Una imagen muy común en nuestras ciudades en la actualidad: Una mujer joven inmigrante, de origen latinoamericano, asistiendo a una persona mayor.
Según
datos estadísticos recogidos por diversas instituciones (desde el
INE hasta los Institutos autonómicos de estadística, Universidades,
sindicatos y fundaciones, tanto privadas como públicas) y cruzados
por investigadores o periodistas en 2016 existían en torno a 800.000
trabajadores dedicados a las tareas de cuidados, incluyendo tanto la
asistencia a personas mayores, a menores, como al mantenimiento de los
hogares domésticos. Una mayoría abrumadora, prácticamente del
total, son mujeres, trabajadoras, de las que en un porcentaje del
hasta 80% son inmigrantes. Estos datos, claramente, se han
incrementado tras la pandemia de Covid de 2020 y 2021.
Es
decir, la sociedad y la economía española se basan en el trabajo de
estas mujeres, como digo muchas extranjeras que se ocupan de nuestros
hijos, nuestros mayores y nuestras casas. Muchas lo hacen sin
contrato, sin seguridad laboral ni social, por salarios de miseria y
con horarios y condiciones abusivas. Estigmatizadas y discriminadas
por asistentas, por pobres, por mujeres y por extranjeras.
Me
parece muy importante el verbo “basar” porque la economía
española (pero también cualquier economía), ese gigante o ese crucero que siempre marcha a buen ritmo
según los distintos gobiernos, está cimentada sobre los hombros de
mujeres que llevan a cabo las tareas cotidianas, de cuidados,
limpieza y mantenimiento de personas y hogares, facilitando, cuando
no haciendo posible, que otras fuerzas productivas puedan dedicarse a
jornada completa en las excelencias de la economía regulada,
monetizada y con valor.
Es
evidente, que tras 50 años de democracia (pseudo), los últimos ya 7
(cuidado) con el gobierno más progresista de la Historia, con
Ministerios de la igualdad y políticas feministas, el estado
español, ningún gobierno de ningún partido ha tenido interés en
regular las condiciones de trabajo de este sector, investigando,
denunciando y multando los abusos de la patronal. Los desmanes
diocechescos de señores y señoras sobre las chachas.
Quizás
en esto tenga que ver el hecho de que se trata de un sector
productivo y profesional extremadamente disperso, con un
asociacionismo y activismo sindical prácticamente nulo en el que
influyen tanto las propias condiciones de trabajo (jornadas eternas,
duras, de personas que se ven solas frente a sus “empleadores” y
sin contacto con “compañeras”). Para mi mucho más evidente es
que los sindicatos mayoritarios (otros si que pueden levantar la cabeza con orgullo por estar en esta lucha) no han mirado a quienes han preparado
desayunos, atendido a los abuelos y a los hijos, o limpiado la cocina
del chalet, las escaleras del bloque o la oficina.
También
me escuece, y mucho, la actitud en este tema de los partidos de la
nueva izquierda, y también de la vieja, que jamás han planteado
estas más que legítimas reclamaciones. Pareciera que desde los
departamentos universitarios de sociología y ciencias políticas la
vida y el trabajo de las asistentas y limpiadoras no importaba.
Se
trata de un sector fundamental, básico, pero que como no genera una
creación directa de riqueza y de valor monetario no son tenidas en
cuenta sus condiciones de trabajo y vida. No se entiende, o mejor
dicho, no se quiere entender que sin el trabajo de estas
profesionales, otros, fundamentalmente hombres, no han podido crear
la riqueza en los puestos de trabajo regulados y cotizados.
Lo
cierto es que el sector de los cuidadosy el de la asistencia y limpieza doméstica, insisto, mal pagado, sin
apenas protección y condenado a los abusos, el machismo, la
xenofobia y la aporofobia, suple la falta del estado en la materia de
cuidados. Si las distintas administraciones tienen la obligación
constitucional de garantizar la igualdad entre ciudadanos, son estas
mujeres las que cumplen ese mandato, y ni siquiera reciben una
cotización que mejore sus condiciones llegada la jubiliación.
Suplen y escamotean la responsabilidad de la sociedad, y en
particular de las instituciones, en materia de guarderías (apenas el
8% de los niños de entre 0 y 3 años tienen plaza en una guardería
pública), residencias y cuidado de mayores y dependientes (Según el
Observatorio Estatal para la Dependencia a 30 de junio de 2017, el
número de dependientes reconocidos por el Sistema de Autonomía
personal y Atención a la Dependencia (SAAD) es de 1.217.355 y las
personas atendidas son 898.243, por lo que 319.112 están a la espera
de recibir las prestaciones a las que tienen derecho) y cientos de
miles de estas mujeres se ocupan del bienestar en muchos domicilios
españoles.
