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martes, 7 de noviembre de 2017

Cien años del Asalto al Palacio de Invierno



Hoy 7 de noviembre de 2017, 25 de octubre en el calendario juliano, se cumplen 100 años desde que en el marco de la Revolución Rusa, el líder bolchevique Vladimir Lenin y el menchevique León Trotsky superaron las diferencias ideológicas para asaltar el Palacio de Invierno en Petrogrado, comenzando así la Revolución de Octubre.
Se continuaba así con el proceso revolucionario ruso comenzado en febrero de ese 1917, pero que venía desde principios de siglo cuando el hambre, la guerra y la indignidad social campaban a sus anchas en la corrupta y clasista Rusia zarista.
Era el germen pragmático de lo que acabó siendo la Unión Soviética (URSS) y aquella revuelta, tenida en cuenta como Golpe de Estado, alcanzo el éxito sin derramar ni una sola gota de sangre.


Muchos tomamos esta efeméride con nostalgia y envidia por lo que fue, pero también con desazón por lo que podía haber acabado siendo y suponiendo para todo el mundo. Y además, en el mundo actual no deja de ser un ejemplo de empoderamiento de las clases trabajadoras frente a los intereses burgueses. Un hito de ilusión por el cambio en el que tras el análisis de los aciertos y errores de la Revolución de Octubre, nos permita sacar lecciones en un momento de desconcierto, desilusión, incertidumbre y pesadumbre.
Entre sus consecuencias más positivas está sin duda el aliento que ha lanzado a todo el mundo y a la historia sobre las esperanzas de cambio y la voluntad de protesta, reivindicación y contestación social de las clases trabajadoras y deprimidas contra los gobiernos y las instituciones del capitalismo. Fue de tal manera que durante 40 años la “Guerra” entre los dos modelos sociales, capitalismo y comunismo, y el miedo que el segundo generó en quienes gobernaban el primero, alentó las políticas de redistribución de la riqueza en Occidente que favoreció la creación de los Estados del bienestar y las épocas de mayor crecimiento personal y social de la historia. La prueba más evidente de ello es que acabado el “fantasma” del Comunismo, comenzó el desguace del estado del bienestar y aumentaron las desigualdades exponencialmente, proceso que no ha parado hasta hoy, y que no tiene pinta que lo vaya hacer si la ciudadanía no vuelve a empoderarse.
Además puso sobre la mesa la aberración del trabajo infantil iniciando una política agresiva contra las fábricas y explotaciones agrícolas que empleaban a menores de 14 años, así como la alfabetización forzada y la escolaridad para millones de niños y niñas.
Otro de sus grandes hitos fue contribuir como desencadenante del proceso de des colonización, otorgando a muchos países de África, Asia y América del Sur, empaque político dentro de las Internacionales Socialistas a los movimientos de independencia de países y ciudadanías sumidas bajo el yugo de las potencias europeas y que recogían planteamientos ideológicos socialistas.
En cuanto a los errores, quizás el más grave fue la renuncia al ideal leninista y marxista de crear una sociedad, que tras la transición de la Dictadura del Proletariado, fuera aboliendo los mecanismos de poder del estado (policía, ejército, burocracia) hasta llegar al fin del trabajo asalariado, de la posesión de la fuerza de trabajo como mercancía. Y sin embargo, el estado soviético se convirtió en un ente opresor y tremendamente burocratizado como defensa ante las agresiones de los enemigos internos y externos de la Revolución.
Entre las agresiones de los enemigos capitalistas externos estuvo de manera decisiva el interés de las economías capitalistas occidentales por hacer negocio con la guerra e interviniendo activamente en las cuestiones rusas, armando a los contendientes de la posterior a la Revolución, Guerra Civil Rusa, que se saldó con más de 8 millones de muertos, con la economía de la nueva nación destruida y con unas pocas decenas de industriales y financieros europeos más ricos aún y con más poder para seguir oprimiendo a sus respectivas clases trabajadoras e imposibilitar la exportación, la internacionalización, de la Revolución social.
La Guerra Civil se ganó gracias al apoyo de los obreros y los campesinos, pero lo que en octubre de 1917 era un poder representativo de los soviets en 1921, era y por circunstancias de la guerra, una dictadura bolchevique, contra la que surgían protestas de obreros en Petrogrado y marinos en Kronstadt. Lenin consideró necesario mantener el control político mientras se emprendía una campaña de reconstrucción económica, antes de reemprender el programa de transformación social. Era la Nueva Política Económica (NEP) bajo los métodos de planificación elaborados por la Gosplan y tras la muerte de Lenin (1924) y las intrigas “palaciegas” para sustituirle, fue Stalin quien ya en 1929 optó por una industrialización forzada (Primer Plan Quinquenal 1929-34) y la conversión de ingentes territorios en gigantescas parcelas agrarias que consumían muchos recursos (sobretodo hídricos) y daban pocos rendimientos. Todo mientras crecía la amenaza exterior, tanto fascista, como capitalista, y dentro se sucedían cada vez con más violencia tanto en la propagación como en la represión manifestaciones y algaradas.
Pasados los años, la Segunda Guerra Mundial -de la que cabe decir sin faltar a la verdad, que fue decisiva la participación de la URSS para que en Europa no ganará fácil la Alemania Nazi-, y los planes quinquenales los sucesores de Stalin mantuvieron el miedo a la disidencia lo que provocó la falta de democracia interna, así como la modernización ideológica, cultural y social que a la postre, fue una de las causas del declive de la URSS, unido a que dada las condiciones climáticas y de suelos se hizo imposible la diversificación de la economía, lo que la hizo vulnerable ante episodios de crisis promovidos por las élites capitalistas, junto a la nula renovación de personas e ideas en el partido y el politburó. Baste como ejemplo decir que en 1984 tras los breves mandatos de los septuagenarios Andropov y Chermenko, el 70% de los miembros del Soviet Supremo, superaban los 65 años de edad.


