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viernes, 20 de marzo de 2026

Por una cesta básica de la compra


 

Las diversas sensibilidades que forman parte del gobierno de coalición ya han anunciado un nuevo escudo social. Un paquete de medidas de urgencia y emergencia para poder mantener el bienestar de los hogares trabajadores en España, ante el alza de los precios de alimentos y fuentes de energía (especialmente de la gasolina) provocada por el criminal ataque de Estados Unidos e Israel, de Trump y Netanyahu, sobre Irán y la teocracia de los ayatolás, y que ha supuesto el cierre del Estrecho de Ormuz, con las indeseables consecuencias en la economía mundial.

Amenaza recesión, cuando no crisis abierta, con todas las fases del ciclo económico en juego. A saber: ciclo de manía, es decir, ciclo alcista y especulativo por parte de elementos de mercado que se valen de su posición y conocimiento para acaparar bienes ante futuras y posibles carestías o encarecimientos. Subida de los precios de los bienes por su baja oferta y demanda constante. Desconfianza en los mercados. Y más adelante, zozobra en los bancos e inversores que pueden ver peligrar el retorno de sus inversiones en mercados sensibles o volátiles como el de los combustibles o los articulos de importación. El ajuste preceptivo de los mercados que pueden llevar a una caída primero de la demanda exterior, con lo que se pare la actividad interna, se procedan a los impagos y despidos, que lleven a una caída también de la demanda interna que acarrearían por su parte, la caída de los tipos de cambio y el valor de la moneda, en este caso del euro.

Estos comportamientos descritos por varios autores como Kindleberger y Aliber en su Historia de las crisis financieras (2012, ed. Akal) y también avalados por nuestra propia experiencia, es a lo que nos enfrentamos en estos momentos. Particularmente grave en el caso de los bienes de primera necesidad. De la vivienda ya he hablado. Pero en este caso, me centro en los alimentos a los que da igual quién seas o dónde vivas, te vas a enfrentar a subidas y alzas que van a vaciarte los bolsillos. Porque los alimentos son imprescindibles. Quizás no tengas coche y no tengas que sufrir la salvaje subida del combustible (entre otras maldades de la sociedad del automóvil). Puede que tengas ya casa y hasta pagada. Pero todos precisamos de alimentarnos. Seamos trabajadores en edad y situación de producir. Personas desocupadas. Jubilados, pensionistas, estudiantes o niños. Todos necesitan consumir alimentos y van a sufrir la volatilidad de unos mercados muy expuestos a los oligopolios (cuando no y directamente a monopolios), y la especulación y la avaricia de los agentes intermediarios en el negocio de la alimentación.

En los últimos meses la tendencia de los precios de los alimentos y bebidas no alcohólicas ha sido variable. Si en febrero acumulamos una subida del 0.4%, en enero, tras las Navidades, los precios bajaron un 0.6, y cortaron una racha de tres meses al laza en torno a un 0.3%. Si añadimos otros bienes y servicios imprescindibles, en especial la luz y el gas, para alumbrar y calentar (o refrigerar) los hogares el ataque a la capacidad de ahorro de las familias trabajadoras ha sido constante y se ha comido en su totalidad las subidas salariales que se han pactado entre gobiernos y sindicatos (a la patronal, por lo que sea, no lo viene bien).

En general, estas subidas salariales no permiten la mejora de las condiciones de vida de las clases obreras, porque son insuficientes para mantener el poder adquisitivo de los trabajadores frente al alza de los precios. Y es que en estos períodos alcistas de grandes tasas de inflación, y especialmente, ante momentos como el actual, en el que especulan y esperan que así suceda, las grandes empresas o las posiciones dominantes en el flujo comercial intentan aumentar sus márgenes de beneficios, haciendo valer su posición. Por lo que, a parte de lo que ocurra en este mundo globalizado e interconectado, si los precios de los alimentos suben aquí, es por ellas, por estas empresas y empresaurios con nombre y apellidos.

Pero es que además hay que señalar, como productos fundamentales en la dieta de las españolas y españoles sufren salvajes subidas de sus precios que no repercuten en los productores y si en los distribuidores y sus inversores. El aceite de oliva, la leche, las patatas, los tomates o el pan son algunos de los productos indispensables de la dieta mediterránea, y de cualquier dieta digna y saludable, que son pacientes de la volatilidad de los mercados. Utilizados a veces como reclamo por las grandes marcas de los supermercados, ese cartel podrido que debería ser objetivo de cualquier gobierno social, en estos momentos son pasto de la especulación. Hemos visto como las distribuidoras han acaparado toneladas de estos productos para subir artificialmente su precio, sabedores de la importancia que tienen en el día a día de las familias, con lo que han ganado mucho dinero. Y el gobierno, y casi nadie, hemos hecho nada para revertir esta injusticia y aplicar justicia. De la social y de la de leyes.

Según el Banco de España, los beneficios empresariales han crecido entre 6,5 y 8 veces más que los salarios en los años siguientes a la pandemia de covid de 2020. Es decir, las empresas han podido trasladar los incrementos de costes a los precios finales de venta, manteniendo por lo tanto, la rentabilidad y añadiendo además, las ayudas y rebajas fiscales, incluidas las destinadas a los consumidores como las bajadas del IVA, a su cuenta de beneficios. Esto con “el gobierno más progresista de la historia”. Ya sabemos por anteriores períodos de crisis que las rebajas de impuestos inciden directamente a favor de los bolsillos de los más adinerados. Y además, castigan por segunda vez a las familias trabajadoras al ver mermada la recaudación con la que luego hay que pagar y planificar servicios sociales.

Es fundamental, por no hablar de una política justa y acertada a nivel humano, que el gobierno, cualquier gobierno en cualquier lugar y bajo sus competencias, trabaje para rebajar la inflación en la alimentación y garantizar su acceso a las clases trabajadoras de una dieta equilibrada y saludable para las familias. En esta idea se enmarca las distintas iniciativas por habilitar un sistema de cesta básica de la compra. El planteamiento es bien sencillo y su ejecución plenamente factible sin recargos ni despidos en las empresas distribuidoras (al por mayor y al por menor), en los transportistas, en las transformadoras y en la producción. En el caso de las primeras y de toda la cadena de distribución sería recortar estos salvajes márgenes empresariales que bien se podían articular a través de los impuestos, cuando no llamando a la solidaridad patriótica, y de la que alguno de estos empresarios, les gusta hacer tanta gala. Básicamente que ganen un poquito menos de dinero.

Con el caso de los productores (agricultores, ganaderos, pesqueros) el objetivo es garantizar precios justos para estos profesionales. Que no tengan que vender a pérdidas, sobre endeudarse para poner en marcha cada año la producción, y que no se vean extorsionados por las grandes cadenas de distribución que además incumplen sus contratos. Incluso es el momento de plantear que las propias administraciones, y en especial, educación a través de los comedores escolares, sanidad con las cantinas y servicios de comida de los hospitales, y servicios sociales con las residencias y albergues, se conviertan en distribuidores y puedan emplear los productos del campo español directamente. Del agricultor al paciente de un hospital. Del jornalero a la mesa de un escolar.

