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jueves, 2 de abril de 2026

La Alta Cocina: Comida basura neoliberal

 



Ha vuelto MasterChef a TVE. En su versión de concurso de habilidades y reallity de anónimos. En su ¡¡¡décimo cuarta!!! edición, más unas cuantas de la abominable versión junior de niños repelentes y la insultante de Celebrity con famosos de medio pelo y de capa caída. Es la principal apuesta de RTVE para brillar y competir en las audiencias del prime time semanal (esa aberración que en España empieza a las 11 de la noche … ). Y no. No he visto este programa, ni ninguna de sus versiones, ni ediciones más allá que una ocasión que lo sintonice dos lamentables minutos. Pero aún así, como éste es mi blog y hago o escribo sobre lo que me da la gana, me voy a permitir escribir sobre este formato, porque me parece un contenido que debería estar fuera de una televisión pública por caro, por inmoral y por alienante. Y porque me preocupa y mucho lo que están haciendo con la televisión en este país, y especialmente por la que pagamos todas y todos.

MasterChef es un programa de televisión que abiertamente se presenta como inocuo y de entretenimiento familiar. Una expresión de cocina y bonhomía sazonada con humor naif y suave. Sin embargo, funciona trufado de competitividad y hervido en valor económico tanto la pericia gastronómica como la presentación al por mayor de las miserias humanas. Y todo esto lo hace, además de costeado con los impuestos de todos, a favor de una ideología neoliberal y un conservadurismo sociológico de capilla y copete. Eso sí, no se puede silenciar el éxito que obtiene refrendado con unas audiencias notables en cada versión más chusca que la anterior.

Desde luego, MasterChef no es un programa de cocina y entretenimiento familiar. Su humor y chascarrillos son de una casposidad aberrante, que entran fácil como cuchillo en mantequilla sobre situaciones ya cliché de la televisión de los reallities. Y es que todo está atado y bien atado, y los guiones funcionan con la precisión de un horno de última generación para destacar lo que interesa destacar: las localizaciones son cuidadosamente escogidas, ambientadas y cobradas por publicidad encubierta en la televisión pública; los concursantes, ya sean anónimos o famosos, cubren los estereotipos patrios (el andaluz chistoso, el manchego con retranca, el aragonés borrico, el castellano seco, el catalán agarrao, el gallego depremido o el vasco impulsivo, etc.) y los nuevos modelos del universo woke (el o la trans, el abiertamente gay, una o dos personas racializadas, los tatuajones, o los que se presentan como honestos y no dejan de ser unos mal educados de mierda, etc.). Las situaciones que se fabrican entre ellos y con los jueces (ahora voy con ellos) buscan el clímax, pero no en la técnica y ejecución culinaria que dan como resultado la propuesta gastronómica de alta cocina que se pretende. No. Lo que interesa es la carnaza. La casquería de la podredumbre moral de humillaciones, vejaciones, derrotas y la victoria de un único sólo -porque sólo gana uno-, los romances, las miraditas y las bromas de dudoso gusto y nulo sabor humorístico.

Y es que los presentadores o jueces ahí están desde hace 13 años mostrando una ideología concreta y reaccionaria. Lo capitanea el campechano Pepe el de Illescas que no tiene ninguna gracia y que parece que juega el papel de respeto por lo tradicional y lo auténticamente español. Luego está Jordi Cruz, el malo no el de Disney, célebre por sus salidas de tono y por tener becarios a los que explota y ni siquiera paga. Y por último la nietísima de Vallejo-Nágera. Estos dos parecen adalides de la cocina de vanguardia en el país y sus ataques a lo concursantes y respuestas suelen mostrar lo peor de la competitividad exacerbada en la que el mundo contemporáneo parece sumido. Veo que a la descendiente del criminal que buscaba el gen rojo destripando mujeres y trabajadores después de la Guerra Civil, la ha sustituido en esta edición, una influencer culinaria, que habría que saber cómo y por cuánto posicionó sus contenidos. Ahí lo dejo.

