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lunes, 3 de agosto de 2026

Adolescencia, rebeldía y nostalgía: The Offspring


The Offspring es un grupo californiano de punk rock con casi 40 años de trayectoria. Surgido a mediados de los 80 de la amistad entre los fundadores Dexter Holland guitarra y voz y el bajista Greg K Kriesel. Pronto sumaron a Noodles, quien era dos años mayor (y podía comprar alcohol) y lo conocían porque era el conserje del instituto en el que estudiaban. Y a Ron Welty un batería prometedor que estaba un par de cursos por debajo. Tomaron el nombre The Offspring para la banda y en torno a la música punk encontraron la estética para expresar sus ideas y sentimientos. La huella del hard rock y el heavy metal es evidente en las primeras composiciones de la banda. Metallica como con tantas bandas desde los años 90, puede considerarse una influencia directa. Y también, por supuesto el punk americano viéndose una continuación entre la propuesta de The Offspring y la música de Bad Religion o Dead Kennedys.

Y por supuesto, tampoco puede obviarse la influencia del grunge y el sonido de Seattle. Aquel Smash! que The Offspring publicó en 1994 tiene una influencia notable del Come As You Are de Nirvana. Y todo el disco, y las propuestas que le siguieron, siguen temas y composiciones cercanas al legado de bandas como Soundgarden, Pearl Jam, Alice in Chains o Jane’s Addition.

 


En Smash!, The Offspring aborda principalmente temas relacionados con la alienación juvenil, la rebeldía y la crítica a las estructuras sociales opresivas. Canciones como Self Esteem expresan el conflicto interno y la inseguridad personal, mientras que otros temas abordan el descontento hacia las normas establecidas y la lucha por la identidad. El ritmo marcial de la batería deja espacio para que las guitarras suenen duras y rebeldes, y el sonido en conjunto de la canción teje un hilo directo al grounge más puro. En general, todo el disco se caracteriza por un enfoque crudo y directo que conecta con las inquietudes de la juventud de los años 90.

 


Con Americana, su siguiente disco (1998), la banda amplía su crítica para incluir una mirada satírica a la cultura estadounidense contemporánea. Temas como “Pretty Fly (for a White Guy)” ridiculizan la adopción superficial de modas y comportamientos ajenos, evidenciando una preocupación por la pérdida de autenticidad cultural. Al mismo tiempo, canciones como “The Kids Aren’t Alright” reflejan la desilusión y las dificultades sociales que enfrentan las generaciones jóvenes, abordando problemas como la drogadicción, la violencia y la pobreza. En general, la falta de oportunidades de todo tipo (vitales, laborales, culturales, estudiantiles, en las relaciones de pareja, en el consumo de drogas,..) son expresadas por The Offspring en este disco, que salió a la venta cuando sus miembros ya habían estrenado la treintena y habían vivido junto a su generación (parejas, familias, amigos) los primeros desastres que el neoliberalismo perpretaba en la juventud americana. 

 

Conspiracy of One mantiene esta tradición de crítica social, pero incorpora un tono más desafiante contra las autoridades y medios de comunicación, denunciando la manipulación y el control. Musicalmente, eso sí, sin dejar de sonar a The Offspring con los toques melódicos tan identificativos en su punk, ciertas composiciones suenan más simples y comerciales, aunque manteniendo la expresividad de la banda en cuanto a los temas que les afectaban e interesaban. Y es que en todo el álbum, se percibe una postura más combativa y consciente, reflejando el desencanto hacia las conspiraciones políticas y la falta de transparencia en el manejo del poder. De hecho, parte importante de la concepción, y fundamentalmente producción del disco, estuvo alterada por la polémica creada con el servidor de distribución de archivos P2P, Napster.

Abogando por la distribución libre de cultura, la banda The Offspring decidió que su siguiente trabajo sería distribuido por internet de forma gratuita. Además, comenzaron una activa campaña en medios de comunicación como la radio y la televisión en favor de Napster y de este formato de compartición de la música entre el público. Tal apoyo coincidió con el enfrentamiento que Naspter tenía en aquel momento con Metallica quienes les habían puesto una denuncia mil millonaria por distribuir archivos con copyright, es decir, con propiedad intelectual, de manera libre y gratuita. Aquella demanda buscaba marcar un antes y un después en la forma de distribuir música y productos culturales en la era de internet. Quería cerrar las puertas antes de que estas estuvieran demasiado abiertas, y aunque, la parte demandante ganó y Napster se vio obligado a retirar los contenidos de Metallica de sus servidores (y posteriormente de otros cientos de grupos y artistas que así se lo exigieron), lo cierto es que la música gracias a Internet y a estos servicios se había hecho más grande. Más universal.

