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lunes, 12 de octubre de 2026

Día de la Hispanidad: La herencia española, la Leyenda Negra y el revisionismo histórico


Primer desembarco de Cristóbal Colón en América, tomando posesión de la isla de San Salvador para la Corona de Castilla. Pintura de Dióscoro Puebla (Exposición Nacional de 1862, 1.ª Medalla) (1).

 

El 12 de octubre es el Día de la Hispanidad. En España es una fiesta por y para los fachas. Para los retrógrados de ayer y de hoy y de siempre. Para quienes se jactan de que la bandera, las instituciones, el ejército y las calles son suyas, de su exclusividad. Lo que les permite poder abuchear al presidente del gobierno o a quien les de la real gana. Como antes -y si pueden lo volverán a hacer-, “paseaban” a quienes no comulgaban con sus gustos, sus ruedas de molino y a quienes no cabían en sus estrechas mentes. Se monta en Madrid un desfile militar que no es otra cosa que una horterada, anacrónica, inútil y encima carísima, para que los gruppies de los soldaditos, la bandera y la cabra de la legión se sientan henchidos de orgullo patriotérico. El ejército, la monarquía (bueno no están muy contentos con el “pusilánime”) y las extremas derechas celebran la hispanidad, sin mayúscula, porque para estos individuos no se trata de una cultura a respetar y promover, sino de una opresión sobre los distintos. Los latino americanos solo quedan para serviles en el servicio domestico o en los puticlubs. El resto, quienes no pensamos como ellos y repudiamos este país cainita, imbécil y abochornado, no estamos invitados a la fiesta y sólo nos queda pagarla.

Porque para ellos sigue siendo el Día de la Raza. El día de la superioridad española que sustenta las opresiones a todos los demás y que merece ser jalonado de rojo y gualda. Banderita en la pulserita, en la cinta del retrovisor interior del coche de lujo alemán, en los tirantes, en el cinturón, en el sombrero. Alguna cruz de borgoña en mochilas militares o en polos. También aguiluchos perdidos y en definitiva, una serie de energúmenos idiotizados por los rebuznos de los todólogos de la incultura y la barbarie, convencidos de sus crímenes, sus corrupciones, sus miserias, inmoralidades, mentiras y aberraciones.

Sin embargo, en el resto del mundo hispano el 12 de octubre es un día distinto. Se trata de una fecha de conmemoración, sí, pero no de las supuestas virtudes del Imperio español (o mejor dicho castellano) sino más bien para poner en su sitio las tropelías que se hicieron durante la conquista y el mantenimiento del supuesto Imperio. En Argentina es el Día del Respeto a la diversidad cultural. En Bolivía el Día de la Descolonización. En Colombia el Día de la Diversidad étnica y cultural de la nación colombiana. En Costa Rica el Día de las Culturas. En Ecuador el Día de la interculturalidad y la Plurinacionalidad. En México es el Día de la Nación Pluricultural. Y en Venezuela es el Día de la Resistencia Indígena.

Evidentemente, tal pléyade de percepciones sobre el propio día del Descubrimiento de América merece un análisis sosegado y una relectura de lo acontecido en el pasado, con el ánimo de no verse intoxicado y avanzar hacia una relación entre las naciones, los estados, las etnias y los pueblos hispanos sana, justa, pacífica y placentera.

Por eso mismo para hacer honor a la Historia, a la verdad y para dar ejemplo voy a dejar plasmadas algunas verdades sobre unos cuantos típicos tópicos de la conquista de América, la manida Leyenda Negra y las tendencias historicistas actuales para revestir las crónicas de una supuesta magmanimidad para con los “indios” y sus territorios.

La re-escritura de la Historia siempre es necesaria y además se encuentra al acecho. Cualquier descubrimiento arqueológico o archivístico tiene la capacidad de poder poner en cuestión los dogmas históricos y culturales que se tienen sobre el pasado. Y en la actualidad esa re-escritura tiene un componente de veracidad y justicia histórica al poder hacerse completando los relatos al involucrar a quienes han estado ausentes de los mismos hasta ahora. Los estudios subalternos cuentan los hechos y experiencias de grupos y colectivos que habían estado silenciados en la construcción del saber histórico, porque directamente vivían en unas condiciones penosas, subyugados por unas élites que además escribían el relato histórico que nos ha llegado hasta hoy. Incorporar a las mujeres y a los grupos étnicos distintos al “hombre blanco occidental” nos permite construir una Historia total, con más preguntas y respuestas, y por lo tanto, más veraz.

Sin embargo, frente a estos ejercicios inclusivos del saber histórico, resuenan las relecturas sesgadas que insisten en sostener ideas sobre el pasado que sirvan para afianzar lo que pensamos y creemos hoy en día. Eric Hobsbawn definió estos procesos como "tradiciones inventadas", esto es, la combinación de hechos reales, con omisiones interesadas, la recopilación estratégica de datos y la construcción de narrativas emocionales. La finalidad no es tanto construir una historia nueva desde cero que se acomode a nuestro interes particular. Su fuerza radica en que es capaz de reconstruir el pasado y la forma de contarlo para satisfacer la construcción del presente. A parte de la selección interesada de fuentes, sin contraste de hechos y con descarte de aquellas crónicas y edictos que venían a denunciar y buscar mayor dignidad en el trato a los indígenas, lo peor de esta tendencia que inunda las redes y asalta incluso las librerías y algún que otro articulillo, es la reinterpretación de los hechos históricos con los ojos y condicionantes que tenemos hoy en día.

Por ello vamos con unos cuantos mitos a derribar:

  • "En el Imperio español no hubo genocidio". A ver, lo primero de todo. Genocidio es un término moderno acuñado por los aliados ante las barbaridades que el Tercer Reich alemán ejecutó antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Es decir, se trata de un concepto que define una destrucción intencional de un pueblo o un grupo étnico. Si bien se ha empleado para sucesos históricos anteriores (por ejemplo el genocidio armenio o las conquistas musulmanas sobre Asia Menor o la India) hay que partir que en el caso español y durante el siglo XVI y XVII no había una idea o un sistema de exterminio de las poblaciones indígenas. Pero esto no quiere decir que no hubiera un impacto colosal a nivel demográfico sobre estos pueblos. La muerte y desaparición de individuos y colectivos fue real y dramática. Se estima que en torno a unos 100 millones de personas fallecieron durante los casi 3 siglos de dominación imperial europea en centro América, el Caribe y América del Sur (América del Norte queda excluida porque tras la Independencia de Estados Unidos de América a partir de 1776 se dieron otros acontecimientos concretos de ocupación y exterminio de los pueblos nativos). Estos 100 millones de habitantes supondrían entre un 85 y un 90% del total de la población indígena. Como digo no hubo un plan sistemático de eliminación de pueblos indígenas en los dominios de la Corona de Castilla y luego de la España Imperial, básicamente porque necesitaban a estas personas como mano de obra en los trabajos más duros. Los españoles movieron y cambiaron a las poblaciones a su antojo provocando la expansión de epidemias, lo que unido a crisis de alimentación y a la penosidad de los trabajos más duros a los que obligaban a los indígenas hizo que aumentará su morbilidad y mortalidad. Los misioneros, franciscanos o dominicos, sabían de esto mientras evangelizaban y aculturalizaban a los indígenas y dejaron constancia en sus testimonios y crónicas. Pero las reducciones, como se conocían estos movimientos forzados de población, continuaron hasta finales del siglo XVIII pese a los intentos de la Corona de otorgar un mejor trato a las poblaciones aborígenes. Al final el interes económico y de extracción de recursos prevalecía a las misiones moralizantes o civilizatorias.
 
  • "Los indígenas eran tratados muy bien y tenían consideración como españoles". Para empezar a uno de Teruel o a uno de Badajoz no los ponían forzadamente a extraer carbón de León o a hacer leña de los bosques murcianos para fabricar galeones. Se promulgaron leyes para proteger a los indios, sobretodo a partir de 1542 (Leyes Nuevas), con el fin de acabar con medio siglo de abusos como atestiguan las crónicas y los propios edictos hechos por la Corona. Sin embargo, estas normativas que buscaban preservar la dignidad de los indígenas fueron ignoradas constantemente y no pudieron impedir la esclavitud de las comunidades nativas, tanto por razones económicas (extracción de recursos, construcción de caminos, minas, plantaciones, etc.) como por causas de guerra y hostilidad hacia el aculturamiento (doctrina de la Guerra Justa). Si instituciones como la encomienda permitieron la disposición de los indígenas como mano de obra, otras como la Inquisición permitió favorecer una continuidad con el entramado social que quedaba en Castilla y formaron parte de la aculturización de las poblaciones nativas. Por lo tanto, considerar que los indígenas tuvieron una consideración similar a la de los españoles, tanto en la península o como los colonos, es poco menos que un reduccionismo.

    En general, me resulta muy curioso ver hoy como quienes lanzan estas ideas para salvaguardar su orgullo por el Imperialismo español, son los mismos que se niegan a garantizar unos derechos y una dignidad para los inmigrantes en especial los latinoamericanos. Se llenan la boca con la Escuela de Salamanca y la "magnanimidad" de la conquista por parte de la Iglesia y la Corona castellanas, pero al mismo tiempo, nos hablan de una "invasión", un "recambio cultural" y de la necesidad de una "prioridad nacional". Es todo tan burdo e incoherente que da miedo comprobar que millones de personas compren relatos tan inmorales y nefastos. De hecho, lo más fuerte de todo es que hoy se apropian para su privado beneficio de la Escuela de Salamanca, de los escritos de Francisco de Vitoria y de los alegatos durante la Junta de Valladolid de Bartolome de las Casas para loar al santo Imperio español para con los indígenas, cuando la realidad de todo el proceso es que quienes hoy tratan de limpiar la conciencia del Imperio, se habrían puesto en el bando de Ginés de Sepúlveda para no considerar "al indio como un cristiano", fundamentalmente, porque había mucha plata en juego.
 
  • "No eran colonias". Definición de colonia: "Territorio dominado y administrado por una potencia extranjera". Que los castellanos llamaran a sus territorios virreinatos o ya a finales del XIX provincias, no los hizo menos colonias. Su estatus jurídico era el de colonia. Y en el sentir español los territorios de ultramar eran referidos, tanto en la lengua escrita como hablada, como colonias. Solo basta con revisitar la literatura del Siglo de Oro en adelante. El objetivo del viaje de Colón era establecer una ruta alternativa, exclusiva para la Corona de Castilla, sobre el comercio de especias de Oriente. Al llegar a América y descubrir que allí había un continente nuevo, sin explotación europea mediante, los administradores de la Corona decidieron la extracción de recursos desde esos nuevos territorios descubiertos, las colonias, a la metropolí, de América a Castilla (posteriormente España).
 