En cualquier caso, los jueces imparten una suerte de justicia castrense entre los fogones. Replican la jerarquía militar,haciendo aullar a los concursantes un marcial "Si, chef" tras cada orden, que deje constancia de la sumisión de los miembros más bajos del escalafón. Comportamiento este que contraviene cualquier estatuto profesional de cualquier sector, incluido el de la restauración y la hostelería, porque no se trata de cuarteles del ejército, sino de entornos laborales donde le respeto entre personas prevalece. Sin embargo, en este caso la idea está clara: meter en las cabecitas del populacho un férreo control militar que module sus conductas y expectativas. Así que de programa inocuo, nada de nada.

Por si este elenco de lo zafio y lo ruin no fuera suficiente de vez en cuando hay que pagar a una suerte de famosos de medio pelo sin oficio ni beneficio para que facturen en la versión Celebrity. Tal dispendio ha llegado a salir, según se cuenta, por hasta 725.000 euros el programa (el capítulo) y aquí no se ha oído a nadie poner el grito en el cielo como cuando ocurre con otras propuestas televisivas.

Y aún así, y pese al desgaste, también lógico por falta de ideas o agotamiento del producto, el programa ha encontrado un filón sobre el que asentarse gracias a la predominancia que desde hace unos años la Alta Cocina ha adquirido en el mundo cultural actual. Elevada a la categoría de octavo arte la gastronomía de chefs estrella tiene su espacio en las publicaciones de cultura. Las apariciones públicas y las noticias de éxito son celebradas como hitos de la pujanza cultural patria. Cuando las noticias son los abusos y condenas judiciales y de la administración por prácticas laborales abusivas o vejatorias son convenientemente silenciadas.

Abro capítulo a parte porque en toda esta moda de la alta cocina los nombres de los grandes cocineros, son eso, de cocineros, de hombres. Salvo un par de mujeres la lista de advenedizos y visionarios de lo culinario está formada prácticamente por hombres. Los mismos hombres que en las casas, toda la vida, han huido de la cocina dejado a las mujeres, sobretodo a las madres y las abuelas, en los fogones, trabajando para alimentar a la familia. Pareciera, bueno no, está claro, que cuando a una tarea concreta no se le puede extraer una ganancia económica, no puede ser valorada por el mercado, queda bajo responsabilidad de las mujeres. Sin embargo, ahora que la cocina es un arte y comer o cenar un menú degustación por 200€ el tenedor es lo más cool y refinado, los autores y protagonistas son hombres. Curioso.

Cuando se conceden las estrellas Michelín se trata de un acontecimiento a la par de los Oscars y los Premios Nobel. Crecen como setas los establecimientos que ganan estas distinciones y los que suben la categoría convirtiendo España un paraíso groumet para grandes fortunas por el que, parecer ser, todos debemos sentirnos orgullosos. La realidad, es que los premios en el ámbito de la cultura son más bien una patraña porque no se miden por criterios objetivos, sino por variables subjetivas. Las más de las veces no son premios, sino publicidad encubierta y pagada a la institución que factura el galardón. Si quieren jugar la carta del “arte” que lo hagan con todos sus matices.

Lo cierto es que a la mayoría de los españoles y españolas, la alta cocina nos importa una mierda. No voy a hacer cola, ni física, ni virtual, por reservar en un restaurante de moda, para satisfacer unas redes sociales ajenas. Ni me lo puedo permitir, ni me interesa en absoluto.

Lo que me indigna con todo esto son dos cosas: la primera es que estos restaurantes de alta cocina y sus chefs estrella son una minúscula y microscópica minoría, incluso una excepción, de los miles de restaurantes y tabernas que hay en este país. Me cabrea que los presenten como máximos exponentes, o incluso nuestros mejores embajadores en la “dieta mediterránea”, cuando lo que hacen en sus cocinas es elaboraciones pretenciosas, artificios y transformaciones que alejan a los comensales del producto, convirtiendo en singular no el plato, la materia, sino eso tan etéreo de la experiencia. Concretamente la de pagar el narcisismo de la estrellita de turno.

Lo segundo que me mosquea es que todo este maremágnum de programas de televisión de alta cocina, chefs estrella, restaurantes de élite, experiencias culinarias y demás soflamas consumistas y elitistas huele a neoconservadurismo y a ideología neoliberal que tira de espaldas.

