Además puso sobre la mesa la aberración del trabajo infantil iniciando una política agresiva contra las fábricas y explotaciones agrícolas que empleaban a menores de 14 años, así como la alfabetización forzada y la escolaridad para millones de niños y niñas.
martes, 7 de noviembre de 2017
Cien años del Asalto al Palacio de Invierno
Además puso sobre la mesa la aberración del trabajo infantil iniciando una política agresiva contra las fábricas y explotaciones agrícolas que empleaban a menores de 14 años, así como la alfabetización forzada y la escolaridad para millones de niños y niñas.
martes, 9 de abril de 2013
Monsters of Rock 91 en Moscow. La puntilla cultural a la URSS
Uno de los primeros videoclips que recuerdo es el de la grabación en directo de Metallica del Enter Sandman. Aunque el video original había aparecido justo en la promoción del disco que lo contiene, el icónico The Black Album en 1991, apenas un año después se había lanzado la edición que comento. Una grabación en vivo, de inicio de concierto, que incluía imágenes en tonos sepia y con un fuerte granulado del público expectante, helicópteros sobrevolando la platea, como se incendiaban los asistentes ante la descarga que llegaba. Banderas al aire de Estados Unidos (alguna confederada), brazos al aire y cascos militares. Sonaba de fondo la ya habitual intro de Metallica en sus conciertos, el The Ecstacy of Gold (“L'Estasi Dell'oro”) firmada por Ennio Morricone, parte de la banda sonora de El Bueno, el Feo y el Malo. Y de repente la batería de Lars Ullrich marca el compás para el inicio de Enter Sandman llevando al público a la locura, con el asalto de los integrantes de la banda al escenario. Y lo más fuerte de todo es que esa grabación era del concierto que el año antes, en 1991, Metallica había dado en Moscú, en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
El plano desde detrás de la batería que muestra el headbanger de Newsted y Hetfield en primer plano, y la descomunal marea humana hasta el infinito que salta, vibra, acompaña y comparte el momento es para mi una de las imágenes más icónicas de la Historia de la música, pero también de la Guerra Fría y de la cultura popular.
El 28 de septiembre de 1991, a ya menos de 3 meses de la disolución de la URSS (el 28 de diciembre de aquel año), la música, el Heavy Metal se hizo enorme en el aeródromo Túshino (en ruso: Аэродром Тушино), a las afueras de Moscú donde ni el ejército, ni la KGB, ni el propio PCUS pudieron controlar una marea humana de más de un millón de personas (hay quien los cuenta hasta los 3 millones) que saltaron las barreras de seguridad, los accesos, los caminos y los campos para presenciar la descarga de rock, de música y expresión cultural occidental de Metallica, AC DC y Pantera.
Fue un auténtico fenómeno cultural y generacional. Una catarsis de libertad y contestación al férreo control cultural y mental de la URSS. Cientos de miles de jóvenes nacidos y educados bajo un sistema social-comunista habían viajado y acudido decididamente a disfrutar de la música occidental. Qué este terremoto cultural y catártico sucediera en los últimos compases del viejo sistema bolchevique que se encontraba en disputa por la hegemonía contra el modelo liberal-democrático y capitalista, cuya música popular, era una lanza de penetración y conquista, fue quizás la derrota, simbólica, decisiva y definitiva.
El desmantelamiento del sistema de bloques bipolar salido tras la Segunda Guerra Mundial había vivido ya un episodio trascendental en el camino al sistema hegemónico y unipolar estadounidense. La caída del Muro de Berlín en octubre de 1989 y posterior reunificación de Alemania había debilitado la naturaleza de los pactos y sometimientos dentro del bloque del Este hacia la URSS. Dentro de la propia Unión cada vez eran mayores las fuerzas que discutían la propia naturaleza política y socio-económica del estado. Había ansías y proclamas civiles por mayor libertad y bienestar. Acabar con los férreos controles del aparato del estado sobre la dignidad y el porvenir de las gentes. Crecían los llamamientos de carácter nacionalista e identitario dentro de la unión de repúblicas eslavas. Y también aparecía una disputa intergeneracional, con estos jóvenes precisamente, ya nacidos bajo el comunismo y un sistema muy deteriorado que veía frenada cualquier innovación y discusión (a veces tildándola de “occidentalista”, “anti-comunista” o “anti-patriótica”).
Las reformas y medidas por mayor apertura política y económica promovidas por Gorbachov (Perestroika y Glasnot), tras décadas de un anquilosamiento social que había impedido de facto la modernización del país y del propio sistema, trataban en general, de dar aire a la población y al propio régimen. El pueblo soviético (ya fuera ruso o de cualquiera de las otras nacionalidades) buscaba aire fresco. Nuevas aperturas que motivasen la vida cotidiana y las expectativas de futuro, frente al estancamiento y la opresión del sistema vigente, inamovible y tiránico.
