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martes, 17 de marzo de 2026

¿Está fallando el modelo estado-nación?

 

Estas tres últimas entradas en el blog tienen como hilo conductor el concepto de estado-nación. Entendemos por estado-nación la idea política y filosófica que determina la realidad de un territorio claramente delimitado, con una población más o menos constante y que comparte ciertos aspectos de índole cultural (características étnicas o raciales comunes, un idioma común, unas tradiciones y folclores comunes, etc.) y política, fundamentalmente una soberanía y un gobierno propios. Además, se encuentra delimitada por otros estados-nación (constituidos o no) también soberanos. Pueden darse estados-nación no constituidos en un país formal, por ejemplo, pensemos en la etnia kurda, el pueblo saharuí, Palestina u otras tribus incluidas en uno o más países. También tenemos identidades nacionales que no encuentran su acomodo en el ecosistema estado-nación, por lo que sus ansías por constituirse como estados propios o independientes no se cumplen: Quebec, Euskadi, Catalunya, Córcega, Flandes, el Tirol austríaco, el Tirol italiano, Escocia, Irlanda del Norte, el Tibet, la Cochabamba, etc.

En las anteriores entradas me pareció muy conveniente, por un lado, escribir sobre el estado-nación inacabado de España, desde una óptica plurinacional que combate contra una hegemonía de la “España única”, indivisible, indisoluble e indistinguible entre unos pueblos u otros que forman parte del actual país. En la otra, y con un claro marchamo de clase, clamó contrael modelo estado-nación capitalista, como un marco desarrollado no para catalogar y organizar las jerarquías entre naciones y pueblos que forman parte de ellas, sino como unas estructuras encargadas y diseñadas para favorecer la opresión sobre las clases trabajadoras (sobre todas ellas, sin distinciones étnicas o raciales), su desposesión, su explotación y la acaparación de esas plusvalías en las élites. Ahora queda el reto de disertar sobre si el modelo estado-nación está agotado y si hay alternativas.



En la actualidad, estamos en un momento a nivel global, y visto desde una óptica occidental (o europea, o anglosajona) en la que se tiene a la democracia liberal, un modelo que por otro lado ni de lejos cubre las necesidades libertarias del pueblo, como un obstáculo para el propio sistema. Su avance, no me atrevo a tildarlo de progreso, se basa en ganar más dinero. Generar más riqueza y que esta sea atesorada por una élite, a la que por lo general, la democracia representativa le viene mal: tuvo que ceder parte de la soberanía al pueblo, sin importar su nivel de renta, su nivel educativo o sus condiciones, en aras de la igualdad, dentro de un sistema deliberadamente imperfecto, que fuera capaz de alentar la participación y con ella, el disenso y los acuerdos dialogados, protegiendo a los colectivos, pero sobretodo a los individuos, de las tiranías de la mayoría o de minorías.

Esta situación provoca un temor profundo en estas mismas élites económicas que aún quieren acaparar mayor riqueza y poder, y por consiguiente, oprimir aún más a las poblaciones y clases trabajadoras. La democracia y los sistemas representativos que proporciona y legitima son muros que impiden el asalto sin paliativos a los recursos de todos, para el usufructo de esa minoría. Por ello están en peligro ante el aliento que la reacción y avance fascista de los últimos 10 años en todo el mundo, pero sobretodo en Occidente, está llevándose a cabo. El objetivo es derribar las instituciones democráticas, y que sean a través de una participación teledirigida y sesgada, derrotadas por las propias clases trabajadoras.

Frente a este modelo de democracia liberal, como digo, imperfecto y cuyos avances son a veces muy lentos, y otras, muy tibios y suaves, se propone un libertarismo radical que profundiza en la desigualdad capitalista, y para ello se está valiendo de las nuevas tecnologías como caballo de Troya, capaces de derruir la democracia en favor de un neo feudalismo, de tinte tecnológico, que aupé una nueva aristocracia, recuperando lo estamentos y garantizando la acumulación de capital.

Para ello, resulta fundamental distorsionar los valores humanos, desde el entendimiento de la propia condición humana, al desecho de la sabiduría (todo tipo de saber y de ciencia) y al menosprecio de la empatía y la solidaridad. Y esto se ha logrado, o se está logrando, a través de la alabanza de un individualismo exacerbado. Se trata de glosar a individuo (y si es hombre, y si es blanco mucho mejor) por encima de cualquier otra cuestión. De manera artificial se le convierte en agente de su propio destino, haciéndolo objetivo de un relato que habla de meritocracia, persuasión, emprendimiento, valentía, atrevimiento y talento. Donde el consumismo es un arma para deshumanizar a la persona, establenciendo una constante competición por comprar y exhibir la compra. Un combate agotador, y por supuesto, incapacitante y eterno. 

Para ello, es básico debilitar todo lo que huela a comunal, y por supuesto, a herencia y bagaje. Se trata de difuminar las clases sociales y la disposición previa para que el individuo, primero el votante y después el militante reaccionario, se “auto-proclame” defensor del sistema vigente, y más allá, de la distorsión de éste, para al final pensar y actuar en contra de sus propios intereses, y en de los demás congéneres.

