martes, 14 de julio de 2026

La Revolución Francesa de 1789


 Prise de la Bastille (1789), de Jean-Pierre Houël

 

La Revolución Francesa es el acontecimiento que originó el mundo tal y como lo conocemos, en buena parte, hoy. En 1789 lo que aconteció en la Francia absolutista de la dinastía borbónica de Luis XVI fue el final de la Edad Moderna y el inicio de la Edad Contemporánea. Se sentaron las bases de la democracia moderna como sistema político de representación común, bajo el principio de la soberanía popular. Fue el resultado de un siglo de profundos avances ideológicos y filosóficos, el Siglo de las Luces, donde pensadores como Voltaire, Rousseau o Montesquieu pusieron en cuestión los modelos sociales y políticos vigentes basados en el absolutismo como sistema político y el feudalismo como base económica, ya en abierta confrontación con un capitalismo cada vez más pujante.

Estos pensadores franceses bebieron de las fuentes inglesas en las reflexiones de Hobbes y Locke que un siglo antes, entre 1642 y 1688 durante la Revolución Inglesa, cambiaron la naturaleza de la monarquía británica hacia un régimen más liberal y garantista. También fue considerable la influencia que la Revolución Americana con la Independencia de las Trece colonias que acabaron configurando los Estados Unidos de América, que marcó profundamente a Francia, haciendo propios los valores del liberalismo, la separación de poderes y los conceptos de soberanía y propiedad.

Durante el período revolucionario se vivieron distintas fases en los que la organización política de Francia cambió radicalmente y de forma pendular. Del absolutismo real se pasó a la República, con períodos excepcionales como los de la Asamblea Nacional y Constituyente, la época del Terror, el directorio, la dictadura y el Imperio bajo mandato de Napoleón Bonaparte, para al final, a mediados del siglo XIX, sin cerrar totalmente el proceso revolucionario, adquirir un estatus de monarquía constitucional. En oposición, encontró la beligerancia de las potencias europeas temerosas por un lado de que la Revolución se contagiará entre sus súbditos, y por el otro, que el empuje militar y económico que estaba adquiriendo Francia cambiara el vulnerable tablero hegemónico europeo.

Entre las consecuencias sociales y económicas destaca la emancipación de la burguesía como sujeto político de pleno derecho, y con cuya capacidad económica, lo convertirá progresivamente en dominante. A nivel filosófico y cultural la Revolución Francesa de 1789 dejó un marchamo indeleble en los valores humanos (entendidos como los del hombre adulto, blanco y propietario) y supuso la puesta en práctica de los principios republicanos, entre los que se incluía la participación política y la activación revolucionaria si las condiciones injustas de la sociedad y de la coyuntura así lo exigen.

En palabras del gran historiador Eric Hobsbawn, la Revolución Francesa marcó el inicio del “largo siglo XIX” (hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914) un período de 125 años en los que los mapas a nivel mundial se reconfiguraron. Fue la época de las Revoluciones. De los paradigmáticos cambios en multitud de campos que condicionaron el mundo hasta nuestros días a todos los niveles: político, económico, social, cultural, tecnológico, etc.



Antecedentes: Crisis del Antiguo Régimen

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII comienzan a producirse cambios en oposición al modelo del Antiguo Régimen. Éste correspondía al estatus político propio del absolutismo monárquico basado en una centralización del poder hacia una única persona, el Rey, cuyo poder viene directamente del mismísimo Dios. Hacía abajo en forma piramidal se distribuye el poder entre el clero y fundamentalmente la nobleza, que por un lado se oponía a la cada vez mayor centralización del estado en el palacio real y por otra, defendía su estatus oponiéndose a la implantación de parlamentos o asambleas locales o regionales. En esencia, el Rey era dueño de los estados que gobernaba, pero limitado por un tenue sistema de contrapesos por la nobleza y el clero. Pero los tres estamentos mantenían un estatus quo de hegemonía sobre el Tercer Estado, el estamento popular y productivo de campesinos, jornaleros, artesanos, comerciantes, etc.

En las primeras décadas del siglo XVIII los crecientes costos de la corona y el estado absolutista van haciendo a los monarcas cada vez más dependientes económicamente de esas clases productoras, especialmente de la burguesía, que acceden al cuerpo de la nobleza a través de la compra de títulos, pero se seguirán sintiendo rechazados y sin el peso político que les corresponde y al que aspiran.

Al mismo tiempo y salidos desde la nobleza, varios pensadores denunciarán este estado de las cosas y plantearán alternativas hacía un sistema más representativo y justo. Filósofos como Montesquieu propondrá las doctrinas constitucionales y el principio de separación de poderes. Voltaire a través de su Diccionario comentará los principios de libertad y justicia y criticara a la sociedad estamental calificando a nobleza y clero como parásitos. Por su parte, Rousseau plasmó en El Contrato social los principios de la soberanía depositada en el pueblo cuya expresión será el gobierno ideal del Estado Republicano. Y los planteamientos contra la monarquía borbónica y a favor de la expropiación de los bienes del clero de Tayllerand. También destacaron los enciclopedistas Diderot y Dalamabert, y la influencia de los pensadores ingleses que articularon las ideas que llevaron a la Revolución Inglesa de 1688.

En aquella Revolución la figura del Rey perdió poderes en favor de un parlamento que pasó a controlar y decidir sobre la economía, tanto fiscal como presupuestaria, y la política exterior, en especial, los intereses de guerra e intercambios comerciales. Sin ser un sistema liberal o democrático facilitará mayor dosis de estabilidad y participación a la burguesía que podrá presentar al sistema bicameral a través del partido liberal en confrontación con uno conservador donde se alojarán predominantemente la nobleza (alta y baja).

La economía en Francia durante este período era de subsistencia y basada en una agricultura arcaica y de escasos rendimientos. La tierra estaba mal repartida, con un entre 80 y 90% del total de la población trabajan las propiedades (más de un 75% de la extensión del país) de un 8% de la población pertenecientes a la nobleza y el clero en régimen señorial. Este ecosistema económico provocará hambrunas, subidas de precios, escasez, epidemias y en definitiva, unas mortalidades altas, en las ciudades, y sobretodo en el campo, que será uno de los factores que empujará a un notable éxodo rural de población que abandonará el mundo rural y se instalará en las ciudades.

 

 

París antes de la revolución: Place Maubert, grabado de Étienne Jeaurat, 1753 (Rijksmuseum, Amsterdam).

 

Antes de este éxodo se habrá producido una Revolución agrícola, sobretodo en las provincias unidas holandesas y en Inglaterra, que poco a poco irá penetrando en Francia. Se mejorará la producción a partir de innovaciones técnicas en cultivos, que llevará a una liberalización de mano de obra en el campo que primeramente completará su manutención a través de trabajos artesanales (en especial los elaborados por mujeres). Con el tiempo y la re-inversión de excedentes en las producciones más personal dejará las explotaciones, y ante los episodios de malas cosechas y conflictos, emigrarán a las ciudades donde pasarán a formar parte de las manufacturas industriales, ya trasladadas del campo a la ciudad, donde entrarán en conflicto con las asociaciones gremiales artesanales pre-industriales. Esta situación que hará que crezca la demanda de productos industriales facilitará que aparezcan ricos empresarios y comerciantes que pasarán a dominar los gremios, imponiendo sus condiciones y el precio final de los productos, a través de una innovación económica del momento: la Ley de la oferta y la demanda.

Además, su posición se verá beneficiada por los rápidos incrementos que el comercio internacional con las colonias traerá. Si el comercio interno estaba muy limitado por la dificultad de transitar por caminos descuidados, llenos de asaltantes, con sistemas de pesos y medidas divergentes, aduanas y medidas proteccionistas, el comercio marítimo no tendrá limitaciones y el intercambio de productos agrícolas baratos producidos en las plantaciones esclavistas, serán transformados en los talleres pre-industriales y ya industriales de las ciudades europeas, para viajar de nuevo a las colonias como productos acabados donde serán consumidos por las nuevas clases medias de las ciudades, tanto en América como en Europa.

Esto generó dos realidades sociales nuevas dentro de la sociedad del Antiguo Régimen: Por un lado, una clase alta económica, formada por comerciantes y empresarios, por todo el personal que necesitaban cerca (abogados, funcionarios, etc.) y por otras profesiones liberales (médicos, maestros). Y por el otro, una clase baja desposeída, muy numerosa y explotada tanto en el campo por los antiguos señores, y los que han marchado, en las ciudades por los nuevos empresarios. A ellos se sumaba la nobleza y el clero que cada vez tenían más problemas para cobrar los señoríos.

Este estado chocaba con la sociedad estamental. Nobleza y clero correspondían a un 8% de la población. Eran muy ricos y estaban privilegiados políticamente (no pagaban impuestos, exenciones judiciales, etc.). El pueblo era el resto de la población, la parte mayoritaria. Pocos derechos y muchos deberes, empezando por llevar la carga fiscal de la corona. De este tercer estado surge la burguesía, a distintas escalas, que compra títulos para ascender al grupo privilegiado, pero aún así es rechazada. En conjunto se compone una sociedad marcada por la desigualdad económica y política.

Esta situación es analizada por La Ilustración. La razón discurre sobre todo. Sobre la religión (“dios no existe”, ateísmo o “dios existe pero se desentiende por lo que no es merecedor de culto”, deísmo). Considera al hombre como el único ser dotado de razón y cuyo deber es la búsqueda de la felicidad, que a de hacerse a través de la buena educación, el trabajo, la riqueza y un progreso indefinido. Esto choca con la sociedad estamental de grupos cerrados por lo que los ilustrados plantearán su desaparición por una sociedad de clases, donde cada uno busque personalmente su honor y su felicidad, y donde la libertad y la igualdad se rijan bajo un régimen de propiedad. Ante ello la solución política es acabar con el despotismo ilustrado.



Desarrollo Histórico de la Revolución Francesa de 1789

En Francia gobierna Luis XVI en el trono desde 1774, monarca absolutista pero de carácter débil, manejado por sus validos, y en especial, por su esposa, la “austriaca” María Antonieta que no es querida por el pueblo y a la que ven confabulando desde palacio en favor del Imperio Austro-húngaro. Mientras las fiestas en palacio son carísimas y frecuentes, comentadas por París y toda Francia, el país se enfrenta a una notable crisis económica debida por un lado a varias crisis agrícolas motivadas por años de sequías e inundaciones terribles en 1788; y por el otro, por la errática política internacional de la corona con derrotas militares y diplomáticas en aventuras con escaso retorno.