Dentro de esta tendencia aperturista entraba la disputa cultural donde en la URSS, y desde principios de los 80, habían penetrado con fuerza tanto la música rock y el Heavy Metal. Si bien esta expresión, esta música, eran visto desde las autoridades y el politburó como muestras de la degeneración y la decadencia occidental, con sus jóvenes entregados al vicio y el ruido, la realidad es que las escasas grabaciones que llegaban al Este eran esperadas con avidez por las jóvenes generaciones soviéticas. Se compartían en mercados informales y clandestinos los cassettes y grabaciones de los grupos británicos y americanos, pero sobretodo los jóvenes soviéticos sentían especial preferencia por ACDC, y también por las bandas alemanas de power metal como Helloween o Scorpions.
Ya un par de años antes y dentro de las giras de música y rock por la paz, contra el Apartheid en Sudáfrica o de lucha y concienciación contra el Sida, artistas, intérpretes y música occidental había entrado en la URSS y en otros países del bloques del Este como Hungría, la Alemania Democrática o Checoslovaquia. Conciertos que habían sido multitudinarios como el celebrado en Budapest en mayo del 87, el de Praga un mes después, o los celebrados en Moscú en 1988 y 89.
Por eso el siguiente paso era llevar una gira mundial como era el festival Monsters of Rock, a Moscú. Pero no todo estaba previsto y ni siquiera a inicios del verano de 1991 había fecha establecida.
Justo un mes antes de la celebración del concierto hubo un intento de golpe de estado promovido por sectores conservadores del PCUS y del ejército soviético que consideraban que las reformas de la Perestroika eran ineficientes y además habían ido muy lejos. En realidad, no querían perder el poder en el Comité central, donde el propio Gorbachov, como secretario del PCUS trataba de dinamizar la asamblea y la propia duma, introduciendo nuevas personas e ideas. El golpe fracasó, en buena parte por la actitud de la población más joven. Tanto estudiantes, en especial las mujeres, como familias con hijos pequeños se manifestaron y opusieron a un golpe que trataba de revertir reformas y aperturas. De hecho, tal contratiempo e inestabilidad política y social no impidió la celebración del festival, sino que fue el catalizador para llevarlo a cabo. La intención del régimen fue “agradecer” a la juventud su apoyo con la promoción de eventos de este tipo, que escapaban a la cultura tradicional de la URSS. Y por el otro de la audacia de los promotores que vieron la forma ideal de entrar en la URSS. De ahí que el concierto se celebrase, organizándose en dos semanas, y además, hacerlo de asistencia gratuita.
En esas dos semanas frenéticas, durante la preparación del evento, se pueden imaginar las tensiones y negociaciones con la burocracia del estado. Tanto políticos, militares y fuerzas del orden, así como responsables de cultura que querían asegurar que el concierto no era una manera de introducir el capitalismo y la democracia liberal en la Unión Soviética. Bueno en realidad lo era, pero parece más un efecto secundario, del objetivo principal de las bandas que se puede decir era tocar y pasarlo bien.
El ideólogo fue el promotor estadounidense Dog Mcgee, quien ya había trabajado con las autoridades soviéticas en la organización de los conciertos del 86 y 89. Y ya había tenido problemas con ellas por la entrada de drogas o los problemas legales de bandas que participaron en aquellas ocasiones como Motley Crue u Ozzy Osbourne. Sin embargo, para esta ocasión amparándose en el aperturismo del régimen de Gorbachov quisieron organizar un nuevo concierto con música rock y heavy, más allá con el Trash, que era la última moda que venía desde Estados Unidos.
Se trataba pues, de una manera perfecta de mostrar al mundo que la URSS ya no eran una sociedad cerrada, que estaba abierta a cambios e influencias exteriores y a la expresión de la juventud desde dentro de sus fronteras. A cambio, quienes estaban detrás como la Warner o MTV podían acceder a un potencial mercado de casi 200 millones de personas.
La logística de la organización del Monsters of Rock era bestial. Esperaban un audiencia en torno al medio millón de personas, por lo que desecharon la idea de un recinto cerrado (aunque fuera al aire libre) como el parque Gorki, o el estadio Luzniki (el de los Juegos Olímpicos del 80). Pensaron que el aeródromo Túshino al Norte de la ciudad, a unos 8 kilómetros de la Plaza Roja podía ser el lugar perfecto porque a las pistas y terminal le rodeaban campos y colinas. La marabunta humana desbordó las previsiones más optimistas, y ya varios días antes había más de 100.000 personas acampadas frente al escenario, mientras que los trenes se llenaban desde las ciudades más alejadas de jóvenes aficionados a la música.
