Lamine Yamal, haciendo con las manos el 304 relativo al código postal de su barrio de nacimiento y crianza, Rocafonda en Barcelona.
Existe
un relato malicioso, manipulador y embustero basado en traspasar a
las clases populares una cierta nostalgia beatificadora sobre las
negras décadas de los 80 y 90 en España. Los embaucadores y
manipuladores de la memoria son las voces de la cultura de
aquella época. Niños y niñas pijos, descendientes directos de los
regidores políticos, económicos y culturales de la dictadura y la transición. En la Movida casi nadie provenía del Arroyo.
Hoy se quejan de que “no puede decirse nada”, como si no
estuviera en prime time de televisión soltando sus desvaríos
ideológicos, y no fueran los demás, desde obreros, raperos, humoristas o tirititeros a los que se les aplican censuras. También alegan que en los 80 y 90 existía un ambiente cultural
de progreso y dinamismo basado en un clima de "absoluta libertad", y otras sandeces de tomo y lomo, imbricando estos mensajes con la visión ultraliberal de la libertad que proclaman personajes como Ayuso. Como si no
hubiera habido en aquella época inseguridad ciudadana y terrorismo de uno y otro
bando. Especialmente, ¡oh casualidad! del de extrema derecha que ha quedado, igual que
con los crímenes de la dictadura, sin esclarecer y judicializar.
Lo
cierto es que en los barrios obreros de las ciudades españolas
durante los años 80 y 90 lo que existía era pobreza, drogadicción
y marginalidad. Empezaban a verse las costuras de un tiempo nuevo que
iba a romper, o incluso ya había roto, los encajes sociales del
tardofranquismo y de la respuesta antifascista. La
desindustrialización, demanda inflexible de la Comunidad Económica
Europea para con España ante su entrada en selecto club, era ya un
hecho, y el paro era una amenaza constante para los hijos de la clase
trabajadora que se quedaban sin acceso al sustento tras haberse
constituido como la generación mejor preparada de nuestra historia.
Las jóvenes y las mujeres también habían participado con éxito en
tal proceso pero su situación seguía (sigue hoy en día por los
abusos de los retrógrados) amenazada por un machismo social,
alineante e intrínseco a la esencia de la España de aquellos
tiempos. Su incorporación al mercado laboral no había acabado de
producirse de manera efectiva y asentada y ya eran víctimas de
despidos, traslados, precariedad y heteropatriarcado.
Al
tiempo que salían los puestos de trabajo de la industria,
sustituidos por menos en cantidad y calidad de un esquelético
sector servicios, a los barrios obreros llegaba la droga. Sobretodo
la vertiente más económica y más depredadora de la heroína. Siempre se ha
sabido que esnifar coca era cosa de pijos y yuppies y para el
lumpen quedaban las jeringuillas, los mecheros y el papel de plata.
Las enfermedades de transmisión sexual, así como las tuberculosis y
hepatitis, por prácticas insalubres durante el consumo de drogas o las relaciones sexuales, se hicieron pronto comunes en
los consultorios de barrio de las periferias de las grandes ciudades, por parte de jóvenes a los que les habían robado sus expectativas de futuro y dignidad.
La marginalidad y la delincuencia eran el siguiente paso, junto a la
degradación de la convivencia, la desconfianza para con los iguales,
así como la laminación del tejido social de aquellas ciudades de
los 90 y 80.
De
hecho, antes de que llegasen los millones de ayudas a la convergencia
de la Comunidad Económica Europea, o mejor dicho, después de que
esas ayudas las filtrarán para su lucro incesante las élites
cleptómanas del estado españistaní, las ciudades españolas eran
una porquería. Feas, sucias, escasamente acondicionadas para los
desplazamientos del vecino (mucho menos para el turista que ni se
soñaba en aquella época) y peor dotadas de servicios como escuelas,
bibliotecas, centros sociales o parques de juegos infantiles. Animo
al lector a buscar cómo eran estas ciudades a través de los
programas de memoria de las televisiones autonómicas. Muchos están en youtube.