El neoliberalismo como doctrina política y cultural y dogma económico hegemónico lleva desde los años 80 transformando las dinámicas internas de las actividades humanas. La cocina, la gastronomía y todo lo que tiene que ver con la alimentación no está exento de ello, como ya he escrito en otras ocasiones. Ahora bien, eso es una cosa y otra es presentar un escenario concreto, la Alta cocina, como un ejemplo paradigmático de lo que es la ideología neoliberal.

Si bien esta alta cocina desde siempre ha estado ligada a un contexto elitista, es preciso en este momento histórico dar la vuelta a la secuenciación del proceso. A que no son los mercados desregulados, el liberalismo económico, el consumismo desaforado y la mercantilización de las actividades humanas los que han generado lo que hoy conocemos como “Alta Cocina”. Es más bien, en mi opinión, en cómo se ha presentado este contexto concreto, por lo demás occidentalista y heteropatriarcal, como el paradigma de la perfección de la teoría y práctica neoliberal.

Solo hay que ver cómo la Alta Cocina hace unos años prácticamente era invisible en los medios de comunicación de masas. Solo publicaciones que rodaban entre las élites trataban este fenómeno y quedaba completamente fuera del ojo de la gente común. Seguro que no lo recordáis pero hace 20 años no había programas de cocina y reallities con cocineros de renombre convertidos en celebridades mediáticas, ni se publicitaban las estrellas michelín, ni tampoco aparecían recetas, técnicas y procesos que estaban fuera de los hogares.

Las redes sociales tienen mucha culpa de ello, pero también la televisión donde no es que cambiasen unos programas por otros. Es que los mismos que trataban recetas tradicionales y comida casera, ahora invitan y enseñan recetas para esferificar guisantes. En todos ellos se lanzan mensajes con intención clara de adoctrinamiento neoliberal: la meritocracia, el éxito empresarial, la visión audaz, la ensoñación del emprendimiento y una competitividad enfermiza.

En todos estos mensajes teledirigidos a un público más o menos cautivo tienen que ocultarse los vicios de la doctrina neoliberal y eso sí, exponenciar sus virtudes: La alta capacitación técnica, la especificación profesional, la excelencia premiada y sostenida por la cúspide mediática y la originalidad de inspiración artística y elevada se celebran y promocionan. Por contra, la precarización laboral extrema de los trabajadores (de la hostelería señores, recuerden) son ocultadas y quedan fuera de este relato de éxito y autorrealización. Las condiciones laborales abusivas, con dedicaciones extremas y absolutas, horarios intensivísimos, jerarquías feudales a las que son expuestos la fuerza laboral por salarios ínfimos de subsistencia. Y en ocasiones, ni eso, puesto que a través de un capital cultural en forma de becas y premios se quiere pagar el esfuerzo y tesón de las y los trabajadores. Por no hablar de las vejaciones y los abusos, incluidos los de carácter sexual, ante masas trabajadoras que se encuentran desprotegidas cuando se cae la ensoñación de “trabajar junto” a "trabajar para" la estrella culinaria del momento.

Esta contradicción evidencia cómo el discurso del mérito y la búsqueda de la excelencia que promueve el neoliberalismo, tiene profundas grietas a la moral como estas desigualdades extremas que se generan en los restaurantes de alta cocina.

Esto del lado de los trabajadores, pero qué decir del lado de quienes consumen alta cocina con un afán más allá de la alimentación como necesidad animal. Incluso por encima del deleite ante una actividad convertida o pretendida como expresión artística y cultural. Sin duda, la gastronomía de élite es un marcador identitario que sirve para distinguir entre los diversos grupos sociales. Un capital cultural, en palabras de Pierre Bourdieu, al que solo tiene acceso una parte mínima de la sociedad y que le sirve para distanciarse de los que están debajo. No sólo se trata de ingerir alimentos, sino sobretodo de la exhibición de que lo estás haciendo. La propaganda de tus posibilidades y tu estatus social.