Además, Luis XVI tiene que conjugar otros problemas como la difusión de las ideas ilustradas (Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Tayllerand, etc.,) y las peticiones para una separación de poderes, mayor libertad e igualdad, seguridad y felicidad. Existe un cuestionamiento del modelo social estamental, de los privilegios de la corona y de la nobleza y el clero. Los problemas económicos también afectan a la burguesía recién constituida, que se había hecho rica durante la prosperidad entre 1730 y 1770, pero que ni había obtenido acceso al poder político y decisorio, seguía asumiendo el grueso de la carga fiscal y tenía tremendas dificultades por las malas cosechas, el encarecimiento de los productos, tanto de materias primas, como manipuladas, y de una crisis económica generalizada, que provocaba que pasasen hambre tanto los campesinos como los propios nobles y el bajo clero rural.

Se suma el escaso retorno de los préstamos que Francia dio a las colonias americanas en su lucha por la independencia para derrotar a Inglaterra, el gran enemigo en Europa de la corona. A cambio no puede exportar a las colonias porque se encuentran en situación de guerra, con lo que los gastos han subido, y los ingresos bajado. Acontece una crisis ganadera con varias pestes en el ganado ovino. Aumentan los precios del trigo y el resto de cereales debido a varias sequías, lo que afecta directamente a las clases populares, al Tercer Estado (Lefebvre 1960: 24).

Todo esto provoca un creciente y profundo malestar social, dentro de un modelo estamental rígido, de privilegiados y no privilegiados, donde en medio se situá una burguesía rica, pero sin acceso al poder. Es más, es constantemente marginada y rechazada por la nobleza y el clero, también descontentos porque están bajando sus réditos y señoríos por la carestía del pueblo, que directamente pasa hambre.

A nivel político, el Rey absolutista por encima de los Estados Generales. Toma decisiones que profundizan las divisiones sociales como la venta de títulos y cargos públicos a la burguesía en detrimento de los nobles, al tiempo que exige más tributos a esa burguesía, la única en condiciones de pagar por las excepciones fiscales de la nobleza y el clero y las carestías del pueblo llano.

Esta situación lleva al planteamiento de una Reforma fiscal que repartiera las cargas impositivas y aumentará los recursos de la corona. El ministro Necken es el encargado de plantearla y emplearla: Cada uno pagará o aportará según su riqueza y no de acuerdo a los estamentos. Esto provoca el rechazo de los nobles que convocan una Asamblea de Notables negándose a cualquier reforma que implicase la pérdida de sus privilegios, exigiendo el cese de Necken y la convocatoria al Rey de los Estados Generales. En ellos se reúnen representantes de la nobleza, el clero y el estado llano, por lo que se habilitan un proceso de elección entre los distintos estamentos, así como unos “cahiers des doléances” (cuadernos de quejas) donde cada grupo recogerá sus propias reivindicaciones (Price 2016: 119).

 

 

Caricatura de 1789 que denuncia la opresión que padece el Tercer Estado por parte de los dos órdenes privilegiados, clero y nobleza. La piedra que aplasta al Tercer Estado y sobre la que están de pie el clero y la nobleza lleva la inscripción: «Taille, impôts et corvées» ('tallas, impuestos y corveas'). El pie de la imagen dice: «Le Temps passé les plus utiles étoient foulés aux pieds» ('En el pasado, las cosas más útiles eran pisoteadas') (fuente: Wikipedia Commons).

 

En esencia en mayo de 1789, cuando se reunieron los Estados Generales, no se pensaba en una “revolución” como ruptura política radical con el pasado, ni nadie había previsto la serie de acontecimientos que llevarían a julio de 1789, cuando con la entrada masiva en escena de las sublevaciones urbanas y rurales -de carácter fundamentalmente económico y social en un principio- transformaron totalmente el panorama político y el carácter del conflicto entre la nobleza y el Tercer Estado (Castells, Tafalla 2011: p. 27).

Los Estados Generales son por lo tanto, convocados por el Rey por primera vez desde 1614. Ante la asamblea el Tercer Estado presenta numerosos participantes con la voluntad de plantear en primer lugar la decisión sobre si se vota por estamentos, es decir, cada grupo un voto, o por individuos. Evidentemente esto provoca el enfrentamiento entre la nobleza, el clero y el Rey frente al Estado llano, que es apoyado por una figura clave en todo el proceso revolucionario: el ábate Sieyès. Sieyès clama a través de su panfleto “¿Qué es el Tercer Estado?que “el pueblo tiene que participar porque es la mayoría de Francia(Price 2016: 121).

«Nada puede funcionar fuera del Tercer Estado; todo iría infinitamente mejor si no existiesen los demás órdenes», y «¿qué es lo que ha sido hasta ahora en el terreno político?», se preguntaba: «nada, pero su demanda es ser alguien».

Aparentemente, el Rey se muestra a favor y en desacuerdo con los grupos privilegiados, pero en realidad maniobra para que nada cambie. Cesa a Necken lo que provocó el hastío del Tercer Estado (Lefebvre 1960: 38).

Esto lleva a una situación de bloqueo que se saldó con el abandono del Tercer Estado de los Estados Generales. Los oradores del Tercer Estado como Desmoulins o Dantón llamaban a la acción y a la resistencia. En ese momento los representantes del pueblo se convierten en Asamblea Nacional, como depositarios de la soberanía y jurarán no separarse hasta dar a Francia una Constitución (Juramento del Juego de pelota, del 20 de junio de 1789).

 

 

El Juramento del Juego de Pelota ("Le Serment du Jeu de paume") de Jean-Louis David (fuente: Wikipedia Commons).

 

La Nobleza, el clero y el Rey no aceptan la situación y se confabulan para el decreto real que saca las tropas a la calle, lo que lleva a enfrentamientos entre el ejército y el pueblo llano. El día 13 de julio París fue ganada por los insurrectos, mientras que los soldados se negaban a seguir las órdenes de sus jefes. Esta tensión crecerá hasta el momento culminante de la Toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, desde entonces Fiesta Nacional Francesa. La Toma de la Bastilla se convertirá en el símbolo de la Revolución, pero en realidad, no tuvo ningún tipo de preparación revolucionaria y se debió más bien a la respuesta espontánea ante la actitud del comandante del fuerte, el marqués de Launay, quien no sólo se negaba el acceso a los revolucionarios que llegaban armados desde las Tullerías, sino que además, ordenó la carga y el disparo contra la muchedumbre (Castells, Tafalla 2011: p. 34).

La Revolución se extiende por París y después por toda Francia. Ayuntamientos por buena parte de la nación declaran que solo reconocerán la autoridad de la Asamblea Nacional y no la del Rey. Los campesinos dejan de pagar derechos señoriales y se producen no pocos asaltos a castillos y guarniciones nobiliarias. La Asamblea Nacional, en ese contexto, emite su primer decreto el 26 de agosto en el que aboga por la igualdad de todos los hombres en la Declaración de los derechos del Hombre y del ciudadano, claramente inspirada en los escritos de Rousseau (Castells, Tafalla 2011: p. 38).

 

Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano (fuente: Wikipedia Commons)

 

Esto convierte a la Revolución en un acto legal, primero como crítica al Antiguo Régimen, después como denuncia por los escasos avances para revertir una situación demandada por el pueblo que pedía libertad, igualdad y una transición de la soberanía nacional para que residiera en el mismo pueblo.

Evidentemente, el Rey no acepta las leyes emitidas por la Asamblea Nacional y se niega a firmarlas. Solo lo hace, cuando muchedumbres se manifiestan delante de Versalles (y también en varias ciudades más), denuncian su boicot y su traición a la nación, al descubrirse sus movimientos de auxilio a otras naciones absolutistas, por lo demás, rivales de Francia.

 

Grabado anónimo que representa la marcha de las mujeres a Versalles en octubre de 1789, en el que aparece Theroigne de Méricourt montada en un caballo blanco (foto: Wikimedia Commons)

 

Se obliga al Rey a firmar los decretos y la familia real es trasladada en arresto de Versalles a París. Trascendente en esto es la marcha espontánea de las mujeres parísinas, lavanderas, panaderas, tejedoras que se alzaron y forzaron la situación a través de la protesta y la acción directa.

La fase final de la revolución política-jurídica ocupa los meses de septiembre-octubre de 1789, y la cuestión central que la caracteriza fue la aparición de fracturas político-sociales. Una vez afirmados los principios fundamentales, empezó la discusión del contenido concreto que se le iba a dar a la construcción del nuevo Estado. Los debates fundamentales se iniciaron ya a finales de agosto, en torno a la organización de poderes, es decir, por un lado, si había que optar por el bicameralismo o mantener un solo cuerpo legislativo, y por otro, en qué medida el rey podía oponerse a la promulgación de una ley mediante el veto real. Para evitar el desorden y la confusión que se produjo sobre estas dos cuestiones, se decidió que la Asamblea se dividiera entre los partidarios del veto absoluto y una Constitución con dos Cámaras, los cuales se colocarían a la derecha del presidente, mientras que los adversarios formarían la izquierda de la Asamblea. Fue esta división de topografía parlamentaria la que ha llevado tradicionalmente a fijar en torno a esta discusión el origen de las modernas denominaciones de “derecha” e “izquierda” aunque tales asignaciones apenas se usaban en 1789, al no haber una presencia activa de la prensa y de los clubes hasta 1790-1791, pero ha quedado para la posteridad como referencias simbólicas de la ideología y la praxis política (Castells, Tafalla 2011: p. 39).

Se genera de este modo un sistema de liberalismo moderado que se ratificará en la Constitución de 1791. Ahí se acepta la monarquía limitada, la división de poderes, pero todavía de manera parcial e injusta, que vendrá impuesto un sufragio censitario, que excluye a la abrumadora mayoría de la población de desposeídos. Pero la burguesía habrá conseguido su objetivo, el acceso al poder, ahora compartido con la nobleza, en especial la alta y la ligada a las capitales provinciales y departamentales más importantes, y también al alto clero. El Rey jura la Constitución y hace efectiva, por tanto, la toma del poder por parte de la burguesía.