El objetivo es frenar la creciente desigualdad económica. La Fundación Alternativas en su Informe sobre la Desigualdad en España en 2025 alerta que 1 de cada 4 familias tiene que hacer recortes en sus gastos en alimentación, por lo tanto en la dieta de sus integrantes. Abaratar y por lo tanto, bajar la calidad en la ingesta de comida, en especial de los alimentos frescos. Los más beneficiosos y propios de la dieta mediterránea, eso que tanto se afanan en vender a los turistas extranjeros, pero que parece es imposible para muchos de nuestros compatriotas. Según el mismo informe hasta un 6% de los españoles admite pasar hambre. Una vergüenza nacional que nos debería hacer reaccionar.

Como nos demostró la pandemia y lo hace cada día muchas situaciones y realidades de la vida diaria es preciso que las instituciones, la democracia y el estado-nación, y el modelo del estado del bienestar cuiden de las personas, que lo hagamos todas juntas sin dejar a nadie atrás. Son medidas para protegernos a todos, pero en especial y en primer término a las personas más vulnerables.

Fomentar y trabajar por plantear este modelo ante la que se avecina de escalada de los precios de los alimentos es bien necesario y vital, y además hacerlo, sin distinciones de ningún tipo, ni incluidas las de renta. Y es que, encima ya se han probado y han tenido éxito. En Francia en 2011 ya se plantearon, negociaron y acordaron precisamente con cadenas de distribución implantadas en España, y no pasó nada y se ha seguido utilizando. Le Panier des essentiels (“la cesta de productos básicos”) incluía un mínimo de diez productos que eran actualizados semanalmente teniendo en cuenta las fluctuaciones de producción y en especial, la disponibilidad de las mercancías y las temporadas en el sistema agrario nacional. Al menos debía aportar dos frutas, una legumbre, una pieza de carne, otra de pescado, un lácteo, un queso y una bebida no alcohólica y no azucarada.

Si funciona allí, ¿por qué no va a funcionar aquí?

La creación y mantenimiento de una cesta básica de la compra es un paso esencial hacia la mejora del bienestar social y económico de cualquier nación. Asegurar su accesibilidad no solo tendrá un impacto positivo en la vida de las personas, sino que también contribuirá a la estabilidad económica y a la construcción de un futuro más equitativo. La responsabilidad de implementarla de manera efectiva recae en todos los actores sociales, quienes deben trabajar juntos por un objetivo común: el bienestar de la sociedad en su conjunto.

 

martes, 17 de marzo de 2026

¿Está fallando el modelo estado-nación?

 

Estas tres últimas entradas en el blog tienen como hilo conductor el concepto de estado-nación. Entendemos por estado-nación la idea política y filosófica que determina la realidad de un territorio claramente delimitado, con una población más o menos constante y que comparte ciertos aspectos de índole cultural (características étnicas o raciales comunes, un idioma común, unas tradiciones y folclores comunes, etc.) y política, fundamentalmente una soberanía y un gobierno propios. Además, se encuentra delimitada por otros estados-nación (constituidos o no) también soberanos. Pueden darse estados-nación no constituidos en un país formal, por ejemplo, pensemos en la etnia kurda, el pueblo saharuí, Palestina u otras tribus incluidas en uno o más países. También tenemos identidades nacionales que no encuentran su acomodo en el ecosistema estado-nación, por lo que sus ansías por constituirse como estados propios o independientes no se cumplen: Quebec, Euskadi, Catalunya, Córcega, Flandes, el Tirol austríaco, el Tirol italiano, Escocia, Irlanda del Norte, el Tibet, la Cochabamba, etc.

En las anteriores entradas me pareció muy conveniente, por un lado, escribir sobre el estado-nación inacabado de España, desde una óptica plurinacional que combate contra una hegemonía de la “España única”, indivisible, indisoluble e indistinguible entre unos pueblos u otros que forman parte del actual país. En la otra, y con un claro marchamo de clase, clamó contrael modelo estado-nación capitalista, como un marco desarrollado no para catalogar y organizar las jerarquías entre naciones y pueblos que forman parte de ellas, sino como unas estructuras encargadas y diseñadas para favorecer la opresión sobre las clases trabajadoras (sobre todas ellas, sin distinciones étnicas o raciales), su desposesión, su explotación y la acaparación de esas plusvalías en las élites. Ahora queda el reto de disertar sobre si el modelo estado-nación está agotado y si hay alternativas.



En la actualidad, estamos en un momento a nivel global, y visto desde una óptica occidental (o europea, o anglosajona) en la que se tiene a la democracia liberal, un modelo que por otro lado ni de lejos cubre las necesidades libertarias del pueblo, como un obstáculo para el propio sistema. Su avance, no me atrevo a tildarlo de progreso, se basa en ganar más dinero. Generar más riqueza y que esta sea atesorada por una élite, a la que por lo general, la democracia representativa le viene mal: tuvo que ceder parte de la soberanía al pueblo, sin importar su nivel de renta, su nivel educativo o sus condiciones, en aras de la igualdad, dentro de un sistema deliberadamente imperfecto, que fuera capaz de alentar la participación y con ella, el disenso y los acuerdos dialogados, protegiendo a los colectivos, pero sobretodo a los individuos, de las tiranías de la mayoría o de minorías.

Esta situación provoca un temor profundo en estas mismas élites económicas que aún quieren acaparar mayor riqueza y poder, y por consiguiente, oprimir aún más a las poblaciones y clases trabajadoras. La democracia y los sistemas representativos que proporciona y legitima son muros que impiden el asalto sin paliativos a los recursos de todos, para el usufructo de esa minoría. Por ello están en peligro ante el aliento que la reacción y avance fascista de los últimos 10 años en todo el mundo, pero sobretodo en Occidente, está llevándose a cabo. El objetivo es derribar las instituciones democráticas, y que sean a través de una participación teledirigida y sesgada, derrotadas por las propias clases trabajadoras.

Frente a este modelo de democracia liberal, como digo, imperfecto y cuyos avances son a veces muy lentos, y otras, muy tibios y suaves, se propone un libertarismo radical que profundiza en la desigualdad capitalista, y para ello se está valiendo de las nuevas tecnologías como caballo de Troya, capaces de derruir la democracia en favor de un neo feudalismo, de tinte tecnológico, que aupé una nueva aristocracia, recuperando lo estamentos y garantizando la acumulación de capital.

Para ello, resulta fundamental distorsionar los valores humanos, desde el entendimiento de la propia condición humana, al desecho de la sabiduría (todo tipo de saber y de ciencia) y al menosprecio de la empatía y la solidaridad. Y esto se ha logrado, o se está logrando, a través de la alabanza de un individualismo exacerbado. Se trata de glosar a individuo (y si es hombre, y si es blanco mucho mejor) por encima de cualquier otra cuestión. De manera artificial se le convierte en agente de su propio destino, haciéndolo objetivo de un relato que habla de meritocracia, persuasión, emprendimiento, valentía, atrevimiento y talento. Donde el consumismo es un arma para deshumanizar a la persona, establenciendo una constante competición por comprar y exhibir la compra. Un combate agotador, y por supuesto, incapacitante y eterno. 

Para ello, es básico debilitar todo lo que huela a comunal, y por supuesto, a herencia y bagaje. Se trata de difuminar las clases sociales y la disposición previa para que el individuo, primero el votante y después el militante reaccionario, se “auto-proclame” defensor del sistema vigente, y más allá, de la distorsión de éste, para al final pensar y actuar en contra de sus propios intereses, y en de los demás congéneres.

