Consecuencia política directa de las elecciones al Parlamento Europeo de junio de 2024 fue la convocatoria de elecciones legislativas en Francia para agosto de ese año. El presidente de la República, el tecnócrata y liberal Enmanuel Macron se veía empujado a una adelanto electoral en la cámara de representantes debido al nefasto resultado que su coalición obtuvo en la votación europea y al auge de la extrema derecha en aquellos comicios, mientras un estado de perenne ingobernabilidad en Francia le empujaban a buscar una nueva mayoría legislativa que reaccionara en su figura, a través de una coalición de urgencia entre conservadores y liberales y el apoyo puntual de los socialistas. Sin embargo, el resultado de las legislativas mientras el país vivía el furor de los Juegos Olímpicos de París 2024, fue la victoria de la coalición de izquierdas de la Francia Insumisa que paró en seco el crecimiento electoral y favorable de la extrema derecha y dificultó aún más, la consecución de mayorías operativas en la Asamblea Nacional.
Una vez más, la cultura política de las militancias de izquierdas en Francia volvió a mostrar cuáles son los caminos a realizar y dónde están las prioridades cuando están en peligro los valores democráticos, la identidad nacional, así como la salud de la civilización moderna y los valores republicanos. Con aquella votación se paró, al menos momentáneamente el auge de la extrema derecha en Europa, garantizando de paso un respiro a la integridad y la construcción de una Europa común que se enfrente a los retos del Mundo Actual, y en especial, a las agresiones y a la violenta hegemonía de Estados Unidos en su enfrentamiento geoestratégico frente a Rusia y China.
Evidentemente estos dos años no han servido para facilitar una estabilidad política en la República. Los primeros ministros designados por Macron van durando menos que un respiro y el enfrentamiento entre Presidente de la República, una cámara de izquierdas, y una sociedad civil empoderada y muy atenta a lo que se decide en el Eliseo y en la Asamblea Nacional auguran una conflictividad social cada vez mayor, mientras que la extrema derecha espera paciente sacar réditos políticos en las próximas elecciones de 2027 a la Presidencia de la República. No lo olvidemos.
El fracaso del neoliberalismo, como ideología y por desgracia, como práctica política y económica nos han traído el auge de una extrema derecha desatada, auspiciada por las propias élites en su búsqueda de perpetuarse en la hegemonía. Mientras la sociedad está cada vez más fragmentada en múltiples aspectos, desde lo político donde la polarización de una extrema derecha crecida ha tratado de arrastrar todos los sentimientos e ideales hacia una defensa centrista de mínimos, hasta también lo económico y social, donde la desigualdad económica creciente, la crisis de vivienda, la precariedad del trabajo o el fracaso de unos servicios públicos entregados al capital y que han dejado de ser garantes de la igualdad y el bienestar, están rompiendo o han roto ya los pactos sociales y la propia convivencia.
Antes de las elecciones legislativas de 2024 Macron ya había dejado claras sus prioridades. El que fuera ministro de economía con el socialista Hollande, había abandonado el partido y el gobierno para impulsar su propio partido (En Marcha) para con una agenda claramente neoliberal y tecnócrata, bien recibida por las élites, los medios y los mercados, profundizar en la hegemonía neoliberal y económica sobre el discurso político y los valores republicanos y democráticos. Como repuesta fue recibiendo una cada vez mayor movilización social, con el movimiento de los chalecos amarillos (Gillets jeunne) de 2018 como punto de inflexión, y como descontento latente y trascendental que agrupaba en una serie de medidas, puntos ideológicos e identidades políticas extremas a derecha e izquierda. Hasta 2024, la pandemia de covid o los JJOO en casa “paralizaron” el motor reivindicativo, pero eso no quiere decir que se desactivarán y abandonarán las luchas, sino que se han reorganizado en torno a unos valores políticos y culturales de igualdad y justicia social.
