La
música siempre ha sido un medio poderoso para expresar
emociones, contar historias y explorar temas sociales. Uno de los
ejemplos más emblemáticos de esta triple capacidad se encuentra en
"A Boy Named Sue", una canción escrita por el poeta
y cantautor Shel Silverstein e interpretada magistralmente por Johnny Cash. La canción fue lanzada en 1969, dentro del emblemático recital que Cash dio en la prisión estatal de San Quintin
(California), donde la estrenó. El concierto, no sólo era un regalo
y oportunidad para los reclusos, sino que fue televisado en directo
para todos Estados Unidos y Reino Unido, en un hecho que visto hoy en
día, nos parecería alucinante. A Boy Named Sue no solo se
destaca por su narrativa intrigante y humorística, sino que también
ofrece un contexto cultural que merece ser examinado en
profundidad.
La letra de "A Boy Named Sue"cuenta la historia de un hombre que, desde su infancia, ha
llevado el peso de un nombre inusual; el nombre de una chica. Esto le
provoca una serie de eventos que moldean su carácter y su vida. El
protagonista relata cómo su padre, al nombrarlo Sue, lo dejó
en una desventaja social, enfrentándose al desprecio y la burla de
sus compañeros, ya fueran chicos o chicas. Esta situación genera en
él un profundo resentimiento hacia su padre, quien se alejó de la
familia, dejando al joven a luchar por su identidad en un mundo
hostil.
Desde una perspectiva literaria, la canción se
estructura como una narrativa en primera persona con un enfoque claro
en el desarrollo del personaje. Cash interpreta, con la maestría y
el talento que tenía, al narrador y, el oyente puede percibir las
crudas emociones que atraviesan su vida; desde la frustración de ser
objeto de burlas hasta la ira acumulada por la ausencia paterna.
Johnny Cash tomó la decisión de interpretar la canción en
un tono cómico a pesar del trasfondo serio resalta su habilidad para
mezclar humor y tragedia, una característica distintiva de su estilo
musical.
El contexto sociocultural de finales de los
años 60 es fundamental para entender la resonancia de la
canción. Esta era estuvo marcada por movimientos de contracultura,
cuestionamientos de normas sociales, gracias en buena medida al
crecimiento del feminismo, lo que llevó a una redefinición de la
masculinidad. En un tiempo donde la imagen del hombre fuerte y
autosuficiente predominaba, y era frecuentemente loada y exhibida por
el Western y otras acepciones culturales, la vulnerabilidad
del protagonista de "A Boy Named Sue" desafía este
estereotipo. Hacerlo a través de la música country tan
ligada a ese espíritu de hombre fuerte, insensible y rudo una
muestra más del atrevimiento de Cash. La lucha del personaje con su
identidad y su eventual confrontación con su padre simboliza un
viaje de autodescubrimiento y reivindicación personal, que puede ser
visto como un reflejo de las tensiones sociales de aquella época.
La
confrontación entre el narrador y su padre, donde finalmente se
encuentran, es la parte central de la trama. Este momento no solo
ofrece una resolución a la historia, sino que también provoca una
reflexión sobre los lazos familiares y el impacto de las decisiones
parentales en la vida de los hijos. La violencia en su encuentro
puede interpretarse como una metáfora de cómo las heridas
emocionales pueden llevar a la agresión física, subrayando el ciclo
de dolor y sufrimiento que puede perpetuarse entre generaciones.
Por
lo tanto, "A Boy Named Sue" es mucho más que una
simple balada; es una obra que encapsula una experiencia humana
universal: la búsqueda de identidad y la confrontación con el
pasado. Johnny Cash logra, a través de su interpretación
apasionada y auténtica, conectar con la audiencia que ha sentido el
peso del nombre que llevan o las expectativas impuestas por la
sociedad. Y de este modo hacerla reflexionar. Así, la canción
gana atemporalidad, mantiene vigencia y sigue siendo relevante,
recordándonos la importancia de aceptar nuestras diferencias y
entender la complejidad de nuestras relaciones familiares.
En
conclusión, "A Boy Named Sue" es un testimonio del
ingenio lírico de Shel Silverstein y la maestría interpretativa
de Johnny Cash. La mítica voz grave del de Arkansas, con su
juego en tonos y énfasis le concede una riqueza que la convierte en
imperecedera. Su análisis revela no solo una historia conmovedora,
sino también un espejo de las dinámicas sociales y culturales de su
tiempo, resonando con aquellos que buscan encontrar su propio lugar
en el mundo a pesar de los desafíos que puedan enfrentar.
Al
igual que ayer aprovecho este rato para escribir y recomendar el
último disco de los finlandeses Amorphis, titulado Borderland
y aparecido en octubre del año recién terminado. Sin ninguna duda se trata de un
trabajo pleno de una banda en estado de gracia que auna en este
momento de sus carreras una madurez y una seriedad en quiénes son y
qué quieren transmitir que se muestra con cada una de sus
propuestas. Si los anteriores trabajos Circle (2013), o
Under The Red Cloud (2015), marcaban una línea con un sonido
propio que se perfeccionaba en el incomensurable Halo (2022),
con este último trabajo se colocan por derecho propio en el podio de
las bandas a tener en cuenta si o sí.
Parte
fundamental de esta identidad que representa Amorphis es su orgullo y
respeto por su folclore natal, el finlandés, y el hecho de darlo a
conocer fuera de sus fronteras con el Heavy Metal como excusa.