  • "Pero los españoles civilizaban, los ingleses exterminaban". Para empezar qué es civilizar. Acaso los indígenas no tenían culturas propias, con estructuras sociales complejas, con un arte y un urbanismo propios, con lenguaje escrito y con una serie de comunidades autosuficientes. Nos pueden gustar o no sus culturas, parecernos más salvajes o menos, pero si se trataba de imponer la fe en la cruz para evitar que se matasen a machetazos de obsidiana, y sin embargo, lo que se hacía era perseguir y erradicar a los que se negaban no estabas vendiendo muy bien esa fe, no. Bueno en realidad para no ser unos xenófobos de mierda mejor respetar a otras personas por su cultura o identidad. Pero eso da para otro tema.

    Pero es que esta idea preconcebida parte de dos mentiras. La primera de ellas es que la comparación con el Imperio británico no da lugar, porque la escasa y dispersa población indígena que los ingleses y los franceses encontraron en Norte América impide construir una comparativa que sea justa y sobretodo, ilustrativa sobre el trato a las poblaciones nativas. Además, en esta idea se elude el hecho de que mientras en Castilla se discutía sobre “el alma de los nativos” en el Caribe, donde había una competencia entre dominios imperiales europeos, las expediciones castellanas (y portuguesas) hacían literalmente lo que querían con los indígenas, incluyendo eliminaciones en masa. La segunda de las mentiras es que los planes de exterminio de las poblaciones indígenas en las posesiones de Inglaterra y Francia en América del Norte empezaron con la independencia de las colonias, es decir, con la independencia y creación de los Estados Unidos de América como nación independiente, y su posterior expansión hacia el Oeste, tanto al Norte como al Sur de los Grandes Lagos. A partir del 4 de julio de 1776 la persecución y matanza de indígenas en Norte América tiene poco que ver con Inglaterra o Francia, y mucho con la expansión hacia el Oeste de los Estados Unidos de América.

    En general, estas comparaciones entre imperios resultan interesantes fundamentalmente porque ambos sistemas partían de una misma concreción: Tanto al Norte como al Sur, tanto ingleses como castellanos el objetivo es establecer un comercio lo más rentable posible para la metrópoli. Tal y como cuenta Elliott, se dan unas condiciones ideales para el comercio entre América y Europa. Los europeos necesitan productos de las colonias (en especial y en el caso de América oro y plata). Los colonos necesitan suministros hasta que son capaces de suministrarlos por si mismos. Incluido el reemplazo de recursos humanos. Esto propicia el desarrollo del comercio a través del Atlántico. Pero como digo, para que la comparación nos resulte útil hay que introducir todos los elementos y condicionantes que se dieron tanto al Sur como al Norte.

 

  • "No se pudo conquistar todo un continente sin la intervención de los indígenas" Pongamos contexto. Desde luego si hablamos de que en el siglo XVI, se estima “podía haber entre 60 y 80 millones de personas en el continente americano”, no cabría en la cabeza la ingente cantidad de soldados que tendrían que haber cruzado el Atlántico para posibilitar la conquista. Por lo tanto, es evidente que las expediciones que partían para explorar y sumar nuevos territorios se valían de alianzas y diplomacia para conseguir sus objetivos. También jugaron su papel tanto la superioridad tecnológica (los galeones, las hojas de acero templado y la pólvora maravillaron a los nativos), así como de “las mantas de viruela”. Desde luego la exposición a las enfermedades del viejo continente hicieron estragos en muchas poblaciones indígenas. Pero por supuesto hubo alianzas entre los españoles y algunos grupos indígenas. Hernán Cortés tomó el actual México a base de pactos con grupos que estaban en disputa con otros grupos indígenas, como en la alianza con los totonacas contra Tlaxcala, y en la posterior toma de Tenochtitlán aliado junto a los propios tlaxcaltecas frente a los mexicas. O Núñez de Balboa que aseguró el actual Panamá con un destacamento de “67 españoles y un número indefinido de indios".

    Desde luego cuando llegaron los españoles al Nuevo Mundo encontraron sociedades y grupos étnicos y tribales, en ocasiones enfrentados entre sí. Algunos eran más bárbaros y violentos que otros. Había guerras entre grupos de indígenas y dominación y opresión entre nativos. Por eso a la llegada de los españoles supuso un nuevo contendiente que podría ayudar en las luchas internas que tenían otras entidades unas contra otras.

     
  • "No había racismo en la dominación española. De hecho siempre hubo mestizaje". Vamos a partir de que en la época los matrimonios no se hacían “por amor” ni siquiera en el propio terreno de la corona de Castilla, y de que las mujeres castellanas no tenían ninguna capacidad para decir su futuro (salvo la reina y escasísimos casos y de aquellas maneras). Por su parte, en América las uniones entre mujeres indígenas y hombres españoles (soldados, comerciantes o funcionarios) se ejercían desde una posición de dominio y posesión de los segundos sobre las primeras. Por lo tanto, la moneda del mestizaje parte de una asimetría total y de brutal dominación, sin descartar por supuesto, las más que comunes violaciones o “los botines de guerra y conquista”.

    En cuanto al racismo, sucede algo similar a lo que pasa con el término genocidio. Si nos atenemos a una denominación moderna, lo que sucedía en las colonias americanas de la Corona española no es racismo en términos del racismo científico del siglo XIX. Pero desde luego, secuestrar y forzar a trabajos penosos hasta la muerte a los que no eran blancos o hijos de los blancos, si es racismo. Aunque venga disfrazado dentro del ecosistema social y económico que se instauró con la dominación española. Y aunque hubiera escándalo por las condiciones de vida y los abusos sobre los indígenas -que lo había como atestiguan las crónicas-, y hubiera una honda preocupación por "salvar las almas de los nativos" (obligándoles a adoptar una fe extranjera). Y si, sé que estoy aplicando conceptos modernos ("genocidio", "racismo") a situaciones del pasado pero es que no podemos engañarnos solo porque el nombre de una acepción, o de un comportamiento no estuviera señalado. No llamaban racismo a la dominación contra los que no eran blancos, ejercidos por las fuerzas de ocupación europea. Porque desde luego, las estructuras sociales, políticas, económicas y culturales que se construyeron durante la época de los Imperios en América estaban basadas en racismo. Puro y duro. Y el Imperio español, también.

    Pero es que es más, avanzados los años y los siglos los estamentos raciales seguían determinado la vida y el futuro de los habitantes, y debajo de las tipologías y mestizajes, si se era indígena, negro o mulato se pertenecía a las escala más baja de la pirámide, mientras que las élites estarían formadas por los oriundos europeos o sus descendientes (criollos). Esta estructura social es todavía hoy patente y determinante en las sociedades hispanoamericanas.

     
  • "Pero la corona española construyó ciudades, hospitales, escuelas y universidades". Esta es la típica frase que ejercida desde un tono moralista y actual no entiende que esas instituciones no eran tal y como las entendemos hoy. Ni tenían los mismos objetivos, ni siquiera similares formas. Y desde luego no partían de un acto ecuánime de solidaridad o bondad. Se trataban de instituciones necesarias para favorecer y mejorar la administración colonial, esto es, la extracción de recursos desde las colonias a las metropolís, de América a España. De hecho, los casos de indígenas que cursaran estudios superiores son muy pocos, y siempre eran de origen criollo o relacionados con la aristocracia y administración colonial. Pero sobretodo, e insisto, la inclusión de estas instituciones europeas en América y en el resto de territorios coloniales tenían como finalidad mejorar y ampliar el dominio de la metrópoli sobre la colonia, y con ello, el fin último del sistema colonial: extraer recursos de los territorios y pueblos dominados a favor de las élites dominantes. 
 
  • "No tiene sentido ahora pedir perdón por la conquista". Bueno, en primer lugar, si no tiene sentido ejercer una labor de crítica, de difusión de la verdad histórica y del conocimiento, tampoco debería tener valor el alabar la conquista de América y que nos sirva para hacernos sentir orgullosos. No se trata de ganar una “copa mundial de las colonias” y de que nuestro imperio fuera más o menos humano que otros. Ya os digo que salvaje e inhumano era un rato. Como todos los sistemas de dominación de unos hombres sobre otros. España, la Corona de Castilla, fue a las Indias, es decir a América, a explotar sus recursos y sus riquezas. Y a convertir a la fe cristiana a la población indígena. En ese orden. Y si para facilitar el primer objetivo había que obviar el segundo se hacía.

    E
    sta tendencia actual que se enmarca en la ola de neoconservadurismo y neofascismo de exaltar el pasado como algo grandioso, positivo o incluso “generador”, en oposición a otros imperios a los que se presenta como “depredadores” o “abusadores”. El tufo racista y al más bajo revanchismo te asalta cuando se proclama que los actuales estados latinoamericanos “si que deberían pedir perdón” por ser casi estados fallidos, presas de mafias y cárteles de la droga o ejemplos de la corrupción, el nepotismo, la desigualdad y las violaciones de los derechos humanos. Como si la realidad de hoy no se viera cimentada en las condiciones materiales del ayer, las que pusieron los imperios occidentales, ni que las propias relaciones socioeconómicas y culturales entre ambas orillas del Atlántico mantienen una asimetría a favor de Europa y sus herederos en Norte América, que han imposibilitado el desarrollo propio y soberano de los pueblos latinoamericanos.

    Porque para sorpresa de nadie (que sepa de Historia, política y sociología) las condiciones de los estados con pasado colonial han mantenido y permanecen hoy, infraestructuras y superestructuras (institucionales, legales, jurídicas, etc.) que mantienen la vigencia de la estructura económica vigente. Esta es la de la explotación económica de las naciones de Europa Occidental sobre el resto del globo. La inestabilidad y la desigualdad social son mantenidas y alentadas porque son beneficiosas para quienes hacen negocios desde las metrópolis. Ganaron la independencia política, si, pero a cambio, los antiguos imperios cedieron la soberanía con la garantía (velada o no) de mantener condiciones que favoreciesen sus negocios.

 

La Leyenda Negra es cierto que tiene un componente de relato construido por los tradicionales enemigos de la corona española como son Francia, Estados Unidos en 1898, y fundamentalmente, Inglaterra. El término fue ideado por Juan Juderías a principios del siglo XX, quien no sólo se dedicó a recopilar y contestar las críticas extranjeras contra España, sino que su objetivo fue unir todas esas voces diversas y simplificarlas para a través de su contestación consolidar la idea de la "nueva" nación española tras el Desastre del 98. Por lo tanto, quedarse en ese origen del relato para rechazarlo de plano es un error interesado y lamentable. Si no se profundiza en él, no se discierne con criterio qué es cierto, qué rematadamente falso y qué tiene matices a considerar y a hacer historia comparativa (añadiendo como dije, todos los matices para enriquecer lo contextos), lo que se hará es apartar la función de estudio y transmisión de una Historia veraz y crítica, y sólo se buscará afianzar las estructuras mentales predefinidas que uno trae de casa. Al final repetirás las mismas simplezas o tonterías del otro lado, desde donde se empeñan en justificar sus discursos de hoy (racistas, xenófobos, misóginos, aporafóbicos, etc.), a través de una versión manipulada a sus intereses de la Historia.