A pesar de todo ello, es evidente que la ilusión generada por el proyecto marxista-leninista y los éxitos en materias de igualdad y avance científico animó durante muchos años las luchas de quienes aspiraban a realizar la revolución, a construir un mundo mejor, más igualitario, libertario y progresista. Así la socialdemocracia, se vio beneficiada en su papel de encaje entre el capitalismo-liberalismo y el comunismo-socialismo, combatiendo por un lado la expansión de las ideas revolucionarias, pero sirviéndose de ellas para facilitar la implementación de políticas sociales en pro de la igualdad social junto a la lucha y el convencimiento ideológico de millones de trabajadores, redistribuyendo el flujo de ganancias capitalistas entre las distintas capas sociales -con mayor o menor permeabilidad dependiendo de la coyuntura social y cultural- y garantizando la viabilidad económica de los derechos sociales (educación, sanidad, servicios sociales e incluso trabajo y vivienda).
Así tenemos entre 1945 y 1975 en Occidente una época de crecimiento en el bienestar social que favoreció el consumismo y la mejora de la práctica totalidad de índices que miden la calidad de la vida humana (esperanza de vida, tasa de alfabetización, etc.).


Sin embargo ya a finales de los 60 se vio como el desgaste del proyecto revolucionario en la URSS -debido en gran medida a lo reacio que se fue en el PCUS para dar entrada a nuevas personas e ideas-, hizo que ante eventos como el mayo del 68 en París o la Primavera de Praga se viera como imposible en las retinas de los ciudadanos la implementación de un “socialismo de rostro humano”. Así, perdida la capacidad para generar ilusión y adhesiones, perdió también la capacidad que tenía para amenazar a las clases propietarias, a las élites opresoras, y estas inmediatamente después comenzaron su política de capitalismo expansivo, su liberalismo extremo, su neoliberalismo despiadado para ir retirando las concesiones sociales que habían hecho, proceso éste último que sigue vigente hasta el día de hoy.
En los años ochenta, en momentos de crisis económica y de inmovilismo político, los ciudadanos del área controlada por la Unión Soviética decidieron que no merecía la pena seguir defendiendo el sistema en el que habían vivido durante tantos años. El testimonio de un antiguo habitante de la Alemania Oriental que hoy vive en Estados Unidos ilustra acerca de la naturaleza de este desengaño: “Sabíamos entonces que lo que nuestra prensa decía sobre nuestro país era un montón de mentiras, de modo que creímos que lo que decía sobre “occidente” era también mentira. No fue hasta llegar a Estados Unidos que descubrió que era verdad que había mucha gente en la pobreza, viviendo en las calles y sin acceso a cuidados médicos, tal como decía la prensa de mi país (...) Hubiese deseado haberlo sabido a tiempo para decidir qué aspectos de las sociedades de occidente merecía la pena adoptar, en lugar de permitir a sus expertos que nos impusieran la totalidad del modelo neoliberal”.


