Ha
vuelto MasterChef a TVE.
En su versión de concurso de habilidades y reallity
de anónimos. En su ¡¡¡décimo cuarta!!! edición, más unas
cuantas de la abominable versión junior
de niños repelentes y la insultante de Celebrity
con famosos de medio pelo y de capa caída. Es la principal apuesta de
RTVE para brillar y competir en las audiencias del prime
time semanal (esa
aberración que en España empieza a las 11 de la noche … ). Y no.
No he visto este programa, ni ninguna de sus versiones, ni ediciones
más allá que una ocasión que lo sintonice dos lamentables minutos.
Pero aún así, como éste es mi blog
y hago o escribo sobre lo
que me da la gana, me voy a
permitir escribir sobre este formato, porque me parece un contenido
que debería estar fuera de una televisión pública
por caro, por inmoral y por alienante. Y porque me preocupa y mucho
lo que están haciendo con la televisión
en este país, y especialmente por la que pagamos todas y todos.
MasterChef
es un programa de televisión que abiertamente se presenta como
inocuo y de
entretenimiento
familiar. Una expresión de cocina y bonhomía
sazonada con humor naif
y
suave. Sin
embargo, funciona trufado
de competitividad
y hervido
en valor económico tanto la pericia gastronómica como
la presentación al
por mayor de las miserias humanas. Y todo esto lo hace, además de
costeado con los impuestos de todos, a favor de una ideología
neoliberal
y un conservadurismo
sociológico
de capilla y copete. Eso sí, no se puede silenciar el éxito que
obtiene refrendado con unas audiencias notables en cada versión más chusca que la anterior.
Desde
luego, MasterChef no
es un programa de cocina y entretenimiento familiar. Su humor y
chascarrillos son de una casposidad aberrante, que entran fácil como
cuchillo en mantequilla
sobre situaciones ya cliché de la televisión
de los reallities.
Y es que todo está atado y bien atado, y los guiones funcionan con
la precisión de un horno de última generación para destacar lo que
interesa destacar: las localizaciones son cuidadosamente escogidas, ambientadas y cobradas por publicidad encubierta en la televisión pública; los concursantes, ya sean anónimos o famosos, cubren
los estereotipos patrios (el andaluz chistoso, el manchego con
retranca, el aragonés borrico, el castellano seco, el catalán agarrao,
el gallego depremido o el vasco impulsivo, etc.) y los nuevos modelos
del universo woke
(el
o la trans, el abiertamente gay, una o dos personas racializadas, los
tatuajones, o los que se presentan como honestos y no dejan de ser
unos mal educados de mierda, etc.).
Las situaciones que se fabrican entre ellos y con los jueces (ahora
voy con ellos) buscan el clímax,
pero
no en la técnica y ejecución culinaria que dan como resultado la
propuesta gastronómica de alta cocina que se pretende. No. Lo
que interesa es la carnaza.
La casquería de la podredumbre moral de humillaciones, vejaciones,
derrotas y la victoria de un único sólo -porque sólo gana uno-, los romances, las miraditas
y las bromas de dudoso gusto y nulo sabor humorístico.
Y
es que los presentadores o jueces ahí están desde hace 13 años
mostrando una ideología concreta y reaccionaria. Lo capitanea el
campechano Pepe el de Illescas que no tiene ninguna gracia y que
parece que juega el papel de respeto por lo tradicional y lo
auténticamente español. Luego está Jordi Cruz, el
malo
no el de Disney,
célebre por sus salidas de tono y por tener becarios a los que
explota y ni siquiera paga. Y por último la nietísima
de Vallejo-Nágera. Estos dos parecen adalides de la cocina de
vanguardia en el país y sus ataques a lo concursantes y respuestas
suelen mostrar lo peor de la competitividad exacerbada en la que el
mundo contemporáneo parece sumido.
Veo que a la descendiente del criminal que buscaba el gen rojo
destripando mujeres y trabajadores después de la Guerra Civil, la ha
sustituido en esta edición, una influencer
culinaria, que habría que saber cómo y por cuánto posicionó sus
contenidos. Ahí lo dejo.
En cualquier caso, los jueces imparten una suerte de justicia castrense entre los fogones. Replican la jerarquía militar,haciendo aullar a los concursantes un marcial "Si, chef" tras cada orden, que deje constancia de la sumisión de los miembros más bajos del escalafón. Comportamiento este que contraviene cualquier estatuto profesional de cualquier sector, incluido el de la restauración y la hostelería, porque no se trata de cuarteles del ejército, sino de entornos laborales donde le respeto entre personas prevalece. Sin embargo, en este caso la idea está clara: meter en las cabecitas del populacho un férreo control militar que module sus conductas y expectativas. Así que de programa inocuo, nada de nada.
Por
si este elenco de lo zafio y lo ruin no fuera suficiente de vez en
cuando hay que pagar a una suerte de famosos de medio pelo sin oficio
ni beneficio para que facturen en la versión Celebrity.
