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lunes, 19 de octubre de 2026

La coyuntura francesa


 

Consecuencia política directa de las elecciones al Parlamento Europeo de junio de 2024 fue la convocatoria de elecciones legislativas en Francia para agosto de ese año. El presidente de la República, el tecnócrata y liberal Enmanuel Macron se veía empujado a una adelanto electoral en la cámara de representantes debido al nefasto resultado que su coalición obtuvo en la votación europea y al auge de la extrema derecha en aquellos comicios, mientras un estado de perenne ingobernabilidad en Francia le empujaban a buscar una nueva mayoría legislativa que reaccionara en su figura, a través de una coalición de urgencia entre conservadores y liberales y el apoyo puntual de los socialistas. Sin embargo, el resultado de las legislativas mientras el país vivía el furor de los Juegos Olímpicos de París 2024, fue la victoria de la coalición de izquierdas de la Francia Insumisa que paró en seco el crecimiento electoral y favorable de la extrema derecha y dificultó aún más, la consecución de mayorías operativas en la Asamblea Nacional.

Una vez más, la cultura política de las militancias de izquierdas en Francia volvió a mostrar cuáles son los caminos a realizar y dónde están las prioridades cuando están en peligro los valores democráticos, la identidad nacional, así como la salud de la civilización moderna y los valores republicanos. Con aquella votación se paró, al menos momentáneamente el auge de la extrema derecha en Europa, garantizando de paso un respiro a la integridad y la construcción de una Europa común que se enfrente a los retos del Mundo Actual, y en especial, a las agresiones y a la violenta hegemonía de Estados Unidos en su enfrentamiento geoestratégico frente a Rusia y China.

Evidentemente estos dos años no han servido para facilitar una estabilidad política en la República. Los primeros ministros designados por Macron van durando menos que un respiro y el enfrentamiento entre Presidente de la República, una cámara de izquierdas, y una sociedad civil empoderada y muy atenta a lo que se decide en el Eliseo y en la Asamblea Nacional auguran una conflictividad social cada vez mayor, mientras que la extrema derecha espera paciente sacar réditos políticos en las próximas elecciones de 2027 a la Presidencia de la República. No lo olvidemos.

El fracaso del neoliberalismo, como ideología y por desgracia, como práctica política y económica nos han traído el auge de una extrema derecha desatada, auspiciada por las propias élites en su búsqueda de perpetuarse en la hegemonía. Mientras la sociedad está cada vez más fragmentada en múltiples aspectos, desde lo político donde la polarización de una extrema derecha crecida ha tratado de arrastrar todos los sentimientos e ideales hacia una defensa centrista de mínimos, hasta también lo económico y social, donde la desigualdad económica creciente, la crisis de vivienda, la precariedad del trabajo o el fracaso de unos servicios públicos entregados al capital y que han dejado de ser garantes de la igualdad y el bienestar, están rompiendo o han roto ya los pactos sociales y la propia convivencia.

Antes de las elecciones legislativas de 2024 Macron ya había dejado claras sus prioridades. El que fuera ministro de economía con el socialista Hollande, había abandonado el partido y el gobierno para impulsar su propio partido (En Marcha) para con una agenda claramente neoliberal y tecnócrata, bien recibida por las élites, los medios y los mercados, profundizar en la hegemonía neoliberal y económica sobre el discurso político y los valores republicanos y democráticos. Como repuesta fue recibiendo una cada vez mayor movilización social, con el movimiento de los chalecos amarillos (Gillets jeunne) de 2018 como punto de inflexión, y como descontento latente y trascendental que agrupaba en una serie de medidas, puntos ideológicos e identidades políticas extremas a derecha e izquierda. Hasta 2024, la pandemia de covid o los JJOO en casa “paralizaron” el motor reivindicativo, pero eso no quiere decir que se desactivarán y abandonarán las luchas, sino que se han reorganizado en torno a unos valores políticos y culturales de igualdad y justicia social.

Por lo tanto, estos dos años no ha parado la conflictividad social, y los continuos fracasos de Macron para poner en marcha sus medidas ultraliberales han dado alas a la Francia Insumisa, y también a las calles para clamar por una mejor democracia, por mayor igualdad y libertad, además de poner en cuestión la hegemonía del neoliberalismo en el discurso como hizo el movimiento Bloquons tout en septiembre del año pasado. En este contexto entran las actuales protestas estudiantiles que han inaugurado el curso escolar luchando y exigiendo unas mejores condiciones en los institutos y universidades públicas francesas, que al final quedan como única opción para los hijos de la clase trabajadora, mientras se articula con recursos públicos y caudal político, un sistema elitista que favorece una desigualdad social cada vez mayor. Señalar que en España en Madrid y la Comunitat Valenciana el curso escolar también ha empezado con protestas de estudiantes, familias y profesores por la educación neoliberal practicada en estas comunidades. Como están defendiendo desde las asambleas estudiantiles en Francia: “dinero para los institutos y no para la guerra”, puesto que Macron va por el cuarto presupuesto nacional donde el gasto militar crece y se protege, frente a partidas sociales cada vez más reducidas y exenciones fiscales más beneficiosas para las élites.

La extrema violencia de la respuesta policial y gubernamental frente a las protestas, no siempre pacificas, de los estudiantes frente a los institutos han vuelto a poner el foco por un lado en la legitimidad de la violencia del poder, y en si es lícito y fundamentalmente, ético usar a las policías para no escuchar la voz de los que piden más profesores, mejores instalaciones y más recursos para la educación pública. Sobre todo cuando son chavales de los barrios donde habita la población de origen migrante. Por el otro lado y como reacción, las distintas luchas y sensibilidades que cruzan a la población civil francesa se han levantado en solidaridad con los estudiantes y ejercido una confluencia de protestas y malestar social.

Este fin de semana ha sido el de una movilización histórica en Francia. Una puesta en común de las reivindicaciones de diversos colectivos, donde se mezclan lo urbano y lo rural, lo material con los derechos, y con un fuerte componente intergeneracional de quienes han comprendido la necesidad de trabajar en frentes comunes que puedan discutir las imposiciones de las élites. Las manifestaciones del sábado y el domingo han cruzado el país de Norte a Sur y de Este a Oeste, haciéndose sentir, de manera más intensa, en las grandes ciudades del estado francés. Y si, la violencia ha aparecido. Hay miles de detenidos, cientos de heridos de diversa consideración y millones de euros en daños y pérdida económica por un fin de semana con el país parado. Ha ardido, y es una pérdida lamentable, el histórico edificio del Ayuntamiento de Limoges, pero nunca se sabrá quién ha provocado toda esta violencia y por qué: Los propios militantes de las izquierdas, los jóvenes o los chalecos amarillos. O han sido las policías, infiltradas en los movimientos, reventadores profesionales, o los propios anti-disturbios. O quizás hayan sido grupúsculos de derechas que aprovechan la algarabía para hacer daño a su principal opositor político y social. Puede que incluso hasta grupos criminales hayan aprovechado para hacer su labor. Sin embargo, la estrategia está clara: criminalizar la protesta, no los saqueos o cargas, para deslegitimar la lucha, tratándola como radical, aunque en el poso de las reivindicaciones y manifestaciones esté que se mantengan y refuercen los pactos sociales que las élites han roto unilateralmente.

