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lunes, 26 de octubre de 2026

Polarización y politización antes de las elecciones del 29N


Lula da Silva ha ganado las elecciones de Brasil. Contra todo pronóstico y en contra de lo acontecido en la primera vuelta, el Partido de los Trabajadores ha ganado la segunda vuelta a la extrema derecha brasileña representada por un prescindible hijo de Bolsonaro. Otro corrupto, faltón y vende patrias como su padre. Lula obtiene su cuarto mandato con 81 años y mantiene a Brasil como faro de la izquierda en latino América, mientras el resto de naciones vecinas han ido cayendo en brazos de la derecha ultraliberal y fascista. Y ahí van sus poblaciones y clases trabajadoras perdiendo poder adquisitivo, derechos y produciéndose en consecuencia la contestación social. Sin embargo, Brasil se mantiene, junto a México, como dique de la izquierda en un momento de tremendo avance imperialista de Estados Unidos sobre el continente.

Y como viene siendo habitual, la extrema derecha no reconoce los resultados. Pide su anulación y clama contra un presidente al que ya consideran ilegítimo. Ya sabéis: Si las elecciones las ganamos “nosotros” (o los nuestros) “son un verdadero ejemplo de democracia”, “son una fiesta”, legales y con totales garantías; si ganan las izquierdas, es que ha habido manipulación, son ilegales y por lo tanto, es lícito enclaustrarse en el poder y/o amenazar y ejecutar golpes de estado. De todo tipo ya en los últimos años, y en el propio Brasil también.

Este es un comportamiento ya bien conocido y un ejemplo más de las peores tácticas de la anti-política que representa una derecha echada al monte y a los brazos del fascismo. La salida de la crisis-estafa de 2007, de ese capitalismo ultraliberal que hacía aguas, ha sido para la élite el último recurso de usar a la extrema derecha ultramontana para desviar la atención sobre sus propias responsabilidades y para apuntalar los discursos identitarios y nacionalistas que se plasman en las luchas entre el último y el penúltimo. El feminismo, el ecologismo, la lucha contra el cambio climático, los derechos LGTBI, el racismo y la xenofobia, y por supuesto, los rojos, son los que han provocado que no puedas comprar una casa, que tu trabajo sea más precario e inseguro ante el avance de la IA y la ultra-tecnificación, o que echen a tu abuela del barrio. Por poner unos pocos ejemplos.

Todo con tal de que la atención se desvíe de los verdaderos culpables y abrir los procesos revolucionarios que se necesitan para volver a construir un mundo, y unas sociedades, más plenas y garantistas. Donde la justicia social no sea sólo retórica, y en el que se asuman, respeten y protejan pactos sociales sólidos y convincentes, bien necesarios para solucionar los problemas que tenemos hoy en día, y los que vendrán en el futuro. Es decir, hacer política y que la hagan todas y todos, no sólo quienes interesan para los que mandan.

Pues bien, una de esas tácticas deleznables es la de la polarización de las sociedades. “Es que ahora las opiniones están muy enfrentadas, y los medios de comunicación, las redes y los políticos son culpables”. Todos por igual. Los que defienden esta tibia democracia liberal y los fascistas que han venido a derruirla desde dentro. Todos y todas igual de culpables. Si ya, y un cuerno.

Porque la verdad es que desde siempre, pero fundamentalmente y de manera abusiva desde 2016, una extrema derecha desatada ha conseguido imponer sus marcos de opinión y actuación. La inversión que las élites han hecho para que se acepten ideas y declaraciones, que hace 20 años eran inimaginables en los medios de comunicación y en los propios debates políticos, nos deberían dar la pista de qué se ha hecho, por qué y quiénes son los responsables. Como siempre seguir la pista del dinero ayuda.

Por qué se ponen en cuestión convenciones que como sociedad “habíamos” tomado en acuerdo. Por ejemplo, las cuestiones sobre las pensiones, incluida la propia pervivencia de los sistemas, la edad de jubilación de las clases obreras o la solidaridad intergeneracional que como principio rector la sustenta, o lo que tiene que ver con el carácter público y la calidad de los servicios de democracia como la sanidad o la educación públicas. O la fiabilidad del sistema democrático, de las elecciones mismas y en especial el voto por correo que se emplea como primera carga de demolición de la legitimidad política cuando las cuentas no salen o las encuestas no son tan favorables. En el tablero discursivo se han aceptado, y sigue ocurriendo, ideologías y amenazas hacia la democracia, la igualdad, la libertad y la dignidad de las personas que son intolerables. El eje político (y el mediático, el electoral o el social) se ha corrido hacia la derecha, hacia la extrema. Y al resto no nos queda otra que amarrarse a unas posiciones de mínimos, que nos alejan de los objetivos legítimos de mayor igualdad y de un reparto de la riqueza (y por cierto, también de las responsabilidades) más justo y democrático.