Está siendo de una recuperación del fascismo y el nacional-populismo desde el lugar en el que se posicionan a los individuos para despojarlos de su identidad de clase y darle predominancia a otros valores o rasgos como puedan ser el sexo, la orientación, la ideología y fundamentalmente la raza y la nación. Contra más proclaman “por una patria en peligro” más evidente se hace que su interés es defender un estatus de opresión contra otros que son distintos en el color de piel o contra las mujeres y el resto de minorías de género. Contra más banderas enseñan (y cada vez es mayor como demuestra su preponderancia en el deporte profesional, otra herramienta al servicio del poder) menos les interesa las instituciones, códigos  y garantías que permiten al convivencia dentro de ese mismo país. No se apresuran a denunciar y a defender la estructura material del estado, empezando por los estados de bienestar o por la garantía de derechos como la prensa libre, la libertad de asociación y participación política o sindical, o de los mecanismos de gestión directa y pública en los mercados que aunque sea tímidamente, nos defienden de la avaricia de los poderosos. Tampoco denuncian su corrupción o la falta de amoralidad de sus líderes. No les da para tanto. No les preocupa eso.

El objetivo de aunar este neo-fascismo en esta fase del capitalismo tecnológico y digital es desmontar las democracias como agentes de política efectiva. De hecho se trata de borrar la política de las preocupaciones u obligaciones de la gente común, para sustituir a la política a una gestión técnica. Cambiar la democracia por una tecnocracia que en esencia funde un neo-feudalismo donde nos convierta a todos en vasallos de los dueños de las tecnologías.

Ante la crisis del estado-nación, surgen diversas alternativas que buscan redefinir la gobernanza y la organización social. Entre ellas se encuentran:

  1. Regiones Autonómicas: Fomentar la autodeterminación y la autonomía regional puede ser una solución viable para satisfacer las demandas locales sin desmantelar completamente el estado-nación.

  2. Redes Transnacionales: La cooperación entre ciudades y actores no estatales puede contribuir a un sistema de gobernanza más flexible y adaptable a los problemas contemporáneos.

  3. Organizaciones Internacionales: La integración y fortalecimiento de organismos internacionales pueden ofrecer soluciones a problemas que trascienden las fronteras estatales, creando un marco más efectivo para la colaboración global.

  4. Movimientos de Ciudadanía Global: Fomentar una identidad global que trascienda las divisiones nacionales puede propiciar un sentido de pertenencia y responsabilidad compartida hacia el bienestar común.

  5. Y por supuesto, frente al escenario anteriormente descrito, la respuesta no puede ser otra que la información y el combate activo. La confrontación de la masa obrera. Y la alternativa es el fortalecimiento de la democracia, que aunque imperfecta, es el sistema menos malo para garantizar progreso y mayor dignidad para cuantos más sea posible.


El modelo estado-nación, que ha dominado la configuración política y social del mundo moderno, enfrenta serios desafíos en un entorno global en constante cambio. La globalización, la fragmentación identitaria y la crisis de soberanía son procesos interrelacionados que ponen en entredicho la viabilidad y la funcionalidad del estado-nación como forma de organización política predominante.

Pero es el interés de las élites por derruir el modelo y el sistema liberal la principal amenaza, y ante la cual, como sociedad civil y como clases trabajadoras tenemos que actuar y protegernos.

Y no para proteger la democracia actual como un sistema de máximos, sino como un cimiento de mínimos sobre el que construir alternativas donde la justicia social, la igualdad de oportunidades y el progreso general del ser humano, sin distinciones de ningún tipo, sea el denominador común y el objetivo colectivo. Nos va la vida en ello.




lunes, 16 de marzo de 2026

Contra el estado capitalista


 

Como se afanan en recordarnos, y como de hecho es realidad, estamos en un momento histórico trascendental. Abocados a cambios radicales en la forma de vida, ya no sólo de millones de personas, sino de toda la humanidad. La indiscutible emergencia climática, de la que cada vez hay más testimonios directos, pruebas empíricas y víctimas con nombres y apellidos. La voladura descontrolada del orden internacional, incluidas las reglas del juego democrático y los sistemas de contrapesos entre naciones, que nos llevan inevitablemente a conflictos diplomáticos y a una mayor violencia y escalada hasta la guerra total, con implicaciones de aniquilación mutua. Y el fracaso de un sistema económico capitalista, en su etapa ultra liberal, globalizado, extractivista (de energía, de materias primas, de trabajadores, de consumidores, etc.), entregado a la pulsion financiera, pero incapaz de dotar de dinamismo, porvenir y bienestar a cada vez más personas, por todo el mundo, con lo que a su vez, provoca el descalabro del modelo político liberal, presentado como el “mejor” de los otros, imperfectos sistemas de representación política. En definitiva, un estado de crisis total, de distintas vertientes, pero que enraízan en un profundo malestar, una desafección y desconfianza plena. Un tiempo de zozobra e incertidumbre que acaba en el repliegue identitario, muchas veces misógino, xenófobo y misántropo, que explica, a su vez, el auge del fascismo por todo el mundo.

Y ante este estado general de las cosas, la respuesta se hace desde los marcos establecidos del estado-nación liberal. La misma estructura que ha ayudado, cuando no favorecido directamente, la actual situación de crisis, es el encargado de dar respuesta a estos retos. Y obviamente, falla, y lo hace, estrepitosamente. Porque es incapaz de paliar consecuencias, y mucho menos, de plantear alternativas sólidas y posibles. Porque ha sido diseñado, no para satisfacer las necesidades de las mayorías, proteger al conjunto de los individuos, y ni muchos menos, responder ante retos de crisis y caos. Sino que su diseño, su génesis, planificación e implantación están hechas desde lógicas capitalistas. Su fin, y lo consigue, es reproducir el capital, y que este se licue hacia las élites, cada vez más acaudaladas y más escasas.

Este estado-nación capitalista se muestra sin fisuras ni ambages en situaciones críticas: Ante una catástrofe (natural, política, económica, o voluntaria o involuntaria) colapsa y es incapaz de darle solución, cuando no manifiestamente homicida, irresponsable y hasta sádico. Apenas no funciona ante esa emergencia. Y sin embargo, cuando la sociedad civil estalla y protesta, con implacable precisión es capaz de sofocar y atajar las protestas. Es muy eficiente en hacerlo a través del monopolio legal de la violencia (policías y ejércitos), defendido por jueces y políticos pro-sistema que deben proteger y mantener vigente ante los nuevos retos o amenazas, porque su función, su lógica es la rentabilidad económica, con especial énfasis en la seguridad del negocio, del capital y de quienes lo poseen. Incluso se permiten saltarse “sus propias leyes” si es necesario, quedando patente en todo caso la desigualdad jurídica, que es otra capa de indignidad a sumar a las ambivalencias extremas de un sistema mercantil.

Por si esto no fuera poco, en la desigualdad económica y de poder real, entre clases, y entre individuos o colectivos, los poderosos encuentran en la transmisión de la información otras formas de apuntalar el estatus y de cimentar su hegemonía. Los medios de comunicación de masas cuyos dueños son emporios de magnates y aparatos financieros, son perfectos y muy útiles en aquello de generar estados de opinión, disipar malestares y preocupaciones, y en crear problemas alternativos y cortinas de humo y de distracción. Indistintamente, se trate de medios tradicionales o nuevos, analógicos o digitales, clásicos o tecnológicos, o de amplio espectro o sectorizados, por lo general, no discuten el estado capitalista, como situación natural “deseada” o “acordada por todos”. Inquebrantable, sostenido por unas ideas que se presentan a su vez, como naturales y lógicas, mientras que cualquier alternativa, incluso la más mínima, revisionista y encorsetada a los umbrales del sistema se presenta como un populismo o de un radicalismo intolerable.