 

 

Con el tiempo los autores entendieron que no pasaba nada porque su música se distribuyera por la red, que ganaban más dinero (mucho más dinero) si la música y su trabajo se daba a conocer. Y que se podrían dar más conciertos, vender más merchandising e incluso, elaborar versiones físicas más trabajadas y especiales para unos fans cada vez más incondicionales y dispuestos a atesorar momentos en torno a su música favorita.

Al acabar la gira de este disco el elenco fundador del grupo se resquebrajó y Ron Welty abandono la banda. Esto causó una conmoción en el resto del grupo, y durante varios años los aficionados vimos un período largo de inactividad que se rompió con la publicación de Rise and Fall, Rage and Grace a comienzos de 2008 y que llevo a la banda por una gira mundial durante los siguientes años (aquí los vi por primera vez en Madrid).

Después ha seguido generando material, grabando discos y llenando conciertos donde siguen imponiendo un ritmo rebelde y divertido donde no fallan sus clásicos ni tampoco las canciones nuevas, conjugándose así tanto el espíritu juvenil y adolescente, con la nostalgia de quienes ya vivimos esos años, hace ya un tiempo. Incluidos los propios miembros de la banda.

 

En cuanto a sus discos más recientes, The Offspring continúa explorando temas de relevancia social y personal, adaptándose a los contextos actuales. Abordan cuestiones como la polarización política, las crisis medioambientales y la salud mental, manteniendo ese espíritu crítico pero con una perspectiva que refleja las complejidades del siglo XXI. Su lírica sigue siendo una herramienta para cuestionar, provocar reflexión y conectar con diferentes generaciones.


La esencia de The Offspring radica en su conexión con la adolescencia. Sus letras, cargadas de inquietudes sobre la identidad, la frustración social y la búsqueda de pertenencia, resuenan con los jóvenes en una etapa crítica de autodescubrimiento. Canciones como “Self Esteem” y “Come Out and Play” reflejan conflictos universales de inseguridad y rebelión, convirtiéndose en himnos para un público que se enfrenta a las complejas emociones propias de esa etapa vital. La banda logra equilibrar mensajes explícitos con melodías pegajosas, facilitando una identificación inmediata con su audiencia adolescente.

Por otro lado, y con el paso de los años y experiencias, la nostalgia desempeña un papel fundamental en la perdurabilidad de The Offspring. Para muchos, su música está inextricablemente vinculada a recuerdos personales y culturales de los años noventa, una década marcada por cambios sociales y tecnológicos significativos. El sonido característico de la banda —una mezcla de punk rápido, melodías pop y letras provocativas— funciona como un puente hacia tiempos pasados, evocando sensaciones de juventud y libertad. Esta carga nostálgica no solo revive momentos personales, sino que también promueve la conservación de un legado cultural que define una era.

  

En mi caso, The Offspring supusieron un chute de aire fresco y abrió las puertas a que me interesara por la música de los grupos nuevos de finales de los 90 y los primeros 2000. Recuerdo que con mis 13 y 14 años estaba todo el día pegado a Heroes, a Extremoduro y a mi añorado casette del And Justice For All de Metallica. Tenía 3 o 4 cassettes más perpretados por mi con grabaciones de la radio comercial y de la sintonía del pirata. En ninguno de ellos acababa de incorporarse el grunge de Nirvana, que lo admito nunca me llegó como para sentirme identificado. Y por lo que fuera, algún conjuro, o alguna alarma de mi subconsciente que ya me alertaba de lo intrascendente del glam, mi bagaje musical se reducía a muy poquitas cosas.

Pero con The Offspring la cosa cambió. Self Esteem me sonaba auténtica y genuina. No tenía ni puñetera idea de lo que decía la letra pero sabía que estaba dedicada a mi y a tantas y tantos como yo. La composición, los riffs, el ritmo de la batería y el desgarro de la voz del cantante Dexter Holland me estaba interpelando a mi. Nos estaba diciendo que no estamos solos. Que esa rabia, esa incertidumbre y esa melancolía tienen causas y que nos fuéramos rebelando y no acostumbrando al papel de perdedores.

