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miércoles, 10 de junio de 2026

Un Papa en las Cortes


El Papa León XIV dirigiéndose el pasado lunes 8 de junio a los diputados y diputadas en las Cortes española. Foto de público.es

 

El calor abrasa físicamente la península mientras se consumen los días para que comience el nuevo mundial de fútbol, desarrollado a la limón entre Estados Unidos, Canadá y México, cómplices de una FIFA que paga sus favores en forma de clasificaciones a las federaciones aliadas. La intrínseca corrupción del ente futbolístico mundial nos lega un torneo hiperbólico. Gigantesco. De 48 selecciones, y de las que cuyo nivel, me atrevo a suponer porque estoy absolutamente fuera de la cotidianidad futbolera actual, menos de una decena da para ser candidatos a jugar los cuartos. Sin embargo, la última semana de la primavera y el primer mes del verano se van a agotar despistando a la opinión pública de sus problemas y soliviantando las tertulias, los debates y las charlas en todas las redes y barras de bar.

Como telonero de este evento fastuoso de dinero, poder y relaciones oligárquicas, y ya si eso, después de todo esto, de deporte, en Españistán hemos tenido la visita del papa León XIV. La primera visita de un sumo pontífice en 15 años, que vista en comparación con otros países de nuestro entorno no es tanto tiempo. Pero puesta en perspectiva de lo que supone España para el Vaticano y el Catolicismo hacia mucho tiempo que el papa-móvil no se deslizaba por las calles entre millones de creyentes, miles de banderitas y cientos de guardaespaldas en traje y corbata.

Esta semana León XIV recorre Madrid, Barcelona y las Islas Canarias en el cuarto viaje internacional de su papado. Lo hace acompañado “de cientos de miles de feligreses” venidos de cualquier parte del estado a misas y besamanos en estadios de fútbol y en plazas públicas consagradas a la exaltación católica, apostólica y romana. Las televisiones privadas, incluidas las reaccionarias y las de emporios mediáticos de derecha, ultraderecha y clericales, tratan de rascar los aledaños de la audiencia de una radio televisión pública que una vez más, confunde el servicio público con el servilismo. Y es que la cobertura de la visita papal pasa del mero interés informativo por un acontecimiento señalado a tratar de construir y consolidar después, la imagen de una España única a nivel moral, donde no caben las alternativas, los disensos y ni mucho menos la voz crítica con la Iglesia, tanto desde dentro de la propia masa creyente, como de los que nos consideramos de otras confesiones, agnósticos o ateos.

La realidad es bien distinta. Como atestiguan con menos periodicidad de la necesaria, tanto las encuestas privadas como las públicas, el sentir religioso de la España actual no tiene nada que ver con esa imagen de España católica que huele a cerrao y a blanco y negro. Según la última encuesta del CIS (recogida en laicismo.org porque desde la propia web del CIS es imposible de encontrar), y pese a las toneladas de promoción por tierra, mar y aire, es decir, por medios de comunicación tradicionales, digitales y emblemas culturales que procuran re-introducir la idea de un resurgir cristiano, el seguimiento religioso de las españolas y españoles está en mínimos y continua un inexorable retroceso. Ni siquiera la población migrante, especialmente latinoamericana, impide la caída de la religión católica en el estado español, puesto que esta población está favoreciendo la llegada a Europa de otras sectas cristianas, como el Evangelismo, que es de un peligro atroz y al que si fuéramos inteligentes y estuviéramos a lo que tenemos que estar tendríamos que estar ya dando batalla.

Sin embargo, tampoco podemos clamar al cielo de la laicidad por el espectáculo montado y los costos repercutidos al conjunto del estado y de la sociedad, puesto que España sigue siendo un puntal fundamental en el estatus que tiene el Vaticano, tanto como faro del catolicismo, emblema de la cristiandad (mucho más poliédrica de lo que el común de los españolitos piensa), como mucho más importante, marca de negocio y nación-estado con unas peculiaridades muy concretas.

España, AKA Españistán, es un estado aconfesional. Qué quiere decir esto. Pues que en España no hay una religión oficial de estado. Difiere con el estado laico o irreligioso, umbral al que desde la izquierda se debe desear llegar, en que un estado laico niega e impide cualquier injerencia de los poderes religiosos en la política o el gobierno del país. En el caso del estado aconfesional se abre la posibilidad de establecer convenios, acuerdos o relaciones formales con las instituciones religiosas tanto nacionales como internacionales. Concretamente en España, en el propio artículo 16.3 de la Constitución, abre esta posibilidad directamente con la Iglesia Católica, sacralizando de este modo el concordato que el franquismo firmó con el Vaticano en 1953. De este modo se construye un híbrido (otro más) entre el estado aconfesional “clásico” como pueda ser los casos de Suiza o Francia, con el estado confesional católico, apostólico y romano del franquismo o de otros países donde la fuerza política de la religión es defendida y promocionada desde el propio estado. Por ejemplo, son los casos de Reino Unido con la religión Anglicana, Grecia con la Ortodoxa, o Argelia con el Islam, entre otros.

Por lo tanto, Españistán se presenta como hija de su tiempo y de la negociación durante la transición entre izquierda y extrema derecha, quedando en materia de religión y moral está peculiaridad legislativa que nos deja una iglesia todavía hoy con mucho poder, tanto político, social, económico y cultural como para seguir determinando la vida de las españolas y españoles. En este sentido, se sigue validando la posición de España como un país aliado, quizás el principal sostén del Estado Vaticano, como así ha sido desde la época Moderna, con una relación simbiótica muy potente que permite una injerencia intolerable del catolicismo como religión y del vaticano como símbolo, y con sus representantes en España, la Conferencia Episcopal como altavoz y ariete.

Si este contexto no fuera suficientemente problemático para un sentir laico y progresista, el sainete semanal se ha complementado con una homilía televisada en las Cortes. El sermón del sumo pontífice en el Congreso de los Diputados, en el territorio de la soberanía popular, es decir, de todas y todos los españoles, fue el momento culmen de la visita oficial. Incluso superando la sacralización de la Sagrada Familia de Barcelona porque con el discurso ante sus señorías una vez más se toleró y favoreció la injerencia eclesiástica en el día a día de la sociedad española.

Antes de oír las palabras del Papa en el Congreso hay quien pecando de inocencia, pudiera esperar que se tratarán temas que si que tienen que ver con la institución que representa. Por ejemplo, y sobretodo, todo lo que tiene que ver con los abusos a menores en el seno de la Iglesia, donde la propia pederastia es coronada con el espino del silencio y la impunidad de los criminales. No se trata solo de que, atendiendo al informe del Defensor del Pueblo de 2025, haya habido más de 400.000 víctimas en España, o que haya investigaciones internacionales que muestran como entre el 6 y el 12% de los sacerdotes han estado involucrados en casos de violaciones a menores. El drama y la gravedad del problema es que la jerarquía eclesiástica católica favorece la impunidad y defensa de los suyos, impide la investigación formal tanto policial como judicial. Vilipendia de entrada a las víctimas y sus familias, y sólo cuando la prensa libertaria y las asociaciones que trabajan en defensa de estas personas consiguen las pruebas se presta a no torpedear las indagaciones.