Baste por ejemplo, pensar como la idea de “solo el pueblo (siempre que esté organizado, cohesionado e ideologizado) salva al pueblo” se convierte en peligrosa para el sistema, porque despoja al estado de su función. Lo condena inútil en eso de dar respuesta a las necesidades de las personas, y por lógica, supone la reclamación y el planteamiento de una alternativa que forzosamente derrumbaría el sistema del estado capitalista. Por eso, es tan combatida esta idea (y otras similares o más ambiciosas), porque en esencia, conseguiría disipar la extracción de capital, riqueza y dignidad de las clases trabajadoras y productoras hacia las clases de arriba, parasitarias y corruptas.

Por todo ello, es fundamental discutir la naturaleza del estado-nación capitalista aunque solo sea por propia lógica de la supervivencia. Esperar que este sistema sea capaz de dar respuesta ante la crisis ecológica, la crisis moral y política y la crisis económica del capitalismo de burbuja y financiero es de una ingenuidad asombrosa, por no decir de una locura insostenible. Porque la lógica capitalista, el modo de pensar de las élites, y de las instituciones que se han creado o amoldado a su modo de operar no pueden abordar el análisis de causas, desarrollos y consecuencias de estas crisis, porque ellas mismas son responsables de su emergencia, agravamiento y profundización. Pensar que un talante “socialdemócrata” o de un “capitalismo de rostro humano” va a salvarnos porque vamos a confiar y a reforzar el estado capitalista, sin discutir ni desmontar un sistema que se basa en la explotación y saqueo de los recursos naturales y humanos para garantizar la acumulación de capital, incluso a costa de la vida de millones de personas (por no hablar de otras especies, o de los que vendrán después) es un error que nos ha traído hasta aquí.

La respuesta a la crisis económica de 2007-2008 fue la disolución del estado social, y con él, de buena parte de la activación política por alternativas que tenían en la justicia social y en la igualdad de oportunidades entre ciudadanos (incluidos ciudadanos de fuera de ese estado-nación capitalista). Paradójicamente no fueron los causantes del destrozo que provocó el neoliberalismo, la desregulación de los mercados y la incesante avaricia del capital quienes pagaron las justas facturas. Sino que fueron las condiciones de trabajo y de vida de las clases populares, los servicios sociales básicos, en especial y en Europa la sanidad y educación públicas, y las expectativas de futuro de los países en desarrollo los que saldaron las cuentas.

Pero esto no quiere decir que no se pueda hacer nada y que nos quedemos en casa, en el sofá, mirando el móvil, y lamiéndonos las heridas. U olvidarnos y relajarnos con lo que pongan en la tele. Como nos ha enseñado la Historia, si hemos llegado hasta aquí, y efectivamente, tenemos mejores condiciones de vida que las que tenía alguien con tu mismo apellido durante la Edad Media, ha sido a base de lucha. Los avances sociales, económicos y políticos se han conseguido mediante el trabajo, la activación, la solidaridad y la fraternidad, y si, también al atrevimiento, la defensa y el ataque. Con buenas palabras y batucadas no se va a conseguir que el “Estado” sacrifique la rentabilidad de las élites para un mayor reparto, más justo, o incluso humanitario. La situación actual, el descalabro es tan grande, que hay que forzar al estado y a las élites a que cedan, a que se transformen y se conviertan en garantías de igualdad y de libertad, frente a lo que son hoy en día: elementos de opresión y máquinas de extraer riqueza de abajo a arriba.

Organizar nuestra fuerza, concienciando de la necesidad de la lucha y del poder que atesoramos si trabajamos juntos como ente colectivo (que no quiere decir que se disipen las peculiaridades ni las identidades individuales) para que nos devuelvan lo que es justo: nuestras vidas con dignidad y futuro.

Cuando individualmente y de manera colectiva, pero centrada únicamente en el frente institucional, somos, como clase trabajadora, incapaces de hacer que las empresas y el estado-capitalista organicen sistemas de transporte que nos permita ir a trabajar para ellos a que nos sangren nuestra riqueza, y sin embargo, nos lanzan a que individualmente, los oprimidos seamos quienes pongamos de nuestra parte (de nuestro tiempo, de nuestro dinero) para ir a que nos exploten, es el momento de reaccionar.

Por lo menos a los esclavos los llevaban a la plantación de algodón.

O cuando la ciudad y el territorio se convierten en escenarios que también suponen una disolución de la pertenencia al mismo, y una pérdida irreparable de las formas de vida más naturales, locales y propias. Lo que aparentemente te venden como avances de la clase trabajadora, perversamente acaba convirtiéndose en mayor desposesión para esas clases trabajadoras, que si no pueden llegar a ese nivel para consumir son expulsadas. Aunque sea su propia casa.

Es el momento de organizarse, coordinarse y desarrollar acuerdos entre las distintas capas y sensibilidades de la sociedad civil para desde la lucha frente al estado capitalista ofrecer también victorias en esos otros frentes parciales. No será fácil, y casi seguro, tampoco placentero. Habrá derrotas y dolor. Pero también, la victoria final es imprescindible y la única salida necesaria y posible.

lunes, 14 de abril de 2025

Trabajos de Mierda

 


"Si alguien hubiera deseado proyectar el régimen laboral más adecuado para conservar el poder del capital financiero, resulta difícil imaginar cómo podría haberlo hecho mejor. Los trabajadores productivos que sobreviven son presionados y explotados de forma implacable, mientras que el resto se divide entre el aterrorizado estrato de los universalmente denigrados desempleados y un estrato social algo mayor formado por los que, en esencia, reciben un sueldo por no hacer nada, en puestos concebidos para inducirles a identificarse con las perspectivas y las sensibilidades de la clase dirigente (gestores, administradores, etc.) —y en especial con sus avatares financieros-, y por otro lado para incentivar, al mismo tiempo, un resentimiento larvado contra todo aquel cuyo trabajo tenga un valor social claro e innegable. Por supuesto, tal sistema nunca fue diseñado de manera consciente y surgió como resultado de cerca de un siglo de prueba y error, pero es la única explicación de por qué, pese a los enormes avances tecnológicos, no tenemos todos jornadas laborales de tres o cuatro horas."

Último párrafo del artículo original de David Graeber que dio pie a este libro. El artículo es brillante (Graeber, David (2018). Trabajos de mierda. Ed. Ariel. Barcelona. página: 11).


David Graeber (1961-2020) fue un antropólogo estadounidense de tendencias anarquistas. Célebre por sus estudios sobre las implicaciones antropológicas y sociales que tienen las relaciones económicas entre individuos y grupos. Su tesis doctoral, centrada en la Historia Social de Madagascar demostró cómo y por qué las diferencias de clase sustentadas en los sistemas coloniales y esclavistas, todavía hoy seguían rigiendo las estructuras políticas, económicas y de poder en la nación isla del índico africano. Desde posiciones antifascistas e izquierdistas estudió los orígenes de los conceptos de dinero, propiedad y deuda, logrando desmentir los tópicos de la ciencia económica actual, así como también demostrar que tal posición hegemónica tiene su base en una autoridad basada en la violencia y la guerra. Además, su labor de profesor siempre estuvo implicada en la integración y el activismo para con sus alumnos y las causas justas, como el genocidio palestino o la Guerra de Irak que le valieron un polémico despido de su plaza como profesor en la Universidad de Yale. También se implicó de manera personal y activa en el movimiento Occupy Wall Street, y al mismo tiempo, desarrollando un manual teórico de la indignación y la rebeldía que tituló Somos el 99%. Una historia, una crisis, un movimiento. Por desgracia, falleció en Venecia en septiembre de 2020, víctima de un accidente de tráfico (algún día, alguien debe de investigar las extrañas muertes en accidentes de tráfico de personas brillantes cuando menos, incómodas al sistema).