Con esta reflexión debemos quedarnos justo en estos días en los que el Centenario de la Revolución Rusa deambula entre la invisibilidad mediática y de los círculos académicos acomodados y el desprestigio interesado fruto de años de lavado de cerebro masivo con propaganda hostil hacia el Comunismo, animada también por el interés en ocultar todo lo positivo que tuvo la Revolución.
La alternativa desde luego no es silencio, pero tampoco puede ser una defensa a ultranza sin análisis, debate y sosiego. Es necesario que la izquierda, en todo el mundo y desde cualquier ámbito -asamblea de partido, asociacionismo, sindicato, medios de comunicación- dialogue sobre lo que fue, es y puede ser o no la Revolución Rusa, su legado y su trascendencia en el siglo XX y en lo que llevamos del XXI. Y para detectar su potencia y virtudes, así como los errores con el afán de no repetirlos.
La importancia del momento así lo requiere y poder disponer de un ejemplo tan valido nos tiene que servir para hacer un discurso que empodere, que estimule y que anime a toda la ciudadanía a todos los trabajadores a defender su vida, su dignidad y su libertad. Su progreso, su futuro. Su educación y su sanidad. Trabajo y vivienda. Un medio ambiente próspero y seguro. Y una ética indisoluble del ser humano donde no pueden entrar ni el egoísmo, ni la corrupción, ni la avaricia, ni los abusos de poder.
100 años de Revolución Rusa. Y 150 años de El Capital, de Marx. Un siglo y medio de desarrollo y puesta en práctica de una ideología que con sus errores y aciertos ha dado mucho más de lo que haya podido quitar, y que se antoja, hoy día culmen del individualismo y el capitalismo desaforado, como imprescindible para tejer un futuro pleno para todos los ciudadanos y ciudadanas del mundo.


Dos notas finales: De entre los muchos libros y bastantes de ellos buenos sobre la Historia de la Revolución Rusa y de la URSS yo destacó el de Carlos Taibo.
Y para tener más material sobre el que ilustrar por qué colapsó la URSS, enlazó a éste artículo, que me parece muy acertado y completo, sobrepasando el tema desde el enfoque que yo le he dado como Centenario de la Revolución de Octubre.

martes, 9 de abril de 2013

Monsters of Rock 91 en Moscow. La puntilla cultural a la URSS

 


Uno de los primeros videoclips que recuerdo es el de la grabación en directo de Metallica del Enter Sandman. Aunque el video original había aparecido justo en la promoción del disco que lo contiene, el icónico The Black Album en 1991, apenas un año después se había lanzado la edición que comento. Una grabación en vivo, de inicio de concierto, que incluía imágenes en tonos sepia y con un fuerte granulado del público expectante, helicópteros sobrevolando la platea, como se incendiaban los asistentes ante la descarga que llegaba. Banderas al aire de Estados Unidos (alguna confederada), brazos al aire y cascos militares. Sonaba de fondo la ya habitual intro de Metallica en sus conciertos, el The Ecstacy of Gold (“L'Estasi Dell'oro”) firmada por Ennio Morricone, parte de la banda sonora de El Bueno, el Feo y el Malo. Y de repente la batería de Lars Ullrich marca el compás para el inicio de Enter Sandman llevando al público a la locura, con el asalto de los integrantes de la banda al escenario. Y lo más fuerte de todo es que esa grabación era del concierto que el año antes, en 1991, Metallica había dado en Moscú, en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

El plano desde detrás de la batería que muestra el headbanger de Newsted y Hetfield en primer plano, y la descomunal marea humana hasta el infinito que salta, vibra, acompaña y comparte el momento es para mi una de las imágenes más icónicas de la Historia de la música, pero también de la Guerra Fría y de la cultura popular.