Pero de esto el Papa apenas soltó unas manidas y cuantas frases hechas, que no atacan las bases de esta depredación sexual y moral, y ni mucho menos emplaza a sus embajadores en España, la Conferencia Episcopal, a tomarse este tema en serio, a colaborar con las investigaciones y los gobiernos para erradicarlo y hacer justicia.

Tampoco ejerció su monopolio del perdón para exhortizar la culpa y la intencionalidad que tuvieron comportamientos de la Iglesia española en el pasado como puedan ser las tramas de bebes robados, la colaboración con el franquismo y la opresión sistemática sobre la mujer.

El Papa si habló algo de ecologismo o contra “el rearme internacional”, pero sin atacar las bases capitalistas que son la causa del deterioro acusado y ya casi irresoluble del medio ambiente, con las deplorables y dolorosas consecuencias que traen para el conjunto de la humanidad. Tampoco dijo nada especialmente contra la ola fascista y reaccionaria que alientan un mundo desquiciado de conflictos armados.

Pero por supuesto, lo que hizo fue atacar a quienes la Iglesia Católica ha atacado desde siempre: A los colectivos LGTBi, a los que sabedor de que se mueve en un país especialmente protector con este grupo, paso de soslayo; y fundamentalmente a las mujeres reafirmando la postura del Vaticano contra el aborto (en plena ola de ataque fascista a este derecho), el uso de anticonceptivos u otras cuestiones que atañen a la sexualidad y la intimidad femenina. Una vez más y como siempre, la Iglesia y el Papa entraban en los dormitorios y en las bragas de las mujeres, para atarla al patriarcado y a que estén por debajo del hombre.

Especialmente sangrante cuando esa "defensa de la vida desde la concepción hasta el ocaso" se salta la voluntad popular expresada en reformas legislativas que garantizan el aborto y la eutanasia como derechos cívicos. Una ofensa en la sede de soberanía pública donde precisamente se ha trabajado para garantizar estos derechos individuales ante las apetencias y voluntades de otros. Habría que recordar al Papa y a su séquito, a la curia, a la Conferencia Episcopal y sus altavoces, a sus señorías de la extrema derecha y a millones de católicos que no tienen ningún derecho, ni ninguna legitimidad para imponer su visión moral a los demás. Que el resto hemos acordado medidas garantistas para la mayoría. De hecho para todos. Incluidos católicos que berrean contra el aborto o la eutanasia, pero que cuando lo necesitan bien que han ejercido el privilegio para abortar en el extranjero o para que les apliquen paliativos. Parece que también hay que recordárselo a las señorías del PSOE y de la izquierda posmo y cuqui tan corporativista con el gobierno de coalición que olvida sus propios compromisos, tradiciones e ideales.

Incluso se permitió poner en duda el papel de la mujer fuera del hogar y de la familia, institución a la que vuelve a señalar como atacada, cuando realmente lo que ocurre es que el capitalismo ultraliberal la ha despojado de utilidad y de valor. Animaba León XIV a los jóvenes a formar familias y tener hijos sin entrar a valorar la crisis sistémica mundial de la Vivienda, que en España ya es colosal, y donde su propia casa, la Iglesia con la Conferencia Episcopal y las órdenes religiosas al frente poseen decenas de miles de viviendas en este país y especulan y desahucian con más brío que los propios bancos. Un hipócrita vestido de blanco.

Me cabrea especialmente que el Papa pasará olímpicamente de hablar del incontable patrimonio que su delegación en el estado tiene. Las inmatriculaciones, esa suerte de corruptela inmoral e ilegal perpetrada por Aznar, que no sólo favorece el negocio inmobiliario de una organización privada como la iglesia, que prácticamente no paga impuestos y encima se lleva subvenciones estatales y las “donacionesvía IRPF de algunos incautos. Ni siquiera tienen a bien hacerse cargo del mantenimiento de sus iglesias, que pasan al conjunto del patrimonio estatal, pero bien que esas iglesias, catedrales, monasterios, palacios y museos aparecen cerrados para todo aquel que no pase por caja. Una peculiaridad española que es una aberración en Europa y que debería impedirse hoy mismo.

También me insulta que en la sede de la soberanía popular venga un sujeto a loar la libertad religiosa o “de elección de los padres sobre la educación que quieren para sus hijos” poniendo de manera provocadora al catolicismo en primera posición y sacralizando la intromisión de la religión en la educación pública, vía colegios concertados y universidades privadas. Un país aconfesional debe de poner la educación pública y libre de injerencias dogmáticas de la religión, de cualquier religión, fuera de los ámbitos públicos, quedando en el sentir privado de las familias.

Tampoco llamó a capítulo a sus señorías a que acaben con la corrupción, especialmente de aquellos que venían a "regenerar" el invento. A evitar las discriminaciones y la aporafobia. A ceder poder y favorecer que la gente, especialmente la joven, tomé su lugar en el mundo y lo cambie y actualice acorde a unos valores más progresistas y de futuro. A acabar con tanto fascismo, a abrazar, defender y promocionar como merece por necesario el antifascismo, tanta falta de conciencia, de vergüenza. A luchar contra la catadura moral del que no tiene escrúpulos, y en esencia, a construir un mundo más colaborativo, fraterno y humano.

La “izquierda” o las “izquierdas” o esos representantes sentados en el Congreso si que celebraron las palabras del pontífice sobre la cuestión migratoria y “los más desfavorecidos” para en el fondo volver a pecar de lo anterior: El Papa estuvo casi 2 horas hablando a sus señorías y no puso sobre la mesa ni una sola medida que solucionará los problemas, que llamará al orden a los representantes para que enmendarán los fallos y las injusticias. Y mucho menos para hacer una crítica seria a su Institución y anunciará los cambios que fueran necesarios. Eso sí, sus señorías sin distinción de partidos (salvo BNG y Podemos que esta vez decidieron no asistir) se levantaron prestos a loar la oratoria con 7 minutos de ovación.

Después de esta misa en las Cortes, y tras pasar por Barcelona, la visita va acabar en las Canarias, uno de los puntos claves de la entrada de inmigrantes en Europa. De gente pobre y desfavorecida por los siglos de los siglos, entre otras cosas, por las propias dinámicas que la Iglesia católica ha alentado todo este tiempo. León XIV podía haber aprovechado el Congreso para leer el catecismo a las huestes de las ultraderechas patrias, con Vox y su “prioridad nacional” a la cabeza, pero con el PP, Junts o el PNV tan solícitos a soliviantar la cuestión migratoria y comprar los marcos fascistas de la teoría del recambio, pero especialmente prestas a favorecer la laminación de las clases trabajadoras y su competencia interna para gusto de la avaricia de las patronales.