En 2013, David Graeber publicaba un artículo en la revista Strike, sobre el fenómeno de los trabajos de mierda. Originalmente titulado On the Phenomenon of Bullshit Jobs, el ensayo adquirió una trascendencia inusitada por su brillantez y por acertar de pleno en el espíritu y las opiniones sobre la propia autorrealización personal (y profesional, y laboral) de millones de personas en todo el mundo, pero en especial, y en primer término en Estados Unidos y Reino Unido. Desde las cunas del liberalismo y el neoliberalismo, el texto fue traducido en 12 idiomas, y su premisa principal se lanzó en una encuesta mundial bajo la plataforma Yougov.

La tesis del ensayo es que una gran mayoría de los trabajos actuales, y especialmente, los generados a partir de los años 80 del siglo XX, no tienen una incidencia positiva en la sociedad. No generan riqueza, ni de manera directa, ni indirecta, en el campo de la economía real. En cambio, solo sirven para generar frustración e insatisfacción, tanto en los trabajadores que los llevan a cabo, como en las personas que tienen algún tipo de relación con estos trabajos. Los cambios y avances tecnológicos, la informatización de las tareas y de la propia economía y especialmente los procesos de terciarización de la actividad productiva, habían generado un altísimo desempleo, y en vez de repartir el trabajo entre todos, con menores jornadas laborales, el sistema “se ha inventadomiles de profesiones y puestos que no sirven más que para tener ocupados y subyugados a todos estos trabajadores. Con lo cual, la mejora tecnológica y científica de la economía productiva no ha servido para que la sociedad y los individuos, en general, ganasen o “comprasen” tiempo libre para dedicarlo a actividades creativas y más satisfactorias a nivel personal. Al contrario, las plusvalías extraídas por la élite de estos avances se han re-invertido en la industria y fundamentalmente en el consumo para seguir manteniendo, o quizás hasta devolviendo, a las masas obreras en esclavos pegados al trabajo. Para ello ha resultado fundamental la creación del sector productivo de la publicidad, el mayor ejemplo de trabajos absurdos, nocivos e innecesarios que una sociedad puede tener. Incluso, Graeber se muestra especialmente crítico con la burocracia añadida a trabajos realmente importantes y trascendentes en los ámbitos de la sanidad o la educación, y que solo sirven para deslegitimarlos como valores de igualdad y riqueza y derechos humanos a conservar. Como resultado de la encuesta de Yougov, hasta un 37% de los consultados en Reino Unido estimaba su trabajo como inútil y que “no contribuía en nada a la sociedad”.

Ante el éxito y revuelo provocado por tan brillante texto, David Graeber pasó a profundizar en su tesis. En primer lugar, recabó más testimonios y documentación de varios lugares de Occidente, para ampliar las propias experiencias que se habían plasmado como respuestas directas a la propia publicación del ensayo en 2013. Su bandeja de correo electrónico se llenó con las vivencias de miles de trabajadores, fundamentalmente estadounidenses y británicos, pero no unicamente, que se sentían frustrados y se identificaban con las situaciones y patologías que Graeber exponía. De este modo, ejercitando con maestría la Historia Social David Graeber construía su libro, recopilaba los testimonios y extraía las consecuencias sociales de tal situación.

Para el autor, la mejora de los medios de producción a través de nuevas técnicas y avances tecnológicos no habían satisfecho la profecía de Keynes sobre “las semanas laborales de 15 horas”, y sin embargo, las masas trabajadoras seguían ancladas en largas jornadas a través de trabajos inútiles, innecesarios o incluso perniciosos. Clasificaba a los distintos tipos de trabajadores sin sentido en lacayos, matones, arregla-todo-s, burócratas o capataces, dependiendo del tipo de actividades que se viesen obligados a desempeñar. Estos tipos de trabajadores aparecían fundamentalmente en la empresa privada, pero también cada vez más en la pública, inmersas en el capitalismo competitivo. Esto genera un “feudalismo empresarial” por el que las empresas procuran mantener una distribución jerárquica basada en la autoridad y el estatus más que en el rendimiento productivo. Básicamente, los empleadores necesitan demostrar su poder a través de tener subordinados, que por regla general se encuentran precarizados.

También califica algunos de los sectores productivos modernos como absolutamente innecesarios o incluso ilógicos dentro del propio sistema capitalista, como la publicidad y el marketing, pero también los “innecesarios” sectores de seguros, abogados, o de dirección y que solo tienen función debido a la cada vez más amplia maraña burocrática que las actividades económicas desreguladas precisan. Esta paradoja permite la creación de miles de puestos de trabajo bien remunerados pero absolutamente improductivos, mientras todavía hoy se mantienen puestos fundamentales en la producción de riqueza mal pagados y con condiciones lamentables. Ejercidos especialmente por mujeres y personas racializadas.

Con Trabajos de mierda, David Graeber ataca el individualismo y el puritanismo anglosajón, así como los convencionalismos aceptados sobre el trabajo como valor virtuoso. Pone en cuestión con éxito la autorrealización individual en torno al trabajo, al que presenta como herramienta de desposesión colectiva de las clases trabajadoras. El capitalismo moderno ha atribuido al trabajo, y especialmente a los trabajadores manuales, es decir, a los que no poseen ni medios de producción, ni medios de intervención en la economía (llanamente los que no tienen capital), un deber cuasi religioso. El trabajo se convierte en necesidad y en obligación, y también, en elemento identificativo dentro de la sociedad. De este modo, desautoriza las ideas de John Locke quien en el siglo XVII presentaba de manera radical el trabajo como “deber y virtud” frente a los convencionalismos que lo despreciaban. Así, hoy en día los trabajos han adquirido un estatus de autorrealización que solo sirven para justificar el modo de vida actual. Sin embargo, lo que en realidad estaban provocando en millones de personas era frustración, desmotivación y problemas de salud, tanto de la psíquica y emocional como en la física, debido al estrés, el cansancio, la competitividad y la agresividad. Con esta crítica argumentada no sólo se discute el valor del trabajo y el capitalismo, sino que además se pone en cuestión la construcción de la sociedad actual, ligada al individualismo, el crecimiento económico como paradigma de éxito y a la autoridad del liberalismo clásico.

Al tiempo, que millones de personas se ven obligadas a desempeñar funciones nada productivas en el conjunto de la sociedad y la economía estandarizada, se les roba tiempo que podían dedicar a actividades más satisfactorias a nivel personal, y más productivas y beneficiosas para el conjunto de la sociedad, tanto en círculos cortos (su propio barrio, pueblo) a rangos de mayor amplitud. Con ello se logra la principal motivación política: la desmovilización social. Las masas trabajadoras ocupadas en estos puestos de trabajo, subyugados por un consumismo exacerbado, se sienten individualizados, compiten entre ellos y tienen cada vez menos tiempo para poner en común sus problemas y poder rebelarse. En suma, una explicación detallada y coherente de los profundos problemas de la sociedad actual.