Otra
de las realidades del estado español en aquella época, y sobre la
que pasan de soslayo los indigentes mentales que se han alzado como
portavoz de la ensoñación, era el racismo y la xenofobia. Sigue
siéndolo hoy, y sobre eso voy a entrar a hablar, pero en aquella
época, en Españistan se juntaban grupos de jovenzuelos neonazis y
de talluditos nostálgicos del franquismo que acosaban, atacaban e
incluso mataban a todo el que pensara y a los diferentes de
colectivos LGTB, personas y colectivos de izquierdas y sindicales, y
fundamentalmente a las personas racializadas. Esto lo conozco gracias
a las charlas con compañeros más veteranos que corrieron delante y
detrás de las basuras humanas fascistas durante sus cacerías.
De
hecho, especialmente crudos en esta vertiente de xenofobia y odio fueron los primeros años 90. Mientras el
país se abría internacionalmente, con las Olimpiadas de Barcelona,
la Expo de Sevilla o la siempre olvidada capitalidad cultural europea
de Madrid (qué gusto que esto se haya olvidado y pueda contarse como un fracaso del madrileñismo) en el año 92,
grupos de extrema derecha acosaban a los colectivos de extranjeros.
Migrantes y refugiados que malvivían en chabolas y edificios
abandonados pero con su sudor y esfuerzo ya empezaban a lubricar la
terciaria economía españistaní basada en el turismo, el sector
servicios y la especulación inmobiliaria.
Una
de las primeras víctimas fue Lucrecia Pérez, joven dominicana
asesinada por neonazis en Aravaca en el año 92 tras una campaña
pública de señalamiento y acoso. Pero no fue la única y hubo más
víctimas mortales, así que se puede decir abiertamente, que no
hubo colectivo racializado que no fuera denigrado y marginado en
aquellas, tan “plácidos años” según los amnésicos de
la movida madrileña.
Aquel
acoso y campañas, con la parte imprescindible de deshumanización de
los objetivos ha vuelto en nuestros días con fuerza. En un contexto
de clara crisis total del modelo capitalista y liberal, las voces del
fascismo han crecido en número y resonancia con el objetivo de
aplacar las alternativas más sociales, solidarias y sostenibles. Se han financiado a partidos ultras, panfletos reaccionarios y
personajes canallas para que calienten las débiles mentes y generen
polémicas artificiales que sirvan a sus intereses. Se han buscado
objetivos fáciles contra los que desviar la atención y cargar las
culpas, exonerando a los verdaderos responsables de la tragedia
económica y social de Occidente tras la crisis de 2007, la Gran
Recesión y la salida de la crisis que ha llevado a mayores
desigualdades, opresiones y dolor.
Nuevamente,
y sin haber dejado de serlo en todos estos años desde los 90, son los
inmigrantes quienes reciben el odio y el racismo, de otras clases
trabajadoras, igual de degradadas y usurpadas. Y es que, ¿qué trabajador
español no tiene un familiar o un conocido que ha tenido que emigrar
fuera de nuestras fronteras por la lacerante falta de oportunidades y
perspectiva de bienestar en este estado fallido?.
Pues
aquí tienes de nuevo a la ultra derecha poniendo las dianas y
esperando a que sus huestes ejecuten las acciones contra el
diferente, por su color de piel, pero fundamentalmente por ser pobre.
Para
que estas cacerías tengan éxito y solivianten a las masas que puedan
auparles a base de votos desnaturalizados, son necesarios cómplices.
Por supuesto, y en primer lugar, quienes han financiado a tales
sanguijuelas. Alguien ha puesto los recursos y dado los altavoces
para que los discursos de odio se normalicen, tolerando la xenofobia
y presentando a los intransigentes como sujetos normales en el estado
derecho, con los que hay que ser tolerantes. Los propios medios de
comunicación de masas tienen mucho que ver. Primero porque, salvo
honrosas excepciones, no han cortado estas declaraciones fascistas y
violentas. Y después, porque las han asimilado como parte del
transcurrir cotidiano al mismo nivel que las propuestas que pueda
hacer la tibia socialdemocracia que es representada en los medios. En
su afán por obedecer los designios del patrón, han dejado como
extremismos a la ultra derecha y a una timorata
centro-izquierda que apenas discute los mecanismos socio-económicos
de un estado que funciona como una profunda maquina extractora de
riqueza y porvenir de las clases trabajadoras y de los territorios
que sufren al agujero negro que es la región de Madrid.