El drama internacional que tenemos hoy es el de una ola reaccionaria, neoconservadora y neo-fascista que amenaza con dolor y miedo a todas y todos. Que destruye la ilusión y el trabajo por planteamientos progresistas y la salud de las organizaciones de izquierda. Estamos tan mal que es paradójico que el representante de una de las instituciones más arcaicas, retrógradas, misóginas y alienantes de la Historia de la humanidad nos parezca que es “de izquierdas”. Que hace unas declaraciones que defiende la diversidad, el progresismo o el ecologismo. Mal, muy mal, hacemos en caer en este absurdo porque el Papa no es portavoz de ninguna visión progresista. Ni siquiera humanista.

El Papa, el Vaticano, la Iglesia Católica y sus representantes no son defensores de la “socialdemocracia” ni de los trabajadores, ni tampoco los migrantes. No van a “vender su arte para dar de comer a esa gente”, y ni mucho menos, van a alentar una distribución de la riqueza más justa e igualitaria que impida la opresión del hombre por el hombre. Por mucho que las escrituras y sus grandilocuentes encíclicas o sermones pastorales clamen contra el dolor y el desamparo en el mundo.

Por ello me ofende profundamente, como ateo y como demócrata, como libertario y comunista, que el representante de “Dios en la Tierra” ponga los pies en los símbolos políticos que se supone son de todas y todos, que nos ordene cómo tenemos que obrar y que nos insulte directamente “por haber abandonado las enseñanzas de Jesús en la Cruz”. Como si la Iglesia no hubiera garantizado la pobreza, patrocinado el dolor y lucrado de la venta de esperanza. A otro perro con estos huesos.

viernes, 2 de mayo de 2025

Una consideración filosófica al Gran apagón


 

El lunes 28 de abril de 2025 hubo apagón. Apagón histórico. La península Ibérica y el Sur de Francia se quedaron sin energía eléctrica hacia las 12:36 del mediodía. Fueron recuperando progresivamente la energía. Por ejemplo en la provincia de Alicante no se recupero la luz en su totalidad hasta más de 12 horas después.

Es más que necesario, sino fundamental y hasta estratégico conocer qué sucedió. Por qué se produjo el apagón. Quiénes son los responsables técnicos y también políticos, y no sólo de ahora sino de antes. Tenemos derecho a saber por qué en Occidente, en plena Unión Europea, más de 60 millones de personas quedamos sin energía un lunes.

El periodista y divulgador especializado en temas energéticos Antonio Turiel ha aportado una posible explicación, válida porque ya llevaba varios meses alertando de las posibilidades de producirse un apagón como el acontecido, al desplegar las tecnologías renovables en el mix energético, y en cómo se descompensaba la red al no recibirse aportes similares por parte de las energías no renovables. Estas al ser más caras y depender de fuentes de energía exteriores estaban siendo desechadas por parte de las productoras y comercializadoras (en realidad los mismos perros) para ahorrar en el coste de producción de energía, a cambio de perder estabilidad y tensión en la red eléctrica. Una actitud deplorable que vuelve a poner la codicia de unos pocos por encima del bien común. También ha alertado de las subidas en el precio diario de la energía para los próximos días, mientras se vuelve a equilibrar el sistema.

Mientras se dirimen estas cuestiones y avanzan, o retroceden, los informes y explicaciones oficiales (y junto a ellos el insoportable y perfectamente eludible ruido de la alta política en Españistán) se vuelve otra vez necesario e inaplazable hablar de la total dependencia que tenemos como sociedad, y como individuos, de la tecnología.

Si vivimos en este paradigma de la economía de mercado sometiendo a una tibia democracia de corte liberal, en un ecosistema de relaciones internacionales competitivas tanto entre estados-nación, regiones (extra-nacionales y también intra-nacionales), empresas y compañías, grupos, colectivos e individuos. El capitalismo y la oligarquía que gobierna el mundo necesita de nuestra dócil sumisión para su propia supervivencia. Y esta sumisión se consigue de manera voluntaria gracias a la extensión del consumismo tecnológico, presentado como garantías e incluso como pilares fundamentales en la obtención de libertad, de autonomía y de seguridad que en principio disfrutamos como sociedad y a título individual.

Sin embargo, cuando se fue la luz, y sobretodo, pasadas unas horas, muchos cientos de miles de personas, e incluso millones, se dieron cuenta de que sin tecnología también podían ser libres y autónomos. En tener seguridad. En recuperar cooperación y solidaridad como componentes básicos de la conducta humana. Con el móvil inutilizado y los aparatos tecnológicos muertos por inanición de energía, las personas recuperaron su propia dignidad. Salieron de la pantalla medida en pulgadas para vivir en un mundo medido en escaleras, patios, calles, barrios, pueblos y ciudades. Quizás se haya hecho más país y más comunidad durante unas pocas horas una tarde de apagón que en los últimos 20 años.

Hay quien dirá, y no le falta razón, que la tecnología no es mala. Que los avances científicos y en las técnicas han permitido el progreso del hombre, su dominio de la naturaleza, empezando por la suya propia en cuanto a la enfermedad y el envejecimiento. Ha ampliado nuestros horizontes, y nos han puesto en la mano un utensilio que al igual que el bifaz de hace 250.000 años, o las primitivas herramientas de madera, piedra o metal de 6.000 años para acá, han permitido, progresivamente y gracias a compartir ese conocimiento, una vida mejor. Una transmisión del conocimiento inter-generacional, pero también hacia otros grupos coetáneos. Para nosotros, nuestros congéneres y nuestros descendientes. Es así.

Hoy en día en las sociedades opulentas, en la palma de la mano tenemos un aparato que bien utilizado permite comunicarte con cualquier persona del mundo en cualquier momento. Verla en video como reacciona ante tus gestos y palabras. Sumado a una buena conexión a Internet, tienes una fuente del conocimiento absoluto. Y sin embargo, ante un evento como el apagón del pasado lunes, podemos y debemos cuestionar este desarrollo tecnológico y su lugar preponderante en las relaciones humanas, incluso, en la propia identidad del ser humano.

Porque, si como digo la tecnología no es mala, por qué resulta perversa. Pues porque no es tanto una herramienta para satisfacer las necesidades del hombre, y si un arma para controlarlo. Porque en conjunto las tecnologías, las redes sociales, los avances de la era cibernética componen una amenaza a la dignidad humana. A la paz.

Estas amenazas son las que lanza un sistema totalitario al conjunto de la humanidad valiéndose de una pretendida dependencia tecnológica por parte de los individuos.