Está siendo de una recuperación del fascismo y el nacional-populismo desde el lugar en el que se posicionan a los individuos para despojarlos de su identidad de clase y darle predominancia a otros valores o rasgos como puedan ser el sexo, la orientación, la ideología y fundamentalmente la raza y la nación. Contra más proclaman “por una patria en peligro” más evidente se hace que su interés es defender un estatus de opresión contra otros que son distintos en el color de piel o contra las mujeres y el resto de minorías de género. Contra más banderas enseñan (y cada vez es mayor como demuestra su preponderancia en el deporte profesional, otra herramienta al servicio del poder) menos les interesa las instituciones, códigos  y garantías que permiten al convivencia dentro de ese mismo país. No se apresuran a denunciar y a defender la estructura material del estado, empezando por los estados de bienestar o por la garantía de derechos como la prensa libre, la libertad de asociación y participación política o sindical, o de los mecanismos de gestión directa y pública en los mercados que aunque sea tímidamente, nos defienden de la avaricia de los poderosos. Tampoco denuncian su corrupción o la falta de amoralidad de sus líderes. No les da para tanto. No les preocupa eso.

El objetivo de aunar este neo-fascismo en esta fase del capitalismo tecnológico y digital es desmontar las democracias como agentes de política efectiva. De hecho se trata de borrar la política de las preocupaciones u obligaciones de la gente común, para sustituir a la política a una gestión técnica. Cambiar la democracia por una tecnocracia que en esencia funde un neo-feudalismo donde nos convierta a todos en vasallos de los dueños de las tecnologías.

Ante la crisis del estado-nación, surgen diversas alternativas que buscan redefinir la gobernanza y la organización social. Entre ellas se encuentran:

  1. Regiones Autonómicas: Fomentar la autodeterminación y la autonomía regional puede ser una solución viable para satisfacer las demandas locales sin desmantelar completamente el estado-nación.

  2. Redes Transnacionales: La cooperación entre ciudades y actores no estatales puede contribuir a un sistema de gobernanza más flexible y adaptable a los problemas contemporáneos.

  3. Organizaciones Internacionales: La integración y fortalecimiento de organismos internacionales pueden ofrecer soluciones a problemas que trascienden las fronteras estatales, creando un marco más efectivo para la colaboración global.

  4. Movimientos de Ciudadanía Global: Fomentar una identidad global que trascienda las divisiones nacionales puede propiciar un sentido de pertenencia y responsabilidad compartida hacia el bienestar común.

  5. Y por supuesto, frente al escenario anteriormente descrito, la respuesta no puede ser otra que la información y el combate activo. La confrontación de la masa obrera. Y la alternativa es el fortalecimiento de la democracia, que aunque imperfecta, es el sistema menos malo para garantizar progreso y mayor dignidad para cuantos más sea posible.


El modelo estado-nación, que ha dominado la configuración política y social del mundo moderno, enfrenta serios desafíos en un entorno global en constante cambio. La globalización, la fragmentación identitaria y la crisis de soberanía son procesos interrelacionados que ponen en entredicho la viabilidad y la funcionalidad del estado-nación como forma de organización política predominante.

Pero es el interés de las élites por derruir el modelo y el sistema liberal la principal amenaza, y ante la cual, como sociedad civil y como clases trabajadoras tenemos que actuar y protegernos.

Y no para proteger la democracia actual como un sistema de máximos, sino como un cimiento de mínimos sobre el que construir alternativas donde la justicia social, la igualdad de oportunidades y el progreso general del ser humano, sin distinciones de ningún tipo, sea el denominador común y el objetivo colectivo. Nos va la vida en ello.




lunes, 16 de marzo de 2026

Contra el estado capitalista


 

Como se afanan en recordarnos, y como de hecho es realidad, estamos en un momento histórico trascendental. Abocados a cambios radicales en la forma de vida, ya no sólo de millones de personas, sino de toda la humanidad. La indiscutible emergencia climática, de la que cada vez hay más testimonios directos, pruebas empíricas y víctimas con nombres y apellidos. La voladura descontrolada del orden internacional, incluidas las reglas del juego democrático y los sistemas de contrapesos entre naciones, que nos llevan inevitablemente a conflictos diplomáticos y a una mayor violencia y escalada hasta la guerra total, con implicaciones de aniquilación mutua. Y el fracaso de un sistema económico capitalista, en su etapa ultra liberal, globalizado, extractivista (de energía, de materias primas, de trabajadores, de consumidores, etc.), entregado a la pulsion financiera, pero incapaz de dotar de dinamismo, porvenir y bienestar a cada vez más personas, por todo el mundo, con lo que a su vez, provoca el descalabro del modelo político liberal, presentado como el “mejor” de los otros, imperfectos sistemas de representación política. En definitiva, un estado de crisis total, de distintas vertientes, pero que enraízan en un profundo malestar, una desafección y desconfianza plena. Un tiempo de zozobra e incertidumbre que acaba en el repliegue identitario, muchas veces misógino, xenófobo y misántropo, que explica, a su vez, el auge del fascismo por todo el mundo.

Y ante este estado general de las cosas, la respuesta se hace desde los marcos establecidos del estado-nación liberal. La misma estructura que ha ayudado, cuando no favorecido directamente, la actual situación de crisis, es el encargado de dar respuesta a estos retos. Y obviamente, falla, y lo hace, estrepitosamente. Porque es incapaz de paliar consecuencias, y mucho menos, de plantear alternativas sólidas y posibles. Porque ha sido diseñado, no para satisfacer las necesidades de las mayorías, proteger al conjunto de los individuos, y ni muchos menos, responder ante retos de crisis y caos. Sino que su diseño, su génesis, planificación e implantación están hechas desde lógicas capitalistas. Su fin, y lo consigue, es reproducir el capital, y que este se licue hacia las élites, cada vez más acaudaladas y más escasas.