De
hecho, si estas mujeres decidieran una huelga del servicio
doméstico, más de la mitad de los trabajadores en el sector que
si produce a ojos del estado español, no podrían acudir a su puesto
de trabajo ese día.
Pongo
el foco ahora en las trabajadores que asisten diariamente a las
personas mayores, muchas de ellas dependientes y/o con enfermedades
crónicas. España es uno de los países del mundo con una mayor
esperanza de vida. Y también es uno de los que tiene unas tasas de
fecundidad y nacimientos más bajos. Es así, bajo estos parámetros
estadísticos con los que se fundamenta las abominables ampliaciones
de la edad de jubilación. Sin embargo, en ningún momento se plantea
que el trabajo de mujeres en el sector de los cuidados mejore en sus
condiciones. Que pueda cotizar y tengan derecho a pensiones de jubilación dignas, esté regulado y asistido y sume en el
conjunto de la riqueza del estado, cuando no cabe duda, son quienes
están sujetando el manido estado del bienestar. Que las mujeres trabajadoras en este sector ganen los derechos, la dignidad y el reconocimiento que merecen, como parte imprescindible de la sociedad.
Lo
que se hace desde partidos políticos, patronal y los medios de
comunicación de masas es poner en el disparadero a los jubilados
(que también tienen lo suyo, eh, porque van a dejar un mundo peor
del que recibieron, y van a disfrutar de unos servicios que los demás
ni vamos a oler). El problema del envejecimiento en España, y si, lo
ponen como un problema el que “vivamos más” (no sé qué dirían
si resultase que viviésemos menos…, bueno sí, ahí los tenemos con la escalada belicista y en armamento pa'alante), es el mantenimiento del
sistema público de pensiones, porque cada vez hay menos
trabajadores, menos cotizantes y sí, más beneficiarios con pensiones más
altas. Este mensaje va calando en la población, poco a poco, cual
gota malaya, para al final ofrecer en los seguros privados de
pensiones la panacea.
Qué
casualidad. La solución pasa por ser esa, pero no que lleguen más
inmigrantes, ocupando nichos de producción que no satisfacen por
diversos motivos los nacionales, como el sector de los cuidados, por
ejemplo. Tampoco se ponen en cuestión el adelgazamiento hasta lo
raquítico del sector público, pre-jubilando a los boomers, y
amortizando todas sus plazas para que no accedan más trabajadores de
recambio. Desmontando de esta manera todos los servicios públicos, impidiendo una mejor atención ciudadana, desde la administración local hasta la general del estado. No se discute la lucha contra el fraude laboral y las
rebajas efectivas de las jornadas laborales, no vaya a ser que se
pierda el volumen del “ejército laboral de reserva” con
más gente trabajando, con un reparto de las horas cobradas y
cotizadas, no vaya a ser que se acabe la amenaza del despido en el
sector privado. Y por supuesto, queda fuera de todo tema el
reconocimiento y la puesta como sector productivo fundamental el
sector precarizado, feminizado, de los cuidados, añadiéndole de
manera formal, impositiva y cotizante a los índices de productividad
del estado.
Pero
el problema son las pensiones y la sostenibilidad del sector público,
apelando a las pasiones de los trabajadores, enfrentando a las clases
trabajadoras entre si, para que no discutan la supremacía de las
élites cleptómanas y neoliberales. Pensando en qué malos y
egoístas son los jubilados, no entramos en los costes que tiene para
el estado del bienestar prácticas como la corrupción, el fraude
fiscal y laboral, o el tomar por productivos sectores como la
industria militar, y no el sector de los cuidados.
No
nos damos cuenta de que la pensión “moda”, la pensión más
común en el estado español, es la mínima, inferior al salario
mínimo interprofesional (SMI) y que ahora está en 765, 60 euros al
mes, y que la cobran masivamente mujeres que durante años han trabajado en sectores como el de la limpieza o el de los cuidados. Pero el problema son los jubilados españoles (por cierto, no
los jubilados blancos europeos que si que hacen un abuso del sistema
sanitario patrio), los inmigrantes “que quitan puestos” de
trabajo a los nacionales o las mujeres que han tenido la desfachatez
de salir de casa a trabajar.
Por
poner en perspectiva, los jubilados de hoy reciben su pensión a
través de las cotizaciones de los que trabajamos hoy. Por eso es tan
importante ampliar la base cotizante incluyendo más personas
trabajando y repartiendo las horas de trabajo y ganando más
productividad. Y por ello son tan reacios los gobiernos y bancos
centrales a hacerlo. Para laminar esa solidaridad intergeneracional y
para convertir este derecho en un privilegio.