El 28 de septiembre de 1991, a ya menos de 3 meses de la disolución de la URSS (el 28 de diciembre de aquel año), la música, el Heavy Metal se hizo enorme en el aeródromo Túshino (en ruso: Аэродром Тушино), a las afueras de Moscú donde ni el ejército, ni la KGB, ni el propio PCUS pudieron controlar una marea humana de más de un millón de personas (hay quien los cuenta hasta los 3 millones) que saltaron las barreras de seguridad, los accesos, los caminos y los campos para presenciar la descarga de rock, de música y expresión cultural occidental de Metallica, AC DC y Pantera.

Fue un auténtico fenómeno cultural y generacional. Una catarsis de libertad y contestación al férreo control cultural y mental de la URSS. Cientos de miles de jóvenes nacidos y educados bajo un sistema social-comunista habían viajado y acudido decididamente a disfrutar de la música occidental. Qué este terremoto cultural y catártico sucediera en los últimos compases del viejo sistema bolchevique que se encontraba en disputa por la hegemonía contra el modelo liberal-democrático y capitalista, cuya música popular, era una lanza de penetración y conquista, fue quizás la derrota, simbólica, decisiva y definitiva.

El desmantelamiento del sistema de bloques bipolar salido tras la Segunda Guerra Mundial había vivido ya un episodio trascendental en el camino al sistema hegemónico y unipolar estadounidense. La caída del Muro de Berlín en octubre de 1989 y posterior reunificación de Alemania había debilitado la naturaleza de los pactos y sometimientos dentro del bloque del Este hacia la URSS. Dentro de la propia Unión cada vez eran mayores las fuerzas que discutían la propia naturaleza política y socio-económica del estado. Había ansías y proclamas civiles por mayor libertad y bienestar. Acabar con los férreos controles del aparato del estado sobre la dignidad y el porvenir de las gentes. Crecían los llamamientos de carácter nacionalista e identitario dentro de la unión de repúblicas eslavas. Y también aparecía una disputa intergeneracional, con estos jóvenes precisamente, ya nacidos bajo el comunismo y un sistema muy deteriorado que veía frenada cualquier innovación y discusión (a veces tildándola de “occidentalista”, “anti-comunista” o “anti-patriótica”).

Las reformas y medidas por mayor apertura política y económica promovidas por Gorbachov (Perestroika y Glasnot), tras décadas de un anquilosamiento social que había impedido de facto la modernización del país y del propio sistema, trataban en general, de dar aire a la población y al propio régimen. El pueblo soviético (ya fuera ruso o de cualquiera de las otras nacionalidades) buscaba aire fresco. Nuevas aperturas que motivasen la vida cotidiana y las expectativas de futuro, frente al estancamiento y la opresión del sistema vigente, inamovible y tiránico.

Dentro de esta tendencia aperturista entraba la disputa cultural donde en la URSS, y desde principios de los 80, habían penetrado con fuerza tanto la música rock y el Heavy Metal. Si bien esta expresión, esta música, eran visto desde las autoridades y el politburó como muestras de la degeneración y la decadencia occidental, con sus jóvenes entregados al vicio y el ruido, la realidad es que las escasas grabaciones que llegaban al Este eran esperadas con avidez por las jóvenes generaciones soviéticas. Se compartían en mercados informales y clandestinos los cassettes y grabaciones de los grupos británicos y americanos, pero sobretodo los jóvenes soviéticos sentían especial preferencia por ACDC, y también por las bandas alemanas de power metal como Helloween o Scorpions.

Ya un par de años antes y dentro de las giras de música y rock por la paz, contra el Apartheid en Sudáfrica o de lucha y concienciación contra el Sida, artistas, intérpretes y música occidental había entrado en la URSS y en otros países del bloques del Este como Hungría, la Alemania Democrática o Checoslovaquia. Conciertos que habían sido multitudinarios como el celebrado en Budapest en mayo del 87, el de Praga un mes después, o los celebrados en Moscú en 1988 y 89.