La misma obra no se queda sólo en el análisis del ecosistema productivo y económico moderno, sino que va más allá y plantea soluciones. Por ello, el trabajo de Graeber ha adquirido tanta trascendencia y es tan de vital consulta y ejemplo. Lo hace además construyendo una filosofía propia y muy sólida, con análisis de causas y efectos, y por qué son más que recomendables hasta necesarias políticas y cambios directos en la sociedad. Por todo ello Trabajos de mierda compone un argumentario básico e incuestionable en materias como la dignidad humana, el sentimiento de pertenencia a la clase trabajadora, la necesidad de buscar nuevos o recuperar viejos mecanismos de asociación colectiva y ciudadana en defensa de la igualdad y la justicia social, o en propuestas como la reducción de las jornadas laborales, los sistemas de Renta básica o universal, o las teorías de Decrecimiento que critican los paradigmas del crecimiento como medida de la riqueza de las sociedades y que contemplan expresamente la eliminación de puestos de trabajo improductivos para la economía real o abiertamente nocivos para la sociedad.

Por todo esto, no se puede más que recomendar la lectura y la revisitación constante a Trabajos de mierda, de David Graeber. Una obra básica para entender este tiempo que nos ha tocado vivir, y un ejemplo fundamental para comprender la necesidad de activación social que necesitamos.

 

 

viernes, 9 de octubre de 2020

Pandemia de clases

 


Acaba de entrar en vigor el estado de alarma en Madrid capital y ocho municipios más de la región de más de 100.000 habitantes decretado por el Gobierno de la nación ante está segunda ola de la pandemia del coronavirus y sobretodo, de la nefasta y criminal gestión del gobierno de la comunidad de Madrid.

La situación es límite y desborda las capacidades del sistema sanitario regional, muy tocado por la deriva de treinta años de neoliberalismo en estado puro, con los sectores profesionales sanitarios declarados en estado de guerra contra los gestores políticos, y amenaza trasladar esa situación al resto del estado español haciéndose valer del privilegio, pues no es más que un derecho sustentado por una capacidad económica, de viajar en este puente de octubre.

El Gobierno de confluencia ha tenido que tomar las riendas de la situación y para aplicar las mismas normas de protección de la salud general, sortear e boicot político efectuado por los perros sarnosos de la derecha instalados en el tribunal superior de Madrid, con la inestimable ayuda del ejecutivo regional. Ayer estos tumbaban el anterior decreto y hoy en consejo de ministros extraordinario se ha decidido la implantación del estado de alarma durante 15 días para con criterios científicos y sanitarios poder doblegar la curva de incidencia de la pandemia en Madrid, frenando la transmisión comunitaria y en definitiva, evitar por todos los medios que el virus se mueva libremente.

No debería ser esta la deriva de la situación pero es lo que tiene Españistan con una derecha en franca oposición porque consideran el estado como un cortijo particular y no toleran los momentos en los que la alternancia los lleva a dejar el gobierno. Utilizan todo, desde los medios, los jueces y las administraciones regionales para hacer oposición incluso en una situación de extrema gravedad que debería sacar de todos nosotros lo mejor, empezando por una unión y sentido de pertenencia en el objetivo de salir de la pandemia con los menores daños posibles y con la certeza de que el país se construye invirtiendo en sanidad pública, educación pública y servicios sociales.

Ahí es donde queda desnuda la gestión de las derechas, neoliberal y fascista a partes iguales, empeñada en hacer negocio y prosperar a base de mentiras y corruptelas sin importar los dolores que causan.

En cambio buscan la confrontación y la crispación extrema para que nada cambie. No quieren negociación y acuerdos. No buscan la concordia y dar una imagen de unidad.

El continuo boicot. El empleo de la situación sanitaria y de la administración regional para hacer oposición. La franca ineptitud y soberbia demostrada. La mentira como estrategia política y de actuación. Todo esto es el debe de la gestión del pacto PP+Cs que comandan Ayuso y Aguado y que es absolutamente incapaz de gestionar con un mínimo de decencia la sanidad y los derechos y deberes de todos los madrileños. Esto repercute además, debido a la especial configuración territorial del estado español, en las demás regiones, especialmente en las cuatro más pobres y despobladas que encima son las que aportan ingentes cantidades de jóvenes a Madrid: Castilla y León, Castilla La-Mancha, Extremadura y Aragón. Nos roban el futuro y nos castigan con su soberbia e ineptitud.

Aquí no está de más, recordar que hoy “tenemos” este gobierno en Madrid, región y ciudad, gracias a la inestimable ayuda de Carmena y Errejon que desmontaron una fuerza cualificada que ayudaba a generar una alternativa a esto. También sale mal parado el PSOE madrileño incapaz desde hace veinte años de oponer una mínima resistencia.

Pero volviendo a lo que tenemos nos encontramos con una gestión que va a hacer que acaben en el banquillo de los acusados: Porque no han contratado ni a una décima parte de los rastreadores a los que se comprometieron en mayo. Porque han desmontado y siguen haciéndolo todo el sistema de atención primaria. Porque han mentido por sistema en la transmisión de datos entre consejerías de sanidad y ministerio, a sabiendas. Porque su objetivo ni es ni ha sido la victoria sobre el virus, sino emplear el virus para vencer al gobierno. Porque Ayuso, Almeida y Casado, más la extrema derecha han alentado una serie de protestas en nombre de la libertad individual frente a la política de supervivencia al coronavirus basada en la igualdad, la fraternidad y la responsabilidad tanto individual como de grupo.

Esto se ve desde el primer momento, pero sobretodo en la secuencia de las últimas semanas. Como desde la Comunidad de Madrid toreando una vez más su Constitución se han ordenado cierres de los barrios pobres de Madrid, mientras los más pudientes se mantenían libres de imposiciones, pese a tener en muchas ocasiones registros de contagio mayores.

En una de las más execrables muestras de la lucha de clases de toda la historia, la derecha de este país ha pretendido hacer prevalecer los privilegios de clase por encima de los derechos individuales y colectivos del resto de la población, empezando por el derecho a la salud.

Todo ello envueltos en la bandera de la que se han apropiado porque para ellos, el resto, los que no pensamos como ellos, no somos españoles. Llenan una playa o una colina de banderas por las víctimas del covid tratando de hacer creer a la opinión pública que todas las víctimas son por obra y gracia de un gobierno demoníaco, bolivariano, comunista y totalitario. Cuando los muertos son por su nefasta y criminal gestión como en el Accidente de Metro de Valencia o el 11M, son víctimas de segunda y tercera que no merecen ni una triste placa en la calle.

Esa es la derecha de este país. Está en los medios de comunicación de masas que componen un espectro de mezquindad y aborregamiento insoportable. Un mensaje a una voz con tal de convencer al votante que ellos son los grandes gestores y los otros son impropios y antidemocráticos. Tiene bemoles la cosa.

Esa derecha fascista se exhibe sin pudor desde los tribunales totalmente parcializados por herencia de la dictadura franquista que murió plácidamente en la cama y al día siguiente nació demócrata de pleno derecho. Tribunales superiores, constitucionales, fiscalías o audiencias nacionales empleadas por el PP a conveniencia. Si hay que hacer ruido para tapar el uso de las instituciones del estado o de la inmoralidad manifiesta de la monarquía borbónica se usa. Si hay que contra programar el anuncio del proyecto de presupuesto expansivo del gobierno se hace sin ningún problema. La separación de poderes en Españistan es como el amor a España del Rey emérito. Se habla mucho de ello pero no se puede probar.