Esto no va de pedir perdón por que sí, de que sea una exigencia más o menos justa, o incluso útil o no. Tampoco de si justificas lo que hizo un antepasado tuyo o de si hay que devolver el oro y la plata. Esto va de reconocer y aprender cuál fue el papel que jugó el Imperio español en la construcción del mundo como fue en aquel momento. Y sobretodo entender cómo esas realidades materiales y filosóficas permitieron la explotación, la acumulación de capital, la primera globalización y la legitimidad colonial del poder. Es decir, el mundo actual que se organiza a través de una serie de valores europeos (occidentales o anglosajones) se valió de la disensión entre colonia e imperio como expresión máxima de una jerarquía que organizaba las comunidades, los territorios y los individuos a través de estamentos raciales que se subyugaron a los mecanismos propios del mercado por un lado, y por el otro a las instituciones propias del estado moderno. Y de esa génesis surgió la dominación tal y como la contemplamos hoy.

De hecho, cuidado con jerarquizar las concepciones del mundo a través de los valores propios. Esto es, de ver nuestros valores, los occidentales, como los mejores y únicos válidos. Puede que se esté en el lado correcto de la historia, y que no sea ético ni justo hacer sacrificios humanos, pero no conviene olvidar que bajo estos condicionantes también se ejerce la opresión sobre los mismos y sobre los distintos. Y tampoco conviene olvidar que los valores occidentales también favorecieron aberraciones como los sitios y ejecuciones sumarísimas en torno a las cruzadas, la expulsión de los moriscos o los judíos, la aniquilación contra otras sectas cristianas como los cátaros o los jusitas. O más tarde, durante la Revolución Industrial el trabajo infantil o la esclavitud en el comercio triangular. Por poner unos pocos ejemplos anteriores al horrible siglo XX.

Por lo tanto, mientras discutimos sobre las bondades y maldades del Imperio español, pasamos de lado de que sí, de que se cometieron atrocidades en las colonias, al igual que en el propio territorio nacional, cosa que por cierto, los defensores de la España Imperial, grande y libre, se permiten obviar. Tampoco el Imperio trajo riquezas para las clases populares en la península, sino que a través de la plata y el oro que llegaban a Sevilla, se cimentó una estructura material de dominación de las clases altas (aristocracia, alto clero y proto-burguesía comercial y financiera) ejercían sobre las clases populares. Del mismo modo igualito que lo que ocurrió en Inglaterra, Países Bajos o Francia. Unas bases de desigualdad que hoy en día siguen perdurando y condicionando la vida de millones de personas también en Occidente.

La tradición historiográfica relativa a loar el pasado colonial e imperial español ya es larga y lo peor de todo consistente en el imaginario colectivo. No se trató en origen, allá por las últimas décadas del siglo XIX dentro del regeneracionismo, de ampliar el estudio sobre la historia colonial española, sino mucho más de ayudar a construir una identidad propia que fuera capaz de sustentar la nación en un momento de crisis y derrumbe generalizado de lo que había sido España hasta entonces. Su éxito radica en que a lo largo del siglo XX y a través de distintos regímenes (liberal, republicano, dictadura franquista o democracia) ha construido un relato coherente y asentado, logrando que generaciones enteras se hayan educado bajo él, y olvidado precisamente su naturaleza como construcción narrativa, llena de sesgos e intenciones.

Por último, un consejo a los soliviantados por la revisión de la Historia del Imperio colonial. No sois especiales. Tampoco lo es el imperio español. La fase de crítica al relato histórico predominante es común a la que está viviendo multitud de realidades históricas y acontecimientos del pasado que están siendo estudiados y difundidos a través de nuevas y diversas ópticas. En cuanto a la Historia colonial, todas las sociedades occidentales que tuvieron o tienen un pasado histórico medido en colonias e imperios han visto como su enseñanza de la Historia y las propias realidades que perviven o son heredadas de aquella coyuntura son puestas a crítica a través de las nuevas tendencias historiográficas. Aquí se incluyen por supuesto los nuevos avances en investigación histórica en muchos campos (novedosas ideas sobre el arte o la filosofía, nuevos descubrimientos arqueológicos o documentales, introducción de nuevas técnicas científicas y archivísticas, etc.). Y sobretodo por la inclusión de nuevas voces sobre el hecho histórico. Unas ópticas diversas dispuestas a contar la historia de las comunidades subalternas, o subyugadas, como puedan ser las mujeres o las clases populares. En especial, en el caso de los estudios sobre Historia de los Imperios coloniales, la voz de las comunidades indígenas. Y no se trata de un revanchismo o una venganza, sino de ampliar la verdad histórica para tener más datos y más contexto, y poder de ese modo, construir un mundo para el día de hoy más comprensible, fraterno y justo.

 

Y una última cuestión: el mundo actual no se entiende sin la expansión moderna europea llevada a cabo desde el siglo XV hasta el XX, por todo el mundo. Sus consecuencias se palpan en todos los territorios y sociedades descendientes, y la marginación, la desigualdad y el racismo continúan siendo ingredientes importantes de los estados poscoloniales, como lo fueron en su momento en los imperios coloniales.

Para acabar, decir una vez más que hay que ser un pobre hombre para justificar tu españolismo en una conquista colonial, que como todas las conquistas coloniales e imperiales, se basaron en la violencia, la opresión, la explotación y el sufrimiento ajeno. Creo que la cultura española tiene muchos más méritos y contribuciones positivas al mundo por las que sentirse orgulloso antes que por el Imperio español, o la Conquista de América. He dicho.


(1) Esta grandiosa obra (más de 20 metros cuadrados) es un ejemplo magnífico de la pintura histórica y academicista de mediados del XIX, la época del romanticismo y el nacionalismo. El autor Dióscoro Puebla compone una alegoría que ha perdurado en las mentes del pueblo español: La llegada a América de Colón y los españoles, con el mandato de evangelizar a los indígenas. Pero la realidad fue algo distinta: No hubo ningún clérigo en la primera expedición de Colón y sólo 15 en el segundo viaje de un total de 4.000 efectivos.

 

 



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jueves, 27 de agosto de 2026

Memoria y legalidad: Ley de Información Clasificada Democrática


  

En julio de 2025 fue aprobada en Consejo de Ministros el proyecto de la Ley de Información Clasificada. La ley pasó a las Cortes, como es preceptivo en la normativa legislativa, para su análisis, enmiendas, debate y por último, aprobación, previo paso a su publicación definitiva en el BOE. Y ahí sigue.

La Ley de Información Clasificada nacía, sobre el papel, para derogar la todavía vigente Ley de Secretos Oficiales aprobada por el dictador fascista en 1968. Una aberración democrática que no corresponde a un despiste o un olvido. Pareciera, más bien, que cuando se han asegurado que a ningún vivo le va a ocasionar un trastorno descubrir la verdad sobre nuestra Historia es cuando se deciden a cambiar una normativa franquista y anti-democrática.

En principio, los historiadores, los periodistas, pero también cualquier persona decente, demócrata y sensible a la Memoria y la Verdad, deberíamos esperar la desclasificación automática de toda la información del período dictatorial y de la Transición. Sin embargo, ya sabemos que la ley salió de Moncloa correctamente amputada, calificando cierta información clasificada como alto secreto, cuyo plazo podría prorrogarse hasta 15 años más, lo que impediría el acceso a documentos sensibles. Además, si estos, u otros, documentos corresponden a eventos “vigentes” que no han finalizado o personas todavía vivas, pueden mantenerse ocultos.

Desde el Gobierno se proclama el derecho de los ciudadanos a saber y de las administraciones a informar, y sin embargo, se ejercita una normativa que busca añadir más oscurantismo e indignidad a lo que tenía que ser transparencia y facilidades para estudios rigurosos, tanto desde el punto de vista académico, como político, y eminentemente, jurídico.

Todo el proceso normativo por actualizar y dar empaque democrático a temas como los secretos oficiales y la transparencia están motivados por la adhesión al Convenio de Tromso o Convenio del Consejo de Europa sobre el Acceso a Documentos Oficiales, que procura que los distintos estados construyan legislaciones abiertas y garantistas con los archivos oficiales, su acceso, disponibilidad, conservación, difusión, estudio, debate y publicación. El Convenio entró en vigor para el estado español en enero de 2024 uniéndose así a otros 15 estados europeos (curiosamente los nórdicos y repúblicas de la extinta Yugoslavia y del bloque del Este).

Entre los temas a desclasificar, a quitarles el membrete de Alto Secreto, está todo lo relacionado con el papel de la Iglesia durante la dictadura. Y especialmente, en la figura del rey emérito, Juan Carlos de Borbón. Si ya son públicas, ya lo eran y evidentes, sus corrupciones, desmanes y amoralidad, conviene recordar su papel como “vice-caudillo” antes de la muerte de Franco. Como heredero oficialista del régimen, Juan Carlos tuvo que asumir la jefatura del estado durante el verano del 74, por la indisposición del dictador. No se sabe qué decisiones tomó, bajo qué presiones y con qué contrapartidas.

Por contra, lo que tuvimos en el pasado aniversario del golpe de estado del 23F de 1981 fue un paripé de desclasificación de documentos inocuos que mantenían el secreto y la sombra sobre cómo se planificó el golpe. ¿Qué buscaba?. Y fundamentalmente, el papel de los implicados, empezando por el Borbón, que sin embargo, ante la selección de documentos y extractos aparecidos sería el objetivo de la Operación Salvar al Soldado Juan Carlos I.

Y por supuesto es fundamental y de derecho, democracia, memoria y reparación conocer el rastro de las fosas como las asociaciones por la Memoria Histórica están reclamando desde hace años. Se calcula que a día de hoy, más de 50 años después de que falleciera en la cama el sanguinario y traidor dictador, todavía siguen desaparecidas unas 100.000 víctimas. No es poca cosa esto porque se desconoce el paradero, si es que no fue destruido, el “mapa” y todo el archivo que el régimen construyó con los testimonios y atestados de matanzas y enterramientos en fosas por todo el estado español. Este mapa fue empleado para determinar que fosas eran exhumadas y sus restos trasladados a Cuelgamuros, y de existir, podría ayudar a hacer justicia y otorgar descanso y reparación a las miles de víctimas y sus familias.