Leyendas, mitos, pasajes y paisajes de la naturaleza más pura se
destilan por los versos de cada composición. Toda esta mitología,
recogida en el Kalevala (tradición oral compilada por el
historiador Elias Lönnrot a finales del siglo XIX de fuentes
folclóricas finesas) ha compuesto desde el primer momento el
manantial desde que surge el universo sonoro de la banda.
Estas
letras mitológicas se ven acompañadas, y más que eso,
exponenciadas con unas composiciones plenas de virtuosismo, que han
ido evolucionando desde un hosco y noventero death metal, a
propuestas mucho más melódicas, convirtiéndose así en referentes
indiscutibles del Death Metal Melódico. Y lo han conseguido
sin repetirse, ni volverse monótonos sino abriendo el género a
ritmos y referencias folk y toques progresivos que hacen cada disco
único, sin que suene a trillado o aburrido. Todo un mérito.
Con
Borderland lo consiguen una vez más, rebajando un par de
tonos a su última propuesta (Halo en 2022). Los riffs
y la base rítmica se conjugan para generar una atmósfera mística
en plena naturaleza finesa, donde la voz, dota de dureza o de
suavidad a gusto de la virtuosa garganta de Tomi Joutsen,
demostrándonos una vez más la increíble versatilidad del
intérprete y como cada vez se muestra más cómodo enseñando su voz
natural y a la vez, aplicando potencia con uno de los guturales más
señeros y de mayor calidad del momento.
El
primer corte es The Circle y nada más transcurrir unos pocos
segundos queda claro que estamos escuchando a Amorphis.
Enseguida nos han trasladado a su ambiente. Han facturado nuestros
pesares y a cambio nos han dado visado para dejarnos llevar y
disfrutar de su propuesta. Los teclados han entrado con naturalidad
engolando el tema para que Tomi Joutsen cante solemne y relajado, dé
paso a un magnífico sólo de la guitarra de Esa Holopainen, que le
devuelve la iniciativa esta vez al gutural mientras la batería
aparece en estado de gracia. En general una canción brillante y una
puerta abierta que deja entrever la intención de la banda y de toda
la producción: trascender, hacernos disfrutar y llamarnos para el directo.
Bones
es el siguiente corte y segundosingle del disco.
Suena a Amorphis sin duda. La guitarra es brutal sobre un ritmo denso
y cargado donde la voz en gutural nos lleva hasta un estribillo
cantado natural que entra sin romper ni un ápice la armonía del
conjunto. Se vuelve en la siguiente estrofa al gutural, mientras se
enlazan dos solos de guitarra para acabar coreando sobre la pesada
melodía inicial. Puro headbanger
que pone el listón alto y nos deja con ganas de más.
Con
Dancing Shadow vemos
al Amorphis más juguetón. Toda la canción se desenvuelve con
naturalidad mezclando el típico sonido de la banda con combinaciones
más propias de power metal,
incluso del de los años 80, que con los registros a los que nos
tienen más que acostumbrados. La bateria toma un ritmo marcial al
que responden las incesantes guitarras, mientras los teclados de la
mano del gran Santeri
Kallio deja unos pasajes progresivos y bellos que se engarzan de
manera asombrosa. Llevamos 3 canciones y Amorphis amenaza con dejar
un discazo para la posteridad.
Fog
to Fog
sigue y nos devuelven al sonido Amorphis
más clásico con teclados y guitarras entremezclándose mientras
Jutsen muestra su versatilidad bucal. El bis
con en gutural con el que reafirma cada frase del estribillo acelera
la composición y si ya tenías ganas de verlos, acabas la canción
buscando cuál es el próximo concierto que te queda más cercano.
La
siguiente canción es la más especial del disco. The
Strange
cumple con su titulo y se presenta diferente a lo que habíamos
disfrutado
de Amorphis todos
estos años. No es que la canción sea irreconocible o parezca de
otra banda. No. De hecho la grandeza de estos finlandeses es que son
más que capaces de experimentar y jugar con los temas de sus letras
y con las expectativas de sus oyentes. Y es que es muy meritorio que
en poco menos de 4 minutos sean capaces de plantear un tema
progresivo y folk, para darle vértigo hasta el death
y por último quedarse con su icónico Death
Metal Melódico.
He re-escuchado 3 veces la canción para ecsribir este párrafo y el
tema me sigue pareciendo espectacular.
De
aquí al final del disco, Amorphis demuestra su capacidad marcando
canciones plenamente reconocibles a lo que son en este momento y sin
olvidar su bagaje. Pero a la vez demostrando su tremenda capacidad
para explorar nuevas vías y que estas casen a la perfección con su
identidad.
La
siguiente canción es Tempest
que se presenta como la más pausada del disco, prácticamente una
balada pero donde todos los integrantes toman partido para que la
hagamos reconocible. Con Light
And Shadow,
que fue la presentación del disco, nos presentan una obra donde
teclados y guitarras se conjuran para meter ritmo y enganchar al
oyente. Para que empiece a mover los pies, marcar el ritmo con el cuello y la cabeza, dejarse llevar al air-instrument
y al final saltar y corear el estribillo. Es una canción pegadiza
donde se pueden paladear todos los
sonidos y etapas de Amorphis.
Se ve en una sola canción su evolución y nos había dejado con
ganas de más, que como digo, el disco es capaz en conjunto de
mantenerlas.
Con
The Lautern
volvemos al Amorphis primigenio con una melodía densa y oscura,
embriagados por la pericia de los músicos y donde somos interpelados
con unos guturales tremendos, de una calidad incomensurable. Una
canción que espero se vuelva recurrente en el repertorio en directo
de la banda porque paladearla tiene que ser un placer.
