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lunes, 20 de julio de 2026

Una segunda estrella


El capitán Rodrigo Hernández eleva la Copa del Mundo ganada por España en el Mundial 2026. Destaca la celebración con las banderas regionales de algunos jugadores. Una celebración de la España tal cual como es: diversa. Y una imagen editada por la RFEF, y que se ha convertido en oficial de la Fifa, tras el bochorno de Trump intentando colarse en celebración ajena.
Fuente Wikicommons.

 

La selección española de fútbol en su categoría absoluta masculina anoche se proclamaba por segunda vez Campeona del Mundo. El segundo título mundial se suma al de 2010, y para la generación actual supone el cierre a los éxitos de estos años (Eurocopa 2024 y otros torneos menores), así como varios títulos en categorías inferiores donde brilla el Oro olímpico en París. También, como no, se presenta con el título de Campeonas del Mundo de la selección femenina, también jalonada con no pocos títulos en torneos propios de edades de formación. Por primera vez en la Historia, una misma federación es la vigente campeona del mundo de fútbol tanto masculina, como femenina.

El colosal, por lo ilógico, mastodóntico e insostenible, Mundial de fútbol 2026, celebrado a la limón entre Estados Unidos, Canadá y México terminó con la selección alzando la Copa del Mundo al cielo por segunda vez en su historia. Y aunque no sigo, para nada, el fútbol profesional es justo dejar unas cuantas frases escritas:

  • El Mundial 2026 ha sido el resultado de la amoralidad y la corrupción de la Fifa. Sus mandamases no tienen ningún interés en la promoción del deporte, o de los valores saludables o éticos que puedan venir con su práctica y disfrute. De hecho la secuencia de actos y decisiones tomados por la empresa FIFA S.L. han ido sistemáticamente encaminados a despojar de todos estos sentidos al fútbol y centrarse unicamente en aumentar, más si cabe, los beneficios económicos que se extraen de éste, y sobretodo de la pasión desaforada de miles de millones de personas por todo el globo. Las pérdidas del evento quedan para los organizadores. Concretamente para sus sociedades civiles. Los promotores, patrocinadores y grandes empresas no pierden dinero.

    Solo bajo este prisma que no debe de perderse de vista, se entiende tanto la configuración de un torneo de 48 equipos, como que se celebre para mayor gloria en Estados Unidos (si, si, a parte de México y Canadá). Si se ha llevado allí es por la aspiración por convertir el fútbol, el soccer, en una opción de ocio para los norteamericanos. Viendo las audiencias dentro del propio país parece que como en el 94 las cosas han quedado a medio camino. Además, los intereses del negocio futbolístico han hecho que todo el torneo se haya disputado bajo unas condiciones climáticas extremas debido a un calor sofocante que se esperaba y que parece no ha importado a nadie. La salud de los futbolistas y de los espectadores (y mucho menos de los trabajadores para atender todo lo relacionado con el mundial) no son tenidas en cuenta, pero esto ya es algo que estamos viendo en otras competiciones deportivas. Siguen empeñados en ganar dinero y en mirar para otro lado en cuanto al calentamiento global, el cambio climático y las condiciones de vida de la gente.

  • Además, el torneo ha sido aprovechado para loar la figura de Donald Trump. Qué semejante mamarracho sea el presidente de un país ya es una desgracia. Qué organismos, se supone ecuánimes e interesados en otros asuntos se plieguen a alimentar el afán de protagonismo y el narcisismo de este mastuerzo debería hacernos huir de tal evento. Y de hecho, la llamada al boicot ha tenido notable éxito hasta la fases finales del evento, donde no pocos, hemos encontrado en el fútbol y en el Mundial un lugar donde tener una victoria ante el mundo reaccionario y ultraliberal que representa éste imbécil.

    Estados Unidos se encuentra inmerso bajo la dictadura de un ególatra de manual. Un amoral, misógino, racista, clasista e incompetente que es incapaz, como por otro lado parecía evidente, de resarcir a las clases trabajadoras estadounidenses, y mucho menos de garantizar un ecosistema mundial más seguro y pacífico. Desde luego también haríamos mal si perdonáramos a la Fifa su conveniencia una vez más con sátrapas y dictadores. Ya lo vimos en Qatar, cuya proclamación como sede se saldó con la dimisión, juicio y encarcelamiento de todo un presidente de la República francesa, con el Brasil pos-golpe de estado contra Lula en 2014, o más atrás en el tiempo con el Mundial del 78 en la Argentina de Videla. Conviene no olvidar.