Por lo tanto, estos dos años no ha parado la conflictividad social, y los continuos fracasos de Macron para poner en marcha sus medidas ultraliberales han dado alas a la Francia Insumisa, y también a las calles para clamar por una mejor democracia, por mayor igualdad y libertad, además de poner en cuestión la hegemonía del neoliberalismo en el discurso como hizo el movimiento Bloquons tout en septiembre del año pasado. En este contexto entran las actuales protestas estudiantiles que han inaugurado el curso escolar luchando y exigiendo unas mejores condiciones en los institutos y universidades públicas francesas, que al final quedan como única opción para los hijos de la clase trabajadora, mientras se articula con recursos públicos y caudal político, un sistema elitista que favorece una desigualdad social cada vez mayor. Señalar que en España en Madrid y la Comunitat Valenciana el curso escolar también ha empezado con protestas de estudiantes, familias y profesores por la educación neoliberal practicada en estas comunidades. Como están defendiendo desde las asambleas estudiantiles en Francia: “dinero para los institutos y no para la guerra”, puesto que Macron va por el cuarto presupuesto nacional donde el gasto militar crece y se protege, frente a partidas sociales cada vez más reducidas y exenciones fiscales más beneficiosas para las élites.
La extrema violencia de la respuesta policial y gubernamental frente a las protestas, no siempre pacificas, de los estudiantes frente a los institutos han vuelto a poner el foco por un lado en la legitimidad de la violencia del poder, y en si es lícito y fundamentalmente, ético usar a las policías para no escuchar la voz de los que piden más profesores, mejores instalaciones y más recursos para la educación pública. Sobre todo cuando son chavales de los barrios donde habita la población de origen migrante. Por el otro lado y como reacción, las distintas luchas y sensibilidades que cruzan a la población civil francesa se han levantado en solidaridad con los estudiantes y ejercido una confluencia de protestas y malestar social.
Este fin de semana ha sido el de una movilización histórica en Francia. Una puesta en común de las reivindicaciones de diversos colectivos, donde se mezclan lo urbano y lo rural, lo material con los derechos, y con un fuerte componente intergeneracional de quienes han comprendido la necesidad de trabajar en frentes comunes que puedan discutir las imposiciones de las élites. Las manifestaciones del sábado y el domingo han cruzado el país de Norte a Sur y de Este a Oeste, haciéndose sentir, de manera más intensa, en las grandes ciudades del estado francés. Y si, la violencia ha aparecido. Hay miles de detenidos, cientos de heridos de diversa consideración y millones de euros en daños y pérdida económica por un fin de semana con el país parado. Ha ardido, y es una pérdida lamentable, el histórico edificio del Ayuntamiento de Limoges, pero nunca se sabrá quién ha provocado toda esta violencia y por qué: Los propios militantes de las izquierdas, los jóvenes o los chalecos amarillos. O han sido las policías, infiltradas en los movimientos, reventadores profesionales, o los propios anti-disturbios. O quizás hayan sido grupúsculos de derechas que aprovechan la algarabía para hacer daño a su principal opositor político y social. Puede que incluso hasta grupos criminales hayan aprovechado para hacer su labor. Sin embargo, la estrategia está clara: criminalizar la protesta, no los saqueos o cargas, para deslegitimar la lucha, tratándola como radical, aunque en el poso de las reivindicaciones y manifestaciones esté que se mantengan y refuercen los pactos sociales que las élites han roto unilateralmente.
En cualquier caso, y lamentando estas imágenes y estos destrozos que no suelen ayudar a las causas justas, lo cierto es que el empoderamiento de la sociedad civil francesa, en sus distintas escalas y tipos (edades, orígenes, profesiones, sectores, entornos, etc.) es la muestra de un hartazgo colosal. Se habla de "radicales" cuando no se discute el radicalismo con el que la teoría neoliberal ha impuesto sus marcos y directrices. Nadie desde arriba asume que la situación en Francia, y en Europa y en todo el mundo es muy violenta, y que se debe a que en los últimos 40 años se han ido rompiendo sistemáticamente los pactos sociales, tácitos o no, que permitían un entorno social más justo y con un futuro más optimista para todas y todos en cuanto a bienestar y satisfacción personal y colectiva. Y esto lo han entendido todos los agentes sociales que tienen en la igualdad, la libertad y la fraternidad, los valores republicanos, y también en la identidad colectiva y la solidaridad, son fundamentos: la izquierda. Los sindicatos se han sumado sin imposiciones ni protagonismos en las luchas estudiantiles, y la sociedad civil, por lo demás atomizada y enfrentada artificialmente entre sí, se ha sumado y con ellos sus reivindicaciones y propuestas particulares para plantear en conjunto, un marco revolucionario que dé respuesta a la situación de colapso social, político, económico y cultural del neoliberalismo y el capitalismo desregulado.