Bordeland
y Despair
son las dos últimas canciones y en ellas seguimos viendo al Amorphis
más atemporal, más primigenio. En ambas se transita por compases
progresivos y folk para ir ganando intensidad y junto a las voces
guturales se consigue acabar toda la obra en lo alto.
En
general, con Borderland
vemos a un Amorphis
en estado de gracia.
Una banda madura y con las ideas muy claras. Acompañados de una
producción que ha sabido darles de todo lo que necesitan para que
pudieran expresarse con cada canción y con el disco en su conjunto.
Y ganando de esta manera un ramillete frondoso y estimulante para
hacer aún más grandes sus conciertos.
Y para rematar este disco, aunque no en la edición que he adquirido y probablemente se adjunte en las siguientes, recientemente Amorphis ha publicado una nueva canción, Crowned in Crimson, que forma parte de la banda sonora de una ambiciosa película finlandesa basada en las leyendas de Kalevala y que se titula Son of the Revenge. En esta última obra Amorphis no sólo mantiene el nivel de Borderland, sino que lo aúpa varios escalones más gracias a unos arreglos sinfónicos que dan una atmósfera épica al tema para que entre redondo y sin fisuras como parte de la promoción de la película. Para culminarla como se merece la canción sirve como introducción del talento que atesora Lida Joutsen, hija, lógicamente de Tomi Joutsen. Ambos llevan el peso de la canción en un diálogo donde se nos descubre a una nueva voz que sin duda tiene capacidad para hacer su propio camino. Una exquisitez que dejo aquí abajo.
No hay duda de que una de las bandas más influyentes y trascendentales del Heavy Metal son los británicos Paradise Lost. Rastrear sus casi 40 años de carrera es viajar en el tiempo al inicio de los subgéneros como el Doom y el Metal Gótico. La lista de bandas que se han visto influenciadas, cuando no inspiradas, por las propuestas de Paradise Lost es un auténtico quién es quién del panorama actual del Heavy. Desde Dark Tranquillity e In Flames y toda la línea del death melódico de Escandinavia. El Folk metal y bandas como Tiamat, Tristania, Theatre of Tragedy que van desde lugares más oscuros y pesadas, hasta propuestas más luminosas como las de Epica, Within Temptation o Nightwish. Y esto es un brevísimo resumen de un listado casi infinito de grupos y músicos que tiene a Paradise Lost como referentes y visionarios.
La banda liderada desde sus orígenes por Nick
Holmes
como cantante y Greg
MacKintosh
como guitarra principal han sabido no quedarse
en el éxito de lo que ha funcionando, sino que según han progresado
y cambiado a nivel personal, su música lo ha hecho, evolucionando,
redefiniendo los límites y fronteras entre subgéneros. Disfrazando
su melancolíay
una nostalgia por sus raíces, con
la intensidad y la energía de letras y composiciones pesadas y
poderosas que han compuesto un sonido propio, reconocible y para
muchos indispensable.
Y
en las últimas semanas de 2025 Paradise Lost ha vuelto a marcar un
hito en su extensa carrera con la
publicación de su último disco,
Ascension,
una obra grabada con una producción brillante que
lega una atmósfera propia, y como digo totalmente reconocible, que
atesora una música plena que con cada escucha trasciende el mero
disfrute sonoro para añadirle algo más, para sumarle mucha emoción
y trascendencia.
Como parte indisoluble de la propia obra que muestra el "alma" del disco es la propia portada del mismo La obra pictórica Court of Death (ca. 1870 - 1902) del pintor George Frederick Watts, pintor academicista, cuya obra enmarcada en el período victoriano posee un fuerte simbolismo.
Los
primeros cortes Serpent
On The Cross,
Tyrants
Serenade
y Salvation
nos presentan el sonido más puro de Paradise
Lost
y sirven como presentación de que estamos ante una obra pletórica y
conmovedora. Particularmente la última que rompe lo esperado al
aparecer un diálogo entre voces que añaden fluidez a la música y
envolviéndonos totalmente en la propuesta del disco.
Desde
una letra que supone una crítica abierta a la guerra, la siguiente
canción, Silence
like the Grave presenta
una melodía cargada y densa donde los pasajes de los teclados
otorgan un aire mágico, casi celestial y mitológico a la voz de
Holmes que me suena casi como un profeta.
Las
transiciones entre canciones ganan mucha importancia como muestra el
siguiente corte, Lay
a Wreath upon the World,
donde desde un amplio pasaje acústico suave y delicado nos lleva al
terreno más puro y desgarrador Paradise
Lost.
Diluvium
es la siguiente canción y nos presenta una composición más veloz y
agresiva que acaba con el sonido gótico más puro y reconocible. Una
vez más, las canciones aparecen y se transforman sin dejar de sonar
a Paradise Lost y dándonos toques y recuerdos a sus anteriores obras
como sobretodo, con esta parte intermedia del disco, al majestuoso e
icónico Draconian
Times
(1995).
Savage
Days,
Sirens
y Deceivers
nos llevan a la parte final del disco sin perder un ápice de la
intensidad, mientras remarcan el sonido en la fase actual de la
banda. La atmósfera oscura y cargada se mantiene presente, no se
aligera y al tiempo que se canta por tiempos impetuosos e
impredecibles no deja de mantener la dureza que le es propia y
atemporal.