Por eso el siguiente paso era llevar una gira mundial como era el festival Monsters of Rock, a Moscú. Pero no todo estaba previsto y ni siquiera a inicios del verano de 1991 había fecha establecida.

Justo un mes antes de la celebración del concierto hubo un intento de golpe de estado promovido por sectores conservadores del PCUS y del ejército soviético que consideraban que las reformas de la Perestroika eran ineficientes y además habían ido muy lejos. En realidad, no querían perder el poder en el Comité central, donde el propio Gorbachov, como secretario del PCUS trataba de dinamizar la asamblea y la propia duma, introduciendo nuevas personas e ideas. El golpe fracasó, en buena parte por la actitud de la población más joven. Tanto estudiantes, en especial las mujeres, como familias con hijos pequeños se manifestaron y opusieron a un golpe que trataba de revertir reformas y aperturas. De hecho, tal contratiempo e inestabilidad política y social no impidió la celebración del festival, sino que fue el catalizador para llevarlo a cabo. La intención del régimen fue “agradecer” a la juventud su apoyo con la promoción de eventos de este tipo, que escapaban a la cultura tradicional de la URSS. Y por el otro de la audacia de los promotores que vieron la forma ideal de entrar en la URSS. De ahí que el concierto se celebrase, organizándose en dos semanas, y además, hacerlo de asistencia gratuita.

En esas dos semanas frenéticas, durante la preparación del evento, se pueden imaginar las tensiones y negociaciones con la burocracia del estado. Tanto políticos, militares y fuerzas del orden, así como responsables de cultura que querían asegurar que el concierto no era una manera de introducir el capitalismo y la democracia liberal en la Unión Soviética. Bueno en realidad lo era, pero parece más un efecto secundario, del objetivo principal de las bandas que se puede decir era tocar y pasarlo bien.

El ideólogo fue el promotor estadounidense Dog Mcgee, quien ya había trabajado con las autoridades soviéticas en la organización de los conciertos del 86 y 89. Y ya había tenido problemas con ellas por la entrada de drogas o los problemas legales de bandas que participaron en aquellas ocasiones como Motley Crue u Ozzy Osbourne. Sin embargo, para esta ocasión amparándose en el aperturismo del régimen de Gorbachov quisieron organizar un nuevo concierto con música rock y heavy, más allá con el Trash, que era la última moda que venía desde Estados Unidos.

Se trataba pues, de una manera perfecta de mostrar al mundo que la URSS ya no eran una sociedad cerrada, que estaba abierta a cambios e influencias exteriores y a la expresión de la juventud desde dentro de sus fronteras. A cambio, quienes estaban detrás como la Warner o MTV podían acceder a un potencial mercado de casi 200 millones de personas.

La logística de la organización del Monsters of Rock era bestial. Esperaban un audiencia en torno al medio millón de personas, por lo que desecharon la idea de un recinto cerrado (aunque fuera al aire libre) como el parque Gorki, o el estadio Luzniki (el de los Juegos Olímpicos del 80). Pensaron que el aeródromo Túshino al Norte de la ciudad, a unos 8 kilómetros de la Plaza Roja podía ser el lugar perfecto porque a las pistas y terminal le rodeaban campos y colinas. La marabunta humana desbordó las previsiones más optimistas, y ya varios días antes había más de 100.000 personas acampadas frente al escenario, mientras que los trenes se llenaban desde las ciudades más alejadas de jóvenes aficionados a la música.

Todos ellos compartiendo el espacio con el propio ejército soviético quien se puso manos a la obra para montar el escenario y la campa. Por supuesto, la seguridad y el control de lo que allí iba a ocurrir era el objetivo primordial de su participación, pero al final la intensidad del evento desbordó sus propias previsiones. Se habla que había un equipo de seguridad que entre policías y militares de hasta 10.000 miembros. Pero hasta los soldados se dejaron llevar por el frenesí y las enormes gorras de plato de los cadetes de infantería aparecían volando una y otra vez entre el público.

Junto a Metallica, AC DC, Pantera y Black Crowes, todos ellos grupos que habían estado prohibidos en la URSS, estaba el grupo local EST que tuvieron el inmenso honor de representar a la Unión Soviética en el evento, y por supuesto, compartir el cartel con semejantes bandazas.

