Mostrando entradas con la etiqueta medios de comunicación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta medios de comunicación. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de octubre de 2026

La vivienda marca los tiempos

 Imagen de la acampada en Sol. fuente: diario Público.es

 

Desde 2015 las derechas extremas en España -y en Europa, y en el mundo-, están consiguiendo imponer su relato centrándose en lo identitario frente a lo material. La inmigración, la seguridad, las fronteras, la delincuencia, lo tradicional, el género, las decisiones individuales en torno a la identidad de género han sido los temas que se han impuesto en el debate público, partiendo de la élite mediática y partidista y llegando a la calle y a la percepción de preocupación de la ciudadanía. Lo material quedó relegado.

No era preciso que la realidad sustentará los bulos y mentiras en torno a las cuestiones identitarias; lo prioritario era hacer ruido, mucho ruido, y que no quede tiempo ni espacio para tratar los temas que afectan a la vida diaria y física de las personas, las familias y los colectivos. El auge fascista y la violencia política orgullosa y activa como hacía 40 años que no lo estaba (antes seguía presente pero invisibilizada), han hecho el resto. La lucha de clases seguía y sigue vigente para todos, pero eran las élites las únicas conscientes de su importancia y la parte más activa para imponer sobre quiénes, qué, cuándo y cómo se ejecuta.

El mundo del trabajo, en un proceso inacabable de precarización para devolverlo a la esclavitud con una patina pos-moderna, ultra tecnificada y tecnológica. Los servicios sociales, la educación y la sanidad públicas abiertas de par en par al negocio privado mientras se deterioran y destruyen cientos de miles de empleos de calidad en estos sectores, y los ciudadanos, ven como los elementos que hacen más país, y más democracia, desaparecen en la lógica artificial del capitalismo de beneficios y costes. Ni siquiera eventos históricos como la pandemia de covid-19 o el cambio climático que aceleran y propician emergencias vitales cada vez más extremas se tienen en consideración desde los medios de difusión del sistema. Se discute y ridiculizan hasta las más elementales cuestiones, porque lo importante es quitar el barniz de consenso a la ciencia y no pasar a debatir quién tiene que pagar los costos del descalabro climático: los pobres del mundo o la élite.

Y por supuesto, la vivienda, a la que ya dediqué unas entradas a principio del año dada su trascendental importancia, y que desde 1998 vive una burbuja perenne de escalada de precios irracional y homicida, de la que la crisis, perdón estafa inmobiliaria de 2007, ni siquiera sirvió para controlar los precios y menos para discutir una doctrina económica convertida en dogma que sustenta la avaricia y la podredumbre moral de los miserables. El neoliberalismo reúne en su ser todas las tropelías sociales y morales de todos estos años, y hasta que no se destierre por su criminal voluntad y su estupidez económica probada, no se podrá volver a dotar al mundo de justicia social. Un problema enquistado que germina en forma de rupturas intergeneracionales, proyectos vitales inacabados, a veces ni siquiera iniciados, y en definitiva, un malestar larvado que necesita ser resuelto. Y tiene que hacerlo, forzosamente, a través del empoderamiento y la toma de conciencia para transformar la opresión en una lucha generacional.

Pero volviendo a la vivienda, en el todo el mundo, y particularmente en España se trata del tema que iba a determinar el sentido político del gobierno y del ruido mediático y político. El desahucio de Mari Carmen el pasado miércoles 23 de septiembre, una mujer de 87 años con problemas de movilidad y de salud, que llevaba viviendo en su casa desde hacia 70 años en régimen de alquiler, sacada por la policía nacional en un despliegue vomitivo, amparada por unos jueces y unos políticos inmorales para dar rienda suelta a la especulación de unos rentistas criminales metidos a jugar al monopoly con las vidas humanas, ha sido el detonante de la indignación ciudadana, especialmente de los más jóvenes, por la situación de la vivienda en España. Los desahucios son para Mari Carmen y todas las personas trabajadoras. El ático para Ayuso y los rentistas a los que su calaña ampara.

Mientras la organización colectiva a través del sindicato de inquilinas, unidos a otras plataformas ciudadanas sensibilizadas en el tema de la vivienda durante todos estos años, trataba de parar el desahucio a través de la resistencia pasiva y la protesta amparada, aunque recortada por la Ley Mordaza, los policías (anti)-pro-disturbios cargaban con extrema violencia ejercitando el abuso de poder. Pero ni con esa amenaza para disuadir la protesta han parado los jóvenes, y no tan jóvenes también, de movilizarse y avanzar en más acciones, todas de carácter solidario y de clase para denunciar la situación de la vivienda en España, y además, hacerlo proponiendo medidas. En los últimos años se ha ido re-activando de nuevo el conflicto, poco a poco, porque en ningún momento ha llegado a resolverse, sino que se ha ido caldeando al tiempo que las élites parasitarias robaban más dinero de las clases trabajadoras a través de rentas y expulsando a la gente de sus casas, sus barrios y sus pueblos. La gran manifestación de octubre de 2024 marcó un hito y articuló todo el movimiento que ha seguido trabajando en la sombra, y que con el desahucio de Mari Carmen como símbolo, ha tomado el impulso alimentado por la rabia, la injusticia y la solidaridad intergeneracional de clase trabajadora.

Las imágenes dieron la vuelta al mundo en cuestión de segundos poniendo el foco en un problema social gravísimo que además es compartido por todas las sociedades civiles del globo, secuestradas por la especulación de un puñado de fondos, bancos, sociedades, pero al final de la cadena de personas sin escrúpulos. Se convocaron protestas por todo el estado español el mismo día y los siguientes, grandes marchas para el sábado 26 de septiembre, que han tenido una notabilísima respuesta ciudadana, volviendo a poner la cuestión de la vivienda y la brecha social que provoca, entre propietarios y no propietarios, y entre rentistas y especuladores frente a la sociedad. La marcha del sábado en Madrid terminó con la ocupación del espacio público, de la Puerta de Sol, en una nueva acampada indignada, tejiendo un hilo directo con el 15M de 2011.

Bajo esta presión ciudadana el gobierno de coalición tuvo que reaccionar y redactar dos decretos sobre vivienda que incluían entre otras cosas la moratoria de desahucios, la congelación de las rentas de alquiler, una mínima y laxa regulación de los alquileres vacacionales y por habitaciones (cáncer del rentismo a extirpar ya mismo), así como nuevas exenciones fiscales para caseros, y como novedad, para los inquilinos. Ambos decretos fueron rechazados por las derechas, tanto las extremas de PP y Vox, como las de las burguesías vascas y catalanas. Ni PNV, ni mucho menos Junts, tomaron partido por un gobierno que les debía ser mucho más simpático, que la alternativa y votaron contra su pueblo, que no contra su gente, para mantener la rentabilidad de la inversión y la especulación sobre la vivienda. Todos ellos se configuraron como brazo político de la especulación inmobiliaria, del terrorismo habitacional y de la injusticia social.

De este modo hemos entrado en una etapa acelerada de la previsión de hace apenas un mes. El debate público vuelve a estar en las cuestiones materiales de la gente. De su vida, de su trabajo, de su bienestar y de su futuro y el de sus vástagos. No está en las cuestiones identitarias que convienen a las derechas, pese a lo sucedido en Ceuta (que por otro lado está enquistado porque quien tiene las competencias, el gobierno de Ceuta, sigue empeñado en hacer política nacional pese a las necesidades de la población ceutí y de las personas migrantes). La extrema derecha política y mediática sabedora de que perdía el foco y su posición predominante en el discurso público ha sacado a pasear las peores de sus artimañas para tratar de deshumanizar al personaje (la desahuciada Mari Carmen), así como diluir la protesta a través de la violencia tanto institucionalizada (policía y juzgados que para eso se les paga) y la de sus "cachorros" ultras.