Tal dispendio ha llegado a salir, según se cuenta, por hasta 725.000
euros el programa (el capítulo) y aquí no se ha oído a nadie poner
el grito en el cielo como cuando ocurre con otras propuestas televisivas.
Y
aún así, y pese al desgaste, también lógico por falta de ideas o
agotamiento del producto, el programa ha encontrado un filón sobre
el que asentarse gracias a la predominancia que desde hace unos años
la Alta Cocina
ha adquirido en el mundo cultural actual. Elevada a la categoría de
octavo arte la
gastronomía de chefs estrella
tiene su espacio en las publicaciones de cultura. Las apariciones
públicas y las noticias de éxito son celebradas como hitos de la
pujanza cultural patria. Cuando las noticias son los abusos y
condenas judiciales y de la administración por prácticas laborales
abusivas o vejatorias son convenientemente silenciadas.
Abro
capítulo a parte porque en toda esta moda de la
alta cocina
los nombres de los grandes cocineros, son eso, de cocineros, de
hombres. Salvo un par de mujeres la lista de advenedizos y
visionarios de lo culinario está formada prácticamente por hombres.
Los mismos hombres que en las casas, toda la vida, han huido de la
cocina dejado a las mujeres, sobretodo a las madres y las abuelas, en
los fogones, trabajando para alimentar a la familia. Pareciera, bueno
no, está claro, que cuando a una tarea concreta no se le puede
extraer una ganancia económica, no puede ser valorada por el
mercado, queda bajo responsabilidad de las mujeres. Sin embargo,
ahora que la cocina es un arte y comer o cenar un menú degustación
por 200€ el tenedor es lo más cool
y refinado, los autores y protagonistas son hombres. Curioso.
Cuando
se conceden las estrellas Michelín se trata de un acontecimiento a
la par de los Oscars
y los Premios Nobel. Crecen como setas los establecimientos que ganan
estas distinciones y los que suben la categoría convirtiendo España
un paraíso groumet
para grandes fortunas por el que, parecer ser, todos debemos
sentirnos orgullosos. La realidad, es que los premios en el ámbito
de la cultura son más bien una patraña porque no se miden por
criterios objetivos, sino por variables subjetivas. Las más de las veces no son premios, sino publicidad encubierta y pagada a la institución que factura el galardón. Si quieren jugar
la carta del “arte” que lo hagan con todos sus matices.
Lo
cierto es que a la mayoría de los españoles y españolas, la alta
cocina
nos importa una mierda. No voy a hacer cola, ni física, ni virtual,
por reservar en un restaurante de moda, para satisfacer unas redes
sociales ajenas. Ni me lo puedo permitir, ni me interesa en absoluto.
Lo
que me indigna con todo esto son dos cosas: la primera es que estos
restaurantes de
alta cocina
y sus chefs
estrella
son una minúscula y microscópica minoría, incluso una excepción,
de los miles de restaurantes y tabernas que hay en este país. Me
cabrea que los presenten como máximos exponentes, o incluso nuestros mejores embajadores en la “dieta
mediterránea”,
cuando lo que hacen en sus cocinas es elaboraciones pretenciosas,
artificios y
transformaciones que alejan a los comensales del producto,
convirtiendo en singular no el plato, la materia, sino eso tan etéreo de la experiencia.
Concretamente la de pagar el narcisismo
de la estrellita
de turno.
Lo
segundo que me mosquea es que todo este maremágnum de programas de
televisión de alta cocina, chefs estrella, restaurantes de
élite, experiencias culinarias y demás soflamas consumistas y
elitistas huele a neoconservadurismo y a ideología neoliberal que
tira de espaldas.
El
neoliberalismo
como doctrina política y cultural y dogma económico hegemónico
lleva desde los años 80 transformando las dinámicas internas de las
actividades humanas. La cocina, la gastronomía y todo lo que tiene
que ver con la alimentación no está exento de ello, como ya he
escrito en otras ocasiones. Ahora bien, eso es una cosa y otra es
presentar un escenario concreto, la Alta
cocina,
como un ejemplo paradigmático de lo que es la ideología neoliberal.
Si
bien esta alta
cocina
desde siempre ha estado ligada a un contexto elitista, es preciso en
este momento histórico dar la vuelta a la secuenciación del
proceso. A que no son los mercados desregulados, el liberalismo
económico, el consumismo desaforado y la mercantilización de las
actividades humanas los que han generado lo que hoy conocemos como
“Alta Cocina”.
Es más bien, en mi opinión, en cómo se ha presentado este contexto
concreto, por lo demás occidentalista
y heteropatriarcal,
como el paradigma de la perfección de la teoría y práctica
neoliberal.
Solo
hay que ver cómo la Alta Cocina hace unos años prácticamente era
invisible en los medios de comunicación de masas. Solo publicaciones
que rodaban entre las élites trataban este fenómeno y quedaba
completamente fuera del ojo de la gente común. Seguro que no lo
recordáis pero hace 20
años no había programas de cocina y reallities
con cocineros de renombre convertidos
en celebridades mediáticas,
ni se publicitaban las estrellas
michelín,
ni
tampoco aparecían recetas, técnicas y procesos que estaban fuera de
los hogares.