Abrieron la tarde Pantera que giraba con el Cowboys from Hell y llevaron a la locura al 1 millón de personas que seguro allí ya se congregaba. Continuaron The Black Crowes y después la banda local. Para ese momento, ya debían de haberse cruzado llamadas y comunicaciones de radio entre los mandos de los destacamentos que controlaban la seguridad y el acceso al recinto del concierto y las autoridades políticas y militares. Parecía imposible que se pudiera controlar esa ingente marea humana, pero también debieron valorar que intervenir y prohibirlo, podría ocasionar una revuelta de mucho mayor calado y más devastadora, tanto para las personas como para el propio régimen.

 


 

Después entró Metallica, con el Enter Sandman, y con cientos de miles de soviéticos viviendo un concierto multitudinario por primera vez. Los videos que hay por Internet son una locura. Militares pertrechados con fusiles de asalto y cascos de guerra. Helicópteros militares. Jóvenes soldado con uniformes de paseo. Chicos, y también alguna mujer se ve, con pelo largo y camisetas de Metallica y AC DC sabiéndose y coreando cada canción que habían estado censuradas hasta hacía nada. Sólo faltaba el capitán Marko Remius “amenazando” soltar la bomba nuclear mientras sonaba “su decadente rock and roll”.

Todo fue genial. La música fue vibrante. El público disfrutó como nunca. Los promotores y bandas seguro que también. Y el régimen pudo mostrar al mundo que su apertura era real y que estaban cambiando las cosas para que nada cambiase.

Y sin embargo, 88 días después, la Unión Soviética se disolvió oficialmente.

 

domingo, 16 de marzo de 2008

La Gran Catastrofe Rusa, por Alexander Solzhenitsyn


Extraído del ensayo "El problema Ruso al final del Siglo XX" (1992) escrito por Alexander Solzhenitsyn, en el que se muestra con gran precisión, las distintas virtudes y numerosos vicios que durante la historia han tenido las clases dirigentes en el inmenso país euro-asiático. Ya fuera con los zares en el imperio, con la prete-burguesía de finales del XIX o con la doctrina comunista y la ideología del partido, la sociedad rusa ha sufrido en sus carnes los réditos de políticas llenas de egoísmo, violencia y corrupción a todos los niveles que aderezados a los nacionalismos que se extienden por todas las repúblicas que forman la "madre" Rusia se plasmaban en la Rusia post-perestroika de principios de los años 90 (fecha de edición de esta obra) esta en este momento plenamente de actualidad y actualizada al ver los despropósitos de la pseudo-democracia putiniana, en la que no menos de 20 magnates del petroleo y el gas, apisonan a todo el pueblo ruso.

"Hemos llegado hasta la Gran Catástrofe Rusa de los años 90 del siglo XX. Hasta este punto, el siglo ha entretejido muchos acontecimientos: desdde 1917, con 70 años de degeneración bolchevique, pasando por los millones de deportados al archipiélago Gulag y los millones que fueron enviados a la guerra sin protección, de manera que rara fue la aldea rusa que volvió a ver a sus hombres, hemos llegado al actual manotazo del dólar contra el pueblo, entre el regocijo y las carcajadas de los nuevos ricos y los ladrones.

Esta Catástrofe implica ante todo nuestra extinción. Continuará descendiendo la población: ¿Cuántas mujeres van a querer dar a luz en esta pobreza actual sin perspectivas? No menos importante es el número creciente de niños con minusvalías o enfermedades a causa de las condiciones de vida y de la desmesurada entrega a la bebida por parte de sus padres. O el fracaso total de nuestras escuelas incapaces de infundir moralidad y conocimientos a la generación actual. Tenemos además una escasez de vivienda que el mundo civilizado ha superado hace tiempo, pero abundancia de funcionarios corruptos en el aparato estatal, algunos de los cuales otorgan por poco dinero concesiones extranjeras sobre nuestros yacimientos petrolíferos o metales preciosos (¿Y qué más da? Nuestros antepasados habían derramado sangre en 8 guerras devastadoras para ganar el mar Negro y nosotros dejamos que en un solo día todo se fuera en humo.) Hablamos de Catástrofe ante la división de Rusia en dos naciones distintas: una enorme masa en las provincias, en las aldeas y una minoría occidentalizada que habita las ciudades, que no se parecen en nada y que piensan de manera diferente. Es también Catástrofe el amorfo estado actual de la conciencia nacional rusa, la gris indiferencia ante la identidad nacional, indiferencia aún mayor cunado se trata de nuestros compatriotas que sufren penurias. Catástrofe tras una época soviética que mutiló nuestro intelecto y que asentó el engaño y la mentira en nuestras conciencias hasta tal punto que muchos ya no pueden advertir este velo ante sus ojos. Hablamos de Catástrofe porque para dirigir el Estado son demasiado pocas las personas que sean a la vez sabías, valientes y desinteresadas, porque estas tres cualidades no pueden volver a coincidir en un nuevo Stolypin.