Sí, es así. Nos han convertido en esclavos, pero no ya de negreros de traje de lino blanco, sino de emporios tecnológicos y de dispositivos. Mientras nos especializaban en una sola función productiva (Médico, conductor, informático, cajera, comercial o peón de fábrica, etc.) nos han negado el conocimiento y la familiaridad con los procesos productivos del alimento y del agua. De este modo, atomizados, separados cada uno en su piso, en su cápsula estanca, sin conocer a sus vecinos y a sus iguales, nos sentimos solos y tenemos miedo. Y con él reaccionamos consumiendo más y hundiéndonos todavía más en el individualismo.

Mientras el apagón permitía al anochecer volver a ver las estrellas, antes había abierto los ojos y el entendimiento a muchas y muchos a quienes se les revelaba la esencia de la realidad. El mundo virtual había desaparecido. No había pantallas. Había personas, con los mismos problemas, miedos e inquietudes, y por fin, había comunicación. Porque antes de ser, que lo somos, conscientes de nuestra dependencia de la tecnología (no sólo de la informática, sino pensemos en la vitrocerámica, en el calentador de agua, la iluminación de la habitación antes de ir a dormir, de cómo nos informamos, etc., etc.) y de lo débiles que nos convierte, por contra, podemos ir recuperando las redes reales de confianza y comunicación, para perder esa dependencia, ganar independencia tecnológica y dejar de ser tan débiles y sumisos.

Al irse la luz y al pasar las horas sin recuperarla no se estaba acabando el mundo. Se estaba acabando el mundo tecnológico. Se habían terminado por un momento el flujo de datos y metadatos. Pero a cambio, volvíamos a hablar con nuestros vecinos. No funcionaban las transferencias digitales y los datáfonos no valían ni como pisapapeles, pero nos volvían a fiar en la tienda de barrio y apuntaban nuestro nombre y lo que debíamos en una libreta como cuando éramos pequeños. Recuperábamos nuestro tiempo para nuestra vida. Salíamos del trabajo antes (si porque no había energía) pero gastábamos el tiempo en lo que queríamos. En estar con nuestros hijos, padres, pareja,... con desconocidos o solos haciendo algo que nos llenase más. No había repartidores en moto, en patinete, o en furgoneta pero había millones de personas caminando por las aceras, con al cabeza alta, mirando a los ojos a sus congéneres, dirigiéndose a las tiendas pequeñas a comprar lo que necesitaban.

Resultaba entonces, una des-conexión digital, un apagado tecnológico, y a la vez, el encendido del mundo real.

Por ello, quien piense que estos eventos se solucionarán con más tecnología se equivoca. Porque la esencia del ser humano, si es la del progreso y la mejora de las posibilidades de supervivencia y adaptación gracias a la extraordinaria capacidad evolutiva de la raza humana. La inventiva, la imaginación, la construcción y la elaboración de herramientas es parte de la esencia del ser humano, como su posterior progreso y desarrollo. Pero también lo es la comunicación, la cooperación y la solidaridad, aspectos todos ellos, que desaparecen apagados por una cada vez mayor suficiencia tecnológica (si puedes pagarla, claro). Toda la evolución de la humanidad no hubiera sido posible sin una transmisión de conocimiento, sin un interés desinteresado, solidario, propio de la manada, de la tribu porque el de al lado también aprenda, mejore y sobreviva.

Porque en esencia, lo que sucesos como el apagón del lunes 28 de abril pone en cuestión, es aquello a lo que Marx se refería cuando hablaba ya en sus últimos escritos a partir de 1868, de "la despiadada explotación capitalista de la naturaleza que ponía en peligro la supervivencia de la humanidad". Si todo lo que supone el avance científico y tecnológico sólo sirve para aumentar la avaricia en el mundo, para cimentar un mayor consumismo e individualismo que no miden las consecuencias de sus actos lo que se estará haciendo es convertir la vida de millones de personas, hoy y mañana, en vidas precarias, terribles y con dolor y muerte.

Hoy cuando se habla de raermes e inversiones mil millonarias en armamento y ejércitos (curioso pero para la vivienda, para la educación, o la sanidad no hay dinero ni público ni privado y los impuestos son muy altos, pero cuando se habla de comprar pistolitas y balas a todos les salen las cuentas) "nadie" (entíendase de los que aparecen en los grandes medios) cuestiona la sumisión a un imperio. La puesta de la riqueza nacional al servicio de la metrópoli y sus intereses. Sin embargo, nada haría más poderoso, y sobretodo seguro, a un país o estado-nación hoy en día, que volverse independiente y auto-suficiente en materia energética y de proveedores de servicios digitales y de comunicación. Y eso pasa inexorablemente, hoy y más tarde (y más caro) por invertir en energías renovables.

No van a ser más y mejores tecnologías digitales las que ayuden a superar los tremendos retos que tenemos como especie delante. El cambio climático, la paz mundial en un entorno de amenazas de extinción masiva y extrema violencia. Superar las desigualdades y el odio. La pobreza o la corrupción. Todos estos problemas no van a mejorar porque la Inteligencia Artificial venga a descifrarnos soluciones ideales. Ni tampoco cualquier otro tipo de tecnología que depende de la capacidad adquisitiva de cada individuo, y fundamentalmente, de los intereses particulares (y oscuros) de los dueños de las tecnologías.

Al final nos seguirán haciéndonos dependientes. Aislados, temerosos y sumisos porque hemos relegado toda nuestra vida a la cibernética y al mundo digital. Hemos perdido la capacidad de procurarnos nuestro propio sustento y nuestro propio bien, porque hemos cambiado el depender de personas como nosotros y de construir sociedades y sistemas económicos que solventasen estas necesidades de manera solidaria y cooperativa, para entrar en un mundo competitivo, individualizado, y que paradójicamente, resulta más incomunicado aunque te hayas comprado el último modelo de smartphone y pagues un dineral por una conexión de red.

Siempre, y por desgracia llevamos unos años comprobándolo de manera personal y directa, son las personas, y las que más cerca tenemos, las de nuestro entorno, las que nos ayudan, y a las que ayudamos. En la covid, o durante la dana, en el apagón o en el siguiente suceso catastrófico serán las personas las que nos salven. Seremos nosotros, por encima del “yo” y como conciencia colectiva lo que haga que salgamos adelante.



jueves, 5 de septiembre de 2024

El Festival Intercéltico de Lorient

Bandera de la nación celta compuesta por el resto de banderas de las regiones de herencia celta. Foto tomada el 20 de septiembre de 2023 en Landernau, Bretaña.

 

El año pasado empleamos septiembre para ir en coche hasta Normandía y Bretaña y visitar durante todo el mes aquellas bellas y estimulantes tierras. La amalgama de paisajes naturales, urbanos y rurales, la sucesión de monumentos (castillos, catedrales, iglesias, Hotel le ville y maries, museos,…), los paseos por senderos y rutas. La gastronomía y la amabilidad de las gentes y los modos de vida más pausados y que mantienen su esencia haciéndolos a la vez atractivos e irrenunciables … una delicia de viaje, de encadenado de kilómetros y tramos en una ruta en coche de ida y vuelta por el Oeste francés y recorriendo Normandía y Bretaña.