En cualquier caso, y lamentando estas imágenes y estos destrozos que no suelen ayudar a las causas justas, lo cierto es que el empoderamiento de la sociedad civil francesa, en sus distintas escalas y tipos (edades, orígenes, profesiones, sectores, entornos, etc.) es la muestra de un hartazgo colosal. Se habla de "radicales" cuando no se discute el radicalismo con el que la teoría neoliberal ha impuesto sus marcos y directrices. Nadie desde arriba asume que la situación en Francia, y en Europa y en todo el mundo es muy violenta, y que se debe a que en los últimos 40 años se han ido rompiendo sistemáticamente los pactos sociales, tácitos o no, que permitían un entorno social más justo y con un futuro más optimista para todas y todos en cuanto a bienestar y satisfacción personal y colectiva. Y esto lo han entendido todos los agentes sociales que tienen en la igualdad, la libertad y la fraternidad, los valores republicanos, y también en la identidad colectiva y la solidaridad, son fundamentos: la izquierda. Los sindicatos se han sumado sin imposiciones ni protagonismos en las luchas estudiantiles, y la sociedad civil, por lo demás atomizada y enfrentada artificialmente entre sí, se ha sumado y con ellos sus reivindicaciones y propuestas particulares para plantear en conjunto, un marco revolucionario que dé respuesta a la situación de colapso social, político, económico y cultural del neoliberalismo y el capitalismo desregulado.


Y es que la verdadera potencia de los movimientos en Francia está en que saben donde poner el acento de lo que está sucediendo, sin distraerse, ni equivocarse aunque fuera lo fácil, con la presión y la amenaza de la extrema derecha. La unidad frente al fascismo se supone, pero lo trascendente es señalar las políticas, las ideologías y los nombres, partidos, medios y empresas que abren las puertas al fascismo, mientras se desmontan los valores sociales que entre todos se habían construido. La lucha contra el desempleo, la precariedad laboral, el precio de la vivienda, la especulación, el deterioro de los servicios básicos como la salud, la educación públicas, la crisis ecológica y la crisis humanitaria provocadas por el cambio climático, o la emergencia de la situación internacional con genocidios en marcha y con un mayor autoritarismo y belicismo en las relaciones internacionales no han sido provocados por la izquierda, o el comunismo o el feminismo. Tampoco la laminación de los derechos de colectivos discriminados como las personas racionalizadas, las mujeres, los mayores, los niños o las personas LGTBi. Por ello, recalco, es importante poner el foco y la acusación en quienes han favorecido las situaciones injustas que estamos viviendo y la ruptura, en general, de los pactos sociales que habíamos asumido. El neoliberalismo no se puede ir de rositas.

Si bien Macron llegó al poder como una medida de emergencia ante un auge incontrolado de la extrema derecha y una V República en crisis, va a acabar su era con un país completamente soliviantado, con el centro del discurso político entregado de facto a esa extrema derecha y con una conflictividad social enorme donde se pone la violencia policial contra el pueblo como respuesta institucional. No se asumen las responsabilidades por acción directa u omisión interesada en la laminación de la convivencia y en el deterioro de las condiciones de vida de las clases trabajadoras. Y mientras las élites económicas y la derecha conservadora tradicional abraza al fascismo de Le Pen como su mejor baza para mantener el estatus que no es otro que la destrucción de todo el programa social francés. El resultado vendrá en las elecciones presidenciales de 2027, y si no antes, pueden derivar en la disolución de la República y en la construcción de un nuevo modelo social y político para Francia.

 

En clave española, no somos pocos los que vemos en estas movilizaciones en Francia y en una izquierda unida y combativa, bajo la Francia Insumisa y el sindicato CGT -que además son generosos y amparan a los colectivos que reclaman mayor justicia social-, el ejemplo de cómo trabajar y luchar por una mejora colectiva de nuestra vida, nuestro entorno y nuestro futuro. En todos los frentes que tenemos abiertos. Pero hay que ser conscientes de que “nuestro frente popular” ya estaba operativo. Ya ejercía un gobierno, que aunque en minoría, tenía recursos para haber ejecutado acciones en beneficio de la mayoría, y no tanto del capital y de sus propietarios. Y sin embargo, una vez más, hemos sido traicionados por la dirección del psoe y su entrega al neoliberalismo; mientras las élites de los partidos de la izquierda a la izquierda del psoe han quedado desubicadas y retratadas, incapaces de llegar a acuerdos para lanzar esa candidatura única e inclusiva, esa España Insumisa, o esa España Indignada, que diera cabida a todas las sensibilidades bajo un programa común anti-fascista y anti neoliberal.


Si las próximas elecciones generales del 29 noviembre en España no se saldan con un gobierno de ultraderecha será por la movilización de la gente de izquierdas, y lo conseguirá contra otras cosas, frente a la incapacidad y la deshonestidad de unas élites partidistas egoístas, parasitarias y mentirosas. Por eso, el ejemplo de lo que acontece en Francia es significativo para quienes pensamos que todavía no hemos salido de la crisis-estafa de 2007, ya que seguimos siendo las clases trabajadoras las que fuimos derrotadas, en especial en el proceso revolucionario entre 2011 y 2016, y por lo tanto, las que seguimos pagando las facturas y la destrucción de todo el tejido político, económico y social que se ha venido eliminando con el neoliberalismo los últimos 30 años.

 

lunes, 5 de octubre de 2026

La vivienda marca los tiempos

 Imagen de la acampada en Sol. fuente: diario Público.es

 

Desde 2015 las derechas extremas en España -y en Europa, y en el mundo-, están consiguiendo imponer su relato centrándose en lo identitario frente a lo material. La inmigración, la seguridad, las fronteras, la delincuencia, lo tradicional, el género, las decisiones individuales en torno a la identidad de género han sido los temas que se han impuesto en el debate público, partiendo de la élite mediática y partidista y llegando a la calle y a la percepción de preocupación de la ciudadanía. Lo material quedó relegado.