Quizás
el objetivo de estas canciones anteriores era ponernos en alerta ante
The
Precipice,
décimo corte, y que es sin duda el tema más arriesgado y
experimental del disco. No es que se alejen de su sonido habitual.
Más aún lo reafirman ejecutando un tema que se plantea como una
balada con la inclusión de arreglos al teclado clásicos, pero donde
el ritmo va creciendo donde tanto el dueto bucal en gutural y
clásico, como las intervenciones de la guitarra principal, en
especial el “solo final” nos colocan ante ese precipicio. Nos
hacen visualizar el final, la deriva de las cosas y su misma
trascendencia. Sin duda la canción que más me gusta, y que creo que
se volverá importante en sus futuros setlists.
Los
últimos cortes This
Stark Town
y A
life Unknow
se quedan algo planos, y aunque no desmerecen al resto del disco si
parecen en general más “suaves” y carentes de la crudeza del
principio, o del tema anterior.
De
esta manera escuchando Ascension
viajamos junto a Paradise
Lost
a través del legado de la banda donde la ambientación épica,
oscura, la melancolía y la trascendencia resuenan con esos riffs
poderosos de Mackintosh y esa voz magnética de Holmes. Sin duda un
disco imprescindible.
Extremoduro
forma parte de la banda sonora de mi adolescencia y la de millones de
milenials españoles. No se puede entender la música,
el rock y la poesía en este país sin contar con el legado del
placentino.
"Hoy
día 10 de diciembre de 2025, nos toca escribir la nota de prensa más
triste de nuestra vida. Hoy despedimos al último gran filósofo, al
último gran humanista y literato contemporáneo de lengua hispana,
y al cantante cuyas melodías han conseguido estremecer a
generaciones y generaciones", aparece escrito en la nota que
ha anunciado su fallecimiento en su web.
Un
icono, una leyenda, Robe Iniesta ha destilado una vida de
plena libertad tanto personal como artística. Llevado hacia
adelante, o hacia atrás, según quisiera, por su talento para la
escritura y la composición. Una sensibilidad rayana a la naturaleza
de la que ha sido y siempre será su principal altavoz. Con
coherencia imponiéndose a filias y a fobias, a gustos y a
mercadotecnias, porque si, porque es su estilo, su vida y su manera
de hacer las cosas.
Como
vocalista y líder de Extremoduro ha dado calidad a música de
este país desde los 80 hasta ayer mismo. Con más de 30 años de
carrera, con sus necesarias para su salud y bienestar interrupciones,
con colaboraciones esporádicas pero de calidad inabordable dando voz
a la contracultura que se plasmaron en la Poesía básica
(2021) con Extrechinato y tú, y en un puñado más de
recitales y conciertos. Con una carrera en solitario en los últimos
años donde pusiste música a tus inquietudes y las compartiste con
nosotros.
En
general, una obra plena, siempre redonda, abierta a la revisitación
y el inconformismo. A la acidez de letras agrestres que daban
filosofía a la vida tangible y de las pequeñas cosas. Un rock
rompedor, transgresor, personalísimo donde la crítica a
este mundo, que ya preconizabas fuente inacabable de dolor y
des-humanización, era ingrediente ineludible. El pimentón de la
Vera que ha inspirado a muchos que han venido detrás.
En
los 90s ya hablabas de esa España Vaciada y Olvidada, de una
Extrema y dura rota, robada y envilecida. De un mundo rural que se
moría entre dominicales perdigonazos. De las agresiones al medio
natural por el favor del dinero y de la situación de la mujer
pisoteada en su dignidad. Ya adelantabas los monstruos de hoy en día
con poesía, acidez y sabiduría.
Decidí,
De Acero, Papel Secante, Historias Prohibidas, Salir, Standby,
Buscando una luna, Bulerias de la sangre caliente, Estado policial… hasta ese Volando
Solo que nos hablaba ya del día
de hoy.
No
sé dónde estará, si está, mi viejo cassette del Agila que
presté a un fulano y jamás me lo devolvió. Nos
quedamos con las ganas del concierto de Cáceres cancelado en 2014.
Y ahora atesoramos tu obra y tu vida como ejemplo de artista y de
coherencia.
Hasta
siempre Robe!!! Gracias por tanto. Te veo en mis recuerdos y te
recupero en mi memoria.
A
mi chica le encanta Rosalía. Y el heavy Metal. Yo soy heavy,
y si, me gusta Rosalía. Tengo
que admitirlo, pese a que con su carrera me invade un pesar. De
hecho desde el primer momento en que me llegó noticia
de la artista catalana, me
pareció que plegaba su
talento y lo ponía a
disposición de la industria musical más mainstream,
sucia, vergonzosa y de peor calidad que
se hayan podido inventar,
y
que eso le ha valido para ganar mucha pasta y convertirse en un
fenómeno viral, fan o del star-system.
Mi mujer opina que es una muestra más de sus inquietudes musicales y
que tal bajada al fango fue motivada para darse a conocer y llegar a
más gente, y poder enseñar a ese público, su arte y otras músicas
y expresiones. Creo que ambos tenemos razón.