    En otra arista de este mundo reaccionario, el éxito de la selección es además la muestra de que España es mucho más que la visión centralizadora que las derechas ultras y extremas quieren imponernos. El equipo tiene jugadores de casi todas las regiones o autonomías. De hecho varios celebraron el título con su bandera regional atada a la cintura. Tienen distintos orígenes, incluidos los que vienen de la más pura clase trabajadora (hijos de kellys, de conductores, de profesores), y también de ex-futbolistas o vinculados a negocios (ya sabéis el mito de salir del arroyo no es tan prolijo como se hace vender). Están jugadores posicionados claramente en la izquierda, como Borja Iglesias, hoy campeón del Mundo, ayer uno de los escasos futbolistas hombres que se solidarizó con Jeni Hermoso. Por contra, los hay, también, claramente fachas. Y también hay futbolistas cuyos padres son inmigrantes que vinieron a España a trabajar y a vivir. Frente a una España cutre, de blanco y negro y abrazada a conceptos como la "furia", tenemos una España moderna, multicolor, diversa y llena de talento y convencimiento en una idea de victoria a través del juego propositivo y vistoso de ver.
    En general, y con la pasta que ganan, la selección de fútbol masculina no es de izquierdas precisamente, pero por lo menos ha ayudado a rebajar la tensión entre "españas". Y eso que las calles se han llenado de camisetas de la selección, pese a sus prohibitivos y amorales precios. Pero no de "la roja" como bautizó Luis Aragonés, sino esa camiseta beige que parece conseguir hinchar el orgullo patrio y futbolero sin provocar la urticaria de todo lo que huela a "rojo". Aunque sea el color en una camiseta.

  • A titulo personal tengo que admitir que solo he visto tres partidos y no enteros: Cuartos y semis del equipo español y la final. Si lo he hecho ha sido por un lado abrazado por el patriotismo que un evento como un mundial de fútbol henchida y hechiza al pueblo. Y por el otro, por las ganas de ganar el mundial para pasárselo por la cara a Trump, a Milei y a los fachas de allí y de aquí. Qué Trump se haya inmiscuido en la política española (ojo que es lo mismo que han hecho todos los presidentes americanos, incluidos los que nos han caído más simpáticos), afeada nuestra soberanía y practicando chantajes y exigencias a mi no solo me ha puesto en contra, sino que además he deseado que nuestros triunfos le escocieran en su naranja culo. Qué dices, que hay que subir el gasto anual en defensa de España, ¿seguro? En 8 partidos, un solo gol en contra. Me parece que no hay que subir para nada, el presupuesto nacional en defensa, ni en ejércitos, ni en pistolistas… mamarracho.

    Como comento he visto 3 partidos, cuando probablemente desde 2010, en total haya visto como mucho 10 partidos en todos estos años (2 o 3 de Unionistas, contra Rusia en el mundial 2018, y 4 o 5 de la selección absoluta femenina). Pero sé mucho de fútbol puesto que lo he jugado a cierto nivel y he visto y seguido, y estudiado, bastante este deporte. Hace mucho ya que el negocio del fútbol híper profesionalizado nos ha echado a muchos aficionados. Y no me arrepiento de haber podido aprender, practicar y disfrutar otros deportes u otras aficiones. Lo volvería a hacer y en esta época lo estoy haciendo con por ejemplo, el baloncesto que ha sido muy importante en mi vida, y del que ya me encuentro totalmente alejado en su vertiente masculina.

  • El desarrollo del partido de ayer fue el previsible: dominio de España absoluto y Argentina encerrada atrás, y encomendada a tres factores: El talento y la genialidad de Messi; su control del fútbol canchero o barriobajero incluida cierta violencia innecesaria; y por último, la confianza en que el árbitro no iba a castigar el anti-fútbol. Y todo ello se cumplió. De hecho, la Fifa debería de preocuparse más por hacer valer el espectáculo deportivo y un afán loable y voluntarioso por buscar el gol y la victoria, antes que permitir las patadas, los empujones, los encontronazos, las protestas y los fingimientos para mantener artificialmente una supuesta igualdad que no lo es. Parece que desde 2010 no han hecho nada por ello.