En general investigar qué ocurrió durante la Guerra Civil, empezando por el golpe de estado del 18 de julio, en cómo se preparó, pero también sobre el propio desarrollo de la guerra, sus fases, realidades y afectaciones para la vida de los españoles (en el frente o en las retaguardias) requieren estudios que necesitan acceso y garantías sobre los materiales del ejército y otros archivos de carácter público y privado. Insisto en este punto que hay que trabajar sobre lo ocurrido durante la Segunda República, pero fundamentalmente en los movimientos de los opositores al régimen republicano, y en cómo se fraguó la reacción de las élites contra el pueblo español.

Conocer exactamente todo lo acontecido durante la Dictadura y la Transición es de vital importancia para construir una Democracia sólida y garantista que tenga en la Memoria y la Justicia por los que lucharon por la libertad un lcimiento fuerte y estable. Frente a eso las mentiras y los ocultamientos. Y los premios a los criminales como Martín Villa, que como Ministro del Interior entre 1976 y 1978 era capaz a la vez de oprimir y asesinar a las clases trabajadoras y democráticas, y quemar innumerable documentación para salvaguardar el legado y la riqueza de los pro-hombres del franquismo.

Ya sobre el período histórico de la transición es muy pertinente estudiar, conocer y publicar todo lo acontecido en el estado español: Las negociaciones antes y durante la Ley de Amnistía de 1977 o con la Ley de Refoma Política. Los GAL y la Guerra Sucia contra el terrorismo. La corrupción política y económica tanto del estado español, del bipartidismo y de los democristianos catalanes. La vidorra de Juan Carlos I y sus acólitos. Quién se benefició de la Guerra ilegal con Irak en la que nos metió Aznar. ¿Cómo los servicios secretos y las fuerzas de seguridad pasaron de un día a otro de ser franquistas a demócratas?. Las relaciones internacionales, en especial con Estados Unidos, Israel y Marruecos en todo lo referente a la cuestión del Sáhara Occidental.

Desgraciadamente, “llegamos” como sociedad tarde. Cuando muchos de los autores y testigos han fallecido sin ver su nombre puesto en la palestra. Sin ser condenados. Sino, es más, manteniendo medallas, pensiones y parabienes. Y sobretodo cuando también han fallecido los familiares directos de los represaliados, que vivieron una vida, sin saber dónde estaba su padre o su madre, o sus hermanos, y además aguantaron la vergüenza y el oprobio de un régimen fascista que se sabía intocable, y una pseudo-democracia que parece perezosa y condescendiente con sus tareas ineludibles.

Es evidente que cuando se trata de Derechos Humanos y de su ataque y violación no hay secretos oficiales que valgan. Es triste vivir en un país con casi 50 años de democracia incapaz hasta hoy, y veremos cómo queda el texto final, de asumir que los crímenes contra los derechos humanos y de lesa humanidad no son materia clasificable en ningún caso. Que no tienen cabida en un archivo secreto.

Es evidente que la tramitación parlamentaria de la nueva ley de secretos oficiales en democracia va dolorosamente lenta y tiene terribles zancadillas como las de una mayoría de ultraderecha directamente heredera del franquismo, cuando no de mercenarios que saben qué mano les da de comer. Proteger un régimen corrupto y fascista, en esencia criminal y traidor a su propio pueblo, es lo que llevan haciendo desde julio del 36, estén en un Parlamento, un altavoz de la prensa o mandando ejecutar a jornaleros y profesores. No nos sorprende su ruindad y mezquindad. Por eso mano firme y apuesta por la aprobación definitiva de la Ley de Información Clasificada. Por una democracia sólida y garantista para todas y todos. Por Justicia y por Memoria.

 

 

sábado, 18 de julio de 2026

90 años de un Golpe de Estado

Un grupo de milicianos republicanos son conducidos por sublevados armados tras rendirse.

 

 

Hoy 18 de julio de 2026 se cumplen 90 años del golpe de estado que provocó el estallido de la Guerra Civil española. Aquel sábado una parte significativa del ejército español, y más concreto los principales generales acantonados en las guarniciones de los protectorados españoles en el Norte de África (los “africanistas”) se saltaron su juramento de fidelidad al pueblo y la patria y se sublevaron contra el orden establecido y el gobierno legítimo de la Segunda República Española. Detrás como auspiciadores los prohombres de la derecha española (monárquicos, carlistas, falangistas, etc.,), que ya se habían asegurado el favor de las potencias fascistas del Eje, y en especial los jerarcas de la iglesia católica española que había perdido su monopolio en la educación para adoctrinar a los españoles y españolas. Y por supuesto, la financiación del golpe y posterior guerra llevada a cabo por las principales familias de banqueros y hombres de negocios del estado español, con fundamental énfasis en la figura de Juan March.

El golpe de estado que debía llevar a una usurpación rápida del poder en favor de los promotores y golpistas para elevar un gobierno militar de talante fascista fracasó por la resistencia interna del estado republicano, que aunque joven había podido desarrollar algunas contra medidas que resultaron eficaces. Y sobretodo, por la actitud de las clases trabajadoras urbanas españolas, de los mineros asturianos y de varios oficiales militares que mantuvieron leales a la república a sus subordinados y cuarteles que impidieron la consecución de los planes de control militar del territorio nacional.

Como resultado se abrió una contienda civil entre ideologías en España que supuso una guerra cruenta y de extrema violencia durante 3 años, en los que la eliminación absoluta del enemigo era el objetivo íntimo a la victoria militar y el dominio político y social. La victoria franquista trajo una “eterna” dictadura fascista, que supuso en conjunto con el total de la guerra, más de un millón de muertos, de los que todavía hoy hay al menos 150.000 desaparecidos del bando republicano, además de un exilio de entre medio millón y 700.000 españoles (según fuentes) entre 1937 y 1942. Entre las consecuencias políticas y económicas del conflicto y la posterior dictadura están el anclaje a un conservadurismo fascista, un sobre-dimensionado de la estructura centralizada del estado y un afianzamiento del dominio jerárquico de los vencedores de la guerra sobre las clases trabajadoras e identidades subalternas del estado español.

Escribir hoy, noventa años después, del 18 de julio, la Guerra Civil y la criminal dictadura franquista (sin olvidar la transición “democrática”) no supone un simple ejercicio de nostalgia o de inmovilismo que provoque tanto las divisiones del pasado, no satisfechas en el presente, ni tampoco la absolución de los perpetradores de tanto dolor, tanto de un bando como de otro. Recordar y estudiar todo lo que gira en torno al 18 de julio implica comprometerse en la veracidad histórica, con capacidad crítica. Explicar quienes y por qué abrieron el conflicto, cómo se desarrolló, qué fases lo secuenciaron, y sobretodo, qué consecuencias legó, cómo han ido imbricándose en cada momento histórico (desde la propia posguerra, hasta hoy en día) y por qué cuesta, nos cuesta tanto, hablar sobre nuestro pasado.

Quizás buena parte de estas preguntas se respondan con un hecho evidente que sin embargo los “escribientes” del bando vencedor (sublevado o mal llamado nacional) se empeñan en saltarse: La Guerra Civil no fue ni un hecho natural, ni una catástrofe imposible de evitar. La Guerra Civil, todo lo acontecido desde el advenimiento de la Segunda República fue una suma de decisiones de carácter político e ideológico, alimentado por los intereses económicos de las élites con el fin último de seguir explotando a las clases pobres y clases trabajadoras españolas. Incluso si había que derribar un régimen democrático (incipiente), provocar un enfrentamiento armado o abrir un estado perenne de violencia política.

Hoy cuando se pone en discusión los valores propios de la democracia, y aunque sea liberal, los principios más elementales del antifascismo, es un deber de una sociedad seria y responsable explicar con rigor los procesos históricos que nos han llevado hasta donde estamos hoy. Cuando se habla de violencia política, de deshumanización del adversario ideológico o de la persona distinta (en raza, género, capacidad adquisitiva, opinión política, religiosa, etc.,), de desacreditar las instituciones y al tiempo se banalizan los hechos del franquismo y se loan unas falsarias y supuestas bondades (totalmente desacreditadas por la documentación, los relatos de quienes vivieron bajo tales yugos, y por la propia Historia) más convencimiento hay que poner en trabajar las fuentes, analizar los hechos y poner el contexto necesario para explicar nuestro pasado de manera clara, que no lleve a equívocos y que desmienta las opiniones interesadas.

Pese a la lentitud a la hora de abrir archivos oficiales y frente al apagado de la voz de los protagonistas, tanto quienes ejecutaron y se beneficiaron, y quienes sufrieron y vivieron la Segunda República, la posterior Guerra Civil y la siguiente dictadura, las y los historiadores han hecho un trabajo encomiable por reconstruir lo acontecido y darlo a conocer. Y en esto contra los intereses de algunas instituciones educativas o culturales que parecen empeñadas en esconder los hechos que no les conviene. Por lo que sea.

A través de archivos judiciales, expedientes militares, consejos sumarísimos y de guerra, los registros civiles, parroquiales, de partidos y sindicatos, los testimonios directos, tanto orales o escritos, las excavaciones arqueológicas, y en conjunto, la puesta en común de toda esta documentación y el trabajo desarrollado en torno a ella se han podido esclarecer y asentar los sucesos que promovieron el golpe, la evolución de la Guerra, la violencia ejercida tanto en los frentes como en las retaguardias, las condiciones de vida durante el conflicto, la represión institucionalizada por los vencedores y el desarrollo de una dictadura que ató al país y a sus gentes a 40 años de dolor y lastrado de su vida y su futuro.

Por lo tanto poseemos una historiografía sólida y contundente ante la verdad histórica de la España del siglo XX, que hoy, en pleno siglo XXI, resulta imposible de trasladarse al conjunto de la sociedad para su aprovechamiento y conocimiento. Esta paradoja corresponde a los intereses de quienes se lucraron con la guerra y la dictadura, y a sus firmes herederos. No es que se intente silenciar lo que ya sabemos y está plenamente confirmado sobre la Guerra Civil y el franquismo sino que además se presenta una tendencia historicista empeñada en blanquear el fascismo, relativizarlo y maquillarlo, cuando no mentir abiertamente y “vender” los supuestos éxitos que las políticas del caudillo dejaron para España y los españoles. Basta con leer un poco para conocer la verdad y la realidad de todos estos embustes, y profundizar un poco, a veces en las biografías de quienes vender estas mentiras, para derribar los intereses que hay por detrás.

Frente a la verdad histórica y el profesionalismo de las y los historiadores o de los propios profesores de Historia, se popularizan con mucha fuerza (es decir, con mucho dinero detrás) una versión del franquismo que obvia todo aquello que no les conviene: las cárceles, el exilio, la explotación cuando no esclavitud de las huestes trabajadoras, los genocidios de españoles a manos de españoles, la opresión, el miedo, las torturas, los “paseos”, las “sacas”, las condenas morales, el hambre, las atrocidades, los bombardeos indiscriminados sobre población civil (Gernika, Eibar, Benicarló, Alcoy, la desbandá, etc.,).