Pero el malestar social está ahí. La inmensa mayoría de la gente, por no decir todas las españolas y españoles, tienen en la vivienda un problema. Si no ahora, y no lo tienen ya porque han pagado su casa, lo tendrán en un futuro cuando sus hijos e hijas quieran independizarse y llevar a cabo su proyecto de vida. Por lo tanto, las protestas continúan y se organizan hacia una convocatoria de Huelga General, que recibe un tibio amparo por parte de los sindicatos mayoritarios, pero un fuerte respaldo social.

La Constitución proclama en su artículo 47 la vivienda como un derecho, y la obligación del estado y sus administraciones a intervenir para garantizarlo y evitar la especulación. Evidentemente, desde el gobierno central, pero también los autonómicos y los ayuntamientos, que no se olvide, tienen las competencias, se ha obviado esta función, y se ha dejado “al mercado” campar a sus anchas y proceder a la laminación de todo tejido social del territorio en aras de la rentabilidad, que por otra parte se acumula cada vez en menos manos, y además siempre sale fuera del Estado. Una catástrofe amparada, promocionada y protegida por el sistema.

También los juzgados han prevaricado a conciencia y decisión amparando el rentismo frente al valor social y jurídico que la vivienda tiene. Han protegido la extracción de recursos y de esfuerzos de las clases trabajadoras que solo quieren vivir en su barrio o en su pueblo, frente a la propiedad del capital y la salud y rentabilidad de la inversión.

Mientras tanto, todo este tiempo, la extrema derecha y sus voceros se han dedicado a señalar al diferente, al migrante, a la mujer, "al marica". Si tu barrio cambia, o si no puedes acceder a una vivienda digna se debe a que hay más extranjeros pobres, que se quedan con las ayudas sociales y además te suben el precio de los alquileres. La progresía se preocupa más de las minorías que del bien común, y por eso los servicios sociales son peores, te sientes más desamparado y más inseguro. Y aunque es verdad que las élites de las izquierdas se han centrado demasiado, en mi opinión, en "comprar" estos relatos y jugar en el juego identitario de las derechas, en vez de irse a por las cuestiones materiales, que todos sin excepción sufrimos, la verdad, la realidad, es que son las élites cleptómanas y parasitarias de fondos buitres, bancos y propietarios especuladores los que han destrozado la convivencia y la salud del ecosistema social.

En este sentido no hay que perder de perspectiva que para la derecha, dentro de su ideario para tergiversar y transformar las inquietudes o problemas de la clase trabajadora en puntales sobre los que inducir su ideología perversa, la vivienda funciona muy bien. Al final, quien tiene una vivienda no percibe un problema, y si una inversión sobre la que ganar dinero en el futuro, y acceder a esa mentira social de la clase media. O cuando menos de la clase media aspiracional. Por lo tanto, ellos no tienen un problema de acceso a la vivienda y de satisfacción con su bienestar. No les han roto el pacto social, de formarse, educarse, trabajar y labrarse un porvenir, que el sistema, la sociedad, te ampara y a cambio te procura ese bienestar y la auto-realización. Sin embargo, el juego ha cambiado a mitad de partido. Si no tienes vivienda en propiedad tu vida se va a desarrollar en la inmediatez; en un fino alambre de inestabilidad y sin un sustento mínimo (un techo bajo el que cobijarte con unas condiciones mínimas, entre las que tendrían que destacar estar cerca del entorno más próximo y familiar de uno), por lo que al no poder acceder porque se está cometiendo una injusticia y una usurpación del valor social de la vivienda, para extraerle cada vez más capital y beneficios económicos, si que la vivienda se convierte en un problema. El problema de no poder acceder a la vivienda. De hecho, aquí se va a labrar la próxima batalla electoral: A saber, un país donde la gente puede tener casa, o un país donde la gente sueña con tener esa casa y en el futuro sacarle cuatro perras, mientras los grandes especuladores y parásitos, por su posición inabordable en el mercado le podrán sacar muchos más beneficios. Esta es la cuestión.

Si cada año tienes que dedicar más renta mensual a pagar el alquiler (por poner un ejemplo, en 3 años, mi alquiler ha pasado de 500 euros en un piso bueno, a 650 en un piso peor en una ciudad pequeña), cuando los jóvenes no pueden independizarse hasta pasados con mucho los 30 (los más tardíos de Europa, lo que lleva a que las mujeres españolas sean las europeas que tienen su primer hijo a mayor edad), cuando pese a formarse espléndidamente no tienen acceso al “mercado” de la vivienda ni el alquiler, ni mucho menos en propiedad, por lo que tienen que alejarse de sus centros (familiares, culturales, sociales, laborales, etc.) o vivir en pisos compartidos añadiendo precariedad a su bienestar, cuando tienes la espada de la no-renovación de contrato por parte del arrendador de manera unilateral y sin protección (así me quede yo el año pasado), cuando ves que los blancos europeos si que pueden comprar casas a toca-teja subiendo los precios, o cuando los centros de las ciudades y pueblos las viviendas se subastan en los alquileres de temporada y vacacionales porque tienen una rentabilidad superior por lo que disminuye la oferta,… cuando todas estas tropelías se repiten en el tiempo y por todo el estado, entonces el problema ya no es de identidad de género o racial. Es de identidad de clase, y por lo tanto, se trata de un conflicto entre las clases trabajadoras, y las clases parasitarias que se lucran con el esfuerzo de los demás. Es un problema por tanto de distribución. Y es por lo tanto, un problema político y social que es deber de todos, empezando por los representantes debatirlo y solucionarlo. Y si las administraciones no intervienen para reconducirlo y mantener el valor social de la vivienda, el siguiente paso es la activación social y la propuesta para cambiar las cosas. La lucha se convierte en el medio y el fin. Como dijo Victor Hugo, “cuando la dictadura es un hecho, la Revolución se convierte en un derecho”, en este caso cuando la inacción y la injusticia se convierte en norma y ampara la dictadura del capital sobre la vida, es legítima y consecuente iniciar el camino para cambiarlo.

 

Como corolario, al menos de momento, tras el rechazo de los decretos por parte de un Congreso derechizado (reflejo manipulado de un país no tan escorado a la derecha, pero si muy manipulado e influenciado por los medios de comunicación conservadores), un nuevo fin de semana de protestas y de reflexión para el Presidente del Gobierno fue la convocatoria de elecciones generales para el próximo 29 de noviembre. Pedro Sánchez volvía una vez más a pillar a todo el mundo con el pie cambiado y a intentar aprovechar la ola para reeditar un nuevo gobierno, que forzosamente será de coalición o no lo será. En ese caso habrá que ver qué medidas en política de vivienda y con la emergencia social y las rupturas intergeneracionales que provoca se articulan. Qué se promete en campaña y qué se ejecuta en con el BOE en la mano. Unas elecciones que se centrarán en la cuestión material. Un primer éxito para Pedro Sánchez frente a la caterva ultra y la élite económica. Habrá que ver si será suficiente.

Hasta entonces las derechas tratarán de desviar el foco de nuevo a Ceuta y la inmigración. El PSOE procurará hacer valer los datos macro-económicos, la imagen internacional de Sánchez y el gobierno como dique de la democracia liberal, y una defensa clara de los servicios públicos, que ya hemos visto no se ha visto reflejada en la labor de gobierno. Pero sin duda, en la capacidad de aguante y lectura política del momento de Sánchez y su equipo radica el salir o no con un gobierno ultra que no va a tener ningún problema en trocear el país y vendérselo a las élites extranjeras.

Mientras a la izquierda a la izquierda del PSOE los vuelve a pillar en pañales, y teniendo que acelerar para ofrecer a la ciudadanía una candidatura unitaria que nace, pese a todo lo que ha ocurrido, improvisada y sin el trabajo necesario, debido a los egoísmos de los de siempre. 