Una de las primeras sorpresas vino cuando hacíamos tiempo para salir a cenar en el hotel B&B del día y encendía la televisión un momento. En la televisión pública francesa, la RTF, una vez llegados a Normandía y después por Bretaña, en el tercer canal del grupo, RTF3, destinado como canal regional con programación continua, el programa estrella eran las sesiones del Festival Intercéltico de Loirent, pequeña ciudad bretona.

Hago un inciso para hacer notar la necesidad y oportunidad que supondría que RTVE hiciera lo mismo y se dotará de un tercer canal de producción propia con contenidos regionales. Lo ideal sería que se pudieran ver en el resto de autonomías, y de hecho, en el ejemplo francés, comprobé como muchos programas se compartían entre señales de cada región. Especialmente los de contenido cultural y de viajes que presentaban las regiones al país. Ni que decir tiene que en Bretaña RTF disponía de un canal más en lengua bretona. En el caso españistaní, de ilusiones se vive.


 

El Festival Intercéltico de Lorient en Bretaña, Francia, es un evento cultural de renombre internacional que celebra la rica herencia celta a través de música, danza, gastronomía, arte y tradiciones. Este festival anual, que se lleva a cabo en la ciudad bretona de Lorient, atrae a miles de visitantes cada año y es una oportunidad única para sumergirse en la cultura celta y disfrutar de una experiencia verdaderamente inolvidable.

El origen del Festival Intercéltico se remonta a la década de 1970, cuando un grupo de entusiastas de la cultura celta decidió organizar un evento que reuniera a las diversas ramas celtas de Europa para compartir sus tradiciones y celebrar su patrimonio común. Desde entonces, el festival ha crecido en tamaño y popularidad, convirtiéndose en uno de los festivales celtas más importantes del mundo.


Una de las características más destacadas del Festival Intercéltico de Lorient es su programación musical diversa y emocionante. Durante diez días, artistas de toda la región celta se reúnen para ofrecer conciertos en vivo de música tradicional y contemporánea, fusionando sonidos ancestrales con influencias modernas, pero manteniendo la esencia de la cultura celta en sus actuaciones, logrando de este modo no sólo la supervivencia como tal de este patrimonio etnográfico, sino además, estimulando que más personas se acerquen, investiguen y quieran involucrarse en su legado. Los visitantes tienen la oportunidad de presenciar actuaciones de renombrados grupos musicales, bandas de gaitas, cantantes solistas y bailarines, creando un ambiente vibrante y lleno de energía.

De este modo y a través de la señal de la televisión nacional no sólo se presentaba la herencia cultural celta de Normandía y Bretaña, sino que el viernes y el sábado los eventos de máximo seguimiento, se retransmitían en directo en RTF1 para todo el país. Y no es que sólo hubiera agrupaciones y bandas de música celta de estas dos regiones sino que el Festival Intercéltico de Lorient se nutre de aportaciones de las otras regiones donde el marchamo celta tiene fuerza y su raigambre esta presente. Así pudimos ver a grupos de Irlanda, de Escocia, de Gales, de la Isla de Man, y otras islas del canal. Incluso grupos venidos desde Nueva Inglaterra y la Columbia Británica en América y de Australia y Nueva Zelanda, con representantes que mantienen vivos en sus lugares de origen, el acervo cultural e identitario de sus antepasados quienes tuvieron que emigrar para subsistir.

Pero es que hay más aún. Parte importante, y muy celebrada por el público francés, era la presencia de bandas de gaiterios galegos y astures, quienes con su labor y entrega nos hicieron reflexionar. Y es que tiene bemoles la cosa que para poder disfrutar y conocer esa labor de permanencia de un rito del patrimonio cultural y folclores propios y tan característicos, hayamos tenido que viajar a Francia y podamos verlo por TV en prime time. Y sin embargo, en España todas estas expresiones culturales no tienen espacio ni cuentan con el respaldo, ni el más mínimo apoyo de las élites y las administraciones. De hecho, las puedo ver en la televisión francesa, por su propio valor cultural, mientras que en España solo se pueden ver cuando complementan la presencia real en los Premios Príncipes de Asturias. Una vergüenza.

Eso sí, la cultura urbana y la presencia de modos de expresarse que no tienen nada que ver con lo que somos acaparan todo espacio mediático, imponen su agenda y constriñen la expresión, la socialización y la libertad de las gentes, en un ejercicio de homogenización cultural terrible. Una igualación que procede a la eliminación de las formas de sentirse propias y ancestrales, y se sustituyen por comportamientos y pensamientos consumistas e individualistas, que además, ofrecen una bajeza moral y una falta de ética que es absolutamente contraproducente para la sociedad.

Volviendo al Festival Intercéltico de Lorient, además de la música, el festival también ofrece una amplia variedad de actividades culturales y recreativas para todas las edades. Desde demostraciones de danza celta hasta talleres de artesanía tradicional, con fuerte presencia de los trajes típicos y los trabajos que suponían, pasando por degustaciones de comida típica celta, hay algo para todos los gustos en el Festival Intercéltico. Los visitantes pueden explorar puestos de mercado con productos artesanales, aprender sobre la historia y la mitología celta en conferencias y exposiciones, o simplemente relajarse y disfrutar de la atmósfera festiva.

Otro aspecto destacado del
Festival Intercéltico de Lorient es su desfile anual, donde grupos folclóricos de toda Europa desfilan por las calles de la ciudad con trajes coloridos y música tradicional. Este desfile multicolor es una celebración de la diversidad y la unidad de las culturas celtas, y refleja la importancia de preservar y promover estas tradiciones milenarias para las generaciones futuras.

En conclusión, el F
estival Intercéltico de Lorient en Bretaña, Francia, es mucho más que un simple evento cultural: es una celebración vibrante y emocionante de la herencia celta que une a personas de diferentes países y orígenes en torno a una pasión común. A través de la música, la danza, la comida y las tradiciones, este festival mágico nos invita a sumergirnos en la riqueza y la belleza de la cultura celta, recordándonos la importancia de honrar nuestras raíces y celebrar nuestra diversidad como pueblo.

A mi y a mi mujer nos ha dado ganas ya de ir otro año y disfrutarlo al máximo.


Aquí una muestra del desfile de gaitas del día previo al comienzo del Festival.

viernes, 28 de julio de 2023

El puto ruido


 

España es insoportable. Alcoy es insufrible. Lo siento. Estoy hasta los cojones del puto ruido. Ni siquiera estar en tu casa evita que el sonido estridente, inoportuno, improcedente, inesperado, intempestivo, chillón, estrepitoso, estruendoso, penetrante e incluso hasta violento te asalte y joda tu paz, tu descanso y tu vida.