Y es que, pese a esta manipulación interesada de la Historia, la verdad es que con la guerra perdió España. Sobretodo su clase trabajadora que aspiraba a construir un país más moderno, más justo y por fin con capacidad en aquel momento de desembarazarse de los largos brazos del conservadurismo y la cerrazón clerical católica, y de la opresión de unas clases parasitarias, aristocrática y burguesa, para abrir un futuro donde la razón, la ciencia y el progreso entrarán con fuerza. Una generación irrepetible de intelectuales (científicos, literatos, filósofos, artistas) desapareció. Pero también una generación de trabajadores que empezaron a comprender las causas de su situación y a imaginar las soluciones para revertirla que pasaban por su toma de conciencia, primero individual y luego colectiva, de su situación, a la organización y la puesta en práctica.

Por ello el 18 de julio hay que recordar. Y hay que recordar a las víctimas. Esas víctimas que son incómodas para las derechas de este país (incluidas la extrema castellana, o madrileña, pero también la vasca o catalana). Esas víctimas que yacen en cunetas o exiliadas. A sus familias que permanecieron silenciadas durante la dictadura y la transición y sólo en los últimos años gracias al trabajo de historiadores y documentalistas alguien les ha escuchado y su relato no queda sepultado. Por ello las leyes de memoria son tan necesarias, imprescindibles. Como es un acto de justicia devolver la nacionalidad española a quienes tuvieron que exiliarse para preservar su vida. Una devolución que se hace a quienes abandonaron España a veces ni con una maleta, y que se hace, como natural, extensible a sus descendientes. Es la mejor manera de que la ignorancia y los intereses de quienes nos quieren hacer permanecer ignorantes no gane de nuevo. La manipulación de la Historia, la ocultación de la verdad y también la indiferencia hacia nuestro pasado no son inocuos. Buscan un objetivo que es que el autoritarismo, aunque sea distinto o disfrazado, se siga imponiendo. Explicar la Historia es la mejor forma de proteger la vida. La democracia y la justicia social se deben defender entendiendo la Historia, explicando por qué y cómo fue destruida en el pasado, quiénes lo provocaron, con qué fines, y cuáles fueron las consecuencias de todo aquello.

martes, 14 de julio de 2026

La Revolución Francesa de 1789


 Prise de la Bastille (1789), de Jean-Pierre Houël

 

La Revolución Francesa es el acontecimiento que originó el mundo tal y como lo conocemos, en buena parte, hoy. En 1789 lo que aconteció en la Francia absolutista de la dinastía borbónica de Luis XVI fue el final de la Edad Moderna y el inicio de la Edad Contemporánea. Se sentaron las bases de la democracia moderna como sistema político de representación común, bajo el principio de la soberanía popular. Fue el resultado de un siglo de profundos avances ideológicos y filosóficos, el Siglo de las Luces, donde pensadores como Voltaire, Rousseau o Montesquieu pusieron en cuestión los modelos sociales y políticos vigentes basados en el absolutismo como sistema político y el feudalismo como base económica, ya en abierta confrontación con un capitalismo cada vez más pujante.

Estos pensadores franceses bebieron de las fuentes inglesas en las reflexiones de Hobbes y Locke que un siglo antes, entre 1642 y 1688 durante la Revolución Inglesa, cambiaron la naturaleza de la monarquía británica hacia un régimen más liberal y garantista. También fue considerable la influencia que la Revolución Americana con la Independencia de las Trece colonias que acabaron configurando los Estados Unidos de América, que marcó profundamente a Francia, haciendo propios los valores del liberalismo, la separación de poderes y los conceptos de soberanía y propiedad.

Durante el período revolucionario se vivieron distintas fases en los que la organización política de Francia cambió radicalmente y de forma pendular. Del absolutismo real se pasó a la República, con períodos excepcionales como los de la Asamblea Nacional y Constituyente, la época del Terror, el directorio, la dictadura y el Imperio bajo mandato de Napoleón Bonaparte, para al final, a mediados del siglo XIX, sin cerrar totalmente el proceso revolucionario, adquirir un estatus de monarquía constitucional. En oposición, encontró la beligerancia de las potencias europeas temerosas por un lado de que la Revolución se contagiará entre sus súbditos, y por el otro, que el empuje militar y económico que estaba adquiriendo Francia cambiara el vulnerable tablero hegemónico europeo.

Entre las consecuencias sociales y económicas destaca la emancipación de la burguesía como sujeto político de pleno derecho, y con cuya capacidad económica, lo convertirá progresivamente en dominante. A nivel filosófico y cultural la Revolución Francesa de 1789 dejó un marchamo indeleble en los valores humanos (entendidos como los del hombre adulto, blanco y propietario) y supuso la puesta en práctica de los principios republicanos, entre los que se incluía la participación política y la activación revolucionaria si las condiciones injustas de la sociedad y de la coyuntura así lo exigen.

En palabras del gran historiador Eric Hobsbawn, la Revolución Francesa marcó el inicio del “largo siglo XIX” (hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914) un período de 125 años en los que los mapas a nivel mundial se reconfiguraron. Fue la época de las Revoluciones. De los paradigmáticos cambios en multitud de campos que condicionaron el mundo hasta nuestros días a todos los niveles: político, económico, social, cultural, tecnológico, etc.



Antecedentes: Crisis del Antiguo Régimen

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII comienzan a producirse cambios en oposición al modelo del Antiguo Régimen. Éste correspondía al estatus político propio del absolutismo monárquico basado en una centralización del poder hacia una única persona, el Rey, cuyo poder viene directamente del mismísimo Dios. Hacía abajo en forma piramidal se distribuye el poder entre el clero y fundamentalmente la nobleza, que por un lado se oponía a la cada vez mayor centralización del estado en el palacio real y por otra, defendía su estatus oponiéndose a la implantación de parlamentos o asambleas locales o regionales. En esencia, el Rey era dueño de los estados que gobernaba, pero limitado por un tenue sistema de contrapesos por la nobleza y el clero. Pero los tres estamentos mantenían un estatus quo de hegemonía sobre el Tercer Estado, el estamento popular y productivo de campesinos, jornaleros, artesanos, comerciantes, etc.

En las primeras décadas del siglo XVIII los crecientes costos de la corona y el estado absolutista van haciendo a los monarcas cada vez más dependientes económicamente de esas clases productoras, especialmente de la burguesía, que acceden al cuerpo de la nobleza a través de la compra de títulos, pero se seguirán sintiendo rechazados y sin el peso político que les corresponde y al que aspiran.

Al mismo tiempo y salidos desde la nobleza, varios pensadores denunciarán este estado de las cosas y plantearán alternativas hacía un sistema más representativo y justo. Filósofos como Montesquieu propondrá las doctrinas constitucionales y el principio de separación de poderes. Voltaire a través de su Diccionario comentará los principios de libertad y justicia y criticara a la sociedad estamental calificando a nobleza y clero como parásitos. Por su parte, Rousseau plasmó en El Contrato social los principios de la soberanía depositada en el pueblo cuya expresión será el gobierno ideal del Estado Republicano. Y los planteamientos contra la monarquía borbónica y a favor de la expropiación de los bienes del clero de Tayllerand. También destacaron los enciclopedistas Diderot y Dalamabert, y la influencia de los pensadores ingleses que articularon las ideas que llevaron a la Revolución Inglesa de 1688.

En aquella Revolución la figura del Rey perdió poderes en favor de un parlamento que pasó a controlar y decidir sobre la economía, tanto fiscal como presupuestaria, y la política exterior, en especial, los intereses de guerra e intercambios comerciales. Sin ser un sistema liberal o democrático facilitará mayor dosis de estabilidad y participación a la burguesía que podrá presentar al sistema bicameral a través del partido liberal en confrontación con uno conservador donde se alojarán predominantemente la nobleza (alta y baja).

La economía en Francia durante este período era de subsistencia y basada en una agricultura arcaica y de escasos rendimientos. La tierra estaba mal repartida, con un entre 80 y 90% del total de la población trabajan las propiedades (más de un 75% de la extensión del país) de un 8% de la población pertenecientes a la nobleza y el clero en régimen señorial. Este ecosistema económico provocará hambrunas, subidas de precios, escasez, epidemias y en definitiva, unas mortalidades altas, en las ciudades, y sobretodo en el campo, que será uno de los factores que empujará a un notable éxodo rural de población que abandonará el mundo rural y se instalará en las ciudades.

 

 

París antes de la revolución: Place Maubert, grabado de Étienne Jeaurat, 1753 (Rijksmuseum, Amsterdam).

 

Antes de este éxodo se habrá producido una Revolución agrícola, sobretodo en las provincias unidas holandesas y en Inglaterra, que poco a poco irá penetrando en Francia. Se mejorará la producción a partir de innovaciones técnicas en cultivos, que llevará a una liberalización de mano de obra en el campo que primeramente completará su manutención a través de trabajos artesanales (en especial los elaborados por mujeres). Con el tiempo y la re-inversión de excedentes en las producciones más personal dejará las explotaciones, y ante los episodios de malas cosechas y conflictos, emigrarán a las ciudades donde pasarán a formar parte de las manufacturas industriales, ya trasladadas del campo a la ciudad, donde entrarán en conflicto con las asociaciones gremiales artesanales pre-industriales. Esta situación que hará que crezca la demanda de productos industriales facilitará que aparezcan ricos empresarios y comerciantes que pasarán a dominar los gremios, imponiendo sus condiciones y el precio final de los productos, a través de una innovación económica del momento: la Ley de la oferta y la demanda.

Además, su posición se verá beneficiada por los rápidos incrementos que el comercio internacional con las colonias traerá. Si el comercio interno estaba muy limitado por la dificultad de transitar por caminos descuidados, llenos de asaltantes, con sistemas de pesos y medidas divergentes, aduanas y medidas proteccionistas, el comercio marítimo no tendrá limitaciones y el intercambio de productos agrícolas baratos producidos en las plantaciones esclavistas, serán transformados en los talleres pre-industriales y ya industriales de las ciudades europeas, para viajar de nuevo a las colonias como productos acabados donde serán consumidos por las nuevas clases medias de las ciudades, tanto en América como en Europa.

Esto generó dos realidades sociales nuevas dentro de la sociedad del Antiguo Régimen: Por un lado, una clase alta económica, formada por comerciantes y empresarios, por todo el personal que necesitaban cerca (abogados, funcionarios, etc.) y por otras profesiones liberales (médicos, maestros). Y por el otro, una clase baja desposeída, muy numerosa y explotada tanto en el campo por los antiguos señores, y los que han marchado, en las ciudades por los nuevos empresarios. A ellos se sumaba la nobleza y el clero que cada vez tenían más problemas para cobrar los señoríos.