Las reformas institucionales en el terreno económico-social que realizó la Constituyente, estuvieron condicionadas no sólo por los estrictos intereses materiales de la mayoría de los diputados, sino por el día a día de los acontecimientos, aunque siguieron el hilo conductor de algunos principios generales, unos comunes y otros contrapuestos, lo que explica el que no dejaran un sistema coherente de pensamiento económico. Se preocuparon fundamentalmente de la Francia urbana, aboliendo los privilegios y los gremios y estableciendo la libertad de empresa, la libre producción (ley d’Allarde de marzo de 1791, completada con la ley Le Chapelier del 14 de junio de 1791), la unificación del mercado nacional y un sistema unitario de pesos y medidas. Fueron las luchas sociales las que marcaron una dirección contradictoria en la política económica de los constituyentes oponiéndose dos concreciones distintas de los derechos proclamados en la Declaración de 1789: una, que defendía a ultranza el liberalismo económico, y otra, que reivindicaba que éste debía estar subordinado a las necesidades políticas y a garantizar el derecho fundamental de las personas, como era el derecho a la existencia, que exigía la tasación de granos y de los productos básicos, lo que hizo difícil, antes incluso del verano de 1792, el mantenimiento total del libre comercio (Castells, Tafalla 2011: p. 62).

Entre las primeras medidas que la Asamblea Nacional tomó, estuvo la nacionalización de los bienes del Clero, lo que llevó a un conflicto con el Papado, que confabulará con el propio Rey de Francia para intentar acabar con la Constitución y volver al Antiguo Régimen. Sin embargo, es descubierto el complot y su participación en la contrarrevolución y en las guerras civil e internacional que intentaban deponer el asalto revolucionario, y el Rey es interceptado en su huida y depuesto de sus funciones, por lo que se abre un período de Asamblea Legislativa (1791-1792), que formalmente funcionará como una República de carácter liberal.

Esta Asamblea se formará a través del sufragio censitario validado en la Constitución de septiembre de 1791, en el que solo podrán participar hombres propietarios, que pertenecían o bien al clero, a la nobleza o a la burguesía, por lo que era inviable acuerdos que permitiesen gobernar. A las elecciones se presentaron “partidos políticos”, todavía no formados en el término contemporáneo, sino más bien como “clubs” o “charlas” que aglutinaban a figuras con las mismas inquietudes o intereses. El resultado fue una asamblea fragmentada entre moderados o no revolucionarios (y dentro de este grupo a partes iguales, ultrarrealistas partidarios del Antiguo Régimen y moderados a favor de la Monarquía Constitucional) y los revolucionarios, con tres grupos en discusión: Girondinos, de la Gironda (zona vinícola por autonomasía abierta al comercio exterior a través del rio navegable Garona y su salida al Atĺántico, y con una propiedad de la tierra basada en latifundios donde los burgueses han pasado también a controlar la propiedad de la tierra, como de la producción), muy ligados a los moderados y que plantean reformas sociales que benefician a la alta burguesía; Jacobinos, por sus reuniones en la Iglesia de San Jacob, que anhelan la República aunque aceptan en primer término una Monarquía Constitucional con un sufragio censitario muy ampliado; y los Cordeliers, más radicales a favor de un sufragio universal y el establecimiento de una república de la Igualdad.

Si bien, los acuerdos son muy costosos, la Asamblea Nacional consigue gobernar aunque no sin problemas: La Europa absolutista no acepta la Revolución. El Imperio Austro-Húngaro y Prusia declaran la guerra contra Francia que recibe el apoyo del propio Rey Luis y sus partidarios. El gobierno forma un nuevo ejército del pueblo, declara “la patria en peligro”, recurriendo a la colaboración de todos los franceses, a lo que se opone el Rey que es acusado de traición, depuesto y encarcelado, junto a toda la familia real.

Se celebran nuevas elecciones en este contexto bélico y de cese del Rey de la que saldrá una convención mucho más radical que proclama la República (1792-1794). Se establece el calendario republicano, cuya fecha 1 es el 22 de septiembre de 1792, equinocio de otoño, y se establecen los meses por estaciones y labores agrícoals.

Primero, gobiernan los girondinos, que aunque llevan a cabo el juicio y condena del Rey por traición son considerados muy moderados. Son sustituidos por un gobierno Jacobino radical, liderado por Maximilien Robespierre, quien se hace célebre proclamando la igualdad entre ciudadanos y los derechos de participación política y pensamiento. Se establece la “Época del Terror”, con Robespierre de Ministro de Sanidad Pública, esto es de depurador de las conductas contrarrevolucionarias y antipatrióticas, cuya imagen es el cadalso y la guillotina ajusticiando a todos los nobles que se opusieron a la Revolución. Incluido el Rey y la familia real al completo (Lefebvre 1960: 104)

 

Hinrichtung Ludwig des XVI, la Ejecución de Luis XVI de Georg Heinrich Sieveking (fuente: Wikipedia Commons)

 

Pronto los jacobinos son discutidos por excesivos, incapaces de paliar una nueva crisis de malos rendimientos agrícolas y el boicot al comercio de productos franceses, y son depuestos de sus funciones y Robespierre ejecutado. Con ellos cae el modelo republicano, y en cambio, se establece una “nueva” Constitución en 1795, moderada, con un sufragio censitario muy estricto y que establece una dirección nacional excepcional por la crisis en forma de directorio, con cinco directores y 6 ministros, de los que forman parte entre otros, Napoleón Bonaparte y sobretodo Sieyès, quien ha venido siendo importante en todo el proceso revolucionario. Fundamentalmente en este período de Convención (septiembre de 1792-septiembre de 1795) donde Sieyès supo navegar entre posicionamientos radicales y otros más conservadores y pragmáticos. Esta Constitución mantiene los valores revolucionarios, pero conformando un gobierno “fuerte” que pudiera responder ante los retos que Francia atravesaba en aquel momento.

Sin embargo, este directorio tendrá sus propias dificultades, primero por la oposición de los ultrarrealistas, pero también de los jacobinos que cuentan con el apoyo popular. Se producen varios episodios de sublevaciones tanto en París como en provincias que son aplacadas con fuerza por el ejército, mucho más organizado y profesional tras la experiencia de la guerra internacional. Esta guerra no había acabado, pero basculaba a favor de Francia y de su dominio militar donde la figura de Napoleón empieza a hacerse un notable nombre. Esto hizo que Inglaterra, muy interesada a nivel económico de devolver a Europa y al Océano Atlántico a un escenario de paz y calma que favoreciese los negocios, comenzará a plantear coaliciones que primero consiguieran aplacar a Francia, y después, ya abiertamente tratados de paz.

 

La Bataille du Pont d'Arcole. De Horace Vernet. Napoleón liderando a sus tropas en la Batalla del puente de Arcole. (fuente: Wikipedia Commons).

 

Ante esta situación de ataques exteriores y dificultades internas, con una galopante crisis económica en la base agraria de la economía, el directorio fue ganando cada vez mayor independencia y autoridad frente a la Asamblea Nacional. Se llevó a cabo una concentración de poder, buscando decisiones más rápidas y mejores. En 1794, un primer Golpe de Estado, establece un consulado que atesora todo el poder, con 3 cónsules, uno de ellos, Sieyès, pero con un primer cónsul en la figura de Napoleón que domina la fuerza militar. En 1799, un nuevo Golpe de Estado, el del 18 de brumario (9 de noviembre de 1799) organizado por Napoleón, sus hermanos y correligionarios que proclama una nueva Constitución (VIII en el Calendario Republicano) que garantiza la Dictadura, acaba con el Directorio, y coloca a la figura de Napoleón (toda vez que el favorito para liderar el nuevo sistema, el general Joubert había fallecido en el campo de batalla), quien acabará con las guerras internacionales como máximo dirigente. Fue un golpe interno, promovido por sus propios líderes valiéndose del poco apoyo que el pueblo tenía a la promoción del estado revolucionario, ya que después de 10 años no veían una mejora considerable en sus condiciones. Una vez más, la figura de Sieyès fue decisiva. Quien había clamado por la participación del pueblo y quien había modificado su praxis al calor de los acontecimientos y sus intereses personales, una vez más giraba el sentido político de Francia. A él correspondió aplicar la divisa pos-termidoriana de que "la política es una ciencia, una técnica de poder desprovista de los principios abstractos de las Declaraciones de Derechos revolucionarias". Su objetivo era conseguir una estructura política autoritaria, con un poder ejecutivo centralizado, fuerte y estable. Pero para cambiar la Constitución había que recurrir al golpe de estado, al Ejército y buscar un general seguro (Castells, Tafalla 2011: p. 148).

En 1802, un nuevo Golpe de Estado favorece el nombramiento de Napoleón como cónsul vitalicio (Constitución del Año X), estableciendo de facto una monarquía de derecho divino, en la figura del general corso, quien ya en 1804, se erige en emperador ante el Papa, sacralizando nuevamente, la unión entre el estado francés y el papado.



Consecuencias

Formalmente la Revolución Francesa duró desde 1789 hasta 1799, momento en el que la nueva Constitución proclamada suprimía las libertades y derechos ciudadanos (no incluía la declaración de derechos) y la supresión de la división de poderes. La Revolución Francesa de 1789 es sin duda, uno de los acontecimientos históricos más trascendentales, puesto que marcó un punto de inflexión, un nuevo paradigma. No sólo se transformó la estructura social y política de un país, Francia; sino que influyó de manera decisiva en todo el mundo, abriendo un período donde los ideales de la libertad, igualdad y la fraternidad podían desafiar y modificar el orden establecido.

La primera consecuencia y más directa es que la Revolución Francesa terminó con el Antiguo Régimen. El sistema político basado en la monarquía absolutista, la sociedad estamental rígida de una minoría de privilegiados y una mayoría aplastante de no privilegiados y la economía de base agraria regida por los señoríos se terminó con la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789. A cambio, se configuró un sistema que aspiraba a abolir los privilegios de cuna y que tuvo en la proclamación de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, las bases jurídicas y políticas para garantizar la igualdad ante la ley, la soberanía popular y la protección de los derechos individuales, muy especialmente el de la propiedad.

La interpretación de la Revolución Francesa a partir de su resultado, es decir a partir del triunfo de la burguesía sobre el resto de clases en liza, dificulta la compresión de un fenómeno tan complejo como la participación de las clases populares urbanas en la revolución. Sin la participación del “pequeño pueblo” (menu peuple) de París, Marsella o Lyon, la Revolución no hubiera sido posible. Las grandes jornadas protagonizadas por el pueblo de Paris y las grandes jacqueries marcaron y condicionaron decisivamente el desarrollo del proceso.