No era preciso que la realidad sustentará los bulos y mentiras en torno a las cuestiones identitarias; lo prioritario era hacer ruido, mucho ruido, y que no quede tiempo ni espacio para tratar los temas que afectan a la vida diaria y física de las personas, las familias y los colectivos. El auge fascista y la violencia política orgullosa y activa como hacía 40 años que no lo estaba (antes seguía presente pero invisibilizada), han hecho el resto. La lucha de clases seguía y sigue vigente para todos, pero eran las élites las únicas conscientes de su importancia y la parte más activa para imponer sobre quiénes, qué, cuándo y cómo se ejecuta.

El mundo del trabajo, en un proceso inacabable de precarización para devolverlo a la esclavitud con una patina pos-moderna, ultra tecnificada y tecnológica. Los servicios sociales, la educación y la sanidad públicas abiertas de par en par al negocio privado mientras se deterioran y destruyen cientos de miles de empleos de calidad en estos sectores, y los ciudadanos, ven como los elementos que hacen más país, y más democracia, desaparecen en la lógica artificial del capitalismo de beneficios y costes. Ni siquiera eventos históricos como la pandemia de covid-19 o el cambio climático que aceleran y propician emergencias vitales cada vez más extremas se tienen en consideración desde los medios de difusión del sistema. Se discute y ridiculizan hasta las más elementales cuestiones, porque lo importante es quitar el barniz de consenso a la ciencia y no pasar a debatir quién tiene que pagar los costos del descalabro climático: los pobres del mundo o la élite.

Y por supuesto, la vivienda, a la que ya dediqué unas entradas a principio del año dada su trascendental importancia, y que desde 1998 vive una burbuja perenne de escalada de precios irracional y homicida, de la que la crisis, perdón estafa inmobiliaria de 2007, ni siquiera sirvió para controlar los precios y menos para discutir una doctrina económica convertida en dogma que sustenta la avaricia y la podredumbre moral de los miserables. El neoliberalismo reúne en su ser todas las tropelías sociales y morales de todos estos años, y hasta que no se destierre por su criminal voluntad y su estupidez económica probada, no se podrá volver a dotar al mundo de justicia social. Un problema enquistado que germina en forma de rupturas intergeneracionales, proyectos vitales inacabados, a veces ni siquiera iniciados, y en definitiva, un malestar larvado que necesita ser resuelto. Y tiene que hacerlo, forzosamente, a través del empoderamiento y la toma de conciencia para transformar la opresión en una lucha generacional.

Pero volviendo a la vivienda, en el todo el mundo, y particularmente en España se trata del tema que iba a determinar el sentido político del gobierno y del ruido mediático y político. El desahucio de Mari Carmen el pasado miércoles 23 de septiembre, una mujer de 87 años con problemas de movilidad y de salud, que llevaba viviendo en su casa desde hacia 70 años en régimen de alquiler, sacada por la policía nacional en un despliegue vomitivo, amparada por unos jueces y unos políticos inmorales para dar rienda suelta a la especulación de unos rentistas criminales metidos a jugar al monopoly con las vidas humanas, ha sido el detonante de la indignación ciudadana, especialmente de los más jóvenes, por la situación de la vivienda en España. Los desahucios son para Mari Carmen y todas las personas trabajadoras. El ático para Ayuso y los rentistas a los que su calaña ampara.

Mientras la organización colectiva a través del sindicato de inquilinas, unidos a otras plataformas ciudadanas sensibilizadas en el tema de la vivienda durante todos estos años, trataba de parar el desahucio a través de la resistencia pasiva y la protesta amparada, aunque recortada por la Ley Mordaza, los policías (anti)-pro-disturbios cargaban con extrema violencia ejercitando el abuso de poder. Pero ni con esa amenaza para disuadir la protesta han parado los jóvenes, y no tan jóvenes también, de movilizarse y avanzar en más acciones, todas de carácter solidario y de clase para denunciar la situación de la vivienda en España, y además, hacerlo proponiendo medidas. En los últimos años se ha ido re-activando de nuevo el conflicto, poco a poco, porque en ningún momento ha llegado a resolverse, sino que se ha ido caldeando al tiempo que las élites parasitarias robaban más dinero de las clases trabajadoras a través de rentas y expulsando a la gente de sus casas, sus barrios y sus pueblos. La gran manifestación de octubre de 2024 marcó un hito y articuló todo el movimiento que ha seguido trabajando en la sombra, y que con el desahucio de Mari Carmen como símbolo, ha tomado el impulso alimentado por la rabia, la injusticia y la solidaridad intergeneracional de clase trabajadora.

Las imágenes dieron la vuelta al mundo en cuestión de segundos poniendo el foco en un problema social gravísimo que además es compartido por todas las sociedades civiles del globo, secuestradas por la especulación de un puñado de fondos, bancos, sociedades, pero al final de la cadena de personas sin escrúpulos. Se convocaron protestas por todo el estado español el mismo día y los siguientes, grandes marchas para el sábado 26 de septiembre, que han tenido una notabilísima respuesta ciudadana, volviendo a poner la cuestión de la vivienda y la brecha social que provoca, entre propietarios y no propietarios, y entre rentistas y especuladores frente a la sociedad. La marcha del sábado en Madrid terminó con la ocupación del espacio público, de la Puerta de Sol, en una nueva acampada indignada, tejiendo un hilo directo con el 15M de 2011.

Bajo esta presión ciudadana el gobierno de coalición tuvo que reaccionar y redactar dos decretos sobre vivienda que incluían entre otras cosas la moratoria de desahucios, la congelación de las rentas de alquiler, una mínima y laxa regulación de los alquileres vacacionales y por habitaciones (cáncer del rentismo a extirpar ya mismo), así como nuevas exenciones fiscales para caseros, y como novedad, para los inquilinos. Ambos decretos fueron rechazados por las derechas, tanto las extremas de PP y Vox, como las de las burguesías vascas y catalanas. Ni PNV, ni mucho menos Junts, tomaron partido por un gobierno que les debía ser mucho más simpático, que la alternativa y votaron contra su pueblo, que no contra su gente, para mantener la rentabilidad de la inversión y la especulación sobre la vivienda. Todos ellos se configuraron como brazo político de la especulación inmobiliaria, del terrorismo habitacional y de la injusticia social.