Este estado-nación capitalista se muestra sin fisuras ni ambages en situaciones críticas: Ante una catástrofe (natural, política, económica, o voluntaria o involuntaria) colapsa y es incapaz de darle solución, cuando no manifiestamente homicida, irresponsable y hasta sádico. Apenas no funciona ante esa emergencia. Y sin embargo, cuando la sociedad civil estalla y protesta, con implacable precisión es capaz de sofocar y atajar las protestas. Es muy eficiente en hacerlo a través del monopolio legal de la violencia (policías y ejércitos), defendido por jueces y políticos pro-sistema que deben proteger y mantener vigente ante los nuevos retos o amenazas, porque su función, su lógica es la rentabilidad económica, con especial énfasis en la seguridad del negocio, del capital y de quienes lo poseen. Incluso se permiten saltarse “sus propias leyes” si es necesario, quedando patente en todo caso la desigualdad jurídica, que es otra capa de indignidad a sumar a las ambivalencias extremas de un sistema mercantil.

Por si esto no fuera poco, en la desigualdad económica y de poder real, entre clases, y entre individuos o colectivos, los poderosos encuentran en la transmisión de la información otras formas de apuntalar el estatus y de cimentar su hegemonía. Los medios de comunicación de masas cuyos dueños son emporios de magnates y aparatos financieros, son perfectos y muy útiles en aquello de generar estados de opinión, disipar malestares y preocupaciones, y en crear problemas alternativos y cortinas de humo y de distracción. Indistintamente, se trate de medios tradicionales o nuevos, analógicos o digitales, clásicos o tecnológicos, o de amplio espectro o sectorizados, por lo general, no discuten el estado capitalista, como situación natural “deseada” o “acordada por todos”. Inquebrantable, sostenido por unas ideas que se presentan a su vez, como naturales y lógicas, mientras que cualquier alternativa, incluso la más mínima, revisionista y encorsetada a los umbrales del sistema se presenta como un populismo o de un radicalismo intolerable.

Baste por ejemplo, pensar como la idea de “solo el pueblo (siempre que esté organizado, cohesionado e ideologizado) salva al pueblo” se convierte en peligrosa para el sistema, porque despoja al estado de su función. Lo condena inútil en eso de dar respuesta a las necesidades de las personas, y por lógica, supone la reclamación y el planteamiento de una alternativa que forzosamente derrumbaría el sistema del estado capitalista. Por eso, es tan combatida esta idea (y otras similares o más ambiciosas), porque en esencia, conseguiría disipar la extracción de capital, riqueza y dignidad de las clases trabajadoras y productoras hacia las clases de arriba, parasitarias y corruptas.

Por todo ello, es fundamental discutir la naturaleza del estado-nación capitalista aunque solo sea por propia lógica de la supervivencia. Esperar que este sistema sea capaz de dar respuesta ante la crisis ecológica, la crisis moral y política y la crisis económica del capitalismo de burbuja y financiero es de una ingenuidad asombrosa, por no decir de una locura insostenible. Porque la lógica capitalista, el modo de pensar de las élites, y de las instituciones que se han creado o amoldado a su modo de operar no pueden abordar el análisis de causas, desarrollos y consecuencias de estas crisis, porque ellas mismas son responsables de su emergencia, agravamiento y profundización. Pensar que un talante “socialdemócrata” o de un “capitalismo de rostro humano” va a salvarnos porque vamos a confiar y a reforzar el estado capitalista, sin discutir ni desmontar un sistema que se basa en la explotación y saqueo de los recursos naturales y humanos para garantizar la acumulación de capital, incluso a costa de la vida de millones de personas (por no hablar de otras especies, o de los que vendrán después) es un error que nos ha traído hasta aquí.

La respuesta a la crisis económica de 2007-2008 fue la disolución del estado social, y con él, de buena parte de la activación política por alternativas que tenían en la justicia social y en la igualdad de oportunidades entre ciudadanos (incluidos ciudadanos de fuera de ese estado-nación capitalista). Paradójicamente no fueron los causantes del destrozo que provocó el neoliberalismo, la desregulación de los mercados y la incesante avaricia del capital quienes pagaron las justas facturas. Sino que fueron las condiciones de trabajo y de vida de las clases populares, los servicios sociales básicos, en especial y en Europa la sanidad y educación públicas, y las expectativas de futuro de los países en desarrollo los que saldaron las cuentas.

Pero esto no quiere decir que no se pueda hacer nada y que nos quedemos en casa, en el sofá, mirando el móvil, y lamiéndonos las heridas. U olvidarnos y relajarnos con lo que pongan en la tele. Como nos ha enseñado la Historia, si hemos llegado hasta aquí, y efectivamente, tenemos mejores condiciones de vida que las que tenía alguien con tu mismo apellido durante la Edad Media, ha sido a base de lucha. Los avances sociales, económicos y políticos se han conseguido mediante el trabajo, la activación, la solidaridad y la fraternidad, y si, también al atrevimiento, la defensa y el ataque. Con buenas palabras y batucadas no se va a conseguir que el “Estado” sacrifique la rentabilidad de las élites para un mayor reparto, más justo, o incluso humanitario. La situación actual, el descalabro es tan grande, que hay que forzar al estado y a las élites a que cedan, a que se transformen y se conviertan en garantías de igualdad y de libertad, frente a lo que son hoy en día: elementos de opresión y máquinas de extraer riqueza de abajo a arriba.