Tenía que adquirir ese disco como fuera y aprovechando que en mi casa se compró una cadena musical adquirí el cd ahorrando de mi escuálida paga 4 o 5 meses... Y cómo sonaba todo el disco. Y suena. Me habían ganado para su causa. Y todavía hoy me pongo de vez en cuando a The Offspring, el Smash! o el Americana que también adquirí. Y ahora que tengo algunas canas y la cabeza más despejada de cabello, veo que es parte de mi. De la construcción personal que empezaba en aquella época. De como soy. De que la rebeldía sigue vigente. De que muchas de las cosas que la banda exponía siguen ahí doliendo e hiriendo. De que más allá de la nostalgia o echar de menos tiempos a priori, más sencillos, menos complicados, la raíz del asunto está en que nada se ha hecho por remediar lo que con menos de 20 años ya nos frustraba, oprimía y aterraba. En cualquier contexto y en cualquier lugar.

Si en los 90 su música capturaba la energía y rebeldía propias de la adolescencia, hoy en día es capaz de evocar una profunda sensación de nostalgia para quienes crecieron en los años noventa y continúa vigente para nuevas generaciones. Su música, ya sea en directo o el lanzamiento de sus discos siguen siendo un punto de encuentro intergeneracional donde cabe la rebeldía juvenil, la protesta social y la perspectiva que aporta la madurez personal.

No se pierdan a The Offspring. Descúbranlos si se da el caso. Recuérdeles si es lo que hay que hacer.


 

lunes, 13 de septiembre de 2021

The Beautiful People, Marilyn Manson


 

The Beautiful People fue el segundo sencillo extraído de Antichrist superstar segundo álbum de estudio de Marilyn Manson en el año 1996. En aquel momento el estreno de la canción del artista americano era todo un acontecimiento en el star system de la música, convirtiéndolo en un fenómeno global más allá de los tradicionalmente más cerrados círculos del metal.

Ese estreno se hizo a través de la MTV cuando todavía era un canal de música y lo hizo con un video polémico en el que Marilyn Manson interpretaba la canción y era representado como un tiránico dictador, despótico y caprichoso, capaz de hacer su voluntad realidad. Un degenerado grotesco, sucio y malvado cuyos deseos eran órdenes, básicamente porque tenía el dinero para hacerlo, modulando la voluntad de hombres y mujeres a su conveniencia.

Y es que toda la letra del tema es una sátira contra el sistema de valores capitalista donde la Beautiful people es la “gente bella”, la élite sobre la élite. Aristocracia y alta burguesía que decide la suerte en la vida de los que están por debajo y donde sus apetencias y apetitos tienen que ser suministrados y satisfechos sin demora aunque ocasionen violencia, dolor y podredumbre a su alrededor.

El metal industrial que desarrollaba Marilyn Manson en su primera época entraba sin medidas gracias a un sonido potente de distorsión y ritmos frenéticos heredados del trash alternativo americano de los 80. El hilo que unía Ministry con los nuevos (para la época) grupos de Ñu metal (o rap-metal) pasaban inexorablemente por la figura de Marilyn Manson.

Y es que desde Estados Unidos y a través de la MTV nos entraba casi un sinfín de bandas a finales de siglo XX y principios del XXI cuya trascendencia por lo general, se ha quedado el algún disco notable, bastantes hits poderosos, andaduras plagadas de alti bajos y la posibilidad de que los heavys pudiéramos ponernos un chándal.

Todos aquellos grupos irrumpían con contratos poderosos y la difusión masiva que la televisión proporcionaba. La música y actitudes estaban claras y eran reconocibles, y por lo general, fueron dejando algunas letras en las que se venía a criticar la política y sociedad estadounidense y su sistema de valores.

Siguiendo ese patrón la interpretación de la canción de Manson no hacía prisioneros (no hace puesto que sigue siendo tema imprescindible en sus hoy en día escasos conciertos al año). El rasgado de la voz y el juego entre texturas más guturales o melódicas tan característico se pone al servicio de una letra que clama contra el poder o la propia ilusión de poder.

Marilyn Manson en esta canción ataca a aquellos que son (o se creen) poderosos y tienen más derecho que los que ellos consideran inferiores. Le abomina la desigualdad y la violencia ejercida desde arriba. Protesta contra la intolerancia y el racismo, tanto por el color de piel o la raza, sino que simplemente lo que permanece lamentablemente inserto en todas las sociedades del mundo: la segregación, desprecio o distancia que ejercen las personas adineradas y de una clase más alta en contra de los que están por debajo económica y geográficamente. La discriminación social.