Sin embargo, el movimiento revolucionario no enraizó en toda Francia por igual. Si bien París, la cuenca del Sena y sus alrededores, el Norte incluida Normandía, la cuenca del Garona entre Toulouse y Bourges y el eje Norte-Sur en torno al Ródano (Cote d'Or, Lyonesado, hasta el litorial medierráneo y la provenza oriental), vivieron episodios significativos y decisivos en la historia revolucionaria que marcaron su carácter y dinamismo económico y social, otras partes de Francia no vieron con simpatía la revolución. Las zonas rurales de interior en torno al Macizo Central, la Alta Saboya y otras zonas montañosas del Jura en el Nordeste, así como la zona intra-alpina (Castells, Tafalla 2011: p. 167). Y de manera muy señalada la Bretaña que salió del proceso revolucionario con una posición ultra conservadora que no existía en 1789, debido en parte a un fuerte sentimiento regional ligado a su propia especificidad, y al haberse sentido perjudicados por el alzamiento revolucionario que no mejoró la vida ni para las clases privilegiadas, ni tampoco al pueblo llano (Castells, Tafalla 2011: p. 131). Estas difrencias en torno al sentimiento revolucionario todavía son vigentes hoy si se recorre Francia.

Tratar de entender la presencia y la actividad del llamado movimiento popular-urbano significa dirigir la mirada hacia un mundo complejo en el que se mezclaban una multiplicidad de grupos sociales cuyo denominador común consistía en no ser miembros de las clases acomodadas y vivir en la ciudad. Estos grupos sociales se hicieron progresivamente autónomos con respecto a la burguesía y de sus valores y objetivos. Este autonomía se basaba tanto en sus concepciones igualitarias, como en unos intereses sociales diferentes, y en los métodos de lucha, de debate y organización practicados. Se forjó a partir de su propia experiencia y del desarrollo del proceso revolucionario (Castells, Tafalla 2011: p. 74).

Para que todo este conjunto abigarrado y con intereses a veces contrapuestos diera lugar a un poderoso movimiento fue necesario un proceso moderadamente largo. De su experiencia y participación en los años de la revolución surgió un cierto sentimiento de pertenencia a un colectivo con identidad propia: el pueblo. Esta identidad recibió un nombre propio: los sans-culottes (los “sin calzones”, en referencia a la prenda de ropa que definía a los sectores ricos aristocráticos: los culottes). Esta expresión connotaba inicialmente el desprecio de la prensa aristocrática hacia el pueblo. Como suele suceder en estos casos, y a partir del 20 de agosto de 1789, el pueblo adoptó con orgullo este apelativo (Castells, Tafalla 2011: p. 75).

Uno de los principios del republicanismo de derecho natural consiste en la idea de que toda ley que no haya sido sancionada por el pueblo supone una usurpación de la soberanía popular, tiene un carácter tiránico y el pueblo tiene el derecho e incluso el deber de la insurrección ante cualquier acto de tiranía de este tipo. Desde 1789, la democracia popular parisina hizo uso repetidas veces de este derecho de insurrección hasta que fue derrotada en 1795: fueron las grandes jornadas revolucionarias (Castells, Tafalla 2011: p. 80).

Una segunda consecuencia fue el cambio radical en el ecosistema social. Se eliminó de facto, hasta con el paso del tiempo convertirla en intrascendente por si y residual, a la nobleza y el clero como clases privilegiadas y dopadas de poder político. La secularización de la sociedad y de la economía también garantizaron una mayor movilidad social, a través del trabajo, y fundamentalmente de los negocios, y la consolidación de ciudadanos libres e iguales en derechos y deberes. Evidentemente, este proceso tuvo fuertes resistencias y llevo a excesos y conflictos, pero sin duda, la experiencia revolucionaria ya había abierto la puerta a la participación política del grueso de la ciudadanía, y a que ésta, progresivamente, fuera añadiendo más capas de responsabilidad y peso, así como que distintos grupos y colectivos se fueran sumando hasta nuestros días.

No quiero olvidarme en este punto en la trascendencia que la Revolución Francesa tuvo para dos colectivos concretos:

A través, de la experiencia revolucionaria los valores republicanos calaron de manera fuerte en la población que vivía bajo el régimen de la esclavitud. No fueron pocos los patronos (incluidos ilustrados y algún asambleario) que fundamentalmente en Francia fueron contestados por su lucro con la esclavitud, que pese a todo fue alentada hasta por el propio Napoleón. Faltarían varias décadas hasta su prohibición definitiva. Pero sobretodo, cundió en Haití, que era colonia francesa en el Caribe, y donde la revolución, alentada en buena parte por los recién creados Estados Unidos, pero sin duda, inspirada en los valores revolucionarios, terminó con la victoria de los esclavos que constituyeron hacia 1804 su propia nación, la primera “república negra”.

También es preciso y de alabar los estudios que trabajan el legado y la situación de la mujer durante la Revolución Francesa. Numerosas mujeres participaron en los “cuadernos de quejas”, los cahiers des doléances, denunciando su situación de desposesión y sometimiento. Muchas anónimas participaron en la propia revolución, a veces empuñando armas y empujando contra la fuerza militar del Antiguo Régimen. Su empeño acabó en un hito fundacional del feminismo: A finales de 1791 Olympe de Gouges redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, donde más allá de incluir la acepción “ciudadana” en la misma consideración que la vertiente masculina, puso las bases para la consideración de la mujer como un agente político y social propio, con voz, ideas y acción que le pertenecen intrínsicamente. Lamentablemente, vivieron en primera persona la propia opresión masculina, tanto de revolucionarios como contrarrevolucionarios, y hacia 1795 fueron derogados los derechos de las mujeres a la participación política. La propia Olympe de Gouges fue encarcelada, vilipendiada por compañeros y finalmente ejecutada en noviembre de 1793 (Castells, Tafalla 2011: p. 87).

 

 

Olympe de Gouges camino de la guillotina, el 3 de noviembre de 1793 (imagen: Wikimedia Commons).

 

En cuanto al contexto histórico siguiente al período revolucionario es trascendental comprender cómo lo acontecido en Francia, inspiró y cambió los ideales políticos y sociales en Europa y también en América Latina, durante el siglo XIX, pero también ya en el XX en los procesos de descolonización de África y Asia (de no pocas posesiones francesas, por cierto). La difusión de los principios republicanos, el rechazo a la tiranía y a la injusticia y la proliferación de los valores ciudadanos e individuales, motivaron los procesos de emancipación e independencia de numerosas sociedades. El impacto cultural y el corpus filosófico generado en torno a la Revolución, promovió una nueva conciencia ciudadana basada en la dignidad y la libertad, principios que sustentan los derechos civiles y sociales desde entonces y hasta hoy en día.

Sin duda, también existieron contrapartes, como el exceso de violencia y los abusos de poder que pusieron en debate los acontecimientos de la revolución y los límites de la libertad y la justicia. El Terror (muy distinto a la violencia popular revolucionaria) fue un acontecimiento histórico único que hay que situar en un momento concreto del transcurso de la Revolución, aunque es difícil dar una fecha precisa del mismo, ya que la Convención nunca adoptó un “sistema de Terror” como régimen político. El Terror no fue sistemático, ni tampoco un proyecto preconcebido y programado, sino una respuesta pragmática a la crisis multiforme por la que atravesó la República desde la primavera de 1793 hasta el verano de 1794, cuando, ante la ineficiencia de los medios habituales de intervención política, la cultura de la urgencia sugirió el empleo del "Terror", una forma de gobernar propia que se llevó a cabo sin tomar conciencia de las trágicas consecuencias que tendría (Castells, Tafalla 2011: p. 117).

Por último, no puede obviarse el hecho de que la revolución, y desde entonces todo proceso revolucionario, parece abocado a sucumbir ante una reacción de las élites que se han visto depuestas o de las que se han aupado a través de la misma práctica revolucionaria y subversiva. Que a la Revolución Francesa le siguiera inmediatamente la Dictadura y el Imperio Napoleónico, y que después, se iniciará un proceso de Restauración en toda Europa que buscó eliminar los avances filosóficos, políticos y sociales para volver a un régimen absolutista y desigual, debería hacernos reflexionar sobre cómo el autoritarismo se transforma y moldea para continuar oprimiendo a seres humanos, desafiando el progreso lineal de la historia.

En definitiva, la Revolución Francesa de 1789 supuso una transformación profunda que modificó el orden establecido desde todos los puntos de vista: político, económico, social, cultural y filosófico. Fue el hito que ayudó a configurar el mundo contemporáneo, abriendo un paradigma político y ético de participación cívica y colectiva. Sin duda un acontecimiento imprescindible en la Historia de la Humanidad.



BIBLIOGRAFÍA

CASTELLS, Irene; TAFALLA, Joan (2011). Atlas Histórico de la Revolución Francesa (1789-1799). Madrid. Editorial Síntesis.

LEFEBVRE, George (1960). Revolución Francesa y el Imperio (1787-1815). Del original en francés Histoire de la France pour tous les Français (1938). Editado en castellano en 1960 por Fondo de Cultura. Trad. María Teresa Silva de Salazar. 

PRICE, Roger (2016). “4 .Revolución e Imperio”. En Historia de Francia. Madrid. Ed. Akal. Trad. 1ª edición Beatriz Mariño. Pp: 116-186.


viernes, 3 de julio de 2026

Cine del de verdad: Extraños en un tren

 

Extraños en un tren (Strangers on the train, en el original) es una película de 1951 dirigida por Alfred Hitchcock. Esta basada en la novela homónima de Patricia Highsmith publicada un año antes y que tuvo un enorme éxito. Para adaptarla al lenguaje cinematográfico la producción se valió de un equipo de guión comandado por Raymond Chandler, el que fuera autor entre otras de El largo Adiós o el guion de la original La Dalia Azul. Con este elenco la intriga y el suspense quedaba garantizado.

Hitchcock tomó el encargo con mucha determinación. Emocionado por la calidad de la novela que consideraba se podía ajustar a su lenguaje cinematográfico, planificó con entusiasmo todo el proceso de producción. Aporto sus ideas para caracterizar a los personajes al tiempo que planificó al detalle el diseño de fotografía y escenarios junto a su habitual colaborador Robert Burks. La Warner se asoció con la productora de Hitchcock Transatlantic Pictures, y proporcionó el concurso de varios actores prometedores del cine estadounidense para rodar la película en Hollywood y no alterar la esencia de la trama planteada por Highsmith en su novela. Con Extraños en un tren, Alfred Hitchcock quería recuperar su brío ante la dirección tras unos últimos años en los que parecía haber perdido entusiasmo en sus películas y proyectos.

La trama es muy sencilla. Dos personajes que no se conocen coinciden en un vagón de tren y comienzan a charlar de manera informal hasta llegar al punto en el que uno de ellos, el dandy adinerado Bruno Antony le plantea al otro, el tenista amateur Guy Haines, su “genial ideal” de intercambiar asesinatos. Cada uno asesinaría a la persona que imposibilita la vida plena del otro, y como ese asesino carecería de un móvil para con la víctima no sería considerado sospechoso por las autoridades. A partir de ahí, y cuando cada personaje se apea en sus respectivas paradas la historia va deshilachándose involucrando a las personas cercanas a los victimarios, incluidas las propias víctimas del otro. Y por supuesto, a la policía.