Organizar nuestra fuerza, concienciando de la necesidad de la lucha y del poder que atesoramos si trabajamos juntos como ente colectivo (que no quiere decir que se disipen las peculiaridades ni las identidades individuales) para que nos devuelvan lo que es justo: nuestras vidas con dignidad y futuro.

Cuando individualmente y de manera colectiva, pero centrada únicamente en el frente institucional, somos, como clase trabajadora, incapaces de hacer que las empresas y el estado-capitalista organicen sistemas de transporte que nos permita ir a trabajar para ellos a que nos sangren nuestra riqueza, y sin embargo, nos lanzan a que individualmente, los oprimidos seamos quienes pongamos de nuestra parte (de nuestro tiempo, de nuestro dinero) para ir a que nos exploten, es el momento de reaccionar.

Por lo menos a los esclavos los llevaban a la plantación de algodón.

O cuando la ciudad y el territorio se convierten en escenarios que también suponen una disolución de la pertenencia al mismo, y una pérdida irreparable de las formas de vida más naturales, locales y propias. Lo que aparentemente te venden como avances de la clase trabajadora, perversamente acaba convirtiéndose en mayor desposesión para esas clases trabajadoras, que si no pueden llegar a ese nivel para consumir son expulsadas. Aunque sea su propia casa.

Es el momento de organizarse, coordinarse y desarrollar acuerdos entre las distintas capas y sensibilidades de la sociedad civil para desde la lucha frente al estado capitalista ofrecer también victorias en esos otros frentes parciales. No será fácil, y casi seguro, tampoco placentero. Habrá derrotas y dolor. Pero también, la victoria final es imprescindible y la única salida necesaria y posible.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Obituario Susan George. Pensadora, activista, ejemplo y dignidad

  

El pasado 14 de febrero fallecía a los 91 años, en su residencia de París y rodeada por su familia, la filósofa y activista Susan George.

Valgan estas pocas palabras, juntadas a prisa y corriendo, como un homenaje sentido, de gratitud y recuerdo para una de las grandes pensadoras, en femenino y sin atender a géneros, del siglo XX y el primer cuarto del XXI.

Susan George ha sido un constante ejemplo de reflexión y crítica socio-política que ha transmitido con una enorme pasión y atino en su multitud de artículos, ensayos y conferencias, y especialmente a través de una prosa lúcida y fluida plasmada en casi una veintena de obras de politología, sociología, filosofía y feminismo.

Particularmente, llegué a Susan George en los 2006 y 2007 a través de varias referencias que me llegaron por estar vinculado a Monde Diplomatique y a ATTAC. Y sin duda, El Pensamiento Secuestrado (2007) y El Informe Lugano (2001) que se convirtieron en obras de consulta y de pilares para construir mi propio pensamiento. En ambas obras, así como en otras muchas de su extensa bibliografía, Susan George ejecuta un análisis crítico del neoliberalismo y del capitalismo ultraliberal, con una forma de escribir muy incisiva, muy directa en presentar los hechos, con el trabajo previo de contextualizarlos. Los argumentos se solidifican basándose en el periodismo, en la Historia y en la lectura calmada y compartimentada de las estadísticas, las causas y consecuencias de las políticas de extremo “liberalismo” de los últimos 50 años.

Temas como la desigualdad, el imperialismo y el neo-imperialismo americano, la globalización, el desarrollo humano, las derivadas de las intervenciones políticas y económicas en las comunidades, los individuos, en las culturas o en el medio ambiente se muestran tal y como son. Se convierten en denuncia y van más allá: al planteamiento de alternativas, reales y factibles, la primera de ellas la toma de conciencia colectiva de la humanidad en favor de los derechos humanos.

En El Informe Lugano, Susan George examina el impacto del neoliberalismo en la economía global y sus efectos devastadores en las comunidades vulnerables. Particularmente estimulante resulta su consulta y el dar voz a los pueblos indígenas de América Latina y poner el foco en las consecuencias sociales sobre la salud de las personas, en especial de las mujeres y también de las consecuencias medioambientales. Uno de los temas centrales es el cuestionamiento del modelo de desarrollo impuesto por instituciones financieras internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. George argumenta que estas entidades, lejos de ser agentes de progreso, han perpetuado ciclos de pobreza y dependencia en muchos países en desarrollo. Este enfoque crítico no solo resalta la falta de eficacia de ciertas políticas económicas, sino que también invita a una reflexión profunda sobre la justicia social y la necesidad de alternativas viables al capitalismo desenfrenado.

Por su parte, en El Pensamiento Secuestrado, Susan George profundiza en la manipulación del pensamiento crítico en las sociedades contemporáneas. La autora sostiene que las élites políticas y económicas han logrado dominar el discurso público, limitando así las posibilidades de un debate genuino sobre alternativas al modelo neoliberal. Este secuestro del pensamiento no solo afecta a la política, sino que también influye en la forma en que se perciben realidades como la desigualdad, la pobreza o el cambio climático. Al poner de relieve esta problemática, George invita a los lectores a tomar conciencia de la importancia de cuestionar las narrativas dominantes y a involucrarse activamente en la construcción de un futuro más justo.