Todos ellos compartiendo el espacio con el propio ejército soviético quien se puso manos a la obra para montar el escenario y la campa. Por supuesto, la seguridad y el control de lo que allí iba a ocurrir era el objetivo primordial de su participación, pero al final la intensidad del evento desbordó sus propias previsiones. Se habla que había un equipo de seguridad que entre policías y militares de hasta 10.000 miembros. Pero hasta los soldados se dejaron llevar por el frenesí y las enormes gorras de plato de los cadetes de infantería aparecían volando una y otra vez entre el público.
Junto a Metallica, AC DC, Pantera y Black Crowes, todos ellos grupos que habían estado prohibidos en la URSS, estaba el grupo local EST que tuvieron el inmenso honor de representar a la Unión Soviética en el evento, y por supuesto, compartir el cartel con semejantes bandazas.
Abrieron la tarde Pantera que giraba con el Cowboys from Hell y llevaron a la locura al 1 millón de personas que seguro allí ya se congregaba. Continuaron The Black Crowes y después la banda local. Para ese momento, ya debían de haberse cruzado llamadas y comunicaciones de radio entre los mandos de los destacamentos que controlaban la seguridad y el acceso al recinto del concierto y las autoridades políticas y militares. Parecía imposible que se pudiera controlar esa ingente marea humana, pero también debieron valorar que intervenir y prohibirlo, podría ocasionar una revuelta de mucho mayor calado y más devastadora, tanto para las personas como para el propio régimen.
Después entró Metallica, con el Enter Sandman, y con cientos de miles de soviéticos viviendo un concierto multitudinario por primera vez. Los videos que hay por Internet son una locura. Militares pertrechados con fusiles de asalto y cascos de guerra. Helicópteros militares. Jóvenes soldado con uniformes de paseo. Chicos, y también alguna mujer se ve, con pelo largo y camisetas de Metallica y AC DC sabiéndose y coreando cada canción que habían estado censuradas hasta hacía nada. Sólo faltaba el capitán Marko Remius “amenazando” soltar la bomba nuclear mientras sonaba “su decadente rock and roll”.
Todo fue genial. La música fue vibrante. El público disfrutó como nunca. Los promotores y bandas seguro que también. Y el régimen pudo mostrar al mundo que su apertura era real y que estaban cambiando las cosas para que nada cambiase.
Y sin embargo, 88 días después, la Unión Soviética se disolvió oficialmente.
domingo, 16 de marzo de 2008
La Gran Catastrofe Rusa, por Alexander Solzhenitsyn

Extraído del ensayo "El problema Ruso al final del Siglo XX" (1992) escrito por Alexander Solzhenitsyn, en el que se muestra con gran precisión, las distintas virtudes y numerosos vicios que durante la historia han tenido las clases dirigentes en el inmenso país euro-asiático. Ya fuera con los zares en el imperio, con la prete-burguesía de finales del XIX o con la doctrina comunista y la ideología del partido, la sociedad rusa ha sufrido en sus carnes los réditos de políticas llenas de egoísmo, violencia y corrupción a todos los niveles que aderezados a los nacionalismos que se extienden por todas las repúblicas que forman la "madre" Rusia se plasmaban en la Rusia post-perestroika de principios de los años 90 (fecha de edición de esta obra) esta en este momento plenamente de actualidad y actualizada al ver los despropósitos de la pseudo-democracia putiniana, en la que no menos de 20 magnates del petroleo y el gas, apisonan a todo el pueblo ruso.
"Hemos llegado hasta la Gran Catástrofe Rusa de los años 90 del siglo XX. Hasta este punto, el siglo ha entretejido muchos acontecimientos: desdde 1917, con 70 años de degeneración bolchevique, pasando por los millones de deportados al archipiélago Gulag y los millones que fueron enviados a la guerra sin protección, de manera que rara fue la aldea rusa que volvió a ver a sus hombres, hemos llegado al actual manotazo del dólar contra el pueblo, entre el regocijo y las carcajadas de los nuevos ricos y los ladrones.