Por último, no puede obviarse que frente a mensajes como “re-inventar el gazpacho andaluz”, “re-pensar las carrilleras”, “re-visualizar las fabes con almejas” lo que subyace es un proceso unificador que revienta la diversidad cultural y las distintas tradiciones gastronómicas. Los grandes chefs y sus equipos adoptan distintas técnicas, ingredientes y preparaciones provenientes de cualquier lugar del mundo. Añaden y obtienen distintos productos, muchas veces fuera de temporada y alejados de su entorno de producción, para traerlos a Occidente y “fusionarlos” con la cocina tradicional local. Este proceso refleja la tensión entre diversidad cultural y folclore gastronómico con respecto a la uniformidad hegemónica y la globalización totalizadora que propone como síntesis el paradigma neoliberal. No es casualidad que muchas de estas pretendidas fusiones de autor acaben llegando a la masa que necesita alimentarse como productos de la industria alimentaria. Y no precisamente de la más saludable, ética o sostenible medioambientalmente. Ni tampoco es casual que vivamos adoctrinados en una sociedad invidualizada, incapaz de hacer cosas como cocinar y proveerse alimento por uno mismo. Alejando la cocina y todo lo que tiene de experiencia común, de compartir, de trascendencia y de legado cultural e idiosoncrasia de la vida cotidiana de las personas.

En conclusión, el vínculo entre alta cocina y neoliberalismo es íntimo y favorece el planteamiento, sustentación y asimilamiento de estructuras mentales neoliberales como la competitividad, la búsqueda exhaustiva del lucro, el consumismo, el estatus social merced a ese propio consumo y la amalgama entre arte, espectáculo y negocio.

Ya sea a través de programas de televisión rancios, repetitivos e inmorales, y de la profusión de todo lo que acontece alrededor de la alta cocina, lo que se está buscando, y consiguiendo es reflejar dinámicas propias del modelo neoliberal que no deberían perseguirse en los medios de comunicación públicos, por mucha corriente hegemónica que se trate. Además, aparte de alejar el respeto y dignidad que merecen todos los profesionales de la hostelería, también se quita importancia y significación a los saberes tradicionales, muchas veces ideados, defendidos, mantenidos y transmitidos por las mujeres de las familias, homogenizando nuestra alimentación y sus procesos.

 

martes, 20 de enero de 2015

Toledo: Modelo de calidad en el turismo de interior



Cuando uno se encuentra sometido a un habitual aburrimiento y falta de alternativas del lugar donde vive. Cuando esa falta de opciones, se presentan en el plano social, en el espacio y el tiempo de ocio, donde la oferta única que queda es emborracharse. Si sientes que por más que rastrees la agenda de eventos, y salvo honrosas y contadas excepciones, no se encuentra nada distintivo, atrevido y de calidad. Si todo esto te lleva, día tras día y sobretodo en las noches a deshechar la idea de salir e intentar divertirse, el llegar, visitar, un lugar nuevo que te ofrece alternativas para todos los sentidos puede provocar que te dejes llevar por la desesperación de la desgracia de muerte en vida, o por el contrario reafirmarte en un modelo de ciudad y ocio que se pueda definir por diverso, trascendente, mágico y de calidad.

Por azares de diversa índole y naturaleza he llegado a visitar Toledo con cierta frecuencia (dos veces en menos de 10 de meses y seguro que algunas más también) y no puedo estar más que sorprendido con lo que me encontre.

Sin acudir la primera vez con prejuicios y si con algo de documentación a través de una guía de viaje de la biblioteca que me puso en antecendentes sobre la llamada Ciudad de las Tres Culturas, llegue a una Toledo vibrante y alterada por la celebración del IV Centenario de la muerte de El Greco, embajador foráneo y universal de lo que con el tiempo acabo siendo la capital de Castilla la Mancha. Y quizás por ese torbellino de visitantes y acontecimientos al calor de esa efeméride del arte mundial lo que el visitante se encuentra (nos encontramos) fue una ciudad claramente abierta, llena de propuestas de toda índole (desde rutas históricas, artísticas y legendarias hasta espacios gastronómicos creativos) que ha entendido, a mi juicio, su espacio, su naturaleza y cuales son sus fortalezas (inequívocamente ligado al conocimiento de las debilidades) para poder así desarrollarse y ofrecer un espacio de vida y prosperidad para sus vecinos (en torno a unos 85.000 en la actualidad; unos 15.000 viven en torno al casco histórico de la ciudad).