Ambas obras comparten la premisa de que el cambio es posible, pero enfatizan que requiere un esfuerzo colectivo y un cambio de mentalidad. Susan George, como siempre a lo largo de su vida y su carrera, no se limita a establecer una critica, por supuesto acertada y reveladora; también plantea la urgencia de desarrollar un pensamiento crítico que permita a las sociedades resistir y reinventar el modelo hegemónico actual. En este sentido, su trabajo se convierte en un llamado a la acción, instando a las personas a no convertirse en meras espectadoras de su realidad, sino a participar activamente en la creación de nuevas formas de vida social y económica.

La profundidad de la obra de Susan George radica en su capacidad para conectar lo macroeconómico con lo micro-social. Por ejemplo, al analizar las políticas neoliberales desde la perspectiva de los afectados, logra humanizar estadísticas frías y demostrar cómo estas medidas impactan directamente en la vida cotidiana de las personas. Su enfoque empático es un recordatorio de que detrás de cada cifra hay historias, luchas y esperanzas. Hay vidas humanas que hay que dignificar y respetar.

En conclusión, Susan George, a través de su aguda crítica y su enfoque inclusivo, no solo ilumina las sombras del neoliberalismo, sino que también ofrece una plataforma para repensar las estructuras sociales actuales. Sus obras son un recurso invaluable para cualquier profesional interesado en comprender las dinámicas del poder y la lucha por un mundo más equitativo.


Susan George, reconocida intelectual y activista estadounidense, ha dejado un legado imborrable en el campo de la crítica social y económica. Su vida estuvo marcada por un compromiso inquebrantable con las causas sociales y una profunda indignación ante las injusticias del mundo. Su obra trascendió el ámbito académico y se convirtió en una poderosa herramienta de cambio. Su enfoque accesible y provocador no solo iluminó los problemas globales, sino que también inspiró a múltiples generaciones a involucrarse en la lucha por un mundo más justo.

Pero no sólo se quedo ahí. En el análisis académico o en la publicación literaria, sino que además su indignación se hizo carne. Se convirtió en lucha y participación en movimientos sociales y foros internacionales, posicionándola como una voz respetada y escuchada en debates cruciales sobre el desarrollo y el neoliberalismo. Sus planteamientos brillantes tomaron constancia de la realidad y su impulso fue el de la propuesta de alterantivas reales y tangibles. La capacidad de Susan George para combinar teoría y práctica hizo que sus ideas resonaran en distintos contextos, convirtiéndola en una figura fundamental en la discusión contemporánea sobre justicia social.

Aunque su partida deja un vacío significativo en el ámbito de la crítica social, el impacto de su trabajo perdurará. Susan George nos enseñó que la crítica es un acto propio de la realidad humana, y que además, es un deber intransferible en el afán por mejorar la vida y el futuro de todas las personas. Su legado invita a reflexionar y actuar, recordándonos que la lucha por la equidad y por la justicia continúa.

miércoles, 9 de abril de 2025

Qué sabe Google de ti

Imagen extraída de un portal de recursos gráficos libre.

 

No hay día en que no dejemos nuestros datos o huella digital en la red. Queramos o no hacerlo. Nos hayamos conectado a Internet de forma consciente, o si ha sido inconscientemente (muchas más veces de las que piensas). Y con esos datos las empresas poseedoras de las infraestructuras de recopilación, organización y publicación hacen su negocio. Recuerdo aquí que los datos son propiedad de cada individuo, del usuario, no de las empresas por mucho que faciliten las herramientas de acceso y uso de Internet.

Por lo tanto, se hace perentorio ser consciente de qué datos estamos dejando en la red. Para qué son empleados, qué duración tiene su vigencia y qué derechos nos amparan con respecto a ellos. Y en este camino se puede empezar por un interés por escapar de la cada vez más invasiva publicidad, pero rápidamente en cuanto se empieza a investigar un poco se acaba tomando conciencia en cuanto al estado de la democracia y el bienestar común.

Y es que nuestras libertades civiles se están evaporando delante de nuestros ojos.

Es fundamental protegernos en Internet de los rastreos de datos. Todas las compañías desde las redes sociales hasta las suministradoras de red, tanto móvil particular, como en espacios wifis, las empresas que aportan las infraestructuras físicas y lógicas para el mantenimiento y ampliación de Internet, y de manera especial, con respecto a la mayor prestadora de servicios en red: Google.

Cuando hacemos una búsqueda a través de sus buscadores (a veces directamente, o a través de webs y apps que emplean la api de google), usando gmail, o android en nuestro teléfono, y actualmente y de manera muy especial cuando vinculamos el terminal físico y la tarjeta de teléfono con su número al sistema operativo, cuando usamos el servicio de ubicación GPS en el dispositivo. Y cuánto más sabe de ti, de nosotros, más afina la empresa tu perfil para poder ofrecerte publicidad más personalizada, que es su principal línea de negocio, y poder “venderte” como un cliente más cerca de comprar y consumir.