  • España, como digo, llevo el control del juego con un jugador, Rodrigo Hernández que me parece sobresaliente. De hecho, lo admito, no lo conocía y hasta anoche que lo dijo mi mujer, no sabía que había sido Balón de Oro. Quizás el único jugador que a mi modo de ver sería titular en la selección de 2010, y que me recuerda al mejor Fernando Redondo con un despliegue físico sobresaliente para la recuperación y el achique y una claridad para la construcción del juego ofensivo certera (aunque quizás con menos capacidad para sumarse al ataque de como hacia el “6”). Pero aún con todo el dominio, el gol se retrasaba porque fallaba el último pase o el remate, y por lo general, la claridad en la resolución de la jugada, de las más de 25 veces que la selección pisó el área rival, por sólo 1 de Argentina (de hecho sus 3 acercamientos ya son en la segunda parte de la prórroga con 1-0 en contra).

    Ese gol llegó a comienzos de la segunda parte de la prórroga gracias a la genialidad de Nico Williams que salvaba un centro defectuoso para dejársela propuesta a Ferrán López para que empalase el gol de la victoria definitiva. España con algunos apuros cerraba un partido que en circunstancias normales (un arbitraje garantista del fútbol y no de la pelea, más tranquilidad en metros finales, y parece ser un terreno de juego más propicio con quien quiere proponer y no destruir) debería de haber ganado en el tiempo reglamentario.

  • Pero sí, y hay que decirlo y felicitarles y felicitarnos y sentirnos orgullosos: España Campeona del Mundo. Es que no podía haber otra.

  • Se añade así una segunda estrella al emblema del fútbol nacional (medalla que se impone por cada título mundial). En este momento España es campeona del Mundo de fútbol tanto en su selección masculina, como femenina. Es un gran resultado y también lo es coherente con el ecosistema deportivo patrio: El monocultivo del fútbol.

    Mientras otros países como Italia, Alemania, Países Bajos o incluso Brasil, viven que su tradicional preponderancia en el fútbol ha desaparecido, ocasionando ciertas crisis internas, sus deportistas, hombres y mujeres, en otras disciplinas se han aupado a ganar y ampliar el interes en sus respectivos países con nuevos deportes. Visto como nos desenvolvemos unos y otros en los JJOO quizás haya que pensar en cómo crecer en todos los deportes, sin perder nuestra capacidad en fútbol. Todo esto no pensando únicamente en los éxitos del deporte de élite, sino sobretodo, en facilitar a cuantas más personas la más diversa práctica deportiva.

  • RTVE se ha volcado con el torneo haciendo un despliegue monumental que ha trastocado los intereses y compromisos con el conjunto de la sociedad. Espero que montados en la ola de este éxito no les dé por tirar por la borda lo que tiene que ser un servicio público. Porque no sólo de fútbol vive el hombre.

Pues eso, que “somos” por segunda vez Campeones del Mundo de fútbol en categoría absoluta masculina. Enhorabuena a todas las españolas y a todos los españoles que celebran nuestro juego y el tener un equipo diverso y que se une por un objetivo común. Un ejemplo.

Y sí, qué rabien los fachas.

Viva esta España. Viva este país.

 

 

viernes, 18 de noviembre de 2022

Boicot al Mundial de Fútbol

 

Viñeta de Eneko en diario Público, sábado 12 de noviembre 2022

 

Este fin de semana empieza el Mundial de fútbol 2022. En Qatar. Ya la propia designación del emirato como sede del Mundial está llena de corrupción y tráfico de influencias. El mismo día que se proclamó a Qatar vencedora, mientras que la Confederación Sindical Internacional pedía a la FIFA que repitiera la votación para evitar que recayera en un país que no respeta los derechos laborales, 15 de los 22 electores estaban contando los calientes billetes que habían prevalecido en su designación. Hoy en día todavía tienen causas pendientes con la justicia. La compra directa y cienmillonaria (Qatargate) de votos le costó el puesto a todo un presidente de Francia, pero ni siquiera viró un milímetro el rumbo de la FIFA, empeñada en seguir adelante como si nada. El dinero ya empezaba a entrar y engrasaba una maquinaria interncional y poliédrica que ponía en marcha la operación de blanqueamiento.

Con la celebración del Mundial ya asignada, toda la construcción de estadios de fútbol e infraestructuras hoteleras y de transportes están bajo sospecha. Las condiciones de trabajo expedidas para una población netamente inmigrante que carece de los derechos más básicos amparados en la legislación laboral internacional, son las propias de un régimen esclavista. No superan la más mínima fiscalización y aún así, pretenden que nos pongamos a ver los partidos y a animar a la roja (o a la que le toque cada uno) sin ni siquiera tener presta una pinza de la ropa para tapar el hedor a la nariz. No vaya a ser que los jeques se fueran a mosquear.