De este modo hemos entrado en una etapa acelerada de la previsión de hace apenas un mes. El debate público vuelve a estar en las cuestiones materiales de la gente. De su vida, de su trabajo, de su bienestar y de su futuro y el de sus vástagos. No está en las cuestiones identitarias que convienen a las derechas, pese a lo sucedido en Ceuta (que por otro lado está enquistado porque quien tiene las competencias, el gobierno de Ceuta, sigue empeñado en hacer política nacional pese a las necesidades de la población ceutí y de las personas migrantes). La extrema derecha política y mediática sabedora de que perdía el foco y su posición predominante en el discurso público ha sacado a pasear las peores de sus artimañas para tratar de deshumanizar al personaje (la desahuciada Mari Carmen), así como diluir la protesta a través de la violencia tanto institucionalizada (policía y juzgados que para eso se les paga) y la de sus "cachorros" ultras.

Pero el malestar social está ahí. La inmensa mayoría de la gente, por no decir todas las españolas y españoles, tienen en la vivienda un problema. Si no ahora, y no lo tienen ya porque han pagado su casa, lo tendrán en un futuro cuando sus hijos e hijas quieran independizarse y llevar a cabo su proyecto de vida. Por lo tanto, las protestas continúan y se organizan hacia una convocatoria de Huelga General, que recibe un tibio amparo por parte de los sindicatos mayoritarios, pero un fuerte respaldo social.

La Constitución proclama en su artículo 47 la vivienda como un derecho, y la obligación del estado y sus administraciones a intervenir para garantizarlo y evitar la especulación. Evidentemente, desde el gobierno central, pero también los autonómicos y los ayuntamientos, que no se olvide, tienen las competencias, se ha obviado esta función, y se ha dejado “al mercado” campar a sus anchas y proceder a la laminación de todo tejido social del territorio en aras de la rentabilidad, que por otra parte se acumula cada vez en menos manos, y además siempre sale fuera del Estado. Una catástrofe amparada, promocionada y protegida por el sistema.

También los juzgados han prevaricado a conciencia y decisión amparando el rentismo frente al valor social y jurídico que la vivienda tiene. Han protegido la extracción de recursos y de esfuerzos de las clases trabajadoras que solo quieren vivir en su barrio o en su pueblo, frente a la propiedad del capital y la salud y rentabilidad de la inversión.

Mientras tanto, todo este tiempo, la extrema derecha y sus voceros se han dedicado a señalar al diferente, al migrante, a la mujer, "al marica". Si tu barrio cambia, o si no puedes acceder a una vivienda digna se debe a que hay más extranjeros pobres, que se quedan con las ayudas sociales y además te suben el precio de los alquileres. La progresía se preocupa más de las minorías que del bien común, y por eso los servicios sociales son peores, te sientes más desamparado y más inseguro. Y aunque es verdad que las élites de las izquierdas se han centrado demasiado, en mi opinión, en "comprar" estos relatos y jugar en el juego identitario de las derechas, en vez de irse a por las cuestiones materiales, que todos sin excepción sufrimos, la verdad, la realidad, es que son las élites cleptómanas y parasitarias de fondos buitres, bancos y propietarios especuladores los que han destrozado la convivencia y la salud del ecosistema social.

En este sentido no hay que perder de perspectiva que para la derecha, dentro de su ideario para tergiversar y transformar las inquietudes o problemas de la clase trabajadora en puntales sobre los que inducir su ideología perversa, la vivienda funciona muy bien. Al final, quien tiene una vivienda no percibe un problema, y si una inversión sobre la que ganar dinero en el futuro, y acceder a esa mentira social de la clase media. O cuando menos de la clase media aspiracional. Por lo tanto, ellos no tienen un problema de acceso a la vivienda y de satisfacción con su bienestar. No les han roto el pacto social, de formarse, educarse, trabajar y labrarse un porvenir, que el sistema, la sociedad, te ampara y a cambio te procura ese bienestar y la auto-realización. Sin embargo, el juego ha cambiado a mitad de partido. Si no tienes vivienda en propiedad tu vida se va a desarrollar en la inmediatez; en un fino alambre de inestabilidad y sin un sustento mínimo (un techo bajo el que cobijarte con unas condiciones mínimas, entre las que tendrían que destacar estar cerca del entorno más próximo y familiar de uno), por lo que al no poder acceder porque se está cometiendo una injusticia y una usurpación del valor social de la vivienda, para extraerle cada vez más capital y beneficios económicos, si que la vivienda se convierte en un problema. El problema de no poder acceder a la vivienda. De hecho, aquí se va a labrar la próxima batalla electoral: A saber, un país donde la gente puede tener casa, o un país donde la gente sueña con tener esa casa y en el futuro sacarle cuatro perras, mientras los grandes especuladores y parásitos, por su posición inabordable en el mercado le podrán sacar muchos más beneficios. Esta es la cuestión.

Si cada año tienes que dedicar más renta mensual a pagar el alquiler (por poner un ejemplo, en 3 años, mi alquiler ha pasado de 500 euros en un piso bueno, a 650 en un piso peor en una ciudad pequeña), cuando los jóvenes no pueden independizarse hasta pasados con mucho los 30 (los más tardíos de Europa, lo que lleva a que las mujeres españolas sean las europeas que tienen su primer hijo a mayor edad), cuando pese a formarse espléndidamente no tienen acceso al “mercado” de la vivienda ni el alquiler, ni mucho menos en propiedad, por lo que tienen que alejarse de sus centros (familiares, culturales, sociales, laborales, etc.) o vivir en pisos compartidos añadiendo precariedad a su bienestar, cuando tienes la espada de la no-renovación de contrato por parte del arrendador de manera unilateral y sin protección (así me quede yo el año pasado), cuando ves que los blancos europeos si que pueden comprar casas a toca-teja subiendo los precios, o cuando los centros de las ciudades y pueblos las viviendas se subastan en los alquileres de temporada y vacacionales porque tienen una rentabilidad superior por lo que disminuye la oferta,… cuando todas estas tropelías se repiten en el tiempo y por todo el estado, entonces el problema ya no es de identidad de género o racial. Es de identidad de clase, y por lo tanto, se trata de un conflicto entre las clases trabajadoras, y las clases parasitarias que se lucran con el esfuerzo de los demás. Es un problema por tanto de distribución. Y es por lo tanto, un problema político y social que es deber de todos, empezando por los representantes debatirlo y solucionarlo. Y si las administraciones no intervienen para reconducirlo y mantener el valor social de la vivienda, el siguiente paso es la activación social y la propuesta para cambiar las cosas. La lucha se convierte en el medio y el fin. Como dijo Victor Hugo, “cuando la dictadura es un hecho, la Revolución se convierte en un derecho”, en este caso cuando la inacción y la injusticia se convierte en norma y ampara la dictadura del capital sobre la vida, es legítima y consecuente iniciar el camino para cambiarlo.