Hace
unas semanas Rosalía lanzó su último trabajo, Lux,
una auténtica maravilla
desde el punto de vista artístico y formal, el evento del año
musical, y un fenómeno de éxito comercial de una artista instalada
por derecho propio en el Olimpo de las estrellas de la música y la
cultura pop cimentada bajo la hegemonía cultural de todo lo que
viene de Estados Unidos. Algo que como españoles, o si sois
catalanes como la propia Rosalía, nos tendría que henchir de
orgullo, por no hablar en cuanto al sentimiento de clase para quienes
nuestros padres y abuelos son trabajadores, precarios y personas
humildes de barriada popular. Rosalía viene de ese entorno, pero no
del lumpen,
sino más bien de la pequeña burguesía, lo que le concedió unos
posibles que otros no han podido ni oler. Tampoco lo olvidemos,
porque a veces nos dejamos cegar por el brillo, y solo basta con leer
su entrada en la Wikipedia para saber dónde se formó y qué
relaciones construyó en primer término.
Pero
lo cierto, lo innegable, y lo justo además, es decir que Rosalía es
una artista tremenda. Qué canta de la hostia. Increíblemente bien.
Qué expresa una sensibilidad que a la vez acongoja, despierta e
interpela. Y qué muestra y demuestra cada vez un talento innato y
potenciado para la composición en donde no rehuye el combate con su
bagaje, sus gustos, influencias e intereses.
El
nuevo álbum, Lux,
es la mejor prueba de ello. Rosalía canta aquí hasta en 13 idiomas.
Mezcla neologismos con
referencias culturales del misticismo de diferentes credos como Juana
de Arco, Santa Teresa, Hildegarda de Bingen, Rabia Al-Adawiya o
Anandamayi Ma, con filósofas feministas como Simone Weil. Incluye un
pasaje de Patti Smith donde la poetisa del rock de los 70 clama por
la emancipación personal y colectiva de las mujeres. Volviendo a
Rosalía pasa por varios palos del flamenco, se disfraza de
cantautora, incorporando la jerga urbana de su generación y
probablemente también de la posterior. Desliza referencias
culturales contemporáneas al tiempo que llena los temas de versos
inspirados en espiritualidad para tratar los temas
actuales que condicionan el día a día de la sociedad, proponiendo
una solución, una salida en la religión y en las creencias.
Lo
que más destaca y choca de esta propuesta de Rosalía es el nuevo
giro estilístico en el que, sin renegar abiertamente del reaguetton
y la música urbana de sus
anteriores trabajos, se
atreve y asalta con éxito pasajes operísticos. Berghain
ha sido el primer lanzamiento del nuevo disco en colaboración con
Björk, y ahí, Rosalía sorprende lanzándose al mundo del canto
lírico, con una cuidadísima hasta el más mínimo detalle
escenografía en el video, donde destaca la intervención de una
orquesta sinfónica en estado de gracia. La propuesta sin duda
sorprende y atrapa, y nos habla en definitiva, de una artista y del
reverso de la persona. De su crecimiento íntimo.
En cuanto a los temas que trata llama poderosamente la atención el mensaje de espiritualidad y religión que se destila del álbum Lux. Que una cantante de éxito colosal e internacional en 2025 haga un alegato, más o menos velado, a la fe, y más o menos abierto a interpretaciones y divergencias, es sobresaliente. No cabe duda de que estamos viviendo una época de reconexión con las creencias, seguramente fruto de una época tumultuosa, llena de incertidumbres y donde se han derribado muchos de los axiomas y entramados sociales y culturales que sostenían la vida tal y como la hemos conocido. El neoliberalismo, el ultra-liberalismo, liberticida, egoísta e irresponsable ha llenado el día a día de individualismo. De un consumismo rápido e inherente, de gratificación inmediata. Donde la tecnología cambia vertiginosamente los patrones de comunicación, acortando cada vez más la atención de la persona converitida en espectador -¿o es al revés?-, (muestra de esto es que con todo Rosalía aquí lancé temas que dificilmente pasan de los 4 minutos, quizás sabedora ella y los de arriba que el público no está capacitado para mantenerse más tiempo a la escucha).
Parece como si Rosalía, convertida en profeta del nuevo catolicismo, sea la encargada de apuntalar una vieja religiosidad, disfrazada de novedosa, donde los jóvenes y no tan jóvenes, se vienen refugiando ante un mundo cambiante, inhóspito donde los patrones de vida y muerte, de presente, pasado y futuro, mudan a un terreno de dolor y carestías. Ese refugio viene a enclaustrarse en más individualismo y en cerrarse a las expresiones colectivas donde se ponen en común problemas y soluciones. Empezando por los que avanzan a regañadientes en mayor igualdad, en especial las mujeres y los colectivos marginados, dentro de esta ola reaccionaria que amenaza con asolar el mundo una vez mas, quizás ya la definitiva.
Volviendo a la música en si, la lista de colaboraciones del disco es abrumadora donde
no faltan ni meteoros femeninos del flamenco como Estrella Morente o
Silvia Pérez Cruz, mucho oficio en la ejecución y los arreglos, así
como voces de la industria musical más expansiva hoy en día en la
producción. En conjunto, no hablo de un disco de música pop al uso.
Se trataría de algo experimental, profundamente simbólico, donde la
fusión y la pureza se deslizan. Más cercano a una obra de música
clásica (de hecho los cortes no se presentan como canciones
aisladas, sino como movimientos dentro de un conjunto, tal y como
desde siempre se han presentado las obras clásicas). Quizás aquí
radica el éxito y acierto de Rosalía, en lo que comentaba al
principio sobre lo que piensa mi chica sobre la carrera de la artista
catalana. Presenta ahora una obra compleja y elevada a un público
multitudinario captado en sus anteriores propuestas más bajas, de
peor calidad así de claro-, y donde la sexualización de su cuerpo e
imagen eran un reclamo por encima de su música.
Yo
ya voy por la tercera escucha íntegra de Lux.