Cuando no son las motos, son las obras. Cuando no los camiones, los de reparto, especialmente esas furgonetas que ya tienen el embrague averiado, y que traen las mierdas que compráis por internet. Especialmente molesto es el de la basura. Necesario, si, pero no es normal que para hacer su tarea tarde hasta 10 minutos con el motor encendido. Quizás lo que no es tan necesario es el puto whatsapp que atiende el basurero. De hecho, los móviles son otra fuente de ruido imperecedero y asaltante. Pocos somos los que tenemos el móvil en silencio, y nos enteramos si nos llaman si vibra. Suficiente. Y peor aún son las y los gilipollas que escuchan los podcasts que les mandan como audios a toda potencia como si llevasen un walkie-talkie de 400 euros. Por lo menos. Vaya panda de mataos insufribles.

Luego están las alarmas, siempre alguna intempestiva. Los ladridos de perros (con estos muchas veces se puede hacer poco, salvo procurar no dejarlos solos cabrones, pero si es obligación que limpiéis sus mierdas en la calle). Lo mismo con los niños. Sobretodo cuando son bebes. Porque ya cuando crecen, y confirman que son más subnormales que la generación anterior, porque solo saben hablar y chillar, exigir todo a gritos porque se han criado en ese ambiente de verdulería más propio de telecinco que de una sociedad madura y responsable.

Desde luego, después de haber vivido en varios sitios, estoy viviendo en la calle con más ruido de España (también las más sucia, que seguro tiene algo que ver ambas cosas, pero ya hablaré otro día de eso, de por qué sois tan guarros -no me jodas, yo no me incluyo en vuestra guarrería congénita-). Enhorabuena Alcoy. Es de coña que un pueblo venido a más como es éste tenga el volumen de ruido diario que tiene. En invierno cuando anochece se corta, pero es que en verano es continuo, las 24 horas del día, con picos evidentemente, pero es que puedes estar dormido a las 3 de la mañana y perfectamente, me ha pasado ya varias veces, te despierte algún hijo de la gran puta.

Cuando no es una moto de un niñato (me cago en la puta algún cabronazo se ha forrado desde la pandemia al recuperar las motos de cross que parecían haberse extinguido) es un puto viejo con micro-pene y un mal divorcio que ha acabado en comprarse una harley. Mi teoría es que entre ambas edades mentales están las responsabilidades, la familia, el trabajo y la mujer, el ente racional que hace que todo funcione y que está mierda de sociedad sea tolerable para las personas normales. Constato que el hombre, me refiero al espécimen masculino, es el animal más ruidoso. Cuando no tienen novia o esposa, es decir cuando no tienen la garantía de meterla, tienen que hacerse ver y pagar sus frustraciones a base de meter ruido y molestar al personal. No sé cuál es más insufrible. Ni tampoco más ridículo: el niñato cabeza-nido que no sabe llevarla y que se cree el matón de barrio, o el viejales tripón y calvo que con una motarra propia de mariquitas como los MotleyCrue se piensa que va bajando bragas por la ciudad. Y encima le habrá costado el puto riñón que le va a quedar sano. Miserable.

Y luego están los hijos de la grandísima puta que van con un coche con un tubo de escape petardando, pegando acelerones, sin el silenciador, dando por el culo a todo el vecindario, pasando al lado de hospitales, residencias, guarderías y de mi puta casa. Pero vamos a ver, me cago en vuestra puta fez, me prohibís meterme en las zonas de bajas emisiones con mi coche por diesel, por casi clásico. Y si se me ocurriése ir por ahí sin la ITV en regla me multáis con un buen sablazo. Y me estáis diciendo a la vez que las putas policías, nacionales o locales y guardias civiles no oyen a estos taraos. Que no son capaces de ponerse a multar y a poner cepos en los coches hasta que este puto ruido, totalmente insufrible pero bien fácil de evitar, acabe. Es que estamos rodeados de hijos de puta y de inútiles.

Lo peor de todo es que se lo dices a todo un teniente de alcalde, de la verdadera (h)izquierda que por favor hagan algo y te suelta tan pancho, que es “no pueden pararles y poner multas porque pierden votantes”. Y los que estamos en casa y nos sentimos atacados en la propia intimidad del hogar. ¿Es que no contamos? ¿Es que no votamos? Lo siento pero lo que no soy es gilipollas, y hay cosas que no voy a tolerar. Ni el puto ruido, ni el buen-rollismo cuqui. Mano dura para ambos.

Y luego están las de los repartidores de comida basura. Ellos no tienen la culpa. Demasiado que les ha tocado buscarse la vida de esta manera porque como sociedad hemos sido incapaces de dar buenos puestos de trabajo. Pero es que no me jodas. ¿Es que sois unos putos imbéciles incapaces de haceros una cena decente por vosotros mismos y tenéis que llamar todas las noches a que os traigan una pizza, una hamburguesa, un kebab y una mierda? Que a 10 minutos andando están todos los infra-restaurantes encargados de repartir esa porquería de viandas, ¿es que no podéis ir andando? ¿Es que os pesan tanto los huevos? Hijos de puta. No, mejor llamar y que me la traigan, porque soy clase media. Mejor disponer de un esclavo a tiempo parcial para que satisfaga mis impulsos. Y si de paso, mete ruido, contaminación acústica y de la atmosférica en el ambiente, mejor que mejor.

El tráfico en esta ciudad es absurdo. Pero no es en el único sitio. En Toledo también era ridículo. Y en Salamanca. Y no digamos en Madrid, Valencia, en muchos pueblos durante el fin de semana. Es que alegremente hemos adoptado un modo de vida que va en contra de la lógica y de lo que podríamos hacer con ciudades y pueblos desarrollados al modo mediterráneo. Es que tenemos una vida, en general, prácticamente todo el mundo que vive en las ciudades, para cumplir aquello “de los 10 minutos andando”, y sin embargo, hemos dejado que se conviertan en la media hora en coche (porque hay que aparcarlo JoseLuí) impidiendo que uno se pueda mover por sus propios medios. Pero es que todo esto inunda la ciudad de ruido y hace insoportable la convivencia y la presencia humana.

Ya es suficiente desgracia vivir en jaulas de pladur, en colmenas casi infrahumanas que no disponen la mayoría de condiciones de hábitat dignas, entre ellas el aislamiento del ruido. O te dejas una pasta en ventanas para poder aislarte del ruido exterior, niegas por lo tanto la ventilación del hogar. Pero es que dentro de la propia estructura las paredes de papel fumar van a transmitir todo los ruidos de los vecinos (pasos, golpes, arrastrones, caídas, llantos, risas, televisiones, polvos, alguna hostia, discusiones, conversaciones) en doulby sourround envolvente. Imposible dormir. Imposible descansar, leer un libro o simplemente querer estar tranquilo.