El resultado una obra cinematográfica de poco más de hora y veinte minutos donde el talento de los guionistas y la autora se conjuga magistralmente para dotar de un dinamismo colosal al metraje. La música compuesta por el compositor ruso nacionalizado americano Dimitry Tiomkin adereza la historia añadiendo capas de intensidad y distintas sensaciones (inmediatez, peligro, incomprensión, etc.) donde los instrumentos de cuerda como violines y violas transportan al espectador al centro de cada escena.

Y todo ello bajo la dirección del genial Hitchcock que se muestra a pleno rendimiento y compone algunos de los planos más memorables de la Historia del cine, como el famoso tiro de cámara hacia el reflejo en un cristal de una gafa, la vibrante escena del carrusel, o la brillantez en el filmado del partido de tenis.

En este punto, otro de los factores decisivos de la película es la genial interpretación del personaje principal Bruno Antony, por el actor Robert Walker. Él tenía 30 años recién cumplidos cuando se puso a las órdenes de Hitchcock para interpretar al antagonista y desencadenante de la acción y el trabajo realizado fue sobresaliente. Walker compuso un personaje redondo y memorable donde bajo el vestuario, las miradas y la voz nos plantea como espectadores la ambivalencia de los caracteres. Como todos escondemos claro oscuros, incluidos aquellos que invaden o se escapan del terreno de la locura.

En ese sentido, ambos personajes, tanto Bruno Antony como Guy Haines, serían dos caras de la misma moneda. Dos reversos de si mismos en los que se alojan tanto la sensatez y la luz, como la maldad y la oscuridad. Este juego doble, de personajes y caracteres compone un doppelgänger, es decir, el doble fantasmagórico, perverso o malvado de uno mismo.

El gran funcionamiento de la película tanto en recepción de la crítica y el público, como en el legado de la obra, aupó a ambos actores al estrellato. Sin embargo, Robert Walker no pudo disfrutar mucho de ello, puesto que al año siguiente, con 32 años fallecía en un extraño suceso en el que se conjugaba su depresión por el divorcio con su mujer, su alcoholismo y la intervención nunca investigada de un psiquiatra. De este modo se cerraba una vida y una carrera actoral que prometía pasar a la posteridad como el mejor actor de su generación.

La película también tenía un componente político en torno a la confrontación entre dos personajes característicos: Uno, el alter ego del modelo americano (deportista, educado, bien parecido); el otro un homosexual reprimido con problemas psiquiátricos. En su conflicto se dibujaba el contexto del clima homofóbico que se vivía en los Estados Unidos a finales de los 40.

Por todo ello no se puede más que celebrar y recomendar Extraños en un tren a todo el mundo. Sobretodo verla en versión original y desechar el doblaje del castellano de los años 50. Por otro lado, algo que ya he dicho en más de una ocasión: Hoy en día, que no tenemos más que películas filmadas en el croma, tratadas y manipuladas en el ordenador, imponiendo ambientes cromáticos y sonoros que buscan el aturdimiento del espectador; repitiendo la misma trama una y otra vez, trufadas hasta el agotamiento con efectos visuales y sonoros, con lo que, por oposición, da gusto ver una película rodada artesanalmente. Donde los planos desbordan creatividad y conocimiento del medio audiovisual. Y que nos cuentan una historia atrayente y que nos hace pensar. Y donde encima los actores están sobresalientes llevando el peso de lo que nos quieren contar.

 


 

 

martes, 30 de junio de 2026

Escena de caza (furtiva): la novela definitiva sobre la opresión y la degeneración del franquismo

 


A través de un documental emitido en el espacio Imprescindibles de la2 de RTVE nos llegó la vida y obra de Agustín Gómez Arcos. El desconocido literato español, exiliado en Francia, país que reconoció su legado y trascendencia incluso con la condecoración de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia en 1985, actualizada 10 años después en grado de oficial.

Una de las obras de Gómez Arcos que más atención y parabienes del público, la academia y la crítica francesa recibió fue Escena de caza (furtiva) publicada en 1978, y como el resto de su obra a partir de 1968 en francés.

Escrita a la limón entre París y Madrid, Escena de caza (furtiva) se estructura en 5 capítulos nominales que presentan los pensamientos y la biografía de cada personaje, en relación con el protagonista absoluto de la obra: el inspector de policía Germán Enríquez. Los cuatro primeros atienden a la viuda, a su mejor amigo, a su amante y la madre de esta, así como a una de sus víctimas y se concentran en torno al sepelio del inspector de policía. El último atañe a su verdugo y al momento del asesinato tomado como una escena de caza furtiva.

Bajo esta estructura y utilizando con agilidad y fluidez recursos narrativos de tiempo atrás y adelante, introspecciones, recuerdos y sueños de futuro, Gómez Arcos logra dotar de una inusitada ligereza a una narración honda y profusa. Cargada de adjetivos y presentaciones minuciosas del detalle, con un estilo que pasa del barroco del lenguaje al manierismo de la composición, y todo ello para centrar la acción en apenas unas pocas horas, las que van desde el asesinato al entierro. Y sin embargo, ni te sientes parado en la lectura ni llevado a una vorágine de acontecimientos. La calidad literaria del texto sobresale sin apagar de ningún modo el ritmo de la narración demostrando el absoluto dominio que Gómez Arcos poseía sobre la palabra escrita.

Y toda esta capacidad, conocimiento y recursos Agustín Gómez Arcos los pone al servicio de una obra política que funciona como una crítica total al fascismo y al franquismo. El autor expone la brutalidad del estado que se vale de la salvaje depravación de elementos como el inspector de policía para imponer su estado del miedo y la coerción. Como la mano ensangrentada de vísceras y vidas es la herramienta perfecta para que la élite del régimen continúe su abuso de las clases obreras y de los derrotados.

Las altas instancias de la Iglesia, de la policía, de la burguesía patria y de las pequeñas burguesías locales, del ejército o de los sindicatos verticales necesitan del concurso de sicarios bien pagados por mantener un orden (“su orden”) que significa opresión, persecución, miseria y muerte. Todos quedan retratados ante el lector y ante la Historia por formar parte de un entramado criminal y amoral. La opresión y la degeneración del franquismo como ideología, como acción política y cultural, y como presencia física e individual de quienes formaron parte del mismo o se lucraron de él, quedan expuestas de manera brillante y a la vez, hosca y carnal.

Con Escena de caza (furtiva) Agustín Gómez Arcos expone una vez más el radical conflicto entre oprimidos y opresores; la dialéctica entre poseedores y explotados sin perder de vista la decadencia física y moral de los verdugos y traidores. Componiendo un relato duro y salvaje el autor nos transporta a una época de dolor e ignominia que explica muy bien lo mal que estamos hoy.

Si en cualquier momento la lectura, cualquier lectura, es necesaria y recomendable, un texto como el de Escena de caza (furtiva) se vuelve ineludible, catártico y fundamental cuando se hace fuerte el verbo del horror, la violencia, la dictadura y el fascismo.

 

"Se bebe de un trago las arcanas aguas de la memoria materna, tragedia en que, sin lugar a dudas, la bestia representa el papel de protagonista. No logra reconocer a su padre en aquel amasijo de recuerdos dispersos, concentrados en un solo personaje. Pero si reconoce a la bestia. La asimila en profundidad: ángel tutelar de su propia vida (ángel diabólico, piensa), responsable del silencio que siempre pesó sobre él, de su clandestinidad de nombre y condición, del grueso cristal que nunca logró romper y que le impide mirar, y vivir, al otro lado del mundo. Llega a la conclusión de que no habrá vida para él mientras exista la bestia."

Agustín Gómez Arcos, Escena de caza (furtiva). del original en francés (1978) Scène de chasse (furtive). Ed. Cabaret Voltaire, 2ª edición, 2026. Trad. Adoración Elvira Rodríguez (2012).

 


Agustín Gómez Arcos fue un novelista y dramaturgo español exiliado en Francia desde mediados de los años 60. Nacido en 1933 en el seno de una familia muy humilde pasó su infancia y juventud en su Almería natal, cultivando un fuerte amor por la literatura gracias a su profesora vital Celia Viñas, al tiempo que la represión y las penurias provocadas por la Guerra Civil y la brutalidad de la incipiente dictadura, se hacían perennes. El acceso a la educación superior lo llevó primero a Barcelona y luego a Madrid donde ya comenzó a publicar y a moverse en los círculos editoriales y teatrales, llegando a trabajar simultáneamente como dramaturgo, director, actor o traductor. Su compromiso se hacía ya ver con su biografía e identidad, condicionada por su homosexualidad, al tiempo que plasmaba en sus trabajos un ferviente rechazo a las estrecheces que el franquismo provocaba llevándole a sus primeros enfrentamientos con la censura.

A partir de 1962, ya instalado en Madrid, Gómez Arcos plantea textos y obras que por una parte reciben la atención del círculo antifranquista, la aprobación y celebración académicas que le otorgan varios premios nacionales, y la persecución de una censura concentrada en cortar de raíz sus escritos en favor de la libertad de conciencia y en la identidad como ser humano.

Por esto último en 1966 decide exiliarse, primero en Londres y luego en Francia donde se instala definitivamente. En París Agustín Gómez Arcos continúa escribiendo obras de teatro desde los café-teatros, pero pronto amplia su carrera como escritor, convirtiéndose en narrador, en novelista notable, siempre publicando en francés. A partir de 1973 inicia el trabajo y redacta El cordero carnívoro que se publica en 1975. Supone un éxito meteórico que le abre las puertas del reconocimiento en Francia. En 1976 publica Maria Republica, y, en 1977, Ana no, novela que cierra la que ha dado en llamarse “Trilogía de la posguerra”, y que fue galardonada con el Prix Thyde Monnier en 1977 y el Prix Roland Dorgelès en 1978. A ellas les sigue la publicación en 1978 de Escena de caza (furtiva) que queda finalista del prestigioso Premio Goncourt (certamen literario anual que consagra a las mejores obras del año en francés). En total, Gómez Arcos publica catorce novelas, escritas todas ellas en francés.



Pese a que tras la muerte del dictador, volvió a España de manera periódica, Agustín Gómez Arcos siguió viviendo en París y formando parte de la vida cultural y literaria francesa. Mientras tanto en España su obra pasaba inadvertida, escondida por las editoriales y olvidada por todos pese a su indudable y reconocida categoría.