En todo caso, es el momento de que la situación injusta de la vivienda articule la revolución que este estado, y que este sistema necesita. 


martes, 7 de abril de 2026

RTVE y el servicio público


Ya se ve cómo no vimos a Pogacar, al resto de ciclistas y a los míticos muros de pavé el pasado domingo

 

La semana pasada escribía sobre el estreno de la nueva temporada de MasterChef en RTVE. Además, aprovechaba para despotricar y diseccionar el fenómeno de la Alta Cocina, además del propio programa o propuesta televisiva, y como en general todo el universo gastronómico de élite sirve para apuntalar una ideología neoliberal que va en contra de todo lo que ha supuesto a lo largo de la Historia sentarse en una mesa a comer o entrar en una cocina ante unos fogones a preparar el alimento. En el texto ya dejaba entrever la preocupación que tengo ante la deriva que ha tomado RTVE en los últimos meses. Lo que no sabía es que el domingo el cabreo iba a crecer exponencialmente al comprobar con sorpresa que por primera vez desde que yo recuerdo, RTVE no iba a retransmitir el Tour de Flandes, la clásica de ciclismo más icónica y una de las carreras más espectaculares de toda la temporada.

No me parece mal que el consejo de RTVE haya decidido, junto al gobierno de coalición liderado por el PSOE, disputar las audiencias con La1 y sobretodo el relato que los emporios privados, Antena3Mierda y MierdaSet, tratan de construir para derruir las mayorías de izquierdas y apuntalar un estado de oposición absoluta contra todo lo que venga o huela a progresismo. Me parece fundamental y unas de las lecciones a extraer en todo momento de estos últimos años: Ejecutar políticas activas que desmonten los mantras y lugares comunes de la derecha y la ultra-derecha. Hacerlo con el BOE en la mano, sin cortapisas, ni moralidades de mercadillo. Lástima que con todos los demás temas importantes como la reducción de la jornada laboral, la intervención en el mercado de la vivienda, contra la corrupción política, la precariedad laboral y los accidentes en el trabajo, o contra la violencia machista no sean tan decididos y valientes.

En esta disputa mediática el consejo de RTVE y especialmente el consejo de informativos de la cadena pública han salteado la programación con varios programas clones a las propuestas de las cadenas privadas. Esto es, programas de opinión que surfean la actualidad informativa (política, social, económica) a base de titulares con gancho, músicas de estrés e intriga y rótulos luminosos que destacan la última hora. Los vídeos grabados con el móvil por la gente se ponen en antena. Se repiten una y otra vez. Y los tertulianos, auténticos expertos en nada, opinan y discuten sobre la mesa buscando la chanza y el zasca, sobre quién tiene la culpa y quién no facilita las soluciones oportunas y evidentes.

Propuestas que lobotomizan a la gente y que no profundizan en la esencia de los problemas, y ni mucho menos discuten o descifran la realidad de las cosas tan ligada en su deterioro a la ideología dominante neoliberal y a las severas disfunciones que el sistema político español y europeo tienen.

No es que vea mucho la tele porque no tengo tiempo realmente, pero sé que a primera hora de la mañana, a mediodía, a la hora de la siesta y hacia las 7 de la tarde, RTVE repite el mismo programa, con otros nombres, otros grafismos y otros presentadores (a veces reciclando el mismo día a los mismos tertulianos, los mismos temas y los mismos videos puestos en bucle). A mi hasta ahí, pues me da bastante igual la verdad, aunque desde luego es muy triste que para construir una sociedad informada con veracidad, rigor y donde se propongan alternativas que expliquen causas, desarrollos, consecuencias y planteen soluciones, haya que bajar una y otra vez al barro.

Lo que me cabrea es que para hacer esta programación descifrada en la doctrina del shock, la gerencia de la cadena pública haya decidido violar la2 como canal cultural. Una referencia que no se aferraba al tema de las audiencias, porque su finalidad, su cometido es alojar y enseñar contenidos culturales que no tienen cabida en el resto de televisiones. Un servicio público bien necesario y valorado, porque aunque es verdad y es un drama, que casi nadie ve la2, no deja de ser imprescindible contar con un espacio donde el arte, el saber, la literatura, el teatro, la música o cualquier cosa que no está tan abierta al negocio tengan su espacio. Aunque perduren aberraciones flagrantes como misas y programas taurinos. Y aunque los asaltos con publicidad de la casa corten sin misericordia los programas.

Esto no va de unos documentales de Naturaleza y el SaberyGanar, qué también, sino sobretodo en cómo han desaparecido programas culturales de la parrilla (toca buscarlos por la plataforma de rtve en la smarttv) y son sustituidos por avances de programas como los que describía hace un par de párrafos y de otros que abiertamente son una aberración y más propios de los depósitos de miserias humanas como puedan ser A3 y Tele5.

¿Dónde están Órbita Laika y el Condensador de Fluzo? ¿Y qué pasa con los programas de viajes y cocina como Las recetas de Julie, Viajar por Italia con Stanley Tucci o Las Recetas de Ambrosio? ¿Por qué ya no aparecen y hay que búscarlos ya que cada semana cambian los horarios clásicos como Pagina2 o Días de Cine? ¿La oferta de música en TV va a quedar en unos Cachitos y nada más?

De hecho la desaparición de contenidos y la falta de programación estable es lo que me lleva al cabreo con el otro canal que sigo como es Teledeporte. Al mismo tiempo que celebran y alardean de unos muy buenos números de audiciencia cuando se retransmiten campeonatos como los mundiales de Atletismo, de Natación o unos JJOO, como los últimos de Invierno, incluidos los paralímpicos, más destrozan el modelo de servicio público para echar, una y otra vez, resúmenes de los partidos de la liga de fútbol masculino. Incluso han replicado esa abominación de programas televisivos de gente random comentando un partido de fútbol. Una vez más, yo me siento a ver algo; no me pongo a ver a gente comentándome lo que no puedo ver. Por mucho twich y muy bien que nos caiga Ibai, eso ya existía y con el fútbol era la radio de carrusel de partidos del domingo la que daba ese servicio. Con lo cual, su interés para mi, y para muchos con los que he comentado la jugada, es cero.

Lo que si nos gustaría es tener una programación polideportiva estable. Un tablero con horas fijas cada semana para las competiciones nacionales de las que tienen derechos (porque no cuestan una pasta básicamente) y que sepas que vas a encontrar un viernes a las 8 de la tarde, o un sábado a las 4, o un domingo a las 18 horas, si es que quieres ver la tv a esas horas. Echar fuera de teledeporte las tertulias salvamizadas del fútbol tampoco estaría de más y potenciar formatos de programas fijos como el que recupera acontecimientos deportivos del Archivo de RTVE, de deportes como ciclismo, baloncesto, motor o el propio fútbol, con invitados, información y contenido. Y potenciar la información (cuánto echo de menos el MásDeporte de Canal+), o con investigación propia incluso cuando esta no sea tan agradable. O incluso programas de ejercicio destinados a las personas que están en su casa y quieren llevar una vida más saludable. Por supuesto, y en último término se trata de generar un derecho al deporte, en este caso, en el disfrute y seguimiento de disciplinas deportivas variadas, que alienten la participación, el conocimiento y su desarrollo.

Lo que está claro es que RTVE debe de mantener su función como servicio público, y facilitar contenidos, tanto de tipo cultural, como deportivo, que aunque no sean los más vistos, tienen interés y enriquecen nuestro acervo y nuestro día a día. Es mi opinión. Y teniendo en cuenta lo que puede pasar si los extremistas asaltan el poder -solo basta ver las protestas durante ya años en los que los trabajadores de las tvs autonómicas llevan inmersos frente a la provocación, la manipulación informativa y sinvergoncería a capazos-, se deberían aprovechar mayorías progresistas para afianzar los servicios públicos. Todos los servicios públicos.