Esta Catástrofe implica ante todo nuestra extinción. Continuará descendiendo la población: ¿Cuántas mujeres van a querer dar a luz en esta pobreza actual sin perspectivas? No menos importante es el número creciente de niños con minusvalías o enfermedades a causa de las condiciones de vida y de la desmesurada entrega a la bebida por parte de sus padres. O el fracaso total de nuestras escuelas incapaces de infundir moralidad y conocimientos a la generación actual. Tenemos además una escasez de vivienda que el mundo civilizado ha superado hace tiempo, pero abundancia de funcionarios corruptos en el aparato estatal, algunos de los cuales otorgan por poco dinero concesiones extranjeras sobre nuestros yacimientos petrolíferos o metales preciosos (¿Y qué más da? Nuestros antepasados habían derramado sangre en 8 guerras devastadoras para ganar el mar Negro y nosotros dejamos que en un solo día todo se fuera en humo.) Hablamos de Catástrofe ante la división de Rusia en dos naciones distintas: una enorme masa en las provincias, en las aldeas y una minoría occidentalizada que habita las ciudades, que no se parecen en nada y que piensan de manera diferente. Es también Catástrofe el amorfo estado actual de la conciencia nacional rusa, la gris indiferencia ante la identidad nacional, indiferencia aún mayor cunado se trata de nuestros compatriotas que sufren penurias. Catástrofe tras una época soviética que mutiló nuestro intelecto y que asentó el engaño y la mentira en nuestras conciencias hasta tal punto que muchos ya no pueden advertir este velo ante sus ojos. Hablamos de Catástrofe porque para dirigir el Estado son demasiado pocas las personas que sean a la vez sabías, valientes y desinteresadas, porque estas tres cualidades no pueden volver a coincidir en un nuevo Stolypin.
El carácter popular ruso que conocieron nuestros antepasados, que tanto describieron nuestros escritores y en el que supieron penetrar también algunos extranjeros, salió oprimido, ensombrecido y quebrado tras el periodo soviético. Nuestro espíritu perdió su franqueza, su espontaneidad, su enorme sencillez, su natural desenfado, su talante social, su confiada resignación ante el destino, su paciencia y resistencia a toda prueba, su desinterés por el éxito externo, su capacidad de autocrítica y contrición, su humildad ante el triunfo, su compasión y su nobleza de espíritu. Los bolcheviques persiguieron, reprimieron y redujeron a cenizas nuestro carácter. Ante todo, liquidaron nuestra compasión, nuestra disposición a socorrer al prójimo, nuestro sentimiento de hermandad y si algo potenciaron fue lo que teníamos de malo y cruel, siendo al mismo tiempo incapaces de corregir nuestro vicio nacional: la poca capacidad de iniciativa propia y de auto organización: todo lo dirigieron los comisarios políticos.
El manotazo del rublo y del dólar de los años 90 ha sido una nueva sacudida contra nuestro carácter. Quienes habían logrado conservar los antiguos rasgos de bondad han resultado ser los peores preparados para el nuevo tipo de vida, se han convertido en fracasados, inútiles e indefensos, incapaces de ganar un sustento (¡algo terrible para un padre!). Han recibido con los ojos desencajados y entre sofocos la avalancha de esta nueva especie que se mueve al grito de: ¡Enriqueceos!, ¡enriqueceos a cualquier precio, sin reparar en mentiras ni abusos, sin escrúpulos, sin que os importe vender las joyas de vuestra madre patria! ¡enriqueceos! ha pasado a ser la nueva (¡y qué insignificante!) ideología. Esta transformación destructora y caótica, que aún no ha hecho ningún bien ni reportado ningún éxito a nuestra economía -ni tiene visos de ello-, se ha alimentado copiosamente en la degradación del carácter popular.
Y no quiera Dios que la degradación actual sea irreversible.
Al final del siglo XX, el Problema ruso se plantea de una forma muy clara: ¿debe existir nuestro pueblo o dejar de existir? Por todo el globo terráqueo se está propagando una ola de nivelación monótona y trivial entre culturas, tradiciones, nacionalidades y caracteres. Y sin embargo: ¡cuántos se oponen a ella sin tambalearse e incluso con orgullo! Pero nosotros no... Y si esto sigue así, dentro de un siglo ya no hará ni falta borrar la palabra ruso de los diccionarios.
Estamos obligados a salir de esta presente situación humillante e incierta, si no por nuestro propio bien, al menos por el de nuestros hijos y nietos.
Hoy no oímos más que razonamientos sobre economía y bien es verdad que nuestra deprimida economía nos está asfixiando. Sin embargo, la economía sirve solamente para trabajar con una masa étnica sin rostro, mientras que lo que nosotros necesitamos es salvar también nuestro carácter, nuestras tradiciones populares, nuestra cultura nacional, nuestro camino histórico"
Camareros: Necesarios, degradados y precarios. Una experiencia personal
Ahora que ya está aquí el veranito con su calor plomizo, pegajoso y hasta criminal, se llenan las terracitas para tomar unas...