The Guardian publicó una investigación que concluía que 6500 trabajadores habían muerto en Qatar desde que comenzaran las obras para el mundial de fútbol. No era el primer estudio ni la primera denuncia sobre esta atrocidad, pero si la que cuantificaba de forma incuestionable (con datos de los gobiernos de los países de origen de los trabajadores fallecidos) que 6500 personas han perdido la vida en la construcción de infraestructuras en el desierto qatarí.

Mientras los jeques quataríes del petróleo pagasen no importaban ni las acusaciones evidentes de tráfico de influencias y corrupción, ni la absoluta carencia de derechos laborales en el Emirato. Dinero que ha servido para blanquear no solo la falta de derechos bajo esa monarquía absoluta, sino la forma de esclavitud moderna que ha regido la construcción de estadios durante estos años: la kafala.

Kafala significa "garantizar" en árabe y es el sistema de "patrocinio" legal que se basa en dos principios que, en la práctica, se traducen en esclavitud moderna. Según la kafala todo trabajador extranjero debe tener un patrocinador (una empresa o una persona) para trabajar en el país. Este patrocinador tiene todos los derechos sobre el trabajador, ya que puede retener su pasaporte y el trabajador no puede ni cambiar de trabajo, ni salir del país, sin el permiso del patrón. Las condiciones laborales son las que el patrocinador impone porque en Qatar los sindicatos están prohibidos para los trabajadores migrantes, que son el 95% de la mano de obra.

La Kafala fue suspendida en 2020, por aquello de que la esclavitud este permitida y jaleada en un país que alberga un evento internacional del máximo nível. No fuera a ser que el que dirán. Pero ya era muy tarde para los más de 6.500 trabajadores fallecidos en los fastos de esta vergüenza. Hasta entonces no sólo la familia real qatarí y su élite se han beneficiado. Muchas de las empresas constructoras provienen de Occidente, y las tenemos mucho más cerca de lo que imaginas.

Sencillamente, es una dictadura. Libertades básicas hoy en día, como la de prensa y de expresión son inexistentes; se efectúan detenciones arbitrarias, castigándose de manera abusiva sin asistencia letrada y produciéndose desapariciones de activistas y periodistas. Los homosexuales son absolutamente perseguidos y criminalizados. Asimismo, las mujeres continúan bajo un sistema de tutela masculina, ligadas a su tutor varón que a efectos prácticos es dueño y señor de su vida, tomando la decisión final sobre cualquier aspecto de sus vidas: cómo y con quién han de casarse, estudiar, trabajar, viajar al extranjero hasta cierta edad o recibir servicios de salud reproductiva. Una mujer en Qatar pierde automáticamente la tutela de sus hijos e hijas cuando se produce un divorcio. Las condenas y castigos están a la orden del día amparados en las leyes islámicas. Ante el Mundial se han parado estos atropellos que volverán en cuanto la pelotita deje de rodar. En mayo fueron las últimas condenas execrables. Por ejemplo, a una mujer violada se le acusó de adulterio y fue castigada con 100 latigazos.

Por lo tanto, se hace muy difícil seguir, o simplemente asistir a la convivencia de eventos internacionales que amparen a estos estados, sabiendo las cosas que sabemos hoy. Por ejemplo, hace menos de un año que nueve refugiados sirios presentaron una demanda ante el Tribunal Superior del Reino Unido, acusando a funcionarios y empresarios de Qatar, en coordinación con los Hermanos Musulmanes, de lavar dinero para el Frente al-Nusra, considerado la filial siria de Al Qaeda. Hoy, Qatar está bloqueada por EUA, Jordania o Egipto, países de su entorno (geográfico y cultural) acusada de terrorismo.

Una dictadura que con dinero y lazos familiares claros y demostrados con el terrorismo. Un país por el que a través de sus fronteras entran y salen miembros de Al Quaeda, los talibanes y otros grupos que atemorizan a toda la región. Incluso desde la administración estadounidense se llegó a ligar al exministro del Interior de Qatar y miembro de la familia real, Abdullah bin Khalid al-Thani, con los ataques del 11-S, avisando a su autor intelectual, Khalid Shaikh Mohammed, antes de que pudiera ser capturado por EEUU. Y esto son las cosas que sabemos. Pensad en un momento lo que se desconoce, está clasificado o es subterráneo.