Agustín Gómez Arcos falleció en 1998 en París donde fue enterrado en el Cementerio de Montmartre. Su obra, en un acto de justicia literaria y política, está viviendo un gran éxito y un aumento de la popularidad y el reconocimiento en España, al ser reeditada por Cabaret Voltaire a partir de 2010.

No puedo decir más que leáis y disfrutéis con Escena de caza (furtiva), así como con el total de la obra y vida de Agustín Gómez Arcos. Un genial novelista. Seguramente el mejor en castellano en el siglo XX. Un hombre bueno.

 


 

miércoles, 24 de junio de 2026

Barbarians: Un emblema del rugby y del deporte


  

El 9 de abril de 1890 en el Leuchster Restaurant de Bradford, Inglaterra, un grupo de jugadores de rugby de los dos equipos del barrio se juntó para almorzar y bajo unas pintas charlar sobre la temporada que acababa de terminar. Los jugadores se sentían huérfanos de partidos ya que hasta finales de octubre no podrían retomar su deporte y actividad de hermanamiento. En ese instante, traído por una lógica aplastante, uno de ellos, William Percy Carpmael tuvo una genial de idea: Juntar a los mejores jugadores de ambos equipos en uno sólo, sin distinción de a que fábrica, gremio y confesión perteneciesen, sólo para jugar al rugby, y hacerlo contra algunos otros equipos durante los meses hasta la nueva temporada.

Lo que comenzó como una aventura para pasar el verano, en el fondo tenía la intención de aunar un colectivo que diera un paso más y construir un equipo más fuerte. Carpmael era un fornido delantero que pasó por la Universidad de Cambridge y había jugado en los dos equipos y sentía que una unión de ambas estructuras les permitiría mejorar su nivel, y sobretodo, jugar más partidos. La idea en un primer momento era construir un equipo que pudiera hacer pequeñas giras por Reino Unido, de una o dos semanas. Un inicio extremadamente similar a lo que sucedió en pueblos y ciudades de toda Gran Bretaña (y todavía hoy sigue sucediendo en muchos lugares y con muchos deportes).

Pero algo cambió. El 27 de diciembre de 1890 en el Friary Field ante el equipo de Hartlepool, los Southern Nomads, un equipo compuesto por jugadores de los condados industriales del Norte, vencieron al conjunto local por 9-4 celebrando el Boxing Day (luego se pasó al día 26 cuando se permitió a las tiendas abrir ese día), e iniciando el recorrido de un equipo de leyenda. El viaje había sido de “apenas 150 kilómetros” pero fue suficiente para fijar la tradición de esas pequeñas giras para 3 o 4 partidos. Al acabar el partido tomaron el nombre de Barbarians.

Su indumentaria fueron unas camisetas a rayas gruesas horizontales blancas y negras, con pantalón negro. Para las medias usaron las de sus equipos de origen. Y esa tradición y esa ropa de juego les acompaña hasta el día de hoy. Incluso cuando los jugadores internacionales son convocados y pueden calzarse una pierna con una media de su club profesional, y otra con la de su selección. Otros se ponen la media de su club o escuela como recuerdo y respeto a sus orígenes. Los Barbarians habían nacido y con el tiempo ganaron su propio apodo tomado de la contracción del nombre: Baa-Baas.

Desde un primer momento la composición del equipo no debía quedar ligada únicamente a la pericia en el campo. Tenían que ser buenos jugadores por supuesto, pero fundamentalmente debían ser buenos deportistas. Los valores de respeto, educación y compañerismo quedaban por encima de la técnica o el físico. También era primordial inculcar un estilo de juego y presencia en la gira en la que la diversión fuera el gran objetivo. Dentro y fuera del terreno de juego. Conjugar ambas vertientes, los valores del rugby y la propuesta festiva, era una seña de identidad del nuevo conjunto, y ante la segunda gira que tomaron, en 1891 por el Este y Sur de Gales, se plasmó en el lema: “Rugby Football is a game for gentlemen in all classes, but for no bad sportsman in any class” (“El Rugby es un juego para caballeros de todas las clases, pero no para ningún mal deportista de cualquier clase”).

Este emblema fue pronunciado por el obispo Walter Julius Carey, ex jugador de rugby, aficionado y prelado en Bloemfonteim quien resumió a la perfección el espíritu de los Barbarians y el leiv motiv que los iba a mover de ahí en adelante.

Por todo ello, desde el primer día y hasta hoy ser convocado por los Barbarians es el mayor orgullo que un jugador de rugby puede recibir. Y es algo que no queda restringido a los Baa-Baas, sino que más aún, muchos clubes amateurs han instaurado su propio Barbarians para seguir llamando a los antiguos jugadores para celebrar jornadas festivas y homenajearlos y agradecerles, y con ello al mismo rugby.

Con los Barbarians y en aquellas primeras giras a finales del siglo XIX y primeros del XX se fijaron una serie de partidos tradicionales y anuales de los Barbarians. El partido del Boxing Day, contra Leicester Tigers se jugó desde 1909 hasta la irrupción del profesionalismo en 2006.

De la primera gira por el Gales se fijó un Easter Tour, es decir, una gira en semana santa en la que les llevaba a enfrentarse a equipos en Penarth (el Viernes Santo), Cardiff (el sábado santo), Swansea (el Lunes de Pascua) y Newporth (al día siguiente martes) y que también se mantuvo hasta finales de los años 90.

Los Barbarians han tomado parte de las conmemoraciones por las Guerras Mundiales, con su homenaje anual al soldado y ex-jugador Edgar Moobs quien murió durante la Primera Guerra Mundial y que fue recordado con un partido anual contra Northampton o una selección de las east midlands. También participan en el Día del Recuerdo, durante la conmemoración de noviembre, en el que tradicionalmente jugaban un partido contra el equipo de los ejércitos británicos. Estos partidos se han visto relegados por el auge del profesionalismo en el rugby, pero se han recuperado con el concurso de ex-jugadores y aficionados.

El The Final Challenge es el último partido de la gira que los Barbarians juegan en Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda o Sudáfrica. Se toma como el partido más importante de la serie y suponía el enfrentamiento contra la selección nacional del país en cuestión. En las giras por el hemisferio sur suponían una estancia de un mes recorriendo el país, lo que hacía que no todos los años se produjeran por su coste, y los partidos contra Wallabies, Springboks o All Blacks eran acontecimientos tan importantes como los propios partidos de estos contra los British Lions (después British and Irish Lions) o las visitas de Inglaterra.

Del mismo modo cuando estas selecciones devolvían visita en el Norte podía darse un partido contra Barbarians, normalmente al comienzo de la gira, dejando el partido cumbre, el último contra el anfitrión, la selección nacional.

 


Los Barbarians en Twickenham antes de jugar contra Inglaterra en mayo de 2017. David Rogers - FRU.


Hoy en día, en el rugby de élite, hiper profesionalizado, donde las televisiones imponen sus propios ritmos a los jugadores, los clubes, las federaciones y las instituciones que deberían velar por la salud de toda la familia del rugby, los partidos de los Baa-Baas no han perdido su trascendencia. Éste de por sí es un gran logro de la institución de Barbarians y de la familia del rugby.

En la actualidad la convocatoria de Barbarians sirve de homenaje y despedida a jugadores que abandonan la práctica profesional, por lo que se premia y loa sus servicios con los honores de enfundarse el uniforme a franjas blancas y negras y el escudo bordado con el entrelazado de las letras B, F, y C (Barbarians Football Club). También sigue siendo un hito en la conmemoración de los jugadores que han brillado por su desempeño tanto dentro como fuera del terreno de juego, sobretodo si han protagonizado acciones deportivas y reverenciales por el rugby, sus estamentos (en especial el colectivo arbitral) y en favor de la comunidad. A la icónica camiseta le acompañan desde 1929 la entrega de la chaqueta azul y su corbata correspondiente, y al acabar el partido de la gorra (la cap) conmemorativa del enfrentamiento con la fecha y el emblema de cada equipo, tradición está de cualquier partido internacional de rugby.

Eso sí, ante cualquier partido los Barbarians tienen la tradición de presentar un 15 de inicio con al menos un jugador debutante, esto es, que nunca antes haya jugado con los Baa-Baas. De este modo se va agrandando la familia barbarian, y mantiene la incertidumbre y la ilusión por ser convocados en los propios jugadores y también en los aficionados. Evidentemente estos condicionantes ponen en dificultad el montar un equipo sólido para el entrenador (otro gran honor), pero la trascendencia y el simbolismo de vestir las franjas negras y blancas se ponen por delante.

En todos estos años los Barbarians han jugado en más de 25 países, enfrentándose a selecciones nacionales de Oceanía, África, América y Europa, además de con los British & Irish Lions y partidos contra clubes y franquicias de los principales países del rugby union. La lista de jugadores que han participado es colosal y un quien es quien de la Historia del rugby.

Carl Aarvold, Adrian Stoop, Cyril Holmes, David Duckham, Peter Thompson, Bleddyn Williams, Jack Matthews, Malcolm Thomas, Andy Mulligan, Jack Kyle, Cliff Morgan, Tony O’Reilly, Arthur Smith, John Spencer, Mike Gibson, Andy Irvine, Gareth Edwards, Jonathan Davies, Gavin Hastings, Jeremy Guscott, Nick Farr-Jones, Francois Pienaar, Zinzan Brooke, Joost Van der Westhuizen, Olivier Magne, Lawrence Dallaglio, Santiago Cordero, Felipe Contepomi, Jonah Lomu, Brian Habana, Brian O´Driscoll, Dan Carter, Jerome Kaino… Curiosamente no ha jugado contra Francia, al ser un equipo eminentemente británico, la propia federación francesa impulsó sus propios barbarians franceses. Recientemente jugadores franceses ya han sido llamados y han jugado con los Baa-Baas.

Entre los partidos icónicos a guardar y recordar destaca el famoso partido contra los All Blacks el 23 de enero de 1973 en el Cardif Arms Park, que muchos consideran el mejor partido de la Historia del rugby y que aloja el mejor ensayo sin discusión. Aquel que anotó la leyenda de Gales Gareth Edwards tras una espectacular jugada coral.

 


 

Por último señalar que esta genial tradición y emblema se ha instalado como tiene que ser en el rugby femenino y desde 2017, el Nomads Women's rugby team, convoca a las mejores jugadoras internacionales con el mismo espíritu y reverencia que los Barbarians.

Ahora que ya está la gira de Barbarians hay que buscarse los partidos, como el del pasado sábado ante Sudáfrica en Twickenham y el de este sábado ante Gales (que servirá de homenaje a George North y con enfrentamiento previo también en femenino) porque más allá del espectáculo y del propio rugby, está el juego en sí, los valores que representa y el respeto que atesora.