No
voy a obviar la responsabilidad de las policías y cuerpos de
opresión del estado, tan prestos a castigar y aplicar violencia institucional sobre las gentes de izquierdas y los trabajadores que
piden dignidad, techo, comida y futuro, y tan panchos y dóciles con
cayetanos y pijos, ultras del fútbol, y fascistas de todo
pelaje que envueltos en banderas (tanto en las adornadas con pollo,
como con la que se supone, es de todas y todos) que se dedican con
ahínco a insultar la inteligencia, laminar la democracia y querer
oprimir a las clases trabajadoras.
Por
supuesto, los votantes de estos disparates xenófobos y fascistas
tienen que hacérselo mirar. Y no me vale lo de la falta de
perspectiva de los partidos de izquierda y cosas así. Porque antes
que votar a racistas, machistas y vagos redomados como todos estos
mequetrefes ultras se corta uno la mano. Como decía unos párrafos
más arriba todos tenemos a conocidos muy cercanos trabajando o
viviendo fuera, y comportarse así de la mano de esta gentuza de la
ultraderecha, es alentar que en los países de destino de nuestros
allegados también se articulen cacerías contra el extranjero “qué
nos roba el trabajo”. Por cierto, esta frase absurda es
absolutamente irreal, puesto que los trabajos a los que se dedican
los migrantes son rechazados por los nacionales.
Y
por último, esa derecha institucional, del PP, que si bien al menos
es en algo coherente al mantener ese apego a sus raíces franquistas,
toda vez que desligados de ellos, si los han necesitado para usurpar
instituciones al pueblo, se han lanzado a brazos de los fascistas sin
titubeo alguno.
Por
lo tanto, en la normalización de los discursos de odio existen
muchos responsables directos. Algunos aducen su racismo natural y
genético fruto de estulticia profunda y falta de luces. Otros
exprimen el mantra dividiendo las clases trabajadoras para seguir
oprimiéndolas sin que se trastoquen sus plusvalías.
Pero
es curioso cómo funciona esto del racismo y la xenofobia. Cómo de
enfermas están las mentes y espíritus de quien comulga con
semejantes ruedas de molino.
Se quejan de los inmigrantes racializados, magrebíes, latinoamericanas,
africanos, etc., pero eran bienvenidas las mujeres jóvenes
ucranianas, así como las jóvenes latinoamericanas que acaban en
prostíbulos. Los negros que recogen fruta en la huerta murciana, o
en los invernaderos de Almería o Lleida nos roban el trabajo. Las
mujeres de Marruecos o Polonia que doblan el espinazo para sacar
fresas en Huelva destruyen el país. Quizás las kellys,
mujeres invisibles que limpian a la carrera decenas de habitaciones
de hotel, oficinas o escaleras de propietarios, muchas de ellas en
situación de vulnerabilidad (por mujeres, por acosadas, por
extranjeras, por pobres) no se esfuerzan demasiado. Los obreros de la
construcción provenientes de Europa del Este, África o Perú, que
conocen el oficio y son obligados a jornadas extenuantes de trabajo
por salarios de subsistencia con los claros culpables de las burbujas
inmobiliarias. Esto es una invasión, una teoría del gran remplazo,
de la que aviones diarios llenos de MENAS (acrónimo
referente a los menores extranjeros no acompañados ya normalizado en
tono despectivo) impiden que tu abuela tenga una pensión digna. Hacen campaña con ello, se niegan a asumir sus responsabilidades legales y la más mínima humanidad. La ultraderecha hace chantaje por unos cuantos chavales y amenaza tumbar gobiernos. Ojo, que esta actitud y falta de humanidad y altura de miras lamentablemente les daría más votos.
Pero es que todos
estos son trabajadores. Son pobres. No como los millones de turistas que llegan sin control ni regulación alguno, gentrifican los centros
de las ciudades, expulsan a los vecinos y a los negocios locales que
son sustituidos por pisos turísticos y franquicias de comida rápida
donde trabajan mayoritariamente gente joven y descendientes de
inmigrantes. Se desahucian a ancianas o se cierran espacios culturales para que haya más pisos turísticos y franquicias extranjeras. Es que hay manifestaciones de vecinos ya hartos de verse expulsados del centro de sus ciudades que hay que castigar y reprimir con esa aberración democrática de la Ley Mordaza en la mano (imperdonable que esto no llevé derogado 6 añazos ya).