Evidentemente no puedo más que recomendar su escucha y el
acercamiento a este trabajo. Con honestidad y con atención. Luego
gustará más o menos. Caerá mejor o peor la intérprete.
Denostaremos o felicitaremos su bagaje. O sospecharemos de las manos
que mueven los hilos por detrás. Pero por lo menos, esta obra merece
una escucha.
Al
llegar las inmediaciones del Palacio de Vistalegre eran las de un
concierto propio de un fenómeno de masas adolescente. La
vuelta a la manzana hasta la calle que rodea la Quinta de Vistalegre, para encontrar nuestro sitio en la fila, era un paseo rodeado de
gente joven, alguna muy joven.La
mayoría chicas, algunas acompañadas por mayores, sus padres
supongo, casi todas en grupo. Las indumentarias cercanas al metal
gótico. Mucho negro y encaje, mucha bota y mucha media de rejilla,
falda o pantalón de cuero y ojos sombreados. Si hubierais puesto la
misma atención de vuestro dresscodea dejar la calle sin
tanta basura nos hubiera ido a todos
mejor.
Una
de las primeras satisfacciones dentro del recinto, al que volvía, ni
se sabe cuántos años hace ya de ver partidos del Estu y
algún que otro concierto, fue que la sala está muy renovada en el
interior. Me parece acogedora, diáfana y accesible. La segunda fue
que el pincha del local, desconozco si de forma autónoma o por
prescripción del cabeza de cartel, nos fue colocando algunos
imperecederos de buen hard rock e incluso Heavy. Por
desgracia, no estoy acostumbrado entrar en un ambiente tan masivo y
que te estén poniendo She Sells Sanctuary de los
infravaloradísimos The Cult. Mientras mi chica y yo la
celebrábamos, por desgracia pasaba desapercibida entre la
chavalería.
Entraron
temas enlatados para ir calentando el ambiente de Mötley Crue, los
Rolling, Guns and Roses, Audioslave entre otros para abrir los
teloneros de la velada. Los dos grupos británicos -bueno de estilo seguro ambos, pero uno proviene de Estados Unidos-, que abrían al
cabeza de cartel eran perfectos desconocidos que hicieron acto de
presencia para recordarnos a algunos y descubrir a otros que en el
Reino Unido existe una escena músical de rock espectacular y que
salen bandas cada día con talento, con tablas y con mensaje.
Me
gustaron especialmente los primeros, Weathers, a los que
obviamente desconocía, pero que me sonaron muy frescos pese a
presentar unas notables influencias a bandas de gran recuerdo como
Placebo o Super Grass. Los segundos, originarios de Las Vegas, Palaye Royale, no me
disgustaron en absoluto, pero su sonido me dejo más indiferente,
aunque si bien como digo, la pericia técnica de ambas bandas es
notable y merecen tenerlos en cuenta. Qué tiempos aquellos en los
que cada mes te llegaban propuestas de rock desde el otro lado del
Canal.
Rompía
el silencio el War Pigs de Black Sabbath ante
la demencia de a quienes nos vuelve locos este verdadero himno del
Metal y de la música. El humo inundaba el escenario y el griterío
de la muchachería, no sofocaba ni los acordes de Iommy, ni la
voz de Ozzy, por más que los juveniles nervios se exaltaban según
rompían los segundos previos al espectáculo.
Los
músicos tomaron posiciones en penumbra, y de repente, se hizo la
luz. Dominic Richard Harrison, un chico de 28 años salía con gafas
de sol, sonrisa burlona y pose de estrella para desatar la locura con
Hello Heaven, Hello, su tema estrella de su último disco,
Idols, que nos venía a presentar. Y qué manera de marcar
territorio. La canción suena redonda, muy bien ajustada para ser comienzo del concierto y no merma durante los nueve minutos de
duración. El público encendido y Yungblud con la actitud
necesaria para hacer que todos los presentes disfruten.
Se
saca el chaleco de animalprint para quedarse a pecho
descubierto en el coso carabancheleño. Vuelan las gafas de sol y
entra sin dilación el segundo trallazo The Funeral, temazo
brutal de su anterior disco que a mi me ha enganchado mucho desde que
mi mujer me lo dio a conocer.
El
frontman, absoluto protagonista, corre, salta, se divierte y
hace que el público, ya predispuesto, tome partida. Las llamaradas
restañan en el escenario, estalla el confeti hasta en dos ocasiones,
blanco y rojo, mientras Yungblud interpela al público,
dialoga con él, cantando y la mayoría de las veces hablando
directamente. En el quinto corte, con la platea entregada, sube a un chaval al escenario para que le acompañe
a la guitarra en Fleabag, en una divertida interpretación
celebrada con ahínco por el público.
Así
hasta el momento culminante, su versión del Changes,
de Black Sabbath dedicada con cariño y dolor por la reciente pérdida, que nos lleva a varios a señalar el cielo mientras se
inunda los ojos de lágrimas. Por desgracia, buena parte del público,
por lo menos a mi alrededor, no acabó de entender el sentido del
momento, ni tampoco las propias lágrimas de Yungblud que
acababa el cover mirando también al cielo y susurrando algo a
Ozzy. Sin duda, el instante culmen de todo el concierto.
De
ahí y hasta el cierre más carreras y saltos. Interacciones con el
público. Algunas físicas caminando sobre y mezclándose con ellos.
Otras pidiendo máxima implicación a los brazos y las manos. Algunos
desajustes técnicos, tomados con risa. Destilando una pose
que parece querer romper el espacio sagrado de los totem del
género. Como si viniera a apropiarse algo que está desierto o
usurpado desde hace mucho tiempo.