 

Como corolario, al menos de momento, tras el rechazo de los decretos por parte de un Congreso derechizado (reflejo manipulado de un país no tan escorado a la derecha, pero si muy manipulado e influenciado por los medios de comunicación conservadores), un nuevo fin de semana de protestas y de reflexión para el Presidente del Gobierno fue la convocatoria de elecciones generales para el próximo 29 de noviembre. Pedro Sánchez volvía una vez más a pillar a todo el mundo con el pie cambiado y a intentar aprovechar la ola para reeditar un nuevo gobierno, que forzosamente será de coalición o no lo será. En ese caso habrá que ver qué medidas en política de vivienda y con la emergencia social y las rupturas intergeneracionales que provoca se articulan. Qué se promete en campaña y qué se ejecuta en con el BOE en la mano. Unas elecciones que se centrarán en la cuestión material. Un primer éxito para Pedro Sánchez frente a la caterva ultra y la élite económica. Habrá que ver si será suficiente.

Hasta entonces las derechas tratarán de desviar el foco de nuevo a Ceuta y la inmigración. El PSOE procurará hacer valer los datos macro-económicos, la imagen internacional de Sánchez y el gobierno como dique de la democracia liberal, y una defensa clara de los servicios públicos, que ya hemos visto no se ha visto reflejada en la labor de gobierno. Pero sin duda, en la capacidad de aguante y lectura política del momento de Sánchez y su equipo radica el salir o no con un gobierno ultra que no va a tener ningún problema en trocear el país y vendérselo a las élites extranjeras.

Mientras a la izquierda a la izquierda del PSOE los vuelve a pillar en pañales, y teniendo que acelerar para ofrecer a la ciudadanía una candidatura unitaria que nace, pese a todo lo que ha ocurrido, improvisada y sin el trabajo necesario, debido a los egoísmos de los de siempre. 

En todo caso, es el momento de que la situación injusta de la vivienda articule la revolución que este estado, y que este sistema necesita. 


martes, 26 de mayo de 2026

La caída del símbolo y el falso dilema de la izquierda

 

En la siempre desechable y prescindible actualidad política mediática, generada ex profeso por los dueños del capital y de esos emporios comunicativos, solo hay una noticia sobre la que girar: la imputación del ex-presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero.

La actuación como lobbista de Zapatero en el caso del rescate de la aerolínea Plus Ultra, tiene varias ópticas y ninguna buena para el ciudadano y ciudadana “normal”, que cree en la democracia y no se encuentra idiotizado por la derecha o el frentismo del PSOE. Si finalmente existió el delito de tráfico de influencias y enriquecimiento y el expresidente es culpable, se habrá acabado con una figura trascendente de la historia política del país. Que la acusación de las asociaciones ultras haya ido ya más allá de la mera instrucción policial ya causa un daño tremendo a la imagen pública de Zapatero y al legado e inspiración que tienen en una parte de la sociedad. No hay nada más que conjeturas y suposiciones en los informes de la UDEF que avalen la imputación del ex-presidente, simplemente por el hecho de recibir "cajas de vino" o "facturar trabajos de maquetación en la empresa" de sus hijas. Evidentemente, hay cosas raras, no voy a decir que no. La primera de ellas y quizás más trascendente, el desparrame ético del Zapatero ex-presidente, actuando como mediador o lobbista entre una aerolínea en dificultades extremas y un gobierno. Pero si finalmente, las acusaciones son rechazadas tras las instrucciones judiciales, tendremos un nuevo caso de lawfare, y puesta en marcha de toda la fuerza del aparato del estado para acabar con un gobierno legítimo y más aún con posiciones ideológicas y de compromiso políticas. Como si eso nos sorprendiera, por otro lado.

En cualquier caso hay dos hechos evidentes. El primero que no puede haber democracia si no se atiende a acabar y condenar las presiones que los ricos y poderosos ejercen sobre los representantes políticos, ya sean instituciones, partidos o personas. El lobbismo es una gangrena grave de la democracia que no se debe tolerar, sino combatir, porque pervierte la función política y dinamita la supuesta igualdad entre ciudadanos.

El segundo de los hechos evidentes es la caída del símbolo. La destrucción de Zapatero, un político que aparentemente había pasado por la Moncloa, sin acusar un desgaste personal y a su imagen grande, y donde la corrupción, parecía, no se había instalado bajo su gestión.

Desde luego Rodríguez Zapatero era una pieza de caza mayor para las ultraderechas españolas, toda vez de que lo acusen de ilegítimo, traidor y todos los males de su “españa”, donde entran sin ambages tácticas de deshumanización de la persona, y como se está escribiendo, la puesta en funcionamiento de los resortes del estado en forma de policías, investigadores y jueces, todos ellos empleados a sueldo de los poderosos, y donde su ideología prevalece a unas supuestas lealtades institucionales y a las de los ciudadanos y ciudadanas. Aznar dijo “Que quien pueda hacer algo, que lo haga” y bajo esta orden periodistas, jueces, policías y ultras de todo pelaje y condición se han empeñado en derruir la democracia, pervertir sus instituciones y emplear todo lo que tienen a su alcance para acabar con el gobierno de coalición. El poder y el dinero son los objetivos y prevalecen a todo lo demás.

La dicotomía entre la culpabilidad, ya hecha carne y escarnio del acusado, su familia y su partido, y la inocencia, todavía formalmente como presunción, se convierte en secundaria. Si es inocente es un caso más de lawfare, es decir la instrumentalización de la Justicia o la judicialización de la polítca en forma de acoso judicial y mediático, como fueron los cientos de casos que ya ha habido contra miembros de Podemos, IU o Monica Oltra, por decir unos pocos, y que han ido sistemáticamente archivándose por falta de pruebas. Si es culpable, teniéndome a lo especificado en los informes de la UDEF y de fiscalía, sus cuitas parecen poca cosa ante las mentiras de Aznar tras el 11M, el GAL del señor X, o la incógnita de M. Rajoy. Y esto sólo en cuanto a los expresidentes, puesto que ya conocemos los tejemanejes de dinero e intereses en el juego de puertas giratorias entre la empresa privada y los partidos políticos. Sin olvidar la Gurtel y otras tramas, qué decir de la impunidad manifiesta de personajes como Mazón con la tragedia de la Dana, o de Ayuso con los 7291 ancianos muertos durante la pandemia por su homicida y neoliberal gestión. O las labores personales de Montoro y su “gabinete económico”. O de decenas de ex-ministros del PP condenados por mucho menos de lo que se acusa ahora a ZP.