Del mismo modo, otro de sus más execrables insultos para deslegitimar a la propia política es usar el naipe de la politización. Cuando se habla de politización se habla en negativo. ¡Qué mal que se politice una cuestión! ¡Qué cosa más improcedente, doliente o incluso, nefasta el que tratemos un asunto en términos políticos! Por contra, si se pone en tela de juicio o se valora en términos económicos una cuestión, ¡qué ejercicio más brillante y necesario se plantea!. Es todo de un absurdo lamentable.

Porque no hay nada más democrático que politizar un asunto. Politizar es dotar de sentido y contenido a las circunstancias, los entornos, los contextos, las acciones, los pensamientos, etc. Los problemas que nos afectan. Ponerlos en cuestión con todas su variantes y posibilidades. Hacer que las cuestiones salten del ámbito íntimo y personal del individuo o de la familia y se ponga en común con otras y otros. Que se reconozcan que hay problemas, cuestiones y soluciones que han de ser comunes. Politizar es también despertar la conciencia política de individuos o grupos, incluida la formación política que hoy más que nunca es bien necesaria. En definitiva, politizar es generar una motivación y con ella una militancia democrática (da igual si de derechas o de izquierda) por participar y hacer más fuerte los acuerdos que se incluyen en ella (con todo lo imperfecta, exasperante o lenta que resulte).

No hablo de manipulación. Hablo de politización. De hacer que las personas cuenten en la detección y resolución de su propia vida y condiciones. ¿Qué malo hay en eso?


En realidad, y aunque no lo recordéis niños, la polarización y la politización siempre estuvieron ahí. Cuando la derecha pierde elecciones, como en 2004 ya clamaron por una deslegitimización de los resultados y ejercieron una oposición traicionera y ruidosa. Los gobiernos de Rajoy fueron de un autoritarismo bárbaro y de una inoperancia absoluta, menos para laminar derechos de las mujeres, las personas migrantes y de todos los trabajadores. Cuando perdieron el poder, entre otras cosas por su manifiesta y probada corrupción y latrocinio, volvieron, ahora ya si, con una ultra derecha desligada a componerse en turba reaccionaria que solo sabe inventar problemas donde no los hay o transformar la responsabilidad de los existentes para que no les salpique. Amparados y fortalecidos por las élites, y en especial por la avanzadilla ultra internacional, proponen una ofensiva totalitaria para evitar la solución de los problemas reales, que empiezan y en buena parte acaban, en un capitalismo ultraliberal que se desmonta de manera estructural.

Hay quienes agotados por estas legislaturas, por esta “excesiva” polarización y politización, dicen “dejarles gobernar”, por lo menos se acabaría el ruido. Se equivocan: Las ultra derechas, pp y vox, tanto montan, con el poder ejercerían un gobierno ultra y reaccionario. Radical y voraz en transformar nuestro país y nuestra sociedad para hacerla más opresiva, conservadora, cutre, corrupta y con menos futuro y sí, mucho más dolor. No cejarían en su estrategia como se está comprobando allí donde están rascando el poder: En Estados Unidos, en Argentina, en Colombia, en Chile o en la Hungría de Orban.

El ruido va a continuar, por lo tanto es imperecedero votar y hacerlo en defensa de la clase trabajadora. Así de claro.


Y después, por un lado se tratará de preservar la politización para hablar en términos de debate y política, más allá de la lucha partidista (y mediática afín) y de las urgencias electorales, favoreciendo la información, el aprendizaje y el acompañamiento de una ciudadanía empoderada y adulta que exige decisiones políticas para resolver problemas políticos, que se manifiestan en la economía y en las características sociales y culturales de las personas, los grupos y del territorio. Por el otro, y para frenar la polarización reinante, habrá que intervenir y sacar estos discursos desaforados de debate político. Volver a construir consensos de país y anular a quienes ven al adversario político como una amenaza por lo que se justifica su ataque, opresión e incluso, eliminación. Me temo que quienes deberían hacer este camino no están ni capacitados ni tienen el interés para intentarlo.

Lo que si que es imperecedero es meter mano y legislar sobre los medios de comunicación, las redes sociales (atendiendo especialmente a su origen y los intereses de sus dueños) y a los propios partidos políticos, para que se hagan responsables de su impacto en la sociedad y del peligro al que someten al pueblo cuando publican y difunden mensajes simplificados, burdos e incluso inventados.

Como en Brasil, otras sociedades y pueblos despiertan, se activan y luchan por su país y su futuro. 


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