán semanas y luego meses desabastecidas y sin los equipamientos necesarios para el frio del invierno y para el tipo de guerra de guerrillas que se desató sobre los escombros de Stalingrado. La amplitud y lejanía del frente oriental impidió el relevo y las tropas se agotaron bajo el mando de Paulus un general que por otra parte, carecía de experiencia sobre el campo de batalla, y no tenía la autoridad en el mando para una situación como la finalmente planteada. Los límites logísticos del ejército alemán quedaron marcados en el Volga, y ni el transporte de tropas y mercancías, ni la producción industrial en la retaguardia, podían satisfacer un sobre-dimensionado frente. Tampoco ayudó el poder omnímodo de Hitler que no era contestado ni corregido por sus generales y subalternos, lo que provocó una concatenación de errores estratégicos que impidieron avanzar por la URSS con mayor seguridad. 

Por su parte, para la Unión Soviética, su ejército y su población civil la heroica resistencia de la ciudad de Stalingrado, sus trabajadores y trabajadoras, supuso un chute de moral y de valor para derrotar la invasión nazi (Hellbeck 2018: 37). El mariscal Zhukov reclamó para si el éxito de la defensa, pero fue el General Chuikov quien fue ascendido a Capitán General y tomó el mandó del ejército soviético que desfilaría sobre un Berlín rendido dos años después. Se reforzó el ejército, adquiriendo una experiencia que sería clave para lo que quedaba de guerra, y empezaron a recuperar su territorio. Numerosos soldados, oficiales, personal civil y diversos destacamentos fueron ascendidos y promocionados (Hellbeck 2018: 556). Se dotó de seguridad y de iniciativa como se vio cuatro meses después en la, desde el punto de vista militar, básica y estratégica victoria en la Batalla de Kursk (julio-agosto 1943), la mayor batalla de carros de combate de la Historia.

Además, a partir de este momento y con el avance soviético hacia Berlín comenzaron a documentarse y publicitarse las carnicerías y matanzas ejecutadas por los nazis en la retaguardia, saltándose los derechos humanos y añadiendo episodios concretos y etapas del genocidio al que sometieron a los prisioneros de guerra, a los disidentes políticos y a la población judía. Esto resultó importante para alentar las simpatías de las poblaciones de los países ocupados en Europa o del Reino Unido, a parte de eliminar la tibieza que los nazis tenían en algunos de los círculos de poder de estos países. Sólo con la victoria soviética, aliada, en Stalingrado las potencias occidentales pasaron a la acción con el desembarco en Sicilia en julio (Ghodesee 2025: 54).

En el frente Occidental la Batalla de Stalingrado fue seguida con atención por los pueblos ocupados, en Bélgica o Francia y por la opinión pública británica y estadounidense. Las élites de los primeros, sometidos por el Reich, y las del tercero, “ausente” en su país y centrado en la Guerra del Pacífico, veían la contienda en un primer momento como el cierre del experimento comunista. Pero al avanzar los meses, la resistencia de los soviéticos y la ilusión crecer entre sus poblaciones porque los nazis fueron derrotados, celebraron la victoria de la Unión Soviética, y conmemoraron Stalingrado con plazas y calles, reconociendo el hito trascendental que resultaba para el devenir de la guerra.



En conclusión, las consecuencias de la batalla de Stalingrado fueron profundas y de diverso impacto (Hellbeck 2018: 16). Para Alemania, significó una pérdida irreparable en hombres y moral, junto con la reducción de su capacidad ofensiva. Para la Unión Soviética, implicó un impulso estratégico y moral crucial que cambió el curso de la guerra. Globalmente, la batalla configuró el desenlace del conflicto, consolidando el declive de las potencias del Eje y facilitando el camino para la victoria aliada.





BIBLIOGRAFÍA

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