El carácter popular ruso que conocieron nuestros antepasados, que tanto describieron nuestros escritores y en el que supieron penetrar también algunos extranjeros, salió oprimido, ensombrecido y quebrado tras el periodo soviético. Nuestro espíritu perdió su franqueza, su espontaneidad, su enorme sencillez, su natural desenfado, su talante social, su confiada resignación ante el destino, su paciencia y resistencia a toda prueba, su desinterés por el éxito externo, su capacidad de autocrítica y contrición, su humildad ante el triunfo, su compasión y su nobleza de espíritu. Los bolcheviques persiguieron, reprimieron y redujeron a cenizas nuestro carácter. Ante todo, liquidaron nuestra compasión, nuestra disposición a socorrer al prójimo, nuestro sentimiento de hermandad y si algo potenciaron fue lo que teníamos de malo y cruel, siendo al mismo tiempo incapaces de corregir nuestro vicio nacional: la poca capacidad de iniciativa propia y de auto organización: todo lo dirigieron los comisarios políticos.

El manotazo del rublo y del dólar de los años 90 ha sido una nueva sacudida contra nuestro carácter. Quienes habían logrado conservar los antiguos rasgos de bondad han resultado ser los peores preparados para el nuevo tipo de vida, se han convertido en fracasados, inútiles e indefensos, incapaces de ganar un sustento (¡algo terrible para un padre!). Han recibido con los ojos desencajados y entre sofocos la avalancha de esta nueva especie que se mueve al grito de: ¡Enriqueceos!, ¡enriqueceos a cualquier precio, sin reparar en mentiras ni abusos, sin escrúpulos, sin que os importe vender las joyas de vuestra madre patria! ¡enriqueceos! ha pasado a ser la nueva (¡y qué insignificante!) ideología. Esta transformación destructora y caótica, que aún no ha hecho ningún bien ni reportado ningún éxito a nuestra economía -ni tiene visos de ello-, se ha alimentado copiosamente en la degradación del carácter popular.

Y no quiera Dios que la degradación actual sea irreversible.
Al final del siglo XX, el Problema ruso se plantea de una forma muy clara: ¿debe existir nuestro pueblo o dejar de existir? Por todo el globo terráqueo se está propagando una ola de nivelación monótona y trivial entre culturas, tradiciones, nacionalidades y caracteres. Y sin embargo: ¡cuántos se oponen a ella sin tambalearse e incluso con orgullo! Pero nosotros no... Y si esto sigue así, dentro de un siglo ya no hará ni falta borrar la palabra ruso de los diccionarios.

Estamos obligados a salir de esta presente situación humillante e incierta, si no por nuestro propio bien, al menos por el de nuestros hijos y nietos.

Hoy no oímos más que razonamientos sobre economía y bien es verdad que nuestra deprimida economía nos está asfixiando. Sin embargo, la economía sirve solamente para trabajar con una masa étnica sin rostro, mientras que lo que nosotros necesitamos es salvar también nuestro carácter, nuestras tradiciones populares, nuestra cultura nacional, nuestro camino histórico"

"El Problema Ruso", Alexander Solzhenitsyn

Camareros: Necesarios, degradados y precarios. Una experiencia personal

Ahora que ya está aquí el veranito con su calor plomizo, pegajoso y hasta criminal, se llenan las terracitas para tomar unas...