En los años 80, Joseph Nye y Robert Keohane, presentaron un extenso ensayo sobre las relaciones internacionales entre países de contextos y tradiciones políticas y culturales distintas. Ahí acuñaron el término de soft power para referirse a esa capacidad que ejercen algunos Estados para persuadir o convencer a otros de que hagan lo que desean sin tener que recurrir a la coacción o al empleo de la fuerza. Y es que las diferencias pueden ser insalvables o apenas leves incordios, si se coincide en lo básico: el interés por el dinero.

En esas prácticas y estrategias están los eventos y la corriente a caballo entre lo literario y lo periodístico que están blanqueando a conciencia la imagen de las execrables dictaduras fundamentalistas de Oriente Medio. Todo ello regado por billetes procedentes del petroleo, gasolina y también motor de nuestra vida actual.

Asistir a besamanos, besapies y todo tipo de pleitesías, por parte de democracias, hacia los sátrapas medievales de los Emiratos del petroleo es una vergüenza, y algo que tendría que ir acompañada con la dimisión del lameculos en cuestión a la mañana siguiente. Se les conceden prebendas y la celebración de eventos internacionales (tanto deportivos, como sobretodo foros económicos y financieros) que no son propiedad de nadie, sino de toda la humanidad, y no deberían servir para blanquear a estos regímenes. La falta de dignidad es tan lacerante, que llega un momento en el que hay que decidir -no digo discutir, digo decidir- por salvaguardar la dignidad, y renunciar al “progreso” alimentado por un combustible que como productos subalternos trae ruindad, opresión, integrismo, misoginia, xenofobia y fascismo. Cuando políticos o empresarios se tiran al suelo al paso de los petrodólares a la vez nos demuestran, a los pargüelas que estamos aquí, la valoración que esta gentuza hace de los Derechos Humanos, la paz, la democracia y el progreso. Incluidos los nuestros. Aquí, no está de más, que no se critica o censura la cultura, de un lugar concreto, en este caso Qatar. Sino sus leyes medievales y crueles, y su intención de con dinero normalizar esta dictadura.

La FIFA ya tiene experiencia más que sobrada en llevar sus multimillonarios eventos a donde más beneficios les otorgue. A veces, da la casualidad que acaban en un país que no dé vergüenza ajena. Pero siempre se aseguran una buena cantidad de comisiones por obras y fastos para sus torneos. También ya hay ejemplos sobrados en los que un Mundial se utiliza para blanquear una dictadura e incorporar como normales regímenes absolutamente criminales y abusivos hacia los Derechos Humanos. Lo hicieron, por ejemplo, con la Argentina del año 78, y si, han pasado más de 40 años, pero con Qatar, repiten el mismo patrón.

Dentro de esto, algunos países participantes, con sus federaciones y sus selecciones les da algo de vergüencita pero sin bajarse de la celebración, que jugar y ganar un Mundial es muy importante. Ponerse de lado, colocándose un brazalete con la bandera del Arco Iris, puede que les sirva ante las comunidades LGTBI de sus países y para lavar su conciencia, por todo lo demás privilegiada. A la historia pasarán como unos imbéciles que se quedaron en el símbolo, sin querer ver la realidad del problema y convirtiéndose en actores necesarios de toda esta farsa.

Si ni la FIFA, ni los directivos nacionales, ni los futbolistas, ni los periodistas deportivos (ni mucho menos los no-deportivos), ni tampoco nuestros políticos (en conjunto) han sido capaces de poner en su sitio a esta gentuza y recuperar algo de dignidad democrática y valores cívicos modernos para su torneo, queda en las manos de la sociedad civil reclamar que lo hagan y actuar en consonancia.

Es decir, ni el racismo, ni el patriarcado, ni el clasismo, ni la homofobía son hechos culturales previos a una opresión, sino que son las construcciones ideológicas que la van a justificar. Celebrar un Mundial de Fútbol (o cualquier evento, de cualquier índole) en un estado que viola conscientemente 20 de los 30 artículos de la Carta de las Naciones Unidas a parte de ser una vergüenza, manda un mensaje erróneo. Que con dinero todo se puede comprar. Y que el dinero está por encima de los Derechos Humanos.

No puedo deciros que tenéis que hacer. Si queréis seguir el Mundial, animar a la selección española, o disfrutar del deporte, lo haréis, se escriba o leáis esta entrada o no. Por mi parte, lo tengo claro: Boicot absoluto a este evento; solidaridad absoluta con las mujeres qataríes y los trabajadores inmigrantes a los que les han pisoteado sus derechos y dignidad; desechar el consumo de toda compañía cómplice de esta barbarie que lo acompañe, patrocine o retransmita; y denuncia en mis modestos medios de la vergüenza internacional que supone.




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