Y qué decir de las fiestas. Patronales, estudiantiles, familiares, religiosas, deportivas,… cualquier excusa es buena para mamarse, primer objetivo, y para hacer ruido, el segundo. Para molestar. Qué hay que pasárselo bien, claro que si, que es necesario y hasta mentalmente sano, pero no puede ser que esto sirva para dar manga ancha para que las comunidades donde residen las personas se conviertan en altavoces constante de ruido. Que no vivís solo vosotros. Que no estamos solos en el mundo. La música, y a mi me encanta como veis en este blog y probablemente me guste la que se emite a más volumen, no puede invadir los hogares y el descanso de las personas. Porque hay quienes tienen que trabajar, pero también hay enfermos y sus familias, que necesitan descansar. Que hay normativas a respetar, y que mientras el derecho al descanso, si que existe y está reconocido por la ONU como un Derecho Humano y por las administraciones españolas (otra cosa es que “pasen” de vigilar que se respeta) no existe ningún derecho ni a la fiesta, ni a la diversión. Que por supuesto se va a facilitar que la gente baile, se toma unas copas y se divierta, pero hasta cierto punto. Hasta el momento en el que también hay que cuidar el derecho al descanso y a conciliar el sueño o a estar tranquilo en su casa a una persona. Que la libertad no es un océano para hacer lo que te de la gana. Que tiene límites y el principal debería ser el del sentido común, pero cuando éste falla hay que aplicar el coercitivo del estado de derecho. Básicamente porque se trata de vivir en comunidad.

Aquí es importante meter a la iglesia y a todos los mea pilas que no tienen otra cosa que hacer que ir a tocar las campanas cuando les salen de las pelotas. No tiene gracia. Nadie va a ir a misa porque te pongas a replicar a las 7 de la mañana un sábado o un domingo en Lliria, o en otros pueblos del Levante, y ni siquiera tiene buen gusto ni sirve como muestra de un supuesto acervo cultural. Es molesto y atenta contra el descanso y también contra el estado aconfesional que somos. Cojones ya.

Y luego quedan los infrahumanos esos que tienen por afición tirar petardos, A muchos, a mi mismo, me encantan los fuegos artificiales y he participado en espectáculos pirotécnicos como espectador y como involucrado. Pero en recintos y momentos anunciados, preparados y diseñados para el disfrute. Es un momento, una hora a lo sumo, y ya está. Lo que no es normal y es hasta ofensivo es que estés en tu casa, y en cualquier momento, a uno de estas mierdas secas se les ocurra tirar un petardo. Es que no se puede ser más triste. Ni más hijo de la gran puta. Ojalá con cada petardo perdierais 3 dedos de cada mano. Que no hay, no existe, ninguna licencia, ni salvo conducto ni excedencia para tirar petardos en vía pública. Sea navidad, fiesta patronal, el cumpleaños de tu niña, o la boda de los catetos de susana y kevin. Ya está bien.

Y que decir del volumen de las conversaciones que cada vez es más alto. Ya no es que “seamos tan alegres, tan vitales y joviales” es que somos unos putos horteras que tenemos, que tenéis que hablar a gritos, para que en toda la maraña de ruido que va in crescendo os podáis oír. Eso o limpiaros las putas orejas de cerumen. Porque es que cada vez es más insoportable ir por la calle y tener que oír lo que hablan en una conversación a 15 o a 20 metros de distancia, sin tener que esforzarse para agudizar el oído. Solo basta con quitarse los cascos. Por cierto, usar putos auriculares para escuchar la mierda del reaguetton (o cómo cojones se escriba) que os vamos a tener que dar de hostias, primero por vuestro mal gusto, vuestra misoginia y segundo por la falta de educación. O al revés.

Dejad de gritar. Hablar con decoro y al volumen suficiente para entenderos y cuidar de hacer tanto ruido innecesario, tan molesto y tan cargante. Porque se supone que vivimos en sociedad y que componemos una comunidad donde existe el respeto, el cuidado y la tolerancia. Porque a mi ya me estáis quitando la tolerancia a base de bocinazos, petardos, bachatas, fiestas, acelerones y silenciadores de moto inexistentes.


Tenemos un puto problema como sociedad y como país con el ruido. En la pandemia, pude salir algunos días a trabajar las primeras semanas, y lo más increíble y lo que más me desubicaba era la total ausencia de ruido. Es que de repente empezamos a oír los pájaros, joder. Misma sensación cuando he ido al extranjero y en ciudades atestadas de gente había ruido, había tráfico y había muchedumbres hablando. Pero no se asemeja ni de coña a lo que sufre en este país. Y no me vale esa mierda de que tanto no será cuando los extranjeros vienen. Pues vienen precisamente a hacer aquí lo que en su puto país no pueden hacer, porque está mal visto, porque es de mala educación o porque está prohibido. Cuñao.

Necesitamos medidas mucho más serias, responsables y duras para con el infractor para acabar con el puto ruido. Y un compromiso fuerte como sociedad para concienciarnos de que esto es un problema y necesita solución urgente.

 

miércoles, 3 de noviembre de 2021

El recurrente botellón

 


Una de las señas que nos está dejando la “nueva normalidad” es el botellón. Macrofiestas y aglomeraciones tumultuosas de jóvenes -y no tan jóvenes- que organizan quedadas en espacios públicos en los que el alcohol es el aglutinante de un lienzo en el que se plasma diversión, ruido, coqueteos con otras sustancias, molestias, disturbios, violaciones y situaciones de riesgo.

La pandemía no ha terminado pero estamos inmersos en un contexto en el que nos han exigido convivir con el virus para no lastrar más las pérdidas del capital. El riesgo de contagio sigue siendo alto y pese al éxito de la vacunación y el abnegado trabajo de los servicios de salud, una transmisión vírica sin controlar puede ocasionar un tremendo trastorno que se lleve vidas por delante. No lo olvidemos.

Pero la relajación de las restricciones, el verano, las “no” fiestas y fenómenos similares que han venido adheridos a la excepcional situación que llevamos viviendo año y medio no han provocado un fenómeno nuevo y que no conozcamos. No. El botellón lleva mucho tiempo instalado en nuestras sociedades. En las mentes de adolescentes que ven como sus condiciones de vida y futuro se han ido lastrando en lo que va de siglo. Que no tienen alternativas de ocio salvo la de deambular por bares y discotecas abrazados a un vaso de tubo. Que se han acercado a la primera madurez habiendo pasado meses encerrados, perdiendo oportunidades. Y al mismo tiempo, recibiendo muy mala información sobre las consecuencias de la COVID y su supuesta levedad para con ellos.

Pero no quiero descargar de responsabilidad a la juventud. Si con lo que ha sucedido, con decenas de miles de fallecidos -seguro que algunos conocidos- no eres capaz de ver el peligro y muestras esta inmadurez, esta carencia de empatía y solidaridad tienes un problema. Porque si eres mayor para beber también debes de serlo para reconocer en que contexto estás y que tus acciones, aunque no lo parezcan, tienen consecuencias. Y algunas pueden ser irremediables.