La letra y la temática de todo el impulso narrativo de la canción (y por supuesto del video que la acompaña) componen una de las canciones anti-capitalistas de la historia. Y el valor y capacidad de hacerlo desde una estructura pro sistema como puedan ser las grandes discográficas y la televisión (especialmente la tv por cable tan poderosa y unificadora de opinión en Estados Unidos) es un éxito de Marilyn Manson que no se debe desdeñar.

La ironía y el sarcasmo son los continuos recursos lingüísticos que con maestría desarrolla para expresar la denuncia de un mundo degradante y degenerado. La música compuesta orquesta alrededor un ambiente turbio y opresor. Las guitarras descejarran distorsión creando un clima obsesivo y enfermizo en el que se impone un ritmo cardiaco metido a presión con la bateria y el bajo. Con la potencia vocal de Manson se termina de construir un mensaje rotundo anticapitalista y emancipador, en el que también la canción es un alegato feminista en el que denuncia el empleo de la mujer y su cuerpo como el patio de recreo sucio y perverso de los poderosos.

Aunque no podemos obviar el hecho de que Marilyn Manson hoy atesora una de las mayores fortunas hechas en el mundo de la música, sigue cantando y denunciando esa gente bella que vive para denigrar al resto. Para degradar nuestras sociedades.

Con The Beautiful people Marilyn Manson firmó una de las mejores canciones de la historia del heavy metal al tiempo que denunciaba un star system de celebridades, poderosos, ricos y excéntricos que conforman un estamento endogámico que sobrevive parasitando el esfuerzo y la vida de los de abajo.

Con un temazo clásico de los head baggers y un auténtico himno que está a punto de cumplir 25 añazos ya se puede hacer critica y sátira. Denuncia social a todo trapo de cuando éramos más jóvenes y todo, absolutamente todo, más sencillo.

 

martes, 29 de diciembre de 2020

Un All Star Game de hace 20 años

Allen Iverson entrando a canasta entre las torres del Oeste en el All Star Game 2001 (nba Imagen)

 

La tarde del día de Navidad, en el que empezaba la nueva y extraña por el coronavirus temporada NBA, mi hermano y yo revivíamos del pasado. Recordábamos y sobretodo, disfrutábamos en el encuentro en torno al baloncesto, armazón de fraternidad que nos construimos en su momento y con el que pasamos la vida como excusa para conocernos y pasión que paladear.

Y no. No nos sentamos enfrente de la televisión para ver un partido en directo. Ni siquiera en diferido de esta temporada. O de la pasada. Nos entregamos con devoción a la tarea de disfrutar del NBA All Star Game de 2001 celebrado en Washington, un partido que en poco más de mes y medio cumplirá 20 años.

Hablé en su momento de la evocación del pasado como comercialización de la nostalgia. Es indiscutible que cada generación en su madurez recupera e idealiza su adolescencia y juventud. Se recuperan imágenes y recuerdos del pasado que se muestran bajo la lupa de la memoria, ciertamente tergiversada y tendente a edulcorar lo que vivimos para hacernos mejores en el momento actual. Cualquier aspecto de nuestra vida, de nuestro camino, está sujeto a evocarse e instalarlo en los altares de lo trascendente, puro e incorruptible, aunque la realidad distase mucho de ser ese sueño dulce y maravilloso.

Pero con el baloncesto no puedo dejar de pensar que tiempos pasados fueron mejores. Hoy, veo (y cuando los veo, porque con el maremagnum de horarios, televisiones, plataformas se hace realmente imposible) partidos infumables. Donde el físico ha devorado la táctica (por lo menos siempre nos quedará el baloncesto femenino). Donde se ha dejado pista abierta para que los highlights sean la única noticia de basket. Probablemente no haya habido una época en la que hubiera tanto talento técnico y físico y tan poco ba-lon-ces-to en los cerebros de los jugadores. Todo son triples y mates cada cual más estratosférico que el anterior como si no valieran el resto de canastas. Y de todo ello, de todo esto, nada, absolutamente nada me transmite algo. Es la absoluta mercantilización y el espectáculo por las audiencias sin el más mínimo interés, y ni mucho menos transmisión de valores.

Un baloncesto que me resulta aburrido, monótono e intrascendente. Y protagonizado por unos jugadores que salvo por un par o tres jugadores, no me provoca ninguna emoción, identificación o admiración. Peor incluso cuando piensas en equipos porque salvo apelos al romanticismo de la memoria y la emotividad (¡ahí mi Estu!) tampoco se guardarán ni en mi cabeza ni en mi disco duro (Aquellos Sacramento Kings).