Este estado chocaba con la sociedad estamental. Nobleza y clero correspondían a un 8% de la población. Eran muy ricos y estaban privilegiados políticamente (no pagaban impuestos, exenciones judiciales, etc.). El pueblo era el resto de la población, la parte mayoritaria. Pocos derechos y muchos deberes, empezando por llevar la carga fiscal de la corona. De este tercer estado surge la burguesía, a distintas escalas, que compra títulos para ascender al grupo privilegiado, pero aún así es rechazada. En conjunto se compone una sociedad marcada por la desigualdad económica y política.

Esta situación es analizada por La Ilustración. La razón discurre sobre todo. Sobre la religión (“dios no existe”, ateísmo o “dios existe pero se desentiende por lo que no es merecedor de culto”, deísmo). Considera al hombre como el único ser dotado de razón y cuyo deber es la búsqueda de la felicidad, que a de hacerse a través de la buena educación, el trabajo, la riqueza y un progreso indefinido. Esto choca con la sociedad estamental de grupos cerrados por lo que los ilustrados plantearán su desaparición por una sociedad de clases, donde cada uno busque personalmente su honor y su felicidad, y donde la libertad y la igualdad se rijan bajo un régimen de propiedad. Ante ello la solución política es acabar con el despotismo ilustrado.



Desarrollo Histórico de la Revolución Francesa de 1789

En Francia gobierna Luis XVI en el trono desde 1774, monarca absolutista pero de carácter débil, manejado por sus validos, y en especial, por su esposa, la “austriaca” María Antonieta que no es querida por el pueblo y a la que ven confabulando desde palacio en favor del Imperio Austro-húngaro. Mientras las fiestas en palacio son carísimas y frecuentes, comentadas por París y toda Francia, el país se enfrenta a una notable crisis económica debida por un lado a varias crisis agrícolas motivadas por años de sequías e inundaciones terribles en 1788; y por el otro, por la errática política internacional de la corona con derrotas militares y diplomáticas en aventuras con escaso retorno.

Además, Luis XVI tiene que conjugar otros problemas como la difusión de las ideas ilustradas (Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Tayllerand, etc.,) y las peticiones para una separación de poderes, mayor libertad e igualdad, seguridad y felicidad. Existe un cuestionamiento del modelo social estamental, de los privilegios de la corona y de la nobleza y el clero. Los problemas económicos también afectan a la burguesía recién constituida, que se había hecho rica durante la prosperidad entre 1730 y 1770, pero que ni había obtenido acceso al poder político y decisorio, seguía asumiendo el grueso de la carga fiscal y tenía tremendas dificultades por las malas cosechas, el encarecimiento de los productos, tanto de materias primas, como manipuladas, y de una crisis económica generalizada, que provocaba que pasasen hambre tanto los campesinos como los propios nobles y el bajo clero rural.

Se suma el escaso retorno de los préstamos que Francia dio a las colonias americanas en su lucha por la independencia para derrotar a Inglaterra, el gran enemigo en Europa de la corona. A cambio no puede exportar a las colonias porque se encuentran en situación de guerra, con lo que los gastos han subido, y los ingresos bajado. Acontece una crisis ganadera con varias pestes en el ganado ovino. Aumentan los precios del trigo y el resto de cereales debido a varias sequías, lo que afecta directamente a las clases populares, al Tercer Estado (Lefebvre 1960: 24).

Todo esto provoca un creciente y profundo malestar social, dentro de un modelo estamental rígido, de privilegiados y no privilegiados, donde en medio se situá una burguesía rica, pero sin acceso al poder. Es más, es constantemente marginada y rechazada por la nobleza y el clero, también descontentos porque están bajando sus réditos y señoríos por la carestía del pueblo, que directamente pasa hambre.

A nivel político, el Rey absolutista por encima de los Estados Generales. Toma decisiones que profundizan las divisiones sociales como la venta de títulos y cargos públicos a la burguesía en detrimento de los nobles, al tiempo que exige más tributos a esa burguesía, la única en condiciones de pagar por las excepciones fiscales de la nobleza y el clero y las carestías del pueblo llano.

Esta situación lleva al planteamiento de una Reforma fiscal que repartiera las cargas impositivas y aumentará los recursos de la corona. El ministro Necken es el encargado de plantearla y emplearla: Cada uno pagará o aportará según su riqueza y no de acuerdo a los estamentos. Esto provoca el rechazo de los nobles que convocan una Asamblea de Notables negándose a cualquier reforma que implicase la pérdida de sus privilegios, exigiendo el cese de Necken y la convocatoria al Rey de los Estados Generales. En ellos se reúnen representantes de la nobleza, el clero y el estado llano, por lo que se habilitan un proceso de elección entre los distintos estamentos, así como unos “cahiers des doléances” (cuadernos de quejas) donde cada grupo recogerá sus propias reivindicaciones (Price 2016: 119).

 

 

Caricatura de 1789 que denuncia la opresión que padece el Tercer Estado por parte de los dos órdenes privilegiados, clero y nobleza. La piedra que aplasta al Tercer Estado y sobre la que están de pie el clero y la nobleza lleva la inscripción: «Taille, impôts et corvées» ('tallas, impuestos y corveas'). El pie de la imagen dice: «Le Temps passé les plus utiles étoient foulés aux pieds» ('En el pasado, las cosas más útiles eran pisoteadas') (fuente: Wikipedia Commons).

 

En esencia en mayo de 1789, cuando se reunieron los Estados Generales, no se pensaba en una “revolución” como ruptura política radical con el pasado, ni nadie había previsto la serie de acontecimientos que llevarían a julio de 1789, cuando con la entrada masiva en escena de las sublevaciones urbanas y rurales -de carácter fundamentalmente económico y social en un principio- transformaron totalmente el panorama político y el carácter del conflicto entre la nobleza y el Tercer Estado (Castells, Tafalla 2011: p. 27).

Los Estados Generales son por lo tanto, convocados por el Rey por primera vez desde 1614. Ante la asamblea el Tercer Estado presenta numerosos participantes con la voluntad de plantear en primer lugar la decisión sobre si se vota por estamentos, es decir, cada grupo un voto, o por individuos. Evidentemente esto provoca el enfrentamiento entre la nobleza, el clero y el Rey frente al Estado llano, que es apoyado por una figura clave en todo el proceso revolucionario: el ábate Sieyès. Sieyès clama a través de su panfleto “¿Qué es el Tercer Estado?” que “el pueblo tiene que participar porque es la mayoría de Francia” (Price 2016: 121).

«Nada puede funcionar fuera del Tercer Estado; todo iría infinitamente mejor si no existiesen los demás órdenes», y «¿qué es lo que ha sido hasta ahora en el terreno político?», se preguntaba: «nada, pero su demanda es ser alguien».

Aparentemente, el Rey se muestra a favor y en desacuerdo con los grupos privilegiados, pero en realidad maniobra para que nada cambie. Cesa a Necken lo que provocó el hastío del Tercer Estado (Lefebvre 1960: 38).

Esto lleva a una situación de bloqueo que se saldó con el abandono del Tercer Estado de los Estados Generales. Los oradores del Tercer Estado como Desmoulins o Dantón llamaban a la acción y a la resistencia. En ese momento los representantes del pueblo se convierten en Asamblea Nacional, como depositarios de la soberanía y jurarán no separarse hasta dar a Francia una Constitución (Juramento del Juego de pelota, del 20 de junio de 1789).

 

 

El Juramento del Juego de Pelota ("Le Serment du Jeu de paume") de Jean-Louis David (fuente: Wikipedia Commons).

 

La Nobleza, el clero y el Rey no aceptan la situación y se confabulan para el decreto real que saca las tropas a la calle, lo que lleva a enfrentamientos entre el ejército y el pueblo llano. El día 13 de julio París fue ganada por los insurrectos, mientras que los soldados se negaban a seguir las órdenes de sus jefes. Esta tensión crecerá hasta el momento culminante de la Toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, desde entonces Fiesta Nacional Francesa. La Toma de la Bastilla se convertirá en el símbolo de la Revolución, pero en realidad, no tuvo ningún tipo de preparación revolucionaria y se debió más bien a la respuesta espontánea ante la actitud del comandante del fuerte, el marqués de Launay, quien no sólo se negaba el acceso a los revolucionarios que llegaban armados desde las Tullerías, sino que además, ordenó la carga y el disparo contra la muchedumbre (Castells, Tafalla 2011: p. 34).

La Revolución se extiende por París y después por toda Francia. Ayuntamientos por buena parte de la nación declaran que solo reconocerán la autoridad de la Asamblea Nacional y no la del Rey. Los campesinos dejan de pagar derechos señoriales y se producen no pocos asaltos a castillos y guarniciones nobiliarias. La Asamblea Nacional, en ese contexto, emite su primer decreto el 26 de agosto en el que aboga por la igualdad de todos los hombres en la Declaración de los derechos del Hombre y del ciudadano, claramente inspirada en los escritos de Rousseau (Castells, Tafalla 2011: p. 38).

 

Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano (fuente: Wikipedia Commons)

 

Esto convierte a la Revolución en un acto legal, primero como crítica al Antiguo Régimen, después como denuncia por los escasos avances para revertir una situación demandada por el pueblo que pedía libertad, igualdad y una transición de la soberanía nacional para que residiera en el mismo pueblo.

Evidentemente, el Rey no acepta las leyes emitidas por la Asamblea Nacional y se niega a firmarlas. Solo lo hace, cuando muchedumbres se manifiestan delante de Versalles (y también en varias ciudades más), denuncian su boicot y su traición a la nación, al descubrirse sus movimientos de auxilio a otras naciones absolutistas, por lo demás, rivales de Francia.

 

Grabado anónimo que representa la marcha de las mujeres a Versalles en octubre de 1789, en el que aparece Theroigne de Méricourt montada en un caballo blanco (foto: Wikimedia Commons)

 

Se obliga al Rey a firmar los decretos y la familia real es trasladada en arresto de Versalles a París. Trascendente en esto es la marcha espontánea de las mujeres parísinas, lavanderas, panaderas, tejedoras que se alzaron y forzaron la situación a través de la protesta y la acción directa.