Podemos pensar en lo más básico. Edad, sexo y orientación sexual, estudios, lugar de residencia o intereses generales que consiguen cuando nos damos de alta en algún servicio de google o en cualquiera de estas empresas. Pero no debemos olvidar que con cada búsqueda en sus buscadores va rellenando nuestro perfil con más y más datos sobre nuestros intereses.

Por si esto no fuera poco, se han demostrado ya, y e instituciones como gobiernos o la Unión Europea han actuado en consecuencia, cómo google y otras compañías “encienden” la cámara, la ubicación o el micrófono de nuestros dispositivos para recabar más datos, evidentemente sin nuestro consentimiento, y poder así rellenar los huecos que pueda ir dejando nuestras búsquedas y nuestro uso digamos consciente. Sin duda, una práctica abusiva, de la que solo teníamos una sospecha fundada atendiendo al funcionamiento de las baterías o a las sugerencias que se ofrecían. No seríamos los primeros a los que nos ofrecerían “paellas” porque “nos han grabado” hablando de paellas.

Si usas goolge analytics o trends, u otro tipo de herramientas profesionales del sector del marketing online y el desarrollo web, sabrás perfectamente como la compañía cubre todo lo relacionado con la actividad online de los distintos usuarios. Si no te has dedicado a este mundo, te puedo asegurar que google es capaz de segmentar hasta el último aspecto de nuestra vida en la red, y de monetizarla, dándole el formato y empleo que más práctico sea para los profesionales del sector. Y por supuesto, para google mismo.

Con la ubicación y la posibilidad de poder georreferenciarte en tiempo real, google, y otras compañías son capaces de extraer mucha información de nuestra actividad en internet, pero también en la vida real, física. Y de esta manera, acaparar datos muy valiosos que sirven para ofrecerte anuncios y publicidad de manera más personalizada, lo que podría acarrear mayor convertibilidad en ventas y visitas. Un negocio perfecto. Si quieres probarlo, puedes ver en este enlace, el historial que hasta este momento google ha registrado de tu ubicación, y que ofrece de cara al usuario. No tenemos seguridad de que no haya hecho más sondeos y registros de nuestro día a día sin nuestro conocimiento y/o permiso.

Los historiales de búsqueda en el buscador o en youtube, son fuente inagotable que suministra datos a nuestro perfil y con el cual pueden afinar aún más la publicidad, convirtiéndonos en paquetes de datos más interesantes, y que por lo tanto cuestan más, para las empresas que contratan su publicidad a través de google (prácticamente la totalidad dada la posición monopolística de la compañía). Aquí puedes comprobar tu historial en youtube, y en este otro enlace, el de tus búsquedas en google.

Todos estos datos, así como los aspectos físicos (dispositivos, tecnologías, formatos, aplicaciones, software, etc.) se cruzan y re-cruzan, una y otra vez, actualizándose en el tiempo y ofreciéndose en tiempo real para su dominio y comercialización. Por eso es importante comprobar qué permisos sobre tus dispositivos y las aplicaciones que usas has concedido y sobre los que están recopilando datos. Se puede solicitar un informe sobre el volumen total de datos, exportar esa información, desautorizar su empleo por parte de terceros, e incluso, por parte de la propia google, desactivando tu perfil (o perfiles) en la plataforma.

Y es que la publicidad genera muchas ganancias cada segundo. Por lo que como vemos, todo vale.

Liberarse de google requiere de varias estrategias:

Compartimentar, es decir evitar en la medida de lo posible las herramientas facilitadas por google y otros gigantes tecnológicos. Y si no hay más remedio que emplearlas, no utilizar todas.

De hecho, la segunda estrategia sería Diversificar las herramientas y las empresas con las que trabajamos y de las que formamos parte como usuarios (realmente nos convertimos en sus clientes).

La tercera estrategia es Restringir la información. Quién y qué ve y usa en cada momento y con cada aplicación.

 

Alternativas:

  • En cuanto a los navegadores están Firefox, Chromiun y Tor.

  • Otros motores de búsqueda más allá de google: DuckDuckGo y Qwant.

  • Alternativa a twitter: Mastodon, como red social descentralizada en forma de federación, donde cada usuario o grupo puede constituirse como fuente de autoridad. Permite un control total de los datos proporcionados por los usuarios ya sea consciente o inconscientemente. Aunque yo ya estoy comprobando en vivo, que la mejor alternativa es no usar redes sociales.

  • Una alternativa al uso de youtube: Peertube.

  • OpenStreetMaps o QwantMaps alternativas a google street view o google maps.

  • Lineage, Sistema Operativo alternativo al uso de Android en dispositivos móviles. Como todas estas herramientas, se trata de un sistema libre y de código abierto.

  • BigBlueBotton, una alternativa a skype o zoom como servicio de videollamadas.

  • Moodle, entorno de educación de software libre.

  • Signal, sistema de mensajería instantánea alternativo a uso de Whatsapp.

  • Y por supuesto, es necesario, vital en el actual contexto, promover el empleo de VPNs.

En este enlace dejo una completa lista de alternativas al uso de las herramientas que facilita google.

Tenemos que saber qué datos compartimos, en su totalidad, y cuál es el uso que las empresas hacen de ellos y el beneficio que consiguen. De hecho, los datos y los metadatos se venden a otras empresas que se convierten en dueñas de los mismos, reproduciendo el modelo una y otra vez. Recordemos una vez más, que si algo es gratuito, es porque tú (o tus datos y metadatos) eres el producto o servicio.