Un baloncesto insustancial, alejado, no sólo porque hoy no haya público en las gradas, sino porque de tanto alimentar una burbuja mediática de estrellas y galaxias ha acabado por desconectar a la afición, evitando la identificación entre jugadores, equipos y sentimientos. Todo ello por un juego más burdo, entregado al big data del aprovechamiento de las posesiones y balanceado hacia la exhibición personal por encima de la colectiva. Por todo esto, la victoria de España en el último Mundial y como la consiguió resulta tan estimulante.

Pero volviendo al sofá junto a mi hermano están los partidos que guardamos en nuestra memoria. Algunos los tenemos almacenados en discos duros y pueden ser recuperados. Otros simplemente son evocaciones de recuerdos. Empiezan por un "¿te acuerdas de aquel día...?" y terminan con más anécdotas, con otros partidos. Hablando de una peli o de un libro. Y aquel All Star de 2001... Es que aquel Partido de las Estrellas... opino que no ha habido ninguno igual.

Por la retransmisión de Montes y Daimiel con lo cual ya garantizas el éxito en divertir y trascender. Pichichi Robinson, Melodía de seducción Spreewell o Hilo de seda Houston. Menuda guasa que tenía el hispano-cubano y cuánto lo échamos de memos.

Por aquella NBA de cambio de siglo y cambio de época tras la dictadura de Air Jordan. La NBA de las estrellas emergentes que rascaban los contratos de patrocinio de su Majestad y luchaban por ganar su dominio en la liga y su espacio en el Olimpo. Kobe Bryant. Allen Iverson. Vince Carter. Kevin Garnett. Shaq O'Neal. Tim Duncan. Ray Allen. Antes de la segunda vuelta de el Mesías. Era la NBA de la disputa ideológica baloncestística: Por un lado en el Este, entrenadores con una visión más cartesiana basada en el control del juego y en la predominancia de la defensa. En el Oeste sumas de talento que venían a alimentar las ganas por ganar anotando de otro tipo de entrenadores que poblaban los banquillos. Ambas visiones fuertemente enfrentadas e identificadas. Nosotros recuerdo, más en la línea del espectáculo. Ahora miras el palmares y no ha habido tanta diferencia entre Este y Oeste, entre el resultado por una u otra concepción.

Lo que hace especial a aquel partido y que luego salvo en un par de ocasiones más no ha vuelto a igualar, fue la competitividad. Ambos equipos con todos sus jugadores involucrados en sumar la victoria. Y así bajo esa presión fue subiendo el nivel de juego por ambos lados para ir pasando de las acciones festivas y recreativas (que provocaron no pocas pérdidas en ambos equipos) a un partido en serio.

Larry Brown como entrenador del Este apuntaló su libreto frente al más libertario de Rick Adelman cerrando la zona con Dikembe Mutombo. El pivot zaireño se hizo dueño de su canasta ante la batería de talento que mostraba el Oeste atrapando 22 rebotes y bajando con su presencia los porcentajes rivales. Fue decisivo para el resultado final.

Allen Iverson resulto el MVP. El antihéroe gangsta representaba todo lo opuesto a Michael Jordan (y alguno de sus legítimos herederos como Kobe Bryant) y en su tierra lidero la ofensiva del Este encontrando en Marbury, Carter o Ray Allen sus mejores aliados. Por contra, en el Oeste Bryant, Duncan y Garnett hacían de las suyas.

Con el paso de los minutos, los cuartos y los parciales el partido fue ganando en intensidad hasta un último cuarto espectacular. En él el acierto no fue esquivo sino más incisivo aún dejándonos momentos de pasmosa anotación y brillantez en el juego ofensivo que tenía que lidiar con un vigor defensivo máximo.

Y todo ello protagonizado por jugadores reconocibles y con carisma que hoy por hoy no veo en la NBA. No sólo eran buenos (buenísimos) sino que los veías y congeniabas con ellos. Sus orígenes y recorridos vitales pueden que sean los mismos pero la forma en la que aquellos jugadores transmitían no aparece ni por asomo en los grandes totem de la liga hoy en día.