Las
redes sociales tienen mucha culpa de ello, pero también la
televisión donde no es que cambiasen unos programas por otros. Es
que los mismos que trataban recetas tradicionales y comida casera,
ahora invitan y enseñan recetas para esferificar
guisantes.
En todos ellos se lanzan mensajes con intención clara de
adoctrinamiento neoliberal: la meritocracia, el éxito empresarial,
la visión audaz, la ensoñación del emprendimiento y una
competitividad enfermiza.
En
todos estos mensajes teledirigidos a un público más o menos cautivo
tienen que ocultarse los vicios de la doctrina
neoliberal
y eso sí, exponenciar sus virtudes: La alta capacitación técnica,
la especificación profesional, la excelencia premiada y sostenida
por la cúspide mediática y la originalidad de inspiración
artística y elevada se celebran y promocionan. Por contra, la
precarización laboral extrema de los trabajadores
(de la hostelería señores, recuerden) son ocultadas y quedan fuera
de este relato de éxito y autorrealización. Las condiciones
laborales abusivas, con dedicaciones extremas y absolutas, horarios
intensivísimos, jerarquías feudales a las que son expuestos la
fuerza laboral por salarios ínfimos de subsistencia. Y en ocasiones,
ni eso, puesto que a través de un capital cultural en forma de becas
y premios se quiere pagar el esfuerzo y tesón de las y los
trabajadores. Por no hablar de las vejaciones y los abusos, incluidos los de carácter sexual, ante masas trabajadoras que se encuentran
desprotegidas cuando se cae la ensoñación de “trabajar
junto” a "trabajar para" la estrella culinaria del momento.
Esta
contradicción evidencia cómo el discurso del mérito y la búsqueda
de la excelencia que promueve el neoliberalismo, tiene profundas
grietas a la moral como estas desigualdades extremas que se generan
en los restaurantes de alta cocina.
Esto
del lado de los trabajadores, pero qué decir del lado de quienes
consumen alta cocina con un afán más allá de la alimentación como necesidad animal. Incluso por
encima
del deleite ante una actividad convertida o pretendida como expresión
artística y cultural. Sin duda, la gastronomía
de élite
es un marcador identitario que sirve para distinguir entre los
diversos grupos sociales. Un capital cultural, en palabras de Pierre
Bourdieu, al que solo tiene acceso una parte mínima de la sociedad y
que le sirve para distanciarse de los que están debajo. No sólo se
trata de ingerir alimentos, sino sobretodo de la exhibición de que
lo estás haciendo. La propaganda de tus posibilidades y tu estatus
social.
Por
último, no puede obviarse que frente a mensajes como “re-inventar
el gazpacho andaluz”,
“re-pensar las
carrilleras”,
“re-visualizar
las fabes con almejas”
lo que subyace es un proceso unificador que revienta la diversidad
cultural y las distintas tradiciones gastronómicas. Los grandes
chefs
y sus equipos adoptan distintas técnicas,
ingredientes y preparaciones provenientes de cualquier lugar del mundo. Añaden y obtienen distintos productos,
muchas veces fuera de temporada y alejados
de su entorno de producción, para traerlos a Occidente y
“fusionarlos” con la cocina tradicional local. Este
proceso refleja la tensión entre diversidad cultural y folclore
gastronómico con respecto a la uniformidad hegemónica y la
globalización totalizadora que propone como síntesis el paradigma
neoliberal. No
es casualidad que muchas de estas pretendidas fusiones de autor
acaben llegando a la masa que necesita alimentarse como productos de la industria alimentaria. Y no precisamente de la más saludable, ética o sostenible medioambientalmente. Ni tampoco es casual que vivamos adoctrinados en una sociedad invidualizada, incapaz de hacer cosas como cocinar y proveerse alimento por uno mismo. Alejando la cocina y todo lo que tiene de experiencia común, de compartir, de trascendencia y de legado cultural e idiosoncrasia de la vida cotidiana de las personas.
En
conclusión, el vínculo entre alta cocina y neoliberalismo es
íntimo y favorece el planteamiento, sustentación y asimilamiento de
estructuras mentales neoliberales como la competitividad, la búsqueda
exhaustiva del lucro, el consumismo, el estatus social merced a ese
propio consumo y la amalgama entre arte, espectáculo y negocio.
Ya
sea a través de programas de televisión rancios, repetitivos e
inmorales, y de la profusión de todo lo que acontece alrededor de la
alta cocina, lo que se está buscando, y consiguiendo es reflejar
dinámicas propias del modelo neoliberal que no deberían perseguirse
en los medios de comunicación públicos, por mucha corriente
hegemónica que se trate. Además, aparte de alejar el respeto y
dignidad que merecen todos los profesionales de la hostelería,
también se quita importancia y significación a los saberes
tradicionales, muchas veces ideados, defendidos, mantenidos y
transmitidos por las mujeres de las familias, homogenizando nuestra
alimentación y sus procesos.