En este sentido, es preciso concienciar al público general que la cultura gratuita de Internet es falsa. Porque los equipos de hardware, las redes, los protocolos y los desarrollo de software cuestan dinero. Y si no se están solicitando pagar por su uso de forma directa, implica que esas empresas poseedoras de estos medios, están usando tu información para hacer negocio. Y eso es muy peligroso, sin entrar a valorar lo ético o justo de tal planteamiento.

Por ejemplo, se hace necesario recordar el control de las élites sobre Internet y cómo censura y controla nuestras vidas. Un caso paradigmático es todo lo que tiene que ver con el periodismo, la disidencia y las denuncias ciudadanas ante situaciones de opresión o corrupción. La persecución a todo lo que tiene que ver con Wikileaks es el ejemplo.

Los periodistas y los ciudadanos empoderados y conscientes de su poder y de sus responsabilidades cívicas, tenemos que emplear herramientas que permitan cumplir nuestra labor y hacerlo con la máxima seguridad. Por ejemplo, el uso de sistemas operativos portables como Tards, o emplear ordenadores “vírgenes” que nunca se hayan conectado a Internet y que nunca lo vayan a hacer. O emplear redes seguras y descentralizadas como SecureDrop.

Es necesario también concienciar en el empleo de sistemas de encriptación, especialmente en el caso del correo electrónico, como los sistemas PGP.

Recordemos que Internet está conectado a las grandes empresas, a los lobbies y a los gobiernos al más alto nivel, es decir, los gobiernos detrás de los gobiernos y sus equipos de seguridad, espionaje y contra disidencia o insurgencia. Por lo tanto, Internet no es un espacio de libertad.



Por último, ya sé que esto es un blog de blogger, es decir de google!!! Estoy en interés y en camino de liberar el tiempo suficiente para poder cambiarlo.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

El recurrente botellón

 


Una de las señas que nos está dejando la “nueva normalidad” es el botellón. Macrofiestas y aglomeraciones tumultuosas de jóvenes -y no tan jóvenes- que organizan quedadas en espacios públicos en los que el alcohol es el aglutinante de un lienzo en el que se plasma diversión, ruido, coqueteos con otras sustancias, molestias, disturbios, violaciones y situaciones de riesgo.

La pandemía no ha terminado pero estamos inmersos en un contexto en el que nos han exigido convivir con el virus para no lastrar más las pérdidas del capital. El riesgo de contagio sigue siendo alto y pese al éxito de la vacunación y el abnegado trabajo de los servicios de salud, una transmisión vírica sin controlar puede ocasionar un tremendo trastorno que se lleve vidas por delante. No lo olvidemos.

Pero la relajación de las restricciones, el verano, las “no” fiestas y fenómenos similares que han venido adheridos a la excepcional situación que llevamos viviendo año y medio no han provocado un fenómeno nuevo y que no conozcamos. No. El botellón lleva mucho tiempo instalado en nuestras sociedades. En las mentes de adolescentes que ven como sus condiciones de vida y futuro se han ido lastrando en lo que va de siglo. Que no tienen alternativas de ocio salvo la de deambular por bares y discotecas abrazados a un vaso de tubo. Que se han acercado a la primera madurez habiendo pasado meses encerrados, perdiendo oportunidades. Y al mismo tiempo, recibiendo muy mala información sobre las consecuencias de la COVID y su supuesta levedad para con ellos.

Pero no quiero descargar de responsabilidad a la juventud. Si con lo que ha sucedido, con decenas de miles de fallecidos -seguro que algunos conocidos- no eres capaz de ver el peligro y muestras esta inmadurez, esta carencia de empatía y solidaridad tienes un problema. Porque si eres mayor para beber también debes de serlo para reconocer en que contexto estás y que tus acciones, aunque no lo parezcan, tienen consecuencias. Y algunas pueden ser irremediables.

Y no me vale eso tan manido, ese buen rollismo mediocre, paternalista y ex culpador, de "¿qué hacías tu de joven? Como si no hubieras bebido y hecho el gamberro". Por supuesto que lo hice, pero lo siento, si fue en una época más amable o mejor. No teníamos como sociedad y como juventud, el marrón que tenemos hoy en día para que el plan de finde sea cogerse una cogorza. De hecho ese nunca fue mi plan y el de mis amigos (no discuto que pudiera ser el de alguien incluso el de una mayoría). Por lo tanto, no comulgo con que esta vaya a ser la actitud y una plaga irremediable contra la que no vale rebelarse o luchar. Porque si algo, lo único, que he aprendido de aquellas noches, es de su inutilidad; de que no merece la pena. Pensaba (quizás el problema este ahí en esa ilusión) que las nuevas generaciones “las más preparadas de la historia” serían capaces de darse cuenta de esto, de huir, de auto-organizarse para no cometer los mismos errores y ser capaces así de dominar su destino y cambiar las cosas.