Los
trabajadores que llegan de Marruecos, Ecuador, Bolivia, Nigeria,
Moldavia o Senegal son tan extranjeros como los jubilados de
Inglaterra, Países Bajos o Noruega que compran urbanizaciones
enteras en pueblos de Málaga, Alicante o las Baleares. Se pasan años
en nuestro país pero no aprenden ni una sola palabra de castellano,
ni siquiera cuando les van a operar de cataratas, de prótesis de
rodilla o de cadera en la sanidad pública española donde no han
cotizado en su puta vida. Pero el problema es que a un mena se
le haga una prueba óptica y se le donen unas gafas.
El
que te ha llevado una basura de hamburguesa a casa con una mochila
amarilla, o la señora que ha limpiado la oficina esta mañana es
inmigrante y trabajadora en nuestro país, como el futbolista mil
milmillonario que jaleas cada miércoles-domingo.
De
hecho el fútbol profesional es un muestrario clarísimo de las
profundas inconsistencias mentales de quienes se niegan a admitir la
realidad de un mundo construido a base de movimientos de personas que
buscan un mejor lugar para vivir.
En
plena Eurocopa, con lo que supone de exaltación patriotética del
rojo y gualda (vaya lavados de cerebro se ven por estos días, con
gente envuelta en la bandera) la máxima estrella de la selección
nacional es Lamine Yamal, un adolescente de 16 años, de ascendía africana (marroquí
por parte de padre, ecuatoguineana por parte de madre), nacido y criando
en un pueblo obrero de la periferia de Barcelona. Su desempeño y maestría en el campo se plasma en el magnífico gol con el que firmó
el pase de la roja a la gran final. Pero su mejor contribución
a mvp es sin duda, es demostrar la incoherencia de un mundo
que nos separa por razas y el color de nuestra piel, pero
fundamentalmente por la cantidad de dinero que tenemos, o nuestro
código postal.
Un caso similar al de la atleta Ana Peleteiro también objetivo de las huestes fascistas por su posicionamiento abiertamente de izquierdas y antifascista, y contra la que se postulan por ser mujer, por tener éxito, por ser gallega, de izquierdas, madre y persona racializada. Otro ejemplo.
Celebrar con las manos, acordándose de su origen, de su clase social, de cómo el código postal nos determina mucho más que el código genético y por qué es tan importante no perder esa perspectiva. Su ejemplo, junto al de otros afro-descendientes en esta Eurocopa, que dan talento y emoción al fútbol, y que se han posicionado contra el racismo, la xenofobia, el odio y la ultraderecha es muy valioso. En primer lugar porque se alejan de la impostada neutralidad, cuando no del abierto clasismo y pertenencia a la ultra derecha con los que otros futbolistas funcionan en su día a día. Aunque no lo parezca en una actividad que practica todo el mundo y donde el talento tendría tanta importancia, y al igual que con muchos de los "artistas", la procedencia social dictamina en gran medida las posibilidades de llegar a ser futbolista profesional. Otra vez salir del Arroyo se hace imposible. Después, porque en un contexto donde la banalidad y el individualismo de las megaestrellas y los galácticos que a tantos nos ha alejado del fútbol, un recién llegado se acuerda de sus orígenes, de su barrio y de su clase social. Con honor y con orgullo.
De hecho, en estos días, la selección y Lamine Yamal comparte espacio en primera plana, con uno de esos pijos asquerosos de la movida madrileña. El tal Nacho Cano, perpetrador de esa abominación musical llamada "mecano" hoy ha salido como noticia porque ha sido acusado y detenido por tener sin contrato y sin las más mínimas condiciones legales a trabajadores extranjeros que utilizaba en un supuesto espectáculo escénico, alojado en un solar regalado por la Comunidad de Madrid. De hecho, la tarada de su presidenta ya ha hecho causa común con su amigo y alimenta la maquina de fango y bulos.
La
inmoralidad del racismo y la xenofobia es un problema muy grave
dentro de una sociedad occidental en una crisis muy seria a todos los
niveles. Una crisis política, social, económica y cultural que adelanta un
tiempo nuevo, que no acaba de llegar como decía Gramsci, y que
produce terribles monstruos que hay que afanarse en vencer y
erradicar. Por ello el antifascismo es una obligación moral y una posición justa y de porvenir frente a quienes solo ven odio y opresión. Un ingrediente básico e imprescindible para transformar esta realidad de débil democracia en un país con dignidad, futuro e igualdad de oportunidades.