 

jueves, 2 de abril de 2026

La Alta Cocina: Comida basura neoliberal

 



Ha vuelto MasterChef a TVE. En su versión de concurso de habilidades y reallity de anónimos. En su ¡¡¡décimo cuarta!!! edición, más unas cuantas de la abominable versión junior de niños repelentes y la insultante de Celebrity con famosos de medio pelo y de capa caída. Es la principal apuesta de RTVE para brillar y competir en las audiencias del prime time semanal (esa aberración que en España empieza a las 11 de la noche … ). Y no. No he visto este programa, ni ninguna de sus versiones, ni ediciones más allá que una ocasión que lo sintonice dos lamentables minutos. Pero aún así, como éste es mi blog y hago o escribo sobre lo que me da la gana, me voy a permitir escribir sobre este formato, porque me parece un contenido que debería estar fuera de una televisión pública por caro, por inmoral y por alienante. Y porque me preocupa y mucho lo que están haciendo con la televisión en este país, y especialmente por la que pagamos todas y todos.

MasterChef es un programa de televisión que abiertamente se presenta como inocuo y de entretenimiento familiar. Una expresión de cocina y bonhomía sazonada con humor naif y suave. Sin embargo, funciona trufado de competitividad y hervido en valor económico tanto la pericia gastronómica como la presentación al por mayor de las miserias humanas. Y todo esto lo hace, además de costeado con los impuestos de todos, a favor de una ideología neoliberal y un conservadurismo sociológico de capilla y copete. Eso sí, no se puede silenciar el éxito que obtiene refrendado con unas audiencias notables en cada versión más chusca que la anterior.

Desde luego, MasterChef no es un programa de cocina y entretenimiento familiar. Su humor y chascarrillos son de una casposidad aberrante, que entran fácil como cuchillo en mantequilla sobre situaciones ya cliché de la televisión de los reallities. Y es que todo está atado y bien atado, y los guiones funcionan con la precisión de un horno de última generación para destacar lo que interesa destacar: las localizaciones son cuidadosamente escogidas, ambientadas y cobradas por publicidad encubierta en la televisión pública; los concursantes, ya sean anónimos o famosos, cubren los estereotipos patrios (el andaluz chistoso, el manchego con retranca, el aragonés borrico, el castellano seco, el catalán agarrao, el gallego depremido o el vasco impulsivo, etc.) y los nuevos modelos del universo woke (el o la trans, el abiertamente gay, una o dos personas racializadas, los tatuajones, o los que se presentan como honestos y no dejan de ser unos mal educados de mierda, etc.). Las situaciones que se fabrican entre ellos y con los jueces (ahora voy con ellos) buscan el clímax, pero no en la técnica y ejecución culinaria que dan como resultado la propuesta gastronómica de alta cocina que se pretende. No. Lo que interesa es la carnaza. La casquería de la podredumbre moral de humillaciones, vejaciones, derrotas y la victoria de un único sólo -porque sólo gana uno-, los romances, las miraditas y las bromas de dudoso gusto y nulo sabor humorístico.

Y es que los presentadores o jueces ahí están desde hace 13 años mostrando una ideología concreta y reaccionaria. Lo capitanea el campechano Pepe el de Illescas que no tiene ninguna gracia y que parece que juega el papel de respeto por lo tradicional y lo auténticamente español. Luego está Jordi Cruz, el malo no el de Disney, célebre por sus salidas de tono y por tener becarios a los que explota y ni siquiera paga. Y por último la nietísima de Vallejo-Nágera. Estos dos parecen adalides de la cocina de vanguardia en el país y sus ataques a lo concursantes y respuestas suelen mostrar lo peor de la competitividad exacerbada en la que el mundo contemporáneo parece sumido. Veo que a la descendiente del criminal que buscaba el gen rojo destripando mujeres y trabajadores después de la Guerra Civil, la ha sustituido en esta edición, una influencer culinaria, que habría que saber cómo y por cuánto posicionó sus contenidos. Ahí lo dejo.

En cualquier caso, los jueces imparten una suerte de justicia castrense entre los fogones. Replican la jerarquía militar,haciendo aullar a los concursantes un marcial "Si, chef" tras cada orden, que deje constancia de la sumisión de los miembros más bajos del escalafón. Comportamiento este que contraviene cualquier estatuto profesional de cualquier sector, incluido el de la restauración y la hostelería, porque no se trata de cuarteles del ejército, sino de entornos laborales donde le respeto entre personas prevalece. Sin embargo, en este caso la idea está clara: meter en las cabecitas del populacho un férreo control militar que module sus conductas y expectativas. Así que de programa inocuo, nada de nada.

Por si este elenco de lo zafio y lo ruin no fuera suficiente de vez en cuando hay que pagar a una suerte de famosos de medio pelo sin oficio ni beneficio para que facturen en la versión Celebrity. Tal dispendio ha llegado a salir, según se cuenta, por hasta 725.000 euros el programa (el capítulo) y aquí no se ha oído a nadie poner el grito en el cielo como cuando ocurre con otras propuestas televisivas.

Y aún así, y pese al desgaste, también lógico por falta de ideas o agotamiento del producto, el programa ha encontrado un filón sobre el que asentarse gracias a la predominancia que desde hace unos años la Alta Cocina ha adquirido en el mundo cultural actual. Elevada a la categoría de octavo arte la gastronomía de chefs estrella tiene su espacio en las publicaciones de cultura. Las apariciones públicas y las noticias de éxito son celebradas como hitos de la pujanza cultural patria. Cuando las noticias son los abusos y condenas judiciales y de la administración por prácticas laborales abusivas o vejatorias son convenientemente silenciadas.

Abro capítulo a parte porque en toda esta moda de la alta cocina los nombres de los grandes cocineros, son eso, de cocineros, de hombres. Salvo un par de mujeres la lista de advenedizos y visionarios de lo culinario está formada prácticamente por hombres. Los mismos hombres que en las casas, toda la vida, han huido de la cocina dejado a las mujeres, sobretodo a las madres y las abuelas, en los fogones, trabajando para alimentar a la familia. Pareciera, bueno no, está claro, que cuando a una tarea concreta no se le puede extraer una ganancia económica, no puede ser valorada por el mercado, queda bajo responsabilidad de las mujeres. Sin embargo, ahora que la cocina es un arte y comer o cenar un menú degustación por 200€ el tenedor es lo más cool y refinado, los autores y protagonistas son hombres. Curioso.

Cuando se conceden las estrellas Michelín se trata de un acontecimiento a la par de los Oscars y los Premios Nobel. Crecen como setas los establecimientos que ganan estas distinciones y los que suben la categoría convirtiendo España un paraíso groumet para grandes fortunas por el que, parecer ser, todos debemos sentirnos orgullosos. La realidad, es que los premios en el ámbito de la cultura son más bien una patraña porque no se miden por criterios objetivos, sino por variables subjetivas. Las más de las veces no son premios, sino publicidad encubierta y pagada a la institución que factura el galardón. Si quieren jugar la carta del “arte” que lo hagan con todos sus matices.

Lo cierto es que a la mayoría de los españoles y españolas, la alta cocina nos importa una mierda. No voy a hacer cola, ni física, ni virtual, por reservar en un restaurante de moda, para satisfacer unas redes sociales ajenas. Ni me lo puedo permitir, ni me interesa en absoluto.

Lo que me indigna con todo esto son dos cosas: la primera es que estos restaurantes de alta cocina y sus chefs estrella son una minúscula y microscópica minoría, incluso una excepción, de los miles de restaurantes y tabernas que hay en este país. Me cabrea que los presenten como máximos exponentes, o incluso nuestros mejores embajadores en la “dieta mediterránea”, cuando lo que hacen en sus cocinas es elaboraciones pretenciosas, artificios y transformaciones que alejan a los comensales del producto, convirtiendo en singular no el plato, la materia, sino eso tan etéreo de la experiencia. Concretamente la de pagar el narcisismo de la estrellita de turno.