En todo caso, y desde el punto de vista de la izquierda, y de quienes tenemos un sentir patriótico y progresista por el futuro y el bien de este país y sus gentes, el daño ya está hecho. Y no porque Zapatero se hubiera convertido en un emblema o un símbolo, que lo era, sino más bien porque su acusación apuntala la sensación de hastío, de abandono y de derrota general en la que estamos sumidos. Más si cabe, cuando pese a la incompetencia de los líderes regionales que buscaban revalidación y a la nefasta estrategia electoral del botarate de Feijoo que ha provocado el fortalecimiento de la extrema derecha, la izquierda, y fundamentalmente el PSOE, ha ido fracasando elección autonómica por elección autonómica.

No quiero que el lector confunda este sentimiento derrotista ante las previsibles futuras elecciones y al resultado nefasto para la mayoría social que salga de ellas, con una supuesta lealtad o simpatía para con Zapatero.

No. Sin entrar en su inocencia o culpabilidad literalmente Zapatero me importa una mierda. Quienes salimos a las calles el 15 de mayo de 2011, o quienes antes también hicimos la Huelga General de septiembre de 2010, lo hicimos contra su gobierno y su política económica que habría abrazado el neolberalismo, y con él la desposesión de las clases trabajadoras.

Y sí. Yo voté a Zapatero el 14 de marzo de 2004 en unas condiciones muy concretas y dolorosas, pero con una doble esperanza. La primera era recuperar la política para la gente, y evidentemente con lo acontecido aquellos días y el revanchismo de los franquistas del PP, era muy difícil. Pero sobretodo, y aún reconociendo las tremendas dificultades que había, para que se parase en seco la burbuja inmobiliaria, la especulación financiera salvaje sobre la vivienda y el deterioro de las condiciones de trabajo y de vida de las clases populares. Aquellos gritos de “Zapatero no nos falles” en la noche electoral eran el mensaje de que el apoyo electoral, era concreto y determinado de unas personas muy definidas: Cientos de miles de ciudadanos de izquierdas, los más veteranos, desengañados del tacticismo y el coorporativsmo del PSOE, y todos hastiados tanto de las mayorías absolutas del PP y sus acompañantes (las derechas nacionalistas vasca y catalana), como de la intrínseca corrupción de todos.

La memoria, la hemeroteca y este blog atestiguan que Zapatero y el PSOE nos fallaron, y que con el futuro, el esfuerzo y los sueños de varias generaciones se pagaron los destrozos de la orgía ultra liberal.

Por lo tanto, y sin querer caer en la venganza, y mucho menos en la deshumanización del personaje, vaya por delante que se investiga lo que se tenga que investigar, que se judicialice y se condene si es necesario. En todo caso, lo fundamental, es de una vez por todas, que la democracia y sus sujetos, es decir “nosotros” el pueblo, exijamos una prohibición total de los lobbys y los grupos de poder que presionan a los representantes para que legislen a su favor. Que se persigan y también enjuicien y condenen (evidentemente para ello se hace necesario una real y probada separación de poderes, y una judicatura democrática).

Por último, y no menos importante, hacer lectura política del momento. Mientras el PSOE va cayendo en barrena en las elecciones autonómicas, deberíamos trabajar en una configuración de izquierdas estatal, con unas medidas claras, tanto en defensa de los trabajadores como de los derechos humanos. El último escrutinio, el de Andalucía, vislumbra la posibilidad: La suma de las dos candidaturas de izquierdas (Adelante Andalucía, es decir, anti-capitalistas ex de podemos entre otros, y Por Andalucía, confluencia con IU y Sumar) ha sumado más de 100.000 votos que Vox, pero 2 diputados menos por esa fragmentación. Aún teniendo en cuenta la especial configuración de la región del sur español, se sigue mostrando como evidente que hay un espacio a la izquierda del PSOE enorme. Que ese espacio es ideológico basado en una política de izquierdas clara, ecologista, igualitaria, anti machista, anti fascista y anti imperialista. Democrática y socialista que garantiza los derechos sociales (sanidad y educación), así como mejores condiciones de vida y de trabajo y una clara voluntad por acabar con el problema de la vivienda. Un espacio que además está abierto a quien quiera un mejor país y a quien esté desencantado de la corrupción y el bipartidismo.

Sólo hace falta ponerse de acuerdo. El programa no es un problema. Y lo que lo impide, que son los intereses particulares de quienes son o se han auto proclamado portavoces de los demás, debe ser erradicado por esos mismos colectivos que reclamamos la unidad electoral, política y de acción.

Porque mientras esto escribo los conflictos sociales y sectoriales continúan y se agudizan (por la vivienda, trabajadores de la educación y sanitarios, agricultores, mundo rural, mujeres, etc., etc.) y antes que después nos daremos cuenta de que juntos es posible articular una fuerza que los trata y empuja a solucionar.

Y mientras tanto lo que ocurra con Zapatero y con Sánchez o el PSOE es lo de menos. Porque lo importante es que las buenas personas que creen en la democracia y en este país luchen por mejorarlo.

jueves, 2 de abril de 2026

La Alta Cocina: Comida basura neoliberal

 



Ha vuelto MasterChef a TVE. En su versión de concurso de habilidades y reallity de anónimos. En su ¡¡¡décimo cuarta!!! edición, más unas cuantas de la abominable versión junior de niños repelentes y la insultante de Celebrity con famosos de medio pelo y de capa caída. Es la principal apuesta de RTVE para brillar y competir en las audiencias del prime time semanal (esa aberración que en España empieza a las 11 de la noche … ). Y no. No he visto este programa, ni ninguna de sus versiones, ni ediciones más allá que una ocasión que lo sintonice dos lamentables minutos. Pero aún así, como éste es mi blog y hago o escribo sobre lo que me da la gana, me voy a permitir escribir sobre este formato, porque me parece un contenido que debería estar fuera de una televisión pública por caro, por inmoral y por alienante. Y porque me preocupa y mucho lo que están haciendo con la televisión en este país, y especialmente por la que pagamos todas y todos.

MasterChef es un programa de televisión que abiertamente se presenta como inocuo y de entretenimiento familiar. Una expresión de cocina y bonhomía sazonada con humor naif y suave. Sin embargo, funciona trufado de competitividad y hervido en valor económico tanto la pericia gastronómica como la presentación al por mayor de las miserias humanas. Y todo esto lo hace, además de costeado con los impuestos de todos, a favor de una ideología neoliberal y un conservadurismo sociológico de capilla y copete. Eso sí, no se puede silenciar el éxito que obtiene refrendado con unas audiencias notables en cada versión más chusca que la anterior.