Y
en segundo lugar, las pensiones de las clases trabajadoras están
exentas de tributación porque en su momento, trabajando, sus
salarios ya estuvieron gravadas por el IRPF. Eso no quiere decir que
hoy en día un jubilado no pague su IVA al adquirir un producto o un
servicio, o no tenga que hacer frente a impuestos como el de sucesiones o plusvalías. Pero lo que no puede ser es que se les
aplique una doble imposición del IRPF por lo que la pensión queda
excluida.
Ni
que decir tiene que hay muchos jubilados que se han ganado su derecho
y siguen siendo productivos a día de hoy, precisamente en el sector
de los cuidados, atendiendo a los nietos, mientras los padres
trabajan multitud de horas al día, o haciéndose cargo de las
personas más mayores debido al aumento de la esperanza de vida.
Normalmente estas labores, sobretodo si son más penosas, las acaban
asumiendo las mujeres. Nuevamente.
En
general, ya sean mujeres mayores que dan a comer a sus nietos o
limpian a sus padres ancianos, mujeres inmigrantes que acompañan y
asisten como internas a personas mayores o dependientes, mujeres que
limpian los domicilios, preparan comidas y supervisan a los menores
en ausencia de los padres, o trabajadoras que ponen a punto espacios
públicos y privados (como las kellys, camareras de hotel que cimentan con su esfuerzo malpagado la excelencia del sector turístico patrío), ejerciendo labores de limpieza estamos hablando
de un sector básico en la economía y en la sociedad. Sin su labor
nos pararíamos. Tendríamos que hacer frente a un problema nacional
de una magnitud colosal. Solo pensemos en cuando a un compañero o
compañera de trabajo le han fallado los abuelos o la chacha.
O cuando la inmigrante que cuida a su padre ha enfermado o ha perdido
el transporte público.
Y ni siquiera somos capaces, como sociedad, de exigir y respaldar su salud y dignidad reconociendo las durísimas condiciones vitales y laborales a las que se someten las mujeres, ya sean trabajando en el sector de los cuidados, de la limpieza o incluso en sus propios domicilios en las tareas domésticas.
Se
pierde un trabajo efectivo y positivo, que no entra en la
productividad nacional, pero que sin él, ésta no podría ponerse en
marcha. Por ello, es imprescindible y un deber inexorable de toda
persona decente promover una mejora de las condiciones laborales y de
vida de estas trabajadoras.

Hace
unas semanas leí, y lo recomiendo de manera activísima,
el ensayo Nunca delante de los criados de Frank Victor Dawes.
La obra aparecida en versión original en 1973 fue traducida al
castellano hace unos pocos años, pese a que desde su publicación
fue un éxito de ventas. Dawes fue un periodista inglés con amplía
experiencia en medios locales, antes de trabajar en el
Daily Herald o en la radio de la BBC. Pero nunca olvidó sus
modestos orígenes y cómo su madre se ganaba la vida sirviendo en
casas hasta bien entrados los años 30. De hecho, en 1972 publicó un
anuncio en el Daily Telegraph solicitando a cualquier persona
que hubiese trabajado como personal doméstico que le enviase por
correo sus experiencias. La avalancha de misivas fue impresionante y
dieron forma a una obra fundamental de Historia Social y de Historia
del trabajo.
Las
experiencias de doncellas, mayordomos, cocineras, lacayos,
institutrices, y también de algunos de los empleadores, así como el
estudio de las normas, convenciones sociales y reglas nos dan el
contexto del sector profesional de la asistencia doméstica en
Inglaterra, desde la época Victoriana hasta los años 70 del siglo XX, y en como
fueron cambiando las circunstancias debido a diversos factores.
De
manera mucho más modesta, me veo reflejado en la situación del
autor, puesto que mi madre, toda su vida, desde los 11 años, hasta
hace apenas 5 años, ya con 60, ha trabajado en el sector de la
asistencia doméstica, siempre sin contrato. Sin seguridad social, ni
cotizaciones, ni derechos a prestaciones. Sujeta a los caprichos de
los patrones y sin más recompensa que las “buenas palabras” y
un falso cariño hacia ella que tenía más de propiedad sobre la
servidumbre que otra cosa.
Por
ello considero que sería un muy buen ejercicio y una labor muy
interesante recopilar las experiencias de trabajadoras de ayer y de
hoy en el sector de los cuidados y la asistencia domiciliaria. Qué
temores tienen. Qué situaciones han vivido. Qué cambios han visto.
Cuáles son los problemas y las posibles soluciones. Qué necesidades
tienen estas trabajadoras.