Lo segundo que me mosquea es que todo este maremágnum de programas de televisión de alta cocina, chefs estrella, restaurantes de élite, experiencias culinarias y demás soflamas consumistas y elitistas huele a neoconservadurismo y a ideología neoliberal que tira de espaldas.

El neoliberalismo como doctrina política y cultural y dogma económico hegemónico lleva desde los años 80 transformando las dinámicas internas de las actividades humanas. La cocina, la gastronomía y todo lo que tiene que ver con la alimentación no está exento de ello, como ya he escrito en otras ocasiones. Ahora bien, eso es una cosa y otra es presentar un escenario concreto, la Alta cocina, como un ejemplo paradigmático de lo que es la ideología neoliberal.

Si bien esta alta cocina desde siempre ha estado ligada a un contexto elitista, es preciso en este momento histórico dar la vuelta a la secuenciación del proceso. A que no son los mercados desregulados, el liberalismo económico, el consumismo desaforado y la mercantilización de las actividades humanas los que han generado lo que hoy conocemos como “Alta Cocina”. Es más bien, en mi opinión, en cómo se ha presentado este contexto concreto, por lo demás occidentalista y heteropatriarcal, como el paradigma de la perfección de la teoría y práctica neoliberal.

Solo hay que ver cómo la Alta Cocina hace unos años prácticamente era invisible en los medios de comunicación de masas. Solo publicaciones que rodaban entre las élites trataban este fenómeno y quedaba completamente fuera del ojo de la gente común. Seguro que no lo recordáis pero hace 20 años no había programas de cocina y reallities con cocineros de renombre convertidos en celebridades mediáticas, ni se publicitaban las estrellas michelín, ni tampoco aparecían recetas, técnicas y procesos que estaban fuera de los hogares.

Las redes sociales tienen mucha culpa de ello, pero también la televisión donde no es que cambiasen unos programas por otros. Es que los mismos que trataban recetas tradicionales y comida casera, ahora invitan y enseñan recetas para esferificar guisantes. En todos ellos se lanzan mensajes con intención clara de adoctrinamiento neoliberal: la meritocracia, el éxito empresarial, la visión audaz, la ensoñación del emprendimiento y una competitividad enfermiza.

En todos estos mensajes teledirigidos a un público más o menos cautivo tienen que ocultarse los vicios de la doctrina neoliberal y eso sí, exponenciar sus virtudes: La alta capacitación técnica, la especificación profesional, la excelencia premiada y sostenida por la cúspide mediática y la originalidad de inspiración artística y elevada se celebran y promocionan. Por contra, la precarización laboral extrema de los trabajadores (de la hostelería señores, recuerden) son ocultadas y quedan fuera de este relato de éxito y autorrealización. Las condiciones laborales abusivas, con dedicaciones extremas y absolutas, horarios intensivísimos, jerarquías feudales a las que son expuestos la fuerza laboral por salarios ínfimos de subsistencia. Y en ocasiones, ni eso, puesto que a través de un capital cultural en forma de becas y premios se quiere pagar el esfuerzo y tesón de las y los trabajadores. Por no hablar de las vejaciones y los abusos, incluidos los de carácter sexual, ante masas trabajadoras que se encuentran desprotegidas cuando se cae la ensoñación de “trabajar junto” a "trabajar para" la estrella culinaria del momento.

Esta contradicción evidencia cómo el discurso del mérito y la búsqueda de la excelencia que promueve el neoliberalismo, tiene profundas grietas a la moral como estas desigualdades extremas que se generan en los restaurantes de alta cocina.

Esto del lado de los trabajadores, pero qué decir del lado de quienes consumen alta cocina con un afán más allá de la alimentación como necesidad animal. Incluso por encima del deleite ante una actividad convertida o pretendida como expresión artística y cultural. Sin duda, la gastronomía de élite es un marcador identitario que sirve para distinguir entre los diversos grupos sociales. Un capital cultural, en palabras de Pierre Bourdieu, al que solo tiene acceso una parte mínima de la sociedad y que le sirve para distanciarse de los que están debajo. No sólo se trata de ingerir alimentos, sino sobretodo de la exhibición de que lo estás haciendo. La propaganda de tus posibilidades y tu estatus social.

Por último, no puede obviarse que frente a mensajes como “re-inventar el gazpacho andaluz”, “re-pensar las carrilleras”, “re-visualizar las fabes con almejas” lo que subyace es un proceso unificador que revienta la diversidad cultural y las distintas tradiciones gastronómicas. Los grandes chefs y sus equipos adoptan distintas técnicas, ingredientes y preparaciones provenientes de cualquier lugar del mundo. Añaden y obtienen distintos productos, muchas veces fuera de temporada y alejados de su entorno de producción, para traerlos a Occidente y “fusionarlos” con la cocina tradicional local. Este proceso refleja la tensión entre diversidad cultural y folclore gastronómico con respecto a la uniformidad hegemónica y la globalización totalizadora que propone como síntesis el paradigma neoliberal. No es casualidad que muchas de estas pretendidas fusiones de autor acaben llegando a la masa que necesita alimentarse como productos de la industria alimentaria. Y no precisamente de la más saludable, ética o sostenible medioambientalmente. Ni tampoco es casual que vivamos adoctrinados en una sociedad invidualizada, incapaz de hacer cosas como cocinar y proveerse alimento por uno mismo. Alejando la cocina y todo lo que tiene de experiencia común, de compartir, de trascendencia y de legado cultural e idiosoncrasia de la vida cotidiana de las personas.

En conclusión, el vínculo entre alta cocina y neoliberalismo es íntimo y favorece el planteamiento, sustentación y asimilamiento de estructuras mentales neoliberales como la competitividad, la búsqueda exhaustiva del lucro, el consumismo, el estatus social merced a ese propio consumo y la amalgama entre arte, espectáculo y negocio.

Ya sea a través de programas de televisión rancios, repetitivos e inmorales, y de la profusión de todo lo que acontece alrededor de la alta cocina, lo que se está buscando, y consiguiendo es reflejar dinámicas propias del modelo neoliberal que no deberían perseguirse en los medios de comunicación públicos, por mucha corriente hegemónica que se trate. Además, aparte de alejar el respeto y dignidad que merecen todos los profesionales de la hostelería, también se quita importancia y significación a los saberes tradicionales, muchas veces ideados, defendidos, mantenidos y transmitidos por las mujeres de las familias, homogenizando nuestra alimentación y sus procesos.

 

lunes, 2 de febrero de 2026

Teoría de la cancelación

 


El pasado día 25 de enero el humorista Héctor de Miguel, más conocido como Quequé, anunciaba un parón indefinido en su participación en el programa de radio de la Cadena Ser, Hora Ventípico. El espacio de humor, crítica y política que el cómico salmantino llevaba casi 5 años encabezando y que se había caracterizado por la irreverencia, la sátira y la comedia que se ejercitaban sobre los contenidos diarios, las noticias cotidianas, la rutina y la ultimísima hora de la siempre caótica, avergonzante y cutre alta política española. Estas risas frescas e ingeniosas no chocaban con momentos de mayor rigor y seriedad como en el caso de las entrevistas monográficas con diversos personajes (políticos, periodistas, etc.) donde don Héctor se vestía de periodista profesional, riguroso y serio para poner en práctica un periodismo académico que era el mayor ejemplo que teníamos en los medios de comunicación españoles hoy en día. El traje le quedaba que ni pintado y cualquiera de estas entrevistas es esclarecedora y brillante, pero me quedo, antes que por la desgraciada y tremenda actualidad por su tono, nível, adecuación y preparación, con la realizada al Ministro de Transportes, Óscar Puente, de hace un par de meses.