Esta derecha ultraliberal no tiene ningún problema en lanzar sus perros contra la población. Que hay una manifestación en un barrio obrero pidiendo más médicos, más profesores, más bibliotecas o menos corrupción. O parar un desahucio o una tropelía urbanística que pone el patrimonio de todos como negocio de unos pocos allá van los pro-disturbios a repartir leña. Son los grises del franquismo, la brigada político social modernizada y bañada de un halo de grandiosidad por los medios de comunicación cuando son los bastardos que protegen al opresor de la rabia justificada del oprimido. Cuando los cayetanos se manifestaban en abril o los negacionistas en junio paraban el tráfico y aplaudían el paso de cacerolas y cucharas de plata con banderas fascistas y anticonstitucionales desfilando. Y estos son los que nos tienen que proteger.

Ahora Madrid queda bajo un Estado de Alarma que va a tratar de impedir la explosión de la enfermedad para que vuelva a colapsar como en marzo. Salvar la economía es lo más importante para toda esta derecha. NO. para ellos lo más importante es mantener y aumentar sus privilegios de clase frente a la vida rayando la indignidad de la inmensa mayoría.

Para salvar la economía primero hay que salvar las vidas. Atenuar la curva de infección. Ponerse serio y duro contra todas las actitudes que nos ponen en peligro a todos. Fiestas, bares, discotecas, pero también en centros de trabajo donde se han tomado a guasa las medidas de protección o donde se explota a los trabajadores sin garantizarles la seguridad. Hay que inspeccionar y hay que multar. Y hay que meter a la gente en procesos judiciales para que de modo de ejemplo se tome conciencia de que poniéndonos la mascarilla y siendo racionales nos ponemos a salvo como colectivo, como país.

Salvar la economía es dotarnos de los medios, sobretodo humanos, que garanticen la igualdad de derechos. Aumentar las plantillas de médicos, enfermeros, resto del personal sanitario. Profesores y educadores. Limpiadores. Científicos. Y a continuación transitar desde esta economía patria groseramente de servicios de baja calidad, enfocada al turismo de cantidad por calidad, a un sistema económico movido por la investigación, el desarrollo, la puesta en marcha de una economía verde donde la recuperación de espacios naturales sea un pilar (algo que daría mucho empleo). Una economía que implanté y recupere la industria de transformación de bienes empezando por la textil.

Este debe de ser el camino porque siguiendo el que llevamos nos vamos al dolor, el sufrimiento y el colapso de los ecosistemas. Y el ser humano es parte de esos ecosistemas, aunque sea ahora como agente destructor o cuando menos de cambio de los mismos. Y en ese camino reconocido por la comunidad científica y universitaria, también a niveles económicos y sociales, es dónde tendría que estar toda nuestra caterva política a una. Pero tenemos lo que tenemos.

Usando la pandemia en la lucha de clases para imponer más dolor e indignidad. Para mantener los abusos y la opresión del hombre por el hombre. Para cicatrizarnos con un relato perverso, inmoral y falso. No debemos rendirnos. Hay que hacerles frente.

 

 