Y es que la verdadera potencia de los movimientos en Francia está en que saben donde poner el acento de lo que está sucediendo, sin distraerse, ni equivocarse aunque fuera lo fácil, con la presión y la amenaza de la extrema derecha. La unidad frente al fascismo se supone, pero lo trascendente es señalar las políticas, las ideologías y los nombres, partidos, medios y empresas que abren las puertas al fascismo, mientras se desmontan los valores sociales que entre todos se habían construido. La lucha contra el desempleo, la precariedad laboral, el precio de la vivienda, la especulación, el deterioro de los servicios básicos como la salud, la educación públicas, la crisis ecológica y la crisis humanitaria provocadas por el cambio climático, o la emergencia de la situación internacional con genocidios en marcha y con un mayor autoritarismo y belicismo en las relaciones internacionales no han sido provocados por la izquierda, o el comunismo o el feminismo. Tampoco la laminación de los derechos de colectivos discriminados como las personas racionalizadas, las mujeres, los mayores, los niños o las personas LGTBi. Por ello, recalco, es importante poner el foco y la acusación en quienes han favorecido las situaciones injustas que estamos viviendo y la ruptura, en general, de los pactos sociales que habíamos asumido. El neoliberalismo no se puede ir de rositas.
Si bien Macron llegó al poder como una medida de emergencia ante un auge incontrolado de la extrema derecha y una V República en crisis, va a acabar su era con un país completamente soliviantado, con el centro del discurso político entregado de facto a esa extrema derecha y con una conflictividad social enorme donde se pone la violencia policial contra el pueblo como respuesta institucional. No se asumen las responsabilidades por acción directa u omisión interesada en la laminación de la convivencia y en el deterioro de las condiciones de vida de las clases trabajadoras. Y mientras las élites económicas y la derecha conservadora tradicional abraza al fascismo de Le Pen como su mejor baza para mantener el estatus que no es otro que la destrucción de todo el programa social francés. El resultado vendrá en las elecciones presidenciales de 2027, y si no antes, pueden derivar en la disolución de la República y en la construcción de un nuevo modelo social y político para Francia.
En clave española, no somos pocos los que vemos en estas movilizaciones en Francia y en una izquierda unida y combativa, bajo la Francia Insumisa y el sindicato CGT -que además son generosos y amparan a los colectivos que reclaman mayor justicia social-, el ejemplo de cómo trabajar y luchar por una mejora colectiva de nuestra vida, nuestro entorno y nuestro futuro. En todos los frentes que tenemos abiertos. Pero hay que ser conscientes de que “nuestro frente popular” ya estaba operativo. Ya ejercía un gobierno, que aunque en minoría, tenía recursos para haber ejecutado acciones en beneficio de la mayoría, y no tanto del capital y de sus propietarios. Y sin embargo, una vez más, hemos sido traicionados por la dirección del psoe y su entrega al neoliberalismo; mientras las élites de los partidos de la izquierda a la izquierda del psoe han quedado desubicadas y retratadas, incapaces de llegar a acuerdos para lanzar esa candidatura única e inclusiva, esa España Insumisa, o esa España Indignada, que diera cabida a todas las sensibilidades bajo un programa común anti-fascista y anti neoliberal.
Si las próximas elecciones generales del 29 noviembre en España no se saldan con un gobierno de ultraderecha será por la movilización de la gente de izquierdas, y lo conseguirá contra otras cosas, frente a la incapacidad y la deshonestidad de unas élites partidistas egoístas, parasitarias y mentirosas. Por eso, el ejemplo de lo que acontece en Francia es significativo para quienes pensamos que todavía no hemos salido de la crisis-estafa de 2007, ya que seguimos siendo las clases trabajadoras las que fuimos derrotadas, en especial en el proceso revolucionario entre 2011 y 2016, y por lo tanto, las que seguimos pagando las facturas y la destrucción de todo el tejido político, económico y social que se ha venido eliminando con el neoliberalismo los últimos 30 años.