Quizás
se deba a que éramos de los más veteranos en el concierto, pero con
todo estuvimos en una demostración más, y no será la última, de
que el rock está muy vivo. De qué hay
cantera. Hay pasión. Y ganas de pasarlo bien con la música
bien hecha como excusa. Si puede haber ese relevo entre aficionados
al género es porque existen artistas y propuestas como las de
Yungblud, capaces de irradiar hacia los más jóvenes. Y en
especial al público femenino.
Desde
luego, Yungblud ejercita sobre el escenario su propio estilo y
personalidad. Pero también las influencias de la música que le
gusta y ha compuesto su balance. Se nota esa afinidad con Ozzy y
también con Steve Tyler. Veo detalles de Iggy Pop, por supuesto, de
Freddy Mercury, y también las más glameras a lo Vince
Neil. Con todo lo malo y bueno que tiene. En conjunto es capaz, y
bien que se le agradece, de hacer de correa de transmisión de la
música rock entre generaciones, y está llamado a convertirse en un
referente.
A
mi juicio tiene mucho mérito, que en la actualidad, un chaval
haciendo rock (ignoro sus poderes y si viene o no desde el arroyo)
sea capaz de hacerse un nombre y arrastrad a una multitud de personas
jóvenes, muchas chicas y mujeres, hasta un concierto de género. Que escriba letras concienciadas con los problemas generacionales, de identidad, muchos de índole psicológica y todos complejos y trascendentes en una vida. Hoy en
día, con la música prefabricada y las letras para idiotas donde la mujer es hiper sexualizada. Donde el algoritmo marca la
música como un producto más de usar y tirar. Cuando todo es
marketing e impacto en las redes sociales lo que marca el ritmo de
qué se escucha y qué pasa ignorado o desapercibido. Cuando más imposible parece. Cuando la homogeneidad culturales más totalizadora, todavía salen nuevas propuestas
que reverdecen los viejos laureles del rock. Que proponen canciones
claramente generacionales, como Hello Heaven, Hello con la también abre este último disco, sin importarle que dure más de nueve minutos en la era del consumismo rápido de usar y tirar. Una valiente declaración de
intenciones.
Entre
lo negativo la corta duración del setlist puesto que este
buen mozalbete atesora una buena retahíla de temas para paladear en
directo. Y sin embargo, tras hora y media cerró la sesión con el
temazo Zombie. Echamos en falta, sobretodo mi mujer, canciones
como Mars, Parents y fundamentalmente Polygraph Eyes
que es de las que me había gustado de los deberes como escuchas
previas a los que me había comprometido. Entiendo que después de la
intensidad exhibida y la exigencia física adquirida Yungblud
se retirara exhausto, pero fue una pequeña desilusión ante la
propuesta de un artista que precisamente ha exhibido talento
interpretativo y compositivo como para abrir discos con temas de casi
10 minutos.
Tampoco
me hizo una ilusión extrema los muchos cortes al desarrollo continuo
de las canciones y la música. Interpelar al público está bien,
pero en mi opinión, estas deben ser breves y cortas, no hacerse
repetitivas y ni romper la dinámica propia de la música y su
interpretación. Hacerse más para emocionar que para una foto o una
pose, pero es innegable que la conexión conseguida con el público
fue colosal, gracias a la espontaneidad y naturalidad con la que se
hacían, y llevo a ambos, cantante y platea, a una catarsis tremenda.
Son
mis cosas, como también el ver que algunos tramos del guitarra
principal (lo tenía enfrente) estaban sampleados. Pero eso ya
para el oído y ojo expertos. O tener que lidiar con mendrugas que
protestan porque se saca una camiseta con mensaje cuando ni ha
empezado el concierto, pero que no protestan cuando todo se inunda de
móviles haciendo videos. Por cierto, de verdad, no hay que grabar
el concierto ni hacer 300 fotos que además van a quedar regu.
De nada, eh
Y
sin embargo, la satisfacción con el concierto de Yungblud fue
plena y se hará poderosa en la memoria con el tiempo. Un concierto
sin fisuras, coherente en su propuesta de caos y emoción.
Quizá
asistimos, sin saberlo, al advenimiento de la nueva rockstar,
el nuevo icono que engarce a las nuevas generaciones, y en especial a
las féminas, al mundo del rock y del Heavy Metal. El Mesías que
abra la puerta del Valhalla a todos aquellos que viven cegados
bajo la tiranía del algoritmo del más adinerado y de la laminación
multicultural. Que rompa los rigores de la uniformidad musical.
¡Larga
vida a Yungblud!¡Larga vida a la música!¡Larga vida al rock!
Imagina
mezclar la potencia visual y espiritual de una haka maorí,
como las que vemos antes de los partidos de los All Blacks (atentos
ahora a las de las Black Fermns), o de cualquier equipo
polinesio de rugby, con un metal vigoroso, contundente y que suena
original. Añade la presencia física de 5 tiarrones polinesios, que
perfectamente podían pasar por la tercera línea de cualquiera de
las selecciones de rugby del Pacífico Sur. No te olvides de sumar
unas letras muy dinámicas con un contenido más que interesante de
reivindicación de la identidad de los pueblos polinesios y de
ascendencia indígena, y de la necesidad de justicia y reparación de
los agravios cometidos durante la época colonial. Agita la coctelera
tras añadir unas influencias musicales muy concretas del más puro
trash americano, en especial las referencias a Anthrax, Sepultura o Pantera, por
supuesto Metallica, pero también del metal-core de
grupos como Slipknot, Saliva, Drowning Pool o
incluso P.O.D.No olvidarse de la influencia manifiesta de
Gojira y de las propias que atesora la banda francesa. El
resultado no podía ser más intenso y estimulante.