 

domingo, 21 de junio de 2026

Hail To the Hordes para el Día Internacional (europeo) de la Música



 
 Hail to the Hordes
Build me a nation
A fountain of life
And let us be the voice for what words cannot express
The failed, the outcasts
The sagacious and wise
Will form a bond, impeccable art
Crafted through eons of time

If night will fall
Black shadows are taking our sight
We carry each other through the darkest moments in life
Stronger than hate, stronger than fear, stronger than all

We are one
Hail to the hordes
We are one
Hail to the hordes

Build me a nation
Let's make a stand
Live our lives to the full, come let's walk hand in hand
Let us remember what it once meant
To be no Untertan, no God and no government

If night will fall
Black shadows are taking our sight
We carry each other through the darkest moments in life
Stronger than hate, stronger than fear, stronger than all

We are one
Hail to the hordes
We are one
Hail to the hordes

If night will fall
Black shadows are taking our sight
We carry each other through the darkest moments in life
Stronger than hate, stronger than fear, stronger than all

We are one
Hail to the hordes
We are one
Hail to the hordes

Hail
Hail
Hail
Hail


Kreator es la banda alemana de trash metal liderada por Mike Petrozza. Es considerada junto a Sodom, Tankard y Destruction una de las Cuatro grandes del Trash Metal Alemán, y sin duda, es la que más trascedencia ha conseguido. Su sonido es fácilmente identificable, donde juega a favor la peculiar y agresiva voz de Petrozza, así como composiciones muy cargadas, dotadas de intensidad y en la que la batería del inconmensurable Jürgen 'Ventor' Reil, aporta un dinamismo atroz a toda su música.

El estilo de Kreator se caracteriza por una fusión explosiva de riffs afilados, batería rápida y vocales feroces que encarnan el espíritu del thrash metal. Desde sus inicios, la banda se destacó por un sonido que combinaba la rapidez del hardcore punk con la técnica del metal, creando un enfoque distintivo que los diferenciaba de sus contemporáneos. Álbumes como "Pleasure to Kill" (1986) y "Extreme Aggression" (1989) son ejemplos notables de esta fórmula, donde la violencia sonora se encuentra alineada con letras que abordan temas de guerra, política y la oscura condición humana.

Con el paso del tiempo, Kreator ha experimentado transformaciones que han enriquecido su música sin abandonar sus raíces. En "Coma of Souls" (1990), la banda incorporó elementos melódicos y estructurales más complejos, expandiendo su paleta sonora. Esta evolución se consolidó aún más en álbumes posteriores como "Renewal" (1992), donde la banda exploró nuevas direcciones, fusionando influencias industriales y cambiando ligeramente su enfoque lírico hacia la introspección y la crítica social.

Por lo tanto, sería un error clasificar a Kreator simplemente dentro del ámbito del thrash metal. Su discografía también refleja una capacidad para reinventarse y adaptarse a las tendencias emergentes del metal, aunque siempre con un toque distintivo que evita la pérdida de su identidad. Álbumes como "Violent Revolution" (2001) y "Enemy of God" (2005) marcan un regreso al sonido más crudo de sus primeros trabajos, al mismo tiempo que introducen elementos más modernos en su producción, mostrando una madurez musical que equilibra la nostalgia con la innovación. Discos que han marcado la tendencia y madurez de la banda y que han servido para citarnos a todos ante cada nueva propuesta de la banda, ya sea nuevos discos, videos o directos.

Por ello, su anterior album Gods of Violence (2017) fue todo un fenómeno y que unió a crítica especializada y a público para proclamarlo el mejor disco del año de Heavy Metal.

En él se incluye Hail to the Hordes canción que nos llama a todos a formar una horda común. Una marea de todos aquellos a quien el sistema nos ha marginado para armarnos a través de la pertenencia a la música y el heavy metal para poder luchar y sobrepasarlos. Stronger than fear, stronger than all -Más fuertes que el miedo, más fuertes que todos-; Hail to the hordes -Salvemos las hordas-; We are one -Somos uno-. Nos interpela a toda la platea del Heavy. Nos muestra el camino a través de la identidad de una canción que es reconocible a Kreator, a su música y a nuestro género.

Todo creado por una atmósfera plena alimentada por una secuencia de las guitarras donde el martilleo de la batería resuena a plenitud de pericia y técnica. Se genera así una base rítmica que ya nos induce al éxtasis del headbanger mientras comienza a destilarse la letra que nos enciende y une.

La catarsis es plena, y pese hay quien pueda pensar que los temas de batallas y guerras están muy trillados en el metal, en realidad se trata de una reflexión y un llamamiento colectivo porque las luchas todavía continúan y porque todavía hay tiempo de resolverlas a nuestro favor.

Sólo así se entiende el énfasis con que se introducen los coros y es vitoreada en vivo. Mientras se entrelazan los riffs más melódicos con fases más duras no ceja ni la agresividad de la melodía, ni la intensidad del doble bombo, caja y timbales, y la voz de Petrozza alcanza tal grado de ferocidad que redondea la canción. Una muestra del talento y dominio de Kreator, desde la fase de composición, hasta su ejecución.



Sin duda, y con Hail to the Hordes lo cumplen a la perfección, Kreator es una banda con un fuerte compromiso con el género, al que es fiel, y más que eso, se convierte en uno de los grupos más intensos en hacer identificable el Heavy Metal, y particularmente el trash. Sus letras incisivas, con temáticas sobre la violencia, la guerra, los colapsos y la lucha contra las injusticias y un compromiso por la reflexión social y política. No faltan temas donde se pone el énfasis en las discriminaciones y en los que se explora la oscuridad del alma humana.

Por todo ello os deseo un feliz día de la música, y Hail to the Hordes!!!!! 

 


miércoles, 10 de junio de 2026

Un Papa en las Cortes


El Papa León XIV dirigiéndose el pasado lunes 8 de junio a los diputados y diputadas en las Cortes española. Foto de público.es

 

El calor abrasa físicamente la península mientras se consumen los días para que comience el nuevo mundial de fútbol, desarrollado a la limón entre Estados Unidos, Canadá y México, cómplices de una FIFA que paga sus favores en forma de clasificaciones a las federaciones aliadas. La intrínseca corrupción del ente futbolístico mundial nos lega un torneo hiperbólico. Gigantesco. De 48 selecciones, y de las que cuyo nivel, me atrevo a suponer porque estoy absolutamente fuera de la cotidianidad futbolera actual, menos de una decena da para ser candidatos a jugar los cuartos. Sin embargo, la última semana de la primavera y el primer mes del verano se van a agotar despistando a la opinión pública de sus problemas y soliviantando las tertulias, los debates y las charlas en todas las redes y barras de bar.

Como telonero de este evento fastuoso de dinero, poder y relaciones oligárquicas, y ya si eso, después de todo esto, de deporte, en Españistán hemos tenido la visita del papa León XIV. La primera visita de un sumo pontífice en 15 años, que vista en comparación con otros países de nuestro entorno no es tanto tiempo. Pero puesta en perspectiva de lo que supone España para el Vaticano y el Catolicismo hacia mucho tiempo que el papa-móvil no se deslizaba por las calles entre millones de creyentes, miles de banderitas y cientos de guardaespaldas en traje y corbata.

Esta semana León XIV recorre Madrid, Barcelona y las Islas Canarias en el cuarto viaje internacional de su papado. Lo hace acompañado “de cientos de miles de feligreses” venidos de cualquier parte del estado a misas y besamanos en estadios de fútbol y en plazas públicas consagradas a la exaltación católica, apostólica y romana. Las televisiones privadas, incluidas las reaccionarias y las de emporios mediáticos de derecha, ultraderecha y clericales, tratan de rascar los aledaños de la audiencia de una radio televisión pública que una vez más, confunde el servicio público con el servilismo. Y es que la cobertura de la visita papal pasa del mero interés informativo por un acontecimiento señalado a tratar de construir y consolidar después, la imagen de una España única a nivel moral, donde no caben las alternativas, los disensos y ni mucho menos la voz crítica con la Iglesia, tanto desde dentro de la propia masa creyente, como de los que nos consideramos de otras confesiones, agnósticos o ateos.

La realidad es bien distinta. Como atestiguan con menos periodicidad de la necesaria, tanto las encuestas privadas como las públicas, el sentir religioso de la España actual no tiene nada que ver con esa imagen de España católica que huele a cerrao y a blanco y negro. Según la última encuesta del CIS (recogida en laicismo.org porque desde la propia web del CIS es imposible de encontrar), y pese a las toneladas de promoción por tierra, mar y aire, es decir, por medios de comunicación tradicionales, digitales y emblemas culturales que procuran re-introducir la idea de un resurgir cristiano, el seguimiento religioso de las españolas y españoles está en mínimos y continua un inexorable retroceso. Ni siquiera la población migrante, especialmente latinoamericana, impide la caída de la religión católica en el estado español, puesto que esta población está favoreciendo la llegada a Europa de otras sectas cristianas, como el Evangelismo, que es de un peligro atroz y al que si fuéramos inteligentes y estuviéramos a lo que tenemos que estar tendríamos que estar ya dando batalla.

Sin embargo, tampoco podemos clamar al cielo de la laicidad por el espectáculo montado y los costos repercutidos al conjunto del estado y de la sociedad, puesto que España sigue siendo un puntal fundamental en el estatus que tiene el Vaticano, tanto como faro del catolicismo, emblema de la cristiandad (mucho más poliédrica de lo que el común de los españolitos piensa), como mucho más importante, marca de negocio y nación-estado con unas peculiaridades muy concretas.

España, AKA Españistán, es un estado aconfesional. Qué quiere decir esto. Pues que en España no hay una religión oficial de estado. Difiere con el estado laico o irreligioso, umbral al que desde la izquierda se debe desear llegar, en que un estado laico niega e impide cualquier injerencia de los poderes religiosos en la política o el gobierno del país. En el caso del estado aconfesional se abre la posibilidad de establecer convenios, acuerdos o relaciones formales con las instituciones religiosas tanto nacionales como internacionales. Concretamente en España, en el propio artículo 16.3 de la Constitución, abre esta posibilidad directamente con la Iglesia Católica, sacralizando de este modo el concordato que el franquismo firmó con el Vaticano en 1953. De este modo se construye un híbrido (otro más) entre el estado aconfesional “clásico” como pueda ser los casos de Suiza o Francia, con el estado confesional católico, apostólico y romano del franquismo o de otros países donde la fuerza política de la religión es defendida y promocionada desde el propio estado. Por ejemplo, son los casos de Reino Unido con la religión Anglicana, Grecia con la Ortodoxa, o Argelia con el Islam, entre otros.