Toledo te saluda con la figura del Alcázar omnipresente en todas las estampas paisajísticas de la ciudad, mientras que la belleza gótica de la Catedral del siglo XIII se muestra más tímida, quizás por la presión que le ejercen todo el conjunto de edificios del casco histórico que funcionan bajo el modelo árabe de ciudad, de estrechas y a menudo empinadas calles, empedradas a mediados de siglo, y que le confluyen a todo el perfecto decorado medieval para los paseos, andanzas y caminos tanto del día a día como de la noche, tanto del espectador habitual como del casual.

Todo el centro histórico de la Ciudad Imperial, se halla elevado sobre el risco horadado en forma de hoz por el también, siempre presente Río Tajo. Su curso lega sin duda una de las imágenes panorámicas de la península ibérica y a la vez abre sendas naturales que espero poder en breve inspeccionar en práctica deportiva, corriendo o en bicicleta. Para llegar a este risco elevado que es el epicentro de la vida social de Toledo, desde los bulevares de los nuevos barrios que conforman la ciudad de Toledo y median entre el núcleo monumental y las zonas industriales y de asentamientos de viviendas unifamilares, las autoridades levantaron hasta tres escaleras mecánicas, que facilitan (y mucho) el acceso. Pero la gran entrada a la ciudad se hace subiendo hacía la Puerta de Bisagra, del siglo XIII y consagrada a Alfonso VI reconquistador de la ciudad del dominio árabe. Esta puerta desemboca directamente a la populosa y animada Plaza de Zocodover, punto de encuentro y distribución. En ella y en la calle de El comercio, que sale de la misma plaza, serán los únicos puntos en los que encontrarás el ya, y por desgracia, típico comercio de franquicias que ha homogenizado todas las ciudades, aunque están sean Patrimonio de la Humanidad.

Por fortuna, Toledo mantiene innumerables ejemplos de comercio tradicional. Desde pañerías y tiendas de ropa "de toda la vida", a fantásticas librerias, cafeterías, y tiendas de souvenirs, que sin duda alguna, y quizás por esto mismo, son el mejor exponente del "ácero toledano" con el que se forjan espadas y demás utensilios y aperos de guerra en este país desde hace más de 15 siglos.

Estas colecciones de espadas, dagas, hachas, abre-cartas, armaduras, escudos y demás parafernalia bélica medieval añaden un punto más que interesante y peculiar a cualquier ruta por las estrechas calles del centro, dando al paseo un punto más de vislumbre.

Caminar por estas mismas calles es una experiencia fantástica. No siempre tan cómodas, como quizás estamos acostumbrados los visitantes, la estrechez y los recovecos definen una estructura urbana notoriamente árabe que no ha sufrido más intromisión que la entrada del coche como elemento urbano (con su señalización pertinente) y el alumbrado eléctrico (con sus cables de tendido) que también mantienen un espíritu novecento más que especial.

Decir que sin duda alguna, y al igual que sucede en otras ciudades como también Salamanca, eliminar o llevar al mínimo (carga y descarga y vehículo autorizados) la presencia del coche en estos centros históricos Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO se antoja decisivo para la preservación de estos conjuntos, siguiendo la propia recomendación de la propia UNESCO que ya en 1996 abogaba por la eliminación de todo tráfico rodado en estas zonas. A mi juicio, en esto Toledo tiene un déficit, pero también hay que resaltar que en esa zona vive gran parte de población desde hace muchos años y sabemos que el vehículo propio es un apéndice indispensable de nuestra vida urbana, o mejor dicho del modelo de vida impuesto.

Pero continuamos caminando por las estrechas y bellas calles toledanas, descubriendo a cada paso nuevos detalles. Tanto la judería como la morería, sobrevivien hoy como decía, sin apenas cambios, y mantienen la estructura de calles estrechas, con los tejados casi rozándose, pero con las ventanas de los edificios, nunca enfrente una de otra. Cada paseo emprendido (reconozco mi absoluta incapacidad, de momento, para orientarme) es una aventura de vislumbre de nuevas torres, casas señoriales, dínteles decorados, celosías y herrajes en las ventanas, y edificios que transcurren desde la mampostería típica de la época y zona de dominación árabe al bloque granítico impuesto ya en los edificios religiosos y palacetes construídos ya bajo dominio "español".