Pero si por algo recordamos, o recordaremos, el podcast es por esos 15 minutos de risas a eso de las 8 y cuarto de la tarde, donde en camisa blanca Héctor de Miguel nos desentrañaba la actualidad política a través del humor y la sorna. Los cortes, insertos, o gags, de personajes diversos, a veces anónimos, otras políticos y otras miembros del faranduleo patrio, se insertaban en la realización del video encajando como un guante en el chiste y en la propia dinámica de la noticia. De este modo, presentador, guionistas y equipo de producción conseguían conjugar nuestras risas, al tiempo que nos hacían reflexionar por el estado de las cosas, tremendamente intoxicado por el neo-fascismo.

Y sólo bajo ese contexto de exaltación ultra se puede explicar la cancelación del programa, puesto que las amenazas, ya incluso, a punto de hacerse carne, han ejercido una presión insoportable y nauseabunda sobre estos trabajadores del humor, con la intención de amedrentarlos, callarlos y ponerlos como ejemplo de lo que nos podía pasar a todos por contar, y reírse, de las mentiras y la imbecilidad de esta extrema derecha, ultra montana, cuartelaria y desquiciada.

La gota que colmo el vaso del aguante y la paciencia de Héctor de Miguel fue la avalancha de fascismo desatado tras parodiar un programa de televisión que se dedica con felonía, a lanzar bulos y soflamas ultras. La osadía es denunciar desde el humor como la violencia y la mentira es hecha mensaje en televisión, en los periódicos, las radios o las redes. Y sin embargo, el cancelado es el denunciante. Se pervierte lo políticamente correcto en un lado del tablero (a veces con inmisericorde fuego amigo), haciendo de este modo que lo políticamente abusivo, falsario y liberticida sea legitimado y protegido. El eliminado es el que denuncia y se rie y se chotea del esquizoide y del conspiranoico que continua al día siguiente lanzando sus bulos, sus mentiras y sus amenazas. Es de locos. 

Hora Ventípico es cancelada, como digo a través de las amenazas en las redes sociales y la persecución cada día más evidente y peligrosa en las calles de la realidad y la vida de estos trabajadores. La libertad de expresión de unos, los humoristas, desaparece por la violencia indisimulada de una libertad de expresión ejercida a través del matonismo y de saberse intocables. Tan irritante como la cancelación, es el vociferio del facherío patrío y el silencio atronador de las instituciones, supuestamente democráticas, ejercidas desde hace unos años, “por el gobierno más progresista de la historia”.

Me gusta utilizar esta metáfora, explotada por los propios guionistas del Hora Ventípico, porque ni el ministro del Interior, ni el de cultura o presidencia han salido en defensa de quienes son amedrentados y amenazados por ejercer su profesión, y fundamentalmente, por denunciar con su labor y su humor el neofascismo, el franquismo, el neoliberalismo, la corrupción del bipartidismo, la cutrez de personajes como Ayuso, Trump o Abascal, la situación de la vivienda, la no-gestión criminal de la Dana de Valencia o el deterioro continuado de los servicios públicos, en especial de la Sanidad.

También ha destacado el trabajo de Héctor de Miguel poniendo la España rural, la Vaciada y la Olvidada en el centro de la información, y hacerlo desde la propia Madrid desde donde se intoxica todo. Y no se puede obviar la denuncia y la crítica a unas izquierdas, siempre enfrentadas desde arriba, y parece que dedicadas a que no se articule un espacio de unión, un frente popular, que fuera capaz de discutir la hegemonía, ya no sólo en el combate contra esta extrema derecha desatada, sino incluso contra el bipartidismo.

Uno de los cortes más celebrados entre los que comentaba hace un momento esta el del Presidente Pedro Sánchez, en aquel momento candidato, que en un debate de la sexta, dice algo así como: “¿la Ley Mordaza? Que la vamos a derogar en cuanto estemos en el gobierno.” Y como una profecía auto-cumplida pero para mal se cumpliese me llama poderosísamente la atención que tal aberración democrática sigue vigente casi 8 años después de que el pesoe formará gobierno.

Y mientras, cientos de miles de activistas, de demócratas, de sindicalistas, de militantes de la izquierda en general somos silenciados, nos vemos atemorizados en redes y en las calles por los ultras, por la policía o por los jueces, nos vemos cercionados en nuestras libertades por la Ley Mordaza, los fachas pueden asociarse en las redes y en las calles y lanzar su odio, sus bulos y su violencia contra todo aquel que piensa distinto. Si es que lo suyo se puede llamar pensar.

De entre las muchas traiciones que el psoe lleva ejercitando a la ciudadanía y a la democracia todos estos años, sin duda, está cogiendo un olor a podio el mantener una ley que nació diseñada para cortar de raíz la libertad de pensar, de opinar y de la activación y militancia políticas de todas las personas que se creen demócratas, libertarias y que queremos un país mejor, con servicios públicos, con justicia social, más digno, con futuro, con igualdad real a todos los niveles (económica, entre géneros, entre razas y etnias, etc.) y que denunciamos el deterioro de todo lo que nos hace libres.

Y sin embargo, esta misma ley, no sirve, no vale para mantener un mínimo orden público, tanto en las redes sociales, como en las manifestaciones o en las calles, donde la polaridad se extrema, fundamentalmente hacia el lado de la ultra derecha, puesto que ellos pueden vociferar su odio y su violencia, sin tener miedo a la coerción pública y a la acción sancionadora e investigadora de policías y jueces. Quizás sea que muchos de ellos participan en estos foros y grupos, a veces sin quitarse el uniforme o la toga.

Pero lo cierto, es que nos quedamos sin el humor de Hora Veíntipico, sin el espacio de reunión donde, paradójicamente, muchos nos informamos (no me apetece volver a escribir sobre el neofascismo de los medios de comunicación de masas e informativos de este país). Se ha practicado y conseguido la censura. Nos vemos ya huérfanos de un lugar que era “nuestro” donde poder tomar aire y distancia de la actualidad, y donde poder reflexionar a través del humor sobre las imprescindibles alternativas que necesitamos todas y todos.

Estas líneas son, por lo tanto, una denuncia de que continué la Ley Mordaza amedretando a los demócratas. De que los ultras estén fortalecidos, envalentonados y cobrándose víctimas entre quienes pensamos en libertad y democracia. Y fundamentalmente, escribo para solidarizarme con los trabajadores de Hora Ventípico para darles las gracias, para darles ánimo y apoyo, y decirles que les necesitamos fuertes, seguros e irreductibles. El humor es un arma peligrosa, la que más está visto, y la que más necesitamos.

Deseo y esperamos que volváis a vuestro espacio, vuestro trabajo y vuestra labor. El humor y la risa, la crítica y la sátira son más necesarias que nunca. En la radio, en los vídeos y en los teatros queremos veros y disfrutar con vosotros. Ánimo y a por ellos, Hora Veíntipico.

 

miércoles, 25 de junio de 2025

Corrupción y bipartidismo. El eterno retorno de la política en España

Momento de la comparecencia de Pedro Sánchez en la sede de Ferraz el martes 17 de junio

 

En junio de 2018 la intrínseca corrupción del Partido Popular (PP) AKA PartidoPutrefacto, liderado por Mariano Rajoy llevó a su sustitución como presidente del gobierno, vía moción de censura, liderada por el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. Era la segunda moción de censura en poco más de un año. La primera liderada por Podemos no aunó los apoyos necesarios, y solo la lanzada por la otra pata del bipartidismo salió adelante. Es cierto que entre una y otra, apenas como digo un año, la avalancha de primicias informativas y actuaciones policiales y judiciales hicieron imperecedera la depuración del gobierno del país, pero fundamentalmente se procuraba llevar a cabo una sustitución controlada, prevista en los mecanismos del propio sistema, aunque en aquel momento fuera menos planificada. Más improvisada.