Desde luego, MasterChef no es un programa de cocina y entretenimiento familiar. Su humor y chascarrillos son de una casposidad aberrante, que entran fácil como cuchillo en mantequilla sobre situaciones ya cliché de la televisión de los reallities. Y es que todo está atado y bien atado, y los guiones funcionan con la precisión de un horno de última generación para destacar lo que interesa destacar: las localizaciones son cuidadosamente escogidas, ambientadas y cobradas por publicidad encubierta en la televisión pública; los concursantes, ya sean anónimos o famosos, cubren los estereotipos patrios (el andaluz chistoso, el manchego con retranca, el aragonés borrico, el castellano seco, el catalán agarrao, el gallego depremido o el vasco impulsivo, etc.) y los nuevos modelos del universo woke (el o la trans, el abiertamente gay, una o dos personas racializadas, los tatuajones, o los que se presentan como honestos y no dejan de ser unos mal educados de mierda, etc.). Las situaciones que se fabrican entre ellos y con los jueces (ahora voy con ellos) buscan el clímax, pero no en la técnica y ejecución culinaria que dan como resultado la propuesta gastronómica de alta cocina que se pretende. No. Lo que interesa es la carnaza. La casquería de la podredumbre moral de humillaciones, vejaciones, derrotas y la victoria de un único sólo -porque sólo gana uno-, los romances, las miraditas y las bromas de dudoso gusto y nulo sabor humorístico.

Y es que los presentadores o jueces ahí están desde hace 13 años mostrando una ideología concreta y reaccionaria. Lo capitanea el campechano Pepe el de Illescas que no tiene ninguna gracia y que parece que juega el papel de respeto por lo tradicional y lo auténticamente español. Luego está Jordi Cruz, el malo no el de Disney, célebre por sus salidas de tono y por tener becarios a los que explota y ni siquiera paga. Y por último la nietísima de Vallejo-Nágera. Estos dos parecen adalides de la cocina de vanguardia en el país y sus ataques a lo concursantes y respuestas suelen mostrar lo peor de la competitividad exacerbada en la que el mundo contemporáneo parece sumido. Veo que a la descendiente del criminal que buscaba el gen rojo destripando mujeres y trabajadores después de la Guerra Civil, la ha sustituido en esta edición, una influencer culinaria, que habría que saber cómo y por cuánto posicionó sus contenidos. Ahí lo dejo.

En cualquier caso, los jueces imparten una suerte de justicia castrense entre los fogones. Replican la jerarquía militar,haciendo aullar a los concursantes un marcial "Si, chef" tras cada orden, que deje constancia de la sumisión de los miembros más bajos del escalafón. Comportamiento este que contraviene cualquier estatuto profesional de cualquier sector, incluido el de la restauración y la hostelería, porque no se trata de cuarteles del ejército, sino de entornos laborales donde le respeto entre personas prevalece. Sin embargo, en este caso la idea está clara: meter en las cabecitas del populacho un férreo control militar que module sus conductas y expectativas. Así que de programa inocuo, nada de nada.

Por si este elenco de lo zafio y lo ruin no fuera suficiente de vez en cuando hay que pagar a una suerte de famosos de medio pelo sin oficio ni beneficio para que facturen en la versión Celebrity. Tal dispendio ha llegado a salir, según se cuenta, por hasta 725.000 euros el programa (el capítulo) y aquí no se ha oído a nadie poner el grito en el cielo como cuando ocurre con otras propuestas televisivas.

Y aún así, y pese al desgaste, también lógico por falta de ideas o agotamiento del producto, el programa ha encontrado un filón sobre el que asentarse gracias a la predominancia que desde hace unos años la Alta Cocina ha adquirido en el mundo cultural actual. Elevada a la categoría de octavo arte la gastronomía de chefs estrella tiene su espacio en las publicaciones de cultura. Las apariciones públicas y las noticias de éxito son celebradas como hitos de la pujanza cultural patria. Cuando las noticias son los abusos y condenas judiciales y de la administración por prácticas laborales abusivas o vejatorias son convenientemente silenciadas.

Abro capítulo a parte porque en toda esta moda de la alta cocina los nombres de los grandes cocineros, son eso, de cocineros, de hombres. Salvo un par de mujeres la lista de advenedizos y visionarios de lo culinario está formada prácticamente por hombres. Los mismos hombres que en las casas, toda la vida, han huido de la cocina dejado a las mujeres, sobretodo a las madres y las abuelas, en los fogones, trabajando para alimentar a la familia. Pareciera, bueno no, está claro, que cuando a una tarea concreta no se le puede extraer una ganancia económica, no puede ser valorada por el mercado, queda bajo responsabilidad de las mujeres. Sin embargo, ahora que la cocina es un arte y comer o cenar un menú degustación por 200€ el tenedor es lo más cool y refinado, los autores y protagonistas son hombres. Curioso.

Cuando se conceden las estrellas Michelín se trata de un acontecimiento a la par de los Oscars y los Premios Nobel. Crecen como setas los establecimientos que ganan estas distinciones y los que suben la categoría convirtiendo España un paraíso groumet para grandes fortunas por el que, parecer ser, todos debemos sentirnos orgullosos. La realidad, es que los premios en el ámbito de la cultura son más bien una patraña porque no se miden por criterios objetivos, sino por variables subjetivas. Las más de las veces no son premios, sino publicidad encubierta y pagada a la institución que factura el galardón. Si quieren jugar la carta del “arte” que lo hagan con todos sus matices.

Lo cierto es que a la mayoría de los españoles y españolas, la alta cocina nos importa una mierda. No voy a hacer cola, ni física, ni virtual, por reservar en un restaurante de moda, para satisfacer unas redes sociales ajenas. Ni me lo puedo permitir, ni me interesa en absoluto.

Lo que me indigna con todo esto son dos cosas: la primera es que estos restaurantes de alta cocina y sus chefs estrella son una minúscula y microscópica minoría, incluso una excepción, de los miles de restaurantes y tabernas que hay en este país. Me cabrea que los presenten como máximos exponentes, o incluso nuestros mejores embajadores en la “dieta mediterránea”, cuando lo que hacen en sus cocinas es elaboraciones pretenciosas, artificios y transformaciones que alejan a los comensales del producto, convirtiendo en singular no el plato, la materia, sino eso tan etéreo de la experiencia. Concretamente la de pagar el narcisismo de la estrellita de turno.