Nos dejamos caer hacia las sinagogas, la del Tránsito donde disfrutamos y aprendimos con el museo sefardí allí alojado y la de Santa María la Blanca, hoy reconvertida en iglesia católica pero que su interior resulta un espectáculo de contrastes entre el blanco de sus arquerías y el negro policromado de sus artesonados en el techo.

Continuas el trayecto por las calles y llegas hasta la Catedral de Toledo. Aprisionada por distintos edificios no tienes demasiada distancia para admirar su construcción y el detallismo de sus alturas, arcos, la torre o el cimborrio, salvo por la apertura e forma de plaza delante de la puerta de El Perdón. La consagrada como Catedral de Santa María reune todas las características propias del gótico español, y su construcción con piedras de intenso color blanco la resaltan del resto de edificios de su alrededor. La torre o campanario se presenta robusta y de menos altura que otras catedrales hispanas, y de noche, con una original iluminación ornamental nos hace vislumbrar un torreón más propio de un mundo imaginario y tenebroso. Sin duda de esta catedral resltan sus puertas, especialmente la profusa y con elementos neoclásicos Puerta de El Reloj.

El caminar por Toledo es un descubrir a cada paso de nuevos rincones arquitectócnicos singulares y de indudable belleza. Salir de su recinto histórico a través de sus puentes como el de Alcantará o el de San Martín bajando desde la judería, para cruzar en ambos casos El Tajo y poder admirar espacios naturales, salpicados de cigarrales (típicas casas manchegas de campo) y sendas y veredas que ansío explorar de encinas, pinos, alcornoques...

Pero podemos volver al interior de la ciudad y seguir andando con aires de impresión y trascendencia. Como decía antes las tradicionales Espaderías de Toledo, muestran en sus escaparates obras de artesanía delicada y pintoresca con muestrarios de las espadas y hojas más famosas de la actualidad, sacadas del cine y las series de televisión. Se hechan en falta, supongo que en los museos tendrán su espacio, las reproducciones de espadas de personajes históricos, como pudiera ser la Tizona de El Cid, la daga castellana de Alfonso VI, las armas templarias, árabes, mozárabes, etc, pero supongo que hoy en día es más conocido un Jon Nieve que Don Rodrigo Díaz de Vivar.

Pero no sólo de espadas esta hecha la artesanía de Toledo y sus escaparates así lo atestiguan con numerosos espacios dedicados a la repostería, los quesos, los vinos, la carne de caza que además se pueden disfrutar en los estimulantes locales que dispone la capital manchega hoy en día, y también en el inaugurado el año pasado Mercado de San Agustín: una propuesta sorprendente basada en la más alta calidad de los productos allí ofertados. En un edificio de indudable estructura renacentista remodelado con materiales del siglo XXI lo que da distinta luminosidad y calor a las estancias, puedes elegir entre los distintos productos y momentos y degustar tremendas carnes tanto de vacuno, como de cerdo o de caza; pescados y mariscos, fritos o al estilo japonés, panes artesanales, espacios gourmet, de embuditos ibéricos, productos de huerta, cervecerías, vinacotecas o incluso un espacio chill out en la terraza provisionada con coctelería. Pero sin ninguna duda deberás dejar de probar la colección de pasteles que ofrecen en el puesto nada más entrar, a la derecha. Una absoluta delicia.

Pero éste no es el único espacio dedicado a la sorpresa de los paladares y demás sentidos. Toledo, probablemente al calor del año del centenario de la muerte de El Greco, ha renovado su oferta gastronómica, y con los productos autóctonos de la zona se ha abierto a las nuevas tendencias, hasta posicionarse ella misma como una tendencia. Por lo tanto, visitar Toledo esta de moda, y resulta estimulante.

Degustar tapas en Alfileritos es una obligación, así como los Restaurantes de El Cuchifrito (en la zona de barrios fuera de el centro histórico), el Quitapenas, el Hierbabuena, o un escondido pero no menos excepcional para comer El Gallo. Tampoco desmerecen en absoluto las tapas de el Nuevo Almacen, La Malquerida o La Flor de la Esquina. También destacan las hamburguesas para una cena informal de El Ermitaño.