Ese sistema es el Régimen del 78, una suerte de pactismo entre las élites del tardo-franquismo españistaní con una parte de la oposición ilegalizada en la dictadura, con la tutorización de las democracias liberales occidentales de mediados de los 70 (en especial, Estados Unidos, a través de la CIA y el departamento de Estado y con colaboración del SPD alemán de Willy Brandt). Este pacto o "acuerdo" ha delegado una democracia liberal de corte presidencialista, que usurpa la participación política cívica en unas supuestas instituciones anquilosadas en los artesonados propios de la dictadura, que se empeñan, por encima de todas las cosas, de las necesidades y las eventualidades y urgencias, en mantener la estructura de poder económico y político salido del régimen franquista.

Judicatura, empresauriado español y sus emporios mediáticos dueños de los medios de comunicación de masas, partidos políticos mayoritarios, ejército y alta iglesia católica, empeñados y con éxito, en mantener y consolidar el franquismo como fuente de inspiración y fundamentalmente, de su propio poder y riqueza.

La corrupción es una seña de identidad de este ecosistema político, social, económico y cultural que es la España de entre siglos, hija bastarda de la democracia y el autoritarismo dictatorial de inspiración fascista.

Para que la corrupción sea posible se hacen necesarios varios elementos: Imprescindibles, son el corruptor, habitualmente un empresario que paga en negro unos favores para salir beneficiado posteriormente en sus relaciones con las distintas administraciones. También lo es, lógicamente, el corrupto, el político que gestiona esas instituciones como representante de la soberanía popular, y que se aprovecha de esa condición para su enriquecimiento privativo. Y por último, el conseguidor, esto es, el enlace entre corruptores y corruptos que abre las vías para el flujo de intereses y de dinero.

Son también necesarios, aunque ya no necesariamente imprescindibles, un funcionariado que mire convenientemente para otro lado, al igual que unos jueces permisivos y paternales con corruptos y corruptores. Unos medios de comunicación que funcionen como altavoces de su trinchera y no como investigadores por bien del interés general. Unos partidos políticos ideados para facilitar la corrupción, y que bien o se benefician directamente de ella, o funcionan como coartadas y apoyos cuando se descubren las tramas. Y una opinión pública que puede tener una parte harta de tanto latrocinio, pero que mayoritariamente se presenta como insensible o hasta incluso favorable a que le roben. Siempre que sean los suyos, claro.

Pedro Sánchez llegaba al poder con una misión muy clara e inaplazable: la regeneración política y cultural de España. El avance en derechos y en mayor democracia como garantía de una sociedad adulta y plenamente consciente de su papel activo en el sistema político. Y una lucha sin cuartel y activa contra la corrupción y los mecanismos que la permiten y alientan.

La crisis económica de 2008 resuelta en falso con las políticas de ajuste y el austercidio. La laminación absoluta de los derechos humanos y cívicos, entre ellos la sanidad pública, la educación pública y los servicios sociales. La burbuja inmobiliaria que hacía (y hace nuevamente) imposible la vida a millones de personas. El cambio climático y la continua agresión al medio ambiente. La ola feminista por una sociedad igualitaria y respetuosa. La creación de un nuevo clima de convivencia entre identidades dentro del estado español. O la reconversión productiva de un país condenado al turismo de masas y a la construcción sin filtro, ni fin.

Todos ellos problemas graves y que requerían, y sin resolverse todavía hoy lógicamente aún más, una solución urgente y en favor de las clases trabajadoras, poniendo en cuestión la justicia social, la dignidad humana y la inviable deriva ultra liberal que nos había traído hasta aquí. Pero todos ellos por detrás de la regeneración política, tan necesaria como aparcada de forma imperdonable por los políticos “elegidos” para llevarla a cabo.

España y su sociedad son presas del clima político de 1976 tras las muerte del dictador. Las fuerzas vivas del franquismo se vieron obligadas a aceptar una democracia liberal. Para ello fue básica la sumisión del socialismo español, convertido por auto de fe en el partido "centro" del sistema político español. Lo que a su vez, lo posicionaba como el principal sostenedor de la monarquía, de los concordatos franquistas, uno con el Vaticano y otro el acuerdo militarista con Estados Unidos; de la conformación de un estado centralizado en Madrid y de la venta de todos los bienes públicos que pudieran interesar a algún buitre nacional o internacional. Tampoco nos engañemos. Cuando los conservadores han tocado poder, han sido los primeros y más activos en vender la patria, eso si envueltos en la bandera nacional.

El objetivo urgente en 1976 era acallar las reivindicaciones más de izquierdas, más obreristas del grueso de la población. Y aunque se necesitaba un maquillaje aperturista y democrático como fue la legalización del partido Comunista o los sindicatos de clase, se impidieron de facto la construcción de un estado federal, la depuración de los elementos franquistas en la judicatura, el ejército y los cuerpos de (in)seguridad del estado o en las Universidades (por supuesto sin hablar en absoluto de Memoria Histórica y reparación), así como impedir de facto los principios laicistas, igualitarios y republicanos. Gobiernos extranjeros y franquistas coincidieron en que España siguiera siendo un tope al comunismo y las ideas libertarias y edificaron una fachada de democracia de trampantojo y escayola sobre el mismo edificio dictatorial y fascista.

Y 50 años después seguimos en ese ecosistema político y cultural, absolutamente sobrepasado. Una pseudo democracia en apariencia representativa, pero que delega en los partidos cualquier acción o iniciativa. Y esos partidos necesitan dinero. Constituidos como pirámides jerárquicas, los distintos escalafones se consolidan en base a un sistema de favores que sirven para escalar y posteriormente enclaustrarse en el poder. Para eso hace falta mucho dinero. Como para financiar campañas electorales y medios de comunicación afines que manipulen la opinión pública y creen o silencien temas a conveniencia. Y también para que la estructura de partido arraigue en los territorios. Y para esto, hace falta muchísimo dinero y voluntades. Y siempre las encuentran. A veces, de manera legal, y otras ilegalmente.

Vuelvo a julio de 2018 y a la ilusión que a muchos nos invadió tras 7 años de gobierno autoritario del Partido Popular de Mariano Rajoy. 7 años de recortes y laminación del estado social y del estado de derecho. 7 años de ultraliberalismo y caciquismo. 7 años de corrupción, de la heredada desde los tiempos de Aznar, y de la propia de la Gúrtel y de Bárcenas. 7 años que fueron de profunda activación política de la parte más a la izquierda del espectro ideológico español. 7 años de manifestaciones y de la respuesta fascista de leyes represivas y regresivas como la Ley Mordaza. Y también un período de puesta en marcha de un proyecto político, social y cultural revolucionario. Si, luego fue fagocitado por unos listos, y ya sabemos cómo estamos.

Y ahora 7 años después de aquel junio de 2018, Pedro Sánchez está siendo devorado por su propia inacción, cuando menos, en materia de lucha contra la corrupción y regeneración democrática. Si, es verdad, las mayorías obtenidas tras las elecciones no daban mucho margen, pero conviene no olvidar que se desperdició una mayoría absoluta en el Senado y una parcial en el Congreso, por vete tú a saber qué oscuros intereses.

Pedro Sánchez no ha derogado la Ley Mordaza. Y no ha puesto freno, en ningún modo, a la escalada de precios de la vivienda (tanto en propiedad como en alquiler), ni tampoco a la excesiva y hasta humillante turistificación de la economía española y del patrimonio nacional. Tampoco ha luchado abierta y decididamente contra la corrupción, ni siquiera en su propio partido, que como bien sabemos ya viene bien trufado de prácticas corruptas y mafiosas.