Y no me vale eso tan manido, ese buen rollismo mediocre, paternalista y ex culpador, de "¿qué hacías tu de joven? Como si no hubieras bebido y hecho el gamberro". Por supuesto que lo hice, pero lo siento, si fue en una época más amable o mejor. No teníamos como sociedad y como juventud, el marrón que tenemos hoy en día para que el plan de finde sea cogerse una cogorza. De hecho ese nunca fue mi plan y el de mis amigos (no discuto que pudiera ser el de alguien incluso el de una mayoría). Por lo tanto, no comulgo con que esta vaya a ser la actitud y una plaga irremediable contra la que no vale rebelarse o luchar. Porque si algo, lo único, que he aprendido de aquellas noches, es de su inutilidad; de que no merece la pena. Pensaba (quizás el problema este ahí en esa ilusión) que las nuevas generaciones “las más preparadas de la historia” serían capaces de darse cuenta de esto, de huir, de auto-organizarse para no cometer los mismos errores y ser capaces así de dominar su destino y cambiar las cosas.

 

Yo he hecho botellones en mi vida. Al principio, recién inaugurada la mayoría de edad, nos íbamos a un parque aislado. Era el calentamiento a un concierto o a acudir a algún pub chulo de aquella Salamanca. Donde no molestásemos. Sin coche, sin ninguna luz salvo la de una triste farola. Noches de invierno cerca del río. Paseos a la gasolinera de la Avenida de la Paz a comprar el hielo y unas pastillas para la barbacoa para hacer un pequeño fuego en un bidón que encontramos. Un par de botellas para cinco o seis y ya calientes ir a algún bareto de Varillas previo paso de los contenedores de basura. Más tarde, conocimos a unas chicas universitarias que vivían en pisos de estudiantes. Lugar perfecto para hacer botellón calentitos. Bebíamos huyendo de la policía, de los vecinos, de los viandantes, de otros grupos de jóvenes bebiendo, de las aglomeraciones y de los precios abusivos y el garrafón.

Porque el botellòn no es un fenómeno nuevo. No es una consecuencia de la pandemia, ni siquiera del estado de las cosas en este país de empleo escaso y precario, vivienda inasumible y futuro oscuro. El botellón lleva prohibido por ley desde 2002. Ya entonces era un problema de orden social el que la gente libremente se reuniera en el espacio público y decidiera hacer lo que quisiera hacer sin pasar por los bares.

La ocupación del espacio público por parte de los jóvenes resulta un reto para unas administraciones que siguiendo un mantra liberal quieren comercializar, sacar hasta el último euro, de las calles. Me resulta curioso y escandaloso que mientras se ha deshumanizado la ciudad, llenándose de terrazas, los mismos que han permitido esto (y cobrado por ello), se escandalicen porque un sábado por la noche haya gente que se reúna a empinar el codo. Cuando no sólo no han provisto una alternativa de ocio, sino que además han animado a que la gente consuma.

Ahora se ha puesto en la picota el fenómeno del botellón para explicar puntuales aumento de contagios de la covid, como si sólo fueran los jóvenes que salen de noche los que pudieran transmitirla o como si haber lanzando llamamientos al turismo de borrachera para los extranjeros dejando excluidos a los locales, fuera inocuo.

Los medios y las policías locales han recogido el guante y crispado a la sociedad al tema con sus videos de móvil de disturbios y los recuentos de robos y altercados. Todo ello sin profundizar en las causas y mucho menos en valorar y avanzar posibles soluciones. Porque el objetivo no es ese. El objetivo es caldear un miedo colectivo que lleve a la sociedad a implorar medidas coercitivas, el reforzamiento de las estructuras policiales y la puesta en marcha de legislaciones aún más restrictivas en cuanto a derechos y libertades.

El principal problema es por qué el único catalizador social de la juventud es el alcohol. ¿Por qué los jóvenes no pueden reunirse y generar ocio desde si mismos a través de la cultura, el deporte o la activación política, laboral y estudiantil? ¿Por qué el consumo de alcohol, reglado en una barra de bar o a través de la compra en un 24horas, es la única alternativa que la juventud tiene? ¿Es acaso la válvula de escape a un futuro tenebroso donde la precariedad, la inestabilidad laboral, personal y afectiva y la indefinición continua les espera? ¿Por qué necesitamos el alcohol para relacionarnos?. Para conocer gente, especialmente del sexo opuesto. Lo necesitamos para follar y para tener pareja. Para divertirnos y reír las gracias a los amigos y allegados. Seguro también para olvidar la mierda de mundo que nos han dejado las generaciones previas. ¿Por qué hemos permitido que el alcohol sea la gasolina de todas las fiestas?. Religiosas o paganas. Patronales o universitarias. Personales o multitudinarias.

Lo único bueno que tiene el botellón es que, antes y después, discute el uso capitalista del espacio público. Y pone en la palestra los problemas comunicativos y de expectativa que tiene una juventud que no puede pagarse una entrada en una discoteca “para conocer gente”, y mucho menos la de un piso. Porque no sólo son derechos a una vida digna, un futuro optimista con garantías laborales y de bienestar gracias a unos servicios públicos. Es también el derecho a poder socializar al que se contrapone un miedo histórico a la masa social, heredado desde el siglo XIX cuando las clases altas veían con estrés y pánico la revolución que podía surgir de una confluencia masiva de gentes heterogéneas que comprendían allí que compartían los mismos problemas.

El fantasma de la aglomeración es también el de no pasar por caja. Y en un ciclo que se repite también lo hacen los argumentos en contra (disturbios, molestias, ruidos, basuras) de un botellón que con su simpleza cumple a la perfección en su mensaje de deshumanización. De convertirlo en un problema lo que sobretodo es la respuesta de un colectivo (la juventud) frente a la desposesión del espacio público y del ocio que se han convertido en réditos del capital.

Al final, el botellón aparece cíclicamente en nuestras vidas. Mejor dicho. Aparece en los medios cada cierto tiempo con una clara finalidad de instaurar un pánico social que haga aceptar más controles, mordazas y gastos extra en seguridad. Siempre hay quien hace de altavoz a esta patronal chusquera de la noche, lobby cutre y rapaz que se ha erigido en vanguardia de la empresa españistaní. Eso explica muchas cosas. Luego vienen los pobres vecinos que les toca aguantar las noches de insomnio y las mañanas de asombro por ver cómo ha quedado su parque y su barrio. Y por último, los lamentos y bravuconadas de polituchos que no han tenido problemas en echar a la calle a las gentes al grito de consumo y alcohol, y ahora se escandalizan cuando la propuesta les hace boomerang.

Y en lo que tampoco cambia es que el botellón es un coñazo irremediable. Y he vivido y bebido bastantes de ellos para saberlo perfectamente.

 

 

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Ahora que ya está aquí el veranito con su calor plomizo, pegajoso y hasta criminal, se llenan las terracitas para tomar unas...