Lo segundo que me mosquea es que todo este maremágnum de programas de televisión de alta cocina, chefs estrella, restaurantes de élite, experiencias culinarias y demás soflamas consumistas y elitistas huele a neoconservadurismo y a ideología neoliberal que tira de espaldas.

El neoliberalismo como doctrina política y cultural y dogma económico hegemónico lleva desde los años 80 transformando las dinámicas internas de las actividades humanas. La cocina, la gastronomía y todo lo que tiene que ver con la alimentación no está exento de ello, como ya he escrito en otras ocasiones. Ahora bien, eso es una cosa y otra es presentar un escenario concreto, la Alta cocina, como un ejemplo paradigmático de lo que es la ideología neoliberal.

Si bien esta alta cocina desde siempre ha estado ligada a un contexto elitista, es preciso en este momento histórico dar la vuelta a la secuenciación del proceso. A que no son los mercados desregulados, el liberalismo económico, el consumismo desaforado y la mercantilización de las actividades humanas los que han generado lo que hoy conocemos como “Alta Cocina”. Es más bien, en mi opinión, en cómo se ha presentado este contexto concreto, por lo demás occidentalista y heteropatriarcal, como el paradigma de la perfección de la teoría y práctica neoliberal.

Solo hay que ver cómo la Alta Cocina hace unos años prácticamente era invisible en los medios de comunicación de masas. Solo publicaciones que rodaban entre las élites trataban este fenómeno y quedaba completamente fuera del ojo de la gente común. Seguro que no lo recordáis pero hace 20 años no había programas de cocina y reallities con cocineros de renombre convertidos en celebridades mediáticas, ni se publicitaban las estrellas michelín, ni tampoco aparecían recetas, técnicas y procesos que estaban fuera de los hogares.

Las redes sociales tienen mucha culpa de ello, pero también la televisión donde no es que cambiasen unos programas por otros. Es que los mismos que trataban recetas tradicionales y comida casera, ahora invitan y enseñan recetas para esferificar guisantes. En todos ellos se lanzan mensajes con intención clara de adoctrinamiento neoliberal: la meritocracia, el éxito empresarial, la visión audaz, la ensoñación del emprendimiento y una competitividad enfermiza.

En todos estos mensajes teledirigidos a un público más o menos cautivo tienen que ocultarse los vicios de la doctrina neoliberal y eso sí, exponenciar sus virtudes: La alta capacitación técnica, la especificación profesional, la excelencia premiada y sostenida por la cúspide mediática y la originalidad de inspiración artística y elevada se celebran y promocionan. Por contra, la precarización laboral extrema de los trabajadores (de la hostelería señores, recuerden) son ocultadas y quedan fuera de este relato de éxito y autorrealización. Las condiciones laborales abusivas, con dedicaciones extremas y absolutas, horarios intensivísimos, jerarquías feudales a las que son expuestos la fuerza laboral por salarios ínfimos de subsistencia. Y en ocasiones, ni eso, puesto que a través de un capital cultural en forma de becas y premios se quiere pagar el esfuerzo y tesón de las y los trabajadores. Por no hablar de las vejaciones y los abusos, incluidos los de carácter sexual, ante masas trabajadoras que se encuentran desprotegidas cuando se cae la ensoñación de “trabajar junto” a "trabajar para" la estrella culinaria del momento.

Esta contradicción evidencia cómo el discurso del mérito y la búsqueda de la excelencia que promueve el neoliberalismo, tiene profundas grietas a la moral como estas desigualdades extremas que se generan en los restaurantes de alta cocina.

Esto del lado de los trabajadores, pero qué decir del lado de quienes consumen alta cocina con un afán más allá de la alimentación como necesidad animal. Incluso por encima del deleite ante una actividad convertida o pretendida como expresión artística y cultural. Sin duda, la gastronomía de élite es un marcador identitario que sirve para distinguir entre los diversos grupos sociales. Un capital cultural, en palabras de Pierre Bourdieu, al que solo tiene acceso una parte mínima de la sociedad y que le sirve para distanciarse de los que están debajo. No sólo se trata de ingerir alimentos, sino sobretodo de la exhibición de que lo estás haciendo. La propaganda de tus posibilidades y tu estatus social.

Por último, no puede obviarse que frente a mensajes como “re-inventar el gazpacho andaluz”, “re-pensar las carrilleras”, “re-visualizar las fabes con almejas” lo que subyace es un proceso unificador que revienta la diversidad cultural y las distintas tradiciones gastronómicas. Los grandes chefs y sus equipos adoptan distintas técnicas, ingredientes y preparaciones provenientes de cualquier lugar del mundo. Añaden y obtienen distintos productos, muchas veces fuera de temporada y alejados de su entorno de producción, para traerlos a Occidente y “fusionarlos” con la cocina tradicional local. Este proceso refleja la tensión entre diversidad cultural y folclore gastronómico con respecto a la uniformidad hegemónica y la globalización totalizadora que propone como síntesis el paradigma neoliberal. No es casualidad que muchas de estas pretendidas fusiones de autor acaben llegando a la masa que necesita alimentarse como productos de la industria alimentaria. Y no precisamente de la más saludable, ética o sostenible medioambientalmente. Ni tampoco es casual que vivamos adoctrinados en una sociedad invidualizada, incapaz de hacer cosas como cocinar y proveerse alimento por uno mismo. Alejando la cocina y todo lo que tiene de experiencia común, de compartir, de trascendencia y de legado cultural e idiosoncrasia de la vida cotidiana de las personas.

En conclusión, el vínculo entre alta cocina y neoliberalismo es íntimo y favorece el planteamiento, sustentación y asimilamiento de estructuras mentales neoliberales como la competitividad, la búsqueda exhaustiva del lucro, el consumismo, el estatus social merced a ese propio consumo y la amalgama entre arte, espectáculo y negocio.

Ya sea a través de programas de televisión rancios, repetitivos e inmorales, y de la profusión de todo lo que acontece alrededor de la alta cocina, lo que se está buscando, y consiguiendo es reflejar dinámicas propias del modelo neoliberal que no deberían perseguirse en los medios de comunicación públicos, por mucha corriente hegemónica que se trate. Además, aparte de alejar el respeto y dignidad que merecen todos los profesionales de la hostelería, también se quita importancia y significación a los saberes tradicionales, muchas veces ideados, defendidos, mantenidos y transmitidos por las mujeres de las familias, homogenizando nuestra alimentación y sus procesos.

 

La Revolución Francesa de 1789

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