domingo, 30 de diciembre de 2018

La igualdad guiando al pueblo


Llegan a España los ecos violentos de las protestas contra la neoliberal subida de los carburantes protagonizadas por los llamados “chalecos amarillos” en Francia. Se posicionan enfrente de Macron y su gobierno tecnócrata y ultraliberal, encontrando la complicidad de multitud de colectivos pertenecientes a la clase obrera francesa cuyas luchas sectoriales y atomizadas no encajaban en el marco reglado por la izquierda del sistema. Así durante el último mes, no sólo en París, sino en todo el estado se han producido huelgas y concentraciones que han paralizado el país.
Evidentemente los medios del capital en España no han podido silenciar tal movimiento pero han tratado de tergiversar todo lo acontecido para calmar un posible contagio revolucionario que no interesa a sus dueños. Así, las acciones de violencia provocadas por grupetos incontrolados, muchos de ellos vinculados a la extrema derecha como se ha podido ver por las imágenes que circulan por internet, han abierto los informativos, con las lamentaciones de los empresarios del transporte español que veían sus vehículos paralizados en las fronteras galas durante horas. Curiosamente los apoyos de transportistas españoles expresados en declaraciones a los medios rápidamente desaparecieron.
Aquí estamos acostumbrados a reconocer en Francia y en sus gentes la masa crítica y revolucionaria compuesta en poder social, en poder del pueblo, capaz de defender por ejemplo, con solidaridad, desde su campo y tradiciones, hasta la igualdad fiscal atacada por los tratados de comercio transnacionales. En muchas conversaciones de militantes de base de partidos de izquierdas y sindicatos, he llegado a la conclusión de que esperamos que en las calles de Francia se paralicen las agresiones que el capital vierte a la clase trabajadora europea, ante nuestra propia inoperancia, alimentada por las altas esferas de nuestras propias organizaciones supuestamente de izquierdas, pero que se encuentran empotradas en los aparatos fácticos del estado, como garantes de una falsa paz social que se sostiene únicamente por las rodillas peladas de todos las trabajadoras y trabajadores del país.
Por eso durante el último mes, hasta estas vacaciones de Navidad en la que se ha fraguado una cierta y tensa tregua he asistido emocionado y divertido a la aparentemente espontánea irrupción de una masa conjunta de individuos y colectivos que ha trastocado el orden establecido de las cosas, empezando por su propio gobierno, pero también por las otras opciones políticas y sindicales del estado francés.
Lo que está en juego ha sobrepasado con creces la causa que encendió la primera chispa de las protestas. La política neoliberal en materia de transportes y energía se veía fallida y como una patada hacia adelante que no servía para atajar los problemas de transición energética y de disposición de materias primas y productos en un mundo globalizado. Como están acostumbrados la gestión de la derecha liberal era una improvisación más para tratar de salvar el escollo, sin que limará la imagen pública de su líder Macron, símbolo de la nueva política en Europa. Hacer pagar a los transportistas con un nuevo impuesto y la subida de otros dos, la falta de discurso y de acción política en estas materias no era un atropello más, y así rápidamente auto-gestionados y organizados los chalecos amarillos (Gilets Jaunes) se lo hicieron saber.
El macronismo como gobierno ultraliberal y tecnócrata, profundamente personalista se antojaba débil en el contexto de una Europa girada hacia el eje Frankfurt-Berlín (económico-político), tras el Brexit, con una política en Francia (y también en toda Europa) polarizada en extremos con el auge de la extrema derecha y con una crisis económica y social de la que no se logra salir porque quienes llevan esa responsabilidad son los mismos y con el mismo guión que nos metieron en ella.
Macron en el escenario de colapso de las tradiciones fuerzas políticas francesas supo colocarse y auparse al poder (por lo que resulta tan idílico para Albert Rivera y los medios del capital). Pero poco tiempo después, apenas un año, ha ido perdiendo los apoyos de la burguesía provincial simbolizada en la renuncia explícita del alcalde de Lyon, o del ministro de Ecología una de las personalidades más cercanas a la izquierda alternativa. Al mismo tiempo los escándalos y las disputas internacionales con Trump usadas como cortinas de humo, aumentaban su desgaste y laminaban su imagen pública.
Preconizado por Gramsci vemos con las clases dirigentes, las clases hegemónicas pierden progresivamente la iniciativa del discurso, y lo que es más importante, la autoridad (muchas veces auto-impuesta a través de los medios de comunicación del capital) sobre las masas. Estas, como clase trabajadora, pero también atomizadas por sectores, no se sienten respaldas en los dirigentes tradicionales, y más grave aún en los que ya reconocen como continuistas de las políticas previas. Los resultados los vimos hace poco menos de un mes en Andalucía.
Así, en Francia, lo que empezó como una protesta contra el aumento de impuestos a un sector productivo concreto, encontró rápidamente el apoyo del país en su totalidad, primero porque están agotados de ser la carne de cañón del sistema, y después porque gozan de una cultura cívica y política de las más altas del mundo. Una tradición de defensa de sus intereses, verdaderamente admirable y sí, también, para envidiar.
Ni siquiera los actos vandálicos, el pillaje, las barricadas incendiadas en las avenidas turísticas de París, muchas de ellas provocadas por grupos de la extrema derecha, cuando no por infiltrados, no han laminado la fuerza de la protesta social. Lejos de ello, se han incrementado los apoyos, y las manifestaciones antes y después de los altercados han adquirido cuotas colosales en cuanto a participación, civismo y apoyo a los Gilets Jaunes.
Por primera vez en Francia, una decisión de bloqueo surgida desde abajo, que escapó a los controles del gobierno y los sindicatos, así como los partidos de izquierda y de extrema derecha, fue efectiva sin concertación previa con las autoridades municipales o sindicales del territorio. Un ejemplo de la actitud subversiva y contraria a la domesticación tan característica de las acciones rutinarias de los sindicatos o de los partidos de izquierda es el hecho de que se impusiera el 24 de noviembre una marcha en los Campos Elíseos, en un claro desafío a la prohibición explícita de las autoridades del Estado.
Esto por supuesto, no lo has visto en el telediario de Antena 3 pero ha sido la clave para que Macron reculará su propuesta inicial, lo que ya supone una victoria colosal de los promotores y la sociedad francesa; sino que además su liderazgo y el del discurso liberal en la política de la vida de las personas sufre un nuevo golpe está vez duro que hace tambalear todos los artesonados del sistema.
La gran victoria de los chalecos amarillos está en que surgiendo de la clase trabajadora, blanca, en torno a los 45-50 años y que ya sufrió los estertores de la des industrialización de los 80 y 90, ha conseguido reunir a través de un movimiento espontáneo a la total amalgama de ciudadanos franceses y francesas. No sólo París. No sólo las grandes ciudades. No sólo los transportistas. También el mundo rural. Trabajadores de los tres sectores. Profesionales acomodados con titulo universitario. Emprendedores y pequeños autónomos. Pequeño burgueses que no se sienten clase proletaria. Jubilados. Estudiantes. Un gran número de mujeres... En realidad, y como decían en un editorial del conservador diario Le Figaro, “a todos aquellos que tenían el miedo a vivir una desclasización; a perder su estatus social y los beneficios y derechos que conllevan”. Mientras que en Le Monde, indicaban el “hartazgo de las clases populares francesas que sentían no contar en las decisiones de su gobierno”.
Quién no recuerda esta declaración con lo que fue el 15M. Salvo que en aquel movimiento no se consiguió integrar a la España rural y sus reivindicaciones, duele pensar en cómo se podía haber cambiado el país en aquel momento.
Ahora en Francia a través de este movimiento revolucionario se están cuestionando todos los rigores de la V República aupada por el pactismo del partido conservador y el socialista de Miterrand, y que son defendidos con violencia por la extrema derecha del Frente Nacional.
Un bloque anti-burgués, en el que de momento aparecen pocas peticiones netamente anti-capitalistas, pero que si que piden con vehemencia un sistema más lógico, natural y humano, y que están sobrepasando por la izquierda a la Francia insumisa, y por supuesto a los sindicatos tradicionales (cuyas élites temen ser sobrepasados por las bases y se han portado en éste momento como estúpidos y egoístas traidores) y al partido socialista.
Pero lo más importante es que cuestiona la autoridad del Estado, desde el mismo momento en que Macron puso su superviviencia política en manos de la “unión nacional” apelando a los bajos sentimientos de sus conciudadanos (tradicional arma de la burguesía) en nombre de la “República en peligro” para lo que militarizo París. Sin embargo, se encontró con la respuesta de “su” pueblo saliendo a la calle, respaldando a los manifestantes y añadiendo sus reivindicaciones. Los alborotadores no aparecieron, ni en París, ni en el resto de ciudades y pueblos del estado francés, y si una ola de solidaridad obrera y cohesión social en torno a una serie de protestas por la justicia social y la dignidad de las gentes.
Pero también con una serie de reivindicaciones que van más allá de la anulación de las políticas energéticas de Macron y su cohorte neoliberal. Volver a poner el discurso en temas como el restablecimiento del impuesto sobre la fortuna, el aumento del salario mínimo o la indexación de las pensiones y los subsidios a la inflación es volver, a continuar, metidos en la lucha de clases hablando al hombre y a la mujer trabajadores, como adultos y de manera integrada como clase obrera.
Hablando así, de estos temas y en éste tono, se supera la lógica de las élites. Primero de las élites de los sindicatos y los partidos obreros tradicionales. Y después, la de las élites sociales y económicas que dictan que todo, absolutamente todo en el mundo, lo mueva el dinero.

Hay que decir y es importante no olvidarlo, que aconteció un nuevo y "oportuno" atentado terrorista en Estrasburgo durante la semana de pleno del Parlamento Europeo en plena oleada de protestas y manifestaciones por toda Francia. Saldado con 4 muertos y el asesino, "un lobo solitario", abatido tras tres días de búsqueda, y con la investigación ya cerrada. Oportuno, y sean ciertas o no, valió para alimentar las teorías de la conspiración.


Frente al derrotismo instalado en la izquierda, y llevándolo al terreno nacional, con Izquierda Unida y el PC, empotrándose en Podemos y su verticalidad pragmática y su transversatiliad programática sin trastocar las estructuras tradicionales de poder, es gratificante comprobar que hay algunos que tenemos razón, que ya la teníamos, y veíamos y vemos que a la izquierda de Podemos y todo lo que arrastra hay mucho espacio, y lo más importante muchas personas que saben que ahí es el lugar desde el que construir un mundo mejor.
España, desde luego no es Francia, y ni sus organizaciones políticas, ni sus ciudadanos tampoco. Aspiramos en generar la conciencia crítica y el sentimiento de participación en política de nuestros vecinos más pronto que tarde para conseguir imponer un modelo económico y social más justo y con mayor futuro.



vía, wikicommon.

El famoso cuadro romántico de Eugene Delàcroix, La Libertad guiando al Pueblo, conmemoraba el alzamiento revolucionario de 1830, recordando así la lucha y victorias emprendidas por el pueblo francés desde 1789, para ellos y para todo el mundo.
Hoy tenemos la foto del principio del artículo con la que encuentro semejanzas y alguna diferencia. La bandera francesa ondeada en las calles, llevada por el pueblo unido más allá de estamentos y, en pos de la igualdad y la lucha obrera, anticapitalista y revolucionaria.
Como siempre, Francia marcando el paso.

Camareros: Necesarios, degradados y precarios. Una experiencia personal

Ahora que ya está aquí el veranito con su calor plomizo, pegajoso y hasta criminal, se llenan las terracitas para tomar unas...