Por lo tanto, Españistán se presenta como hija de su tiempo y de la negociación durante la transición entre izquierda y extrema derecha, quedando en materia de religión y moral está peculiaridad legislativa que nos deja una iglesia todavía hoy con mucho poder, tanto político, social, económico y cultural como para seguir determinando la vida de las españolas y españoles. En este sentido, se sigue validando la posición de España como un país aliado, quizás el principal sostén del Estado Vaticano, como así ha sido desde la época Moderna, con una relación simbiótica muy potente que permite una injerencia intolerable del catolicismo como religión y del vaticano como símbolo, y con sus representantes en España, la Conferencia Episcopal como altavoz y ariete.

Si este contexto no fuera suficientemente problemático para un sentir laico y progresista, el sainete semanal se ha complementado con una homilía televisada en las Cortes. El sermón del sumo pontífice en el Congreso de los Diputados, en el territorio de la soberanía popular, es decir, de todas y todos los españoles, fue el momento culmen de la visita oficial. Incluso superando la sacralización de la Sagrada Familia de Barcelona porque con el discurso ante sus señorías una vez más se toleró y favoreció la injerencia eclesiástica en el día a día de la sociedad española.

Antes de oír las palabras del Papa en el Congreso hay quien pecando de inocencia, pudiera esperar que se tratarán temas que si que tienen que ver con la institución que representa. Por ejemplo, y sobretodo, todo lo que tiene que ver con los abusos a menores en el seno de la Iglesia, donde la propia pederastia es coronada con el espino del silencio y la impunidad de los criminales. No se trata solo de que, atendiendo al informe del Defensor del Pueblo de 2025, haya habido más de 400.000 víctimas en España, o que haya investigaciones internacionales que muestran como entre el 6 y el 12% de los sacerdotes han estado involucrados en casos de violaciones a menores. El drama y la gravedad del problema es que la jerarquía eclesiástica católica favorece la impunidad y defensa de los suyos, impide la investigación formal tanto policial como judicial. Vilipendia de entrada a las víctimas y sus familias, y sólo cuando la prensa libertaria y las asociaciones que trabajan en defensa de estas personas consiguen las pruebas se presta a no torpedear las indagaciones.

Pero de esto el Papa apenas soltó unas manidas y cuantas frases hechas, que no atacan las bases de esta depredación sexual y moral, y ni mucho menos emplaza a sus embajadores en España, la Conferencia Episcopal, a tomarse este tema en serio, a colaborar con las investigaciones y los gobiernos para erradicarlo y hacer justicia.

Tampoco ejerció su monopolio del perdón para exhortizar la culpa y la intencionalidad que tuvieron comportamientos de la Iglesia española en el pasado como puedan ser las tramas de bebes robados, la colaboración con el franquismo y la opresión sistemática sobre la mujer.

El Papa si habló algo de ecologismo o contra “el rearme internacional”, pero sin atacar las bases capitalistas que son la causa del deterioro acusado y ya casi irresoluble del medio ambiente, con las deplorables y dolorosas consecuencias que traen para el conjunto de la humanidad. Tampoco dijo nada especialmente contra la ola fascista y reaccionaria que alientan un mundo desquiciado de conflictos armados.

Pero por supuesto, lo que hizo fue atacar a quienes la Iglesia Católica ha atacado desde siempre: A los colectivos LGTBi, a los que sabedor de que se mueve en un país especialmente protector con este grupo, paso de soslayo; y fundamentalmente a las mujeres reafirmando la postura del Vaticano contra el aborto (en plena ola de ataque fascista a este derecho), el uso de anticonceptivos u otras cuestiones que atañen a la sexualidad y la intimidad femenina. Una vez más y como siempre, la Iglesia y el Papa entraban en los dormitorios y en las bragas de las mujeres, para atarla al patriarcado y a que estén por debajo del hombre.

Especialmente sangrante cuando esa "defensa de la vida desde la concepción hasta el ocaso" se salta la voluntad popular expresada en reformas legislativas que garantizan el aborto y la eutanasia como derechos cívicos. Una ofensa en la sede de soberanía pública donde precisamente se ha trabajado para garantizar estos derechos individuales ante las apetencias y voluntades de otros. Habría que recordar al Papa y a su séquito, a la curia, a la Conferencia Episcopal y sus altavoces, a sus señorías de la extrema derecha y a millones de católicos que no tienen ningún derecho, ni ninguna legitimidad para imponer su visión moral a los demás. Que el resto hemos acordado medidas garantistas para la mayoría. De hecho para todos. Incluidos católicos que berrean contra el aborto o la eutanasia, pero que cuando lo necesitan bien que han ejercido el privilegio para abortar en el extranjero o para que les apliquen paliativos. Parece que también hay que recordárselo a las señorías del PSOE y de la izquierda posmo y cuqui tan corporativista con el gobierno de coalición que olvida sus propios compromisos, tradiciones e ideales.

Incluso se permitió poner en duda el papel de la mujer fuera del hogar y de la familia, institución a la que vuelve a señalar como atacada, cuando realmente lo que ocurre es que el capitalismo ultraliberal la ha despojado de utilidad y de valor. Animaba León XIV a los jóvenes a formar familias y tener hijos sin entrar a valorar la crisis sistémica mundial de la Vivienda, que en España ya es colosal, y donde su propia casa, la Iglesia con la Conferencia Episcopal y las órdenes religiosas al frente poseen decenas de miles de viviendas en este país y especulan y desahucian con más brío que los propios bancos. Un hipócrita vestido de blanco.

Me cabrea especialmente que el Papa pasará olímpicamente de hablar del incontable patrimonio que su delegación en el estado tiene. Las inmatriculaciones, esa suerte de corruptela inmoral e ilegal perpetrada por Aznar, que no sólo favorece el negocio inmobiliario de una organización privada como la iglesia, que prácticamente no paga impuestos y encima se lleva subvenciones estatales y las “donacionesvía IRPF de algunos incautos. Ni siquiera tienen a bien hacerse cargo del mantenimiento de sus iglesias, que pasan al conjunto del patrimonio estatal, pero bien que esas iglesias, catedrales, monasterios, palacios y museos aparecen cerrados para todo aquel que no pase por caja. Una peculiaridad española que es una aberración en Europa y que debería impedirse hoy mismo.

También me insulta que en la sede de la soberanía popular venga un sujeto a loar la libertad religiosa o “de elección de los padres sobre la educación que quieren para sus hijos” poniendo de manera provocadora al catolicismo en primera posición y sacralizando la intromisión de la religión en la educación pública, vía colegios concertados y universidades privadas. Un país aconfesional debe de poner la educación pública y libre de injerencias dogmáticas de la religión, de cualquier religión, fuera de los ámbitos públicos, quedando en el sentir privado de las familias.

Tampoco llamó a capítulo a sus señorías a que acaben con la corrupción, especialmente de aquellos que venían a "regenerar" el invento. A evitar las discriminaciones y la aporafobia. A ceder poder y favorecer que la gente, especialmente la joven, tomé su lugar en el mundo y lo cambie y actualice acorde a unos valores más progresistas y de futuro. A acabar con tanto fascismo, a abrazar, defender y promocionar como merece por necesario el antifascismo, tanta falta de conciencia, de vergüenza. A luchar contra la catadura moral del que no tiene escrúpulos, y en esencia, a construir un mundo más colaborativo, fraterno y humano.

La “izquierda” o las “izquierdas” o esos representantes sentados en el Congreso si que celebraron las palabras del pontífice sobre la cuestión migratoria y “los más desfavorecidos” para en el fondo volver a pecar de lo anterior: El Papa estuvo casi 2 horas hablando a sus señorías y no puso sobre la mesa ni una sola medida que solucionará los problemas, que llamará al orden a los representantes para que enmendarán los fallos y las injusticias. Y mucho menos para hacer una crítica seria a su Institución y anunciará los cambios que fueran necesarios. Eso sí, sus señorías sin distinción de partidos (salvo BNG y Podemos que esta vez decidieron no asistir) se levantaron prestos a loar la oratoria con 7 minutos de ovación.

Después de esta misa en las Cortes, y tras pasar por Barcelona, la visita va acabar en las Canarias, uno de los puntos claves de la entrada de inmigrantes en Europa. De gente pobre y desfavorecida por los siglos de los siglos, entre otras cosas, por las propias dinámicas que la Iglesia católica ha alentado todo este tiempo. León XIV podía haber aprovechado el Congreso para leer el catecismo a las huestes de las ultraderechas patrias, con Vox y su “prioridad nacional” a la cabeza, pero con el PP, Junts o el PNV tan solícitos a soliviantar la cuestión migratoria y comprar los marcos fascistas de la teoría del recambio, pero especialmente prestas a favorecer la laminación de las clases trabajadoras y su competencia interna para gusto de la avaricia de las patronales.

El drama internacional que tenemos hoy es el de una ola reaccionaria, neoconservadora y neo-fascista que amenaza con dolor y miedo a todas y todos. Que destruye la ilusión y el trabajo por planteamientos progresistas y la salud de las organizaciones de izquierda. Estamos tan mal que es paradójico que el representante de una de las instituciones más arcaicas, retrógradas, misóginas y alienantes de la Historia de la humanidad nos parezca que es “de izquierdas”. Que hace unas declaraciones que defiende la diversidad, el progresismo o el ecologismo. Mal, muy mal, hacemos en caer en este absurdo porque el Papa no es portavoz de ninguna visión progresista. Ni siquiera humanista.

El Papa, el Vaticano, la Iglesia Católica y sus representantes no son defensores de la “socialdemocracia” ni de los trabajadores, ni tampoco los migrantes. No van a “vender su arte para dar de comer a esa gente”, y ni mucho menos, van a alentar una distribución de la riqueza más justa e igualitaria que impida la opresión del hombre por el hombre. Por mucho que las escrituras y sus grandilocuentes encíclicas o sermones pastorales clamen contra el dolor y el desamparo en el mundo.

Por ello me ofende profundamente, como ateo y como demócrata, como libertario y comunista, que el representante de “Dios en la Tierra” ponga los pies en los símbolos políticos que se supone son de todas y todos, que nos ordene cómo tenemos que obrar y que nos insulte directamente “por haber abandonado las enseñanzas de Jesús en la Cruz”. Como si la Iglesia no hubiera garantizado la pobreza, patrocinado el dolor y lucrado de la venta de esperanza. A otro perro con estos huesos.

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