La fase final de la revolución política-jurídica ocupa los meses de septiembre-octubre de 1789, y la cuestión central que la caracteriza fue la aparición de fracturas político-sociales. Una vez afirmados los principios fundamentales, empezó la discusión del contenido concreto que se le iba a dar a la construcción del nuevo Estado. Los debates fundamentales se iniciaron ya a finales de agosto, en torno a la organización de poderes, es decir, por un lado, si había que optar por el bicameralismo o mantener un solo cuerpo legislativo, y por otro, en qué medida el rey podía oponerse a la promulgación de una ley mediante el veto real. Para evitar el desorden y la confusión que se produjo sobre estas dos cuestiones, se decidió que la Asamblea se dividiera entre los partidarios del veto absoluto y una Constitución con dos Cámaras, los cuales se colocarían a la derecha del presidente, mientras que los adversarios formarían la izquierda de la Asamblea. Fue esta división de topografía parlamentaria la que ha llevado tradicionalmente a fijar en torno a esta discusión el origen de las modernas denominaciones de “derecha” e “izquierda” aunque tales asignaciones apenas se usaban en 1789, al no haber una presencia activa de la prensa y de los clubes hasta 1790-1791, pero ha quedado para la posteridad como referencias simbólicas de la ideología y la praxis política (Castells, Tafalla 2011: p. 39).

Se genera de este modo un sistema de liberalismo moderado que se ratificará en la Constitución de 1791. Ahí se acepta la monarquía limitada, la división de poderes, pero todavía de manera parcial e injusta, que vendrá impuesto un sufragio censitario, que excluye a la abrumadora mayoría de la población de desposeídos. Pero la burguesía habrá conseguido su objetivo, el acceso al poder, ahora compartido con la nobleza, en especial la alta y la ligada a las capitales provinciales y departamentales más importantes, y también al alto clero. El Rey jura la Constitución y hace efectiva, por tanto, la toma del poder por parte de la burguesía.

Las reformas institucionales en el terreno económico-social que realizó la Constituyente, estuvieron condicionadas no sólo por los estrictos intereses materiales de la mayoría de los diputados, sino por el día a día de los acontecimientos, aunque siguieron el hilo conductor de algunos principios generales, unos comunes y otros contrapuestos, lo que explica el que no dejaran un sistema coherente de pensamiento económico. Se preocuparon fundamentalmente de la Francia urbana, aboliendo los privilegios y los gremios y estableciendo la libertad de empresa, la libre producción (ley d’Allarde de marzo de 1791, completada con la ley Le Chapelier del 14 de junio de 1791), la unificación del mercado nacional y un sistema unitario de pesos y medidas. Fueron las luchas sociales las que marcaron una dirección contradictoria en la política económica de los constituyentes oponiéndose dos concreciones distintas de los derechos proclamados en la Declaración de 1789: una, que defendía a ultranza el liberalismo económico, y otra, que reivindicaba que éste debía estar subordinado a las necesidades políticas y a garantizar el derecho fundamental de las personas, como era el derecho a la existencia, que exigía la tasación de granos y de los productos básicos, lo que hizo difícil, antes incluso del verano de 1792, el mantenimiento total del libre comercio (Castells, Tafalla 2011: p. 62).

Entre las primeras medidas que la Asamblea Nacional tomó, estuvo la nacionalización de los bienes del Clero, lo que llevó a un conflicto con el Papado, que confabulará con el propio Rey de Francia para intentar acabar con la Constitución y volver al Antiguo Régimen. Sin embargo, es descubierto el complot y su participación en la contrarrevolución y en las guerras civil e internacional que intentaban deponer el asalto revolucionario, y el Rey es interceptado en su huida y depuesto de sus funciones, por lo que se abre un período de Asamblea Legislativa (1791-1792), que formalmente funcionará como una República de carácter liberal.

Esta Asamblea se formará a través del sufragio censitario validado en la Constitución de septiembre de 1791, en el que solo podrán participar hombres propietarios, que pertenecían o bien al clero, a la nobleza o a la burguesía, por lo que era inviable acuerdos que permitiesen gobernar. A las elecciones se presentaron “partidos políticos”, todavía no formados en el término contemporáneo, sino más bien como “clubs” o “charlas” que aglutinaban a figuras con las mismas inquietudes o intereses. El resultado fue una asamblea fragmentada entre moderados o no revolucionarios (y dentro de este grupo a partes iguales, ultrarrealistas partidarios del Antiguo Régimen y moderados a favor de la Monarquía Constitucional) y los revolucionarios, con tres grupos en discusión: Girondinos, de la Gironda (zona vinícola por autonomasía abierta al comercio exterior a través del rio navegable Garona y su salida al Atĺántico, y con una propiedad de la tierra basada en latifundios donde los burgueses han pasado también a controlar la propiedad de la tierra, como de la producción), muy ligados a los moderados y que plantean reformas sociales que benefician a la alta burguesía; Jacobinos, por sus reuniones en la Iglesia de San Jacob, que anhelan la República aunque aceptan en primer término una Monarquía Constitucional con un sufragio censitario muy ampliado; y los Cordeliers, más radicales a favor de un sufragio universal y el establecimiento de una república de la Igualdad.

Si bien, los acuerdos son muy costosos, la Asamblea Nacional consigue gobernar aunque no sin problemas: La Europa absolutista no acepta la Revolución. El Imperio Austro-Húngaro y Prusia declaran la guerra contra Francia que recibe el apoyo del propio Rey Luis y sus partidarios. El gobierno forma un nuevo ejército del pueblo, declara “la patria en peligro”, recurriendo a la colaboración de todos los franceses, a lo que se opone el Rey que es acusado de traición, depuesto y encarcelado, junto a toda la familia real.

Se celebran nuevas elecciones en este contexto bélico y de cese del Rey de la que saldrá una convención mucho más radical que proclama la República (1792-1794). Se establece el calendario republicano, cuya fecha 1 es el 22 de septiembre de 1792, equinocio de otoño, y se establecen los meses por estaciones y labores agrícoals.

Primero, gobiernan los girondinos, que aunque llevan a cabo el juicio y condena del Rey por traición son considerados muy moderados. Son sustituidos por un gobierno Jacobino radical, liderado por Maximilien Robespierre, quien se hace célebre proclamando la igualdad entre ciudadanos y los derechos de participación política y pensamiento. Se establece la “Época del Terror”, con Robespierre de Ministro de Sanidad Pública, esto es de depurador de las conductas contrarrevolucionarias y antipatrióticas, cuya imagen es el cadalso y la guillotina ajusticiando a todos los nobles que se opusieron a la Revolución. Incluido el Rey y la familia real al completo (Lefebvre 1960: 104). 

 

Hinrichtung Ludwig des XVI, la Ejecución de Luis XVI de Georg Heinrich Sieveking (fuente: Wikipedia Commons)

 

Pronto los jacobinos son discutidos por excesivos, incapaces de paliar una nueva crisis de malos rendimientos agrícolas y el boicot al comercio de productos franceses, y son depuestos de sus funciones y Robespierre ejecutado. Con ellos cae el modelo republicano, y en cambio, se establece una “nueva” Constitución en 1795, moderada, con un sufragio censitario muy estricto y que establece una dirección nacional excepcional por la crisis en forma de directorio, con cinco directores y 6 ministros, de los que forman parte entre otros, Napoleón Bonaparte y sobretodo Sieyès, quien ha venido siendo importante en todo el proceso revolucionario. Fundamentalmente en este período de Convención (septiembre de 1792-septiembre de 1795) donde Sieyès supo navegar entre posicionamientos radicales y otros más conservadores y pragmáticos. Esta Constitución mantiene los valores revolucionarios, pero conformando un gobierno “fuerte” que pudiera responder ante los retos que Francia atravesaba en aquel momento.

Sin embargo, este directorio tendrá sus propias dificultades, primero por la oposición de los ultrarrealistas, pero también de los jacobinos que cuentan con el apoyo popular. Se producen varios episodios de sublevaciones tanto en París como en provincias que son aplacadas con fuerza por el ejército, mucho más organizado y profesional tras la experiencia de la guerra internacional. Esta guerra no había acabado, pero basculaba a favor de Francia y de su dominio militar donde la figura de Napoleón empieza a hacerse un notable nombre. Esto hizo que Inglaterra, muy interesada a nivel económico de devolver a Europa y al Océano Atlántico a un escenario de paz y calma que favoreciese los negocios, comenzará a plantear coaliciones que primero consiguieran aplacar a Francia, y después, ya abiertamente tratados de paz.

 

La Bataille du Pont d'Arcole. De Horace Vernet. Napoleón liderando a sus tropas en la Batalla del puente de Arcole. (fuente: Wikipedia Commons).

 

Ante esta situación de ataques exteriores y dificultades internas, con una galopante crisis económica en la base agraria de la economía, el directorio fue ganando cada vez mayor independencia y autoridad frente a la Asamblea Nacional. Se llevó a cabo una concentración de poder, buscando decisiones más rápidas y mejores. En 1794, un primer Golpe de Estado, establece un consulado que atesora todo el poder, con 3 cónsules, uno de ellos, Sieyès, pero con un primer cónsul en la figura de Napoleón que domina la fuerza militar. En 1799, un nuevo Golpe de Estado, el del 18 de brumario (9 de noviembre de 1799) organizado por Napoleón, sus hermanos y correligionarios que proclama una nueva Constitución (VIII en el Calendario Republicano) que garantiza la Dictadura, acaba con el Directorio, y coloca a la figura de Napoleón (toda vez que el favorito para liderar el nuevo sistema, el general Joubert había fallecido en el campo de batalla), quien acabará con las guerras internacionales como máximo dirigente. Fue un golpe interno, promovido por sus propios líderes valiéndose del poco apoyo que el pueblo tenía a la promoción del estado revolucionario, ya que después de 10 años no veían una mejora considerable en sus condiciones. Una vez más, la figura de Sieyès fue decisiva. Quien había clamado por la participación del pueblo y quien había modificado su praxis al calor de los acontecimientos y sus intereses personales, una vez más giraba el sentido político de Francia. A él correspondió aplicar la divisa pos-termidoriana de que "la política es una ciencia, una técnica de poder desprovista de los principios abstractos de las Declaraciones de Derechos revolucionarias". Su objetivo era conseguir una estructura política autoritaria, con un poder ejecutivo centralizado, fuerte y estable. Pero para cambiar la Constitución había que recurrir al golpe de estado, al Ejército y buscar un general seguro (Castells, Tafalla 2011: p. 148).

En 1802, un nuevo Golpe de Estado favorece el nombramiento de Napoleón como cónsul vitalicio (Constitución del Año X), estableciendo de facto una monarquía de derecho divino, en la figura del general corso, quien ya en 1804, se erige en emperador ante el Papa, sacralizando nuevamente, la unión entre el estado francés y el papado.



Consecuencias

Formalmente la Revolución Francesa duró desde 1789 hasta 1799, momento en el que la nueva Constitución proclamada suprimía las libertades y derechos ciudadanos (no incluía la declaración de derechos) y la supresión de la división de poderes. La Revolución Francesa de 1789 es sin duda, uno de los acontecimientos históricos más trascendentales, puesto que marcó un punto de inflexión, un nuevo paradigma. No sólo se transformó la estructura social y política de un país, Francia; sino que influyó de manera decisiva en todo el mundo, abriendo un período donde los ideales de la libertad, igualdad y la fraternidad podían desafiar y modificar el orden establecido.