Quizás no sé, estábamos muy melancólicos y nostálgicos como parece propicio el período navideño. Pero frente a sentarme a ver un partido actual me llama la atención, me motiva mucho más, indagar en la memoria y recuperar aquellos maravillosos años donde los jugadores, aún inalcanzables, eran de carne y hueso. Y el baloncesto, aún insuperable, era un deporte por encima del espectáculo, el dinero y la fama. Un juego del que disfrutar botando en la pista, en la consola y disfrutando de la competición.

 

jueves, 30 de abril de 2020

Día 46 de confinamiento: El café Alcaraván


Hay una idea, una forma de llevar un negocio y una cafetería, que me parece sublime y preferible a lo habitual hoy en día. Hay un sitio donde paso las horas alternando cafés con cervezas y conversaciones con risas. Hay un lugar en el que me siento como en mi propia casa. Ese es el café Alcaraván, en Salamanca (calle de la Compañía, 12).
En estos tiempos que corren lo normal son los bares de quita y pon. Los pastiches de trampantojo y postureo. Las decoraciones presuntosas que pagan una pasta por la firma de diseño y una miseria por los mismos azulejos o la misma vajilla del IKEA o el Leroy Merlin que ves clonada en cualquier establecimiento. Las elaboraciones de producto y marca artificiales, globalizadas. Franquicias con las mismas mesas, los mismos manteles, las mismas propuestas, los mismos proveedores, la misma opresión sobre trabajadores precarios y mal pagados.
Sin embargo, frente a eso, a mi y a muchos nos tiene enamorados el Alcaraván. Porque es un café de los de antes. Mejor aún, de los de toda la vida. Donde la decoración es auténtica, propia y convierte el ambiente del local en un lugar único y reconocible. Y porque sirven el mejor café de la ciudad.
Son incontables las tardes, las mañanas, las noches (algunas menos) que con mi hermano, mis amigos, mi pareja, compañeros de trabajo, de lucha y barricada, o solo, he pasado en el Alcaraván, conociendo y conociéndome. Pero es especialmente junto a mi hermano con quien más rato y más memorable he vivido en esas paredes, en esa primera mesa a la izquierda junto a la entrada a los baños de la sala tras la barra en la planta baja.
En esos bancos y esas mesas de mármol sobre la estructura de una máquina de coser he sido un joven y ahora soy un hombre. Ahí nos hemos conocido y querido y compuesto un armazón de fraternidad. Arriba, en las mesas de mimbre hemos asistido a charlas. De ciencia, de historia, de sexualidad, de revolución. De presentaciones de libros. Hemos visto exposiciones de pintura y fotografía y escuchado conciertos y recitales de poesía. Y nos hemos enfrentado entre nosotros y con otros en la dialéctica y el discurso. Y al parchís, el ajedrez o incluso los dardos. Un lugar donde leer, donde trabajar con un portátil si lo necesitas.
El jazz era el aderezo a nuestras conversaciones, mientras disfrutamos un café vienés, un café sólo doble. O una cerveza nacional (dios, qué buena está allí la Estrella Galicia) o de importación. Una copa. Tras la comida en casa de mis padres; desayunando, el café de media mañana. La copa por la noche o la cerveza antes de ir de fiesta.
Bohemio, universitario, libertario, auténtico. Un clásico donde huir de la modernidad y la pos-modernidad. Donde abrigarse en su sensible decadencia que le añade más encanto, más interés, siempre asistido por sus dueños y trabajadores ejemplo de amabilidad y profesionalidad.
Si de normal, viviendo emigrado en otra ciudad, otra provincia, junto a mi chica ya echo de menos el café Alcaraván, en esta situación de confinamiento no os puedo decir más. Porque a esta nostalgia, a esa falta diaria que cuando voy a mis raíces, más o menos una vez al mes, le pongo remedio y cuento allí a Ángel o a Raúl, ahora se le añade un temor. La duda de que la cafetería no pueda sobrevivir y se vea cerrada y convertida en otra trapa candada de esta Salamanca que me duele, o lo que es peor, en uno más de esos locales pretenciosos, totalmente prescindibles.
Por eso, en la medida que podáis, con la seguridad que necesitáis, vosotros y ellos, pasad en cuanto se pueda por el Alcaraván. Tomad un buen café, conversad, sed libres y ayudarles como se pueda para que siga vigente una seña de identidad de nuestra ciudad tan notable y auténtica, que forma parte del patrimonio de Salamanca. Yo en cuanto pueda desplazarme lo haré.

La Revolución Francesa de 1789

 Prise de la Bastille (1789), de Jean-Pierre Houël   La Revolución Francesa es el acontecimiento que originó el mundo tal y como lo c...