Pero
esto que acabo de relatar no es una imaginación de un fan del metal
y el rugby, ni tampoco la idea comercial de un gurú del marketing musical ávido de exprimir unos talentos para cubrir a muy buen
precio un nicho de mercado. O fabricarlo directamente. Al menos yo no
he encontrado esa posibilidad. No. Esto que presento en el párrafo anterior es
real. Ya existe esa banda de metal procedente del Pacífico. Son
Sherpherds Reign.
Esta
banda proviene de la ciudad de Auckland, en la isla Norte de Nueva
Zelanda. Su ascendencia es maorí, y concretamente samoana. Sus
integrantes son Filiva'a James (cantante y a los teclados), Oliver
Leupolu y Gideon Voon como guitarras, Joseph Oti-George al bajo y en
la batería Shaymen Rameka.
La
banda surgió entre 2010 y 2015 fruto de la amistad entre Filiva'a
James y Oliver Leupolu quienes se conocieron en su aula de piano
clásico, y que compartían una afición al metal desde la más
tierna infancia. Poco a poco fueron añadiendo referencias del género
a sus gustos musicales y a sus experiencias y flirteos con la música
clásica, para en los años referidos, convencerse de la posibilidad
y gusto de hacer una banda de metal para hacer versiones de grupos de
metal americano y tocar sus propias composiciones. Para ello fueron
añadiendo al resto de integrantes y a constituirse como agrupación
hacia 2013.
Pero
no sería hasta 2018 cuando presentaron su primera demo con la
composición Concrete Walls, que les generó el dinero
suficiente a través de tocar en garitos para poder autoeditarse su
debut homónimo. Llamaron rápidamente la atención tanto del
periodismo especializado, como de los medios generalistas, puesto que
el primer single, Le Manú, fue significada por la prensa como
la primera canción de Heavy Metal en lengua samoana.Este
reconocimiento, y fundamentalmente el seguimiento de los fans del
género, les abrió las puertas para firmar con una discográfica y
lanzarse a una gira por Australia, Nueva Zelanda y Japón, y después
poder sacar el álbum Alai Mai, en 2023.
El
estilo de Shepherds
Reign
se basa en canciones muy potentes dentro del sub-género del
groove-metal
y recuerda a bandas como Machine
Head
o Rod
Zombie,
a parte de las citadas al principio de esta entrada. De hecho, las
intros de sus canciones me parecen muy brillantes sustentadas en la
potencia de una base rítmica muy propia del trash,
a la que añaden timbales y sonidos de percusiones propias del folclore índigena, para después acoplar las guitarras, y fundamentalmente la voz de
Filiva´a que se conjuga de maravilla para añadir más dureza e intensidad a las
composiciones. Todo esto cobra especial significación con las
letras, puesto que el grupo está muy comprometido con sus raíces y
con la historia de su pueblo, así como con las problemáticas a las
que se tienen que enfrentar. De hecho el cantar en samoano compone una novedad en el mundo de la música, y más concretamente en el metal, pero demuestra su compromiso con su origen y su conciencia como maorís. Muchas de esas problemáticas tienen que ver con la relación con los descendientes europeos en la propia Nueva Zelanda o
en Samoa y en otras islas del Pacífico, pero también destacan los
problemas medio-ambientales que castigan a estas comunidades o la
pérdida del patrimonio y el folclore autóctonos. En este sentido,
Ala
Mai, como
digo su segundo trabajo y que se traduciría como una voz en samoano
que dice “¡Despierta!”,
es una llamada tanto a los vivos como a los antepasados de los pueblos maoríes para que todos unidos puedan superar esas adversidades y mantener su patrimonio y la identidad de no solo a los samoanos, sino de toda la comunidad
polinesia.
Afortunadamente,
y de las cosas buenas que ya muy raramente te ofrece Youtube,
la banda se va abriendo hueco y ya han empezado a llegar a Europa.
Particularmente, su propuesta me resulta muy estimulante, tanto a
nivel visual, como musical, así como la originalidad de sumar el
samoano y la estética polinesia (no faltan las hachas, mazas y otros
elementos tribales en su presentación) al Heavy
Metal.
En
este sentido, radica un profundo orgullo por cómo el Heavy
es capaz, de en el contexto de la globalización cultural reinante,
sumar a otras experiencias culturales e identitarias, dándoles su
espacio, haciendo que se hagan propias y que no copien sin más lo
que ya se ha hecho, o lo que ya se ha impuesto, sino que ofrezcan su propia visión, plena de compromiso y autenticidad. Contrasta con la
homogenización hegemónica actual que ha expulsado cualquier otra
expresión musical de los medios de comunicación de masas, y por lo
tanto, del grueso de la población.
Por
ello, por esa suma de un estilo propio y original y por la propia
trascendencia de su música y trabajo os recomiendo que os sumerjáis
en el trabajo de Sherpherds
Reign
(en la actualidad están preparando su tercer disco con la intención
de empezar a sonar con regularidad en Europa y Estados Unidos).
Seguro que os pasará como a mi y les añadiremos a nuestra lista de
intereses, para ver si llegan por aquí y se les puede disfrutar en
directo. Ganas ya hay, eh.