Hoy Pedro Sánchez tiene que lidiar con un desgaste absolutamente colosal por la corrupción consecutiva de dos secretarios de organización del partido bajo su mandato, y no parece ser muy digno que se mantenga en el cargo. Desconocemos si ha habido enriquecimiento personal del propio Pedro Sánchez o su entorno, por más que la ultra derecha mediática lleve 5 años haciendo todo lo posible por intoxicar, inventando y difundiendo bulos. Lo único cierto es que si colocó a Ábalos y a Santos Cerdán sabiendo de sus andanzas antes o durante su ejecución del cargo, mal por la confianza depositada y sostenida. Si no se enteró aún peor. En cualquier caso si apelamos a la coherencia las horas de la segunda legislatura del “gobierno más progresista de la historia” (en cursiva, en comillas y con recochineo), estarían a punto de agotarse, bien porque se fuera, porque convocará nuevas elecciones o porque fuera derrotado en una previsible moción de censura. Por contra, ahí lo tenemos hablando compungido a los medios de “manzanas podridas”, de que se ha sentido engañado y defraudado, para correr el velo del tiempo sobre su responsabilidad directa. No se puede olvidar que Sánchez llegó a la Moncloa en un momento crítico que hacía necesaria una acción decidida y valiente para erradicar un problema estructural. Un biotopo que favorece la corrupción, la desfachatez y la sinvergoncería. Un clima propicio para los caraduras y la España rancia y cutre que tan bien retrataba Berlanga y que tanto asco nos da a las buenas personas que sentimos nuestro país. Y en evitarlo, no ha hecho nada. De hecho, cuando la cacería impuesta contra sus compañeros de coalición se inició (Iglesias y Montero, Alberto Rodríguez, Oltra, etc.) apuntaló los discursos más reaccionarios, porque por encima de la misión regeneradora que aceptaba al “jurar” el cargo, estaba su propia supervivencia política. Cuando él era el atacado, a través de su mujer o de su hermano, se cogió 5 días de reflexión.

El hecho es que en estos complicadísimos 7 años, Pedro Sánchez no ha hecho nada, ni dentro de su partido, ni en el estado español, para luchar y acabar con la corrupción. No se han prohibido las puertas giratorias. No se han acabado los aforamientos hasta lo ilimitado. No se ha prohibido por ley la especulación urbanística e intervenido el mercado inmobiliario que es un sector que funciona basado en la corrupción política. No se ha castigado a los corruptores y no se les han nacionalizado sus bienes y empresas. No se ha modificado el código penal y el código civil para desalentar la corrupción. Si, ha tenido que lidiar en este tiempo con una pandemia, un volcán, unas inundaciones terribles en el centro de la cuarta región económica del estado, una guerra en el Oriente europeo, y una guerra en Oriente Próximo. Incluso hasta con un gran apagón. Con la caída de un Imperio y de la ideología que lo definía y con la consiguiente ola derechista en todo el mundo capaces de arrasar con el mejor proyecto multinacional hasta ahora como ha sido la Unión Europea. Y todo ello con un auge de la extrema derecha patria alentada por las élites del poder económico españistaní que cada vez está captando a más y más incautos. Pero la ausencia de políticas activas y decididas para acabar de una vez por todas con la corrupción en España es una tara que no podemos olvidar.

En el turnismo de la democracia liberal, los conservadores o fachas directamente, van a volver a poder hacer lo que han hecho siempre. A recuperar las redes de la Gürtel y de todas las tramas, porque no ha habido una regeneración, no solo política y legislativa, sino también cultural que nos hagan superar estos comportamientos delictivos y faltos de ética, denunciarlos y luchar contra ellos. Van a volver, envalentonados y decididos a de-construir esta pseudo-democracia para profundizar en la usurpación de libertad y riqueza a las clases trabajadoras (o productivas, o pobres, o bajas, o como queráis llamarlas en términos de neo-lengua).


Sin embargo, no hay que olvidar ni perder de perspectiva quién es Pedro Sánchez. Sin duda, un animal político de primera categoría, y pseudo retirado Pablo Iglesias, nadie puede hacerle sombra a nivel nacional. Cualquier debate, cualquier interacción y cualquier comparación con Feijoo, el de los albúmenes de vacaciones con un narco, o con Ayuso, la enterradora de ancianos en Madrid, son ases en la manga para Sánchez, que en carisma, presencia y conocimientos puede arrasarlos cuando quiera. De ideología desconocida, Sánchez ha usado a los miembros de la coalición en el gobierno, la cuestión climática y de protección del medio ambiente o la causa palestina para mostrar una cara progresista, al tiempo que guardaba en Interior y Defensa para mantener contentos a los más reaccionarios en temas como la inmigración, el negocio inmobiliario o el gasto militar. Es su principal valor personal, la resistencia, pero también el de un PSOE carente de ideología socialista y federal que además domina a una izquierda, en general y en grueso, desnortada, desvencijada, dividida, acomplejada, harta y hasta descorazonada que sólo tiene en la capacidad de aguante personal de Sánchez el último agarre al que adherirse antes de ser despezados por las ultras derechas. De hecho, si todavía no se ha producido, el re-cambio, pese a toda las toneladas de inmundicia que las derechas mediática y judicial emplean, es por la propia incapacidad de sus líderes, por el fantochismo de su ineludible aliado y por la presencia de un Pedro Sánchez que maneja como nadie había hecho antes en este país, los tiempos políticos y comunicativos.

Por supuesto, lo he dicho alguna vez, a mi lo que suceda con Sánchez y con su partido, el PSOE, me da igual. Es más, creo firmemente y vistos los últimos 15 años, que lo que tenga que venir bueno en España se hará pasando por encima del PSOE (y del PP y de la ultra derecha), y que sus cuadros y sus bases van a ser más obstáculos que palancas de cambio. Pero en el momento actual, la llegada o no de unos franquistas trasnochados al Consejo de Ministros va a depender, en el corto y en el medio plazo, de la capacidad de Sánchez y del PSOE de promover alianzas fuertes a nivel nacional, pero también regional con las burguesías vascas y catalanas.

A finales del año pasado escribía sobre la posibilidad o no de elecciones generales este año 2025. Barruntaba que si le concedía media iniciativa en una convocatoria adelantada Sánchez podría plantearla y vencer, con relativa facilidad y pasando eso sí, por la negociación y el pacto con la izquierda a la izquierda del PSOE. Ahora mismo, y en un tiempo medio, le ha sido arrebatada esa iniciativa y solo un infame acuerdo entre el PNV y de Puigdemont con los fascistas que lo querían ejecutar en Montjuic, sacaría a Sánchez de la Moncloa o llevaría a elecciones generales.

En este sentido radica la otra fuente de poder de Pedro Sánchez: la imposibilidad de un pacto entre la ultraderecha “castellana” y las derechas vascas o catalanas. Por muy patriotas, que lo son todas ellas del dinero. Sin embargo, mal hacemos si no lamentamos estos años como una pérdida de tiempo y de caudal político inconmensurable en hacer nuestro país un lugar mejor. Más democrático, más social, más justo, más ético y cívico. Y menos fascista, menos cainita y menos corrupto. Cuando acabe el tiempo de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno estaremos de nuevo en el punto de partida tras la crisis de 2008 y el colapso de la economía ultra-liberal. Y ahora parece que será la extrema derecha la que coja las migajas para triturar aún más a las clases trabajadoras.

En cualquier caso, y para terminar, sigue siendo necesaria la revolución política y cultural que acabe por derruir el fascismo y permita construir una democracia sólida y con valores éticos, justos e igualitarios. Habrá que ver si a lo mejor de este país, las clases trabajadoras, y las personas progresistas, nos quedan fuerzas para luchar por ello.

La Revolución Francesa de 1789

 Prise de la Bastille (1789), de Jean-Pierre Houël   La Revolución Francesa es el acontecimiento que originó el mundo tal y como lo c...