Para la hora del café, y también para cualquier momento debido a su apretada agenda de actividades alternativas y especiales, es altamente adictivo El Internacional, un espacio abierto a nuevas experiencias que puede albergar el mercado de huerto ecológico y una biblioteca de material descatalogado, donado y reciclado. Sin duda un lugar especial.

Entre las cervecerías destaca El Livingstone, típico pub irlandés, y no puedo dejar de admirar el fantástico Margot, como coctelería, especializada en gin-tonics, que es todo un lujo debido a la combianción de postureo modernista, con precios bajos y espacio abierto a nuevas experiencias. No conocí mucho de la noche toledana pero destaco Los Clásicos, un local amplio preparado para la música en directo y que luego te da una buena dosis de pop-rock setentero. Y todo esto es una dosis de los locales que he podido disfrutar en dos visitas, quedando otra buena tanda de estimulantes y geniales propuestas esperando para ser reconocidas en próximas visitas.

No se pueden perder las opciones de disfrutar de las tremendas rutas temáticas que la ciudad de Toledo, gracias a diferentes organismos y asociaciones culturales pone a disposición tanto del visitante como del vecino toledano. Aprovechando la historia del lugar, la arqueología, los espacios inter culturales entre árabes, cristianos y judíos, y la conveniencia de sus tradiciones orales de leyendas y mitos se puede disfrutar tanto de la medieval arquitectura toledana. A una tradicional ruta monumental por este casco histórico Patrimonio de la Humanidad, le pueden seguir, previo avituallamiento siguiendo los consejos de los anteriores párrafos, una suerte de rutas que harán las delicias de los amantes de la historia más mundana en conceptos habituales así como de los de "la nave del misterio". Podremos descubrir así con la ayuda de los historiadores y voluntarios cuenta-cuentos un Toledo Secreto, Oculto, Subterráneo y Mágico. Tampoco se escaparán las leyendas Tenmplarias y los mitos en torno a figuras reconocidas tanto de la historia documentada como de la prolífica apócrifa toledana.

Pero si tengo que aconsejar un destino por el que pasar en una visita o estancia en Toledo, es sin ninguna duda los baños árabes de Medina Mudejar. Absoluto descubrimiento de paz, relajación y trascendencia. Un lugar de otro mundo, de otra época. La ruta explicativa que dan sobre la historia y reconstrucción del edificio es estimulante, y en todo el recinto se respira un ambiente de tranquilidad fantástico. La zona de baños es entrar en otro microclima aislado de todo, incluso de los problemas que uno traiga en su cabeza. Las tres cubas a distintas temperaturas, la sauna, el patio acristalado para sentarse sobre las antiguas columnas graníticas y degustar un té; el espacio para masajes con una absoluta profesionalidad y calidad por parte de los y las masajistas. Normalmente suelen reservar para organizar pequeños grupos, lo cual es muy positivo. Puede parecer caro, pero os aseguro que en absoluto lo es. No importa el estress que tengas, porque esta experiencia te deja como nuevo: Siempre que pasé por Toledo, reservo un espacio para Medina Mudéjar. Más que recomendable, indispensable.

Sin ningún atisbo de duda debes de visitar Toledo. Una ciudad estimulante y atractiva que se está configurando como un gran sitio para vivir (siempre que haya empleo, que esa es otra cara de la tostada), y en el que el tiempo de ocio se queda corto para descubrir y disfrutar de las enormes posibilidades y alternativas que está construyendo en base a un modelo de calidad y distincción que bien podrían aprender "otras ciudades" que no distan ni 240 km.

Sin ninguna duda puede parecer pretencioso el título de la entrada, pero no lo resulta, puesto que Toledo cumple sobradamente las expectativas y se configura como una alternativa de turismo de interior (turismo de fin de semana, habitualmente) especial, recomendable y edificante.

Camareros: Necesarios, degradados y precarios. Una experiencia personal

Ahora que ya está aquí el veranito con su calor plomizo, pegajoso y hasta criminal, se llenan las terracitas para tomar unas...