La primera consecuencia y más directa es que la Revolución Francesa terminó con el Antiguo Régimen. El sistema político basado en la monarquía absolutista, la sociedad estamental rígida de una minoría de privilegiados y una mayoría aplastante de no privilegiados y la economía de base agraria regida por los señoríos se terminó con la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789. A cambio, se configuró un sistema que aspiraba a abolir los privilegios de cuna y que tuvo en la proclamación de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, las bases jurídicas y políticas para garantizar la igualdad ante la ley, la soberanía popular y la protección de los derechos individuales, muy especialmente el de la propiedad.

La interpretación de la Revolución Francesa a partir de su resultado, es decir a partir del triunfo de la burguesía sobre el resto de clases en liza, dificulta la compresión de un fenómeno tan complejo como la participación de las clases populares urbanas en la revolución. Sin la participación del “pequeño pueblo” (menu peuple) de París, Marsella o Lyon, la Revolución no hubiera sido posible. Las grandes jornadas protagonizadas por el pueblo de Paris y las grandes jacqueries marcaron y condicionaron decisivamente el desarrollo del proceso.

Sin embargo, el movimiento revolucionario no enraizó en toda Francia por igual. Si bien París, la cuenca del Sena y sus alrededores, el Norte incluida Normandía, la cuenca del Garona entre Toulouse y Bourges y el eje Norte-Sur en torno al Ródano (Cote d'Or, Lyonesado, hasta el litorial medierráneo y la provenza oriental), vivieron episodios significativos y decisivos en la historia revolucionaria que marcaron su carácter y dinamismo económico y social, otras partes de Francia no vieron con simpatía la revolución. Las zonas rurales de interior en torno al Macizo Central, la Alta Saboya y otras zonas montañosas del Jura en el Nordeste, así como la zona intra-alpina (Castells, Tafalla 2011: p. 167). Y de manera muy señalada la Bretaña que salió del proceso revolucionario con una posición ultra conservadora que no existía en 1789, debido en parte a un fuerte sentimiento regional ligado a su propia especificidad, y al haberse sentido perjudicados por el alzamiento revolucionario que no mejoró la vida ni para las clases privilegiadas, ni tampoco al pueblo llano (Castells, Tafalla 2011: p. 131). Estas difrencias en torno al sentimiento revolucionario todavía son vigentes hoy si se recorre Francia.

Tratar de entender la presencia y la actividad del llamado movimiento popular-urbano significa dirigir la mirada hacia un mundo complejo en el que se mezclaban una multiplicidad de grupos sociales cuyo denominador común consistía en no ser miembros de las clases acomodadas y vivir en la ciudad. Estos grupos sociales se hicieron progresivamente autónomos con respecto a la burguesía y de sus valores y objetivos. Este autonomía se basaba tanto en sus concepciones igualitarias, como en unos intereses sociales diferentes, y en los métodos de lucha, de debate y organización practicados. Se forjó a partir de su propia experiencia y del desarrollo del proceso revolucionario (Castells, Tafalla 2011: p. 74).

Para que todo este conjunto abigarrado y con intereses a veces contrapuestos diera lugar a un poderoso movimiento fue necesario un proceso moderadamente largo. De su experiencia y participación en los años de la revolución surgió un cierto sentimiento de pertenencia a un colectivo con identidad propia: el pueblo. Esta identidad recibió un nombre propio: los sans-culottes (los “sin calzones”, en referencia a la prenda de ropa que definía a los sectores ricos aristocráticos: los culottes). Esta expresión connotaba inicialmente el desprecio de la prensa aristocrática hacia el pueblo. Como suele suceder en estos casos, y a partir del 20 de agosto de 1789, el pueblo adoptó con orgullo este apelativo (Castells, Tafalla 2011: p. 75).

Uno de los principios del republicanismo de derecho natural consiste en la idea de que toda ley que no haya sido sancionada por el pueblo supone una usurpación de la soberanía popular, tiene un carácter tiránico y el pueblo tiene el derecho e incluso el deber de la insurrección ante cualquier acto de tiranía de este tipo. Desde 1789, la democracia popular parisina hizo uso repetidas veces de este derecho de insurrección hasta que fue derrotada en 1795: fueron las grandes jornadas revolucionarias (Castells, Tafalla 2011: p. 80).

Una segunda consecuencia fue el cambio radical en el ecosistema social. Se eliminó de facto, hasta con el paso del tiempo convertirla en intrascendente por si y residual, a la nobleza y el clero como clases privilegiadas y dopadas de poder político. La secularización de la sociedad y de la economía también garantizaron una mayor movilidad social, a través del trabajo, y fundamentalmente de los negocios, y la consolidación de ciudadanos libres e iguales en derechos y deberes. Evidentemente, este proceso tuvo fuertes resistencias y llevo a excesos y conflictos, pero sin duda, la experiencia revolucionaria ya había abierto la puerta a la participación política del grueso de la ciudadanía, y a que ésta, progresivamente, fuera añadiendo más capas de responsabilidad y peso, así como que distintos grupos y colectivos se fueran sumando hasta nuestros días.

No quiero olvidarme en este punto en la trascendencia que la Revolución Francesa tuvo para dos colectivos concretos:

A través, de la experiencia revolucionaria los valores republicanos calaron de manera fuerte en la población que vivía bajo el régimen de la esclavitud. No fueron pocos los patronos (incluidos ilustrados y algún asambleario) que fundamentalmente en Francia fueron contestados por su lucro con la esclavitud, que pese a todo fue alentada hasta por el propio Napoleón. Faltarían varias décadas hasta su prohibición definitiva. Pero sobretodo, cundió en Haití, que era colonia francesa en el Caribe, y donde la revolución, alentada en buena parte por los recién creados Estados Unidos, pero sin duda, inspirada en los valores revolucionarios, terminó con la victoria de los esclavos que constituyeron hacia 1804 su propia nación, la primera “república negra”.

También es preciso y de alabar los estudios que trabajan el legado y la situación de la mujer durante la Revolución Francesa. Numerosas mujeres participaron en los “cuadernos de quejas”, los cahiers des doléances, denunciando su situación de desposesión y sometimiento. Muchas anónimas participaron en la propia revolución, a veces empuñando armas y empujando contra la fuerza militar del Antiguo Régimen. Su empeño acabó en un hito fundacional del feminismo: A finales de 1791 Olympe de Gouges redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, donde más allá de incluir la acepción “ciudadana” en la misma consideración que la vertiente masculina, puso las bases para la consideración de la mujer como un agente político y social propio, con voz, ideas y acción que le pertenecen intrínsicamente. Lamentablemente, vivieron en primera persona la propia opresión masculina, tanto de revolucionarios como contrarrevolucionarios, y hacia 1795 fueron derogados los derechos de las mujeres a la participación política. La propia Olympe de Gouges fue encarcelada, vilipendiada por compañeros y finalmente ejecutada en noviembre de 1793 (Castells, Tafalla 2011: p. 87).

 

 

Olympe de Gouges camino de la guillotina, el 3 de noviembre de 1793 (imagen: Wikimedia Commons).

 

En cuanto al contexto histórico siguiente al período revolucionario es trascendental comprender cómo lo acontecido en Francia, inspiró y cambió los ideales políticos y sociales en Europa y también en América Latina, durante el siglo XIX, pero también ya en el XX en los procesos de descolonización de África y Asia (de no pocas posesiones francesas, por cierto). La difusión de los principios republicanos, el rechazo a la tiranía y a la injusticia y la proliferación de los valores ciudadanos e individuales, motivaron los procesos de emancipación e independencia de numerosas sociedades. El impacto cultural y el corpus filosófico generado en torno a la Revolución, promovió una nueva conciencia ciudadana basada en la dignidad y la libertad, principios que sustentan los derechos civiles y sociales desde entonces y hasta hoy en día.

Sin duda, también existieron contrapartes, como el exceso de violencia y los abusos de poder que pusieron en debate los acontecimientos de la revolución y los límites de la libertad y la justicia. El Terror (muy distinto a la violencia popular revolucionaria) fue un acontecimiento histórico único que hay que situar en un momento concreto del transcurso de la Revolución, aunque es difícil dar una fecha precisa del mismo, ya que la Convención nunca adoptó un “sistema de Terror” como régimen político. El Terror no fue sistemático, ni tampoco un proyecto preconcebido y programado, sino una respuesta pragmática a la crisis multiforme por la que atravesó la República desde la primavera de 1793 hasta el verano de 1794, cuando, ante la ineficiencia de los medios habituales de intervención política, la cultura de la urgencia sugirió el empleo del "Terror", una forma de gobernar propia que se llevó a cabo sin tomar conciencia de las trágicas consecuencias que tendría (Castells, Tafalla 2011: p. 117).

Por último, no puede obviarse el hecho de que la revolución, y desde entonces todo proceso revolucionario, parece abocado a sucumbir ante una reacción de las élites que se han visto depuestas o de las que se han aupado a través de la misma práctica revolucionaria y subversiva. Que a la Revolución Francesa le siguiera inmediatamente la Dictadura y el Imperio Napoleónico, y que después, se iniciará un proceso de Restauración en toda Europa que buscó eliminar los avances filosóficos, políticos y sociales para volver a un régimen absolutista y desigual, debería hacernos reflexionar sobre cómo el autoritarismo se transforma y moldea para continuar oprimiendo a seres humanos, desafiando el progreso lineal de la historia.

En definitiva, la Revolución Francesa de 1789 supuso una transformación profunda que modificó el orden establecido desde todos los puntos de vista: político, económico, social, cultural y filosófico. Fue el hito que ayudó a configurar el mundo contemporáneo, abriendo un paradigma político y ético de participación cívica y colectiva. Sin duda un acontecimiento imprescindible en la Historia de la Humanidad.



BIBLIOGRAFÍA

CASTELLS, Irene; TAFALLA, Joan (2011). Atlas Histórico de la Revolución Francesa (1789-1799). Madrid. Editorial Síntesis.

LEFEBVRE, George (1960). Revolución Francesa y el Imperio (1787-1815). Del original en francés Histoire de la France pour tous les Français (1938). Editado en castellano en 1960 por Fondo de Cultura. Trad. María Teresa Silva de Salazar. 

PRICE, Roger (2016). “4 .Revolución e Imperio”. En Historia de Francia. Madrid. Ed. Akal. Trad. 1ª edición Beatriz Mariño. Pp: 116-186.


La Revolución Francesa de 1789

 Prise de la Bastille (1789), de Jean-Pierre Houël   La Revolución Francesa es el acontecimiento que originó el mundo tal y como lo c...