 

Yo he hecho botellones en mi vida. Al principio, recién inaugurada la mayoría de edad, nos íbamos a un parque aislado. Era el calentamiento a un concierto o a acudir a algún pub chulo de aquella Salamanca. Donde no molestásemos. Sin coche, sin ninguna luz salvo la de una triste farola. Noches de invierno cerca del río. Paseos a la gasolinera de la Avenida de la Paz a comprar el hielo y unas pastillas para la barbacoa para hacer un pequeño fuego en un bidón que encontramos. Un par de botellas para cinco o seis y ya calientes ir a algún bareto de Varillas previo paso de los contenedores de basura. Más tarde, conocimos a unas chicas universitarias que vivían en pisos de estudiantes. Lugar perfecto para hacer botellón calentitos. Bebíamos huyendo de la policía, de los vecinos, de los viandantes, de otros grupos de jóvenes bebiendo, de las aglomeraciones y de los precios abusivos y el garrafón.

Porque el botellòn no es un fenómeno nuevo. No es una consecuencia de la pandemia, ni siquiera del estado de las cosas en este país de empleo escaso y precario, vivienda inasumible y futuro oscuro. El botellón lleva prohibido por ley desde 2002. Ya entonces era un problema de orden social el que la gente libremente se reuniera en el espacio público y decidiera hacer lo que quisiera hacer sin pasar por los bares.

La ocupación del espacio público por parte de los jóvenes resulta un reto para unas administraciones que siguiendo un mantra liberal quieren comercializar, sacar hasta el último euro, de las calles. Me resulta curioso y escandaloso que mientras se ha deshumanizado la ciudad, llenándose de terrazas, los mismos que han permitido esto (y cobrado por ello), se escandalicen porque un sábado por la noche haya gente que se reúna a empinar el codo. Cuando no sólo no han provisto una alternativa de ocio, sino que además han animado a que la gente consuma.

Ahora se ha puesto en la picota el fenómeno del botellón para explicar puntuales aumento de contagios de la covid, como si sólo fueran los jóvenes que salen de noche los que pudieran transmitirla o como si haber lanzando llamamientos al turismo de borrachera para los extranjeros dejando excluidos a los locales, fuera inocuo.

Los medios y las policías locales han recogido el guante y crispado a la sociedad al tema con sus videos de móvil de disturbios y los recuentos de robos y altercados. Todo ello sin profundizar en las causas y mucho menos en valorar y avanzar posibles soluciones. Porque el objetivo no es ese. El objetivo es caldear un miedo colectivo que lleve a la sociedad a implorar medidas coercitivas, el reforzamiento de las estructuras policiales y la puesta en marcha de legislaciones aún más restrictivas en cuanto a derechos y libertades.

El principal problema es por qué el único catalizador social de la juventud es el alcohol. ¿Por qué los jóvenes no pueden reunirse y generar ocio desde si mismos a través de la cultura, el deporte o la activación política, laboral y estudiantil? ¿Por qué el consumo de alcohol, reglado en una barra de bar o a través de la compra en un 24horas, es la única alternativa que la juventud tiene? ¿Es acaso la válvula de escape a un futuro tenebroso donde la precariedad, la inestabilidad laboral, personal y afectiva y la indefinición continua les espera? ¿Por qué necesitamos el alcohol para relacionarnos?. Para conocer gente, especialmente del sexo opuesto. Lo necesitamos para follar y para tener pareja. Para divertirnos y reír las gracias a los amigos y allegados. Seguro también para olvidar la mierda de mundo que nos han dejado las generaciones previas. ¿Por qué hemos permitido que el alcohol sea la gasolina de todas las fiestas?. Religiosas o paganas. Patronales o universitarias. Personales o multitudinarias.

Lo único bueno que tiene el botellón es que, antes y después, discute el uso capitalista del espacio público. Y pone en la palestra los problemas comunicativos y de expectativa que tiene una juventud que no puede pagarse una entrada en una discoteca “para conocer gente”, y mucho menos la de un piso. Porque no sólo son derechos a una vida digna, un futuro optimista con garantías laborales y de bienestar gracias a unos servicios públicos. Es también el derecho a poder socializar al que se contrapone un miedo histórico a la masa social, heredado desde el siglo XIX cuando las clases altas veían con estrés y pánico la revolución que podía surgir de una confluencia masiva de gentes heterogéneas que comprendían allí que compartían los mismos problemas.

El fantasma de la aglomeración es también el de no pasar por caja. Y en un ciclo que se repite también lo hacen los argumentos en contra (disturbios, molestias, ruidos, basuras) de un botellón que con su simpleza cumple a la perfección en su mensaje de deshumanización. De convertirlo en un problema lo que sobretodo es la respuesta de un colectivo (la juventud) frente a la desposesión del espacio público y del ocio que se han convertido en réditos del capital.

Al final, el botellón aparece cíclicamente en nuestras vidas. Mejor dicho. Aparece en los medios cada cierto tiempo con una clara finalidad de instaurar un pánico social que haga aceptar más controles, mordazas y gastos extra en seguridad. Siempre hay quien hace de altavoz a esta patronal chusquera de la noche, lobby cutre y rapaz que se ha erigido en vanguardia de la empresa españistaní. Eso explica muchas cosas. Luego vienen los pobres vecinos que les toca aguantar las noches de insomnio y las mañanas de asombro por ver cómo ha quedado su parque y su barrio. Y por último, los lamentos y bravuconadas de polituchos que no han tenido problemas en echar a la calle a las gentes al grito de consumo y alcohol, y ahora se escandalizan cuando la propuesta les hace boomerang.

Y en lo que tampoco cambia es que el botellón es un coñazo irremediable. Y he vivido y bebido bastantes de ellos para saberlo perfectamente.

 

 

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